Cada día te cuento un cuento....

Cada día te cuento un cuento....
¡Este es tu lugar!

martes, 27 de agosto de 2013

"Kobutori Jiisan"

Un cuento de la tradición oral

Hace mucho, mucho tiempo, vivía un anciano en un pueblo.

El nació con un chichón en la mejilla del cual no se preocupaba para nada.

Era muy optimista.

En el mismo pueblo vivía otro anciano que también tenía un chichón en la mejilla, pero éste siempre paraba enfadado porque se acomplejaba de su defecto.

Un día el anciano optimista fue a cortar leña al bosque, pasado un momento empezó a llover y decidió descansar un poco. Durmió profundamente pero se despertó al oír un ruido extraño en plena noche.

Se sorprendió mucho al ver a unos demonios celebrando una fiesta muy cerca de ahí.

clip_image003Estaban armando un gran alboroto cantando, bebiendo y bailando.

El anciano al comienzo tenía mucho miedo por lo que decidió seguir viendo a escondidas, pero no pudo contener sus ganas de bailar pues le parecía muy agradable todo aquello.

Los demonios se sorprendieron al verlo pero continuaron bailando porque su danza era muy interesante.

Pasaron un rato agradable hasta que cantó el primer gallo.

clip_image004El jefe de los demonios dijo: "Ya tenemos que volver a casa. Me gusta mucho tu danza por eso esta noche también ven. Voy a tomar tu chichón y si vienes esta noche te lo devolveré."

El anciano se quedó sin su chichón, ¡ni rastros de el!. Los demonios pensaban que al anciano le gustaba su chichón y por ello regresaría, pero en realidad éste estaba muy contento sin él.

Cuando el anciano regresó al pueblo contó todo lo sucedido al otro anciano.

clip_image006Este último lo veía con una mirada de envidia y dijo: "¡Voy a ir esta noche!"

Esa noche empezó nuevamente la fiesta.

Este anciano, por ser una persona sombría, no se encontraba a gusto y no pudo bailar, en realidad detestaba el baile.

Al verlo, poco a poco los demonios empezaban a disgustarse.

El jefe de los demonios le dijo: "¡Te voy a devolver tu chichón y vete inmediatamente!"

De esta manera, este anciano se quedó para siempre con los dos chichones por ser estrecho de espíritu y de corazón.

¡Y colorín colorado,
este cuento se ha acabado.!

domingo, 26 de mayo de 2013

Homenaje a la maravillosa ELSA BORNEMANN

Elsa se fue con el viento a contar cuentos a los pájaros, a las nubes y otras galaxias, pero nos dejo historias para que compartamos, acá les dejo algunas…

Acá un cuento…

Acá otro cuento… Este de Terror!!!

y uno más ahora para leer…

CUENTO: "CUANDO FALLAN LOS ESPEJOS! - De Elsa Bornemann.

Tío Gustavo me tiró de las trenzas y luego me hizo girar a su alrededor sosteniéndome de un brazo y de una pierna. Ese es el modo de demostrarme su cariño cuando pasamos varios días sin vernos. Como aquella tarde en que volví de mis vacaciones, por ejemplo.

-¡Nena! ¡Por fin de regreso! –me dijo contento-. Tengo un gran problema con mis dos espejos…Espero que me ayudes a solucionarlo…

Sin darme tiempo para deshacer mi equipaje, me condujo hasta su habitación.

-¿Qué le pasa a tus espejos, Tío?

-Están descompuestos…-aseguró preocupado-. Uno atrasa y el otro adelanta.

-¿Cómo los relojes?

-Justamente. Aunque ningún relojero ha podido repararlos…Ya verás…Mirémonos en ese…-y conmigo de su mano, mi tío caminó hasta que enfrentamos uno de los dos grandes espejos ubicados sobre las paredes de su cuarto.

-¡Este…es el que atrasa! –grité maravillada al descubrir la imagen de una bebita con chupete aferrada a la mano de un muchacho de pelo claro y abundante. ¡Mi tío Gustavo y yo reflejados tal cual éramos varios años antes!

-¿Y ese árbol florecido? –pregunté aún más sorprendida, señalando un macizo roble que se reflejaba a nuestras espaldas.

Mientras abría las ventanas para que las ramas pudieran estirarse cómodamente hacia la calle, mi tío me explicó:

-la mesa y las sillas, nena. Antes de ser muebles fueron ese árbol que ahora vemos en el espejo.

-… ¡Que atrasa! –alcancé a agregar antes de que dos ovejitas triscaran mimosas en torno a mí.

-¡Ah, no! ¿Y estas ovejas? –gimió mi tío.

Rápidamente ubiqué el lugar del que habían salido:

-¡La alfombra de lana! ¡La alfombra! –y durante un rato jugué con ellas.

De pronto, una gallina negra aterrizó sobre mi cabeza, cacareando inquieta.

-¡El plumero! –Exclamó mi tío desesperado-. ¡Voy a guardarlo! ¡Y la alfombra también! ¡Y la mesa! ¡Y las sillas! ¡Mi habitación se está convirtiendo en una granja! ¿Te das cuenta cuántas complicaciones me trae este espejo que atrasa?

Muy alterado, intentaba colocar la mesa dentro del ropero cuando yo tomé una sábana y cubrí el espejo cuidadosamente. En ese instante, mi tío respiró aliviado.

-No sé qué haría sin esta sobrina tan inteligente… -y llevándome a babuchas, abandonó su habitación hasta el día siguiente.

¡No podía soportar esa tarde la emoción de reflejarse también en el otro espejo descompuesto! Pero yo sí. Por eso, no bien se dispuso a dormir su siesta en la reposera del jardín, volví de puntillas a su habitación. ¡Tenía tanta curiosidad por mirarme en el espejo que adelantaba!

Y bien. Me miré. ¡Qué susto! ¡Yo era una viejecita, de pie en medio de una plaza! ¡Vaya si adelantaba ese espejo!

Salí corriendo del cuarto y –casi sin aliento- me arrojé en los brazos de mi tío. Se despertó sobresaltado.

-¡Tío! ¡Tío! ¡Debes mudarte! ¡En…en el sitio que ocupa esta casa van…van a construir una plaza! ¡Y yo…yo soy muy viejita...y llevo rodete…y…!

-Eres apenas una niña así de alta… -dijo él, rozando el aire con su mano izquierda-. Y una niña desobediente además, que fue a mirarse en el espejo que adelanta aprovechando mi sueño…salgamos a dar una vuelta…

Al día siguiente, cuando entré a su habitación, ansiosa por reflejarme nuevamente en sus averiados espejos, los encontré totalmente compuestos. ¡En cada uno de ellos podía verme tal cual soy!

-Ese ya no atrasa… y aquel no adelanta más –comentó mi tío-. Anoche descubrí la causa de las fallas y los arreglé yo mismo.

-¿Cómo? ¿Cómo?

-Al que atrasaba le di cuerda.

-¿Y al que adelantaba cómo lo reparaste?

-Ah…Es un secreto, nena –y guiñándome un ojo, se dirigió conmigo hacia el comedor para tomar el desayuno.

ELSA BORNEMANN (1952)

Escritora argentina nacida en Capital Federal. Publicó muchos libros para chicos de diversas edades y recibió numerosos premios

Siga contando en los vientos Maestra!!!

sábado, 18 de mayo de 2013

Syria Poletti: Cartas para un adolescente

Querido Ariel:

Me preguntás cómo nace la vocación de ser escritor y ¡es tan imposible de definir en una sola respuesta! Desde lo anecdótico, la clave se encuentra en la propia historia, única e irrepetible. También puedo afirmar que hay un momento en la vida de todo escritor en el que descubre la magia de la palabra.

De pronto la vida se corta por un fogonazo, y de ahí en más es "antes" y "después" de se instante en el que te llegó la verdad: el valor de la palabra para comunicar.

Un día, cuando yo era chica, cruzaba un caminito de campo, al borde de un arroyo, una mujer joven, arrodillada sobre una tabla de lavar ropa, semihundida en las aguas, me vio y me llamó. Yo me acerqué y ella vino hacia mía con las manos chorreantes, con una expresión entre desconfiada y esperanzada a la vez. Y me preguntó:

-¿Es cierto que vos sabés leer?

-Sí, es cierto-contesté.

