Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

miércoles, 30 de mayo de 2012

EL TONTO TILANO

Cuento tradicional Gitano

vara magica

 

 

 

Os voy a contar un cuento que me contaba mi mama, de pequeño. A ella se lo contaba mi abuela y mi abuela seguramente mi bisabuela. Así era más o menos:

 

Hace mucho tiempo vivía una gitana en un reino, esta gitana tenía un nieto al que crió que se llamaba Tilano, el pobretico no tenía sus cinco sentidos. Un día Tilano le dijo a su abuela:

—Mama, me voy a pescar.

—Vale hijo— le dijo la anciana— tráete un puñao de leña, de paso.

Pues cogió su burro del ramal y se fue al río. Cuando llego se puso a pescar, y al rato de no pescar nada pico un pez. El pez hacia mucha fuerza pero el Tilano tiró y tiró hasta que sacó el pez. Cuando lo sacó, para la sorpresa suya el pez empezó a hablar de esta manera:

—No me cojas, suéltame

A lo que Tilano contestó:

—No, que te voy a cenar esta noche, que no tenemos na pa comer yo y mi abuelica.

—Por favor suéltame, a cambio te daré una varica de la virtu, que le puedes pedir lo que quieras.

—Humm, no sé, no sé — vacilo el tonto Tilano.

El pez abrió la boca y nuestro amigo cogió una pequeña y extraña vara que el pez llevaba en el interior de su boca.

—Esta vara tiene poderes solo tienes que decir ``varica de la virtud, por la gracia que tienes y la que Dios te ha dao dame...´´ pues lo que quieras, y te lo dará. Pruébala.

Y cogiendo la varica de la virtu dijo Tilano:

—Varica de la virtud, por la gracia que tienes y la que Dios te ha dao que se suba la leña encina de burro, encima un pino y encima yo.

Y así fue hecho, y de esta manera se fue el tonto a su casa, pasando por en medio del pueblo a lo que la gente, se quedaba sorprendida y de decían:

—¡ Mira el tonto Tilano!, ¿a dónde va así?

Y se burlaban y se reían del tonto. Hasta la guapa hija del rey, salió al balcón del palacio y se reía de él. Esto le dio mucho coraje al tonto Tilano y le echó una maldición con la ayuda de la varica:

—Varica de la virtud, por la gracia que tienes y la que Dios te ha dao que se vea cambri de mangui (embarazada de mí).

Y pasó el tiempo y el tonto Tilano como no tenía sus cinco sentios no sabía como aprovechar el poder de la varica de la virtu.

Un día, a los nueve meses más o menos, apareció un pregonero por donde vivía Tilano con un mensaje del rey, iba diciendo el siguiente pregón:

—Se hace saber que habiendo dado a luz la princesa un hermoso hijo, se ruega a todos los varones mozos del reino que pasen por el palacio, para ver quién es el padre, el que sea el padre se casara con la princesa.

Tilano le dijo a su abuela:

—Mama, me voy a ver a mi chaborrillo (pequeño hijo).

—Calla, hijo mío, que está loco pasao ¡ Qué cosas tienes, hijo ¡ ¿cómo va a ser ese tu hijo?

Tilano no dijo nada y se marchó al palacio del rey.

II

Pues se fue Tilano al palacio y se puso en la fila donde estaban los mozos que decían ser los padres del niño, casi todos hijos de condes, de marqueses, de reyes. Pero el niño no se iba con ninguno de ellos. Cuando llego el turno del tonto Tilano abrió los brazos y le dijo:

—Vente con tu pare, hijo mío.

Y el niño se fue con el muy contento, a lo que todos se quedaron boquiabiertos. El rey monto en cólera

— ¡Ay Dios mío! Con un gitano y encima tonto, ¡quedas desterrada y desheredada!— le gritó a su hija.

Los soldados cogieron a la princesa, al tonto y al hijo de ambos, los pusieron en una barca y los echaron al mar.

La princesa no paraba de llorar

— ¡Qué va ser de mí!— decía llorando una y otra vez.

—No llores—le dijo Tilano— si conmigo vas a estar muy a gusto, mira lo que tengo. Al decir estas palabras sacó la varica la virtú.

—¿Y eso qué es? Eres un gitano tonto.

—Esto— le contestó— es una vara de virtú— le puedes pedir lo que quieras, mira: varica de la virtud, por la gracia que tienes y la que Dios te ha dao ponme un plato de arroz y habichuelas con hinojos y balichó muyao.

Y apareció el plato de arroz.

La princesa se sorprendió y le dijo:

—Esa comida a mi no me gusta pero vas a hacer una cosa: dile que te dé tus cinco sentidos y que nos devuelva a mi reino, que nos dé ropas nuevas y una comida mejor.

Tilano le pidió estos deseos a la varica y así fue hecho, recobró sus cinco sentidos y le pidió algo más: un palacio al lado del de su suegro.

III

Cuando despertó el rey aquel día, descubrió sorprendido que había aparecido junto al suyo un palacio aun más grande y lujoso, con unos bellos jardines en los que crecían árboles que daban manzanas de oro y naranjas de oro.

Esa misma mañana los sirvientes de Tilano llamaron a la puerta del rey, le llevaban una invitación para invitarle a cenar. El rey no lo pensó dos veces, estaba deseando conocer a su ilustre vecino.

Cuando entró al palacio el rey quedo deslumbrado ante tanta belleza, quizás por eso y por el cambio que había sufrido Tilano, no le reconoció. El rey estaba muy contento por tener un súbdito tan rico.

