Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

viernes, 27 de abril de 2012

EL MAYORDOMO

Un cuento de Roald Dahl

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En cuanto George Cleaver ganó el primer millón, él y la señora Cleaver se trasladaron de su pequeña casa de las afueras a una elegante mansión de Londres. Contrataron a un cocinero francés que se llamaba monsieur Estragón y a un mayordomo inglés de nombre Tibbs. Ambos cobraban unos sueldos exorbitantes. Con la ayuda de estos dos expertos, los Cleaver se lanzaron a ascender en la escala social y empezaron a ofrecer cenas varias veces a la semana sin reparar en gastos.

Pero estas cenas nunca acababan de salir bien. No había animación, ni chispa que diera vida a las conversaciones, ni gracia. Sin embargo, la comida era excelente y el servicio inmejorable.

-¿Qué demonios les pasa a nuestras fiestas Tibbs? -le preguntó el señor Cleaver al mayordomo-. ¿Por qué nadie se siente cómodo?

Tibbs ladeó la cabeza y miró al techo.

-Espero que no se ofenda si le sugiero una cosa, señor.

-Diga, diga.

-Es el vino, señor.

-¿Qué le pasa al vino?

-Pues verá, señor, monsieur Estragón sirve una comida excelente. Una comida excelente debe ir acompañada de un vino igualmente excelente, pero ustedes ofrecen un tinto español barato y bastante corriente.

-¿Y por qué no me lo ha dicho antes, hombre de Dios? -exclamó el señor Cleaver-. El dinero no me falta. ¡Les daré el mejor vino del mundo, si eso es lo que quieren! ¿Cuál es el mejor vino del mundo?

-El clarete, señor -contestó el mayordomo-, de los grandes cháteaus de Burdeos: Lafite, Latour, Haut-Brion, Margaux, Mouton-Rothschild y Chevel Blanc. Y solamente de las grandes cosechas, que en mi opinión son las de 1906, 1914, 1919 y 1945. Chevel Blanc también tuvo unos años magníficos en 1895 y 1921, y Haut-Brion en 1906.

-¡Cómprelos todos! -dijo el señor Cleaver-. ¡Llene la bodega de arriba abajo!

-Puedo intentarlo, señor -dijo el mayordomo-, pero esa clase de vinos son difíciles de encontrar y cuestan una fortuna.

-¡Me importa tres pitos el precio! –exclamó el señor Cleaver-. ¡Cómprelos!

Era más fácil decirlo que hacerlo. Tibbs no encontró vino de 1895, 1906, 1914 ni 1921 ni en Inglaterra ni en Francia. Pero se hizo con unas botellas del 29 y del 45. Las facturas fueron astronómicas. Eran tan grandes que hasta el señor Cleaver empezó a reflexionar sobre el tema. Y este interés se transformó en verdadero entusiasmo cuando el mayordomo le sugirió que tener ciertos conocimientos de vinos era un valor social muy estimable. El señor Cleaver compró libros sobre vinos y los leyó de cabo a rabo. También aprendió mucho de Tibbs, que le enseñó, entre otras cosas, a catar el vino.

-En primer lugar, señor, tiene que olerlo durante un buen rato, con la nariz sobre la copa, así. Después bebe un sorbo, abre los labios un poquito y toma aire, dejando que pase por el vino. Observe cómo lo hago yo. A continuación se enjuaga la boca con fuerza y, por último, se lo traga.

Con el paso del tiempo, el señor Cleaver llegó a considerarse un experto en vinos e, inevitablemente, se convirtió en un pelmazo tremendo.

-Damas y caballeros -anunciaba a la hora de la cena, alzando la copa-, éste es un Margaux del 29. ¡El mejor año del siglo! ¡Un bouquet fantástico! ¡Huele a primavera! ¡Y observen ese sabor que queda después y el gusto a tanino que le da ese toque astringente tan agradable! Maravilloso, ¿eh?

