Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

miércoles, 29 de agosto de 2012

Los zapatos voladores

Cuento de hada Argentino

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Cierta vez, en el reino del cacique Calfucir, durante la dominación india de los territorios de América, el influyente soberano de la gran tribu de los tehuelches, que se extendía en todo el Sur de la hoy República Argentina, tuvo graves desavenencias con otro jefe llamado Rayén, que ejercía su autoridad en aquel tiempo, sobre los grupos aborígenes araucanos, que poblaban el lado occidental de la cordillera de los Andes, hoy República de Chile.

Motivó la situación de odio mortal entre los dos grandes caudillos el que Rayén, en un viaje de cortesía que efectuó por la pampa, se enamoró locamente de la princesa Ocrida, hija de Calfucir.

- ¡Dámela por mujer! -había suplicado Rayén al soberano tehuelche.

- ¡Nunca! -respondió el anciano monarca blandiendo su enorme lanza de combate.- Ocrida se casará con un joven de su raza y no con un araucano enemigo de los indios pampas.

Rayén, ante esta contestación arrogante y desafiadora, se retiró a sus tierras lleno de rencor y con propósitos de venganza; y convocando al Consejo de Ancianos de sus vastos dominios, resolvió reunir un poderoso ejército e invadir las grandes llanuras, dominio del padre de la hermosa Ocrida.

A las pocas lunas, ya que de esta manera los aborígenes medían el tiempo, millares de araucanos iniciaron la marcha, para cruzar las elevadas cumbres de la cordillera de los Andes, lo que lograron después de múltiples peligros, al transponer las enormes montañas, pasando ríos caudalosos, cimas casi inaccesibles y senderos interrumpidos por las rocas y rodeados de abismos.

Una tarde, cuando el sol ya se ponía por el lejano horizonte, las huestes de Rayén se lanzaron como un huracán sobre la pampa, y sorprendieron a las tribus de Calfucir, las que nunca pudieron imaginar que los araucanos intentaran la temeraria empresa de atravesar las monumentales cumbres andinas.

La batalla fue de corta duración, y aunque los tehuelches presentaron una tenaz resistencia, fueron vencidos por los hombres del país de Arauco, que después de dar muerte a muchos guerreros, raptaron a la hija de Calfucir, la bella Ocrida, para entregarla a su jefe el bravo Rayén.

La infeliz princesa, acomodada en un improvisado palanquín fue conducida al lejano país de su raptor por los accidentados caminos que cruzan los nevados picachos. El viaje duró varias lunas, ya que en esos días había dado comienzo el invierno y caído sobre la cordillera tan enorme cantidad de nieve que, al obstruir las sendas, dificultaba la lenta marcha de la comitiva.

Rayén recibió la noticia con muestras de la mayor alegría y ordenó inmediatamente se festejara la gran victoria obtenida sobre los hombres de la llanura y el rapto de la mujer a quien tanto quería, a la que pensaba hacer su esposa cuando las flores de la araucaria, el árbol sagrado, cubrieran de blanco los caminos de su reino.

Por supuesto, la desgraciada prisionera lloraba angustiada, al recordar su lejana patria, sus vastas pampas y el amor de su padre que, apenado, lamentaría su involuntaria ausencia.

A todo esto, el soberano de los tehuelches, desesperado no sólo por la derrota sufrida sino por la pérdida de su hija, no sabía qué decisión adoptar en venganza del agravio y pasaba los días encerrado en su toldo, triste y meditabundo, pensando en el mal destino que la suerte había deparado a su querida Ocrida.

- ¡Ya no la veré más! -gritaba sin consuelo.­ ¡Pobre hijita mía! ¡Mil veces preferiría su muerte, a su vida en manos del odiado Rayén!

Los ancianos de la tribu estaban también desconcertados, al no hallar el medio de rescatar a la niña, pues sus ejércitos eran impotentes para luchar contra las aguerridas fuerzas araucanas que defendían los difíciles pasos de la gran cordillera.

Como una última esperanza, el rey Calfucir dictó una proclama que hizo pregonar hasta en los más lejanos puntos de su reino, por la que ofrecía la mano de la bella Ocrida y gran parte del país, al valiente que consiguiera restituirle la dolorida cautiva.

Muchos jóvenes tehuelches intentaron llegar a las tierras de Arauco en procura de la princesa, pero fueron descubiertos y muertos por los centinelas de Rayén que vigilaban noche y día los caminos de la montaña.

