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lunes, 15 de junio de 2015

De Cómo Se Volvió Malo El Ojáncano









Nadie sabe desde cuando existían los Ojáncanos, muchos dicen que desde el comienzo de los tiempos… También dicen que se ocultaron cuando comprendieron que los humanos les temían y rechazaban… Ignoro cómo fueron las cosas en aquellos tiempo, tan sólo sé lo que me han contado y ahora les cuento…




Una vez un ojáncanu se enamoró de una muchacha que guardaba un rebaño de ovejas blancas y de ovejas negras. La muchacha estaba un día bebiendo el agua pura en una fuente que manaba en una peña cubierta de musgo cuando de pronto le pareció que la peña se estremecía. Sorprendida levantó la mirada y vio al ojáncanu de pie encima de la peña, con un mirar triste, mirándola y remirándola como quien mira una imagen adorada.

La muchacha, claro está, se fue corriendo, dando voces a los pastores...

Otro día, cuando estaba encendiendo lumbre[1] a orillas de un río en el que su ganado bebía, para templarse un poco, la llama apenas encendía se apagaba a causa de un suave viento que llegaba desde el espinar que estaba a su derecha. Una y otra vez ella intentaba prender la llama y esta apenas comenzar a arder se apagaba. La muchacha se levantó y al ver que en realidad no había viento ya que las hojas de los árboles y las hojas de los helechos y de los brezales estaban quietas, se sintió confundida. Volvió entonces a intentar encender las ramas y otra vez se apagaron…En cuanto ardían un poquitín venía un viento por entre los espinares y apagaba la llama.

Extrañada al ver que tan solo había viento en el espinar, miró y vio al mismo ojáncanu de la peña de la fuente suspira que te suspira, como quien tiene algún dolor muy grande en el cuerpo o en el alma. ¡Los suspiros del ojáncanu eran el viento que apagaba la lumbre en cuanto empezaba a nacer!

La muchacha echó a correr y volvió a dar voces llamando a los pastores.

Otro día bajaba detrás de las ovejas cargada con un gran hato[2] de leña. Cuando empezaba a bajar el sendero muy resbaladizo sintió que la quitaban el hato de leña de la cabeza. Miró sorprendía tal como había sucedido en la fuente y en la vera del espinar y vio el mismo ojáncanu que tenía el hato en la mano como un hombre lleva un palo, un rastrillo o una vara.

La muchacha, de puro miedo, no dio voces llamando a los pastores como las otras veces. Siguió detrás de las ovejas, temblando y rezando a todos los santos del cielo para que nada le sucediera.

El ojáncanu la iba mirando con mucha tristeza, con el hato en la mano. Al llegar cerca del pueblo, puso con suavidad el hato de leña en la cabeza de la moza y se volvió al monte muy despacio, como una persona que va de mala gana a cualquier sitio.

Así fueron pasando los días. Otro atardecer bajaba la moza con otro hato de leña y el ojáncanu se lo volvió a quitar de la cabeza y a llevarle en la mano hasta cerca del pueblo. Día tras día la muchacha iba perdiendo el miedo al ojáncanu y cuando le encontraba ya no temblaba como antes, ni rezaba a los santos del cielo.

No había día sin que el ojáncanu dejara de presentarse a la muchacha, que poco a poco fue confiando en él. Al principio le veía y se iba a los pocos instantes, suspira que te suspira, como si todas las penas del mundo estuvieran metidas en su ánimo. Pero al ver que ella no le temía, se fue quedando más y más tiempo junto a ella, sin dejar de mirarla y de suspirar.

 Cuando empezó la primavera la confianza era más grande. El ojáncanu y la moza estaban casi todos los días juntos. El ojáncanu no paraba de ayudarla en todo lo que podía: le cortaba la leña para hacer los hatillos y arrancaba los espinos y piedras por donde ella iba andando para que no se lastimase. Si la fuente estaba lejos, el ojáncanu iba a por el agua. Si llovía, el ojáncanu escarbaba en una peña y hacía una peña para guarecerse o ahuecaba un árbol. Los otros pastores estaban extrañados de la amistad del ojáncanu y la muchacha.

En todos los pueblos la llamaban la novia del ojáncanu y las mozas y los mozos la aborrecían. Pero ella le tenía cada vez más apego y sentía mucha desazón en el monte cuando el ojáncanu tardaba en llegar junto a ella...

Un día, a mitad de primavera, la moza no subió al monte. El ojáncanu la buscó por todas partes y mandó al cuervo que volara sin parar dando vueltas por encima del monte para ver si la veía venir con su rebaño.

