Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

sábado, 10 de noviembre de 2012

¡Qué revuelo mi familia!

 

Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

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Papá se fue. Mamá Llora y yo no entiendo nada.

Papá me dice que vendrá a buscarme el fin de semana. Mamá me explica que se separan porque ya no se aman. A mi sí, a mí me quieren, los dos me quieren y yo digo ¡qué suerte! Después a solas en mi cama pienso ¿Tendré ahora papá de a ratos y mamá llorona? No, eso no me gusta nada de nada.

En la escuela le cuento a Sergio que es el que más sabe, sus papás tampoco se amaban, hace años su papá se fue y vive ahora en otra casa con otra mamá que cuida los medio hermanitos de Sergio, los otros medios hermanitos en cambio son hijos de su mamá y viven con él, que siempre se hace lío con tantos hermanos nuevos desparramados en distintas casas. Sergio me dice que es un poco lío y un poco bueno, cuando se enoja con su mamá llama a su papá para que lo consuele y cuando su papá lo reta se vuelve a casa de su mamá, además en su cumpleaños y en navidad tiene dos regalos y no uno como antes. A mi no me importan mucho los regalos, prefiero que mis papás estén juntos. Laurita también tiene sus papás separados y el papá de Andrea se fue de viaje y se le olvidó la dirección por que nunca más regresó. ¡Ufa! ¡Qué lío con los padres!

Mi hermana Margarita me dice que así son las cosas y que los grandes saben, y yo le contesto que no están bien así las cosas y que me parece que los grandes no saben nada. Me dice que me calle y haga la tarea porque a mamá le duele la cabeza.

Los días se pasan y se pasan mientras yo busco una solución. Borón, mi perro, me hace compañía. Los dos pensamos, él en ladrido perro y yo con ideas en palabras, pero nos entendemos.

No hay caso, papá no quiere volver a casa. —No Daniel—, me dice serio, las cosas no pueden ser como pedís, ya vas a ver que todo se arregla, nos acostumbraremos. Pero yo no quiero acostumbrarme, quiero que se arregle.

Mamá ya no llora, ahora trabaja.

Es raro no encontrar a mamá cuando vuelvo de la escuela, y raro es también hacer la tarea mientras María, la señora que la ayuda, plancha a mi lado. María me gusta porque sabe historias de miedo y espantos y me las cuenta cuando termino los deberes. A la noche me da miedo, pero a mamá le digo que es por que estoy solo, y entonces ella deja que Borón se acueste a los pies de mi cama y ya me duermo tranquilo.

En casa de papá no trabaja María, seguro que por eso está todo desordenado, me parece que a papá no le gusta tanto limpiar, por suerte le gusta llevarme a la plaza y al cine. A veces Margarita, mi hermana, no viene porque se va a los bailes o a lo de las amigas, y entonces salimos solos y vamos a las maquinitas o a las carreras de autos y nos reímos fuerte, y comemos panchos en la calle y tocamos la guitarra. Mamá dice que papá es vago pero no es verdad, papá es divertido y algo distraído, nada más.

Me parece que mamá tiene un novio, escuché detrás de la puerta cuando Margarita se lo contaba a su amiga, ¿será cierto? ¿Pueden tener novios las mamás?

Sergio dice que sí y que se casan y tienen más hijos, como su mamá. A mí eso no me gusta nada, no quiero más hijos en casa, no vamos entrar, y ni pienso prestarle mis juguetes. Mejor que se queden en casa de su papá.

Se lo dije a mamá y me dijo que de dónde sacaba esas ideas, le dije que de la escuela, y de la tele y de la plaza. Primero no dijo nada pero después me dijo que si un día se casaba de nuevo y tenía otros hijos íbamos a mudarnos a una casa más grande. Esa noche conocí a Roberto, el amigo de mamá, que Margarita dice que es el novio y mamá que no, que solo es un amigo. Yo no digo nada porque no sé y porque papá también tiene una amiga que se llama Silvina y es alta y rubia y linda.

Papá me dijo que no diga nada, que era un secreto entre nosotros. No sé para qué sirve ese secreto pero igual me gusta tener un secreto con papá.

Margarita tenía razón, parece que Roberto es el novio de mi mamá. ¡Uy! ¡Qué lío! Al final Roberto me cae bien, es divertido y tiene un auto que hace mucho ruido, me da miedo que papá se enoje si sabe que lo quiero a Roberto y también me da miedo que mamá se entere de nuestro secreto. Por eso lloro. Mamá cree que es por que va a casarse, al final sólo Margarita se da cuenta. Margarita que siempre me pelea por suerte ahora me abraza, ¡claro, ella también tiene miedo! Nos abrazamos los dos y por las dudas también lo abrazamos a Borón que es el único que no tiene nada de nada de miedo.

María nos encuentra así, todos abrazados, nos mira y tuerce la boca. ¡Pero qué bonito tanto amor!, dice y se ríe. ¡Vamos, a la cocina chiquillos que hice torta! Y ya, de tanto miedo inútil, vengan que les tengo una historia, dice y los tres curiosos la seguimos. María corta la torta, la sirve y nos llena el vaso de leche chocolatada. Hasta las moscas se han posado silenciosas en el mantel esperando la historia. María da vueltas, luego se sienta y nos pone los pelos de punta con tanta espera, le gusta hacer suspenso.

—Miren que fortuna ustedes con tantos padres y madres, y parientes— exclamó de golpe sobresaltándonos.

—Ninguna suerte, es puro lío— dije yo desilusionado.

—Ningún lío, es como hace mucho, mucho tiempo ha sido. Cuando en mi tierra vivían otras gentes las cosas eran más simples, los hombres grandes eran papás, las mujeres mamás y los niños hijos, todos hermanos entre ellos. Nadie se sentía solo, ni tenía miedo de no ser querido, cuando un niño o una niña tenían una duda siempre había alguien grande para responderle y en las noches, sentada la tribu entera junto al fuego, los ancianos, que eran abuelos y abuelas de todos, contaban viejas y hermosas historias que enseñaban muchas cosas. ¡Ojalá todo fuese como antes! Pero no, las cosas siempre cambian como cuando llegaron los extranjeros y alteraron todo tanto que las viejas historias de puro triste se perdieron.

—¿Cómo van a perderse las historias? Siempre quedan en los libros. ¡Estás diciendo mentiras!— dijo Margarita enojada

—Nada de mentiras, digo la purísima verdad que usted no sabe porque justamente a causa de eso, ya no hay ancianos sabios que cuenten las viejas historias— se defendió tan ofendida María, que Margarita bajó la cabeza y murmuró,

—Cuéntanos,

—Antes de antes de este tiempo, cuando aún no había extranjeros en la tierra de los antepasados, la vida no estaba hecha de guerras sino de partidas de caza o de pesca, de fiestas donde todos bailaban y cantaban celebrando las lluvias, o una buena cosecha o el nacimiento de un nuevo miembro para la tribu. Alegres, amantes de la música y las artes, las tribus cultivaban la cantidad de tierra necesaria para alimentarse y tenían por costumbre y elección una actitud cooperativa en el trabajo basada en la reciprocidad y la solidaridad. A veces había peleas por tonterías, pero nunca, ni siquiera en las guerras más graves, que sólo se producían cuando las tribus nómadas bajaban del norte robando todo a su paso, se faltaba el respeto ni se hería a mujeres, ancianos o niños. Únicamente los guerreros jóvenes de ambos grupos combatían, sin llegar jamás a una masacre. Nadie pensaba que la vida podía cambiar. ¿Por qué iba a hacerlo si el sol y la luna no cambian sus rutas, ni las estrellas descienden a la tierra? Pero entonces llegaron los extranjeros con sus cascos, sus armas de fuego y su codicia. Las tribus primero los recibieron dispuestos a compartir, pero cuando vieron que lastimaban a sus mujeres y les querían quitar la tierra, pelearon con una ferocidad que no imaginaban tener. A pesar de todo perdieron, y fueron vendidos como esclavos y tratados peor que animales. Una sola cosa les ayudó a seguir adelante

— ¿Cuál?— preguntamos los dos que no podíamos imaginar nada que consolara tanta pena.

—El amor de la familia, la gran familia de la tribu. Siempre había una madre, un padre, un abuelo, una abuela, listos a dar consuelo y aliento, a escuchar, a contar las viejas historias que llenan el corazón y dan sabiduría. Cantar y contar, ese es el camino, decían los más ancianos y luego lo repitieron sus hijos y los hijos de sus hijos y aunque muchas más veces cambio el mundo, hasta el día de hoy, los descendientes lo siguen repitiendo y cumpliendo.

—Como tú— dijo Margarita mirando a María con un respeto nuevo.

— ¿Vas a enseñarnos a cantar y contar?— pregunté lleno de intriga por esas historias tan desconocidas.

—Les enseñaré — dijo María sirviéndonos otro pedazo de torta.

Mientras comíamos María comenzó a cantar sobre una india llamada Anahí que se había convertido en ceibo.

—Ya tenemos varios papás y mamás, María puede ser entonces la abuela sabia— dijo Margarita riendo y Borón golpeó contento la cola.

Yo pienso que ahora tengo otro secreto, el secreto que nos contó María: cantar y contar, y este secreto sí sé para qué me sirve, me sirve para ponerme contento y para guardar los juguetes de cuando era chiquito por las dudas venga un día a vivir con nosotros un hermanito.

jueves, 1 de noviembre de 2012

EL TRANVÍA FANTASMA

 

Un cuento de BENOIT J. SUYKERBUYK

Amazing Pencil Sketches And Corresponding Background Images

Suykerbuyk es, sin duda alguna, uno de los más jó­venes colaboradores de esta antología. Nació en Antwerp en 1944 y ha publicado excelentes trabajos en prosa y poéticos en diversas revistas literarias. The Ghostcar (El tranvía fantasma) fue especialmente escrita, a re­querimiento nuestro, para el presente trabajo.