En el tiempo de este suceso y en una apartada región de la pampa, sobre el caudaloso río Colorado, vivía un pastor de guanacos llamado Catiel, quien al escuchar de boca de los pregoneros del cacique los deseos de éste y el premio a tan magna aventura, se propuso intentar el fantástico viaje, encaminándose a las tolderías de Calfucir para ofrecer sus servicios.

- ¡Aquí estoy majestad! -dijo el valiente Catiel, arrodillándose ante su señor.- ¡Yo procuraré traer la tranquilidad y la alegría a la nación Tehuelche, rescatando a la hermosa Ocrida de manos del sanguinario y cruel Rayén!

- ¡Hijo mío -contestó el dolorido cacique,- si consiguieras ese milagro, serías mi súbdito predilecto y el feliz esposo de mi desdichada hija!

Catiel, sin temor ni vacilaciones inició la empresa y después de varias lunas llegó hasta los primeros pasos de la enorme cordillera, casi sobre las fronteras de su país con la tierra de los araucanos.

¡Pero... allí comenzaron las grandes dificultades! El macizo andino estaba cubierto de nieve y sus difíciles sendas eran intransitables para la planta humana, no sólo por las crueldades del invierno, sino por los miles de guerreros que, muy alerta, vigilaban la peligrosa línea divisoria.

Una y otra vez, el denodado Catiel intentó subir a las cumbres y siempre se halló detenido por el terrible frío y las flechas de los soldados araucanos, que silbaban trágicamente sobre su cabeza.

Cansado un día de pretender en vano la extraordinaria aventura, se sentó sobre una piedra y bajó la cabeza abrumado y vencido, lamentando no poder cumplir el juramento hecho a su rey, cuando, de manera inesperada, se presentó frente a él una viejecita india, arrugada como una pasa, que con voz clara y firme le dijo:

- ¡Valiente Catiel! ¡Hijo predilecto del país de los tehuelches! ¡Sé tus pesares y tus anhelos y comprendo que sólo la muerte será el premio a tus inútiles esfuerzos para cruzar la gran cordillera! ¡Los araucanos vigilan y te matarán! ¡El hondo de las montañas será tu sepulcro si prosigue la lucha!

- ¿Qué he de hacer entonces? -preguntó el decidido muchacho a la anciana hechicera.

- ¡Nada podrás, sin mí! -repuso ésta.

- ¿Quieres ayudarme? -suplicó de nuevo el mozo, mirando con ojos de duda a la centenaria mujer.

- ¡Sí! ¡Yo te ayudaré y podrás traer a la pampa a la hermosa Ocrida, ya que lo mereces por tu valor y tu decisión!

- Pero... ¿cómo? ¡Los pasos de la montaña están cerrados por la nieve y los soldados araucanos los guardan!

- Hay un medio -respondió sonriente, la hechicera. Y luego, señalando a un cóndor que en aquel instante volaba sobre ellos, continuó.- ¡Podrás llegar al país de Arauco volando como esa ave que ahora cruza sobre nosotros!

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- ¿Volando como el cóndor? ¡Tú estás loca!

- Loco es quien no cree en mí poder -contestó la mujer.

- ¡Dime el medio!

- Yo lo tengo, ya que poseo la fuerza del viento, el calor del sol y la grandeza de las cumbres. -Y diciendo esto, hizo un signo misterioso con la mano derecha y por arte de encantamiento aparecieron junto al asombrado Catiel, unos zapatos de cuero de guanaco, llamados usutas.

- ¿Qué es esto? -exclamó aterrorizado el muchacho.

- ¡Son tus alas! -contestó la vieja.

- ¿Mis alas? ¡No lo comprendo!

- ¡Escucha! ¡Las cumbres están nevadas y los guerreros araucanos te aguardan para matarte en los pasos de la montaña! ¡Tienes un solo medio para llegar a donde está la infeliz cautiva! ¡volando! ¡Estos zapatos, una vez puestos, te elevarán sobre los hombres y la tierra, como si fueses un cóndor y así, burlarás la vigilancia de los soldados y podrás rescatar a la pobrecita Ocrida!

Esto diciendo, la misteriosa viejecita desapareció tan súbitamente como había llegado y el valiente Catiel quedó mudo de asombro contemplando los usutas que estaban próximos a sus pies.

- ¡Lo intentaré! -exclamó, y acto seguido se calzó los zapatos.

No bien terminó de atárselos a los tobillos, cuando sucedió lo inesperado. Como impulsado por una enérgica fuerza invisible, comenzó a elevarse con rapidez fulmínea y luego de unos pequeños giros, como los que para orientarse describen las palomos, inició su marcha por sobre la cordillera hacia el temido país de Arauco.

- ¡Esto es maravilloso! -exclamaba Catiel en el colmo del estupor.

