Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

miércoles, 31 de octubre de 2012

Halloween o día de Muertos

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Hoy es el día en que se unen los mundos y todo es posible. Así creían los antiguos y quizás sea cierto…

Para este día nada mejor que buenos cuentos de miedo, por eso les comparto esta interesante obra

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jueves, 25 de octubre de 2012

GUSTAVO Y LOS MIEDOS

 

UN CUENTO DE RICARDO ALCÁNTARA

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Los miedos aparecieron cuando la tía Milagros se instaló en casa de Gustavo. Hasta entonces el niño no los conocía. Pero la tía no los trajo en vieja maleta. Lo que pasó fue que la mujer los llamó y ellos acudieron presurosos para sembrar el temor. Resulta que la tía Milagros, cargada de buenas intenciones, cuidaba al pequeño mientras sus padres estaban de viaje.

- Gustavo, hazle caso a la tía- le recomendó su madre antes de partir.

Y él se esforzaba por seguir los consejos de la madre. Con la tía Milagros se llevaba muy bien. Solo discutían a la hora de comer.

La mujer estaba convencida de que los niños sanos debían estar rellenitos y mofletudos. Y para ello era preciso comer en abundancia.

Así es que le servía a Gustavo los platos llenos a rebosar. Tanto, que él se veía incapaz de acabarlos.

-Come, come -insistía ella- a ver si engordas esas piernas, que parecen dos palillos.

-Es que no puedo más -protestaba el niño.

Y ella lo miraba muy seria, a punto de perder la paciencia. ¡Hasta que un día la perdió!

Entonces, enfadada y con el ceño fruncido, le amenazó.

-Si no comes, el bicho de la oscuridad te llevará con él.

Gustavo abrió unos ojos muy grandes, ojos cargados de susto. Jamás había oído algo semejante.

- ¿El bicho de la oscuridad...?-repitió asombrado.

-Sí, y es muy malo con los niños delgaduchos como tú-afirmó la tía Milagros ocultando una sonrisa traviesa.

La tía pensaba que lo que no se conseguía con buenas palabras se lograba con la ayuda del miedo.

Y los miedos, que son seres endiablados, acuden veloces cuando alguien los nombra.

En aquel momento, precisamente, uno andaba cerca. Y, al oírlos, entró en la casa. Tal como las moscas cuando descubren miel.

Se trataba de un miedo bajo y delgado. Tenía los ojos saltones y los pelos de punta. Iba vestido de negro.

Andando paso a paso, se acercó a Gustavo. Y de un salto acabó por sentarse sobre el hombro del niño, muy cerca de la oreja.

Sabía que desde allí le escucharía, aunque hablase en voz baja.

De pronto, Gustavo se sintió tan inquieto que intentó acabarse la comida del plato. Lo intentó, sí..., ¡pero no pudo! En la barriga ya no le cabía ni un granito de arroz.

-Allá tú -refunfuño la tía- pero luego no te quejes, pues yo te lo he advertido.

Gustavo no respondió y fue a sentarse ante el televisor.

Allí se estuvo, casi sin hablar, hasta el momento de irse a la cama.

-Hasta mañana -le digo a su tía Milagros, y se fue a su habitación.

Aquella noche no había forma de dormirse. Cualquier ruido le sobresaltaba.

Pero, finalmente, arropado por el resplandor de la luna, lo consiguió.

Al cabo de un rato, se despertó. Tenía ganas de hacer pipí.

“¡Ahora es el momento!”, se dijo el miedo, y los ojos le brillaron.

A medio despertar y la luz apagada, Gustavo se encaminó al lavabo. Y cuando estaba en el oscuro pasillo, el miedo comenzó a hacer de las suyas.

Casi con un hilo de voz, le dijo al niño:

-Creo que detrás de esa puerta hay alguien escondido... El bicho de la oscuridad anda por allí... Es muy malo con los que no comen...

Y Gustavo, en vez de no escuchar y desprenderse del miedo con un resoplido de indiferencia, le prestó atención.

Eso envalentonó al miedo, que comenzó a hablar con voz más potente.

-Si el bicho te ataca, estás perdido -le dijo.

Gustavo sintió que las piernas le temblaban. Recostado contra la pared, se veía incapaz de dar un paso.

