Cada día te cuento un cuento....

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sábado, 30 de marzo de 2013

Cuento de Pascua:El conejo Erestome y la ingeniosa Catarina

 

Tarjetas-de-Pascua-para-imprimir-1Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

 

 

 

Como todos los años el abuelo Rudecindo se levantó lleno de emoción, había llegado el día en que la señora Luna redonda y brillante venía a buscarlos, y había muchos preparativos que hacer antes de la noche. Primero había que ir en busca de patos y gallinas para que viniesen con sus huevos, luego había que hacer los hoyos donde estos anidarían y los más jóvenes comenzarían a pintarlos.

Nadie recordaba exactamente cuándo se había hecho el pacto entre ellos y la Luna, pero cada año los más ancianos de cada familia contaban la historia de Erestome el conejo valiente y su ingeniosa esposa Catarina.

¿Conocen la historia?

¿No?

Entonces les cuento….

Hace mucho mucho tiempo sucedió que la tierra se entristeció tanto que todas las plantas se secaron, no había frutos, ni árboles, ni nada de nada. La Madre Tierra entera se marchitaba. Humanos y animales estaban muy preocupados, no tenían comida y tampoco les nacían hijitos

Nadie sabía qué le pasaba a la Madre Tierra, unos lloraban, otros se enojaban, algunos intentaban rogarle que volviese a dar frutos, otros la golpeaban, pero nada resultaba. Día tras día la tierra se secaba.

Paseaba un día la abuela luna por el cielo y de puro curiosa la coneja Catarina miró hacia abajo (Es que en ese tiempo los conejos vivían en la luna)

—¡Qué fea está la tierra! ¿Qué le sucede?

Como todos los conejos son curiosos, al oírla miraron y los comentarios se multiplicaron.

— Uy, es verdad verdadera ¡Está oscura!

—Y seca

—Y demasiado quieta

—No hay flores

—Ni risas

—Ni cantos

—Ni frutos…

Dijeron uno tras otro

La abuela luna al escucharlos les dijo con congoja:

—Pobre hija mía, está triste porque cree que nadie la quiere. Ya no le agradecen ni celebran su abundancia. Nadie la cuida, ni la respeta. Todos esperan que ella les dé y le arrancan los frutos una y otra vez sin entregarle nada a cambio.

—¡Hay que hacer algo!, dijo Catarina muy apenada.

—¿Qué podemos hacer nosotros, tan pequeñitos y desde tan lejos?— le respondieron los conejos y conejas.

—Si la Abuela Luna nada hace poco podemos nosotros— replicó su esposo.

—Pues yo digo que algo hay que hacer— insistió Catarina.

La verdad a Catarina no se le ocurría nada pero estaba decidida a encontrar una solución.

—He tratado de convencer a mi hija para que se sacuda la pena, pero no me escucha y no puedo ir junto a ella porque se desordenarían los cielos, — se lamentó la luna. — He enviado a mis hijas las nubes pero viajan tan veloces que sus palabras se desparraman en el viento, he mandado a las gotas de lluvia pero la tierra está tan enojada que el fuego de su ira seca las gotas antes que puedan llegar, ya no imagino a quien puedo enviar.

—¡Eso es!, Exclamó Catarina, tenemos que ir a visitarla y convencerla para que sane.

—A no, no, no— chillaron los conejos muertos de miedo al ver lo lejos que quedaba la tierra.

—Si bajamos los humanos querrán comernos como hacen con todo. — Dijo un conejo viejo.

—Si saltamos nos romperemos la cabeza— contesto otro más joven.

—Tenemos familia y mucho trabajo que hacer en casa— dijeron muchas conejas, dando media vuelta para ir a esconderse rápido en sus madrigueras.

—Nosotros también — dijeron los conejos yendo tras ellas.

— ¡Yo iré!— afirmó Catarina muy seria.

—Catarina, Catarina, ¿No ves que es imposible saltar tan lejos? Piensa esposa mía, si ninguna criatura de la tierra ha podido hallar solución, ¿qué podría hacer una conejita?

Catarina lo miró con tanta tristeza que Erestome respiró hondo y asintió.