-¿No me decís una mentira? Mirá que si me mentís, te pego.

-Pégueme, pero yo sé leer.

En ese entonces, yo creía que sabía leer todo lo que estaba escrito.

La mujer sacó del bolsillo del delantal una carta, húmeda y arrugada y, tendiéndomela, me dijo:

-Leémela… Pero sin mentiras.

Leí: "Querida Juana: si es verdad que vas a tener un hijo nuestro, como me enteré, yo volveré a tu pueblo y me casaré contigo. Eriberto."

-¿Eso dice? ¿Eso?- preguntó la mujer anhelante, incrédula.

-Eso dice: "Me casaré contigo. Eriberto."

-¿Y firma Eriberto? ¿Eriberto?

-Firma Eriberto. Mire la "E".

La mujer se puso a llorar y me besó las manos con unción. Yo me sentí muy avergonzada. Retiré las manos, molesta, y le dije:

-¿Por qué me besa las manos?

Y ella me contestó:

-Porque no puedo besárselas a quien te enseñó a leer.

Y ahora no sé si eso pasó ayer, esta mañana o hace cien años; pero sé que pasa todos los días. Espero que entiendas.

Syria


(Carta de la escritora Syria Poletti,del libro inédito Cartas para una adolescente)

martes, 14 de mayo de 2013

Las Vocales Presumidas

Un cuento de Pedro Labella Martínez

Cuando yo era pequeño, solía hacer prácticas en mi cuaderno de caligrafía. Letra a letra y renglón a renglón, terminaba una plana o carilla y, sin descanso posible, comenzaba otra, y otra, y otra...

En una de estas ocasiones acabé una línea con las vocales y, cuando me disponía a escribir la segunda, sucedió algo que me dejó asombrado: las letras comenzaron a moverse y, una a una, fueron saltando del cuaderno a la mesa y correteaban sobre ella como una panda de niños sobre verde césped.

La primera en saltar era gordita y tenía un gracioso rabillo que arrastraba por la superficie de la mesa: era la "a".

La segunda caminaba encorvada, como si su enorme cabeza pesara tanto, que su delicada espalda no pudiera con ella: fue la "e".

Saltó la tercera. Elegante, delgada y con una cabecita que, sin tenerla pegada al cuerpo, la seguía a todas partes: se llamaba "i".

La cuarta era redondita, rechoncha y sin rabillo. Rodaba sobre sí y saltaba con dificultad por razón de su peso: era la "o".

Por fin saltó la última, con su pancita colgando, caminaba a saltitos sobre su rabo curvado: fue la "u".

Como una riada corrían y gritaban entre piruetas, zancadillas y empujones; felices y libres, lejos de las rígidas líneas de los renglones, que las aprisionaban desde el principio de sus vidas. Con traviesa algarabía se reían y burlaban unas de otras y todas eran tan diferentes, que formaban un grupo muy pintoresco.

-Mirad, amigas, -decía la "a"- mirad ésta que se las da de letra de "postín", ¡mirad la "i"! ¿Habéis visto letra más finita y despistada, que ni la cabeza la tiene asentada?.

Todas rieron la gracia, menos la "i", que enfadada le respondió a la "a":

-Ríe, ríe cuanto quieras, que si de presumir se trata, muy entradita en carnes estás para ir a la "moda lineal". Eres gordita y tu rabillo, que arrastras, siempre sucio está.

-Pues mira, no me quejo, -replicó ufana la "a"- que a carnes hay quien me gana y a sucia... ¡no te digo más!.

-¡Oye, tú; conmigo no te metas! -exclamó airada la "o" al verse señalada- que yo de gorda no tengo nada y de sucia menos. Me lavo por la mañana y cuando me acuesto. Lo que pasa es que la envidia no te deja ver, que soy hermosa y no gorda... ¡como la cabeza de la "e"!.

Conforme la discusión avanzaba, más confuso se hacía el griterío y mientras unas hacían muecas, otras aplaudían y, todas, participaban de aquel "juego" tan divertido.

-¡Ya salió mi cabeza!... -protestó resignada la "e"- ¡sí!, la tengo gorda, ¿y qué?, por algo soy la que más y mejor piensa y sé que cada una tiene su hechura que nos diferencia y da personalidad. Yo así quiero ser, ya que sería muy extraño que siendo de otra forma... me llamaran "e".

Todas rieron con renovadas ganas y comenzaron a imitarse unas a otras con gestos tan exagerados, que resultaban verdaderamente cómicos. Parecían duendecillos fantásticos, a los que siempre tendría conmigo: me bastaría con escribir un nuevo renglón en mi cuaderno...

-Razón tienes, amiga "e", -oí decir a la "i"- ¿acaso me llamarían "i" si tuviese la panza de la "u", en vez de esta cabecita descolgada, aunque alguna vez me la olvide sobre la almohada?. Pero así y todo, yo no veo una letra de mi elegancia y de tener cabeza la prefiero pequeña, pues, aunque así la tengo... ¡también pienso!.

-Tú, algo pensarás, -habló la "u" con tono cansado- pero entiendes poco. ¿Acaso crees que la "e" habla de nuestra personalidad, para que pensemos cada una de nosotras que somos mejores que las demás?... ¡qué presumida y vanidosa! Lo importante no es tu delgadez, mi panza, o... la cabeza de la "e"; lo que importa es lo que somos y el servicio que hacemos, y ninguna sin consonante valemos mucho, ni somos feas o bonitas,... ¿te enteras de una vez?.

De repente, cuando la "i" se disponía a replicar, fastidiada por tan dura reprimenda, una ráfaga de viento hizo volar las letras de sobre mi mesa y, por más que busqué, no las volví a ver. Pero aquel hecho fantástico, sueño o realidad, me hizo comprender que cada cual es... como es. Y que si la naturaleza nos hizo tan distintos e irrepetibles, somos todos, al menos, dignos de respeto.

domingo, 28 de abril de 2013

El castigo al orgullo

un cuento de Giambattista Basile (Italia 1634/1636)

GriseldaSufriendo

Había un Rey en Solcolungo que tenía una hija llamado Cinziella. Ella era una luna de encanto, pero cada dracma de belleza se contrapesaba con una libra llena de orgullo. Como ella no apreciaba a nadie, era imposible para su pobre padre que deseaba establecerla en la vida encontrarle un buen marido, que la dejara satisfecha.

Entre los muchos príncipes que habían venido a cortejarla estaba el Rey de Belpaese que no dejó piedra sin remover en sus esfuerzos para captar el amor de Cinziella. Pero por más que él daba peso a sus servicios, más ella le devolvía la falta de aprecio. Al más generoso de sus afectos, más avarienta la voluntad de ella. Mas a él eso no le importó y más quería el corazón de ella.

No un día pasó que el pobre no le dijera, —¿Cuándo, o cruel, entre todos los melones de la casa que recojo no se volverán calabazas, y yo encontraré uno que sea rojo? ¿Cuándo, O furia sin corazón, las tempestades de su crueldad cesaran y yo seré capaz con un buen viento poner el timón de mis deseos hacia su puerto? ¿Cuándo, después de los tantos ataques de oraciones y súplicas, yo plantaré el estandarte de mis deseos por fin en las murallas de esta fortaleza suya?—

Pero sus palabras eran todas tiradas a los vientos, como si ella tuviera una mirada que podía quebrar las piedras, mas ella parecía no tener oído para los lamentos proferidos por quienes ella hería. De hecho, ella se comportaba tan mal con él. ¡Así que, por fin, cuando se había cansado totalmente de toda la crueldad de Cinziella, y él comprendió que ella hablaba de él como otros lo hacen de algún ladrón, el pobre se señor se marchó con todos su séquito, clamando en una frase súbita de enojo, —¡yo hice todo por las llamas del amor!— Él juró sería vengado en esta saracena empedernida de tal manera que le obligaría que se arrepintiera de haberlo humillado en la vida.

Después de eso él dejó el reino, se dejó crecer una barba y tiñó su cara, y al pasar varios meses él volvió a Solcolungo disfrazado como un lugareño. Allí, por fuerza de sobornos, tuvo éxito de entrar como uno de los jardineros del rey. Trabajando como mejor podía en el jardín un día, extendió bajo las ventanas de Cinziella una túnica imperial toda trabajada en oro y diamantes. Cuando las sirvientas lo vieron, ellas se la mostraron en seguida a su señora, y ella las envió a preguntarle al jardinero si la vendía. Pero él contestó que no era, ni comerciante, ni un vendedor de vieja ropa, pero que él se la daría a ella con la condición que ella le permitiera dormir una noche en los aposentos de la princesa.

