Cada día te cuento un cuento....

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sábado, 10 de noviembre de 2012

¡Qué revuelo mi familia!

 

Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

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Papá se fue. Mamá Llora y yo no entiendo nada.

Papá me dice que vendrá a buscarme el fin de semana. Mamá me explica que se separan porque ya no se aman. A mi sí, a mí me quieren, los dos me quieren y yo digo ¡qué suerte! Después a solas en mi cama pienso ¿Tendré ahora papá de a ratos y mamá llorona? No, eso no me gusta nada de nada.

En la escuela le cuento a Sergio que es el que más sabe, sus papás tampoco se amaban, hace años su papá se fue y vive ahora en otra casa con otra mamá que cuida los medio hermanitos de Sergio, los otros medios hermanitos en cambio son hijos de su mamá y viven con él, que siempre se hace lío con tantos hermanos nuevos desparramados en distintas casas. Sergio me dice que es un poco lío y un poco bueno, cuando se enoja con su mamá llama a su papá para que lo consuele y cuando su papá lo reta se vuelve a casa de su mamá, además en su cumpleaños y en navidad tiene dos regalos y no uno como antes. A mi no me importan mucho los regalos, prefiero que mis papás estén juntos. Laurita también tiene sus papás separados y el papá de Andrea se fue de viaje y se le olvidó la dirección por que nunca más regresó. ¡Ufa! ¡Qué lío con los padres!

Mi hermana Margarita me dice que así son las cosas y que los grandes saben, y yo le contesto que no están bien así las cosas y que me parece que los grandes no saben nada. Me dice que me calle y haga la tarea porque a mamá le duele la cabeza.

Los días se pasan y se pasan mientras yo busco una solución. Borón, mi perro, me hace compañía. Los dos pensamos, él en ladrido perro y yo con ideas en palabras, pero nos entendemos.

No hay caso, papá no quiere volver a casa. —No Daniel—, me dice serio, las cosas no pueden ser como pedís, ya vas a ver que todo se arregla, nos acostumbraremos. Pero yo no quiero acostumbrarme, quiero que se arregle.

Mamá ya no llora, ahora trabaja.

Es raro no encontrar a mamá cuando vuelvo de la escuela, y raro es también hacer la tarea mientras María, la señora que la ayuda, plancha a mi lado. María me gusta porque sabe historias de miedo y espantos y me las cuenta cuando termino los deberes. A la noche me da miedo, pero a mamá le digo que es por que estoy solo, y entonces ella deja que Borón se acueste a los pies de mi cama y ya me duermo tranquilo.

En casa de papá no trabaja María, seguro que por eso está todo desordenado, me parece que a papá no le gusta tanto limpiar, por suerte le gusta llevarme a la plaza y al cine. A veces Margarita, mi hermana, no viene porque se va a los bailes o a lo de las amigas, y entonces salimos solos y vamos a las maquinitas o a las carreras de autos y nos reímos fuerte, y comemos panchos en la calle y tocamos la guitarra. Mamá dice que papá es vago pero no es verdad, papá es divertido y algo distraído, nada más.

Me parece que mamá tiene un novio, escuché detrás de la puerta cuando Margarita se lo contaba a su amiga, ¿será cierto? ¿Pueden tener novios las mamás?

Sergio dice que sí y que se casan y tienen más hijos, como su mamá. A mí eso no me gusta nada, no quiero más hijos en casa, no vamos entrar, y ni pienso prestarle mis juguetes. Mejor que se queden en casa de su papá.

Se lo dije a mamá y me dijo que de dónde sacaba esas ideas, le dije que de la escuela, y de la tele y de la plaza. Primero no dijo nada pero después me dijo que si un día se casaba de nuevo y tenía otros hijos íbamos a mudarnos a una casa más grande. Esa noche conocí a Roberto, el amigo de mamá, que Margarita dice que es el novio y mamá que no, que solo es un amigo. Yo no digo nada porque no sé y porque papá también tiene una amiga que se llama Silvina y es alta y rubia y linda.

Papá me dijo que no diga nada, que era un secreto entre nosotros. No sé para qué sirve ese secreto pero igual me gusta tener un secreto con papá.

Margarita tenía razón, parece que Roberto es el novio de mi mamá. ¡Uy! ¡Qué lío! Al final Roberto me cae bien, es divertido y tiene un auto que hace mucho ruido, me da miedo que papá se enoje si sabe que lo quiero a Roberto y también me da miedo que mamá se entere de nuestro secreto. Por eso lloro. Mamá cree que es por que va a casarse, al final sólo Margarita se da cuenta. Margarita que siempre me pelea por suerte ahora me abraza, ¡claro, ella también tiene miedo! Nos abrazamos los dos y por las dudas también lo abrazamos a Borón que es el único que no tiene nada de nada de miedo.