Así fue como juntos le dijeron a la abuela luna que estaban dispuestos a ir en ayuda de la tierra, pero no sabían cómo hacerlo.

La Abuela Luna primero se asombró. Luego sonrió y agradecida estiró uno de sus haces de luz plateada y por él descendieron los conejos a la tierra.

No fue nada fácil estar en la árida tierra. Los animales los miraban con recelo, los humanos corrían intentando cazarlos, el suelo seco les quemaba las patitas, todo era oscuro y triste.

Los conejos asustados pero decididos intentaron mil maneras de contentar a la Madre Tierra, pero ella estaba tan pero tan enojada que no había forma de convencerla. Hacía mucho, mucho tiempo que todas sus criaturas se alimentaban de lo que ella ofrecía pero ninguna le daba siquiera las gracias.

—Ya vez Catarina que no podemos hacer nada— dijo Erestome muy triste.

—Déjame pensar — dijo ella y se sentó junto a un viejo árbol a mirar y meditar.

En ese momento vio acercarse a unas gallinas que mirando a todas partes trataban de esconder algo bajo sus alas.

Catarina sorprendida se acercó y quiso preguntarles, pero las gallinas aterradas soltaron su carga y se alejaron rapidito.

Catarina miró los bellos bolos redondos y blancos y marrones, nunca había visto nada igual.

Pasó su lengua por la cáscara pero no tenían gusto a nada, los olió, los sacudió y sus ojos se iluminaron.

—Ya sé— gritó. —Erestome ve a buscar a esas aves, haremos hoyos grandes para poner sus bolos y así le daremos comida a la Madre Tierra, eso la pondrá contenta.

A Erestome la idea no le gustó nada, le daban un poco de miedo las aves, pero tanto insistió Catarina que armándose de coraje fue a buscarlas.

Pobre Erestome, en el camino tenía que esconderse a cada rato para que no se lo comieran humanos ni animales. Tropezaba dos por tres con grandes plantas pinchudas que nunca había visto y se perdía en la oscuridad. Algunos animalitos pequeños, tan asustados como él, al verlo acercarse le tiraban piedras, le escupían, lo mordían o daban gritos tan horribles que le hacían temblar.

Finalmente vio a las aves, todas juntas ocultas en una cueva de piedra.

—No teman. Me llamo Erestome y vengo de la luna para ayudarles— dijo cuando un montón de picos se abalanzaron sobre él.

—¡¡¡Ay. Ay. Ay!!! —Gritó de dolor. — ¡No como ave!— chilló queriendo tranquilizarlas.

Las aves al ver que no les hacía daño se detuvieron, aunque se quedaron algo alejadas por las dudas. Entonces Erestome aprovechó para contarles el plan de Catarina.

Patos, Patas, Gallinas y Gallos lo escucharon, meditaron un poco y aceptaron la propuesta. Todos juntos fueron a buscar a Catarina que mientras tanto había comenzado a hacer los hoyos poniendo con cuidado un bolo en cada uno.

—¡Mis huevos! ¡Mis hijos!— grito una gallina al verla

—¿Huevos, hijos…?— repitió asombrada Catarina y colocó con mucho cuidado el huevo que tenía en la mano en el cálido hueco de tierra.

—No podemos dejarlos ahí— dijo una pata flaca flaca. —Si los humanos los ven querrán comerlos.

—También muchos animales— dijo una gallina negra

Catarina preocupada no se dejó desanimar, alguna solución tenían que encontrar. Miró hacia arriba y hacia abajo, a derecha y a izquierda, adelante y atrás y de golpe supo lo que había que hacer.

—¡Vamos a disfrazarlos!

Todos la miraron confundidos.

Catarina tomó un poco de roja tierra, luego buscó algunos pétalos caídos: verdes, amarillos y azules, le pidió a un viejo árbol que se secaba de día en día que el diese un pedazo de su corteza marrón. Buscó la poquita agua que aún quedaba en un arroyo, pisó, machacó y mezcló todo y luego arrancándose unos bigotes se acercó a un huevo y lo lleno de dibujos.