–¡Que llega el tranvía fantasma! –gritaba la gente mientras corría por la calle.

Los niños empezaron a chillar excitados, sin hacer caso de las llamadas de sus maestros. Pronto todo el mundo se parapetó detrás de las empalizadas que habían levantado los miembros de la Defensa Civil.

Casi las dos de la tarde. Siempre aparecía a esa hora. Aunque la curiosidad era muy grande, nadie se preocupó ya más en saltar las empalizadas. El número de acci­dentes había aumentado rápidamente. La primera víc­tima, seis meses atrás, fue un niño de dos años, atro­pellado mientras jugaba en aquellos raíles que desde hacía más de diez años no se utilizaban.

Dijeron que había sido un coche conducido por al­guna de esas personas que siempre tienen prisa. Pero al día siguiente, tres hombres fueron testigos de la muerte de un borracho. En el cuerpo de las víctimas no se encontró ninguna herida, ni el más leve rasguño. El forense dictaminó muerte por causas desconocidas.

Las dos de la tarde. Allí estaba. Ni un susurro se oía mientras «la cosa» rodaba sin hacer ruido.

Entonces ocurrió algo en lo que nadie había repa­rado. Un hombre iba corriendo por la calzada y subió en el último instante al tranvía. Luego éste desapareció al doblar la esquina. Era inútil seguirlo hasta allí, pues los raíles no iban más lejos...

Al día siguiente, a las dos de la tarde, un cuerpo fue empujado fuera del tranvía por manos invisibles. Rá­pidamente acudió la gente para ayudar al hombre. Con la mirada perdida en el vacío, y con el movimiento de sus manos, parecía contener algo, defenderse de algo situado frente a él, al mismo tiempo que murmuraba presa de espanto:

«No lo haga, no lo haga, no lo haga... –repetida­mente, sin cesar, continuamente–: ¡No lo haga, no lo haga, no lo haga...!»

Pero lo más horrible y espantoso era que las ropas de aquel hombre estaban sucias, llenas de barro, y des­pedían un hedor tan repugnante como si se hubiera revolcado en una tumba recién abierta...

miércoles, 31 de octubre de 2012

Halloween o día de Muertos

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Hoy es el día en que se unen los mundos y todo es posible. Así creían los antiguos y quizás sea cierto…

Para este día nada mejor que buenos cuentos de miedo, por eso les comparto esta interesante obra

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jueves, 25 de octubre de 2012

GUSTAVO Y LOS MIEDOS

 

UN CUENTO DE RICARDO ALCÁNTARA

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Los miedos aparecieron cuando la tía Milagros se instaló en casa de Gustavo. Hasta entonces el niño no los conocía. Pero la tía no los trajo en vieja maleta. Lo que pasó fue que la mujer los llamó y ellos acudieron presurosos para sembrar el temor. Resulta que la tía Milagros, cargada de buenas intenciones, cuidaba al pequeño mientras sus padres estaban de viaje.

- Gustavo, hazle caso a la tía- le recomendó su madre antes de partir.

Y él se esforzaba por seguir los consejos de la madre. Con la tía Milagros se llevaba muy bien. Solo discutían a la hora de comer.

La mujer estaba convencida de que los niños sanos debían estar rellenitos y mofletudos. Y para ello era preciso comer en abundancia.

Así es que le servía a Gustavo los platos llenos a rebosar. Tanto, que él se veía incapaz de acabarlos.

-Come, come -insistía ella- a ver si engordas esas piernas, que parecen dos palillos.

-Es que no puedo más -protestaba el niño.

Y ella lo miraba muy seria, a punto de perder la paciencia. ¡Hasta que un día la perdió!

Entonces, enfadada y con el ceño fruncido, le amenazó.

-Si no comes, el bicho de la oscuridad te llevará con él.

Gustavo abrió unos ojos muy grandes, ojos cargados de susto. Jamás había oído algo semejante.

- ¿El bicho de la oscuridad...?-repitió asombrado.

-Sí, y es muy malo con los niños delgaduchos como tú-afirmó la tía Milagros ocultando una sonrisa traviesa.

La tía pensaba que lo que no se conseguía con buenas palabras se lograba con la ayuda del miedo.

Y los miedos, que son seres endiablados, acuden veloces cuando alguien los nombra.

En aquel momento, precisamente, uno andaba cerca. Y, al oírlos, entró en la casa. Tal como las moscas cuando descubren miel.

Se trataba de un miedo bajo y delgado. Tenía los ojos saltones y los pelos de punta. Iba vestido de negro.

Andando paso a paso, se acercó a Gustavo. Y de un salto acabó por sentarse sobre el hombro del niño, muy cerca de la oreja.

Sabía que desde allí le escucharía, aunque hablase en voz baja.

De pronto, Gustavo se sintió tan inquieto que intentó acabarse la comida del plato. Lo intentó, sí..., ¡pero no pudo! En la barriga ya no le cabía ni un granito de arroz.

-Allá tú -refunfuño la tía- pero luego no te quejes, pues yo te lo he advertido.

Gustavo no respondió y fue a sentarse ante el televisor.

Allí se estuvo, casi sin hablar, hasta el momento de irse a la cama.

-Hasta mañana -le digo a su tía Milagros, y se fue a su habitación.

Aquella noche no había forma de dormirse. Cualquier ruido le sobresaltaba.

Pero, finalmente, arropado por el resplandor de la luna, lo consiguió.

Al cabo de un rato, se despertó. Tenía ganas de hacer pipí.

“¡Ahora es el momento!”, se dijo el miedo, y los ojos le brillaron.

A medio despertar y la luz apagada, Gustavo se encaminó al lavabo. Y cuando estaba en el oscuro pasillo, el miedo comenzó a hacer de las suyas.

Casi con un hilo de voz, le dijo al niño:

-Creo que detrás de esa puerta hay alguien escondido... El bicho de la oscuridad anda por allí... Es muy malo con los que no comen...

Y Gustavo, en vez de no escuchar y desprenderse del miedo con un resoplido de indiferencia, le prestó atención.

Eso envalentonó al miedo, que comenzó a hablar con voz más potente.

-Si el bicho te ataca, estás perdido -le dijo.

Gustavo sintió que las piernas le temblaban. Recostado contra la pared, se veía incapaz de dar un paso.

-Vuelve a la cama -le aconsejó el miedo.

Sin pensárselo dos veces, el niño corrió hacia la habitación. Se metió en la cama y se cubrió la cabeza con las mantas. Entonces permaneció quieto y encogido.

No conseguía dormirse. Entre el susto, el pipí que se le escapaba y el temor a la oscuridad, Gustavo lo pasaba fatal.

Viéndole así de asustado, el miedo disfrutaba a sus anchas. Incluso decidió llamar a otro miedo. Y el otro miedo se presentó en un abrir y cerrar de ojos.

Era robusto y barrigudo. Sus orejas acababan en punta, así como las de los burros. Y sujetaba sus raídos pantalones con una cuerda.

Al igual que su compañero, se sentó junto a la oreja del niño. Esperaba con impaciencia el momento de comenzar a actuar.

Y la ocasión se presentó cuando Gustavo, que por fin había conseguido dormirse, se hizo pipí en la cama.

Al notar que tenía el pijama mojado, el miedo se puso a berrear hasta que el niño se despertó.

-Eres un marrano. Menuda zurra te darán -le dijo en tono de enfado.

Gustavo no sabía cómo le había sucedido aquello. Tampoco sabía qué hacer. Se encontraba como perdido y a merced del viento. Finalmente se cambió de ropa, intentó secar las sábanas con una toalla y volvió a acostarse. Pero ya no le fue posible pegar ojo.

Las primeras luces del día lo pillaron despierto. Igual que les pasa a los gatos parranderos.

A pesar de ello, se quedó un rato más entre las sábanas. Pensaba y pensaba. Y tras mucho pensarlo, decidió: “Comeré toda la comida que me sirva la tía Milagros”.

Entonces, los asustados fueron los miedos. Si él tenía el firme propósito de vencerlos, sin duda lo conseguiría. Ya les había ocurrido con otros niños.

Se miraron de reojo, incapaces de pronunciar palabra. Observaban en silencio cada paso del niño.

Gustavo se presentó en la cocina y, con un sonoro beso, le deseó los buenos días a la tía Milagros.

La mujer sonrió y continuó preparando el desayuno.

-Ponme una taza bien grande y mucho pan con mantequilla -le pidió el sobrino.

Y ella, complacida, así lo hizo.

Gustavo devoró el primer trozo de pan con admirable apetito. El segundo le costó un poco más. A mitad del tercero se sentía a punto de reventar... ¡Y aún le quedaban dos en el plato!

“No puedo...”, reconoció para sus adentros, y dio por perdida la batalla.

Al oír tales pensamientos, los miedos comenzaron a aplaudir. Se habían salido con la suya y estaban muy contentos.

Tal era su alegría que decidieron llamar a otro miedo.

Al notar que los miedos aumentaban, Gustavo ni siquiera se atrevía a mirarse el hombro. Sabía que estaban allí, pero temía fijar sus ojos en ellos.

Tembloroso, desviaba la mirada.

Pero eso no resolvía el problema, pues incluso sin verlos oía sus antipáticas voces.

Y los miedos no paraban de hablar.

-Romperás la taza y te castigarán -le decían.

-Tirarás el café con leche y la tía se enfadará -murmuraban con malicia.

Gustavo estaba tan asustado que casi no se atrevía ni a mover un dedo. De pronto, una idea cruzó por su cabeza. Entonces, la expresión de su rostro cambió por completo.