Al día siguiente Tilano se dirigió al rey:

—Majestad, me ha sucedido algo terrible, me han robado una manzana de oro y una naranja de oro de mi huerto.

— ¿Cómo?— dijo el rey enfurecido— ahora mismo mandaré a mis soldados a registrar todo el reino hasta que aparezca el ladrón.

Los soldados buscaron por todo el reino, registraron hasta el último rincón y no aparecía. Entonces Tilano pidió a la vara de la virtud.

—Varica la virtú por la gracia que tienes y la que Dios te ha dao que aparezcan las frutas de oro en los calzoncillos de mi suegro el rey.

De esta manera no quedaba más que buscar en el palacio real, acudió allí Tilano y dijo a los soldados:

—Registrad al rey.

Le quitaron la ropa al rey y aparecieron la manzana y la naranja de oro. El rey estaba sofocado, avergonzado delante de sus súbditos, no tenia palabras.

—Yo...es que...

Entonces Tilano le dijo estas palabras:

— ¿Tu te acuerdas del tonto Tilano? Al que humillaste desterrándolo con tu hija, pues ese soy yo. Le diste en aquella ocasión más importancia a tu posición social que a tu hija y tu nieto, abandonándonos en medio del mar. Ahora sabrás lo que es la vergüenza y el desprecio.

A partir de entonces el rey aprendió a no juzgar a las personas por lo que son sino por cómo son. Aprendió que todos somos iguales y nos merecemos el respeto de los demás, sin importar la raza o las diferencias de cada cual.

Tilano fue feliz con su mujer y su hijo y nunca le faltó nada con la vara de la virtud. También recogió a su abuela y se la llevo a vivir al palacio y nunca se olvidó del pueblo gitano a los que siempre defendió.

Colorín colorado este cuento se ha acabado.

FIN

Cuento tradicional de la familia Rodríguez, recogido y adaptado por Miguel Fernández Rodríguez.

lunes, 28 de mayo de 2012

Kobutori Jiisan

 

clip_image003

Hace mucho, mucho tiempo, vivía un anciano en un pueblo.

El nació con un chichón en la mejilla del cual no se preocupaba para nada.

Era muy optimista.

En el mismo pueblo vivía otro anciano que también tenía un chichón en la mejilla, pero éste siempre paraba enfadado porque se acomplejaba de su defecto.

Un día el anciano optimista fue a cortar leña al bosque, pasado un momento empezó a llover y decidió descansar un poco. Durmió profundamente pero se despertó al oir un ruido extraño en plena noche.

Se sorprendió mucho al ver a unos demonios celebrando una fiesta muy cerca de ahí.

Estaban armando un gran alboroto cantando, bebiendo y bailando.

El anciano al comienzo tenía mucho miedo por lo que decidió seguir viendo a escondidas, pero no pudo contener sus ganas de bailar pues le parecía muy agradable todo aquello.

Los demonios se sorprendieron al verlo pero continuaron bailando porque su danza era muy interesante.

Pasaron un rato agradable hasta que cantó el primer gallo.

clip_image004El jefe de los demonios dijo: "Ya tenemos que volver a casa. Me gusta mucho tu danza por eso esta noche también ven. Voy a tomar tu chichón y si vienes esta noche te lo devolveré."

El anciano se quedó sin su chichón, ¡ni rastros de el!. Los demonios pensaban que al anciano le gustaba su chichón y por ello regresaría, pero en realidad éste estaba muy contento sin él.

Cuando el anciano regresó al pueblo contó todo lo sucedido al otro anciano.

clip_image006Este último lo veía con una mirada de envidia y dijo: "¡Voy a ir esta noche!"

Esa noche empezó nuevamente la fiesta.

Este anciano, por ser una persona sombría, no se encontraba a gusto y no pudo bailar, en realidad detestaba el baile.

Al verlo, poco a poco los demonios empezaban a disgustarse.

El jefe de los demonios le dijo: "¡Te voy a devolver tu chichón y vete inmediatamente!"

De esta manera, este anciano se quedó para siempre con los dos chichones por ser estrecho de espíritu y de corazón.

¡Y colorín colorado,
este cuento se ha acabado.!

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martes, 22 de mayo de 2012

Princesa maya

 - Yael Sofer

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En un país lejano, vivían un rey y una reina. Ellos tenían una hija única, la princesa Maya, muy bonita, de ojos azules y pelo rojo. Todos los ciudadanos del reino amaban a Maya por su buen carácter.

De repente, ocurrió un mal. Maya se puso triste, sus risas se escucharon con menos frecuencia y, al final, ella no salió más de su habitación.

El médico real le prescribió diferentes hierbas contra la enfermedad pero eso no ayudó. Maya se acostaba en su cama, no hablaba con nadie y, muy seguido, se podían ver lágrimas en sus ojos.

El rey y la reina se asustaron muchísimo y enviaron a buscar a los mejores médicos de todo el reino. Los médicos examinaron a la princesa, discutieron largamente y declararon que se trataba de una enfermedad desconocida. Físicamente la princesa estaba sana pero, ellos no sabían cómo devolverle su buen estado de ánimo. Los médicos se fueron a sus casas y con esto, El rey y la reina se desanimaron aún más.

Mientras tanto, la noticia sobre la enfermedad de la princesa circuló en todo el reino. Todos los ciudadanos estaban preocupados por ella.

En este país vivía un mago que curaba incluso las enfermedades mortales. Todas las personas empezaron a pedirle que fuera al palacio y examinara a la princesa.