Sin descanso trabajaron aves y conejos yendo de un sitio a otro, unos haciendo hoyos, otras colocando allí sus huevos y los más jóvenes pintando sin cesar.

Poco a poco otros animalitos y algunas plantas (en esa época muchas plantas caminaban) se acercaron, y cuando supieron que estaban tratando de sanar a la tierra, se ofrecieron a ayudar.

El roble les regaló sus últimas bellotas para que las pusieran en los hoyos. Los pinos les dieron algunas de sus escasas semillas, otras entregó el palo borracho.

Los yuyos fueron los más generosos y entregaron todas sus semillas, también las margaritas y las cebollas.

Los peces que agonizaban por falta de agua les suplicaron que hiciesen hoyos cerca de las orillas y allí depositaron sus huevos.

El maíz que aún tenía muchos granos los soltó junto a las gallinas que con sus finos piquitos rápido los enterraron.

Justo cuando ya casi terminaban unos niños los vieron y hambrientos como estaban corrieron para agarrar los huevos, fue entonces que Erestome se plantó delante de ellos y les dijo sin temblar:

—Si tiene hambre pueden comerme, pero estos huevos y estas semillas son para la Madre Tierra que siempre les dio todo y ustedes nada le dieron.

Los niños que nunca habían visto un conejo, pues como les conté los conejos eran hijos de la luna, se quedaron quietos mirándolo.

—¿Y tú quién eres?— le preguntó uno de los niños.

—Erestome, hijo de la abuela luna.

En ese momento la luna brillo como nunca en el cielo y Erestome resplandeció con su pelo plateado.

Los niños impresionados preguntaron:

— ¿Comerá la tierra lo que le ofrecen?

— ¿Va a sanar?

—Si quieren que sane tendrán que ayudarnos, hay mucho por hacer y somos pocos— dijo entonces Catarina.

Sin dudarlo los niños se unieron a la tarea y pronto muchos más se acercaron a brindar su ayuda.

La tierra al ver cómo le ofrecían lo poco que tenían con tanto amor, sin pedirle nada a cambio, se sintió avergonzada.

La abuela luna que todo lo había visto la acunó en sus haces de plateada luz y ayudada por el sol que le brindaba toda su luz, creció, creció hasta ser un inmenso disco de plata en el cielo. Las nubes conmovidas soltaron su llanto y el viento llevó su canto de un sitio a otro despertando a la vida a todas las fuerzas dormidas.

La tierra se emocionó tanto que todo su cuerpo empezó a temblar. Por primera vez comprendió que el sol, la luna, la lluvia, el viento, todos colaboraban con ella.

Así fue como sanó la tierra gracias al valiente Erestome y la ingeniosa Catarina, que desde entonces decidieron quedarse y formar aquí su familia.

Y como todos saben este es el motivo por el cuál aves y conejos suelen vivir juntos como buenos amigos, ya que ni las aves comen conejos ni los conejos aves.

Desde entonces una vez al año la Abuela luna pide ayuda al Sol para vestirse con su mejor luz y visitar a su hija. Es entonces cuando los conejos hacen hoyos en la tierra, las aves ponen sus huevos y juntos agradecen a la Madre Tierra por la abundancia que siempre ofrece generosa.

Si quieres tú también puedes ayudar….

©Ana Cuevas Unamuno

Si quieres leer otro cuento puedes ver acá

martes, 19 de marzo de 2013

Cuento: Una niña mala

Un Cuento de Montserrat Ordóñez. Colombia

Quiero ser una niña mala y no lavar nunca los platos y escaparme de casa. No voy a explicarle las tareas a nadie, ni a tender la cama. No quiero esperar en el balcón, suspirando y aguantando lágrimas, la llegada de papá. Ni con mamá ni con nadie. Cuando sea una niña mala gritaré, lloraré dando alaridos hasta que la casa se caiga. Cuando sea una niña mala no voy a volver a marearme y a vomitar. Porque no voy a subir al auto que no quiero, para dar las vueltas y los paseos que no quiero, ni voy a comer lo que no quiero, ni a temer que alguien diga si vomitas te lo tragas, pero a papá no se lo hacen tragar. Yo voy a ser una niña mala y sólo voy a vomitar cuando me de la gana, no cuando me obliguen a comer.

