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jueves, 1 de noviembre de 2012

EL TRANVÍA FANTASMA

 

Un cuento de BENOIT J. SUYKERBUYK

Amazing Pencil Sketches And Corresponding Background Images

Suykerbuyk es, sin duda alguna, uno de los más jó­venes colaboradores de esta antología. Nació en Antwerp en 1944 y ha publicado excelentes trabajos en prosa y poéticos en diversas revistas literarias. The Ghostcar (El tranvía fantasma) fue especialmente escrita, a re­querimiento nuestro, para el presente trabajo.

–¡Que llega el tranvía fantasma! –gritaba la gente mientras corría por la calle.

Los niños empezaron a chillar excitados, sin hacer caso de las llamadas de sus maestros. Pronto todo el mundo se parapetó detrás de las empalizadas que habían levantado los miembros de la Defensa Civil.

Casi las dos de la tarde. Siempre aparecía a esa hora. Aunque la curiosidad era muy grande, nadie se preocupó ya más en saltar las empalizadas. El número de acci­dentes había aumentado rápidamente. La primera víc­tima, seis meses atrás, fue un niño de dos años, atro­pellado mientras jugaba en aquellos raíles que desde hacía más de diez años no se utilizaban.

Dijeron que había sido un coche conducido por al­guna de esas personas que siempre tienen prisa. Pero al día siguiente, tres hombres fueron testigos de la muerte de un borracho. En el cuerpo de las víctimas no se encontró ninguna herida, ni el más leve rasguño. El forense dictaminó muerte por causas desconocidas.

Las dos de la tarde. Allí estaba. Ni un susurro se oía mientras «la cosa» rodaba sin hacer ruido.

Entonces ocurrió algo en lo que nadie había repa­rado. Un hombre iba corriendo por la calzada y subió en el último instante al tranvía. Luego éste desapareció al doblar la esquina. Era inútil seguirlo hasta allí, pues los raíles no iban más lejos...

Al día siguiente, a las dos de la tarde, un cuerpo fue empujado fuera del tranvía por manos invisibles. Rá­pidamente acudió la gente para ayudar al hombre. Con la mirada perdida en el vacío, y con el movimiento de sus manos, parecía contener algo, defenderse de algo situado frente a él, al mismo tiempo que murmuraba presa de espanto:

«No lo haga, no lo haga, no lo haga... –repetida­mente, sin cesar, continuamente–: ¡No lo haga, no lo haga, no lo haga...!»

Pero lo más horrible y espantoso era que las ropas de aquel hombre estaban sucias, llenas de barro, y des­pedían un hedor tan repugnante como si se hubiera revolcado en una tumba recién abierta...

1 comentario:

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