El mago llegó al palacio, tomó la mano de la princesa, examinó el pulso y dijo:

— La princesa perdió las emociones y la felicidad. La tristeza la ha embargado.

— ¿Y qué podemos hacer? - exclamaron con desesperación el rey y la reina.

— La música va a salvar a la princesa, - concluyó en mago y luego se fue.

Inmediatamente, enviaron a buscar los mejores músicos del reino. Ellos llegaron pronto al palacio y esperaron en la puerta de la habitación de Maya.

Primero entró el violinista con su violín. Él declaró orgullosamente: "El violín es el más noble de los instrumentos musicales". Él tocó las cuerdas con el arco, se distribuyó un sonido tierno. El violín lloraba, subía, se reía con entusiasmo. La música fluía, pero Maya permanecía en su cama. El rey dijo tristemente: "No resultó". El violinista salió triste.

Segundo entró a la habitación el flautista y dijo: "Voy a curar a Maya".

La melodía de la flauta es pura como el aire montañoso, y a cualquiera puede despertar a la vida.

Él comenzó a tocar la flauta. La melodía salió por la ventana y llegó hacia el patio. Todos se detuvieron para escuchar los sonidos mágicos. Pero la princesa ni se movió. "La flauta no conviene" dijo la reina. El flautista salió apenado.

Las puertas se abrieron ampliamente y cuatro sirvientes dejaron un piano en la habitación. El pianista entró y dijo: "Devolveré la vida a la princesa porque los sonidos del piano son los más apasionados e inspiradores". Él comenzó a tocar. La música mágica fascinó a todo el palacio pero la princesa se cubrió la cara con las manos. El pianista salió derrotado.

Los sirvientes se prepararon para sacar el piano pero de repente entró a la habitación un joven con una pequeña varita de madera en las manos.

— ¡Esperen! -exclamó él.

— ¿Quién eres? preguntó el rey sorprendido, ¡no veo ningún instrumento musical contigo!

— Soy director de orquesta, su majestad, - respondió el joven, - yo conozco la melodía que sanará a su hija.

Pero primero ordene que todos los músicos regresen.

El rey, que ya había perdido toda esperanza, ordenó llamar al violinista, al flautista y al pianista. Todos se juntaron en la habitación de la princesa. El joven dijo algo a los músicos. Ellos se agruparon alrededor del piano y él agitó la varita...

De repente, una melodía hermosa y perfecta comenzó a sonar en el palacio, escapó al cielo y voló sobre la tierra, llenando los corazones con sonidos mágicos y maravillosos. Una alegría extraordinaria alcanzó a todos. La gente se sintió feliz y con ganas de tomarse las manos. Incluso el rey y la reina olvidaron de todo por un instante.

De repente, todos escucharon la risa de Maya que giraba en el baile por toda la habitación. La princesa se recuperó, su tristeza se fue para siempre.

Ella se enamoró del joven director de orquesta, y se festejó una boda. Todos los ciudadanos del reino participaron en la fiesta. Los músicos tocaron la música milagrosa, y todos se alegraron y se rieron.

Durante la fiesta, el rey preguntó al novio:

— ¿Qué dijiste a los músicos antes que ustedes comenzaran a tocar la música? ¿Qué sanó a mi hija?

— El joven sonrió y respondió:

— Les dije que no importan los instrumentos musicales, sino la unidad de los corazones. Les pedí que unieran su amor por la música, su talento y su deseo de ayudar a la princesa. Solamente juntos nos hacemos más fuertes y podemos crear milagros.

 

martes, 15 de mayo de 2012

Choco Busca una mamá

Este es un bello cuento de Keiko Kasza

Es la historia de Choco

Este es Chocohttp://parachiquitines.com/wp-content/uploads/2011/03/Choco-e1299462214667.jpg……

Que camina triste porque no encuentra una mamá que le cuide,

Lo que ha sucedido… no mejor escucha el cuento

 

 

 

 

Si lo quieres leer, acá está el texto

Choco encuentra una mamá.

Las ilustraciones son de Keiko Kasza.

http://3.bp.blogspot.com/_AWIsUnQtlZM/Si-B2ezsZuI/AAAAAAAAE5w/Sb-PWoxbRnI/s400/choco1.jpg

