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jueves, 18 de octubre de 2012

BARTOLO el gigante que no quería ser gigante

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Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando en esta tierra vivían todavía los gigantes. Bartolo era un gigante joven. Muy bueno y sociable, pero nadie quería ser amigo suyo.

¡Los gigantes son muy altos! ¡No entran en ningún sitio! ¡Y chocan con todo! Le decían los enanos.

¡Los gigantes solo sirven para hacer torpezas y perseguir a los niños! Le decían los elfos.

¡Los gigantes asustan a la gente y aplastan a las flores con sus pies inmensos! Le recriminaban las hadas.

Todos al verlo acercarse huían corriendo por miedo a que los aplastase.

Entonces Bartolo que nunca perseguía niños y era muy cuidadoso, se ponía triste y pensaba que los gigantes no servían para nada.

Los enanos trabajan cuidando las piedras de la tierra, las hadas protegen los bosques y los lagos, los elfos cuidan los puertos y los árboles, solo los gigantes ocupan espacio sin hacer nada, sollozaba.

Así lo encontró Encanta, una giganta muy vieja que vivía en una cueva.

— ¿Por qué lloras de ese modo?— le preguntó intrigada.

— ¡Por que ya no quiero ser gigante!

— ¿Y eso por qué?

Bartolo pensó que la anciana se burlaba, pero al ver los dulces ojos con que lo miraba decidió contarle el motivo de su pena. Le dijo que nadie quería ser amigo suyo pues temían que los aplastara. La tierra retumbaba a su paso, y él no sabía hacer nada.

—Ajá… ¿Eso crees? Entonces debes ir a ver al Mago de las Formas.

Como Bartolo no sabía dónde encontrarlo, la anciana le indicó que caminara para el lado donde nacía el sol, hasta llegar a la cueva dorada dónde vivía el Mago.

Bartolo le agradeció y se puso en camino de inmediato.

Estaba tan contento que no le importaba lo largo del camino. Pero después de unas horas sintió hambre y se reprochó la torpeza de no llevar comida. Estaba a punto de comerse una oveja perdida cuando escuchó unos gritos terribles. Miró a un lado y al otro y descubrió, un poco más lejos, una cinta burbujeante que arrastraba casas, animales, hombres, mujeres y niños, todos chillando aterrados. Bartolo se acercó y comprendió que no era una cinta, era un río que había roto el dique e inundaba el pueblito. Compadecido puso el dedo gordo en el agujero y de inmediato el agua dejó de correr. Todos gritaban de alegría felicitando al salvador. Tan contento estaba el gigante que con la otra mano buscó piedras y en un santiamén arregló el viejo dique.

La gente no cesaba de darle las gracias. ¡Bartolo nunca había sido tan feliz! Pensó que quizás podía hacer algo más por esa gente que había perdido todo y sin dudarlo fue a buscar troncos y piedras para arreglar las viviendas rotas.

Gracias a él, en pocas horas el pueblo estuvo como nuevo y esa noche decidieron hacer una gran fiesta en honor al gigante que los había salvado. Todos le obsequiaban con algo: unos con pan fresco, otros con jugo, otros con carne asada. Las mujeres le ofrecían deliciosos guisos y exquisitos postres y los niños le hicieron una corona de flores.

La fiesta duró tres días y hasta Barolo cantó con su voz gruesa y bailó poquito para que no se quejara la tierra. Al tercer día se despidió.

— ¡Quédate con nosotros!— le decían

Y a punto estuvo de quedarse, pero no entraba en ninguna casa ni le alcanzaba a tapar ninguna manta.

Luego de varios días de marcha Bartolo llegó a una empinada ladera. Estaba por subirla cuando escuchó una vocecita desesperada.

— ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!

Un viejo labrador iba subiendo despacio unas pesadas piedras

— ¿Dónde vas con eso a cuestas?— le preguntó Bartolo.

—Llevo estas piedras arriba para arreglar mi corral— le contestó el anciano algo asustado al ver al gigante.

—Te ayudaré— y antes que el anciano contestase Bartolo cargó las piedras en sus bolsillos, al hombre sobre su hombro y en unas zancadas llegó a la cuesta.

Enseguida armó un hermoso corral y puso adentro a los animales.

—Ya no escaparan— dijo satisfecho.

Tan agradecido estaba el hombre que lo invitó su casa. Pero Bartolo no podía entrar ni por la puerta de adelante ni por la puerta de atrás.

—Sólo dame de beber— le dijo al hombre.

Pero claro para un gigante no alcanzaba un vaso, bebió de un trago cuatro toneles de agua y luego volvió a llenarlos.

—Puedes hacerte una casa grande junto a la mía y ayudarme cuando se me pierdan los animales— le dijo el hombre.

Bartolo le agradeció pero decidió seguir su camino.

Poco después le detuvo otro grito, pero ahora venía del cielo. Bartolo miró y descubrió a una nube joven que se había enganchado en la punta de un pino.

Con mucho cuidado la desenganchó.

— ¡Muchas gracias! — Le dijo la nube —Llámame cuando necesites mi ayuda y allí iré.

Estaba Bartolo casi por llegar al sitio donde nace el sol cuando lo sorprendió el quejido de un bosque. Todos los animales corrían desesperados en dirección contraria a la de él.

— ¿Qué pasa?— preguntó a un conejo.

— ¡Que desgracia, qué desgracia! ¡Han prendido fuego al bosque y nos quedamos sin casa!— contestó el conejo sin dejar de correr.

Bartolo sintió pena por los árboles que no podían correr y pensó cómo podía apagar el fuego. Se acordó de su amiga nube y la llamó. Nube llegó presurosa junto a toda su familia y en un dos por tres apagaron el fuego. Todos los animales regresaron gritando hurras al salvador. Bartolo se puso colorado de emoción. Por mucho que lo invitaron a quedarse dijo que no.

Al salir del bosque se encontró el anciano más viejo del mundo.

— ¿Adónde vas?— le gritó

—Voy en busca del Mago de las Formas— contestó Bartolo.

— ¿Para qué lo buscas?— le preguntó el hombre

—Ya no quiero ser un gigante. Los gigantes no servimos para nada— le dijo Bartolo.

— ¿Seguro?— preguntó el viejo mirándolo fijo.

Entonces Bartolo recordó todo lo que había hecho y pensó que sin su tamaño y su fuerza el dique seguiría roto, el anciano nunca hubiese tenido su corral, la pequeña nube seguiría enganchada y el bosque sería pura ceniza.

Una enorme sonrisa le llenó el rostro. Se despidió del anciano y decidió convertirse en caminante pues seguro en algún sitio necesitaban sus servicios.

©Ana Cuevas Unamuno

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