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martes, 15 de enero de 2013

LA RANA QUE QUISO SER PRINCESA

 

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Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

Ulata era una ranita de charco, no conocía lagunas, ni piletas, ni ríos, por eso creía que su charco era el mayor del mundo y que en él vivían todas las ranas.

Todas era una forma de decir, porque no había tantas ranas en el charco, solo su mamá, su papá y su tía. Con tan escasa compañía Ulata nunca sabía con quien jugar y casi siempre se aburría.

Una tarde en que jugaba a las escondidas con su sombra y acababa de ocultarse bajo una hoja de gomero, oyó voces desconocidas. Espío y se sorprendió al descubrir dos niños sentados en la piedra blanca. Quietita se quedó mirando. Su mamá le había advertido que se cuidara de los extraños y dos niños humanos eran suficientemente extraños.

El niño le contaba una historia a la niña. Una historia hermosa sobre una princesa que se había convertido en rana a causa de un hechizo.

—Pobre princesita— exclamó entristecida la niña — ¿Y entonces?— preguntó.

—Entonces llegó un príncipe valiente y aceptó casarse con la rana. Cuando esa noche la besó, la rana en princesa otra vez se convirtió.

Los niños se fueron dejando a Ulata toda confundida. Si una princesa podía convertirse en rana, una rana podía convertirse en princesa y entonces llegaría un sapo valiente y la salvaría. ¡Qué ganas tengo de ser princesa!, pensó Ulata. El problema era como encontrar quien la hechice.

Pensando y pensando regresó a su casa.

— ¿Vive alguna hechicera por aquí?— preguntó esa noche durante la cena.

— ¿Y para qué quieres a una hechicera?— se sorprendió su mamá.

—Quiero que me convierta en princesa para que un sapo valiente me salve y se case conmigo.

— ¡Qué tonterías estás diciendo!— exclamó malhumorado su papá.

— ¡Las ranas no se convierten en princesas y las hechiceras no existen!— le regañó su mamá.

—Tampoco se casan con sapos— dijo la tía.

Ulata cerró la boca y no dijo más. ¡Con los grandes no se puede hablar de algunas cosas! ¡No entienden nada!, pensó. Esa misma noche tomó una decisión: buscaría solita a la hechicera y cuando la encontrase la fastidiaría para que la convirtiera en princesa.

El primer problema fue descubrir como salir del charco y aventurarse por la tierra seca. Primero probó con paseos cortos, tenía miedo de perderse. Luego se animó a ir más lejos, hasta el borde del pinar. Día tras día probaba distintos caminos, mirando bien las señales en la tierra y en el cielo, para saber como regresar. Se fijaba por ejemplo en el camino del sol, en las piedritas que encontraba, en la forma de los yuyos, en los senderos de las hormigas y en la cuevitas de los topos.

Un día entró al bosque, sólo un poquito, y al otro día un poco más, y luego más... Justo entonces surgió el segundo problema: ¿A quién podía preguntarle por la casa de la hechicera? Las hormigas no sabían nada, tampoco los cascarudos, menos sabían los caracoles y las orugas ni siquiera le contestaron.

Llevaba semanas intentando encontrarla sin resultados cuando a su lado oyó un zumbido.

— ¿Qué hace una rana fuera del charco?— preguntó una voz chirriante

Ulata miró y se encontró con una cigarra que se confundía con la rama donde estaba posada. Primero dudo, pero después le preguntó, como la cigarra podía volar quizás supiese dónde vivía la hechicera.

— ¡Es una locura! ¡Una ridiculez! ¡Un desacierto!— chirrió la cigarra y casi enseguida añadió — Pero si quieres ir, ve. Vive tres árboles a la izquierda, cuatro la derecha, y medio tronco arriba.

— ¡Gracias!— dijo Ulata saltando de alegría.

—Espera, no tan aprisa— la llamó la cigarra —Ten mucho cuidado porque tiene dos caras, una buena y una mala y siempre hace trampas.

— ¿Y cómo puedo saber cuál es la buena y cuál es la mala?— preguntó Ulata de pronto asustada.

—Fijate para dónde tiene los pies y nunca le mires la cara.

Ulata le agradeció el consejo y se puso en marcha. Uno, dos, tres árboles a la izquierda. Uno, dos, tres, cuatro, árboles a la derecha y.... Ulata miró el inmenso y grueso tronco que se alzaba ante ella sin saber como escalarlo para llegar al medio. Trató de sujetarse con sus manitos y patitas, pero como el tronco era lisito se resbalaba.

— ¿Qué estás haciendo fuera del charco?— le preguntó una paloma que pasaba.

—Quiero llegar al medio del tronco para ver a la hechicera.

—Nadie quiere verla, es mala por dentro y por fuera.

—Yo quiero verla para que me convierta en princesa— dijo Ulata a la asombrada palometa.

—Si eso deseas te llevaré — le dijo la paloma y la llevó en un corto vuelo dejándola paradita en una rama ancha y plana. —Quizá esté dentro del hueco, quizás esté fuera, si quieres que te convierta, sorpréndela— dijo la paloma y se marchó.