Las muchachas le dijeron esto a Cinziella y dijeron, —¿Que hay que perder allí, Señora, dándole esta satisfacción al jardinero, y ganando una túnica que podría ser de una reina?

Cinziella, agarró el gancho cual buen pez, convencida tomo la túnica y le permitió a él su petición.

La siguiente mañana un vestido de la misma hechura fue visto en el mismo lugar, y cuando Cinziella repitió su pregunta, ella consiguió la misma respuesta, con una demanda para dormir en la antesala de la princesa. Y esta vez también Cinziella se permitió acceder tanto por su anhelo, y, para conseguir el vestido, le concedió su deseo al jardinero.

La tercera mañana, antes de que el sol golpeara con su luz en los campos, el jardinero desplegó en el mismo lugar un chaleco maravilloso que coincidía con el vestido. Cuando Cinziella lo vio, ella dijo, —yo nunca estaré contenta si yo no tengo ese chaleco—. Así que ella llamó a al jardinero y le dijo, —Mi buen compañero, usted realmente debe venderme que chaleco que vi en el jardín, y usted puede tomar mi corazón por él—.

El jardinero contestó, —yo no lo vendo, pero si le gusta, yo le daré también el chaleco y un collar de diamantes, si usted me permite dormir una noche en su cuarto—.

—Usted ahora es un bribón atrevido,— exclamó Cinziella. —No es bastante para usted dormir primero en mi entrada, entonces en mi antesala. Ahora usted lo quiere estar en mi cuarto. ¡La próxima proporción suya será que usted quiere dormir en mi cama!—

El jardinero contestó, —Mi señora, yo guardaré mi chaleco, y usted su cuarto. Si usted quiere hacer el negocio, usted sabe la manera. Yo me conformo con dormir en el suelo que es lo que uno no negaría a un Turco y si usted viera la cadena que yo le daría, quizás usted me trataría mejor.—

Cinziella, en parte desdibujada por su deseo, y en parte animada por sus señoras que estaban ayudando al jardinero permitió ser persuada para satisfacerlo. Cuando la tarde vino y noche cayó como un pellejero, que tira agua encima de las pieles al curtirla, y los cielos se pusieron negros, el jardinero, llevando con él la cadena y chaleco, fue a los apartamentos de la princesa y, le habiendo dado estas cosas, entró a su cuarto.

La princesa lo empujó en una esquina y dijo,— Ahora, quédese allí sin un sonido, y no se mueva, como usted valore mis favores,— y dibujando una línea con carbón de leña a lo largo del suelo, agregó,— Si usted traspasa esta línea detrás de usted, usted lo pierde todo, incluida su cabeza —. Entonces ella entró en la cama y cerró las cortinas frente a él.

En cuanto el jardinero sintió que ella estaba dormida, él pensó que era momento para trabajar en los campos de amor, entró al lado de ella, y cuando la dueña del jardín se despertó, él recogió los frutos de su amor.

Cuando Cinziella se despertó y vio lo que había pasado, ella sintió que ella no remediaría uno mal haciendo dos, o, por causa de delatar al jardinero, trayera ruina de su propio jardín, así que, haciendo un mal por necesidad, ella aceptó la fechoría y encontró placer en la falta. Así, ella quién había desairado coronadas cabezas, no se negó a unirse a un patán, esto era lo que el rey disfrazado pensó y tal ella también.

El asunto continuó, y Cinziella terminó embarazada. Así, viéndose crecer su barriga más día a día, ella le dijo a al jardinero que ella sabía que enfadaría a su padre si viniera y lo notaba, y que ellos debían pensar en alguna manera de salir del peligro. Él contestó que el único remedio que él podría encontrar a la falta que habían cometido era marcharse juntos. Él la llevaría a la casa de una señora anterior que tuvo, cómo haría alguna provisión para ella cuando ella fue traída para plantar en un macizo. Cinziella, entrando en un estado de melancolía se trago su propio orgullo se permitió se persuadida por este consejo. Ella abandonó su casa y se confió al árbitro de fortuna.

El rey la llevó, después de un largo y pesado paso a su casa, y allí le dijo a su madre el asunto entero, pidiéndole que mantuviera el secreto, porque él quería que Cinziella pagara por su arrogancia pasada. Así que él la puso en uno de los establos del palacio, y allí la hizo llevar una vida miserable, devolviéndole como pan diario el precio de molestias incesantes.

Un día cuando los sirvientes del lugar estaban cocinado, él les dijo que llamaran a Cinziella para ayudarlos, y al mismo tiempo él le sugirió en secreto a ella que se llevara algunos rollos de pan para aplacar su hambre. Cinziella infeliz, aprovechando el momento en que ella estaba descargando el pan del horno, cogió un rollo en el centellar de un ojo y lo escondió en su bolsillo.

Pero en ese momento el rey entró vestido con su propia ropa y dijo a las muchachas, —¿Quién dijo ustedes que podían traer a esta desvergonzada dentro de la casa? ¿Usted no pueden ver por su cara ella es una ladrona? Pongan sus manos en sus bolsillos, y ustedes encontrarán la prueba de su crimen—.

Así que ellos la investigaron, y encontraron el pan en su bolsillo. Entonces ellos se burlaron y se mofaron de ella tanto que el fragor duro todo el día.

El rey se puso su disfraz de nuevo y fue donde Cinziella a quien él encontró toda humillada y triste sobre los insultos ella había tenido que tragarse. Pero él le dijo que no se preocupara tanto por ello, porque la necesidad es un tirano de hombres, y como el poeta toscano dice:

… el ayuno del mendigo

trae a menudo a los hechos

que en un estado más feliz

él habría culpado en otros.

Así, si hambre maneja a la loba del bosque, debe pensar en perdonable a ella por hacer lo que no estaría bien en otros. Él le aconsejó que fuera a dónde la señora del lugar, que estaba recortando ciertas telas y se ofreciera a ayudarla, para ver si ella podía poner sus manos en algunos trozos de tela, porque, como ella estaba tan cercano su tiempo de parto, ella necesitaría todo lo que ella pudiera conseguir.

Cinziella no supo decir nada a su marido (para tal ella lo pensó), así que ella subió a los apartamentos de la reina y tomo lugar entre las sirvientas que recortaban telas y servilletas, camisas y gorras. Ella robó un pedazo de tela y lo escondió en su vestido, pero el rey entró y los riñó de nuevo, como cuando había hecho sobre el pan. Cuando ellos encontraron el género robado en ella, le dieron una reprimenda, como si la había encontrado con toda la pila de ropa limpia, así que ella se tiñó de carmesí con la vergüenza, ella corrió al establo.

También, esta vez, el rey reapareció disfrazado, viéndola tan infeliz y desesperada, la confortó, diciendo que ella no debía permitirse caer en la melancolía, ya que todo en este mundo es cuestión de opinión, y que si ella no podía conseguir algunas naderías para ella, como ella haría muy pronto cuando estuviera dando a luz. —Usted simplemente se ha llegado en un buen momento. La señora ha cudrado un enlace para su hijo con una novia extranjera. Ellos quieren enviarle un vestido todo preparado de brocado y tela de oro, hecho para ella como un presente. La novia es de su tamaño, así que será fácil para usted conseguir algunos cortes. Guárdelos en su bolsa, y entonces nosotros podemos venderlos y podemos vivir cómodamente después.—

Cinziella, llevo a cabo los órdenes de su marido, había escondido simplemente una longitud buena de rico brocado, cuando el rey entró, hizo como antes ordenado que ella fuera registrada. Cuando ellos encontraron el robo, ellos lanzaron fuera con gran ignominia. Pero después el rey, se enmascarado como el jardinero, corrió rápidamente abajo a confortarla, así con una mano él la atormentaba y con la otra de amor él la llenaba, él cubría la herida alegremente para no desesperara.