Choco era un pájaro muy pequeño que vivía a solas. Tenía muchas ganas de conseguir una mamá, pero ¿quién podría serlo?
Un día decidió ir a buscar una. Primero se encontró con la señora Jirafa.
―Señora Jirafa― dijo.
―Usted es amarilla como yo. ¿Es usted mi mamá?
―Lo siento―suspiró la jirafa―pero yo no tengo alas como tú.
Choco se encontró después con la señora Pingüino.
―Señora Pingüino―dijo.
―Usted tiene alas como yo. ¿Será que usted es mi mamá?
―Lo siento―suspiró la señora Pingüino, pero mis mejillas no son grandes y redondas como las tuyas.
Choco se encontró luego con la señora Morsa.
―Señora Morsa―exclamó.
―Sus mejillas son grandes y redondas como las mías. ¿Es usted mi mamá?
―Mira―gruñó la señora Morsa―mis pies no tienen rayas como los tuyos, así que: ¡No me molestes!
Choco buscó por todas partes pero no pudo encontrar una madre que se le pareciera.
Cuando Choco vio a la señora Oso recogiendo manzanas supo que ella no podría ser su mamá. No había ningún parecido entre él y la señora Oso.
Choco se sintió tan triste que comenzó a llorar.
― ¡Mamá, mamá!…Necesito una mamá.
La señora Oso se acercó corriendo para averiguar qué le estaba pasando. Después de haber escuchado la historia de Choco, suspiró:
― ¿En qué reconocerías a tu madre?
―Ay…estoy seguro de que ella me abrazaría―dijo Choco entre sollozos.
― ¿Ah sí? ―preguntó la señora Oso. Y lo abrazó con mucha fuerza.
―Sí, estoy seguro de que ella también me besaría.
― ¿Ah sí? ―preguntó la señora Oso. Y alzándolo le dio un beso muy largo.
―Sí. Y estoy seguro de que me cantaría una canción y me alegraría el día.
― ¿Ah sí? ―preguntó la señora Oso. Entonces cantaron y bailaron.
Después de descansar un rato la señora Oso le dijo a Choco:
―Choco, tal vez yo podría ser tu mamá.
― ¿Tú? ―preguntó Choco―pero si tú no eres amarilla, además no tienes alas ni mejillas grandes y redondas. Tus pies tampoco son como los míos.
― ¡Qué barbaridad! ―dijo la señora Oso―me imagino lo graciosa que me vería.
A Choco también le pareció que se vería muy graciosa.
―Bueno―dijo la señora Oso―mis hijos me están esperando en casa. Te invito a comer un pedazo de pastel de manzana. ¿Quieres venir?
La idea de comer pastel de manzana le pareció excelente a Choco.
Tan pronto como llegaron, los hijos de la señora Oso salieron a recibirlos.
―Choco, te presento a Hipo, a Coco y a Chanchi. Yo soy su madre.
El olor agradable del pastel de manzana y el dulce sonido de las risas llenaron la casa de la señora Oso.
Después de aquella pequeña fiesta, la señora Oso abrazó a todos sus hijos con un fuerte y caluroso abrazo y Choco se sintió muy feliz de que su madre fuera tal y como era.

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jueves, 10 de mayo de 2012

Irulana y el ogronte

Un cuento de Graciela Montes

http://www.sanandres.esc.edu.ar/olivosp/extranet2008/2do/recomendaciones/Irulana%20y%20el%20ogronte.jpg

Aviso que este es un cuento de miedo: trata de un pueblo, de un ogronte y de una nena. El ogronte no tenia nombre, pero la nena, sí: algunos la llamaban Irenita, y yo la llamo a mi modo: Irulana.

Conviene empezar por el ogronte, porque es lo más grande, lo más peludo y lo más peligroso de esta historia.

No todos los pueblos tienen un ogronte. Pero algunos tienen, y éste tenía.

Cuando se terminaba la tarde y el sol se ponía rojo (porque en los cuentos también se ponen rojos los soles), la cabeza peluda del ogronte brillaba como la melena de un león inmenso. Y la gente del pueblo sentía mucho miedo.

La gente, en cuanto se despertaba a la mañana, pensaba: ¿Cómo habrá amanecido el ogronte hoy?

Era importante saber cómo había amanecido el ogronte. Por ejemplo, si el ogronte estaba resfriado, había que reforzar las puertas y las ventanas para que no se abrieran de golpe con los estornudos. Y no se podía sacar a pasear a los perros demasiado chiquitos porque podían rodar calle abajo y volarse hasta la orilla del río.

El pueblo entero se arrugó de miedo.

De miedo a que lo comieran. Porque ya se sabe que los ogrontes, cuando se enojan, se comen pueblos enteros, con sus casas, sus personas, sus calles y sus kioscos. Y sus perros. Y las petunias de sus jardines. Y sus tarros de galletitas. Y sus boletos capicúa. Y sus estaciones, con trenes y todo.

La gente salió corriendo. Algunos iban con las orejas tapadas (taparse las orejas no protegía del enojo del ogronte, pero al menos ayudaba a que sus rugidos molestasen menos).

Pero yo dije al principio que éste era el cuento de un pueblo, de un ogronte y de una nena. Ahí esta la nena – ¿la ven? – es esa de rulitos en la cabeza: Irulana. Es la única que no corre.

A mí no me pregunten por qué no corrió Irulana. Vaya uno a saber por qué no salen corriendo las Irulanas cuando vienen los ogrontes. Los que contamos los cuentos no tenemos por qué saberlo todo.

Yo lo único que sé es que Irulana no corrió sino que se sentó a esperar en un banquito.

Tal vez era muy valiente.

Tal vez era un poco chiquita.

Tal vez estaba demasiado cansada.

Se sentó en un banquito verde en una calle vacía (todas las calles estaban vacías en ese pueblo).

Cuando se terminó la tarde y el sol se puso rojo, la cabeza peluda del ogronte brilló más que nunca. Los dientes brillaron más todavía, y rugidos enormes sacudieron el suelo.

Irulana tuvo miedo. Y más miedo tuvo cuando vio que el ogronte se empezaba a mover.

"Ahora viene y se come al pueblo", pensó Irulana.

Y, efectivamente (no se olviden de que yo avisé que éste era un cuento de miedo): en cuanto llegó la tarde el ogronte empezó a comerse el pueblo. (Ya sé que esto es terrible, pero qué se le va a hacer, así son los ogrontes).

Empezó por el ferrocarril: enroscaba las vías en un dedo y después las sorbía como si fueran tallarines.

Masticaba las casas como si fueran turrón. Y de tanto en tanto les daba un mordisquito a dos o tres árboles que había arrancado de raíz y que llevaba como un manojo de apio en la mano.

