Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

miércoles, 29 de febrero de 2012

Santiago y el Monstruo Amarillo

Aquí les comparto un  cuento de miedo… brrrrrr

 

 

Santiago es un niño normal. Normal hasta donde es posible serlo cuando uno comparte su habitación con zombis y sabe que al final del verano será visitado por un malvado monstruo amarillo.
Santiago tiene poco tiempo para encontrar la manera de escapar y no ser una víctima más del temible monstruo amarillo.


Dirigido por Jorge Hernández
Escrito por Jorge y Daniel Hernández
Animación Luciérnaga Studio
Música y sonido Audiomanía
Locución Mario Filio
Copyright Luciérnaga Studio 2005-2009

 

LA NOSTALGIA DEL SEÑOR ALAMBRE

 

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domingo, 5 de febrero de 2012

Cuento: LA ABUELA LOCA

 

Un cuento de María García Borrego

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Mi abuela está loca. Tiene el pelo largo, teñido de rosa chicle, siempre está inventando canciones y bailando, le da lo mismo que sea una canción de los "Rolling", de "El Fari" o lo último de los "cuarenta". Le encantan los ordenadores, que maneja a la perfección. Su buzón de Internet está permanentemente plagado de mensajes de personas de todos los países y de todas las edades, amigos que ha ido encontrando en sus múltiples incursiones por el mundo cibernético. Ella siempre dice que el progreso nos llevará a los jóvenes por el camino de la paz. En este mundo, que nos pintan gris, que nos filman destruido, ella dice que nosotros, los niños del 2000, tenemos en nuestras manos el planeta y no debemos permitir que los adultos nos lo dejen hecho una marranada.
Mi abuela piensa también que los animales son más racionales que los hombres y por ello quiere que miremos al mundo animal y lo imitemos en sus comportamientos, que nos metamos en el mar y nademos como los delfines, que seamos tan leales como los perros, tan independientes como los gatos, que cantemos como los pájaros, que defendamos a nuestros hijos como los leones, que descansemos como los osos cuando estemos cansados y corramos como los conejos cuando tengamos ganas de sentirnos libres, que trabajemos como las hormigas en grupo, que saltemos como los canguros para intentar coger las estrellas, que nos subamos a los árboles y nos colguemos boca abajo como el oso perezoso para así, ver las cosas desde otra perspectiva. Que nos adaptemos a nuestro hábitat y, como además somos inteligentes, que intentemos cambiarlo para poder vivir mejor.
Para ello nos propone reír siempre que estemos contentos para hacer felices a los que nos rodean y llorar a moco tendido cuando tengamos un mal momento, sin ningún complejo, porque las lagrimas te limpian el alma y un alma limpia es el mejor remedio contra la tristeza y el mejor aliado de la paz.
Mi abuela está chiflada se viste con zapatos de suplemento, sus colores preferidos los saca del arco iris y se los pone para alegrar la ciudad, siempre tan sucia y siempre tan oscura. No usa bolsos, prefiere las mochilas que le permiten moverse con libertad mientras pasea por las calles bailando como la niña que aún sigue siendo, mientras tararea alguna cancioncilla de su propia cosecha.
Mi querida abuela me anima para que estudie y para que aprenda todo lo que puedan enseñarme, dice que la sabiduría no se puede imponer, que tiene que adquirirse con el paso de los años, que son los ancianos los que están más cerca de la muerte de los que tenemos que aprender a vivir, porque ellos han conseguido llegar a la vejez y hoy en día llegar a viejo ha dejado de ser el propósito de los mas jóvenes que creemos que es mejor morir antes de tener arrugas, sin darnos cuenta que eso es un síntoma de cobardía y no de rebeldía...

Ojalá algún día pudiera ser como mi abuela.

Cuento: La princesa que no sabía reír

 

Había una vez una princesa que no sabía reír; es más, ni siquiera sabía sonreír.

El rey, su padre, mandó llamar a varios  bufones a su castillo. Uno de ellos se paró de cabeza, otro le hizo graciosos gestos a la princesa; alguno le hizo cosquillas en la nariz con una pluma. Pero no lograron que ella se riera.

Cerca del castillo, vivían una mujer humilde y su hijo. El muchacho realizaba sus labores cotidianas de manera muy especial: Si su madre le decía que lavara las zanahorias, ¡las tallaba en una tabla de lavar!
Pero era muy simpático, igual que su nombre: Tribilín. 
Cierto día, la madre de Tribilín se dio cuenta  de que en la alacena no había comida suficiente ni para un ratón. Entonces llamó a su hijo y le ordenó:
      - Tribilín, no tenemos más que pan rancio para la cena. Ve al castillo a pedir empleo.
      -Está bien, mamá -repuso él-. Así lo haré.
No te preocupes.     
       Al llegar al castillo, Tribilín vio a la princesa y le sonrió.
Pero ella no le devolvió la sonrisa.
"¿Por qué no sonreirá la princesa?", se preguntó nuestro amigo.
y sin dejar de mirarla, siguió caminando.
De pronto, tropezó con una piedra.
Sus manos revolotearon en un sentido y los pies en otro, hasta que, finalmente, cayó de boca en el suelo.
La princesa contempló la graciosa escena, pero te equivocas si crees que se echó a reír.
N i siquiera sonrió.
Tribilín encontró empleo en el gallinero real. Su trabajo consistía en recoger los huevos de los nidos.

      Al terminar, recibió en pago una docena de huevos frescos.