Cinziella miserable, agonizaba con lo que le había ocurrido, sostuvo que era el castigo de los cielos por su arrogancia y orgullo, ella quién había tratado a los tantos reyes y príncipes como felpudos era tratada ahora como la más vil mujerzuela. Y se habiendo vuelto su corazón piedra a los consejos de su padre, ella se ruborizaba ahora de vergüenza ante las burlas de los sirvientes. La rabia en su alma y la humillación ella había sufrido provocó los primeros dolores del parto.

La reina, en cuanto su hijo le dijo esto, sintió piedad por el estado de la joven, y ella ya tenía preparado sus propios cuartos y puso en una cama toda bordada con oro y perlas en un cuarto donde colgaban cortinas de tela de oro. Cinziella estaba asombrada a ser trasladada de un establo a tal cámara real, de un montón de estiércol a tal cama costosa, y no podría entender lo que pasaba. Ella fue rodeada por las personas que se afanaban de atenciones, que le dieron caldos y pasteles para darle fuerza en su labor de parto. Los niños llegaron que sin demasiado dolor y ella dio a luz dos muchachos encantadores que eran las cosas más bellas que usted pudo ver.

En cuanto ella hubiera terminado la labor, el rey entró y dijo, —¿Dónde sus ingenios han estado vagando? ¿Por qué han puesto la silla de montar de un rico caballo en un asno? ¿Es esta la cama para alguien tan bajo? Aquí, sáquenla rápidamente, y entonces fumiguen el cuarto con el romero para llevarse el hedor.—

Entonces la reina dijo, —Bastante, hijo mío, bastante. ¡Usted ha atormentado a la pobre muchacha suficientemente! Usted debe estar satisfecho en haberla reducido a este estado miserable después de la tanta tensión y angustia, y si usted no esta todavía desquitado por el desdén que ella le dio a usted en su corte, estas dos joyas que ella le ha dado deben pagar su deuda.— Y ella les hizo traer a los bebés que parecían los más amorosos del mundo.

El rey, viendo estas dos cosas pequeñas, superado con la ternura, abrazo a Cinziella y le dijo quién él era. Él dijo que todos que él había hecho eran por la indignación del trato que le dio como rey, pero que de hoy en adelante él la acariciaría como la manzana de sus ojos.

La reina, en su lado, abrazo a Cinziella como una hija, y como la esposa de su hijo, y ella le devolvió sus buenos retornos, sus dos muchachos que en ese momento de belleza parecían un consuelo por todos sus problemas pasados. Sin embargo, de esa vez ella recordó para siempre en adelante guardar sus velas abajo, teniendo presente que la ruina es la hija de orgullo.

domingo, 7 de abril de 2013

EL NIÑO QUE SE DERRETÍA

 

Texto y dibujos de Elena Hadida- Libros del Quirquincho, 1996

La familia de Daniel odiaba el verano. Sus abuelos se sentaban frente al ventilador todo el día, aunque a la abuela se le volaba el rodete y al abuelo se le enrojecía la pelada.

Los papás de Daniel trabajaban horas extras sólo porque en la oficina había aire acondicionado. Y cuando llegaban a casa se sentaban en el patio tomando litros de helado y apantallándose con el diario. Papá se abanicaba con el suplemento económico y mamá se aireaba con las noticias policiales.

Pero la parte más terrible le tocaba a Daniel. A medida que subía la temperatura, Daniel iba poniéndose más y más colorado. Sus ojos se ponían brillantes y comenzaba a transpirar. Al principio eran sólo unas gotitas en su frente, pero seguía transpirando y transpirando hasta que comenzaba a derretirse.

-¡Querida, traé el balde, que Daniel se está derritiendo!

Mamá ponía un balde en el que Daniel iba cayendo de a poquito, hecho agua. Después lo ponían un rato en la heladera y se recuperaba. Realmente, era una vida muy incómoda.

Para Daniel no había vacaciones en la playa, ni partidos de fútbol bajo el sol, pero a pesar de todo ya tenían la situación bastante dominada.

El verdadero problema comenzó una tarde especialmente calurosa. Como siempre, Daniel se derritió en el balde que la mamá le tenía preparado, pero cuando lo estaba llevando a la heladera, patinó con una lechuga y...¡zas! desparramó a Daniel por el piso de la cocina.

-¡Lo maté!, ¡maté a mi propio hijo...! gritaba mamá desesperada, viendo el charco sobre las baldosas.

Papá también estaba preocupado pero trataba de calmar los ánimos. Hasta los abuelos se separaron del ventilador para ver qué pasaba.

-Mmmm..., ese chico se va a ir por la rejilla...,-decía el abuelo, siempre pesimista.

-Suerte que no cayó en la tierra, o ya tendríamos un nieto vegetal –decía la abuela, que siempre lograba ver el lado positivo de las cosas.

Lo cierto es que el papá decidió solucionarlo urgentemente y no tuvo mejor idea que recoger a Daniel con un trapo de piso.

-¡El nene...!, ¡el nene...! –gritaba la mamá desesperada. Pero el papá siguió muy decidido: absorbió toda el agua con el trapo, escurrió el trapo en el balde, puso el balde en la heladera y se sentó a esperar.

-Mmmm..., me parece que había menos agua que en otras ocasiones, seguro que falta algún pedazo –dijo el abuelo, siempre pesimista.

A la abuela no se le ocurrió ningún comentario positivo y la mamá simplemente se desmayó.

Cuando les pareció que había pasado el tiempo suficiente como para que Daniel se recuperara, abrieron la heladera.

-¡Viste, pesimista! –dijo la abuela-. Cabeza, cuerpo. Dos brazos y dos piernas, está todo, bien completo.

Completo, pero alborotado-dijo el abuelo, y la verdad es que tenía razón. El papá había logrado juntar toda el agua, pero al escurrir el trapo, el pobre chico cayó al balde todo revuelto: le salía un brazo del lugar donde debía ir la cabeza, en lugar de pierna derecha tenía un brazo izquierdo, y a la altura del brazo, emergía, sonriente la cabeza.

La mamá, que comenzaba a recuperarse del desmayo, abrió los ojos, lanzó un grito y volvió a desmayarse.

-Creo que la solución sería dejar que se derritiera nuevamente en el balde y volver a ponerlo en la heladera –dijo el papá.

-Sí, es buena idea, pero el problema es que ya anocheció y refrescó bastante.

Y como les daba miedo someterlo al derretimiento violento que sufriría frente a una estufa, decidieron esperar al día siguiente confiando en que hiciera suficiente calor como para derretir a Daniel y poner en práctica su plan de reestructuración anatómica.

No fue una noche sencilla. Cepillarse los dientes y ponerse el pijama, resultaron tareas verdaderamente complicadas, pero finalmente llegó la mañana, desalentadoramente fresca.

Daniel ya no sonreía y permanecía recostado en el sillón, porque no encontraba la forma de sentarse.

Fueron pasando las horas, el sol fue calentando con más fuerza, y por fin, pasado el mediodía, sacaron a Daniel junto con el balde al jardín.

Se empezó a poner colorado, luego su frente se perló de sudor y acabó derritiéndose prolijamente dentro del balde.

Entre papá y el abuelo lo condujeron cuidadosamente a la cocina y lo metieron en la heladera tratando de que el agua se agitara lo menos posible.

Todos se sentaron, silenciosos, a esperar. La mamá salió oportunamente de uno de sus desmayos y se dispuso a vivir la angustiosa incertidumbre. Los minutos corrían lentos y nadie notaba siquiera el calor concentrado en la habitación cerrada.

-Va a salir más revuelto que antes-decía el abuelo.

-De todas formas no dejaba de ser original, seguro que conseguía trabajo en el circo-decía con su mejor buena voluntad la abuela.

Cuando el papá notó que la mamá se estaba poniendo verdosa y que iba a volver a desmayarse, les pidió que hicieran silencio.

Por fin consideraron que el tiempo había sido suficiente y abrieron muy despacito y con cierto temor la puerta de la heladera.

Ahí estaba Daniel luciendo enteramente normal y con cada uno de sus miembros en el lugar apropiado.

La mamá se desmayó de la emoción y por única vez en sus vidas, los abuelos se quedaron mudos.

El papá lucía una sonrisa satisfecha. Abrazó a Daniel y le dijo:

-Evidentemente, tu problema lo tenemos bajo control. Si pudimos salir de ésta, el futuro no me preocupa, pero realmente no creo que tu madre pueda soportar más desmayos...¿qué te parecería si nos mudáramos?

