Cada día te cuento un cuento....

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lunes, 26 de marzo de 2012

Cuento Infantil:Levemente hacia atrás

 

por Ángeles Durini
Ilustrado por Pablo Fernandez

Dibujo de Pablo Fernández

Candelario Amante yacía en el cementerio de Tumbaya desde el año 25. Era una tumba simple, cubierta de piedras, con una cruz hecha de dos tablas de madera donde todavía se podía leer el nombre y la fecha de su muerte:

Candelario Amante
23 de junio
1925

En Tumbaya no acostumbraban a poner párrafos largos recordando a los muertos. Las palabras se decían con la boca en el rato de visita y no necesitaban estar escritas en ninguna lápida.

Candelario pasaba el tiempo entre dormido y despierto, menos cuando venían Eulalia y Virginia, no había domingo en que no le pusieran un ramo de flores junto a la cruz y arriba de su corazón. Esa hora de visita la pasaba bien despierto, abriendo mucho los ojos, aunque después le molestara la tierra que le había entrado. Los muertos pueden ver a los que se acercan entre nubarrones de polvo. Así veía el buen hombre a su mujer y a su hija, entre los nubarrones adivinaba sus cinturas y les seguía la mirada de esos ojos del mismo color que la tierra que lo tapaba, mientras ellas le acomodaban las flores. Y se sentía feliz.

Mantener los ojos abiertos durante esta visita le costaba un cansancio enorme. Luego de que las mujeres se iban, cerraba los ojos y perdía la noción del tiempo, si es que ya no la había perdido con la muerte, aunque a veces los volvía a abrir con algún ruido distinto: pasos de gente, un nuevo entierro. O también con el silencio de la noche.

Si lo que lo había despertado era un recién enterrado, volvía a dormirse, en la espera del despertar a la muerte del nuevo, pensando en remover levemente la tierra con el dedo índice para mandarle señales. No conocía hasta ahora ningún muerto que se hubiera mantenido despierto en su propio entierro. No hay quien no se duerma después de la muerte. Cansa mucho. Pero no hay quien no se alegre cuando, al abrir los ojos por primera vez debajo de toda esa tierra, sienta las vibraciones que les mandan los otros con el sólo hecho de mover los dedos.

Y si lo que lo había despertado era la oscuridad del silencio, Candelario se ponía a contar las estrellas. Él había sido amante de la noche también en vida.

Pero los gustos de los muertos no eran los mismos para todos. Leoncia y Nicolasa Marleta, hermanas en la vida y en la muerte, en cambio, abrían los ojos con el sol. Y se estaban déle mandar mensajes durante todo el día, hasta que, junto con la noche, caían agotadas en el fondo de sus tumbas.

Otra cosa que le gustaba a Candelario era la brisa entre los cerros. Torcía levemente la cabeza hacia atrás para poder ver saltar la brisa, que movía las puntas de los cerros de un lado a otro de una manera casi imperceptible. Si alguien quisiera ver los movimientos tendría que tener la paciencia de un muerto, quedarse quieto, mirar fijo aquellas puntas y esperar. La tierra de los cerros hacía olas como el vaivén de los abanicos y los ojos de Candelario se movían al compás. La vida en el cementerio era pacífica y estaba llena de placeres, las visitas de su mujer y su hija le alegraban el alma. Candelario no necesitaba salir a dar vueltas por ahí como hacía, por ejemplo, Miguel Milagro.

Miguel Milagro estaba enterrado a pocos pasos. Su tumba no era bajo tierra sino en nicho, detrás de unos ladrillos. Quizás le era más fácil salir y volver a entrar. En vida, Miguel había sido el borracho del pueblo, y en muerte era el borracho del cementerio. La mayoría de las noches se las pasaba afuera de su tumba, sin importarle que se le llenara de espíritus, y buscaba botellas que los visitantes hubieran podido dejar con algún fondito. Por suerte para Miguel, todavía se acordaban de él en Tumbaya, y siempre había alguien que ponía cerca de su tumba un buen trago de vino. Después de chupar lo que había encontrado, se quedaba dormido a la intemperie. Y despertaba con el rayo del sol y el parloteo de las hermanas Marleta para dirigirse a los tropezones a la tumba. Pero allí tenía que librar batallas, varios espíritus de la noche se habían metido en la tumba vacía. Miguel se retorcía con los espíritus y a veces tardaba días en echar a todos. Luego, caía en un letargo. Hasta una nueva noche con nuevos vinos.

