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domingo, 7 de abril de 2013

EL NIÑO QUE SE DERRETÍA

 

Texto y dibujos de Elena Hadida- Libros del Quirquincho, 1996

La familia de Daniel odiaba el verano. Sus abuelos se sentaban frente al ventilador todo el día, aunque a la abuela se le volaba el rodete y al abuelo se le enrojecía la pelada.

Los papás de Daniel trabajaban horas extras sólo porque en la oficina había aire acondicionado. Y cuando llegaban a casa se sentaban en el patio tomando litros de helado y apantallándose con el diario. Papá se abanicaba con el suplemento económico y mamá se aireaba con las noticias policiales.

Pero la parte más terrible le tocaba a Daniel. A medida que subía la temperatura, Daniel iba poniéndose más y más colorado. Sus ojos se ponían brillantes y comenzaba a transpirar. Al principio eran sólo unas gotitas en su frente, pero seguía transpirando y transpirando hasta que comenzaba a derretirse.

-¡Querida, traé el balde, que Daniel se está derritiendo!

Mamá ponía un balde en el que Daniel iba cayendo de a poquito, hecho agua. Después lo ponían un rato en la heladera y se recuperaba. Realmente, era una vida muy incómoda.

Para Daniel no había vacaciones en la playa, ni partidos de fútbol bajo el sol, pero a pesar de todo ya tenían la situación bastante dominada.

El verdadero problema comenzó una tarde especialmente calurosa. Como siempre, Daniel se derritió en el balde que la mamá le tenía preparado, pero cuando lo estaba llevando a la heladera, patinó con una lechuga y...¡zas! desparramó a Daniel por el piso de la cocina.

-¡Lo maté!, ¡maté a mi propio hijo...! gritaba mamá desesperada, viendo el charco sobre las baldosas.

Papá también estaba preocupado pero trataba de calmar los ánimos. Hasta los abuelos se separaron del ventilador para ver qué pasaba.

-Mmmm..., ese chico se va a ir por la rejilla...,-decía el abuelo, siempre pesimista.

-Suerte que no cayó en la tierra, o ya tendríamos un nieto vegetal –decía la abuela, que siempre lograba ver el lado positivo de las cosas.

Lo cierto es que el papá decidió solucionarlo urgentemente y no tuvo mejor idea que recoger a Daniel con un trapo de piso.

-¡El nene...!, ¡el nene...! –gritaba la mamá desesperada. Pero el papá siguió muy decidido: absorbió toda el agua con el trapo, escurrió el trapo en el balde, puso el balde en la heladera y se sentó a esperar.

-Mmmm..., me parece que había menos agua que en otras ocasiones, seguro que falta algún pedazo –dijo el abuelo, siempre pesimista.

A la abuela no se le ocurrió ningún comentario positivo y la mamá simplemente se desmayó.

Cuando les pareció que había pasado el tiempo suficiente como para que Daniel se recuperara, abrieron la heladera.

-¡Viste, pesimista! –dijo la abuela-. Cabeza, cuerpo. Dos brazos y dos piernas, está todo, bien completo.

Completo, pero alborotado-dijo el abuelo, y la verdad es que tenía razón. El papá había logrado juntar toda el agua, pero al escurrir el trapo, el pobre chico cayó al balde todo revuelto: le salía un brazo del lugar donde debía ir la cabeza, en lugar de pierna derecha tenía un brazo izquierdo, y a la altura del brazo, emergía, sonriente la cabeza.

La mamá, que comenzaba a recuperarse del desmayo, abrió los ojos, lanzó un grito y volvió a desmayarse.

-Creo que la solución sería dejar que se derritiera nuevamente en el balde y volver a ponerlo en la heladera –dijo el papá.

-Sí, es buena idea, pero el problema es que ya anocheció y refrescó bastante.

Y como les daba miedo someterlo al derretimiento violento que sufriría frente a una estufa, decidieron esperar al día siguiente confiando en que hiciera suficiente calor como para derretir a Daniel y poner en práctica su plan de reestructuración anatómica.

No fue una noche sencilla. Cepillarse los dientes y ponerse el pijama, resultaron tareas verdaderamente complicadas, pero finalmente llegó la mañana, desalentadoramente fresca.

Daniel ya no sonreía y permanecía recostado en el sillón, porque no encontraba la forma de sentarse.

Fueron pasando las horas, el sol fue calentando con más fuerza, y por fin, pasado el mediodía, sacaron a Daniel junto con el balde al jardín.

Se empezó a poner colorado, luego su frente se perló de sudor y acabó derritiéndose prolijamente dentro del balde.

Entre papá y el abuelo lo condujeron cuidadosamente a la cocina y lo metieron en la heladera tratando de que el agua se agitara lo menos posible.

Todos se sentaron, silenciosos, a esperar. La mamá salió oportunamente de uno de sus desmayos y se dispuso a vivir la angustiosa incertidumbre. Los minutos corrían lentos y nadie notaba siquiera el calor concentrado en la habitación cerrada.

-Va a salir más revuelto que antes-decía el abuelo.

-De todas formas no dejaba de ser original, seguro que conseguía trabajo en el circo-decía con su mejor buena voluntad la abuela.

Cuando el papá notó que la mamá se estaba poniendo verdosa y que iba a volver a desmayarse, les pidió que hicieran silencio.

Por fin consideraron que el tiempo había sido suficiente y abrieron muy despacito y con cierto temor la puerta de la heladera.

Ahí estaba Daniel luciendo enteramente normal y con cada uno de sus miembros en el lugar apropiado.

La mamá se desmayó de la emoción y por única vez en sus vidas, los abuelos se quedaron mudos.

El papá lucía una sonrisa satisfecha. Abrazó a Daniel y le dijo:

-Evidentemente, tu problema lo tenemos bajo control. Si pudimos salir de ésta, el futuro no me preocupa, pero realmente no creo que tu madre pueda soportar más desmayos...¿qué te parecería si nos mudáramos?

La familia ya se está acostumbrando al blanco paisaje de la Antártida. Los abuelos viven pegados a la estufa, aunque a la abuela se le chamusca el rodete y al abuelo se le tuesta la pelada.

1 comentario:

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