La familia ya se está acostumbrando al blanco paisaje de la Antártida. Los abuelos viven pegados a la estufa, aunque a la abuela se le chamusca el rodete y al abuelo se le tuesta la pelada.

sábado, 30 de marzo de 2013

Cuento de Pascua:El conejo Erestome y la ingeniosa Catarina

 

Tarjetas-de-Pascua-para-imprimir-1Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

 

 

 

Como todos los años el abuelo Rudecindo se levantó lleno de emoción, había llegado el día en que la señora Luna redonda y brillante venía a buscarlos, y había muchos preparativos que hacer antes de la noche. Primero había que ir en busca de patos y gallinas para que viniesen con sus huevos, luego había que hacer los hoyos donde estos anidarían y los más jóvenes comenzarían a pintarlos.

Nadie recordaba exactamente cuándo se había hecho el pacto entre ellos y la Luna, pero cada año los más ancianos de cada familia contaban la historia de Erestome el conejo valiente y su ingeniosa esposa Catarina.

¿Conocen la historia?

¿No?

Entonces les cuento….

Hace mucho mucho tiempo sucedió que la tierra se entristeció tanto que todas las plantas se secaron, no había frutos, ni árboles, ni nada de nada. La Madre Tierra entera se marchitaba. Humanos y animales estaban muy preocupados, no tenían comida y tampoco les nacían hijitos

Nadie sabía qué le pasaba a la Madre Tierra, unos lloraban, otros se enojaban, algunos intentaban rogarle que volviese a dar frutos, otros la golpeaban, pero nada resultaba. Día tras día la tierra se secaba.

Paseaba un día la abuela luna por el cielo y de puro curiosa la coneja Catarina miró hacia abajo (Es que en ese tiempo los conejos vivían en la luna)

—¡Qué fea está la tierra! ¿Qué le sucede?

Como todos los conejos son curiosos, al oírla miraron y los comentarios se multiplicaron.

— Uy, es verdad verdadera ¡Está oscura!

—Y seca

—Y demasiado quieta

—No hay flores

—Ni risas

—Ni cantos

—Ni frutos…

Dijeron uno tras otro

La abuela luna al escucharlos les dijo con congoja:

—Pobre hija mía, está triste porque cree que nadie la quiere. Ya no le agradecen ni celebran su abundancia. Nadie la cuida, ni la respeta. Todos esperan que ella les dé y le arrancan los frutos una y otra vez sin entregarle nada a cambio.

—¡Hay que hacer algo!, dijo Catarina muy apenada.

—¿Qué podemos hacer nosotros, tan pequeñitos y desde tan lejos?— le respondieron los conejos y conejas.

—Si la Abuela Luna nada hace poco podemos nosotros— replicó su esposo.

—Pues yo digo que algo hay que hacer— insistió Catarina.

La verdad a Catarina no se le ocurría nada pero estaba decidida a encontrar una solución.

—He tratado de convencer a mi hija para que se sacuda la pena, pero no me escucha y no puedo ir junto a ella porque se desordenarían los cielos, — se lamentó la luna. — He enviado a mis hijas las nubes pero viajan tan veloces que sus palabras se desparraman en el viento, he mandado a las gotas de lluvia pero la tierra está tan enojada que el fuego de su ira seca las gotas antes que puedan llegar, ya no imagino a quien puedo enviar.

—¡Eso es!, Exclamó Catarina, tenemos que ir a visitarla y convencerla para que sane.

—A no, no, no— chillaron los conejos muertos de miedo al ver lo lejos que quedaba la tierra.

—Si bajamos los humanos querrán comernos como hacen con todo. — Dijo un conejo viejo.

—Si saltamos nos romperemos la cabeza— contesto otro más joven.

—Tenemos familia y mucho trabajo que hacer en casa— dijeron muchas conejas, dando media vuelta para ir a esconderse rápido en sus madrigueras.

—Nosotros también — dijeron los conejos yendo tras ellas.

— ¡Yo iré!— afirmó Catarina muy seria.

—Catarina, Catarina, ¿No ves que es imposible saltar tan lejos? Piensa esposa mía, si ninguna criatura de la tierra ha podido hallar solución, ¿qué podría hacer una conejita?

Catarina lo miró con tanta tristeza que Erestome respiró hondo y asintió.

Así fue como juntos le dijeron a la abuela luna que estaban dispuestos a ir en ayuda de la tierra, pero no sabían cómo hacerlo.

La Abuela Luna primero se asombró. Luego sonrió y agradecida estiró uno de sus haces de luz plateada y por él descendieron los conejos a la tierra.

No fue nada fácil estar en la árida tierra. Los animales los miraban con recelo, los humanos corrían intentando cazarlos, el suelo seco les quemaba las patitas, todo era oscuro y triste.

Los conejos asustados pero decididos intentaron mil maneras de contentar a la Madre Tierra, pero ella estaba tan pero tan enojada que no había forma de convencerla. Hacía mucho, mucho tiempo que todas sus criaturas se alimentaban de lo que ella ofrecía pero ninguna le daba siquiera las gracias.

—Ya vez Catarina que no podemos hacer nada— dijo Erestome muy triste.

—Déjame pensar — dijo ella y se sentó junto a un viejo árbol a mirar y meditar.

En ese momento vio acercarse a unas gallinas que mirando a todas partes trataban de esconder algo bajo sus alas.

Catarina sorprendida se acercó y quiso preguntarles, pero las gallinas aterradas soltaron su carga y se alejaron rapidito.

Catarina miró los bellos bolos redondos y blancos y marrones, nunca había visto nada igual.

Pasó su lengua por la cáscara pero no tenían gusto a nada, los olió, los sacudió y sus ojos se iluminaron.

—Ya sé— gritó. —Erestome ve a buscar a esas aves, haremos hoyos grandes para poner sus bolos y así le daremos comida a la Madre Tierra, eso la pondrá contenta.

A Erestome la idea no le gustó nada, le daban un poco de miedo las aves, pero tanto insistió Catarina que armándose de coraje fue a buscarlas.

Pobre Erestome, en el camino tenía que esconderse a cada rato para que no se lo comieran humanos ni animales. Tropezaba dos por tres con grandes plantas pinchudas que nunca había visto y se perdía en la oscuridad. Algunos animalitos pequeños, tan asustados como él, al verlo acercarse le tiraban piedras, le escupían, lo mordían o daban gritos tan horribles que le hacían temblar.

Finalmente vio a las aves, todas juntas ocultas en una cueva de piedra.

—No teman. Me llamo Erestome y vengo de la luna para ayudarles— dijo cuando un montón de picos se abalanzaron sobre él.

—¡¡¡Ay. Ay. Ay!!! —Gritó de dolor. — ¡No como ave!— chilló queriendo tranquilizarlas.

Las aves al ver que no les hacía daño se detuvieron, aunque se quedaron algo alejadas por las dudas. Entonces Erestome aprovechó para contarles el plan de Catarina.

Patos, Patas, Gallinas y Gallos lo escucharon, meditaron un poco y aceptaron la propuesta. Todos juntos fueron a buscar a Catarina que mientras tanto había comenzado a hacer los hoyos poniendo con cuidado un bolo en cada uno.

—¡Mis huevos! ¡Mis hijos!— grito una gallina al verla

—¿Huevos, hijos…?— repitió asombrada Catarina y colocó con mucho cuidado el huevo que tenía en la mano en el cálido hueco de tierra.

—No podemos dejarlos ahí— dijo una pata flaca flaca. —Si los humanos los ven querrán comerlos.

—También muchos animales— dijo una gallina negra

Catarina preocupada no se dejó desanimar, alguna solución tenían que encontrar. Miró hacia arriba y hacia abajo, a derecha y a izquierda, adelante y atrás y de golpe supo lo que había que hacer.

—¡Vamos a disfrazarlos!

Todos la miraron confundidos.

Catarina tomó un poco de roja tierra, luego buscó algunos pétalos caídos: verdes, amarillos y azules, le pidió a un viejo árbol que se secaba de día en día que el diese un pedazo de su corteza marrón. Buscó la poquita agua que aún quedaba en un arroyo, pisó, machacó y mezcló todo y luego arrancándose unos bigotes se acercó a un huevo y lo lleno de dibujos.