Fue haciendo arrolladitos con las calles y se las masticó despacio. La plaza la dobló en cuatro como un panqueque y se la comió con gusto (seguramente era dulce). Si alguna petunia se le escapaba de la boca la empujaba con el dedo hacia adentro.

Y comió y comió. Se lo comió todo (tengan en cuenta que los ogrontes son muy grandes y este era un pueblo chico).

Bueno, ahora el que se achicó es el cuento, porque empezó con un pueblo, una nena y un ogronte, y ahora ya no hay más pueblo. No hay nada más que una nena y un ogronte.

Y nada pero nada más.

Nada de nada: ni un arbolito, ni una petunia, ni un vestidito de muñeca, ni un colador de té, ni una polilla, ni la pelusa de un bolsillo.

Nada más que Irulana en su banquito y un ogronte enorme que está bostezando.

Está bostezando porque a ese ogronte, siempre que se comía un pueblo entero, le venía el sueño.

Pero Irulana no sabe que ogronte bosteza.

El ogronte da uno, dos, tres pasos más (y los pasos de los ogrontes llevan muy lejos) y, justo justo cuando está por descubrirla a Irulana en su banquito, se queda dormido.

Ahí fue cuando Irulana abrió los ojos y lo vio. Parecía una montaña, pero seguramente era un ogronte porque las montañas no usan botas lustrosas ni cinturones de cuero. Y roncaba, además, como solo roncan los ogrontes.

Entonces Irulana se puso de pie en su banquito, que, como estaba tan negro todo, ni siquiera era un banquito verde, y gritó bien pero bien fuerte, lo más fuerte que pudo gritar: ¡IRULANA!

Eso gritó. Una sola vez. Y, aunque Irulana tenía una voz chiquita, el nombre resonó muy fuerte en medio de lo oscuro.

Y el nombre creció y creció. La "i", por ejemplo, tan flaquita que parecía se estiró muchísimo (no se quebró, porque era un I muy fuerte), y se convirtió en un hilo largo y fino que se enroscó alrededor del ogronte, de la cabeza del ogronte, de los pies del ogronte, de las manos del ogronte, de la panza inmensa donde estaba todo el pueblo.

Y la "r" se quedó sola en el aire, rugiendo de rabia, porque las "r" rugen muy bien, mejor que nadie.

Y la "u" se hundió en la tierra y cavó un pozo profundo, el más profundo del mundo.

Y entonces la "r" que rugía como una mariposa furiosa, hizo rodar el ogronte hasta el fondo de la tierra.

En una de esas ustedes ponen cara de "no puede ser", y se ríen y dicen que una palabra no puede hacer esas cosas.

Y yo digo que sí puede. Prueben, si no, de decir una palabra importante, una sola, en medio de la noche oscura y al lado de un ogronte…

La "lana" de Irulana se hizo un ovillo redondo y voló al cielo para tejer una luna. Hizo bien, porque entre una lana y una luna no hay tanta diferencia. Entonces la noche se iluminó.

Aquí está, toda iluminada. Ahora sí se puede ver bien lo que pasa en este cuento. Hay un ogronte enterrado en un pozo muy profundo, tan profundo que casi ni se ve que lo ataron como un matambre. Y hay una nena chiquita que mira la luna llena desde arriba de un banquito.

Parece que no hubiera nada más pero, si miran bien, allá lejos, hay un montón de gente que vuelve. Si acercan la oreja al papel, tal vez oigan la música. Porque traen guitarras, violines y panderetas. Vienen a fundar un pueblo.

Y este cuento se termina más o menos como empieza:

"había una vez un pueblo y una nena".

Ogronte, en cambio, no había (algunos pueblos tienen ogronte, pero éste no tenía)…

Es un cuento un poco igual y un poco diferente.

Eso sí, seguro que no es de miedo.

martes, 8 de mayo de 2012

Leyenda: ¿Por qué lloran los sauces?

 

http://acorral.es/malpiweb/florayfauna/floryfauima/sauces.jpg

Antiguamente, los sauces no eran como ahora, que tienen largas ramas colgando hacia los esteros en actitud melancólica. Era al revés. Se erguían orgullosos con sus ramas verticales hacia el cielo, y aún las hojas, pequeñas y lanceoladas, tenían un aire vanidoso y se empinaban también mirando hacia lo alto. Los demás árboles comentaban entre sí y se sentían un poco ofendidos porque el sauce, muy altivo, nunca se mezclaba entre ellos. Allí estaba siempre, ignorando el bosque, en actitud desafiante, con sus ramas muy ufanas hacia el firmamento. Cuando llegaba el otoño, todos los árboles se tornaban amarillos y perdían sus hojas, en tanto que el sauce seguía verde y nunca se volvía lánguido. Era un verdadero motivo de murmuración. . .

Ocurrió que al llegar la primavera los viejos robles del bosque decidieron hacer un concurso de belleza entre los árboles. Podían competir árboles de todo el mundo, fueran grandes o pequeños, de hojas perennes o de ramas desnudas, con flores o sin ellas; lo importante era ser simplemente un árbol, procediese de un jardín, huerto, parque, valle o patio abandonado.