-Vuelve a la cama -le aconsejó el miedo.

Sin pensárselo dos veces, el niño corrió hacia la habitación. Se metió en la cama y se cubrió la cabeza con las mantas. Entonces permaneció quieto y encogido.

No conseguía dormirse. Entre el susto, el pipí que se le escapaba y el temor a la oscuridad, Gustavo lo pasaba fatal.

Viéndole así de asustado, el miedo disfrutaba a sus anchas. Incluso decidió llamar a otro miedo. Y el otro miedo se presentó en un abrir y cerrar de ojos.

Era robusto y barrigudo. Sus orejas acababan en punta, así como las de los burros. Y sujetaba sus raídos pantalones con una cuerda.

Al igual que su compañero, se sentó junto a la oreja del niño. Esperaba con impaciencia el momento de comenzar a actuar.

Y la ocasión se presentó cuando Gustavo, que por fin había conseguido dormirse, se hizo pipí en la cama.

Al notar que tenía el pijama mojado, el miedo se puso a berrear hasta que el niño se despertó.

-Eres un marrano. Menuda zurra te darán -le dijo en tono de enfado.

Gustavo no sabía cómo le había sucedido aquello. Tampoco sabía qué hacer. Se encontraba como perdido y a merced del viento. Finalmente se cambió de ropa, intentó secar las sábanas con una toalla y volvió a acostarse. Pero ya no le fue posible pegar ojo.

Las primeras luces del día lo pillaron despierto. Igual que les pasa a los gatos parranderos.

A pesar de ello, se quedó un rato más entre las sábanas. Pensaba y pensaba. Y tras mucho pensarlo, decidió: “Comeré toda la comida que me sirva la tía Milagros”.

Entonces, los asustados fueron los miedos. Si él tenía el firme propósito de vencerlos, sin duda lo conseguiría. Ya les había ocurrido con otros niños.

Se miraron de reojo, incapaces de pronunciar palabra. Observaban en silencio cada paso del niño.

Gustavo se presentó en la cocina y, con un sonoro beso, le deseó los buenos días a la tía Milagros.

La mujer sonrió y continuó preparando el desayuno.

-Ponme una taza bien grande y mucho pan con mantequilla -le pidió el sobrino.

Y ella, complacida, así lo hizo.

Gustavo devoró el primer trozo de pan con admirable apetito. El segundo le costó un poco más. A mitad del tercero se sentía a punto de reventar... ¡Y aún le quedaban dos en el plato!

“No puedo...”, reconoció para sus adentros, y dio por perdida la batalla.

Al oír tales pensamientos, los miedos comenzaron a aplaudir. Se habían salido con la suya y estaban muy contentos.

Tal era su alegría que decidieron llamar a otro miedo.

Al notar que los miedos aumentaban, Gustavo ni siquiera se atrevía a mirarse el hombro. Sabía que estaban allí, pero temía fijar sus ojos en ellos.

Tembloroso, desviaba la mirada.

Pero eso no resolvía el problema, pues incluso sin verlos oía sus antipáticas voces.

Y los miedos no paraban de hablar.

-Romperás la taza y te castigarán -le decían.

-Tirarás el café con leche y la tía se enfadará -murmuraban con malicia.

Gustavo estaba tan asustado que casi no se atrevía ni a mover un dedo. De pronto, una idea cruzó por su cabeza. Entonces, la expresión de su rostro cambió por completo.

Gustavo planeaba deshacerse de los miedos. Y, para conseguirlo, pensaba salir a la calle y echar a correr. Correría tanto y tan rápido que ellos no podrían alcanzarle.

Entonces, libre ya de los miedos, regresaría tranquilamente a casa. Estaba tan ilusionado con el plan, que decidió ponerlo en práctica en ese mismo momento.

Andando lentamente, llegó a la puerta. La abrió y... ¡salió veloz como el viento!

Corrió y corrió sin parar hasta que le faltó el aliento. Entonces hizo un alto.

Estaba tan cansado... Pero el esfuerzo valía la pena, pues creía haber dejado atrás a tan molestos seres. Sin embargo...

-La calle es muy peligrosa. No debería salir de casa -le dijo uno de ellos.

