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sábado, 18 de agosto de 2012

EL ORIGEN DEL PUERCOESPÍN

 

puercoespin

Antes... ¡Hace mucho, mucho tiempo, antes del tiempo!. Cuentan que en una región de montes, vivían entre otros pueblos el pueblo de los Puer.

Era este un pueblo agresivo, que siempre andaba molestando a sus pacíficos vecinos. Si algún Puer, veía a un mono jugando o saltando de rama en rama, ahí iba el Puer a sacudirle la rama para que se cayera.

Si un distraído pájaro se posaba cerca de un Puer, este de inmediato lo atrapaba divirtiéndose en arrancarle las plumas.

Los Puer entre todas las cosas de la que más disfrutaban era de su gran agilidad. Podían correr más aprisa que las liebres a las que perseguían hasta sujetarlas por las orejas. Podían saltar y trepar con más habilidad que las ardillas, a las que atrapaban sujetando por las colas y gozaban haciéndolas girar. Podían bajar rodando por las laderas de los montes y aparecer de improviso en cualquier sitio. ¡Nada ni nadie podía detenerlos!

Cansados de ser todo el tiempo molestados, los vecinos se unieron para buscarle una solución al problema. Después de dar vueltas y vueltas al asunto y al ver sus reuniones interrumpidas una y otra vez por los fastidiosos Puer, que les lastimaban tirándoles espinas de cactus con sus cerbatanas, decidieron enviar tres mensajeros a casa de las Señora de las Formas.

La Señora de las Formas era una viejísima señora, que según se decía vivía en el centro de la tierra desde los comienzos del mundo. Allá fueron en su busca, los tres mensajeros: una niña, un mono y una lechuza.

Cuándo luego de mucho andar finalmente hallaron a la Señora de las Formas, le dijeron entre súplicas y ruegos

—Gran Señora, ¡los Puer molestan a los animales y a nosotros por igual!— dijo la niña

—Hieren, lastiman y a nadie dejan vivir en paz— agregó el mono

—Todos huimos al verlos, ya nadie quiere encontrarse con ellos — agregó la lechuza

Muy atenta los escuchó y largo tiempo guardó silencio. Cuando los mensajeros viendo que nada decía, comenzaban a despedirse, ella sonrió y se transformó en una hermosa mariposa, al tiempo que decía

—Vayamos y veamos.

Así disfrazada regresó con los mensajeros. Cuándo estaban llegando un grupo de Puer les salió al encuentro.

—Aquí están nuestros queridos mensajeros— exclamaron rodeándolos.

—¡Oh, que pena!. ¿Las Señora de las Formas no ha querido recibirlos?— se burló uno tirando de la cola del mono

—Seguramente no la han visto, se han fatigado antes de llegar—

—¡Mirad, Mirad quien les ha escuchado! — rió un tercero sujetando de un salto a la mariposa que en vano intentó escapar.

Ignorando los gritos y las súplicas de los mensajeros, los Puer quisieron mirar a la mariposa, tironeando de sus alas peleando cada uno por quedársela.

De tanto tirar desprendieron las alas del cuerpo y en ese preciso momento una nube oscura se elevó ante ellos. Tan fuerte fue el sonido con que la Señora furiosa los maldijo, que todas las hojas de los árboles temblaron en las ramas.

—¡Todo lo lastimáis, todo lo destrozáis, desde ahora y para siempre llevaréis en las espaldas las afiladas espinas de vuestro cruel corazón!.

La nube, tan repentinamente como había surgido, desapareció. Los mensajeros aterrados huyeron. Los Puer, después de un rato al ver que nada sucedía, rieron nerviosos y regresaron contentos saltando y gritando a sus casas.

Al día siguiente en la aldea más cercana al poblado de los Puer, los habitantes oyeron gritar a un niño

—¡Vengan!. ¡Vengan!. ¡Miren que extraños animales!

Todos corrieron curiosos a ver lo que el niño señalaba. Delante de ellos estaban reunidas unas extrañísimas criaturas de patas cortas y espaldas cubiertas de afiladas púas.

—¿Qué son?. ¿Quiénes son?— preguntaron asombrados los aldeanos

—¿No nos reconocen?. ¡Somos los Puer! — gimieron acongojados los animalitos

—¿Un Puer con púas y patas cortas? ¡Embusteros!. Conocemos bien a los Puer y nos son como ustedes.

—¡Lo somos!. ¡Somos nosotros!. ¡Somos los Puer maldecidos con estas espinas! — sollozaron

—¡Eso es!. ¡Eso es!— rió la lechuza sabia revoloteando sobre las feas criaturas — Han recibido por fin merecido castigo. Ya no son más Puer, Puercoespín desde hoy los llamaremos.

Todos comprendieron al oír a la lechuza, incluso los Puer condenados ahora a cargar con las señales de sus pasadas acciones, quienes desde entonces y hasta hoy han de avanzar con cautela para no quedar atrapados a causa de sus espinas y es por ellas que nadie se les acerca. Ni siquiera los cazadores les cazan pues afirman que su carne es muy amarga.

Esta es una de las historias que cuentan sobre el origen del puercoespín

©Ana Cuevas Unamuno

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