Gustavo planeaba deshacerse de los miedos. Y, para conseguirlo, pensaba salir a la calle y echar a correr. Correría tanto y tan rápido que ellos no podrían alcanzarle.

Entonces, libre ya de los miedos, regresaría tranquilamente a casa. Estaba tan ilusionado con el plan, que decidió ponerlo en práctica en ese mismo momento.

Andando lentamente, llegó a la puerta. La abrió y... ¡salió veloz como el viento!

Corrió y corrió sin parar hasta que le faltó el aliento. Entonces hizo un alto.

Estaba tan cansado... Pero el esfuerzo valía la pena, pues creía haber dejado atrás a tan molestos seres. Sin embargo...

-La calle es muy peligrosa. No debería salir de casa -le dijo uno de ellos.

-Aquel muchacho te mira con cara de pocos amigos -apuntó otro.

Y el tercero, viendo a Gustavo tan acobardado, se apresuró a llamar a otros miedos.

Y el niño, bajando la cabeza, reconoció:

-Es inútil correr. Siempre me pillarán.

Y, apenado, tomó el camino de regreso.

Dio un paso más y le asaltaron mil temores.

El trajín de los coches le inquietaba. La gente le causaba recelo. Incluso huyó de un perro que se le acercó meneando el rabo.

Entró en su casa tan pálido que el más elegante de los fantasmas le hubiera envidiado.

Al verle en semejante estado, la tía Milagros le preguntó alarmada:

-¿Te encuentras bien?

-Sí... -respondió Gustavo.

Pero en realidad estaba tan mal, que hasta le daba miedo confesar que tenía miedo.

Para salir de dudas, la tía le puso el termómetro.

Al cabo de un rato, se lo quitó y...

-No tienes fiebre -dijo algo más tranquila.

Sin embargo, Gustavo parecía un pollo mojado, y a la tía no se le pasó por alto. Así es que decidió no quitarle el ojo de encima.

Y al cabo de un buen rato de observarlo con detenimiento, se preguntó:

“¿Qué le sucederá?”.

Es que Gustavo se había sentado en el cuarto de estar y de allí no se movía.

El niño no estaba nunca tanto rato quieto y en silencio, y la tía no sabía qué pensar.

Por más vueltas que le daba, Gustavo no sabía cómo salir de aquel atolladero.

Su cabeza se había convertido en un nido de miedos. Tanto, que ya no se atrevía ni a salir a la calle a jugar con los amigos.

Y, como suele suceder, el paso de los días empeoró más la situación. Gustavo llegó a tener miedo hasta de su propia sombra.

Un montón de pensamientos rondaban por su mente, todos negros como nubarrones en día de tormenta.

No había manera de estar tranquilo. Los miedos no le dejaban en paz. Y día a día aumentaban.

Eran tantos, que Gustavo temía que la tía Milagros pudiera verlos.

Por ello, se encerró en su habitación largas horas. Alejado de la mirada de la mujer. Protegido tras los cristales de la ventana, su única distracción era mirar hacia afuera.

Contemplaba el ir y venir de la gente, el andar de los coches, los juegos de los niños...

De tanto en tanto suspiraba.

Cierta tarde, fijó sus ojos en el árbol del jardín. En una de sus ramas se había posado un pájaro tan pequeño que ni siquiera sabía volar.

Y eso era, precisamente, lo que intentaba aprender.

Extendía sus débiles alas y daba un saltito sobre la rama. Después miraba hacia abajo y se estaba un momento quieto. Sin duda, impresionado por la gran altura.

Pero al cabo de un rato volvía a probarlo.

Sentía enormes deseos de lanzarse a volar, pero el miedo lo frenaba.

Por fin, el pájaro sacudió su plumaje con aire decidido y...

-No lo intentes. Te harás daño -murmuró Gustavo.

Pero el pájaro, deseoso de correr tras la brisa, ahuecó las alas y se lanzó.

El primero fue un vuelo corto, duró apenas unos instantes. Rápidamente se posó sobre otra rama.

Sin embargo, para él había sido una auténtica hazaña.

Lleno de alegría, contempló el vacío con otros ojos.

Sus alas ya no le parecían tan poquita cosa.

Así es que, una vez recuperado de la impresión, volvió a surcar el aire.

A cada nuevo intento, se hacía más experto en el difícil arte de volar. Y la altura dejó de darle miedo.

Gustavo, que no le perdía de vista, murmuró con asombro:

-Ha vencido su miedo...

Y tal descubrimiento lo dejó pensativo durante un buen rato, hasta que...

“Yo podría hacer lo mismo”, dijo para sus adentros. Pero la idea le hizo temblar.

Era necesario reunir mucho valor para intentarlo.

-¿Lo tendré? -se preguntó Gustavo.

Pero estaba tan harto de soportar las fechorías de los miedos que, a pesar de no ser demasiado valiente, exclamó decidido:

-¡Claro que lo conseguiré!

Y entonces se alzó en pie de guerra, dispuesto a no dar marcha atrás.

Aunque la impaciencia le cosquilleaba el cuerpo, sabía que debía esperar el momento adecuado para lanzarse a la acción. Lleno de nervios, aguardó hasta encontrarse en la cama.

Durante la noche habría ocasión de presentar batalla. Entonces la oscuridad se convierte en dueña y señora de cada rincón de la casa.

Fingía dormir, mientras los minutos transcurrían con perezosa lentitud.

Hasta que...

“¡Ahora!”, se dijo, y sin pensárselo dos veces, se sentó en el borde de la cama.

Igual que al pequeño pájaro, el vacío le daba miedo.

Tendió sus brazos para armarse de valor, y después se encaminó al lavabo sin encender la luz.

El adormilado pasillo, envuelto en sombras, se hacía interminable.

A pesar de ello, Gustavo avanzaba con paso firme.

Como era de esperar, a mitad del oscuro recorrido no de los miedos dejó oír sus amenazas.

-El bicho de la oscuridad está allí, dispuesto a atacarte -masculló con malicia.

Gustavo aspiró hondo, y luego respondió:

-Qué tonterías dices, si ese bicho no existe...

Molesto con el niño, el miedo afirmó con voz áspera:

-El bicho está oculto tras aquella puerta.

Sin acobardarse, Gustavo se acercó a la puerta y la abrió. Como era de esperar... ¡allí no había nadie!

-Eres un embustero -le dijo el niño-. Todo cuanto dices son mentiras.

Entonces el miedo, como si fuera una pompa de jabón, salió flotando sin rumbo y acabó por desaparecer.

A Gustavo eso le dio nuevos ánimos.

De forma casi mágica, dejó de sentirse perdido e indefenso.

Tampoco notaba el frío que provocan los miedos.

Hizo pipí y, sin pensar que las luces estaban apagadas, volvió a la cama.

Entornó los ojos dispuesto a dejarse llevar por los sueños, cuando uno de los miedos que todavía le quedaban se propuso asustarlo con su desagradable vozarrón.

Pero Gustavo no hizo caso.

Como si se tratara de un antipático mosquito, dio un manotazo en el aire para alejarlo.

Y el miedo, asustado, huyó en veloz carrera.

Igual que ciertos árboles que pierden sus hojas en otoño, Gustavo empezó a perder sus miedos.

A la mañana siguiente, sobre su hombro sólo había tres de ellos.

Tan alegre como en los días de fiesta, se encaminó a la cocina.

Encontró a la tía Milagros sentada a la mesa y con una taza en la mano. En el plato había una pasta a medio comer.

-¿No te la acabas? -preguntó el niño.

-No... -respondió ella desganada.

-Oh... ¡el bicho de la oscuridad te llevará con él! ¡Y es muy malo con las señoras delgaduchas como tú! –bromeó Gustavo.

La tía lo miró muy seria. Pero después los ojos se le llenaron de luces y cayó en una profunda carcajada.

También Gustavo rió con ganas.

Y un par de miedos, notando que se burlaban de ellos, se marcharon ofendidos con su desafinada música a otra parte.

Dispuesto a acabar con aquellos malignos seres, en cuanto terminó el desayuno, Gustavo comentó:

-Saldré un rato a jugar.

-La calle es muy peligrosa -se apresuró a decir el último miedo que le quedaba.

-Calla, mequetrefe, tú sí que eres peligroso -respondió Gustavo.

Sopló con fuerza y lo mandó tan lejos, que no se le volvió a ver el pelo.

Entonces Gustavo abrió la puerta de par en par y salió.

Lucía una mañana espléndida.

 

martes, 23 de octubre de 2012

El príncipe desmemoriado

Cuento tradicional español

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Cuéntase que había una vez un príncipe, llamado Andana, hijo del rey Perico y de la reina Mari-Castaña, que tenía el gravísimo defecto de carecer de memoria. Todo cuanto oía, veía, hacía o decía lo olvidaba en el acto.

Los reyes, muy preocupados, llamaron en consulta a los mejores médicos del reino y éstos, después de largas y profundas deliberaciones, llegaron al acuerdo de que ninguno de ellos conocía remedio alguno para el mal que aquejaba al joven príncipe, presentando al rey un extenso, dictamen, en el que le aconsejaban que enviara a Andana a recorrer el mundo, asegurándole que de este modo, cuando volviera, recordaría, si no todo, algo de lo que viera.

Tanto el rey Perico como su esposa, la reina Mari-Castaña, acogieron con alborozo el consejo de los sabios doctores, concediéndoles cruces y distinciones en premio a su fenomenal talento y sapiencia.

Inmediatamente decidieron poner en práctica la atinadísima sugerencia de los sesudos varones y la reina Mari-Castaña preparó con sus reales manos una suculenta merienda al infante desmemoriado, diósela, junto con su bendición y algunos consejos, y le despidió llorando a lágrima viva.