Los pájaros se encargaron de transmitir las bases del concurso y volaron de rama en rama, invitando al arrayán, a la haya y al inmenso ombú. Los colibríes fueron a avisar al hybiscus de flores rojas, al laurel en flor y por supuesto a veloces se adelantaron y fueron a invitar al árbol de la Corona del Inca y al almendro en flor que tenía muchas posibilidades. Las viejas golondrinas se encargaron de notificar a los árboles que vivían en los lugares más remotos. Algunas viajaron a Egipto en busca de sol y aprovecharon para invitar a las palmeras de los oasis. Éstas fueron las primeras en acicalarse para asistir al concurso. Se miraron entre sí y por decisión unánime escogieron como delegada a la más antigua, que no por ser vieja era menos coqueta.

Llegada la fecha, la palmera se desenterró de la arena y partió al lugar indicado caminando de puntillas por el ardiente desierto, pisando con sus raíces con sumo cuidado para no quemarse. Fue fatigoso el camino, porque como era un poquito grande se iba enterrando en la arena, pero finalmente llegó, disimulando lo exhausta que se encontraba.

En el antejardín fue recibida por las buganvillas, que se inclinaron respetuosas saludando a la palmera. Las rosas y las clavelinas se deshacían en reverencias porque nunca habían visto un árbol de semejante rareza y de tronco tan arrugado.

-Viene un poco despeinada –comentó por lo bajo un pensamiento morado.

-Vengo de los países tórridos –dijo la palmera- y representó al Egipto. Soy uno de los pocos árboles que figuran en la Biblia. Cuando Jesucristo entró en la ciudad de Jerusalén sus habitantes cortaron ramas de mis antepasadas, adornaron con ellas los pórticos y las ventanas y las mujeres confeccionaron complicados ramos para batirlos en señal de regocijo. Y aún hoy en día, el Domingo de Ramos se recuerda esta fecha y en los atrios de las iglesias del mundo venden las mujeres pobres carteritas y ramos trenzados con mis hojas.

-¡Qué importante! –dijeron los lirios admirándola.

Las begonias le abrieron paso y la elegante palmera avanzó contoneándose como una señora por un caminillo de ágatas y caracolillas de río.

-¿Dónde puedo arreglarme un poco? –dijo la palmera. Y las begonias, que eran las anfitrionas, la llevaron donde estaban los otros árboles postulantes. Se hallaban todos juntos al lado de un arroyo, refrescándose, y los más vanidosos se miraban en una cascada tan maravillosamente plateada que uno se podía reflejar en ella mejor que en un espejo.

-Háganme sitio –dijo la palmera. Y el viento le escarmenó las ramas y le hizo tintinear los ramilletes de cocos, que eran los aros que llevaban puestos.

El sol se puso más radiante y los clarines de enredadera se pusieron a tocar una marcha anunciando el inicio del concurso.

La primera en presentarse fue la mimosa con sus racimos en flores amarillas. Las begonias la anunciaron y ella avanzó por un largo puentecillo de bambú, que era la pasarela sobre el río.

-¡Qué belleza! –comentaron los robles en la ladera del cerro.

-Yo soy la mimosa –dijo la mimosa-. Y me llaman así porque soy muy mimosa. .

Los robles, perplejos, se miraron entre sí.

-Y en otros países me llaman aromo. . .porque aromo. . .

-Mmm, se parece un poco al espino –comentó displicente un roble joven.

-¡Qué ofensa! –Dijo la mimosa-. El espino también tiene flores amarillas pero tiene espinas y además carece de perfume, en tanto que yo. . .

Vino una brisa y la mimosa aprovechó para soltar una inmensa bocanada que hizo suspirar a los robles del jurado, un poco viejos pero muy enamoradizos. . .

-¡Qué mimosa más vanidosa! –dijeron los otros árboles que se preparaban para competir.

Seguidamente le tocó el turno al olmo, quien se presentó con todo su espléndido ropaje de flores blancas.

-Con mis flores los hombres preparan una miel que, quien la pruebe, cae en un inmediato estado de nostalgia.

Luego vino un inmenso árbol cuajado de camelias, tirando a su paso pesadas flores rojas con frutos maduros.

-Yo he adornado las habitaciones de coquetas damas de otro siglo. Inspirado en mi belleza, un escritor antiguo escribió La dama de las camelias.

El níspero habló de sus nísperos, el nogal de sus nueces y el olivo de sus aceitunas. El manzano dijo que era el primero árbol de la Creación, que de sus manzanas Eva había tomado el fruto del pecado. El pino avanzó engalanado con adornos de Navidad, cubierto con guirnaldas, globos de vidrio y una estrella con escarcha plateada en su punta. El ciprés se paseó solemne, aduciendo que él crecía en los cementerios y por eso tenía ese aire grave y misterioso.

La lenga dijo que sus hojas semejaban algas marinas; el arrayán dijo que era de la época de las cavernas; la araucaria dijo que sólo crecía en el Sur de Chile, en la tierra de los indios mapuches, allí donde crece silvestre la enredadera rosada de los copihues.

No hubo problemas durante el desarrollo del concurso. Sólo un postulante fue descalificado: el diamelo de flores blancas y moradas, que se presentó como árbol y en realidad era un arbusto.

-¿Y cómo aceptan a esos árboles enanos? –dijo indignado el diamelo mirando por sobre sus ramas una fila de siete árboles enanos enviados de la China, y que no alcanzaban el tamaño de una violeta.

La otra fuera de concurso resultó la encina, que llevaba de sombrero un enorme nido de cigüeñas paradas con sus alas extendidas.

-Demasiado estrafalaria –dijeron los jueces, descalificándola.

Siguieron los abedules, los naranjos, los perales, los eucaliptos y los álamos. La pobre parra también fue descalificada porque no era árbol “propiamente tal” y se tuvo que ir desesperada de rabia.