María nos encuentra así, todos abrazados, nos mira y tuerce la boca. ¡Pero qué bonito tanto amor!, dice y se ríe. ¡Vamos, a la cocina chiquillos que hice torta! Y ya, de tanto miedo inútil, vengan que les tengo una historia, dice y los tres curiosos la seguimos. María corta la torta, la sirve y nos llena el vaso de leche chocolatada. Hasta las moscas se han posado silenciosas en el mantel esperando la historia. María da vueltas, luego se sienta y nos pone los pelos de punta con tanta espera, le gusta hacer suspenso.

—Miren que fortuna ustedes con tantos padres y madres, y parientes— exclamó de golpe sobresaltándonos.

—Ninguna suerte, es puro lío— dije yo desilusionado.

—Ningún lío, es como hace mucho, mucho tiempo ha sido. Cuando en mi tierra vivían otras gentes las cosas eran más simples, los hombres grandes eran papás, las mujeres mamás y los niños hijos, todos hermanos entre ellos. Nadie se sentía solo, ni tenía miedo de no ser querido, cuando un niño o una niña tenían una duda siempre había alguien grande para responderle y en las noches, sentada la tribu entera junto al fuego, los ancianos, que eran abuelos y abuelas de todos, contaban viejas y hermosas historias que enseñaban muchas cosas. ¡Ojalá todo fuese como antes! Pero no, las cosas siempre cambian como cuando llegaron los extranjeros y alteraron todo tanto que las viejas historias de puro triste se perdieron.

—¿Cómo van a perderse las historias? Siempre quedan en los libros. ¡Estás diciendo mentiras!— dijo Margarita enojada

—Nada de mentiras, digo la purísima verdad que usted no sabe porque justamente a causa de eso, ya no hay ancianos sabios que cuenten las viejas historias— se defendió tan ofendida María, que Margarita bajó la cabeza y murmuró,

—Cuéntanos,

—Antes de antes de este tiempo, cuando aún no había extranjeros en la tierra de los antepasados, la vida no estaba hecha de guerras sino de partidas de caza o de pesca, de fiestas donde todos bailaban y cantaban celebrando las lluvias, o una buena cosecha o el nacimiento de un nuevo miembro para la tribu. Alegres, amantes de la música y las artes, las tribus cultivaban la cantidad de tierra necesaria para alimentarse y tenían por costumbre y elección una actitud cooperativa en el trabajo basada en la reciprocidad y la solidaridad. A veces había peleas por tonterías, pero nunca, ni siquiera en las guerras más graves, que sólo se producían cuando las tribus nómadas bajaban del norte robando todo a su paso, se faltaba el respeto ni se hería a mujeres, ancianos o niños. Únicamente los guerreros jóvenes de ambos grupos combatían, sin llegar jamás a una masacre. Nadie pensaba que la vida podía cambiar. ¿Por qué iba a hacerlo si el sol y la luna no cambian sus rutas, ni las estrellas descienden a la tierra? Pero entonces llegaron los extranjeros con sus cascos, sus armas de fuego y su codicia. Las tribus primero los recibieron dispuestos a compartir, pero cuando vieron que lastimaban a sus mujeres y les querían quitar la tierra, pelearon con una ferocidad que no imaginaban tener. A pesar de todo perdieron, y fueron vendidos como esclavos y tratados peor que animales. Una sola cosa les ayudó a seguir adelante

— ¿Cuál?— preguntamos los dos que no podíamos imaginar nada que consolara tanta pena.

—El amor de la familia, la gran familia de la tribu. Siempre había una madre, un padre, un abuelo, una abuela, listos a dar consuelo y aliento, a escuchar, a contar las viejas historias que llenan el corazón y dan sabiduría. Cantar y contar, ese es el camino, decían los más ancianos y luego lo repitieron sus hijos y los hijos de sus hijos y aunque muchas más veces cambio el mundo, hasta el día de hoy, los descendientes lo siguen repitiendo y cumpliendo.

—Como tú— dijo Margarita mirando a María con un respeto nuevo.

— ¿Vas a enseñarnos a cantar y contar?— pregunté lleno de intriga por esas historias tan desconocidas.

—Les enseñaré — dijo María sirviéndonos otro pedazo de torta.

Mientras comíamos María comenzó a cantar sobre una india llamada Anahí que se había convertido en ceibo.

—Ya tenemos varios papás y mamás, María puede ser entonces la abuela sabia— dijo Margarita riendo y Borón golpeó contento la cola.

Yo pienso que ahora tengo otro secreto, el secreto que nos contó María: cantar y contar, y este secreto sí sé para qué me sirve, me sirve para ponerme contento y para guardar los juguetes de cuando era chiquito por las dudas venga un día a vivir con nosotros un hermanito.

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