El viaje fue de pocos minutos; muy pronto estuvo a la vista de la corte del reino de Rayén, que claramente se distinguía a la luz de una gran luna que parecía de plata.

Catiel preparó sus armas cuando los usutas iniciaron el descenso y antes de que lo pudiera pensar, ya estaba sobre el negro castillo del monarca, que se elevaba majestuoso sobre unas grandes moles de piedra rojiza.

Como es lógico, la entrada le fue muy fácil, al descender sobre los techos de la morada y luego, cerciorado de que nadie le había visto, inició sus trabajos para dar con el paradero de la hermosa cautiva.

Bien pronto, el llanto y los suspiros de una mujer, que se oían por una ventana pequeña, le indicó el lugar donde estaba encerrada Ocrida y entrando audazmente en la lujosa residencia, se encontró con la morena princesa que sollozaba sin consuelo por su triste soledad.

- ¡Ocrida! -gritó Catiel cayendo de rodillas ante la apenada muchacha.- ¡Me manda tu padre, el cacique Calfucir para que te lleve a las lejanas tierras de la pampa!

La prisionera, loca de alegría, casi no daba crédito a lo que escuchaba y veía y presa de una invencible pasión, se echó en brazos de su joven salvador, cubriéndolo de besos.

Fácil fue para el valiente Catiel el regreso. Tomó a Ocrida de la cintura suavemente y dijo: - ¡Vamos!

Los zapatos maravillosos elevaron a la pareja por encima de la ciudad en silencio, y tomando de nuevo el camino de los cielos, en muy poco tiempo llegaron a las tolderías del dolorido soberano de las pampas que aun lloraba la pérdida de su querida hija.

El entusiasmo fue imponderable y Calfucir ordenó se celebrasen grandes fiestas en homenaje del salvador de la bella cautivo, las que se realizaron en toda la vasta extensión de la pampa, desde el Río de Agua Dulce, que más tarde se llamó Río de la Plata, hasta las desiertas regiones de la Patagonia.

De más está decir que Catiel se casó con la divina Ocrida y así consiguió la felicidad, por la ayuda milagrosa de la viejecita india que, en tan buen momento, le había obsequiado con los zapatos voladores.

sábado, 18 de agosto de 2012

EL ORIGEN DEL PUERCOESPÍN

 

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Antes... ¡Hace mucho, mucho tiempo, antes del tiempo!. Cuentan que en una región de montes, vivían entre otros pueblos el pueblo de los Puer.

Era este un pueblo agresivo, que siempre andaba molestando a sus pacíficos vecinos. Si algún Puer, veía a un mono jugando o saltando de rama en rama, ahí iba el Puer a sacudirle la rama para que se cayera.

Si un distraído pájaro se posaba cerca de un Puer, este de inmediato lo atrapaba divirtiéndose en arrancarle las plumas.

Los Puer entre todas las cosas de la que más disfrutaban era de su gran agilidad. Podían correr más aprisa que las liebres a las que perseguían hasta sujetarlas por las orejas. Podían saltar y trepar con más habilidad que las ardillas, a las que atrapaban sujetando por las colas y gozaban haciéndolas girar. Podían bajar rodando por las laderas de los montes y aparecer de improviso en cualquier sitio. ¡Nada ni nadie podía detenerlos!

Cansados de ser todo el tiempo molestados, los vecinos se unieron para buscarle una solución al problema. Después de dar vueltas y vueltas al asunto y al ver sus reuniones interrumpidas una y otra vez por los fastidiosos Puer, que les lastimaban tirándoles espinas de cactus con sus cerbatanas, decidieron enviar tres mensajeros a casa de las Señora de las Formas.

La Señora de las Formas era una viejísima señora, que según se decía vivía en el centro de la tierra desde los comienzos del mundo. Allá fueron en su busca, los tres mensajeros: una niña, un mono y una lechuza.

Cuándo luego de mucho andar finalmente hallaron a la Señora de las Formas, le dijeron entre súplicas y ruegos

—Gran Señora, ¡los Puer molestan a los animales y a nosotros por igual!— dijo la niña

—Hieren, lastiman y a nadie dejan vivir en paz— agregó el mono

—Todos huimos al verlos, ya nadie quiere encontrarse con ellos — agregó la lechuza

Muy atenta los escuchó y largo tiempo guardó silencio. Cuando los mensajeros viendo que nada decía, comenzaban a despedirse, ella sonrió y se transformó en una hermosa mariposa, al tiempo que decía

—Vayamos y veamos.

Así disfrazada regresó con los mensajeros. Cuándo estaban llegando un grupo de Puer les salió al encuentro.

