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viernes, 12 de junio de 2015

Lo que cuenta el Zorro del León


Recopilado por PEDRO HENRIQUEZ UREÑA (REPÚBLICA DOMINICANA)





—AUNQUE es costumbre hablar bien del león, tanto como mal de los zorros —dijo el zorro azul—, yo les quiero contar hazañas del llamado rey de los animales, para que vean que no siempre es justo.
Una vez, estaba enfermo uno de los leones de tierras al norte, donde andaba yo de visita. A los leones les gusta que los vayan a visitar cuando están enfermos, y ya saben ustedes cómo se aprovechan de estas visitas muchas veces. Los zorros tenemos mucha prudencia en tales casos, y no nos acercamos a la cueva del león en estas ocasiones, no sea que entremos y no salgamos. Pero esta vez me aseguraron que el león no haría nada, porque los chacales le llevaban buena comida y no pasaba hambre. Fui, pues, acompañado de un oso negro y de un mono gris, porque yendo en compañía disminuía el peligro aún más.
Llegados allí, preguntamos cortésmente al león por su salud. El mono se deshacía en caravanas. Yo procuraba conducirme discretamente. Pero el oso, que a veces es muy tonto, se puso inquieto y se veía que no estaba a gusto.
"— ¿Qué te pasa?" —preguntó el león irritado.
"—Pues no está nada agradable esta cueva. Se ve que no la limpian tus chacales...."
"— ¿Y a ti qué te importa?"
"—A mí me importa, porque los olores no son nada agradables".
El león se encendió en furia, entonces, y de un zarpazo lo tendió muerto en el suelo, diciéndole:
"—Toma olores agradables".
El mono, al ver aquello, comenzó a dar de chillidos:
"— ¡Qué absurdo! ¡Qué ofensa para el rey! ¡Oso estúpido!" 
"—No chilles" —le gritó el león.
"—Es que no puedo tolerar la conducta del oso. ¡Ponerse a censurar la mansión real, que sólo huele a perfumes de Arabia!".
"—No es verdad: el oso tenía razón en lo que decía, y mis chacales son muy sucios, no entienden cómo debe tenerse una casa distinguida, y me van a obligar a llamar a los gatos para que la limpien. Pero lo que me molesta fue el aire grosero con que habló el oso".
"—Pues a mí, de todos modos, me huele aquí a perfumes de Arabia..."
El león, a quien le subía de punto el enojo, acabó por darle otro zarpazo al mono y tenderlo también muerto, en el suelo, con esta frase:
"—Toma perfumes de Arabia."
Yo lamentaba haber accedido a aquella visita. Mis dos compañeros yacían muertos, y yo no veía el modo de salir de allí.
El león me dijo entonces:
"— ¿Y a ti cómo te huele?"
"— ¿A mí? —le dije—. No me huele a nada. Tengo catarro".

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