       -¡Viva! –Exclamó Tribilín-. ¡Huevos frescos para la cena!

       Y corrió a mostrárselos a su madre.

       Tan entusiasmado iba, que no veía donde pisaba, y volvió a tropezar con la misma piedra.

       Sus pies revolotearon en un sentido y sus manos en otro. Los huevos volaron por los aires.

       Tribilín trató de atrapar los huevos antes de que cayeran; pero cuando lograba agarrar uno, se le resbalaba de las manos.
      La princesa contemplo tan chusca maniobra.
No. Ni siquiera sonrió.
       -Si hubieras puesto los huevos en tu sombrero, nada les habría pasado – comentó la madre de Tribilín cuando se entero de lo ocurrido.

       -No te preocupes, mamá –dijo él-. Lo haré así la próxima vez.

 

 

 

 

Al día siguiente, Tribilín trabajo en el establo real, ordeñando vacas.

       Cuando terminó, recibió en pago un cubo de leche.

       -¡Bravo! –gritó Tribilín-. ¡Leche fresca!

        Y corrió a llevársela a su madre.
       Al llegar a la puerta del castillo, Tribilín recordó lo que su madre le había aconsejado.
       Así pues, vació la leche en el sombrero.
       Luego se lo puso…. Y, claro, se dio un baño.
       La leche le entró en los oídos y le escurrió debajo de la camisa.
       La princesa, desde la ventana, observo lo ocurrido.
       Cualquiera se hubiera reído al contemplar espectáculo tan ridículo, pero no la princesa.

     Ella ni siquiera sonrío.

       -¡Si hubieras traído el cubo en las manos, nada habría pasado! –dijo la madre de Tribilín cuando se entero de lo ocurrido.

       -Descuida, mamá –repuso él-. Lo haré así la próxima vez.

       Tribilín trabajo el día siguiente dando de comer a los cerdos.
       En pago, el porquerizo le dio un travieso cerdito.
       -¡Un cerdito! –exclamó Tribilín. Apenas podía esperar para mostrárselo a su madre.
       Sin embargo, al recordar lo que ella le había dicho, trató de levantar al animalito.
Pero como el cerdito tenía la piel muy gruesa, se le escapó…

Corrió ágilmente por un lodazal, y Tribilín lo persiguió.

       Luego, el cerdito se metió en un montón de paja, y Tribilín lo siguió pero el animalito, más rápido que su perseguidor, logró huir.

       Desde la  ventana, la princesa miró a Tribilín, que estaba cubierto de lodo y paja.

       Pero, ¿Crees que se rió?

       No. Ni siquiera sonrió.

       Esa noche, la madre de Tribilín lo recibió en la puerta, y al enterarse de lo que había pasado con el cerdo, exclamó:
      -Pero, ¿en donde tienes la cabeza?
Si hubieras traído al cerdo tirándolo de una cuerda, nada habría sucedido.
       -No te preocupes, mamá –dijo él-. La próxima vez haré como me dices.
       Al otro día, Tribilín trabajo en la cocina real, lavando los trastos. Cuando terminó, el cocinero le dio un enorme pescado.
-Cuando mi mamá vea este pescado –dijo Tribilín-, se le pasará el enojo.

       Luego recordó lo que su madre le había dicho; así que, con todo cuidado, ató el pescado con una cuerda.

       Y así tirando de él, se dirigió a su casa.

       En eso, unos gatos olfatearon el pescado, y corrieron tras él para darse un banquete.

       Cuando Tribilín pasó frente a la ventana de la princesa, del pez solo quedaba el esqueleto.

      
 
Pero te equivocas si crees que la princesa rió al verlo.
      Ni siquiera sonrió.
      Esa noche, Tribilín le contó a su madre cómo había perdido el pescado.
       -¡Cabeza de chorlito! –exclamó ella-.
Hubieras traído el pescado al hombro y nada le hubiera pasado.
      -No te preocupes, mamá, así lo haré la próxima vez.
      A la mañana siguiente, muy temprano, Tribilín fue al castillo. Esta vez le encargaron que limpiara los establos.
      Tan bien hizo su trabajo, que el encargado le regalo una vaca.
-¡Con esta vaca, mi madre se hará rica!

-exclamó Tribilín-. Pero, ¿Cómo la llevaré a casa?

      Entonces recordó lo que su madre le había dicho la noche anterior.

     Se quitó e sombrero y se lo puso a la vaca; en seguida, le sujetó el chaleco alrededor del pescuezo.

      Después, camino a gatas y se metió debajo del animal.

      -¡Como pesa esta vaca! –exclamó cuando con grandes esfuerzos trató de ponerse en pie.

     Por fin pudo levantarse, con la vaca sobre los hombros.
      La princesa, que estaba en su ventana, vio que Tribilín se acercaba con la vaca al hombro.
       ¿Y sabes lo que ocurrió?
       Se echó a reír con tal fuerza, que le dolió el estómago y los oídos estaban a punto de estallarle.
       Y reía, y reía…
 
 
¡El rey no podía creerlo!

       -Si ese joven puede hacer reír a la princesa –dijo-, será mejor que se quede aquí para siempre.

    

  Por tanto, mandó llamar a Tribilín y le preguntó si quería vivir en el castillo.

       -¡De mil amores –respondió-, pero sólo si mamá quiere venir conmigo!
       Al día siguiente, Tribilín y su madre se mudaron al palacio.
       Y allí vivieron felices para siempre.

Fin

Tomado de aquí