Y así sucesivamente desfilaron todos lo árboles de la Creación, cada uno hablando de su belleza y luciendo sus atributos hasta que le tocó el turno al altivo sauce, que a esas horas ya estaba impaciente y se alisaba las ramas que estaban muy tiesas, almidonadas como sables.

-A continuación, el sauce –anunciaron las begonias-. Lleva las ramas puntiagudas mirando hacia el cielo, y su nombre de sociedad es saxis Babilónica.

El sauce, muy ufano, subió a la pasarela sin mirar a nadie y comenzó a balancearse, contoneándose con tal mala suerte que una de sus raíces se hundió entre los bambúes del puentecillo, haciéndole perder el equilibrio y caer pesadamente a un costado primero y al mismo río después.

Allí se hundió por breves segundos ante el estupor de todos, y tornó a aparecer en la superficie, tan desfigurado, pero tan desfigurado, que casi no lo podían reconocer.

-¡Oh! –exclamaron todos los árboles.

El sauce se levantó del agua, todo empapado y simulando que no había pasado nada, cuando en realidad había pasado todo. Sus ramas salieron mojadas completamente y ya no se erguían hacia la altura, sino que se desplomaban lánguidas colgando hacia el río completamente empapadas. Y he aquí que, en su ridiculez, el sauce se vio hermoso. Y al salir se contempló en la cascada y se avergonzó de sí mismo. “Fui un orgullo”, se dijo y rompió a llorar desconsolado, sintiéndose el más desamparado de los árboles.

Y siguió llorando el sauce, mientras los robles del jurado lo contemplaban atónitos al otro lado de la pasarela, porque ahora el sauce presentaba otro aspecto y se había favorecido absolutamente en la transformación. Y cuando al sauce llorón se le acabaron las lágrimas quedó con sus ramas lacias y la brisa las meció suavemente como peinándolas, como acariciándolas. . .

Y las ufanas ramas de antes ya no se empinaban sino que languidecían, languidecían. . .

Entonces fue cuando el sauce llorón fue premiado por su melancólica belleza y destinado a los delicados parques japoneses, donde sirve de elegante motivo de ornamentación.

Y dicen que aún llora el sauce llorón y ciertas noches de eclipse hasta que es posible escuchar su sollozo junto a un estero. Y para atenuar la tristeza las ramas de los sauces han tenido desde entonces por misión cobijar bajo ellas a los “santos inocentes” del mundo, que son los niños y los enamorados.

Es por eso que nunca un juego es más entretenido, un sueño más profundo, o un beso más dulce como cuando jugamos, dormimos o amamos, bajo las nobles ramas de un sauce.

Manuel Peña Muñoz - ¿POR QUE EL MAR ES SALADO? Colección Tobogán – Ediciones ORION (1984)

jueves, 3 de mayo de 2012

La montaña de oro

Cuento de Hada Ruso

Hace tiempo vivía un hijo de comerciante qué disipó toda su fortuna, llegando al extremo de no poder comer. No tuvo otro recurso que coger una azada e ir al mercado a esperar que alguien lo ajustase como jornalero. Y he aquí que un comerciante que era único entre setecientos, por ser setecientas veces más rico que ningún otro, acertó a pasar por allí en su coche dorado, y apenas lo vieron los jornaleros que en el mercado estaban, corrieron en todas direcciones a esconderse en los portales y en las esquinas. Sólo quedó en la plaza el hijo del comerciante.

- ¿Quieres trabajar, mozo? -preguntó el comerciante que era único entre setecientos. - Yo te daré trabajo.

- Con mucho gusto, para eso he venido al mercado.

- ¿Qué sueldo quieres ganar?

- Si me das cien rubios diarios, trato hecho.

- ¡Es una suma excesiva!

- Si te parece mucho, búscate un género más barato. La plaza estaba llena de gente y en cuanto has llegado, todos han desaparecido.

- Bueno, convenido; mañana te espero en el puerto.

Al día siguiente, a primera hora, el hijo del comerciante se presentó en el puerto, donde ya lo esperaba el comerciante único entre setecientos. Subieron a bordo de una embarcación y pronto se hicieron a la mar. Navega que navegarás, llegaron a la vista de una isla que se levantaba en medio del Océano. Era una isla de altísimas montañas, en cuya costa algo resplandecía como el fuego.

- ¿Es fuego eso que veo? -preguntó el hijo del comerciante.

- No; es mi castillo de oro.

Se acercaron a la isla, se acercaron a la costa. La mujer y la hija del comerciante único entre setecientos salieron a recibirlos, y la hija era de una belleza que ni la mente humana puede imaginar, ni en cuento alguno puede describirse. Cuando se hubieron saludado, entraron al castillo con el nuevo jornalero, se sentaron a la mesa y empezaron a comer, a beber y a divertirse.

- Regocijémonos hoy -dijo el huésped,- mañana trabajaremos

El hijo del comerciante era un joven rubio, fuerte y majestuoso, de complexión colorada y agradable aspecto, y se prendó de la hermosa doncella. Ésta se retiró a la habitación contigua, llamó al joven en secreto y le entregó un pedernal y un eslabón, diciendo:

- Toma, utiliza esto cuando te hago falta.

Al día siguiente, el comerciante que era único entre setecientos salió con su criado en dirección a la montaña de oro. Sube que subirás, trepa que treparás, no llegaban nunca a la cumbre.

- Bueno -dijo el comerciante,- ya es hora de que echemos un trago.

