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jueves, 11 de junio de 2015

COMER SIN HABER COMIÓ

Cuento popular de puerto Rico (y de tantas otras partes....)



ESTABA Juan Bobo invitado a un banquete en casa de una gente muy fina, cuando su madre le amonestó diciendo:
—Mira, Juan Bobo, como tú no estás acostumbrado a codearte con gente de buena crianza y tienes muy malos modales, pon mucha atención a lo que tienes que hacer: cuando estés sentado a la mesa, si te entran ganas de estornudar no estornudes; si te entran ganas de rascarte, no te rasques; y ante todo, como te gusta comer demasiado sin tener la menor idea de cuándo es de buen gusto decir basta, cuando se acerque a donde ti la doncella a ofrecerte la bandeja para que te sirvas, te tocaré disimuladamente el zapato con la punta del pie para que sepas que ya te has servido bastante y digas no quiero más.

Juan Bobo le respondió diciendo:
— ¡Ay Mai! ¡No se ocupe, no se ocupe, que yo sé lo que tengo que hacel!

La madre lo vistió entonces con una cotona[1] nueva; ella se puso su mejor traje y salieron juntos camino del banquete, que se celebraba en la casa de la gente más rica del pueblo. No bien llegaron, Juan Bobo se quedó maravillado ante el despliegue de cristalería y argentería bruñida[2], ordenada sobre finísimos manteles como para una procesión de gala. Se sentó a la mesa al lado de su madre y, saludando con gran esparcimiento de sonrisas a los demás comensales, se dispuso a disfrutar en paz de aquel festín.
Comenzaron a salir las doncellas por la puerta de la cocina, adornadas con cofias y delantales de encaje, para ofrecerles a los invitados el primer manjar. No bien olfateó Juan Bobo el delicioso aroma que se desprendía de aquel asopao de camarones, se le hizo la boca agua, pero como estaba condimentado con mucha pimienta, al levantar la tapa de la enorme sopera le entraron unas ganas irresistibles de estornudar y, para demostrar que era muy fino y que sabía comer con buenos modales, volvió a colocarla en su sitio, indicándole con la cabeza a la doncella que no quería.
Después de un rato las criadas regresaron con unas espléndidas vasijas, rebosantes del segundo manjar. Cuando Juan Bobo husmeó el perfume de aquel pejerrey escabechado, se le hizo la boca agua, pero como el pejerrey estaba curado con mucho ajo, le entraron unas ganas irresistibles de rascarse y, para demostrar que era muy fino y que sabía comer con buenos modales, volvió a colocar apresuradamente la tapa sobre la vasija y le hizo un gesto con la cabeza a la criada indicándole que no quería.
Alguna media hora más tarde, regresaron las doncellas con unas bandejas suntuosas en cada una de las cuales yacía[4], dorado y ya trinchado en lonjas jugosas y blanquísimas, un enorme pavo trufado. Cuando Juan Bobo olisqueó la fragancia de aquellos pavos, sintió dentro de la boca un verdadero océano de agua, convencido de que al fin podría dar rienda suelta a su hambre. Se dispuso entonces con grandísimo contento a servirse todo lo que le cupiera en el plato, pero como jamás había comido con cubierto de plata, éstos se le resbalaban de entre los dedos. Haciendo finalmente caso omiso de los melindres y finuras que le había exigido su madre, logró pinchar con el cuchillo una lonja de pechuga de pavo, con tan mala suerte que cuando se encontraba a punto de servírsela en el plato se le cayó el cubierto y, deslizándosele por entre los pliegues de la cotona, fue a dar encima de su zapato.
Merodeaba por allí en aquel momento un perro famélico, favorito de los dueños de la casa, y éste, al olfatear el aroma de aquel bocado inesperado, se precipitó vorazmente sobre él. Estaba Juan Bobo a punto de servirse una segunda lonja cuando sintió que le tiraban del zapato y poniéndose entonces más rojo que un fuelle, se levantó furioso en medio del banquete e interrumpió los agasajos diciendo:
— ¡Banquete ni qué banquete! ¡Si en casa e la gente rica el pobre tie' que aprendel a sel tan fino que come sin habel comió, y encima lo obligan a decil no quiero más, yo me voy pa' mi casa y que no me vuelvan a invital!

Y colorín colorao, este cuento se ha acabao, y el que sepa uno más sabroso, que me sirva un plato de arroz con melao. 



[1] Cotona: franela.
[2] Argentería bruñida: plata brillante.
[3] Pejerrey: variedad de peces de color plateado y de carne comestible. (Golfo de México y parte del mar Caribe).
[4] Yacía: descansaba.

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