Los invitados asentían, tomaban un sorbo y murmuraban alabanzas, pero nada más.

-¿Qué les pasa a esos idiotas? -le pregunto el señor Cleaver a Tibbs después de que esta situación se repitiera varias veces-. ¿Es que nadie sabe apreciar un buen vino?

El mayordomo torció la cabeza a un lado y dirigió los ojos hacia arriba.

-Creo que lo apreciarían si pudieran catarlo, señor -dijo-. Pero no pueden.

-¿Qué diablos quiere decir? ¿Cómo que no pueden catarlo?

-Tengo entendido que usted ha ordenado a monsieur Estragón que aliñe generosamente las ensaladas con vinagre, señor.

-¿Y qué? Me gusta el vinagre.

-El vinagre -dijo el mayordomo- es enemigo del vino. Destruye el paladar. El aliño debe hacerse con aceite puro de oliva y un poco de zumo de limón. Nada más.

-¡Qué estupidez! -exclamó el señor Cleaver.

-Lo que usted diga, señor.

-Se lo voy a repetir, Tibbs. Eso son estupideces. El vinagre no me estropea para nada el paladar.

-Tiene usted mucha suerte, señor -murmuró el mayordomo, al tiempo que abandonaba la habitación.

Aquella noche, durante la cena, el anfitrión se burló del mayordomo delante de los invitados.

-El señor Tibbs -dijo- ha intentado convencerme de que no puedo apreciar el vino si el aliño de la ensalada lleva mucho vinagre. ¿No es así, Tibbs?

-Sí, señor -replicó Tibbs gravemente.

-Y yo le respondí que no dijera estupideces. ¿No es así, Tibbs?

-Sí, señor.

-Este vino -continuó el señor Cleaver, alzando la copa- a mí me sabe exactamente a Cháteau Lafite del 45; aun más, es un Cháteau Lafite del 45.

Tibbs, el mayordomo, estaba inmóvil y erguido junto al aparador, la cara muy pálida.

-Disculpe, señor -dijo-, pero no es un Lafite del 45.

El señor Cleaver giró en su silla y se quedó mirando al mayordomo.

-¿Qué diablos quiere decir? -preguntó-. ¡Ahí están las botellas vacías para demostrarlo!

Tibbs siempre cambiaba de recipiente aquellos excelentes claretes antes de la cena, pues eran viejos y tenían muchos posos. Los servía en jarras de cristal tallado y, siguiendo la costumbre, dejaba las botellas vacías en el aparador. En ese momento había dos vacías de Lafite del 45 a la vista de todos.

-Resulta que el vino que están ustedes bebiendo -dijo tranquilamente el mayordomo- es ese tinto español barato y bastante normalito, señor.

El señor Cleaver miró el vino de su copa, y después clavó los ojos en el mayordomo. La sangre empezó a subírsele a la cara, y la piel se le tiñó de rojo.

-¡Eso es mentira, Tibbs! -gritó.

-No, señor, no estoy mintiendo -replicó el mayordomo-. De hecho nunca les he servido otro vino que tinto español. Parecía gustarles.

-¡No le crean! -gritó el señor Cleaver a sus invitados-. Se ha vuelto loco.

-Hay que tratar con respeto a los grandes vinos -dijo el mayordomo-. Ya es bastante con destrozar el paladar con tres o cuatro copas antes de la cena, como hacen ustedes, pero si encima riegan la comida con vinagre, lo mismo da que beban agua de fregar.

Diez rostros furibundos estaban clavados en el mayordomo. Los había cogido desprevenidos. Se habían quedado sin habla.

-Ésta -continuó el mayordomo, extendiendo el brazo y tocando con cariño una de las botellas vacías-, ésta es la última botella de la cosecha del 45.

Las del 29 ya se han acabado. Pero eran unos vinos excelentes. El señor Estragón y yo hemos disfrutado enormemente con ellos.