El príncipe emprendió la marcha. Al poco rato no se acordaba ni de las lágrimas de su madre, ni de los consejos, ni de que llevaba merienda.

Continuó andando, hasta que sintió un hambre atroz y, viendo una posada, entró en ella. Pidió de comer; le sirvieron una suculenta comida, pues le habían reconocido, y cuando hubo terminado se marchó sin acordarse de pagar la cuenta al posadero.

Andando, andando, llegó nuestro héroe, a orillas del mar. Sentía sed, y al ver una riquísima viña, entró a coger uvas, pero el guarda le confundió con un ladronzuelo vulgar y para escarmentarlo lo arrojó de cabeza al mar.

El pobre Andana no recordó' si sabía nadar o no, pero cuando salió a la superficie empezó a mover brazos y pies y comprobó; con gran satisfacción que se sostenía a flote. Sin embargo, había olvidado dónde estaba la playa y empezó a nadar mar adentro, hasta que, cuando estaba ya casi desfallecido por el tremendo esfuerzo realizado, fue recogido por un barco que navegaba hacia Turquía.

En aquellos tiempos era soberano de aquella nación el Gran Turco, déspota sanguinario y cruel, a quien todo el pueblo odiaba y temía. Ya tenía más de sesenta años y estaba completamente ciego, pues se le habían formado cataratas en los ojos.

Por los días en que sucedía lo que contamos, el feroz sultán había llamado a los médicos de la corte, y les había dicho, con un acento que hubiera hecho estremecerse a una estatua de mármol:

- O me devolvéis la vista u os corto la cabeza.

Los galenos otomanos no sabían operar las cataratas, pero como les peligraba el relleno del turbante, se decidieron a buscar un colega que fuese capaz de curar la ceguera del Gran Turco.

Llegó a su conocimiento que en una de las ciudades turcas habla un médico cristiano que realizaba curas sorprendentes e inmediatamente transmitieron la noticia al Gran Turco.

- ¡Que salgan cien jinetes a buscarlo! - ordenó el déspota.

Dos días más tarde, el médico cristiano se hallaba en presencia del sultán.

- Te he hecho venir, cristiano - díjole con voz atronadora - para que me devuelvas la vista, cosa que estos imbéciles no son capaces de conseguir... Si lo haces, te llenaré todos los bolsillos de oro, pero si fracasas...

- ¿Si fracaso, señor... ?

- Si fracasas, puedes despedirte de tu cabeza.

Lleno de temor, el médico cristiano entretuvo durante unos cuantos días al tirano con cocimientos de flor de saúco y con lavados de agua de San Antonio; pero como el Gran Turco no mejoraba y el pobre galeno temía por su vida, se le ocurrió decirle:

- El remedio más eficaz para curarte, señor, no se encuentra aquí, en Turquía...

- ¿Qué remedio es ése?

- Una especie de ungüento hecho con manteca de cristiano y unas hierbas milagrosas que sólo yo conozco... Pero, desgraciadamente, aquí es muy difícil encontrar un cristiano...

- ¿Y las hierbas?

- Las hierbas, sí, señor...

- Prepara entonces las hierbas y mis médicos te sacarán la manteca a ti mismo...

El desgraciado galeno estuvo a pique de morir del susto.

- Es que..., señor - dijo tartamudeando, - mi manteca no sirve... Ha de ser la de un cristiano joven...

En aquel preciso instante entraron unos edecanes a decir al Gran Turco que unos marineros habían recogido a un náufrago cristiano, que aseguraba ser el príncipe Andana, hijo del rey Perico y de la reina Mari-Castaña.

- ¡Ya tenemos el ungüento! - exclamó el sultán, con gran estupefacción de los recién llegados.

Luego, volviéndose al médico, añadió: - ¡Sácale la manteca y prepárate para devolverme la vista!

Tambaleándose de espanto, el médico cristiano salió, cubierto de frío sudor.

Fuése en busca del príncipe Andana, pero con el decidido propósito de no sacrificarlo y de salvarle la vida. Cuando lo vio, después de saludarlo, concibió una idea maravillosa y, encaminándose seguidamente a las habitaciones del Gran Turco pidióle audiencia y le dijo:

- Señor, el esclavo cristiano está tan delgado que no tiene, manteca ninguna. Si quieres curarte, tienes que alimentarlo bien, darle una buena habitación y proporcionarle toda clase de distracciones.

La proposición pareció de perlas al sultán, que ordenó que se alojara al príncipe Andana en la mejor habitación de su palacio, vecina a la de una esclava circasiana, recién llegada, que era de peregrina hermosura.

Cuando el príncipe hubo tomado posesión de su nueva morada, el médico fue a visitarle y le refirió lo que ocurría.

- Aunque paséis hambre - añadió ­ no comáis más que lo estrictamente necesario. Yo me encargaré de preparar nuestra fuga.

Pero al poco entraron los criados negros llevando enormes bandejas cargadas de faisanes trufados, gallinas en pepitoria, huevos hilados, frutas en inmensa variedad, helados, licores... Y el príncipe, sin acordarse de la recomendación del médico, se atracó de lo lindo.

Para reposar del pantagruélico banquete sacó una butaca al balcón y vio a la circasiana.

Toda la tarde se la pasó hablando con su vecina y se enamoró de ella enajenadamente.

Las comidas abundantísimas y las conversaciones con la circasiana se repitieron durante algunas semanas, con lo que el príncipe engordó extraordinariamente.

Un día entró el médico a visitarle y le dijo que había dado palabra al Gran Turco de hacerle el ungüento al día siguiente, pero que no tuviese miedo, pues aquella misma tarde, al anochecer, se fugarían en un barco que tenía preparado.

El príncipe respondió que habían de llevarse también a la circasiana, pues estaba dispuesto a casarse con ella, cosa a la que accedió el doctor.

Despidióse el buen galeno, diciendo que pasaría la tarde con el sultán, para que no sospechara nada, contándole el modo de confeccionar y aplicar la milagrosa untura.

Llegó la tarde y cuando el sol empezó a ocultarse hacia Poniente, el médico se dirigió apresuradamente al puerto, encontrándose con la desagradable sorpresa de que el barco no era más que un puntito insignificante en el horizonte.

El príncipe, tan pronto como había puesto los pies en el barco se había olvidado de su amigo.

El médico empezó a dar gritos, llamando al príncipe y a la circasiana, pero sólo consiguió enronquecer. El barco no tardó en desaparecer de su vista.

Ya estaba bien entrada la noche cuando un edecán entró en la suntuosa alcoba del sultán, para dar a su señor la noticia de la fuga del médico, del príncipe y de la esclava circasiana.

- ¡Maldito! - exclamó el feroz monarca. - ¿Cómo los has dejado escapar?

- Pero, señor, si yo no los he visto huir...

- ¿Cómo sabes, entonces, que se han escapado? - clamó el sultán.

- Porque un marinero los vio, y vino a traerme la noticia, pero yo estaba acostado y mientras me vestía...

- ¡Oh, oh, oh! ¡Te costará la cabeza haberte acostado tan a destiempo! ¡Guardias! ¡Guardias!

El edecán, al verse en peligro, desenvainó su alfanje y de un solo tajo rebanó la cabeza del tirano.

Cuando entraron los guardias vieron el cadáver del sultán y en vez de abalanzarse sobre su asesino prorrumpieron en gritos de júbilo, saliendo enseguida a dar la gratísima noticia al gran visir, que hizo salir por toda Constantinopla la banda de trompetas, con un heraldo al frente, para hacer pública la muerte del Gran Turco.

El pueblo, al enterarse de que la causa de la muerte de su tirano había sido indirectamente el médico cristiano, formó una gran manifestación de alegría, dando vivas al médico y al príncipe.

Un marinero llevó a palacio la noticia de que el barco en que se habían fugado Andana y la circasiana había embarrancado cerca de la costa.

Inmediatamente dio el heraldo la noticia al pueblo, formándose otra manifestación, con dos carros triunfales para recoger a los náufragos y pasearlos por las calles y plazas de la ciudad.

Cuando llegaron al barco se enteraron de que el médico no había huido con ellos, en vista de lo cual fueron a su casa y derribaron las puertas de la habitación.

El pobre médico, oyendo el tumulto, se hincó de rodillas y encomendó su alma a Dios, suplicándole que le concediera una muerte rápida y sin sufrimientos. Cuál no sería su alegría cuando vio entrar al príncipe y a la circasiana, seguidos de los más altos dignatarios de la corte, que daban vivas y más vivas al médico y al príncipe.

En triunfal procesión fueron conducidos todos a palacio, donde el nuevo gobierno les obsequió con un suculento banquete y luego les regaló un barco cargado de oro.

Embarcaron acto seguido nuestros héroes, llegando al cabo de pocas semanas al país del príncipe.

El rey Perico y la reina Mari-Castaña organizaron grandes fiestas para presentar la nueva princesa a la corte y poco más tarde se casaron Andana y la hermosa circasiana. Esta ayudó en lo sucesivo a su desmemoriado esposo a recordar todo lo que olvidaba.

En cuanto al médico, recibió un magnífico empleo en palacio y todos vivieron felices hasta que se murieron.

Y colorín colorado...

jueves, 18 de octubre de 2012

BARTOLO el gigante que no quería ser gigante

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Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando en esta tierra vivían todavía los gigantes. Bartolo era un gigante joven. Muy bueno y sociable, pero nadie quería ser amigo suyo.

¡Los gigantes son muy altos! ¡No entran en ningún sitio! ¡Y chocan con todo! Le decían los enanos.

¡Los gigantes solo sirven para hacer torpezas y perseguir a los niños! Le decían los elfos.

¡Los gigantes asustan a la gente y aplastan a las flores con sus pies inmensos! Le recriminaban las hadas.

Todos al verlo acercarse huían corriendo por miedo a que los aplastase.