-Aquel muchacho te mira con cara de pocos amigos -apuntó otro.

Y el tercero, viendo a Gustavo tan acobardado, se apresuró a llamar a otros miedos.

Y el niño, bajando la cabeza, reconoció:

-Es inútil correr. Siempre me pillarán.

Y, apenado, tomó el camino de regreso.

Dio un paso más y le asaltaron mil temores.

El trajín de los coches le inquietaba. La gente le causaba recelo. Incluso huyó de un perro que se le acercó meneando el rabo.

Entró en su casa tan pálido que el más elegante de los fantasmas le hubiera envidiado.

Al verle en semejante estado, la tía Milagros le preguntó alarmada:

-¿Te encuentras bien?

-Sí... -respondió Gustavo.

Pero en realidad estaba tan mal, que hasta le daba miedo confesar que tenía miedo.

Para salir de dudas, la tía le puso el termómetro.

Al cabo de un rato, se lo quitó y...

-No tienes fiebre -dijo algo más tranquila.

Sin embargo, Gustavo parecía un pollo mojado, y a la tía no se le pasó por alto. Así es que decidió no quitarle el ojo de encima.

Y al cabo de un buen rato de observarlo con detenimiento, se preguntó:

“¿Qué le sucederá?”.

Es que Gustavo se había sentado en el cuarto de estar y de allí no se movía.

El niño no estaba nunca tanto rato quieto y en silencio, y la tía no sabía qué pensar.

Por más vueltas que le daba, Gustavo no sabía cómo salir de aquel atolladero.

Su cabeza se había convertido en un nido de miedos. Tanto, que ya no se atrevía ni a salir a la calle a jugar con los amigos.

Y, como suele suceder, el paso de los días empeoró más la situación. Gustavo llegó a tener miedo hasta de su propia sombra.

Un montón de pensamientos rondaban por su mente, todos negros como nubarrones en día de tormenta.

No había manera de estar tranquilo. Los miedos no le dejaban en paz. Y día a día aumentaban.

Eran tantos, que Gustavo temía que la tía Milagros pudiera verlos.

Por ello, se encerró en su habitación largas horas. Alejado de la mirada de la mujer. Protegido tras los cristales de la ventana, su única distracción era mirar hacia afuera.

Contemplaba el ir y venir de la gente, el andar de los coches, los juegos de los niños...

De tanto en tanto suspiraba.

Cierta tarde, fijó sus ojos en el árbol del jardín. En una de sus ramas se había posado un pájaro tan pequeño que ni siquiera sabía volar.

Y eso era, precisamente, lo que intentaba aprender.

Extendía sus débiles alas y daba un saltito sobre la rama. Después miraba hacia abajo y se estaba un momento quieto. Sin duda, impresionado por la gran altura.

Pero al cabo de un rato volvía a probarlo.

Sentía enormes deseos de lanzarse a volar, pero el miedo lo frenaba.

Por fin, el pájaro sacudió su plumaje con aire decidido y...

-No lo intentes. Te harás daño -murmuró Gustavo.

Pero el pájaro, deseoso de correr tras la brisa, ahuecó las alas y se lanzó.

El primero fue un vuelo corto, duró apenas unos instantes. Rápidamente se posó sobre otra rama.

Sin embargo, para él había sido una auténtica hazaña.

Lleno de alegría, contempló el vacío con otros ojos.

Sus alas ya no le parecían tan poquita cosa.

Así es que, una vez recuperado de la impresión, volvió a surcar el aire.

A cada nuevo intento, se hacía más experto en el difícil arte de volar. Y la altura dejó de darle miedo.

Gustavo, que no le perdía de vista, murmuró con asombro:

-Ha vencido su miedo...

Y tal descubrimiento lo dejó pensativo durante un buen rato, hasta que...

“Yo podría hacer lo mismo”, dijo para sus adentros. Pero la idea le hizo temblar.

Era necesario reunir mucho valor para intentarlo.

-¿Lo tendré? -se preguntó Gustavo.

Pero estaba tan harto de soportar las fechorías de los miedos que, a pesar de no ser demasiado valiente, exclamó decidido:

-¡Claro que lo conseguiré!