Así y todo, aunque Candelario y Miguel eran distintos, mantenían conversaciones muy largas, Candelario bajo tierra y Miguel recostado sobre la tumba de Candelario. Después de un rato, Miguel se quedaba dormido y Candelario miraba las estrellas o escuchaba la brisa entre los cerro.

Un sábado a la noche se quedaron charlando hasta muy tarde. Candelario insistía en que Miguel dejara el alcohol y no se anduviera paseando tanto fuera de su nicho. Imposible. Miguel no quería saber nada. La cuestión es que Miguel no volvió a su nicho hasta el amanecer y recién ahí Candelario se quedó dormido. Es por eso que, aunque por la mañana hubo un entierro, no se despertó, los ruidos de pasos no lograron hacerle abrir los ojos. A pesar de que anduvieron muy cerca de su propia tumba.

Recién los abrió a la hora de la visita. Pero quedó sorprendido. Había venido una sola mujer.

La mujer le puso unas flores tristes y se fue. Fue tan rápida la visita que Candelario no pudo darse cuenta de cuál de las dos era, si la mujer o la hija. Se quedó preocupado. ¿Alguna de las dos se habría olvidado de él? Entonces, por primera vez en veinte años, decidió salir esa noche de la tumba para averiguar la razón de la ausencia de una.

Esperó a que se hiciera oscuro bien despierto. Y en cuanto se hizo oscuro, el que salió fue Miguel Milagro. Por allí andaba, siempre borracho entre las cruces.

Candelario estaba a punto de sacar un pie pero le dio miedo. No había salido en veinte años, le gustaba la muerte. Nunca había deseado estar vivo después de muerto. Su mujer y su hija lo venían a visitar y eso era lo que más feliz lo hacía. ¿Qué se iba a poner a buscar encima de la tierra? ¿Botellas semivacías como hacía Miguel? No sentía deseos de tomar vinos ajenos, ni tampoco la necesidad del hambre. ¿Para qué, entonces, iba a salir de allí? Se comunicaba con los otros muertos mandándose mensajes, los cerros lo acompañarían eternamente. La soledad no le pasaba por el cuerpo. ¿Qué iría a buscar saliendo esa noche de la tumba? Su mujer y su hija volverían el domingo siguiente. Pero su mujer y su hija no habían ido a verlo ese día, había ido una sola. Tenía que averiguar, tenía que levantarse. Candelario Amante sacó un pie de la tumba. La brisa le bailó en los huesos. Sintió que su pie era un cerro movido por la brisa. Iba a sacar el otro. ¿Y si le entraban espíritus al dejar la tumba vacía? ¿Cuánto tiempo le llevaría averiguar lo que había pasado y poder volver de nuevo a la tumba? Tiempo. Por primera vez en veinte años pensaba en el tiempo.

Por allá lejos se zarandeaba Miguel Milagro, que no tardaría en caer a dormir su mona de muerto. Candelario esperó hasta verlo a Miguel abrazarse a una cruz y quedarse inmóvil. Entonces sacó todo el cuerpo de la tumba.

Sentir la brisa y el aire. Estar parado sobre su propia tierra. Candelario dio un paso. Algunos muertos le mandaron vibraciones que él pudo percibir en los pies:

<< ¿A dónde vas, Candelario? >>

<< ¿Qué vas a hacer? >>

No tenía tiempo para contestarles. Tiempo. Los vivos son a quienes no les alcanza el tiempo. A los muertos les llueve el tiempo. Candelario siguió caminando hasta donde dormía Miguel Milagro. Luego, se lo cargó a los hombros y lo metió adentro de su tumba.