Entonces Bartolo que nunca perseguía niños y era muy cuidadoso, se ponía triste y pensaba que los gigantes no servían para nada.

Los enanos trabajan cuidando las piedras de la tierra, las hadas protegen los bosques y los lagos, los elfos cuidan los puertos y los árboles, solo los gigantes ocupan espacio sin hacer nada, sollozaba.

Así lo encontró Encanta, una giganta muy vieja que vivía en una cueva.

— ¿Por qué lloras de ese modo?— le preguntó intrigada.

— ¡Por que ya no quiero ser gigante!

— ¿Y eso por qué?

Bartolo pensó que la anciana se burlaba, pero al ver los dulces ojos con que lo miraba decidió contarle el motivo de su pena. Le dijo que nadie quería ser amigo suyo pues temían que los aplastara. La tierra retumbaba a su paso, y él no sabía hacer nada.

—Ajá… ¿Eso crees? Entonces debes ir a ver al Mago de las Formas.

Como Bartolo no sabía dónde encontrarlo, la anciana le indicó que caminara para el lado donde nacía el sol, hasta llegar a la cueva dorada dónde vivía el Mago.

Bartolo le agradeció y se puso en camino de inmediato.

Estaba tan contento que no le importaba lo largo del camino. Pero después de unas horas sintió hambre y se reprochó la torpeza de no llevar comida. Estaba a punto de comerse una oveja perdida cuando escuchó unos gritos terribles. Miró a un lado y al otro y descubrió, un poco más lejos, una cinta burbujeante que arrastraba casas, animales, hombres, mujeres y niños, todos chillando aterrados. Bartolo se acercó y comprendió que no era una cinta, era un río que había roto el dique e inundaba el pueblito. Compadecido puso el dedo gordo en el agujero y de inmediato el agua dejó de correr. Todos gritaban de alegría felicitando al salvador. Tan contento estaba el gigante que con la otra mano buscó piedras y en un santiamén arregló el viejo dique.

La gente no cesaba de darle las gracias. ¡Bartolo nunca había sido tan feliz! Pensó que quizás podía hacer algo más por esa gente que había perdido todo y sin dudarlo fue a buscar troncos y piedras para arreglar las viviendas rotas.

Gracias a él, en pocas horas el pueblo estuvo como nuevo y esa noche decidieron hacer una gran fiesta en honor al gigante que los había salvado. Todos le obsequiaban con algo: unos con pan fresco, otros con jugo, otros con carne asada. Las mujeres le ofrecían deliciosos guisos y exquisitos postres y los niños le hicieron una corona de flores.

La fiesta duró tres días y hasta Barolo cantó con su voz gruesa y bailó poquito para que no se quejara la tierra. Al tercer día se despidió.

— ¡Quédate con nosotros!— le decían

Y a punto estuvo de quedarse, pero no entraba en ninguna casa ni le alcanzaba a tapar ninguna manta.

Luego de varios días de marcha Bartolo llegó a una empinada ladera. Estaba por subirla cuando escuchó una vocecita desesperada.

— ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!

Un viejo labrador iba subiendo despacio unas pesadas piedras

— ¿Dónde vas con eso a cuestas?— le preguntó Bartolo.

—Llevo estas piedras arriba para arreglar mi corral— le contestó el anciano algo asustado al ver al gigante.

—Te ayudaré— y antes que el anciano contestase Bartolo cargó las piedras en sus bolsillos, al hombre sobre su hombro y en unas zancadas llegó a la cuesta.

Enseguida armó un hermoso corral y puso adentro a los animales.

—Ya no escaparan— dijo satisfecho.

Tan agradecido estaba el hombre que lo invitó su casa. Pero Bartolo no podía entrar ni por la puerta de adelante ni por la puerta de atrás.

—Sólo dame de beber— le dijo al hombre.

Pero claro para un gigante no alcanzaba un vaso, bebió de un trago cuatro toneles de agua y luego volvió a llenarlos.

—Puedes hacerte una casa grande junto a la mía y ayudarme cuando se me pierdan los animales— le dijo el hombre.

Bartolo le agradeció pero decidió seguir su camino.

Poco después le detuvo otro grito, pero ahora venía del cielo. Bartolo miró y descubrió a una nube joven que se había enganchado en la punta de un pino.

Con mucho cuidado la desenganchó.

— ¡Muchas gracias! — Le dijo la nube —Llámame cuando necesites mi ayuda y allí iré.

Estaba Bartolo casi por llegar al sitio donde nace el sol cuando lo sorprendió el quejido de un bosque. Todos los animales corrían desesperados en dirección contraria a la de él.

— ¿Qué pasa?— preguntó a un conejo.

— ¡Que desgracia, qué desgracia! ¡Han prendido fuego al bosque y nos quedamos sin casa!— contestó el conejo sin dejar de correr.

Bartolo sintió pena por los árboles que no podían correr y pensó cómo podía apagar el fuego. Se acordó de su amiga nube y la llamó. Nube llegó presurosa junto a toda su familia y en un dos por tres apagaron el fuego. Todos los animales regresaron gritando hurras al salvador. Bartolo se puso colorado de emoción. Por mucho que lo invitaron a quedarse dijo que no.

Al salir del bosque se encontró el anciano más viejo del mundo.

— ¿Adónde vas?— le gritó

—Voy en busca del Mago de las Formas— contestó Bartolo.

— ¿Para qué lo buscas?— le preguntó el hombre

—Ya no quiero ser un gigante. Los gigantes no servimos para nada— le dijo Bartolo.

— ¿Seguro?— preguntó el viejo mirándolo fijo.

Entonces Bartolo recordó todo lo que había hecho y pensó que sin su tamaño y su fuerza el dique seguiría roto, el anciano nunca hubiese tenido su corral, la pequeña nube seguiría enganchada y el bosque sería pura ceniza.

Una enorme sonrisa le llenó el rostro. Se despidió del anciano y decidió convertirse en caminante pues seguro en algún sitio necesitaban sus servicios.

©Ana Cuevas Unamuno

domingo, 16 de septiembre de 2012

El baile de las sombras

Un cuento de Gustavo Roldán

 

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—Quiero pelear, dragón —dijo la dragona.

El dragón no contestó nada. Simplemente voló, convertido en mariposa.

—Las golondrinas pueden comer una mariposa —dijo la dragona, y voló convertida en una golondrina.

Golondrina y mariposa subieron y subieron, y cuando la golondrina ya casi mordía el ala de la mariposa, la mariposa se convirtió en halcón.

—Los halcones pueden comerse a una golondrina —dijo el dragón.

—Las golondrinas vuelan más rápido —dijo la golondrina haciendo un giro en el aire y colocándose encima del halcón para picotearle la cabeza.

El halcón se lanzó en una violentísima caída y se metió entre las ramas de un árbol.

La golondrina bajó hasta el árbol, pero allí no había ningún halcón.

—Te escondiste, dragón —dijo la golondrina—. Igual te voy a encontrar.

La dragona miró rama por rama, buscando alguna oruga que pudiese ser el dragón. Miró rama por rama, y no se dio cuenta de que una rama se movía y se acercaba lentamente hacia ella. Cuando vio a la serpiente abriendo su enorme boca ya era tarde para escapar.

Y la serpiente mordió, pero mordió la cáscara de una tortuga. La tortuga se convirtió en ratón y saltó al suelo. La serpiente se convirtió en un águila que voló hacia el ratón, pero cuando llegó al suelo casi choca con un jabalí de inmensos colmillos.

Un jabalí es demasiado para un águila, no para el puma que rugió mientras saltaba.

El salto del puma terminó en el aire vacío. Allí no había nada. Nada más que una hormiga que se metía rápidamente en un profundo agujerito del tamaño de una hormiga.

—Para una hormiga, nada mejor que un oso hormiguero —dijo el puma que ya no era puma sino oso hormiguero, mientras metía su larguísima lengua buscando a la hormiga.

Y la encontró, y la hormiga salió pegada en la lengua del oso hormiguero.

—Me ganaste, dragón —dijo la hormiga convirtiéndose otra vez en dragona—, y ahora me puedo comer a un oso hormiguero que debe ser muy sabroso.

Pero el dragón otra vez era dragón.

—Bueno, basta —dijo el dragón—. Me cansé de pelear.

—Fue divertido —dijo la dragona—. Te viste en apuros más de una vez.

—Bah, lo hice para dejarte contenta, pura amabilidad de mi parte.

—¿Sí? —dijo la dragona—. Lo que pasa es que no te gusta perder.

—Dragona, me estás provocando. No me queda más remedio que invitarte al baile de las sombras.

—Eso me gusta más. Bailemos, dragón, bailemos el baile de las sombras.

Y los dos dragones se elevaron mirando sus sombras. Las sombras eran enormes y llenaban de oscuridad la tierra. Subieron y subieron, hasta que sus sombras en el suelo se veían apenas del tamaño de las sombras de una paloma.

Entonces giraron en el aire y las sombras giraron en la tierra, moviéndose muy lentamente. Y se juntaron los dragones en el aire y se juntaron las sombras en la tierra. Y juntaron las cabezas y en la tierra apareció la sombra de una mariposa. Y juntaron ala con ala, cola con cola, un ala sobre otra ala, y en la tierra fueron apareciendo diferentes figuras de animales conocidos y de animales desconocidos. Y bailaron el baile de las sombras hasta que el sol dejó de alumbrar desde arriba, porque el baile de las sombras sólo se puede bailar cuando el sol está en lo más alto del cielo.

Cuando bajaron, todo el campo estaba cubierto de flores. Tal vez porque el baile de una pareja de dragones, necesariamente, tiene que hacer que todo el mundo se llene de flores.