Y el comerciante le ofreció un narcótico. El jornalero bebió y se quedó dormido. El comerciante sacó su cuchillo, mató el jamelgo que traía consigo, le arrancó las entrañas, puso en el vientre al joven con su azadón, y después de coser la herida, fue a esconderse entre las malezas. Inmediatamente bajó volando una bandada de cuervos de acerados picos, que cogieron al cadáver del animal y se lo llevaron a la cumbre para cebarse en él a su gusto. Empezaron a mondarlo hartándose de carne, hasta que hundieron los picos en el hijo del comerciante. Éste se despertó, ahuyentó a los negros cuervos, miró a todas partes y se preguntó:

- ¿Dónde estoy?

- En la montaña de oro -le contestó el amo gritando desde abajo.- ¡Ea! ¡Coge tu azada y cava oro!

El hijo del comerciante se puso a cavar y a tirar oro montaña abajo. El comerciante lo cogía y lo cargaba en los carros. Por la tarde había llenado nueve carros.

- Ya me bastará -gritó el comerciante único entre setecientos.- Gracias por tu trabajo. ¡Adiós!

- ¿Y yo qué hago?

- Arréglate como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. ¡Contigo serán cien! -y esto diciendo, se alejó.

- No sé qué hacer -pensó el hijo del comerciante.- Bajar de esta montaña es imposible. Seguramente moriré de hambre.

No podía bajar de la montaña y sobre su cabeza se cernía la bandada de cuervos de acerados picos, oliendo su presa. Reflexionando estaba en su desventura, cuando recordó que la hermosa doncella le había dado en secreto un eslabón y un pedernal, aconsejándole que los utilizase cuando se viese en un apuro. "Tal vez no me lo dijo en vano ­pensó. - Voy a probar". Sacó el eslabón y el pedernal y al primer golpe que dio se le aparecieron dos mancebos, hermosos como héroes.

- ¿Qué deseas? ¿Qué deseas? -le preguntaron.

- Que me saquéis de la montaña y me llevéis a la orilla del mar.

Apenas había hablado, lo cogieron uno por cada brazo y lo bajaron suavemente de la montaña. El hijo del comerciante caminaba por la orilla, cuando he aquí que una embarcación pasó cerca de la isla.

- ¡Eh, buenos marineros, llevadme con vosotros!

- No, hermano; no podernos recogerte. Eso nos haría perder cien nudos.

Los marineros siguieron su ruta, empezaron a soplar vientos contrarios y se desencadenó una espantosa tempestad.

- ¡Ah! Bien se ve que no es un hombre como nosotros. Sería mejor que volviésemos a recogerlo a bordo.

Se acercaron a la costa, hicieron subir al hijo del comerciante y lo llevaron a su ciudad natal. Algún tiempo después, que no fue mucho ni poco, el hijo del comerciante cogió el azadón y se fue a la plaza del mercado a ver si alguien lo contrataba. De nuevo volvió a pasar el comerciante único entre setecientos, en su coche de oro, y apenas lo vieron los jornaleros, corrieron en todas direcciones a esconderse en los portales y en las esquinas. Sólo quedó en la plaza el hijo del comerciante.

- ¿Quieres trabajar para mí? -le preguntó el rico comerciante.

- Con mucho gusto. Dame doscientos rublos diarios y trato hecho.

- ¿No es demasiado?

- Si lo encuentras caro busca un jornalero más barato. Ya has visto cómo han echado a correr, al verte, todos los que aquí estaban.

- Bueno, no se hable más; ven mañana al puerto.

Al día siguiente se encontraron en el puerto, subieron a la embarcación y se hicieron a la mar. Pasaron aquel día comiendo y bebiendo y al día siguiente se dirigieron a la montaña de oro. Al llegar allí, el rico comerciante sacó una botella y dijo.

- Ya es hora de que bebamos.

- Espera -advirtió el criado.- Tú, que eres el amo, debes beber el primero; deja que te obsequie con mi vino.

Y el hijo del comerciante, que había tenido la precaución de procurarse un narcótico, llenó un vaso y se lo ofreció al comerciante, único entre setecientos. Éste se lo bebió y se quedó dormido. El hijo del comerciante mató el más viejo de los caballos, lo destripó, metió a su amo dentro con la azada, cosió la herida y se ocultó entre la maleza. Inmediatamente bajaron los cuervos de acerado pico, cogieron el cadáver de la bestia, se lo llevaron a lo alto de la montaña y empezaron a comer. El comerciante que era único entre setecientos, despertó y miró a todos partes.

- ¿Dónde estoy? -preguntó.

- En la montaña de oro - gritó el hijo del comerciante.- Coge la azada y cava oro; si arrancas mucho, te enseñaré la manera de bajar.

El comerciante único entre setecientos, cogió la azada y se puso a cavar y a cavar hasta que se llenaron de oro veinte carros.

- Descansa, ya tengo bastante -gritó el hijo del comerciante.- ¡Gracias por tu trabajo, y adiós!

- ¿Y yo qué hago?

- ¿Tú? Ya te arreglarás como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. Contigo serán cien.

Y esto dicho, el hijo del comerciante se dirigió al castillo con los veinte carros, se casó con la hermosa doncella, la hija del comerciante único entre setecientos, y dueño de todas las riquezas que éste había amontonado, fue a vivir a la ciudad con su familia. Pero el comerciante único entre setecientos, se quedó en la montaña, donde los cuervos de acerado pico mondaron sus huesos.