Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

lunes, 30 de julio de 2012

El Sapo de Río y la Caracola de Mar

Un cuento de Samy Bayala

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En el lugar más lindo del mapa había un río.

Un río que corría feliz entre las piedras; un río azul o celeste y a veces verde.

Nunca se sabía de qué color iba a estar el río al día siguiente, ni siquiera se podía saber a ciencia cierta de qué color iba a estar dentro de dos horas; porque eso dependía del sol y el sol es un poco caprichoso.

A veces iluminaba las aguas más de un lado que del otro y a veces más del otro que de éste, entonces el río parecía un tigre lleno de rayas de diferentes colores, que se estiraban para todos lados.

En el río azul, celeste o verde (como más les guste) vivía un sapo que de tantos años de vivir en el mismo lugar, se había hecho amigo de casi todos sus vecinos.

Entre ellos estaban las tres hormigas Negra, Negrusa y Negrona (que habían hecho su casa abajo de una planta grande); la lagartija Juana (a la que una vez alguien le cortó la cola pero que por suerte le volvió a crecer después que la puso en remojo) y algunos pájaros que cantaban mientras el agua azul, celeste y verde corría hacia quién sabe dónde.

Una tarde el sapo se había subido a un tronco que flotaba en el agua y cantaba feliz, porque había llegado la primavera.

—Las mariposas vuelan, el sol se levanta alegre,

los pajaritos cantan, la lluvia así se espanta...

Tan distraído estaba con su canción que no se dio cuenta que el río corría como siempre y el tronco corría también.

—Los gusanitos bailan, las flores se despiertan

los pececitos saltan, la lluvia así se espanta...

De pronto, al pasar cerca de unas piedras que formaban una cascada, el río tomó mucha velocidad y el sapo asustado dejó de cantar y se agarró fuerte de la única rama que tenía el tronco.

—¡Ay! ¡Aya ayaaaa! —comenzó a gritar.

Pero nadie lo oía porque él ya estaba muy lejos de su casa.

Un gigante enorme lo envolvió entre sus brazos y en menos que canta un gallo, lo tiró muy lejos.

Sapo de Río cerró los ojos bien fuerte porque no quería ver y plín, purupúm, plón, cayó sobre la tierra dando un fuerte golpe.

Mientras el sapo veía todas las estrellas del cielo juntas oyó una voz a sus espaldas.

—¿Pero qué es esto que ven mis ojos?

—¡Por favor, por favor señor gigante no me coma! Mire que soy tan chiquito que no le voy a servir para nada —dijo el sapo sin abrir ni un poco así los ojos.

—Pero yo no te voy a comer porque no como sapos y además ¿de qué gigante estás hablando? Yo no veo ninguno cerca —dijo la voz.

El sapito tomó coraje y espió un poco para ver qué pasaba.

Estaba sentado sobre un montón de arena y frente a él bailaban dos palmeras al ritmo del viento.

Entonces se animó y abrió los ojos del todo para mirar mejor.

La que hablaba era una caracola, y al sapo le pareció muy hermosa; su cuerpo era de un color rosa suave, tan suave que parecía transparente y sus ojos brillaban como dos piedras lustradas.

—Yo soy Caracola de Mar, ¿y vos?

—Yo soy Sapo de Río para lo que guste mandar —dijo el sapo que al fin de cuentas era un caballero.

De pronto el sapo recordó cómo había llegado hasta ese lugar.

—¿Y el gigante adónde se escondió?

—¡Y dale con el gigante! ¿Pero de qué gigante hablás?

—Hablo de ése que me agarró por atrás sin darme tiempo a nada, parecía todo de agua y con brazos de espuma.

La caracola empezó a reír y su risa parecía una campanita.

Con su voz dulce, le contó a Sapo de Río que estaban en la orilla del mar y que seguro una ola traviesa lo había empujado hasta tirarlo sobre la arena.

Durante el resto del día, la caracola y el sapo charlaron sin parar.

Al sapo le costaba entender que por haber navegado y navegado sobre un río había llegado al mar, pero la caracola miraba a lo lejos y repetía:

—Todos los ríos van al mar...

Entonces él, para no llevar la contra, decía:

—Es verdad... —y dejaba escapar un suspiro para que su respuesta pareciera más interesante.