Textos extraídos, con autorización de su autor y sus editores, del libro Dragón (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997) en Imaginaria

miércoles, 29 de agosto de 2012

Los zapatos voladores

Cuento de hada Argentino

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Cierta vez, en el reino del cacique Calfucir, durante la dominación india de los territorios de América, el influyente soberano de la gran tribu de los tehuelches, que se extendía en todo el Sur de la hoy República Argentina, tuvo graves desavenencias con otro jefe llamado Rayén, que ejercía su autoridad en aquel tiempo, sobre los grupos aborígenes araucanos, que poblaban el lado occidental de la cordillera de los Andes, hoy República de Chile.

Motivó la situación de odio mortal entre los dos grandes caudillos el que Rayén, en un viaje de cortesía que efectuó por la pampa, se enamoró locamente de la princesa Ocrida, hija de Calfucir.

- ¡Dámela por mujer! -había suplicado Rayén al soberano tehuelche.

- ¡Nunca! -respondió el anciano monarca blandiendo su enorme lanza de combate.- Ocrida se casará con un joven de su raza y no con un araucano enemigo de los indios pampas.

Rayén, ante esta contestación arrogante y desafiadora, se retiró a sus tierras lleno de rencor y con propósitos de venganza; y convocando al Consejo de Ancianos de sus vastos dominios, resolvió reunir un poderoso ejército e invadir las grandes llanuras, dominio del padre de la hermosa Ocrida.

A las pocas lunas, ya que de esta manera los aborígenes medían el tiempo, millares de araucanos iniciaron la marcha, para cruzar las elevadas cumbres de la cordillera de los Andes, lo que lograron después de múltiples peligros, al transponer las enormes montañas, pasando ríos caudalosos, cimas casi inaccesibles y senderos interrumpidos por las rocas y rodeados de abismos.

Una tarde, cuando el sol ya se ponía por el lejano horizonte, las huestes de Rayén se lanzaron como un huracán sobre la pampa, y sorprendieron a las tribus de Calfucir, las que nunca pudieron imaginar que los araucanos intentaran la temeraria empresa de atravesar las monumentales cumbres andinas.

La batalla fue de corta duración, y aunque los tehuelches presentaron una tenaz resistencia, fueron vencidos por los hombres del país de Arauco, que después de dar muerte a muchos guerreros, raptaron a la hija de Calfucir, la bella Ocrida, para entregarla a su jefe el bravo Rayén.

La infeliz princesa, acomodada en un improvisado palanquín fue conducida al lejano país de su raptor por los accidentados caminos que cruzan los nevados picachos. El viaje duró varias lunas, ya que en esos días había dado comienzo el invierno y caído sobre la cordillera tan enorme cantidad de nieve que, al obstruir las sendas, dificultaba la lenta marcha de la comitiva.

Rayén recibió la noticia con muestras de la mayor alegría y ordenó inmediatamente se festejara la gran victoria obtenida sobre los hombres de la llanura y el rapto de la mujer a quien tanto quería, a la que pensaba hacer su esposa cuando las flores de la araucaria, el árbol sagrado, cubrieran de blanco los caminos de su reino.

Por supuesto, la desgraciada prisionera lloraba angustiada, al recordar su lejana patria, sus vastas pampas y el amor de su padre que, apenado, lamentaría su involuntaria ausencia.

A todo esto, el soberano de los tehuelches, desesperado no sólo por la derrota sufrida sino por la pérdida de su hija, no sabía qué decisión adoptar en venganza del agravio y pasaba los días encerrado en su toldo, triste y meditabundo, pensando en el mal destino que la suerte había deparado a su querida Ocrida.

- ¡Ya no la veré más! -gritaba sin consuelo.­ ¡Pobre hijita mía! ¡Mil veces preferiría su muerte, a su vida en manos del odiado Rayén!

Los ancianos de la tribu estaban también desconcertados, al no hallar el medio de rescatar a la niña, pues sus ejércitos eran impotentes para luchar contra las aguerridas fuerzas araucanas que defendían los difíciles pasos de la gran cordillera.

Como una última esperanza, el rey Calfucir dictó una proclama que hizo pregonar hasta en los más lejanos puntos de su reino, por la que ofrecía la mano de la bella Ocrida y gran parte del país, al valiente que consiguiera restituirle la dolorida cautiva.

Muchos jóvenes tehuelches intentaron llegar a las tierras de Arauco en procura de la princesa, pero fueron descubiertos y muertos por los centinelas de Rayén que vigilaban noche y día los caminos de la montaña.

En el tiempo de este suceso y en una apartada región de la pampa, sobre el caudaloso río Colorado, vivía un pastor de guanacos llamado Catiel, quien al escuchar de boca de los pregoneros del cacique los deseos de éste y el premio a tan magna aventura, se propuso intentar el fantástico viaje, encaminándose a las tolderías de Calfucir para ofrecer sus servicios.

- ¡Aquí estoy majestad! -dijo el valiente Catiel, arrodillándose ante su señor.- ¡Yo procuraré traer la tranquilidad y la alegría a la nación Tehuelche, rescatando a la hermosa Ocrida de manos del sanguinario y cruel Rayén!

- ¡Hijo mío -contestó el dolorido cacique,- si consiguieras ese milagro, serías mi súbdito predilecto y el feliz esposo de mi desdichada hija!

Catiel, sin temor ni vacilaciones inició la empresa y después de varias lunas llegó hasta los primeros pasos de la enorme cordillera, casi sobre las fronteras de su país con la tierra de los araucanos.

¡Pero... allí comenzaron las grandes dificultades! El macizo andino estaba cubierto de nieve y sus difíciles sendas eran intransitables para la planta humana, no sólo por las crueldades del invierno, sino por los miles de guerreros que, muy alerta, vigilaban la peligrosa línea divisoria.

Una y otra vez, el denodado Catiel intentó subir a las cumbres y siempre se halló detenido por el terrible frío y las flechas de los soldados araucanos, que silbaban trágicamente sobre su cabeza.

Cansado un día de pretender en vano la extraordinaria aventura, se sentó sobre una piedra y bajó la cabeza abrumado y vencido, lamentando no poder cumplir el juramento hecho a su rey, cuando, de manera inesperada, se presentó frente a él una viejecita india, arrugada como una pasa, que con voz clara y firme le dijo:

- ¡Valiente Catiel! ¡Hijo predilecto del país de los tehuelches! ¡Sé tus pesares y tus anhelos y comprendo que sólo la muerte será el premio a tus inútiles esfuerzos para cruzar la gran cordillera! ¡Los araucanos vigilan y te matarán! ¡El hondo de las montañas será tu sepulcro si prosigue la lucha!

- ¿Qué he de hacer entonces? -preguntó el decidido muchacho a la anciana hechicera.

- ¡Nada podrás, sin mí! -repuso ésta.

- ¿Quieres ayudarme? -suplicó de nuevo el mozo, mirando con ojos de duda a la centenaria mujer.

- ¡Sí! ¡Yo te ayudaré y podrás traer a la pampa a la hermosa Ocrida, ya que lo mereces por tu valor y tu decisión!

- Pero... ¿cómo? ¡Los pasos de la montaña están cerrados por la nieve y los soldados araucanos los guardan!

- Hay un medio -respondió sonriente, la hechicera. Y luego, señalando a un cóndor que en aquel instante volaba sobre ellos, continuó.- ¡Podrás llegar al país de Arauco volando como esa ave que ahora cruza sobre nosotros!

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- ¿Volando como el cóndor? ¡Tú estás loca!

- Loco es quien no cree en mí poder -contestó la mujer.

- ¡Dime el medio!

- Yo lo tengo, ya que poseo la fuerza del viento, el calor del sol y la grandeza de las cumbres. -Y diciendo esto, hizo un signo misterioso con la mano derecha y por arte de encantamiento aparecieron junto al asombrado Catiel, unos zapatos de cuero de guanaco, llamados usutas.

- ¿Qué es esto? -exclamó aterrorizado el muchacho.

- ¡Son tus alas! -contestó la vieja.

- ¿Mis alas? ¡No lo comprendo!

- ¡Escucha! ¡Las cumbres están nevadas y los guerreros araucanos te aguardan para matarte en los pasos de la montaña! ¡Tienes un solo medio para llegar a donde está la infeliz cautiva! ¡volando! ¡Estos zapatos, una vez puestos, te elevarán sobre los hombres y la tierra, como si fueses un cóndor y así, burlarás la vigilancia de los soldados y podrás rescatar a la pobrecita Ocrida!

Esto diciendo, la misteriosa viejecita desapareció tan súbitamente como había llegado y el valiente Catiel quedó mudo de asombro contemplando los usutas que estaban próximos a sus pies.

- ¡Lo intentaré! -exclamó, y acto seguido se calzó los zapatos.

No bien terminó de atárselos a los tobillos, cuando sucedió lo inesperado. Como impulsado por una enérgica fuerza invisible, comenzó a elevarse con rapidez fulmínea y luego de unos pequeños giros, como los que para orientarse describen las palomos, inició su marcha por sobre la cordillera hacia el temido país de Arauco.

- ¡Esto es maravilloso! -exclamaba Catiel en el colmo del estupor.

El viaje fue de pocos minutos; muy pronto estuvo a la vista de la corte del reino de Rayén, que claramente se distinguía a la luz de una gran luna que parecía de plata.

Catiel preparó sus armas cuando los usutas iniciaron el descenso y antes de que lo pudiera pensar, ya estaba sobre el negro castillo del monarca, que se elevaba majestuoso sobre unas grandes moles de piedra rojiza.

Como es lógico, la entrada le fue muy fácil, al descender sobre los techos de la morada y luego, cerciorado de que nadie le había visto, inició sus trabajos para dar con el paradero de la hermosa cautiva.