Y entonces se alzó en pie de guerra, dispuesto a no dar marcha atrás.

Aunque la impaciencia le cosquilleaba el cuerpo, sabía que debía esperar el momento adecuado para lanzarse a la acción. Lleno de nervios, aguardó hasta encontrarse en la cama.

Durante la noche habría ocasión de presentar batalla. Entonces la oscuridad se convierte en dueña y señora de cada rincón de la casa.

Fingía dormir, mientras los minutos transcurrían con perezosa lentitud.

Hasta que...

“¡Ahora!”, se dijo, y sin pensárselo dos veces, se sentó en el borde de la cama.

Igual que al pequeño pájaro, el vacío le daba miedo.

Tendió sus brazos para armarse de valor, y después se encaminó al lavabo sin encender la luz.

El adormilado pasillo, envuelto en sombras, se hacía interminable.

A pesar de ello, Gustavo avanzaba con paso firme.

Como era de esperar, a mitad del oscuro recorrido no de los miedos dejó oír sus amenazas.

-El bicho de la oscuridad está allí, dispuesto a atacarte -masculló con malicia.

Gustavo aspiró hondo, y luego respondió:

-Qué tonterías dices, si ese bicho no existe...

Molesto con el niño, el miedo afirmó con voz áspera:

-El bicho está oculto tras aquella puerta.

Sin acobardarse, Gustavo se acercó a la puerta y la abrió. Como era de esperar... ¡allí no había nadie!

-Eres un embustero -le dijo el niño-. Todo cuanto dices son mentiras.

Entonces el miedo, como si fuera una pompa de jabón, salió flotando sin rumbo y acabó por desaparecer.

A Gustavo eso le dio nuevos ánimos.

De forma casi mágica, dejó de sentirse perdido e indefenso.

Tampoco notaba el frío que provocan los miedos.

Hizo pipí y, sin pensar que las luces estaban apagadas, volvió a la cama.

Entornó los ojos dispuesto a dejarse llevar por los sueños, cuando uno de los miedos que todavía le quedaban se propuso asustarlo con su desagradable vozarrón.

Pero Gustavo no hizo caso.

Como si se tratara de un antipático mosquito, dio un manotazo en el aire para alejarlo.

Y el miedo, asustado, huyó en veloz carrera.

Igual que ciertos árboles que pierden sus hojas en otoño, Gustavo empezó a perder sus miedos.

A la mañana siguiente, sobre su hombro sólo había tres de ellos.

Tan alegre como en los días de fiesta, se encaminó a la cocina.

Encontró a la tía Milagros sentada a la mesa y con una taza en la mano. En el plato había una pasta a medio comer.

-¿No te la acabas? -preguntó el niño.

-No... -respondió ella desganada.

-Oh... ¡el bicho de la oscuridad te llevará con él! ¡Y es muy malo con las señoras delgaduchas como tú! –bromeó Gustavo.

La tía lo miró muy seria. Pero después los ojos se le llenaron de luces y cayó en una profunda carcajada.

También Gustavo rió con ganas.

Y un par de miedos, notando que se burlaban de ellos, se marcharon ofendidos con su desafinada música a otra parte.

Dispuesto a acabar con aquellos malignos seres, en cuanto terminó el desayuno, Gustavo comentó:

-Saldré un rato a jugar.

-La calle es muy peligrosa -se apresuró a decir el último miedo que le quedaba.

-Calla, mequetrefe, tú sí que eres peligroso -respondió Gustavo.

Sopló con fuerza y lo mandó tan lejos, que no se le volvió a ver el pelo.

Entonces Gustavo abrió la puerta de par en par y salió.

Lucía una mañana espléndida.

 

martes, 23 de octubre de 2012

El príncipe desmemoriado

Cuento tradicional español

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Cuéntase que había una vez un príncipe, llamado Andana, hijo del rey Perico y de la reina Mari-Castaña, que tenía el gravísimo defecto de carecer de memoria. Todo cuanto oía, veía, hacía o decía lo olvidaba en el acto.