El mayordomo hizo una reverencia y salió lentamente de la habitación. Atravesó el vestíbulo, traspasó la puerta de la casa y salió a la calle, donde le esperaba el señor Estragón cargando el equipaje en el maletero del cochecito que compartían.

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jueves, 26 de abril de 2012

EL VIAJERO SEDIENTO

CUENTO POPULAR DE LA INDIA

Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa.
Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino, decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy cansados. De repente, empezó a escucharse una voz que decía:
--¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!
Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed, impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez el agua. Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos. Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:
--¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!

miércoles, 25 de abril de 2012

LA CASA CON ESPEJO.

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Cuando el mundo fue creado, les llegó el tiempo a los animales de buscar casa. Los primeros en hallarla fueron los pájaros que con su vuelo rápido y su vista aguda descubrieron, antes que ningún otro animal, las frondosas copas de los árboles y allí anidaron.

Los topos asustados ante tanto entusiasmo, cavaron profundo y construyeron sus casitas en la tranquila oscuridad de la tierra. Los monos eligieron vivir en las ramas brincando de una a otra sin cesar, pues no sabían estarse quietos.

Fueron los peces los que eligieron las aguas para vivir. Algunos se fueron al río, otros a las lagunas y muchos al mar.

Bajo las hojas hicieron sus casitas muchos insectos y los caracoles les miraron sonriendo pues ellos no necesitaban buscar, ¡siempre llevan con ellos su hogar!

A la selva fueron las grandes fieras, al prado las vacas y las cabras, al valle los caballos y a las altas montañas viajaron águilas y cóndores.

Pero las ranas que, contentas con la noticia, se habían puesto a cantar, tarde comprendieron que no tenían hogar. Ya el sol se ocultaba cuando fueron al bosque y al cruzarse con un pájaro le preguntaron:

—Croac croac ¿croac crocacac?— que en idioma de ranas quiere decir:—Estimado señor pájaro, ¿podemos vivir con ustedes?

A lo que el pájaro respondió:

—Pio pio pá — que en idioma de pájaro quiere decir: —Por supuesto

Contentas las ranitas comenzaron a mover su bracitos y a saltar, pero cortas eran sus patitas y a la copa de los árboles no pudieron llegar.

—No sirve. ¡Ay! No sirve— gimieron marchándose en busca de otro hogar.

Pronto se cruzaron con un viejo topo y le dijeron:

— Croac crooc ¿croac crocacac?—que en idioma de rana, como ya saben, quiere decir: — Estimado señor topo ¿podemos vivir con ustedes?

El topo las miró, frunció el hocico y sacudió la cabeza diciendo que sí.

Las ranitas intentaron entrar en los túneles del topo, pero pronto tosiendo y golpeadas salieron de la cuevita gimiendo:

—No sirve. ¡Ay! No sirve. Nada podemos ver en la oscuridad— marchándose rapidito en busca de otro hogar.

Llegaron ya casi de noche a orillas del río y viendo tan contentos a los peces les preguntaron:

— Croacs criics ¿croac crocacac?— que en idioma de rana quiere decir: Estimados señores peces ¿podemos vivir con ustedes?

Los peces las miraron sorprendidos. Iban a negarse pues el río ya estaba muy habitado, pero viéndolas tan tristes abrieron y cerraron varias veces sus boquitas, que es la forma en que los peces dicen: —De acuerdo, vengan con nosotros.

Contentas las ranas brincaron al agua y enseguida supieron nadar. Pero...

— ¡Ay! no sirve. ¡Ay! no sirve— gimieron medio ahogadas mientras salían fuera del agua para poder respirar.

Apenadas se marcharon en busca de otro hogar.

Ya la luna redonda brillaba en el cielo cuando las ranas llegaron a las grandes piedras, de lejos vieron las cuevitas que había en ellas y contentas brincaron para llegar. Estaban por entrar cuando fieros ratones salieron de las cuevas y las miraron mal.