Sin descanso trabajaron aves y conejos yendo de un sitio a otro, unos haciendo hoyos, otras colocando allí sus huevos y los más jóvenes pintando sin cesar.

Poco a poco otros animalitos y algunas plantas (en esa época muchas plantas caminaban) se acercaron, y cuando supieron que estaban tratando de sanar a la tierra, se ofrecieron a ayudar.

El roble les regaló sus últimas bellotas para que las pusieran en los hoyos. Los pinos les dieron algunas de sus escasas semillas, otras entregó el palo borracho.

Los yuyos fueron los más generosos y entregaron todas sus semillas, también las margaritas y las cebollas.

Los peces que agonizaban por falta de agua les suplicaron que hiciesen hoyos cerca de las orillas y allí depositaron sus huevos.

El maíz que aún tenía muchos granos los soltó junto a las gallinas que con sus finos piquitos rápido los enterraron.

Justo cuando ya casi terminaban unos niños los vieron y hambrientos como estaban corrieron para agarrar los huevos, fue entonces que Erestome se plantó delante de ellos y les dijo sin temblar:

—Si tiene hambre pueden comerme, pero estos huevos y estas semillas son para la Madre Tierra que siempre les dio todo y ustedes nada le dieron.

Los niños que nunca habían visto un conejo, pues como les conté los conejos eran hijos de la luna, se quedaron quietos mirándolo.

—¿Y tú quién eres?— le preguntó uno de los niños.

—Erestome, hijo de la abuela luna.

En ese momento la luna brillo como nunca en el cielo y Erestome resplandeció con su pelo plateado.

Los niños impresionados preguntaron:

— ¿Comerá la tierra lo que le ofrecen?

— ¿Va a sanar?

—Si quieren que sane tendrán que ayudarnos, hay mucho por hacer y somos pocos— dijo entonces Catarina.

Sin dudarlo los niños se unieron a la tarea y pronto muchos más se acercaron a brindar su ayuda.

La tierra al ver cómo le ofrecían lo poco que tenían con tanto amor, sin pedirle nada a cambio, se sintió avergonzada.

La abuela luna que todo lo había visto la acunó en sus haces de plateada luz y ayudada por el sol que le brindaba toda su luz, creció, creció hasta ser un inmenso disco de plata en el cielo. Las nubes conmovidas soltaron su llanto y el viento llevó su canto de un sitio a otro despertando a la vida a todas las fuerzas dormidas.

La tierra se emocionó tanto que todo su cuerpo empezó a temblar. Por primera vez comprendió que el sol, la luna, la lluvia, el viento, todos colaboraban con ella.

Así fue como sanó la tierra gracias al valiente Erestome y la ingeniosa Catarina, que desde entonces decidieron quedarse y formar aquí su familia.

Y como todos saben este es el motivo por el cuál aves y conejos suelen vivir juntos como buenos amigos, ya que ni las aves comen conejos ni los conejos aves.

Desde entonces una vez al año la Abuela luna pide ayuda al Sol para vestirse con su mejor luz y visitar a su hija. Es entonces cuando los conejos hacen hoyos en la tierra, las aves ponen sus huevos y juntos agradecen a la Madre Tierra por la abundancia que siempre ofrece generosa.

Si quieres tú también puedes ayudar….

©Ana Cuevas Unamuno

Si quieres leer otro cuento puedes ver acá

martes, 19 de marzo de 2013

Cuento: Una niña mala

Un Cuento de Montserrat Ordóñez. Colombia

Quiero ser una niña mala y no lavar nunca los platos y escaparme de casa. No voy a explicarle las tareas a nadie, ni a tender la cama. No quiero esperar en el balcón, suspirando y aguantando lágrimas, la llegada de papá. Ni con mamá ni con nadie. Cuando sea una niña mala gritaré, lloraré dando alaridos hasta que la casa se caiga. Cuando sea una niña mala no voy a volver a marearme y a vomitar. Porque no voy a subir al auto que no quiero, para dar las vueltas y los paseos que no quiero, ni voy a comer lo que no quiero, ni a temer que alguien diga si vomitas te lo tragas, pero a papá no se lo hacen tragar. Yo voy a ser una niña mala y sólo voy a vomitar cuando me de la gana, no cuando me obliguen a comer.

Llegaré con rastros de lápiz rojo en la camisa, oleré a sudor y a trago y me acostaré con la ropa sucia puesta y roncaré hasta despertar a toda la familia. Todos despiertos, cada uno callado en su rincón, respirando miedo. Quiero ser el ogro y comerme a todos los niños, especialmente a los que no duermen mientras yo ronco y me ahogo. Porque los niños cobardes me irritan. Quiero niños malos, y quiero una niña mala que no se asusta por nada. No le importa ni la pintura ni la sangre, prefiere las piedras al pan para dejar su rastro, y aúlla con las estrellas y baila con su gato junto a la hoguera. Ésa es la niña que voy a ser. Una niña valiente que puede abrir y cerrar la puerta, abrir y cerrar la boca. Decir que sí y decir que no cuando le venga en gana, y saber cuándo le da la gana. Una niña mojada, los pies húmedos en un charco de lágrimas, los ojos de fuego.

La niña mala no tendrá que hacer visitas ni saludar, pie atrás y reverencia, ni sentarse con la falda extendida, las manos quietas, sin cruzar las piernas. Las cruzará, el tobillo sobre la rodilla, y las abrirá, el ángulo de más de noventa, la cabeza alta y la espalda ancha y larga, y se tocará donde le provoque. No volverá a hacer las tareas, ni a llevar maleta, ni a dejarse hacer las trenzas, a tirones, cada madrugada, entre el huevo y el café. Nadie le pondrá lazos en la coronilla ni le tomarán fotos aterradas. Tendrá pelo de loba y se sacudirá desde las orejas hasta la cola antes de enfrentarse al bosque.

No me paren bolas, gritará la niña mala que quiere estar sola. No me miren. No me toquen. Sola, solita, se subirá con el gato a sillas y armarios, destapará cajas y bajará libros de estantes prohibidos. Cuando tenga su casa y cierre la puerta, no entrará el hambre del alma, ni los monos amaestrados, ni curas ni monjas. El aire de la tarde la envolverá en sol transparente. Las palomas y las mirlas saltarán en el techo y las terrazas, y las plumas la esperarán en los rincones más secretos y se confundirán con los lápices y las almohadas. Se colgarán gatos y ladrones y tal vez alguna rata, por error, porque sí, porque van a lo suyo, de paso, y no saben de niñitas, ni buenas ni malas. Armará una cueva para aullar y para reír. Para jugar y bailar y enroscarse. Para relamerse.

Ahora el balcón está cerrado. El gato todavía recorre y revisa los alientos. Es tarde y la niña buena, sin una lágrima se acurruca y se duerme.

MONTSERRAT ORDÓÑEZ (1941-2001) nació en Barcelona de padre colombiano y madre catalana, y educada en una doble identidad, residió en Bogotá, donde enseñó y escribió. PhD. en Literatura Comparada de la Universidad de Wisconsin-Madison y Profesora Titular de la Universidad de los Andes, publicó sus trabajos en numerosas revistas de ambas Américas y Europa, y se especializó en literatura escrita y leída por mujeres. Se le deben en particular una recopilación de trabajos críticos sobre La vorágine (Bogotá, Alianza Editorial, 1987), una edición crítica de la misma novela (Madrid, Cátedra, 1990), una selección de escritos de Soledad Acosta de Samper (Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1988) y una edición de Novelas y cuadros de la vida suramericana de la misma escritora (Bogotá, Ediciones Uniandes y Editorial Javeriana, 2004). Autora de los poemarios Ekdysis (Roldanillo, Ediciones Embalaje del Museo Rayo, 1987) y De piel en Piel (París, Indigo, 2002), y de otros textos hechos con algo de araña, de caracol, de escorpión y de camaleón. Porque desde siempre jugó con las palabras. Con ellas y de ellas vivió, lectora, estudiante y profesora de idiomas y de literatura, editora, traductora, conferencista, periodista, crítica literaria, investigadora, viajera y escritora, actividades que le descubrieron imprevistos mundos.

martes, 29 de enero de 2013

EL PODER DE LOS ÀRBOLES CELTAS

No te pierdas la presentación de este interesante libro

tapa

 

Presentación del libro "EL PODER DE LOS ÁRBOLES CELTAS - escrito por Susana Shanahan,

Será una autentica FIESTA CELTA acompañada por la mejor música de arpa celta con Eliseo Mauas Pinto,narraciones de Celia Planxart. Miércoles 6/02/2013 19 horas Museo Roca Vicente López 2220 Colectivos: líneas 10, 17, 38, 41, 59, 60, 61, 67, 92, 93, 95, 101, 102, 108, 110, 118, 124, 130 Entrada Libre.