Ulata miró la oscura entrada del hueco y le dio miedo, luego miró lo alto que estaba y le dio más miedo, luego pensó que pasaría si la hechicera la descubría con su cara mala y sintió mucho, muchísimo miedo. Temblando de puro miedo estaba cuando descubrió dos talones. No levantó los ojos, ni hizo ruido alguno.

—Mmmmm. Grrrr. Ajjjjj— chillaba la bruja — Huelo a rana metiche… Huelo a estorbo verde... ¿Quién se atreve a venir a verme? Mmmm Grrrr Ajjjj

Los pies comenzaron a girar y sin pensarlo siquiera Ulata saltó y se sujetó de la media de lana de la bruja. Del susto la bruja dio una patada y Ulata salió volando y volando tan lejos que apenas escuchó unas pocas palabras:

— ¡... rana entrometida, que unas patas te queden abajo y otras arriba!...

En ese mismo momento Ulata sintió un tirón y un golpe fuerte. Cuándo pudo recuperarse quedó atónita, había perdido su cuerpo de rana, sus patas de rana, su cara de rana, o sea, ya no era una rana, tampoco una princesa, ¡ahora era un árbol! Un árbol que lloraba de pena.

Tanto lloró que a sus pies se formó un cristalino arroyito.

— ¿Por qué lloras arbolito?—Le preguntó una vocecita surgida del agua.

— ¡Porque la bruja me ha convertido en árbol y yo soy rana! — contestó Ulata tratando de ver quien le hablaba.

— ¿Cómo te has puesto en su camino?

— ¡Quería que me convirtiese en princesa para que un sapo valiente me rescatase casándose conmigo!

— ¡Que tontería!— dijo la voz.

—Yo no sabía— sollozó Ulata.

— Tampoco yo... También a mí me ha embrujado la hechicera. Si me ayudas te ayudaré.

— ¿Quién eres?

—Ayúdame y lo sabrás.

— ¿Cómo puedo hacerlo?

—Debo responder un acertijo y no lo consigo.

— ¿Cuál acertijo?— preguntó Ulata cada vez más curiosa.

—Te lo diré pero antes debes prometerme que te casarás conmigo.

— ¿Casarme? ¿Cómo podría casarse un árbol con una voz?

—Prométemelo.

—De acuerdo, lo prometo— dijo Ulata divertida, pensando que la voz estaba más loca que ella.

—Este es: “Vuela sin alas, silba sin boca, pega sin manos y no se lo toca”.

Ulata pensó y pensó. ¿Qué podía ser? No se le ocurría nada. Una ráfaga le agitó las ramas y asustada grito:

— ¡Ay!—

— ¡No! No es esa la respuesta— refunfuñó la voz.

—Vuela sin alas... no es pájaro.....silba sin boca...mmmm —pensaba Ulata justo cuando un silbido fuerte la dejo aturdida. —Pega sin manos....uy uy uy que puede ser— pensaba Ulata mientras descartaba una idea tras otra.

Pensando estaba cuando una ráfaga fuerte la sacudió tanto que casi, casi se le mojaron las ramas en el charco.

— ¡Qué viento!— dijo y de inmediato sacudió las ramas contenta porque había descifrado el acertijo— ¡El viento! ¡Es el viento!

— ¿El Viento? Noooo creeeooo— dijo la voz desconfiada.

En ese mismo momento algo rugió y explotó, llenando de luces el bosque y dejando aturdida a Ulata.

— ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Acertaste! ¡Es el viento!... ¡Qué inteligencia la tuya!— Escuchó decir a la voz sin poder verla a causa de la explosión.

—Gra-ci- as— tartamudeó Ulata orgullosa y tímida.

—Ahora debemos casarnos — añadió la voz alejándose.

Ulata se quedó sola y desconcertada. Pronto escuchó un gran barullo y vio acercarse a la cigarra acompañada de muchos animales y delante de todos avanzaba el sapo más hermoso que había visto en su vida.

—Ahora debes cumplir tu promesa— dijo el sapo con la misma voz que antes escuchara Ulata.

Al oírlo Ulata sintió una pena grande por tener forma de árbol justo cuando encontraba a su príncipe sapo. No le parecía bien que un árbol se casase con un sapo, pero no dijo nada porque las promesas deben cumplirse.

La cigarra los casó, los pájaros cantaron, las hormigas bailaron, los caracoles rodaron y Ulata contenta con la fiesta se olvidó de todo hasta que el sapo la besó.

Al instante Ulata sintió su cuerpo de rana, sus patas de rana, su cara de rana y abrió grande su boca de rana soltando un “craac”, que es risa de rana y luego un “crooc”, que es pena de rana, y nada más porque las palomas llevaron volando a los novios a la casa del sapo, mientras en el bosque se oían los Mmmmmm grrrrrrrr y Ajjjjjjj de la hechicera frustrada.

—Mi querida princesa, entra como reina— le dijo el sapo.

Y Ulata sonriendo entró al palacio de piedras de la laguna más majestuosa y hermosa que podía imaginar, mientras cientos de ranas, sapos y renacuajos le daban la bienvenida.

FIN

©®Ana Cuevas Unamuno

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