— Croacs cruucs ¿croac crocacac? — qué como bien imaginan, quiere decir: — Estimados señores ratones ¿podemos vivir con ustedes?

Los ratones agitaron sus bigotes, sacudieron sus colas, se pararon sobre sus patitas traseras y amenazándolas con los puños les gritaron:

—Hihih ihi hihih — que en idioma de ratones quiere decir: — ¡Fuera de aquí, Fuera!

Las ranas asustadísimas escaparon a los saltos.

La luna se ocultó detrás de los árboles y las ranitas temblando de miedo comenzaron a sollozar.

—Croac cric croac cric croac cric…

Una nube que pasaba al escucharlas se detuvo.

— ¡Qué hermosa canción, ranitas!— les dijo.

— ¡No estamos cantando, estamos llorando!— dijeron las ranas ofendidas.

— ¡Qué lindo llanto, ranitas!— dijo entonces la nube.

Y las ranas ofendidas lloraron más fuerte.

—Croac cric croac cric croac cric…

Como las ranas son muy fanfarronas, viendo que muchas nubes se reunían en el cielo a escucharlas, comenzaron a agrandar sus pechos, a alzar sus cabezas y a cantar más alto y orgullosas:

—Croac cric croac cric croac cric

Las nubes emocionadas con el canto estallaron en lágrimas y las lágrimas formaron un charco.

Una de las ranitas llena de curiosidad miró el agua y al verse reflejada exclamó entusiasmada:

— ¡Una casa con espejo!

Todas las ranas al escucharla miraron y cantaron más fuerte de puro contentas. ¡Por fin habían encontrado su hogar!

Desde entonces cada vez que unas ranitas quieren casarse y tener su propio hogar, todas las ranas se juntan a cantar, llegan entonces las nubes a escucharlas y estallan en lágrimas de emoción que pronto se convierten en nuevas casas con espejo.

Que en nuestro idioma se llaman: charcos.

© Ana Cuevas Unamuno

viernes, 6 de abril de 2012

Un cuento de Pascua- Rudolf Steiner

 