Después de un rato de caminar y charlar, la caracola le dijo al sapito que por qué no se quedaba unos días y el sapo pensó que unas vacaciones no le hacen mal a nadie, entonces aceptó la invitación.

Al día siguiente, mientras paseaban por la playa, la caracola le presentó algunos amigos.

Así fue como Sapo de Río conoció a la Señora Roca de Arena que se deshacía de amor por el viento; a la estrellita de mar Miricundis, que venía de una familia muy refinada y a los hermanos Tolomeo y Cucusleto, que eran hipocampos o para hacerla más fácil, caballitos de mar.

A Sapo de Río le causaba mucha risa hablar con ellos, porque ante cualquier pregunta contestaban a coro:

—Veremos, veremos, después lo sabremos.

Entonces el sapo, a propósito, se la pasaba pregunta que te pregunta.

—Hoy el sol ¿saldrá por la derecha o por la izquierda?

—Veremos, veremos, después lo sabremos...

—¿La lluvia caerá de arriba para abajo o de abajo para arriba?

—Veremos, veremos, después lo sabremos...

Y así Sapo de Río y Caracola de Mar se reían a carcajadas.

Pero un día pasó lo que en algún momento tenía que pasar.

El sol no salió ni por la derecha ni por la izquierda, ni de arriba para abajo ni de abajo para arriba.

Entonces el cielo se puso gris, la arena más húmeda que nunca y el viento resopló sin parar.

Después, con un solo relámpago y sin pedir permiso, apareció la lluvia.

Sapo de Río y Caracola de Mar se refugiaron atrás de una piedra grande y pusieron sobre sus cabezas una hoja de palmera que habían encontrado en la playa.

Algo raro pasaba, porque ninguno de los dos hablaba; parecía que el viento se había llevado todas las palabras muy lejos.

De pronto el sapo sintió unas cosquillas en su pecho, cerca del corazón, y sin pensarlo dos veces empezó a tararear:

—Las mariposas vuelan, el sol se levanta alegre,

los pajaritos cantan, la lluvia así se espanta...

Pero no pudo seguir cantando porque un nudito le apretaba la garganta. Para disimular dejó escapar un suspiro.

—Ah... qué será de mis amigas Negra, Negrusa y Negrona. ¿Habrán terminado por fin su casa?

—Parece que va a seguir lloviendo —contestó la caracola mirando cómo el mar y el cielo se abrazaban.

—Ah... —volvió a decir el sapo—. ¿Cómo estará la lagartija Juana? ¿Le habrá crecido la cola lo suficiente?

—Tal vez salga el arco iris... —dijo la caracola—. Me encanta el arco iris...

—Ah —suspiró más fuerte el sapo—. ¿De qué color estará hoy mi río, azul, celeste o verde?

Esta vez la caracola no pudo responder porque las palabras se le habían hecho un ovillo adentro de la boca.

Los que saben dicen que cuando llueve el mar se pone triste y contagia su tristeza al que lo mira.

¿Sería por eso que la caracola tenía ganas de llorar?

Después de uno o dos días, la lluvia se fue sin hacer ruido y Sapo de Río decidió que ya era hora de volver a su casa.

A la caracola le costó un poco entender esta decisión, pero lo pensó y se dio cuenta que extrañar es una cosa seria, así que fue ella misma la que habló con la Ballena Tita, para que llevara al sapito de regreso a su casa.

El día de la partida, todos estaban en la playa.

La estrella de Mar Miricundis agitaba en el aire un pañuelo blanco con puntilla de algas.

La señora Roca de Arena hacía fuerza para no soltar ni una lágrima porque a ella las despedidas la hacían llorar y si lloraba se deshacía y si se deshacía estaba lista.

Y los hermanos Tolomeo y Cucusleto que casi llegan tarde porque la corriente los empujaba para otro lado.

—Bueno llegó la hora de irme —dijo Sapo de Río.

—Te voy a extrañar —dijo la caracola poniéndose colorada.

—Yo también te voy a extrañar, espero que algún día puedas conocer mi río; no sabés lo lindo que es, con flores en la orilla y muchos árboles alrededor.

La Ballena Tita hizo sonar el silbato que anunciaba la partida.

