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domingo, 16 de septiembre de 2012

El baile de las sombras

Un cuento de Gustavo Roldán

 

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—Quiero pelear, dragón —dijo la dragona.

El dragón no contestó nada. Simplemente voló, convertido en mariposa.

—Las golondrinas pueden comer una mariposa —dijo la dragona, y voló convertida en una golondrina.

Golondrina y mariposa subieron y subieron, y cuando la golondrina ya casi mordía el ala de la mariposa, la mariposa se convirtió en halcón.

—Los halcones pueden comerse a una golondrina —dijo el dragón.

—Las golondrinas vuelan más rápido —dijo la golondrina haciendo un giro en el aire y colocándose encima del halcón para picotearle la cabeza.

El halcón se lanzó en una violentísima caída y se metió entre las ramas de un árbol.

La golondrina bajó hasta el árbol, pero allí no había ningún halcón.

—Te escondiste, dragón —dijo la golondrina—. Igual te voy a encontrar.

La dragona miró rama por rama, buscando alguna oruga que pudiese ser el dragón. Miró rama por rama, y no se dio cuenta de que una rama se movía y se acercaba lentamente hacia ella. Cuando vio a la serpiente abriendo su enorme boca ya era tarde para escapar.

Y la serpiente mordió, pero mordió la cáscara de una tortuga. La tortuga se convirtió en ratón y saltó al suelo. La serpiente se convirtió en un águila que voló hacia el ratón, pero cuando llegó al suelo casi choca con un jabalí de inmensos colmillos.

Un jabalí es demasiado para un águila, no para el puma que rugió mientras saltaba.

El salto del puma terminó en el aire vacío. Allí no había nada. Nada más que una hormiga que se metía rápidamente en un profundo agujerito del tamaño de una hormiga.

—Para una hormiga, nada mejor que un oso hormiguero —dijo el puma que ya no era puma sino oso hormiguero, mientras metía su larguísima lengua buscando a la hormiga.

Y la encontró, y la hormiga salió pegada en la lengua del oso hormiguero.

—Me ganaste, dragón —dijo la hormiga convirtiéndose otra vez en dragona—, y ahora me puedo comer a un oso hormiguero que debe ser muy sabroso.

Pero el dragón otra vez era dragón.

—Bueno, basta —dijo el dragón—. Me cansé de pelear.

—Fue divertido —dijo la dragona—. Te viste en apuros más de una vez.

—Bah, lo hice para dejarte contenta, pura amabilidad de mi parte.

—¿Sí? —dijo la dragona—. Lo que pasa es que no te gusta perder.

—Dragona, me estás provocando. No me queda más remedio que invitarte al baile de las sombras.

—Eso me gusta más. Bailemos, dragón, bailemos el baile de las sombras.

Y los dos dragones se elevaron mirando sus sombras. Las sombras eran enormes y llenaban de oscuridad la tierra. Subieron y subieron, hasta que sus sombras en el suelo se veían apenas del tamaño de las sombras de una paloma.

Entonces giraron en el aire y las sombras giraron en la tierra, moviéndose muy lentamente. Y se juntaron los dragones en el aire y se juntaron las sombras en la tierra. Y juntaron las cabezas y en la tierra apareció la sombra de una mariposa. Y juntaron ala con ala, cola con cola, un ala sobre otra ala, y en la tierra fueron apareciendo diferentes figuras de animales conocidos y de animales desconocidos. Y bailaron el baile de las sombras hasta que el sol dejó de alumbrar desde arriba, porque el baile de las sombras sólo se puede bailar cuando el sol está en lo más alto del cielo.

Cuando bajaron, todo el campo estaba cubierto de flores. Tal vez porque el baile de una pareja de dragones, necesariamente, tiene que hacer que todo el mundo se llene de flores.

Textos extraídos, con autorización de su autor y sus editores, del libro Dragón (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997) en Imaginaria

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