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Había una vez una familia de liebres de Pascua, el padre, la madre y los siete hijos. El padre y la madre liebre no sabían quién de sus hijos iba a ser ese año la liebre de Pascua. Entonces la madre liebre de Pascua cogió una cesta con siete huevos, y el padre liebre de Pascua llamó a sus siete hijos y dijo al mayor:
-Coge un huevo de la cesta y llévalo al jardín de la casa donde viven muchos niños.
El mayor cogió el huevo dorado y se fue con él a través del bosque, cruzó el riachuelo, atravesó la pradera y llegó al jardín de la casa de los niños. Entonces quiso saltar por encima de la verja, dio un salto demasiado grande y el huevo se cayó y se rompió. Ésta no era la verdadera liebre de Pascua.
Le llegó el turno al segundo. Éste cogió el huevo plateado, corrió con él a través del bosque, cruzó el riachuelo y llegó a la pradera. Entonces le llamó la urraca:
-Dame tu huevo, dame tu huevo y te regalaré una moneda.
Y sin que la liebre se diera cuenta, ya se había llevado la urraca el huevo a su nido. Ésta tampoco era la verdadera liebre de Pascua.
Le tocó el turno al tercero. Éste escogió el huevo de chocolate, corrió con él a través del bosque, cruzó el riachuelo, llegó a la pradera y justo entonces, llegó saltando de un pino alto una ardilla, puso grandes ojos y preguntó:
-¿Está rico?
-No lo sé, lo quiero llevar a los niños.
-¿Me dejas probar un poco?
La ardilla chupó un poco y, como le gustó tanto, siguió lamiendo, y la liebre lamió con ella hasta que todo el huevo había desaparecido. Cuando la tercera liebre llegó a casa, la madre liebre de Pascua le tiró de los pelos de su morrito que aún estaban llenos de chocolate y dijo:
-Tú tampoco eres la verdadera liebre de Pascua.
Ahora le llegó el turno al cuarto. El cuarto cogió el huevo con muchas manchitas. Con este huevo corrió a través del bosque. Cuando estaba cruzando el riachuelo se paró en medio y se vio en el riachuelo como en un espejo. Cuando se estaba mirando, ¡plaf!, se cayó el huevo al agua. Ésta tampoco era la liebre de Pascua.
Le llegó el turno al quinto. El quinto cogió el huevo amarillo. Con él corrió a través del bosque y antes de llegar al riachuelo se encontró con el zorro.
-Oye, vente conmigo a mi madriguera y enseña a mis hijos el huevo bonito.
Los zorritos empezaron a jugar con el huevo, se cayó encima de una piedra y se rompió. Rápidamente corrió la liebre a casa con las orejas gachas. Ella tampoco era la verdadera liebre de Pascua.
Le llegó el turno al sexto. El sexto escogió el huevo rojo y con él corrió a través del bosque. Entonces se encontró en el camino con otra liebre. Puso su huevo en el camino y empezó a pelearse con la otra. Por fin, la otra liebre huyó y cuando la sexta liebre buscó su huevo, lo encontró hecho migas. Ésta tampoco era la verdadera liebre de Pascua.
Le tocó ya el turno a la séptima, la liebre más joven y pequeña. Ella cogió el huevo azul. Con el huevo azul atravesó el bosque. En el camino se encontró con otra liebre. La dejó pasar y siguió adelante. Entonces vino el zorro. La liebre dio un rodeo y llegó al riachuelo. Con unos saltos ligeros cruzó por encima del tronco. Vino la ardilla pero la liebrecita siguió adelante y llegó a la pradera. Cuando la urraca gritó, simplemente le contestó:
-¡Tengo que seguir!, ¡tengo que seguir!
Por fin, llegó al jardín de la casa. La puerta estaba cerrada. Ella dio un salto, ni demasiado grande, ni demasiado pequeño, y puso el huevo en el nido que le habían construido los niños. Ésta era la verdadera liebre de Pascua.

Ed. Rudolf Steiner

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martes, 3 de abril de 2012

Cruel historia de un pobre lobo hambriento

 

Un cuento de Gustavo Roldán

- ¿Y cuentos, don sapo? ¿A los pichones de la gente le gustan los cuentos?- preguntó el piojo.

- Muchísimo.

- ¿Usted no aprendió ninguno?

- ¡Uf! un montón.

- ¡Don sapo, cuéntenos alguno!- pidió entusiasmada la corzuela.

- Les voy a contar uno que pasa en un bosque. Resulta que había una niñita que se llamaba Caperucita Roja y que iba por medio del bosque a visitar a su abuelita. Iba con una canasta llena de riquísimas empanadas que le había dado su mamá...

- ¿Y su mamá la había mandado por medio del bosque?- preguntó preocupada la paloma.

- Sí, y como Caperucita era muy obediente...

- Más que obediente, me parece otra cosa- dijo el quirquincho.

- Bueno, la cuestión es que iba con la canasta llena de riquísimas empanadas...

- ¡Uy, se me hace agua la boca!- dijo el yaguareté.

- ¿Usted también piensa en esas empanadas?- preguntó el monito.

- No, no- se relamió el yaguareté-, pienso en esa niñita.

- No interrumpan que sigue el cuento- dijo el sapo; y poniendo voz de asustar continuó la historia-: cuando Caperucita estaba en medio del bosque se le apareció un lobo enorme, hambriento...

- ¡Es un cuento de miedo! ¡Qué lindo!- dijo el piojo saltando en la cabeza del ñandú-. A los que tenemos patas largas nos gustan los cuentos de miedo.

- Bueno, decía que entonces le apareció a Caperucita un lobo enorme, hambriento...

- ¡Pobre...!- dijo el zorro.

- Sí, pobre Caperucita- dijo la pulga.