También podes ver en Facebook acá

TE ESPERAMOS!!!!

viernes, 18 de enero de 2013

El dragón horrible

Un cuento de Graciela Pérez Aguilar



Había una vez una lagartija muy pequeña, muy flaquita y muy verde, que vivía en un pantano repleto de animales muy grandes (como los cocodrilos), muy malos (como las víboras venenosas) o muy astutos (como los monos, que se la pasaban trepados a los árboles para evitar a los otros dos).
La lagartija – que se llamaba Amarilis- estaba harta de escaparse por un pelo (o por una escama) de los ataques de los cocodrilos, de las mordeduras mortales de las víboras y de las bromas que le hacían los monos desde lo alto de los árboles. Por eso, una tarde decidió convertirse en un dragón horrible. “Me voy a convertir en alguien que le dé miedo a todo el mundo” se dijo Amarilis la misma tarde en que se escapó por medio pelo (o media escama) de convertirse en la cena de un cocodrilo. Y entonces se puso a pensar en cómo convertirse en un dragón temido por todo el mundo del pantano.
“Lo primero que tengo que hacer es disfrazarme. Los animales más peligrosos son los más coloridos” pensó Amarilis. Y, entonces, se puso sobre el lomo verde un poco de barro y encima se pegó las semillas más vistosas de los árboles del pantano. Y la primera vez que salió a probar su nuevo disfraz, una viborita venenosa que venía por el camino se apartó para darle paso.
“Tengo que parecer más grande para que hasta los cocodrilos tengan miedo”, pensó Amarilis el día siguiente. Y, entonces, se inventó una caperuza de hojas, se la puso en la cabeza y salió a pasear. Al día siguiente, todos los animales del pantano hablaban del “monstruo de la caperuza”.
“¿Y si hago correr la voz de que tengo veneno en mi mirada?”, se dijo Amarilis esa noche.
A día siguiente, todo el pantano estaba alterado por la presencia de un horrible animal enorme de muchos colores al que no se podía mirar sin sentirse envenenado.
Cuando Amarilis salía de paseo, todos los animales se apartaban a su paso y nadie se atrevía a atacarla. Por primera vez en su vida de lagartija, sintió que la respetaban un poco pero, como era inteligente, entendió que la respetaban solamente porque le tenían miedo.
Una noche, apareció en la puerta de entrada del refugio de Amarilis un enorme cocodrilo. Amarilis se encogió y pensó que había llegado su última hora.
- ¡Lagartija! – dijo el cocodrilo en su idioma áspero - ¡Todo el mundo del pantano te respeta! En cambio, a mí los monos me vuelven loco porque se burlan desde los árboles, me tiran cocos y yo no alcanzo a morderlos. ¿Podrías hacer que no me molesten más? Me gusta que me tengan miedo, pero me molesta muchísimo que se burlen de mí.
- Haré lo que pueda, amigo cocodrilo – dijo Amarilis que apenas se había repuesto de la impresión – Mañana a la mañana, tendré una solución para tu problema.
Durante toda la noche, la lagartija pensó y pensó. Después, cuando apenas salía el sol, se pegó las semillas más coloridas y se ató la caperuza de hojas más grande que tenía. Asomada a un charquito, ensayó su mirada más terrible y venenosa. Después, se sentó a esperar en la puerta de su refugio.
- ¡Lagartija! – sonó la voz áspera del cocodrilo un rato más tarde.
- En primer lugar, ¡nada de lagartija! ¡Señora Amarilis! – lo fulminó.
- D-d-disculpe, s-señora A-amarilis – tartamudeó el enorme saurio con voz finita y observándola de reojo, por las dudas fuera cierto lo de la mirada fatal.
- Y, en segundo lugar, se me queda quieto, que voy a subirme a su lomo.
Mientras se trepaba agarrándose a las escamas, Amarilis sonrió lagartijamente: el cocodrilo temblaba hasta los huesos. Cuando estuvo instalada sobre el lomo, le dijo:
- Ahora, vamos a caminar por la selva.
Se sabe que los cocodrilos no transpiran, pero éste transpiraba a mares - o, mejor dicho, a ríos – mientras recorría con sus patas cortas el sendero hacia la ribera, llevando encima al “dragón horrible”. Poco a poco, los animales – monos, tapires, víboras, arañas y hasta mosquitos – se asomaron a verlos pasar. Las opiniones estaban divididas:
- Al fin y al cabo, el cocodrilo no es tan fiero como lo pintan. Miren cómo el dragón espantoso lo ha dominado.
- El cocodrilo debe ser muy poderoso porque puede llevar al terrible monstruo y soportar su mirada sin ser aniquilado.
Así, llegaron hasta el río. Entonces, y sin que el saurio se diera cuenta, Amarilis se fue quitando las semillas coloridas y la caperuza de hojas, hasta quedar convertida en la lagartija pequeña, flaquita y verde que realmente era. Entonces, los animales de la selva exclamaron, admirados:
- Amarilis es realmente poderosa. Miren cómo ha logrado que el cocodrilo la llevara sobre el lomo.
Pero cuando el saurio escuchó estos comentarios, se sacudió violentamente y la lagartija fue a parar de un solo envión a la orilla.
- ¿Qué? ¡Seño…Am…! ¡Lagartij…!
- Mi querido amigo cocodrilo – le dijo Amarilis sacándose una manchita de barro de la nariz, e instalándose cómodamente sobre la rama de un árbol seguro –, ya deberías haber aprendido que ser torpe y malo hace que la gente te tenga miedo, no que te respete. Y es mucho mejor el respeto que el miedo. Pero muchísimo mejor es que te quieran.
Y, mirando al resto de los animales, dijo:
- Y tampoco es bueno creerse cualquier cosa ni juzgar por las apariencias.
Lo cierto es que, desde entonces, ningún animal de la selva volvió a meterse con la lagartija Amarilis, aunque muchos de ellos llegaron a la puerta de su refugio para buscar consejo y terminaron siendo sus mejores amigos.



























martes, 15 de enero de 2013

LA RANA QUE QUISO SER PRINCESA

 

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Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

Ulata era una ranita de charco, no conocía lagunas, ni piletas, ni ríos, por eso creía que su charco era el mayor del mundo y que en él vivían todas las ranas.

Todas era una forma de decir, porque no había tantas ranas en el charco, solo su mamá, su papá y su tía. Con tan escasa compañía Ulata nunca sabía con quien jugar y casi siempre se aburría.

Una tarde en que jugaba a las escondidas con su sombra y acababa de ocultarse bajo una hoja de gomero, oyó voces desconocidas. Espío y se sorprendió al descubrir dos niños sentados en la piedra blanca. Quietita se quedó mirando. Su mamá le había advertido que se cuidara de los extraños y dos niños humanos eran suficientemente extraños.

El niño le contaba una historia a la niña. Una historia hermosa sobre una princesa que se había convertido en rana a causa de un hechizo.

—Pobre princesita— exclamó entristecida la niña — ¿Y entonces?— preguntó.

—Entonces llegó un príncipe valiente y aceptó casarse con la rana. Cuando esa noche la besó, la rana en princesa otra vez se convirtió.

Los niños se fueron dejando a Ulata toda confundida. Si una princesa podía convertirse en rana, una rana podía convertirse en princesa y entonces llegaría un sapo valiente y la salvaría. ¡Qué ganas tengo de ser princesa!, pensó Ulata. El problema era como encontrar quien la hechice.

Pensando y pensando regresó a su casa.

— ¿Vive alguna hechicera por aquí?— preguntó esa noche durante la cena.

— ¿Y para qué quieres a una hechicera?— se sorprendió su mamá.

—Quiero que me convierta en princesa para que un sapo valiente me salve y se case conmigo.

— ¡Qué tonterías estás diciendo!— exclamó malhumorado su papá.