—Bueno, adiós —dijo el sapo.

—¡Adiós y buen viaje! —dijo la caracola agitando su manito en el aire.

Plif, ploff, plaff, la ballena se fue hacia las aguas profundas, con el Sapo de Río a cuestas.

—¿Nos volveremos a ver? —alcanzó a preguntar el sapo mientras la ballena nadaba entre las olas.

—Veremos, veremos, después lo sabremos —gritaron Tolomeo y Cucusleto.

Entonces todos se rieron a carcajadas, y el mar se puso contento porque, dicen los que saben, que la felicidad también es contagiosa.

miércoles, 25 de julio de 2012

LA CASA ENCANTADA

Cuento Anónimo.

Casa-Embrujada

Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.

Pocas semanas más tarde, la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.

__ Espéreme un momento ― suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.

__ Dígame ― dijo ella, ― ¿ se vende esta casa?

__ Sí ― respondió el hombre ―, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!

__ Un fantasma ― repitió la muchacha ―. Santo Dios, ¿y quién es?

__ Usted ― dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.

miércoles, 18 de julio de 2012

La apuesta

 

un Cuento de Misiones adaptado por Paulina Martínez

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Si lo quieren escuchar

   

Si lo quieren leer
Un día la lechuza y el mono descubrieron sus costumbres.
El mono se rascaba continuamente por todo el cuerpo y la lechuza movía la cabeza para un costado y para el otro sin parar. Esto les provocó tanta risa que comenzaron a burlarse el uno del otro.
—Ja, ja, ja; tenga cuidado don Mono, no sea cosa que se le gasten las uñas —se burlaba la lechuza.
—Mejor cuídese usted, doña Lechuza —decía el mono—; cualquier día de estos se le cae la cabeza de tanto dar vueltas y los vecinos van a comentar.
—¿Y qué van a comentar los vecinos?, si se puede saber.
—Miren a doña Lechuza, no tiene cabeza.
Burla va, burla viene, al fin terminaban peleándose y cada uno se retiraba a su casa de mal humor. Sin embargo, al otro día, volvían a trabarse en una nueva discusión y los animales de la selva se preguntaban cuándo terminaría todo esto ya que estaban cansados de oírlos pelear.
Así pasó el tiempo, hasta que un día resolvieron hacer una apuesta. Se trataba de comprobar quién aguanta más, si el mono sin rascarse o la lechuza sin mover la cabeza.
Invitaron a todos los animales a presenciar el desafío. Una comadreja y un tucán serían los jueces.
El día fijado se acomodaron todos en un claro de la selva formando un círculo y, en el medio, el mono y la lechuza se pararon frente a frente.
El tucán dio la orden de empezar y el mono y la lechuza se miraron fijamente tratando de no moverse; así pasaron un buen rato.
Al fin el mono, no pudiendo aguantar más la picazón, dijo a la lechuza:
—Si viene un ladrón, yo saco un revólver... ¡y ahí viene uno! —gritó y aprovechó para rascarse mientras hacía el ademán de sacar el revólver.
—¡Yo ya lo estoy viendo! —gritó la lechuza que no quiso perder la oportunidad para mover la cabeza.
—¡Y los dos están perdiendo! —gritó el tucán.
Esto les causó tanta gracia a los animales que estaban presenciando la apuesta, que comenzaron a revolcarse por el suelo, muertos de risa.
Por supuesto el mono y la lechuza perdieron.
Tomado prestado de: Cuentos y leyendas de Argentina y América- Paulina Martínez- 1996, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S.A.

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viernes, 13 de julio de 2012

EL PEQUEÑO PLANETA PERDIDO

Un cuento de Ziraldo (Escritor Brasilero)

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Cierta vez enviaron a un hombre al Espacio en dirección a un planeta perdido.

Era un planeta tan distante pero tan distante que el combustible se terminó cuando el cohete por fin llegó a su destino. Y era un planeta pequeño ubicado en medio del espacio no se sabe en qué galaxia ni en qué constelación.

El astronauta caminó por todo el planeta y dio la vuelta al mundo en menos de ochenta pasos (es que el planeta no tenía ni río, ni mar ni montañas). Y viéndose tan solo el astronauta gritó: "¡Socorro!"