Bien pronto, el llanto y los suspiros de una mujer, que se oían por una ventana pequeña, le indicó el lugar donde estaba encerrada Ocrida y entrando audazmente en la lujosa residencia, se encontró con la morena princesa que sollozaba sin consuelo por su triste soledad.

- ¡Ocrida! -gritó Catiel cayendo de rodillas ante la apenada muchacha.- ¡Me manda tu padre, el cacique Calfucir para que te lleve a las lejanas tierras de la pampa!

La prisionera, loca de alegría, casi no daba crédito a lo que escuchaba y veía y presa de una invencible pasión, se echó en brazos de su joven salvador, cubriéndolo de besos.

Fácil fue para el valiente Catiel el regreso. Tomó a Ocrida de la cintura suavemente y dijo: - ¡Vamos!

Los zapatos maravillosos elevaron a la pareja por encima de la ciudad en silencio, y tomando de nuevo el camino de los cielos, en muy poco tiempo llegaron a las tolderías del dolorido soberano de las pampas que aun lloraba la pérdida de su querida hija.

El entusiasmo fue imponderable y Calfucir ordenó se celebrasen grandes fiestas en homenaje del salvador de la bella cautivo, las que se realizaron en toda la vasta extensión de la pampa, desde el Río de Agua Dulce, que más tarde se llamó Río de la Plata, hasta las desiertas regiones de la Patagonia.

De más está decir que Catiel se casó con la divina Ocrida y así consiguió la felicidad, por la ayuda milagrosa de la viejecita india que, en tan buen momento, le había obsequiado con los zapatos voladores.

sábado, 18 de agosto de 2012

EL ORIGEN DEL PUERCOESPÍN

 

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Antes... ¡Hace mucho, mucho tiempo, antes del tiempo!. Cuentan que en una región de montes, vivían entre otros pueblos el pueblo de los Puer.

Era este un pueblo agresivo, que siempre andaba molestando a sus pacíficos vecinos. Si algún Puer, veía a un mono jugando o saltando de rama en rama, ahí iba el Puer a sacudirle la rama para que se cayera.

Si un distraído pájaro se posaba cerca de un Puer, este de inmediato lo atrapaba divirtiéndose en arrancarle las plumas.

Los Puer entre todas las cosas de la que más disfrutaban era de su gran agilidad. Podían correr más aprisa que las liebres a las que perseguían hasta sujetarlas por las orejas. Podían saltar y trepar con más habilidad que las ardillas, a las que atrapaban sujetando por las colas y gozaban haciéndolas girar. Podían bajar rodando por las laderas de los montes y aparecer de improviso en cualquier sitio. ¡Nada ni nadie podía detenerlos!

Cansados de ser todo el tiempo molestados, los vecinos se unieron para buscarle una solución al problema. Después de dar vueltas y vueltas al asunto y al ver sus reuniones interrumpidas una y otra vez por los fastidiosos Puer, que les lastimaban tirándoles espinas de cactus con sus cerbatanas, decidieron enviar tres mensajeros a casa de las Señora de las Formas.

La Señora de las Formas era una viejísima señora, que según se decía vivía en el centro de la tierra desde los comienzos del mundo. Allá fueron en su busca, los tres mensajeros: una niña, un mono y una lechuza.

Cuándo luego de mucho andar finalmente hallaron a la Señora de las Formas, le dijeron entre súplicas y ruegos

—Gran Señora, ¡los Puer molestan a los animales y a nosotros por igual!— dijo la niña

—Hieren, lastiman y a nadie dejan vivir en paz— agregó el mono

—Todos huimos al verlos, ya nadie quiere encontrarse con ellos — agregó la lechuza

Muy atenta los escuchó y largo tiempo guardó silencio. Cuando los mensajeros viendo que nada decía, comenzaban a despedirse, ella sonrió y se transformó en una hermosa mariposa, al tiempo que decía

—Vayamos y veamos.

Así disfrazada regresó con los mensajeros. Cuándo estaban llegando un grupo de Puer les salió al encuentro.

—Aquí están nuestros queridos mensajeros— exclamaron rodeándolos.

—¡Oh, que pena!. ¿Las Señora de las Formas no ha querido recibirlos?— se burló uno tirando de la cola del mono

—Seguramente no la han visto, se han fatigado antes de llegar—

—¡Mirad, Mirad quien les ha escuchado! — rió un tercero sujetando de un salto a la mariposa que en vano intentó escapar.

Ignorando los gritos y las súplicas de los mensajeros, los Puer quisieron mirar a la mariposa, tironeando de sus alas peleando cada uno por quedársela.

De tanto tirar desprendieron las alas del cuerpo y en ese preciso momento una nube oscura se elevó ante ellos. Tan fuerte fue el sonido con que la Señora furiosa los maldijo, que todas las hojas de los árboles temblaron en las ramas.

—¡Todo lo lastimáis, todo lo destrozáis, desde ahora y para siempre llevaréis en las espaldas las afiladas espinas de vuestro cruel corazón!.

La nube, tan repentinamente como había surgido, desapareció. Los mensajeros aterrados huyeron. Los Puer, después de un rato al ver que nada sucedía, rieron nerviosos y regresaron contentos saltando y gritando a sus casas.

Al día siguiente en la aldea más cercana al poblado de los Puer, los habitantes oyeron gritar a un niño

—¡Vengan!. ¡Vengan!. ¡Miren que extraños animales!

Todos corrieron curiosos a ver lo que el niño señalaba. Delante de ellos estaban reunidas unas extrañísimas criaturas de patas cortas y espaldas cubiertas de afiladas púas.

—¿Qué son?. ¿Quiénes son?— preguntaron asombrados los aldeanos

—¿No nos reconocen?. ¡Somos los Puer! — gimieron acongojados los animalitos

—¿Un Puer con púas y patas cortas? ¡Embusteros!. Conocemos bien a los Puer y nos son como ustedes.

—¡Lo somos!. ¡Somos nosotros!. ¡Somos los Puer maldecidos con estas espinas! — sollozaron

—¡Eso es!. ¡Eso es!— rió la lechuza sabia revoloteando sobre las feas criaturas — Han recibido por fin merecido castigo. Ya no son más Puer, Puercoespín desde hoy los llamaremos.

Todos comprendieron al oír a la lechuza, incluso los Puer condenados ahora a cargar con las señales de sus pasadas acciones, quienes desde entonces y hasta hoy han de avanzar con cautela para no quedar atrapados a causa de sus espinas y es por ellas que nadie se les acerca. Ni siquiera los cazadores les cazan pues afirman que su carne es muy amarga.

Esta es una de las historias que cuentan sobre el origen del puercoespín

©Ana Cuevas Unamuno

martes, 7 de agosto de 2012

AAAAAAAAAA

Un cuento de Leo Masliah

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La madre del monstruo estaba ahí, con la cuchilla contra el pescuezo de su hijo, tratando de pensar con claridad. Lo había maniatado tomándolo por sorpresa mientras dormía, y no sabia si matarlo o prolongar su miserable y nociva existencia por unos años mas, hasta que las tensiones musculares originadas en su propia deformidad acabaran por despedazarlo.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó, como para despejar su mente de disquisiciones superfluas.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó también el monstruo, aterrorizado ante la presión de la hoja de acero contra su garganta.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó la madre, tratando de ahuyentar el impulso de cortar ese cuello sin más demora. La tentación era fuerte, pero no podía ceder ante ella así como así, sin estar completamente segura de que estaría haciendo lo correcto.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el monstruo, para atemorizar a su agresora.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó ella, mostrándole que no era fácil de intimidar.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, agobiado por la impotencia. Cuatro vueltas de alambre de púa mantenía sus piernas y sus brazos fijos las unas contra los otros.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó la madre, queriendo infundirse ánimos para asestar la puñalada fatal.

-¡AAAAAAAAAA! – grito el monstruo, tratando de impostar la voz y de imprimirle vibrato, como para apelar a la sensibilidad musical de la mamá.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó esta, queriendo acallarlo.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, sumido en la desesperación de no saber ya que hacer.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó ella, para ver si repitiendo lo que decía su hijo podía entenderlo mejor.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, pensando que si hasta ahora el gritar así lo había mantenido a salvo del avance de la cuchilla, lo mejor que podía hacer era seguir gritando.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó ella, sin razón aparente, y quizá solo porque era su turno.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, y este grito sonó como una amenaza de que la próxima vez gritaría mas fuerte.

Bien niños, eso es todo por hoy. Mañana estudiaremos la letra "b".

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lunes, 30 de julio de 2012

El Sapo de Río y la Caracola de Mar

Un cuento de Samy Bayala

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En el lugar más lindo del mapa había un río.

Un río que corría feliz entre las piedras; un río azul o celeste y a veces verde.

Nunca se sabía de qué color iba a estar el río al día siguiente, ni siquiera se podía saber a ciencia cierta de qué color iba a estar dentro de dos horas; porque eso dependía del sol y el sol es un poco caprichoso.

A veces iluminaba las aguas más de un lado que del otro y a veces más del otro que de éste, entonces el río parecía un tigre lleno de rayas de diferentes colores, que se estiraban para todos lados.

En el río azul, celeste o verde (como más les guste) vivía un sapo que de tantos años de vivir en el mismo lugar, se había hecho amigo de casi todos sus vecinos.

Entre ellos estaban las tres hormigas Negra, Negrusa y Negrona (que habían hecho su casa abajo de una planta grande); la lagartija Juana (a la que una vez alguien le cortó la cola pero que por suerte le volvió a crecer después que la puso en remojo) y algunos pájaros que cantaban mientras el agua azul, celeste y verde corría hacia quién sabe dónde.

Una tarde el sapo se había subido a un tronco que flotaba en el agua y cantaba feliz, porque había llegado la primavera.