—Aquí están nuestros queridos mensajeros— exclamaron rodeándolos.

—¡Oh, que pena!. ¿Las Señora de las Formas no ha querido recibirlos?— se burló uno tirando de la cola del mono

—Seguramente no la han visto, se han fatigado antes de llegar—

—¡Mirad, Mirad quien les ha escuchado! — rió un tercero sujetando de un salto a la mariposa que en vano intentó escapar.

Ignorando los gritos y las súplicas de los mensajeros, los Puer quisieron mirar a la mariposa, tironeando de sus alas peleando cada uno por quedársela.

De tanto tirar desprendieron las alas del cuerpo y en ese preciso momento una nube oscura se elevó ante ellos. Tan fuerte fue el sonido con que la Señora furiosa los maldijo, que todas las hojas de los árboles temblaron en las ramas.

—¡Todo lo lastimáis, todo lo destrozáis, desde ahora y para siempre llevaréis en las espaldas las afiladas espinas de vuestro cruel corazón!.

La nube, tan repentinamente como había surgido, desapareció. Los mensajeros aterrados huyeron. Los Puer, después de un rato al ver que nada sucedía, rieron nerviosos y regresaron contentos saltando y gritando a sus casas.

Al día siguiente en la aldea más cercana al poblado de los Puer, los habitantes oyeron gritar a un niño

—¡Vengan!. ¡Vengan!. ¡Miren que extraños animales!

Todos corrieron curiosos a ver lo que el niño señalaba. Delante de ellos estaban reunidas unas extrañísimas criaturas de patas cortas y espaldas cubiertas de afiladas púas.

—¿Qué son?. ¿Quiénes son?— preguntaron asombrados los aldeanos

—¿No nos reconocen?. ¡Somos los Puer! — gimieron acongojados los animalitos

—¿Un Puer con púas y patas cortas? ¡Embusteros!. Conocemos bien a los Puer y nos son como ustedes.

—¡Lo somos!. ¡Somos nosotros!. ¡Somos los Puer maldecidos con estas espinas! — sollozaron

—¡Eso es!. ¡Eso es!— rió la lechuza sabia revoloteando sobre las feas criaturas — Han recibido por fin merecido castigo. Ya no son más Puer, Puercoespín desde hoy los llamaremos.

Todos comprendieron al oír a la lechuza, incluso los Puer condenados ahora a cargar con las señales de sus pasadas acciones, quienes desde entonces y hasta hoy han de avanzar con cautela para no quedar atrapados a causa de sus espinas y es por ellas que nadie se les acerca. Ni siquiera los cazadores les cazan pues afirman que su carne es muy amarga.

Esta es una de las historias que cuentan sobre el origen del puercoespín

©Ana Cuevas Unamuno

martes, 7 de agosto de 2012

AAAAAAAAAA

Un cuento de Leo Masliah

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La madre del monstruo estaba ahí, con la cuchilla contra el pescuezo de su hijo, tratando de pensar con claridad. Lo había maniatado tomándolo por sorpresa mientras dormía, y no sabia si matarlo o prolongar su miserable y nociva existencia por unos años mas, hasta que las tensiones musculares originadas en su propia deformidad acabaran por despedazarlo.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó, como para despejar su mente de disquisiciones superfluas.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó también el monstruo, aterrorizado ante la presión de la hoja de acero contra su garganta.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó la madre, tratando de ahuyentar el impulso de cortar ese cuello sin más demora. La tentación era fuerte, pero no podía ceder ante ella así como así, sin estar completamente segura de que estaría haciendo lo correcto.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el monstruo, para atemorizar a su agresora.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó ella, mostrándole que no era fácil de intimidar.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, agobiado por la impotencia. Cuatro vueltas de alambre de púa mantenía sus piernas y sus brazos fijos las unas contra los otros.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó la madre, queriendo infundirse ánimos para asestar la puñalada fatal.

-¡AAAAAAAAAA! – grito el monstruo, tratando de impostar la voz y de imprimirle vibrato, como para apelar a la sensibilidad musical de la mamá.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó esta, queriendo acallarlo.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, sumido en la desesperación de no saber ya que hacer.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó ella, para ver si repitiendo lo que decía su hijo podía entenderlo mejor.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, pensando que si hasta ahora el gritar así lo había mantenido a salvo del avance de la cuchilla, lo mejor que podía hacer era seguir gritando.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó ella, sin razón aparente, y quizá solo porque era su turno.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, y este grito sonó como una amenaza de que la próxima vez gritaría mas fuerte.

Bien niños, eso es todo por hoy. Mañana estudiaremos la letra "b".

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