El cuervo voló toda la mañana, volvió al mediodía, se le posó en la nariz y le dijo que no la veía por ninguna parte. Día tras día la buscaron, el cuervo por el aire y el ojáncanu por las cuestas, pero no encontraron a la moza. El ojáncanu cada vez estaba más triste.

Un atardecer ya no soportó más la angustia. Detuvo entonces a un pastor y le preguntó por la muchacha. El pastor, encogido de miedo, le dijo la verdad: Los padres de la moza la habían mandado a un pueblo, muy lejos del valle, para que no volviera a ver al ojáncanu. Al oírlo el ojáncanu no dijo nada y el pastor siguió el su camino muy contento de que el ojáncanu no le hiciera mal...

Al amanecer del día siguiente el ojáncanu envío al cuervo para que buscara a la muchacha. Dos días tardó el cuervo en hallarla.
—Encerrada en un cuarto está, enferma de pena, sin poder salir — le dijo el cuervo

 Al día siguiente, muy de mañana, cuando se levantaron los vecinos, todo el pueblo fue una queja. Los maizales estaban destrozados, los cercos de las huertas caídos, los nogales en el suelo, lo mismo que los perales y los manzanos. No había quedado una cerca ni un árbol de fruta en pie. Toda la cosecha estaba destrozada.

Cuando el sacristán fue a tocar a misa se encontró con que habían desaparecido las campanas. Cuando el herrero abrió la fragua vio que le habían llevado el yunque. Cuando el médico fue a enganchar el caballo al carricoche para ir a visitar a los enfermos, se encontró con el carricoche con las ruedas partidas…

Otra vez mandó al cuervo a ver a la muchacha
—Ahora la están velando, dicen que ha muerto de pena — le dijo el cuervo al regresar

El grito de dolor del ojáncanu fue tan terrible que las piedras de las peñas estallaron, tembló la tierra y se elevaron las aguas inundando todo a su alrededor.
Dolido y furioso arrancó y pisoteó todo el pasto de los prados, destrozó el campanario de la iglesia, el paredón que la gente del pueblo había construido para que el agua del rio no entrara en los cultivos. Ni las paredes en pie quedaron de la casa de los padres de la muchacha, ni el horno de pan ni el carro.
Así día tras día los vecinos se encontraban al despertar con un nuevo destrozo: un día un gran hoyo en la plaza del pueblo, otro día la fuente cubierta de piedras, otro el molino sin ruedas de molienda...

Los vecinos arreglaban las paredes durante el día y el ojáncanu las tiraba por la noche. Así llegó el invierno. La gente estaba sin cosecha, los parajes sin hierba. Todos los vecinos estaban entristecidos, sin tener una pizca de harina para llevar al molino, ni molino para moler.

Una mañana, al poco de amanecer, toda la gente se fue llorando por los caminos con los trastos a cuestas. Unos se fueron a un pueblo y otros a otro, porque el ojáncanu enamorado no paraba de hacer mal.

El pueblo se quedó solo y las casas se fueron cayendo poco a poco, hasta que todo no fue más que un matorral.

Pasó el tiempo y casi nadie recuerda que el ojáncanu se volvió malo a causa de una herida en el corazón por culpa del miedo de los humanos a lo distinto.

No sé si así sucedió o si fue de otro modo, sé sí que el miedo a lo diferente hasta el día de hoy sigue haciendo daño a unos y a otros.

©Adaptación de Ana Cuevas Unamuno




[1] Lumbre= Fuego
[2] Hato: conjunto de artículos o personas juntas, en este caso Manojo de ramas atadas

Que es un Ojáncanu u Ojancano




Se trata de un gigante ciclópeo de la tradición cántabra y encarna todo el mal, lo negativo y lo salvaje. Con diferentes características regionales, se le conoce con distintos nombres. Es denominado Ojáncano, Jáncano o Páncano en Cantabria. En el País Vasco responde a los de Tártalo, Torto, Anxo y Basajaun; aunque éste último en algunas versiones no tiene las connotaciones negativas el Ojáncano, o es tan poco inteligente que es fácilmente burlado. En Asturias lo llaman Patarico. En Galicia, Olláparo –en ocasiones con otro ojo en el cogote- y Ollapín –con solo uno en el cuello-.

Todas las versiones coinciden en señalar que el rostro es completamente redondo, de color amarillento, con unas barbas como cerdas de jabalí, largas, bermejas como una llama. Los cabellos son de un rojo menos intenso. Su único ojo, en mitad de la frente, relumbra como una candela, y está rodeado de unas arrugas pálidas con unos puntitos azules. Es fuerte y de largos brazos; su voz, como un trueno, se asemeja al bramido de un toro en celo y, a la puesta del sol, muge y echa espuma por la boca.