Y nadie sabe por qué nebulosa razón su voz recorrió de vuelta el camino de la astronave. Y en toda la Tierra de punta a punta se lo oyó gritar: “¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Quién soy?”

Fue un susto general sin ninguna explicación: aquí, tan lejos, en la Tierra todo el mundo escuchaba lo que él decía solito allá en el espacio como si hubiera un potente servicio de altoparlantes (de parque de diversiones) con el micrófono instalado en el planeta del astronauta. Si él se ponía a llorar toda la Tierra lo oía (un fenómeno de frecuencia o, tal vez, de sintonía).

Y los científicos de la Tierra también se sintieron perdidos, todos estaban reunidos para hallar una solución: "¿Qué podemos hacer?". Traer al astronauta de vuelta no se podía, pero dejarlo morir de hambre tampoco quedaba bien.

Como las computadoras sabían – de memoria – la ruta de la astronave perdida, los científicos le mandaron de regalo al astronauta un cohete con mucha comida para el hambre de cada día.

Y todos aquí en la Tierra pudieron dormir de nuevo con el silencio de la noche. Sólo muy rara vez se despertaban un ratito con los ruidos que, desde el espacio, llegaban de vez en cuando. Pero volvían a dormirse tranquilos y contentos cuando inmediatamente oían la voz del astronauta que decía en un tono muy delicado: "¡Disculpen!" (porque era muy educado).

"¡Mándenle música!” habló con voz salvadora el dueño de una grabadora. “Manden discos, video-clips, cintas, cassetttes, canciones, manden radios, tocadiscos, grabadores, televisores.”

“Pero envíenle también un par de auriculares”, agregó enseguida un previsor. “¡Por si no nos llega a gustar su programación!"

Y mandaron un cohete colosal cargado de canciones (todas las canciones del mundo) con auriculares exclusivos adaptables al oído del solitario astronauta. Y una vez más se hizo un silencio total. Y todos pudieron continuar sin correr grandes peligros (oyendo sólo lo que querían los fabricantes de discos).

Un largo tiempo pasó hasta que un día, otra vez toda la Tierra se despertó al oír, desde muy lejos, cantada con voz nostálgica y sin acompañamiento una canción muy linda, tan linda que parecía tener todas las canciones del mundo en sus suaves acordes. Y la canción decía así:

Tan solo, tan solo

sin nadie...

El que parte

lleva el recuerdo

de alguien.

Y el recuerdo es cruel

cuando existe amor.

Siento un dolor en mi pecho

y evitarlo es imposible.

No puedo más.

Nadie tiene pena

de mi dolor.

Llorar, como yo lloré

nadie debe llorar.

¡Rosa, oh Rosa!

¿Cómo estás, Morena Rosa?

Con esa rosa en el cabello

y ese andar orgulloso.

¡Ay, qué nostalgia siento!

Todo el mundo quedó muy conmovido sin saber ya qué hacer para salvar al astronauta que se estaba muriendo de soledad y nostalgia. Entonces los científicos de la Oficina Espacial recibieron la visita de Rosa: "iYo soy la novia del astronauta!". Los ojitos preocupados del jefe de los científicos comenzaron a brillar y enseguida preguntó: "¿Usted sabe volar?"

Rosa, entonces, fue lanzada en un cohete color de rosa, muy bonita y arreglada, una astronauta tan linda como en el Espacio entero no se había visto todavía. Y mientras el cohete subía el jefe de los científicos le dijo a su asistente: "¿Cómo es que nuestras mentes no habían pensado en esto?" Y todo el mundo en la Tierra se puso a mirar el Espacio viendo al cohete subir con Rosa y el amor de Rosa. Esperando la llegada para oír lo que diría el astronauta al ver a su Rosa llegar así, de sorpresa.

Y entonces, la noche prevista, la Tierra entera despertó agitada y ansiosa oyendo al astronauta gritar el nombre de Rosa. “¡ROSA!”.

Hasta ese momento (vamos a decir: para siempre) nunca más se oyó al astronauta llorar, o gritar, o implorar, o vociferar, reclamar o maldecir. En el espacio hay, ahora, sólo estrellas y silencio. Pues como informó el personal de la Oficina Espacial: ”La sintonía o frecuencia del planeta perdido no permite oír susurros”.

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