Los reyes, muy preocupados, llamaron en consulta a los mejores médicos del reino y éstos, después de largas y profundas deliberaciones, llegaron al acuerdo de que ninguno de ellos conocía remedio alguno para el mal que aquejaba al joven príncipe, presentando al rey un extenso, dictamen, en el que le aconsejaban que enviara a Andana a recorrer el mundo, asegurándole que de este modo, cuando volviera, recordaría, si no todo, algo de lo que viera.

Tanto el rey Perico como su esposa, la reina Mari-Castaña, acogieron con alborozo el consejo de los sabios doctores, concediéndoles cruces y distinciones en premio a su fenomenal talento y sapiencia.

Inmediatamente decidieron poner en práctica la atinadísima sugerencia de los sesudos varones y la reina Mari-Castaña preparó con sus reales manos una suculenta merienda al infante desmemoriado, diósela, junto con su bendición y algunos consejos, y le despidió llorando a lágrima viva.

El príncipe emprendió la marcha. Al poco rato no se acordaba ni de las lágrimas de su madre, ni de los consejos, ni de que llevaba merienda.

Continuó andando, hasta que sintió un hambre atroz y, viendo una posada, entró en ella. Pidió de comer; le sirvieron una suculenta comida, pues le habían reconocido, y cuando hubo terminado se marchó sin acordarse de pagar la cuenta al posadero.

Andando, andando, llegó nuestro héroe, a orillas del mar. Sentía sed, y al ver una riquísima viña, entró a coger uvas, pero el guarda le confundió con un ladronzuelo vulgar y para escarmentarlo lo arrojó de cabeza al mar.

El pobre Andana no recordó' si sabía nadar o no, pero cuando salió a la superficie empezó a mover brazos y pies y comprobó; con gran satisfacción que se sostenía a flote. Sin embargo, había olvidado dónde estaba la playa y empezó a nadar mar adentro, hasta que, cuando estaba ya casi desfallecido por el tremendo esfuerzo realizado, fue recogido por un barco que navegaba hacia Turquía.

En aquellos tiempos era soberano de aquella nación el Gran Turco, déspota sanguinario y cruel, a quien todo el pueblo odiaba y temía. Ya tenía más de sesenta años y estaba completamente ciego, pues se le habían formado cataratas en los ojos.

Por los días en que sucedía lo que contamos, el feroz sultán había llamado a los médicos de la corte, y les había dicho, con un acento que hubiera hecho estremecerse a una estatua de mármol:

- O me devolvéis la vista u os corto la cabeza.

Los galenos otomanos no sabían operar las cataratas, pero como les peligraba el relleno del turbante, se decidieron a buscar un colega que fuese capaz de curar la ceguera del Gran Turco.

Llegó a su conocimiento que en una de las ciudades turcas habla un médico cristiano que realizaba curas sorprendentes e inmediatamente transmitieron la noticia al Gran Turco.

- ¡Que salgan cien jinetes a buscarlo! - ordenó el déspota.

Dos días más tarde, el médico cristiano se hallaba en presencia del sultán.

- Te he hecho venir, cristiano - díjole con voz atronadora - para que me devuelvas la vista, cosa que estos imbéciles no son capaces de conseguir... Si lo haces, te llenaré todos los bolsillos de oro, pero si fracasas...

- ¿Si fracaso, señor... ?

- Si fracasas, puedes despedirte de tu cabeza.

Lleno de temor, el médico cristiano entretuvo durante unos cuantos días al tirano con cocimientos de flor de saúco y con lavados de agua de San Antonio; pero como el Gran Turco no mejoraba y el pobre galeno temía por su vida, se le ocurrió decirle:

- El remedio más eficaz para curarte, señor, no se encuentra aquí, en Turquía...

- ¿Qué remedio es ése?

- Una especie de ungüento hecho con manteca de cristiano y unas hierbas milagrosas que sólo yo conozco... Pero, desgraciadamente, aquí es muy difícil encontrar un cristiano...

- ¿Y las hierbas?

- Las hierbas, sí, señor...

- Prepara entonces las hierbas y mis médicos te sacarán la manteca a ti mismo...

El desgraciado galeno estuvo a pique de morir del susto.

- Es que..., señor - dijo tartamudeando, - mi manteca no sirve... Ha de ser la de un cristiano joven...

En aquel preciso instante entraron unos edecanes a decir al Gran Turco que unos marineros habían recogido a un náufrago cristiano, que aseguraba ser el príncipe Andana, hijo del rey Perico y de la reina Mari-Castaña.