Llegaré con rastros de lápiz rojo en la camisa, oleré a sudor y a trago y me acostaré con la ropa sucia puesta y roncaré hasta despertar a toda la familia. Todos despiertos, cada uno callado en su rincón, respirando miedo. Quiero ser el ogro y comerme a todos los niños, especialmente a los que no duermen mientras yo ronco y me ahogo. Porque los niños cobardes me irritan. Quiero niños malos, y quiero una niña mala que no se asusta por nada. No le importa ni la pintura ni la sangre, prefiere las piedras al pan para dejar su rastro, y aúlla con las estrellas y baila con su gato junto a la hoguera. Ésa es la niña que voy a ser. Una niña valiente que puede abrir y cerrar la puerta, abrir y cerrar la boca. Decir que sí y decir que no cuando le venga en gana, y saber cuándo le da la gana. Una niña mojada, los pies húmedos en un charco de lágrimas, los ojos de fuego.

La niña mala no tendrá que hacer visitas ni saludar, pie atrás y reverencia, ni sentarse con la falda extendida, las manos quietas, sin cruzar las piernas. Las cruzará, el tobillo sobre la rodilla, y las abrirá, el ángulo de más de noventa, la cabeza alta y la espalda ancha y larga, y se tocará donde le provoque. No volverá a hacer las tareas, ni a llevar maleta, ni a dejarse hacer las trenzas, a tirones, cada madrugada, entre el huevo y el café. Nadie le pondrá lazos en la coronilla ni le tomarán fotos aterradas. Tendrá pelo de loba y se sacudirá desde las orejas hasta la cola antes de enfrentarse al bosque.

No me paren bolas, gritará la niña mala que quiere estar sola. No me miren. No me toquen. Sola, solita, se subirá con el gato a sillas y armarios, destapará cajas y bajará libros de estantes prohibidos. Cuando tenga su casa y cierre la puerta, no entrará el hambre del alma, ni los monos amaestrados, ni curas ni monjas. El aire de la tarde la envolverá en sol transparente. Las palomas y las mirlas saltarán en el techo y las terrazas, y las plumas la esperarán en los rincones más secretos y se confundirán con los lápices y las almohadas. Se colgarán gatos y ladrones y tal vez alguna rata, por error, porque sí, porque van a lo suyo, de paso, y no saben de niñitas, ni buenas ni malas. Armará una cueva para aullar y para reír. Para jugar y bailar y enroscarse. Para relamerse.

Ahora el balcón está cerrado. El gato todavía recorre y revisa los alientos. Es tarde y la niña buena, sin una lágrima se acurruca y se duerme.

MONTSERRAT ORDÓÑEZ (1941-2001) nació en Barcelona de padre colombiano y madre catalana, y educada en una doble identidad, residió en Bogotá, donde enseñó y escribió. PhD. en Literatura Comparada de la Universidad de Wisconsin-Madison y Profesora Titular de la Universidad de los Andes, publicó sus trabajos en numerosas revistas de ambas Américas y Europa, y se especializó en literatura escrita y leída por mujeres. Se le deben en particular una recopilación de trabajos críticos sobre La vorágine (Bogotá, Alianza Editorial, 1987), una edición crítica de la misma novela (Madrid, Cátedra, 1990), una selección de escritos de Soledad Acosta de Samper (Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1988) y una edición de Novelas y cuadros de la vida suramericana de la misma escritora (Bogotá, Ediciones Uniandes y Editorial Javeriana, 2004). Autora de los poemarios Ekdysis (Roldanillo, Ediciones Embalaje del Museo Rayo, 1987) y De piel en Piel (París, Indigo, 2002), y de otros textos hechos con algo de araña, de caracol, de escorpión y de camaleón. Porque desde siempre jugó con las palabras. Con ellas y de ellas vivió, lectora, estudiante y profesora de idiomas y de literatura, editora, traductora, conferencista, periodista, crítica literaria, investigadora, viajera y escritora, actividades que le descubrieron imprevistos mundos.