Aparte de estos datos, las versiones son muy distintas, dependiendo de los lugares donde se escuchen. Suele tener diez dedos en cada mano y en cada pie, y dos hileras de dientes. A veces nos dicen que es alto y delgado y que se cubre con una zamarra de color pardo; otras, que va prácticamente desnudo y se tapa con su melena y barbas, larguísimas y engrasadas con unto de oso, dejando al descubierto tan solo el ojo.

Su morada se ubica en profundas grutas con la entrada cubierta de maleza y de desprendimientos pétreos, cuya puerta cierra con una enorme piedra que nadie más que él puede mover. Su lecho está situado en la zona más profunda, formado a base de hojas, hierbas y ramas. Enfurecido por el fuerte viento de los temporales, que le enreda las barbas en zarzas, árboles y arbustos, se enfada y tira y despedaza grandes rocas y árboles. En ocasiones pelea a pedradas con otros ojáncanos. Ellos han sido los que, en momentos como estos, han hecho los desfiladeros y precipicios, y han desgajado los montes.

Ente las maldades que la mitología cántabra atribuye a este ogro está el de derribar árboles, cegar fuentes, robar ovejas, raptar a jóvenes pastoras, destruir puentes, matar gallinas y vacas, abrir simas y barrancos, arrastrar peñas hasta las camberas y brañas donde pasta el ganado, rompe las tejas, robar imágenes en las iglesias y dejar bojonas (con cuernos defectuosos) las vacas. Además, siembra entre los lugareños el rencor, la soberbia, la envidia y el hurto. A los recién nacidos se les protegía para que no fuesen raptados por ellos con una mezcla de agua bendita con laurel, a la que añaden harina si son niños, pero no en el caso de que sean niñas.

Al igual que la anjana, tiene el don de la metamorfosis, y puede adoptar varias formas para hacer daño. Puede transformarse en un mendigo anciano y pide albergue en cualquier casa desapareciendo al amanecer luego de haber dado muerte a vacas, ovejas y gallinas. Otras veces roba los ahorros y otros objetos de las viviendas. En otras versiones, se transforman en un árbol robusto a orilla de los caminos y al pasar un carro con leña u otro cargamento, este se derrumba sobre los bueyes. Otras historias cuentan sobre robos a bellas pastoras y destrucciones de cabañas.

Además de comer todo el ganado y la gente que podía conseguir, aunque siempre le gustaron las bellotas, de las hojas de los acebos y de los animales y panojos de maíz que roba. Pero también come murciélagos y aves como las golondrinas, además de los tallos de las moreras, y suele hurtar a los pescadores las truchas y las anguilas.

Se le puede matar –según las diversas versiones- arrancándole un pelo blanco de la roja barba, o dándole con una piedra en un hoyo que tiene en el centro de la frente. También fallece si come setas o fresas silvestres, o si es tocado por una lechuza en la cabeza. También cuando un sapo volador toca al ojáncano, este muere si no consigue una hoja verde de avellano untada en sangre de raposo. Según la tradición, cuando envejece lo suficiente, son otros ojáncanos jóvenes quienes le matan, le abren el vientre y reparten lo que lleva dentro enterrándolo junto a un roble. Del cadáver del ojáncano, al cabo de nueve meses, surgen unos enormes gusanos que la Ojáncana amamanta con la sangre de sus pechos hasta que al cumplir tres años se transforman en ojáncanos y ojáncanas para comenzar otra vez el ciclo de maldades.

Sus únicos amigos son el cuegle y los cuervos; estos últimos suelen informarles de cuanto ven posándose junto a su oreja o en su nariz. Su principal enemigo son las anjanas, pues este es la antítesis de la bondad, de la dulzura de la Anjana. Donde ésta pone afecto, recompensa, humildad y regalo, el Ojáncano pone rencor, castigo, soberbia y hurto. Las perseguía al encontrarlas en su camino; pero éstas se transformaban o se hacían invisibles, y conseguían burlarle siempre

Paralelamente existen versiones que cuentan la existencia de ojáncanos bondadosos, nacido uno cada cien años, a los que se les podía incluso acariciar y ellos agradecidos avisaban de la llegada de los ojáncanos malos. Este monstruo es considerado el ser más popular de la mitología de Cantabria.

Hay una leyenda de una anjana que se encontró a un ojáncano un frío día de invierno, cuando la nieve caía sin parar. Atacado los lobos, consiguió espantarlos, pero le habían dañado su único ojo, por lo que vagaba perdido en medio de la ventisca, asustado y ciego. La anjana se acercó a él, le tomó de la mano y se lo llevó a vivir con ella. Desde entonces, fueron amigos y permanecieron unidos, sacándole la anjana a pasear los días soleados.

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