- ¡Ya tenemos el ungüento! - exclamó el sultán, con gran estupefacción de los recién llegados.

Luego, volviéndose al médico, añadió: - ¡Sácale la manteca y prepárate para devolverme la vista!

Tambaleándose de espanto, el médico cristiano salió, cubierto de frío sudor.

Fuése en busca del príncipe Andana, pero con el decidido propósito de no sacrificarlo y de salvarle la vida. Cuando lo vio, después de saludarlo, concibió una idea maravillosa y, encaminándose seguidamente a las habitaciones del Gran Turco pidióle audiencia y le dijo:

- Señor, el esclavo cristiano está tan delgado que no tiene, manteca ninguna. Si quieres curarte, tienes que alimentarlo bien, darle una buena habitación y proporcionarle toda clase de distracciones.

La proposición pareció de perlas al sultán, que ordenó que se alojara al príncipe Andana en la mejor habitación de su palacio, vecina a la de una esclava circasiana, recién llegada, que era de peregrina hermosura.

Cuando el príncipe hubo tomado posesión de su nueva morada, el médico fue a visitarle y le refirió lo que ocurría.

- Aunque paséis hambre - añadió ­ no comáis más que lo estrictamente necesario. Yo me encargaré de preparar nuestra fuga.

Pero al poco entraron los criados negros llevando enormes bandejas cargadas de faisanes trufados, gallinas en pepitoria, huevos hilados, frutas en inmensa variedad, helados, licores... Y el príncipe, sin acordarse de la recomendación del médico, se atracó de lo lindo.

Para reposar del pantagruélico banquete sacó una butaca al balcón y vio a la circasiana.

Toda la tarde se la pasó hablando con su vecina y se enamoró de ella enajenadamente.

Las comidas abundantísimas y las conversaciones con la circasiana se repitieron durante algunas semanas, con lo que el príncipe engordó extraordinariamente.

Un día entró el médico a visitarle y le dijo que había dado palabra al Gran Turco de hacerle el ungüento al día siguiente, pero que no tuviese miedo, pues aquella misma tarde, al anochecer, se fugarían en un barco que tenía preparado.

El príncipe respondió que habían de llevarse también a la circasiana, pues estaba dispuesto a casarse con ella, cosa a la que accedió el doctor.

Despidióse el buen galeno, diciendo que pasaría la tarde con el sultán, para que no sospechara nada, contándole el modo de confeccionar y aplicar la milagrosa untura.

Llegó la tarde y cuando el sol empezó a ocultarse hacia Poniente, el médico se dirigió apresuradamente al puerto, encontrándose con la desagradable sorpresa de que el barco no era más que un puntito insignificante en el horizonte.

El príncipe, tan pronto como había puesto los pies en el barco se había olvidado de su amigo.

El médico empezó a dar gritos, llamando al príncipe y a la circasiana, pero sólo consiguió enronquecer. El barco no tardó en desaparecer de su vista.

Ya estaba bien entrada la noche cuando un edecán entró en la suntuosa alcoba del sultán, para dar a su señor la noticia de la fuga del médico, del príncipe y de la esclava circasiana.

- ¡Maldito! - exclamó el feroz monarca. - ¿Cómo los has dejado escapar?

- Pero, señor, si yo no los he visto huir...

- ¿Cómo sabes, entonces, que se han escapado? - clamó el sultán.

- Porque un marinero los vio, y vino a traerme la noticia, pero yo estaba acostado y mientras me vestía...

- ¡Oh, oh, oh! ¡Te costará la cabeza haberte acostado tan a destiempo! ¡Guardias! ¡Guardias!

El edecán, al verse en peligro, desenvainó su alfanje y de un solo tajo rebanó la cabeza del tirano.

Cuando entraron los guardias vieron el cadáver del sultán y en vez de abalanzarse sobre su asesino prorrumpieron en gritos de júbilo, saliendo enseguida a dar la gratísima noticia al gran visir, que hizo salir por toda Constantinopla la banda de trompetas, con un heraldo al frente, para hacer pública la muerte del Gran Turco.