<< Cuidame la tumba, Miguel, que no se me llene de espíritus.>>

Ya por lo menos, no dejaba la tumba vacía. Y entonces sí, comenzó a bajar el cerro. Salió apurado. Cosa rara en Candelario. Salió apurado como un vivo y no notó que al lado de su tumba yacía la tumba nueva.

Llegó al pueblo, que por suerte estaba dormido. No sabía qué impresión podía causar si alguien lo veía. Un pueblo chico, de cinco calles. Dos cuadras antes de la plaza, su casa de adobe. Miró por la ventana. Una mujer recostada bajo una luz de vela. Era la espalda de Eulalia a la que no le había pasado el tiempo. Su mujer, en su cuarto, como veinte años atrás. Con un camisón blanco. El camisón con puntillas en el escote que a él siempre le había gustado tanto.

Candelario sintió deseos de entrar, pero alguien le ganó de mano. En ese momento se abrió la puerta y entró un hombre. Un hombre en el cuarto de su mujer, eso era lo que realmente temía Candelario. Lo que era la muerte. Sólo un ramo de flores los domingos. Candelario pasó la mano por el vidrio para desempañarlo. Podía ver a través de la tierra pero le costaba más a través del humo de su propio aliento. Su aliento de muerto. El hombre se acercó a su mujer y la comenzó a acariciar. Su mujer se dejaba. Eran caricias cariñosas, como de consuelo. Candelario hubiera dado lo único que tenía para dar, que era su propia muerte, por acariciarla así. Él conocía al hombre. Era Jacinto, el que tenía la verdulería a una cuadra. ¿La acariciaría así cuando él estaba vivo? En eso Jacinto se paró para cerrar la cortina. Candelario se quedó en la ventana. Mientras Jacinto cerraba la cortina, Candelario lo miró fijo:

<<Asustate al ver cara de muerto. >>

Jacinto cerró la cortina sin asustarse.

<< No nos ven. Los vivos no ven a los muertos. No ven nada. >>

Candelario subió el cerro muy deprimido. ¿Qué sería de su hija, ahora, con su madre distraída en amores? ¿Qué sería de él? ¿Qué sería de no verla todos los domingos con el ramo de retamas?

Llegó al cementerio. Sus pies notaron los mensajes que andaban por la tierra:

<< ¿Fuiste al pueblo, Candelario? >>

<< ¿No te la cruzaste a la Lucía? Hace rato que no viene. >>

<< ¿Y a Francisco? >>

<< ¿Y a Romualda? >>

<< Para qué, Candelario, para qué, si nada hay que no cambie y es triste ver todo cambiado. >>

No contestó a ninguno. Se acercó a su tumba, lentamente, como si estuviera más muerto que muerto.

Y allí sí, vio la tumba nueva al lado de la de él. Qué raro, no haberse despertado en el momento del entierro. A veces pasaba. Se acercó por acercarse, por cortesía. Leyó en la cruz:

Eulalia Vázquez de Amante
23 de junio
1945

¡Eulalia, al lado de su tumba! ¿Cómo? Pero si hacía un momento... Se dio cuenta de que había visto a una mujer joven, aún más joven de como era Eulalia por la época en que él se había muerto. Y que entonces el que había visto no era Jacinto sino el hijo de Jacinto. ¿Se habría casado con su hija?

Si no se apuraba por sacar a Miguel Milagro de su propia tumba y meterse él, Eulalia, su mujer, se iba a encontrar con Miguel y no con él cuando despertara a la muerte. Y entonces sí, podría decirse que su mujer se encontraría acostada con otro hombre. Enterró las manos y tiró a Miguel de las patas. El cuerpo de Miguel salió de la tumba protestando entre sueños de muerto. Candelario lo llevó alzado hasta el nicho. Lanzando un rugido de muerto espantó a los posibles espíritus de la noche que hubieran podido ocupar el lugar del borracho. Lo arropó. Luego se metió apurado en su tumba. No fuera a ser que los espíritus se escondieran en ella. Después miró para el costado. Allá estaba dormida, detrás de la tierra. Iba a esperarla con los ojos abiertos. Y apenas despertara, le enseñaría a estirar la cabeza levemente hacia atrás para mirar cómo salta la brisa, con vaivén de abanico, en la punta de los cerros.

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