— ¡Las ranas no se convierten en princesas y las hechiceras no existen!— le regañó su mamá.

—Tampoco se casan con sapos— dijo la tía.

Ulata cerró la boca y no dijo más. ¡Con los grandes no se puede hablar de algunas cosas! ¡No entienden nada!, pensó. Esa misma noche tomó una decisión: buscaría solita a la hechicera y cuando la encontrase la fastidiaría para que la convirtiera en princesa.

El primer problema fue descubrir como salir del charco y aventurarse por la tierra seca. Primero probó con paseos cortos, tenía miedo de perderse. Luego se animó a ir más lejos, hasta el borde del pinar. Día tras día probaba distintos caminos, mirando bien las señales en la tierra y en el cielo, para saber como regresar. Se fijaba por ejemplo en el camino del sol, en las piedritas que encontraba, en la forma de los yuyos, en los senderos de las hormigas y en la cuevitas de los topos.

Un día entró al bosque, sólo un poquito, y al otro día un poco más, y luego más... Justo entonces surgió el segundo problema: ¿A quién podía preguntarle por la casa de la hechicera? Las hormigas no sabían nada, tampoco los cascarudos, menos sabían los caracoles y las orugas ni siquiera le contestaron.

Llevaba semanas intentando encontrarla sin resultados cuando a su lado oyó un zumbido.

— ¿Qué hace una rana fuera del charco?— preguntó una voz chirriante

Ulata miró y se encontró con una cigarra que se confundía con la rama donde estaba posada. Primero dudo, pero después le preguntó, como la cigarra podía volar quizás supiese dónde vivía la hechicera.

— ¡Es una locura! ¡Una ridiculez! ¡Un desacierto!— chirrió la cigarra y casi enseguida añadió — Pero si quieres ir, ve. Vive tres árboles a la izquierda, cuatro la derecha, y medio tronco arriba.

— ¡Gracias!— dijo Ulata saltando de alegría.

—Espera, no tan aprisa— la llamó la cigarra —Ten mucho cuidado porque tiene dos caras, una buena y una mala y siempre hace trampas.

— ¿Y cómo puedo saber cuál es la buena y cuál es la mala?— preguntó Ulata de pronto asustada.

—Fijate para dónde tiene los pies y nunca le mires la cara.

Ulata le agradeció el consejo y se puso en marcha. Uno, dos, tres árboles a la izquierda. Uno, dos, tres, cuatro, árboles a la derecha y.... Ulata miró el inmenso y grueso tronco que se alzaba ante ella sin saber como escalarlo para llegar al medio. Trató de sujetarse con sus manitos y patitas, pero como el tronco era lisito se resbalaba.

— ¿Qué estás haciendo fuera del charco?— le preguntó una paloma que pasaba.

—Quiero llegar al medio del tronco para ver a la hechicera.

—Nadie quiere verla, es mala por dentro y por fuera.

—Yo quiero verla para que me convierta en princesa— dijo Ulata a la asombrada palometa.

—Si eso deseas te llevaré — le dijo la paloma y la llevó en un corto vuelo dejándola paradita en una rama ancha y plana. —Quizá esté dentro del hueco, quizás esté fuera, si quieres que te convierta, sorpréndela— dijo la paloma y se marchó.

Ulata miró la oscura entrada del hueco y le dio miedo, luego miró lo alto que estaba y le dio más miedo, luego pensó que pasaría si la hechicera la descubría con su cara mala y sintió mucho, muchísimo miedo. Temblando de puro miedo estaba cuando descubrió dos talones. No levantó los ojos, ni hizo ruido alguno.

—Mmmmm. Grrrr. Ajjjjj— chillaba la bruja — Huelo a rana metiche… Huelo a estorbo verde... ¿Quién se atreve a venir a verme? Mmmm Grrrr Ajjjj

Los pies comenzaron a girar y sin pensarlo siquiera Ulata saltó y se sujetó de la media de lana de la bruja. Del susto la bruja dio una patada y Ulata salió volando y volando tan lejos que apenas escuchó unas pocas palabras:

— ¡... rana entrometida, que unas patas te queden abajo y otras arriba!...

En ese mismo momento Ulata sintió un tirón y un golpe fuerte. Cuándo pudo recuperarse quedó atónita, había perdido su cuerpo de rana, sus patas de rana, su cara de rana, o sea, ya no era una rana, tampoco una princesa, ¡ahora era un árbol! Un árbol que lloraba de pena.

Tanto lloró que a sus pies se formó un cristalino arroyito.

— ¿Por qué lloras arbolito?—Le preguntó una vocecita surgida del agua.

— ¡Porque la bruja me ha convertido en árbol y yo soy rana! — contestó Ulata tratando de ver quien le hablaba.

— ¿Cómo te has puesto en su camino?

— ¡Quería que me convirtiese en princesa para que un sapo valiente me rescatase casándose conmigo!

— ¡Que tontería!— dijo la voz.

—Yo no sabía— sollozó Ulata.

— Tampoco yo... También a mí me ha embrujado la hechicera. Si me ayudas te ayudaré.

— ¿Quién eres?

—Ayúdame y lo sabrás.

— ¿Cómo puedo hacerlo?

—Debo responder un acertijo y no lo consigo.

— ¿Cuál acertijo?— preguntó Ulata cada vez más curiosa.

—Te lo diré pero antes debes prometerme que te casarás conmigo.

— ¿Casarme? ¿Cómo podría casarse un árbol con una voz?

—Prométemelo.

—De acuerdo, lo prometo— dijo Ulata divertida, pensando que la voz estaba más loca que ella.

—Este es: “Vuela sin alas, silba sin boca, pega sin manos y no se lo toca”.

Ulata pensó y pensó. ¿Qué podía ser? No se le ocurría nada. Una ráfaga le agitó las ramas y asustada grito:

— ¡Ay!—

— ¡No! No es esa la respuesta— refunfuñó la voz.

—Vuela sin alas... no es pájaro.....silba sin boca...mmmm —pensaba Ulata justo cuando un silbido fuerte la dejo aturdida. —Pega sin manos....uy uy uy que puede ser— pensaba Ulata mientras descartaba una idea tras otra.

Pensando estaba cuando una ráfaga fuerte la sacudió tanto que casi, casi se le mojaron las ramas en el charco.

— ¡Qué viento!— dijo y de inmediato sacudió las ramas contenta porque había descifrado el acertijo— ¡El viento! ¡Es el viento!

— ¿El Viento? Noooo creeeooo— dijo la voz desconfiada.

En ese mismo momento algo rugió y explotó, llenando de luces el bosque y dejando aturdida a Ulata.

— ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Acertaste! ¡Es el viento!... ¡Qué inteligencia la tuya!— Escuchó decir a la voz sin poder verla a causa de la explosión.

—Gra-ci- as— tartamudeó Ulata orgullosa y tímida.

—Ahora debemos casarnos — añadió la voz alejándose.

Ulata se quedó sola y desconcertada. Pronto escuchó un gran barullo y vio acercarse a la cigarra acompañada de muchos animales y delante de todos avanzaba el sapo más hermoso que había visto en su vida.

—Ahora debes cumplir tu promesa— dijo el sapo con la misma voz que antes escuchara Ulata.

Al oírlo Ulata sintió una pena grande por tener forma de árbol justo cuando encontraba a su príncipe sapo. No le parecía bien que un árbol se casase con un sapo, pero no dijo nada porque las promesas deben cumplirse.

La cigarra los casó, los pájaros cantaron, las hormigas bailaron, los caracoles rodaron y Ulata contenta con la fiesta se olvidó de todo hasta que el sapo la besó.

Al instante Ulata sintió su cuerpo de rana, sus patas de rana, su cara de rana y abrió grande su boca de rana soltando un “craac”, que es risa de rana y luego un “crooc”, que es pena de rana, y nada más porque las palomas llevaron volando a los novios a la casa del sapo, mientras en el bosque se oían los Mmmmmm grrrrrrrr y Ajjjjjjj de la hechicera frustrada.

—Mi querida princesa, entra como reina— le dijo el sapo.

Y Ulata sonriendo entró al palacio de piedras de la laguna más majestuosa y hermosa que podía imaginar, mientras cientos de ranas, sapos y renacuajos le daban la bienvenida.

FIN

©®Ana Cuevas Unamuno