El pueblo, al enterarse de que la causa de la muerte de su tirano había sido indirectamente el médico cristiano, formó una gran manifestación de alegría, dando vivas al médico y al príncipe.

Un marinero llevó a palacio la noticia de que el barco en que se habían fugado Andana y la circasiana había embarrancado cerca de la costa.

Inmediatamente dio el heraldo la noticia al pueblo, formándose otra manifestación, con dos carros triunfales para recoger a los náufragos y pasearlos por las calles y plazas de la ciudad.

Cuando llegaron al barco se enteraron de que el médico no había huido con ellos, en vista de lo cual fueron a su casa y derribaron las puertas de la habitación.

El pobre médico, oyendo el tumulto, se hincó de rodillas y encomendó su alma a Dios, suplicándole que le concediera una muerte rápida y sin sufrimientos. Cuál no sería su alegría cuando vio entrar al príncipe y a la circasiana, seguidos de los más altos dignatarios de la corte, que daban vivas y más vivas al médico y al príncipe.

En triunfal procesión fueron conducidos todos a palacio, donde el nuevo gobierno les obsequió con un suculento banquete y luego les regaló un barco cargado de oro.

Embarcaron acto seguido nuestros héroes, llegando al cabo de pocas semanas al país del príncipe.

El rey Perico y la reina Mari-Castaña organizaron grandes fiestas para presentar la nueva princesa a la corte y poco más tarde se casaron Andana y la hermosa circasiana. Esta ayudó en lo sucesivo a su desmemoriado esposo a recordar todo lo que olvidaba.

En cuanto al médico, recibió un magnífico empleo en palacio y todos vivieron felices hasta que se murieron.

Y colorín colorado...

jueves, 18 de octubre de 2012

BARTOLO el gigante que no quería ser gigante

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Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando en esta tierra vivían todavía los gigantes. Bartolo era un gigante joven. Muy bueno y sociable, pero nadie quería ser amigo suyo.

¡Los gigantes son muy altos! ¡No entran en ningún sitio! ¡Y chocan con todo! Le decían los enanos.

¡Los gigantes solo sirven para hacer torpezas y perseguir a los niños! Le decían los elfos.

¡Los gigantes asustan a la gente y aplastan a las flores con sus pies inmensos! Le recriminaban las hadas.

Todos al verlo acercarse huían corriendo por miedo a que los aplastase.

Entonces Bartolo que nunca perseguía niños y era muy cuidadoso, se ponía triste y pensaba que los gigantes no servían para nada.

Los enanos trabajan cuidando las piedras de la tierra, las hadas protegen los bosques y los lagos, los elfos cuidan los puertos y los árboles, solo los gigantes ocupan espacio sin hacer nada, sollozaba.

Así lo encontró Encanta, una giganta muy vieja que vivía en una cueva.

— ¿Por qué lloras de ese modo?— le preguntó intrigada.

— ¡Por que ya no quiero ser gigante!

— ¿Y eso por qué?

Bartolo pensó que la anciana se burlaba, pero al ver los dulces ojos con que lo miraba decidió contarle el motivo de su pena. Le dijo que nadie quería ser amigo suyo pues temían que los aplastara. La tierra retumbaba a su paso, y él no sabía hacer nada.

—Ajá… ¿Eso crees? Entonces debes ir a ver al Mago de las Formas.

Como Bartolo no sabía dónde encontrarlo, la anciana le indicó que caminara para el lado donde nacía el sol, hasta llegar a la cueva dorada dónde vivía el Mago.

Bartolo le agradeció y se puso en camino de inmediato.

Estaba tan contento que no le importaba lo largo del camino. Pero después de unas horas sintió hambre y se reprochó la torpeza de no llevar comida. Estaba a punto de comerse una oveja perdida cuando escuchó unos gritos terribles. Miró a un lado y al otro y descubrió, un poco más lejos, una cinta burbujeante que arrastraba casas, animales, hombres, mujeres y niños, todos chillando aterrados. Bartolo se acercó y comprendió que no era una cinta, era un río que había roto el dique e inundaba el pueblito. Compadecido puso el dedo gordo en el agujero y de inmediato el agua dejó de correr. Todos gritaban de alegría felicitando al salvador. Tan contento estaba el gigante que con la otra mano buscó piedras y en un santiamén arregló el viejo dique.