- No, no- aclaró el zorro-, yo digo pobre el lobo, con tanta hambre. Siga contando, don sapo.

- Y entonces el lobo le dijo: Querida Caperucita, ¿te gustaría jugar una carrera?

- ¡Cómo no!- dijo Caperucita-. Me encantan las carreras.

- Entonces yo me voy por este camino y tú te vas por ese otro.

- ¿Tú te vas? ¿Qué es tú te vas?- preguntó intrigado el piojo.

- No sé muy bien- dijo el sapo-, pero la gente dice así. Cuando se ponen a contar un cuento a cada rato dicen tú y vosotros. Se ve que eso les gusta.

- ¿Y por qué no hablan más claro y se dejan de macanas?

- Mire mi hijo, parece que así está escrito en esos libros de dónde sacan los cuentos.

- Y cuando hablan, ¿También dicen esas cosas?

- No, ahí no. Se ve que les da por ese lado cuando escriben.

- Ah, bueno, no es tan grave entonces- dijo el monito-. ¿Y qué pasó después?

- Y entonces cada uno se fue por su camino hacia la casa de la abuela. El lobo salió corriendo a todo lo que daba y Caperucita, lo más tranquila, se puso a juntar flores.

- ¡Pero don sapo- dijo el coatí-, esa Caperucita era medio pavota!

- A mí me hubiera gustado correr esa carrera con el lobo- dijo el piojo-. Seguro que le gano.

- Bueno, el asunto es que el lobo llegó primero, entró a la casa, y sin decir tú ni vosotros se comió a la vieja.

- ¡Pobre!- dijo la corzuela.

- Sí, pobre- dijo el zorro-, qué hambre tendría para comerse una vieja.

- Y ahí se quedó el lobo, haciendo la digestión- siguió el sapo-, esperando a Caperucita.

- ¡Y la pavota meta juntar flores!- dijo el tapir.

- Mejor- dijo el yaguareté- déjela que se demore, así el lobo puede hacer la digestión tranquilo y después tiene hambre de nuevo y se la puede comer.

- Eh, don yaguareté, usted no le perdona a nadie. ¿No ve que es muy pichoncita todavía?- dijo la iguana.

- ¿Pichoncita? No crea, si anda corriendo carreras con el lobo no debe ser muy pichoncita. ¿Cómo sigue la historia, don sapo? ¿Le va bien al lobo?

- Caperucita juntó un ramo grande de flores del campo, de todos colores, y siguió hacia la casa de su abuela.

- No, don sapo- aclaró el zorro-, a la casa de la abuela no. Ahora es la casa del lobo, que se la ganó bien ganada. Mire que tener que comerse a la vieja para conseguir una pobre casita. Ni siquiera sé si hizo buen negocio.

- Bueno, la cuestión es que cuando Caperucita llegó el lobo la estaba esperando en la cama, disfrazado de abuelita.

- ¿Y qué pasó?

- Y bueno, cuando entró el lobo ya estaba con hambre otra vez, y se la tragó de un solo bocado.

- ¿De un solo bocado? ¡Pobre!- dijo el zorro.

- Sí, pobre Caperucita- dijo la paloma.

- No, no, pobre lobo. El hambre que tendría para comer tan apurado.

- ¿Y después, don sapo?

- Nada. Ahí terminó la historia.

- ¿Y esos cuentos les cuentan a los pichones de la gente? ¿No son un poco crueles?

- Sí, don sapo- dijo el piojo-, yo creo que son un poco crueles. No se puede andar jugando con el hambre de un pobre animal.

- Bueno, ustedes me pidieron que les cuente... No me culpen si les parece cruel.

- No lo culpamos, don sapo, a nosotros nos interesa conocer esas cosas.

- Y otro día le vamos a pedir otro cuento de esos con tú.

- Cuando quieran, cuando quieran- dijo, y se fue a los saltos murmurando-: ¡Si sabrá de tú y de vosotros este sapo!