La gente no cesaba de darle las gracias. ¡Bartolo nunca había sido tan feliz! Pensó que quizás podía hacer algo más por esa gente que había perdido todo y sin dudarlo fue a buscar troncos y piedras para arreglar las viviendas rotas.

Gracias a él, en pocas horas el pueblo estuvo como nuevo y esa noche decidieron hacer una gran fiesta en honor al gigante que los había salvado. Todos le obsequiaban con algo: unos con pan fresco, otros con jugo, otros con carne asada. Las mujeres le ofrecían deliciosos guisos y exquisitos postres y los niños le hicieron una corona de flores.

La fiesta duró tres días y hasta Barolo cantó con su voz gruesa y bailó poquito para que no se quejara la tierra. Al tercer día se despidió.

— ¡Quédate con nosotros!— le decían

Y a punto estuvo de quedarse, pero no entraba en ninguna casa ni le alcanzaba a tapar ninguna manta.

Luego de varios días de marcha Bartolo llegó a una empinada ladera. Estaba por subirla cuando escuchó una vocecita desesperada.

— ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!

Un viejo labrador iba subiendo despacio unas pesadas piedras

— ¿Dónde vas con eso a cuestas?— le preguntó Bartolo.

—Llevo estas piedras arriba para arreglar mi corral— le contestó el anciano algo asustado al ver al gigante.

—Te ayudaré— y antes que el anciano contestase Bartolo cargó las piedras en sus bolsillos, al hombre sobre su hombro y en unas zancadas llegó a la cuesta.

Enseguida armó un hermoso corral y puso adentro a los animales.

—Ya no escaparan— dijo satisfecho.

Tan agradecido estaba el hombre que lo invitó su casa. Pero Bartolo no podía entrar ni por la puerta de adelante ni por la puerta de atrás.

—Sólo dame de beber— le dijo al hombre.

Pero claro para un gigante no alcanzaba un vaso, bebió de un trago cuatro toneles de agua y luego volvió a llenarlos.

—Puedes hacerte una casa grande junto a la mía y ayudarme cuando se me pierdan los animales— le dijo el hombre.

Bartolo le agradeció pero decidió seguir su camino.

Poco después le detuvo otro grito, pero ahora venía del cielo. Bartolo miró y descubrió a una nube joven que se había enganchado en la punta de un pino.

Con mucho cuidado la desenganchó.

— ¡Muchas gracias! — Le dijo la nube —Llámame cuando necesites mi ayuda y allí iré.

Estaba Bartolo casi por llegar al sitio donde nace el sol cuando lo sorprendió el quejido de un bosque. Todos los animales corrían desesperados en dirección contraria a la de él.

— ¿Qué pasa?— preguntó a un conejo.

— ¡Que desgracia, qué desgracia! ¡Han prendido fuego al bosque y nos quedamos sin casa!— contestó el conejo sin dejar de correr.

Bartolo sintió pena por los árboles que no podían correr y pensó cómo podía apagar el fuego. Se acordó de su amiga nube y la llamó. Nube llegó presurosa junto a toda su familia y en un dos por tres apagaron el fuego. Todos los animales regresaron gritando hurras al salvador. Bartolo se puso colorado de emoción. Por mucho que lo invitaron a quedarse dijo que no.

Al salir del bosque se encontró el anciano más viejo del mundo.

— ¿Adónde vas?— le gritó

—Voy en busca del Mago de las Formas— contestó Bartolo.

— ¿Para qué lo buscas?— le preguntó el hombre

—Ya no quiero ser un gigante. Los gigantes no servimos para nada— le dijo Bartolo.

— ¿Seguro?— preguntó el viejo mirándolo fijo.

Entonces Bartolo recordó todo lo que había hecho y pensó que sin su tamaño y su fuerza el dique seguiría roto, el anciano nunca hubiese tenido su corral, la pequeña nube seguiría enganchada y el bosque sería pura ceniza.

Una enorme sonrisa le llenó el rostro. Se despidió del anciano y decidió convertirse en caminante pues seguro en algún sitio necesitaban sus servicios.

©Ana Cuevas Unamuno