—Las mariposas vuelan, el sol se levanta alegre,

los pajaritos cantan, la lluvia así se espanta...

Tan distraído estaba con su canción que no se dio cuenta que el río corría como siempre y el tronco corría también.

—Los gusanitos bailan, las flores se despiertan

los pececitos saltan, la lluvia así se espanta...

De pronto, al pasar cerca de unas piedras que formaban una cascada, el río tomó mucha velocidad y el sapo asustado dejó de cantar y se agarró fuerte de la única rama que tenía el tronco.

—¡Ay! ¡Aya ayaaaa! —comenzó a gritar.

Pero nadie lo oía porque él ya estaba muy lejos de su casa.

Un gigante enorme lo envolvió entre sus brazos y en menos que canta un gallo, lo tiró muy lejos.

Sapo de Río cerró los ojos bien fuerte porque no quería ver y plín, purupúm, plón, cayó sobre la tierra dando un fuerte golpe.

Mientras el sapo veía todas las estrellas del cielo juntas oyó una voz a sus espaldas.

—¿Pero qué es esto que ven mis ojos?

—¡Por favor, por favor señor gigante no me coma! Mire que soy tan chiquito que no le voy a servir para nada —dijo el sapo sin abrir ni un poco así los ojos.

—Pero yo no te voy a comer porque no como sapos y además ¿de qué gigante estás hablando? Yo no veo ninguno cerca —dijo la voz.

El sapito tomó coraje y espió un poco para ver qué pasaba.

Estaba sentado sobre un montón de arena y frente a él bailaban dos palmeras al ritmo del viento.

Entonces se animó y abrió los ojos del todo para mirar mejor.

La que hablaba era una caracola, y al sapo le pareció muy hermosa; su cuerpo era de un color rosa suave, tan suave que parecía transparente y sus ojos brillaban como dos piedras lustradas.

—Yo soy Caracola de Mar, ¿y vos?

—Yo soy Sapo de Río para lo que guste mandar —dijo el sapo que al fin de cuentas era un caballero.

De pronto el sapo recordó cómo había llegado hasta ese lugar.

—¿Y el gigante adónde se escondió?

—¡Y dale con el gigante! ¿Pero de qué gigante hablás?

—Hablo de ése que me agarró por atrás sin darme tiempo a nada, parecía todo de agua y con brazos de espuma.

La caracola empezó a reír y su risa parecía una campanita.

Con su voz dulce, le contó a Sapo de Río que estaban en la orilla del mar y que seguro una ola traviesa lo había empujado hasta tirarlo sobre la arena.

Durante el resto del día, la caracola y el sapo charlaron sin parar.

Al sapo le costaba entender que por haber navegado y navegado sobre un río había llegado al mar, pero la caracola miraba a lo lejos y repetía:

—Todos los ríos van al mar...

Entonces él, para no llevar la contra, decía:

—Es verdad... —y dejaba escapar un suspiro para que su respuesta pareciera más interesante.

Después de un rato de caminar y charlar, la caracola le dijo al sapito que por qué no se quedaba unos días y el sapo pensó que unas vacaciones no le hacen mal a nadie, entonces aceptó la invitación.

Al día siguiente, mientras paseaban por la playa, la caracola le presentó algunos amigos.

Así fue como Sapo de Río conoció a la Señora Roca de Arena que se deshacía de amor por el viento; a la estrellita de mar Miricundis, que venía de una familia muy refinada y a los hermanos Tolomeo y Cucusleto, que eran hipocampos o para hacerla más fácil, caballitos de mar.

A Sapo de Río le causaba mucha risa hablar con ellos, porque ante cualquier pregunta contestaban a coro:

—Veremos, veremos, después lo sabremos.

Entonces el sapo, a propósito, se la pasaba pregunta que te pregunta.

—Hoy el sol ¿saldrá por la derecha o por la izquierda?

—Veremos, veremos, después lo sabremos...

—¿La lluvia caerá de arriba para abajo o de abajo para arriba?

—Veremos, veremos, después lo sabremos...

Y así Sapo de Río y Caracola de Mar se reían a carcajadas.

Pero un día pasó lo que en algún momento tenía que pasar.

El sol no salió ni por la derecha ni por la izquierda, ni de arriba para abajo ni de abajo para arriba.

Entonces el cielo se puso gris, la arena más húmeda que nunca y el viento resopló sin parar.

Después, con un solo relámpago y sin pedir permiso, apareció la lluvia.

Sapo de Río y Caracola de Mar se refugiaron atrás de una piedra grande y pusieron sobre sus cabezas una hoja de palmera que habían encontrado en la playa.

Algo raro pasaba, porque ninguno de los dos hablaba; parecía que el viento se había llevado todas las palabras muy lejos.

De pronto el sapo sintió unas cosquillas en su pecho, cerca del corazón, y sin pensarlo dos veces empezó a tararear:

—Las mariposas vuelan, el sol se levanta alegre,

los pajaritos cantan, la lluvia así se espanta...

Pero no pudo seguir cantando porque un nudito le apretaba la garganta. Para disimular dejó escapar un suspiro.

—Ah... qué será de mis amigas Negra, Negrusa y Negrona. ¿Habrán terminado por fin su casa?

—Parece que va a seguir lloviendo —contestó la caracola mirando cómo el mar y el cielo se abrazaban.

—Ah... —volvió a decir el sapo—. ¿Cómo estará la lagartija Juana? ¿Le habrá crecido la cola lo suficiente?

—Tal vez salga el arco iris... —dijo la caracola—. Me encanta el arco iris...

—Ah —suspiró más fuerte el sapo—. ¿De qué color estará hoy mi río, azul, celeste o verde?

Esta vez la caracola no pudo responder porque las palabras se le habían hecho un ovillo adentro de la boca.

Los que saben dicen que cuando llueve el mar se pone triste y contagia su tristeza al que lo mira.

¿Sería por eso que la caracola tenía ganas de llorar?

Después de uno o dos días, la lluvia se fue sin hacer ruido y Sapo de Río decidió que ya era hora de volver a su casa.

A la caracola le costó un poco entender esta decisión, pero lo pensó y se dio cuenta que extrañar es una cosa seria, así que fue ella misma la que habló con la Ballena Tita, para que llevara al sapito de regreso a su casa.

El día de la partida, todos estaban en la playa.

La estrella de Mar Miricundis agitaba en el aire un pañuelo blanco con puntilla de algas.

La señora Roca de Arena hacía fuerza para no soltar ni una lágrima porque a ella las despedidas la hacían llorar y si lloraba se deshacía y si se deshacía estaba lista.

Y los hermanos Tolomeo y Cucusleto que casi llegan tarde porque la corriente los empujaba para otro lado.

—Bueno llegó la hora de irme —dijo Sapo de Río.

—Te voy a extrañar —dijo la caracola poniéndose colorada.

—Yo también te voy a extrañar, espero que algún día puedas conocer mi río; no sabés lo lindo que es, con flores en la orilla y muchos árboles alrededor.

La Ballena Tita hizo sonar el silbato que anunciaba la partida.

—Bueno, adiós —dijo el sapo.

—¡Adiós y buen viaje! —dijo la caracola agitando su manito en el aire.

Plif, ploff, plaff, la ballena se fue hacia las aguas profundas, con el Sapo de Río a cuestas.

—¿Nos volveremos a ver? —alcanzó a preguntar el sapo mientras la ballena nadaba entre las olas.

—Veremos, veremos, después lo sabremos —gritaron Tolomeo y Cucusleto.

Entonces todos se rieron a carcajadas, y el mar se puso contento porque, dicen los que saben, que la felicidad también es contagiosa.

miércoles, 25 de julio de 2012

LA CASA ENCANTADA

Cuento Anónimo.

Casa-Embrujada

Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.

Pocas semanas más tarde, la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.

__ Espéreme un momento ― suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.

__ Dígame ― dijo ella, ― ¿ se vende esta casa?

__ Sí ― respondió el hombre ―, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!

__ Un fantasma ― repitió la muchacha ―. Santo Dios, ¿y quién es?

__ Usted ― dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.

miércoles, 18 de julio de 2012

La apuesta

 

un Cuento de Misiones adaptado por Paulina Martínez

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Si lo quieren escuchar

   

Si lo quieren leer
Un día la lechuza y el mono descubrieron sus costumbres.
El mono se rascaba continuamente por todo el cuerpo y la lechuza movía la cabeza para un costado y para el otro sin parar. Esto les provocó tanta risa que comenzaron a burlarse el uno del otro.
—Ja, ja, ja; tenga cuidado don Mono, no sea cosa que se le gasten las uñas —se burlaba la lechuza.
—Mejor cuídese usted, doña Lechuza —decía el mono—; cualquier día de estos se le cae la cabeza de tanto dar vueltas y los vecinos van a comentar.
—¿Y qué van a comentar los vecinos?, si se puede saber.
—Miren a doña Lechuza, no tiene cabeza.
Burla va, burla viene, al fin terminaban peleándose y cada uno se retiraba a su casa de mal humor. Sin embargo, al otro día, volvían a trabarse en una nueva discusión y los animales de la selva se preguntaban cuándo terminaría todo esto ya que estaban cansados de oírlos pelear.
Así pasó el tiempo, hasta que un día resolvieron hacer una apuesta. Se trataba de comprobar quién aguanta más, si el mono sin rascarse o la lechuza sin mover la cabeza.
Invitaron a todos los animales a presenciar el desafío. Una comadreja y un tucán serían los jueces.
El día fijado se acomodaron todos en un claro de la selva formando un círculo y, en el medio, el mono y la lechuza se pararon frente a frente.
El tucán dio la orden de empezar y el mono y la lechuza se miraron fijamente tratando de no moverse; así pasaron un buen rato.
Al fin el mono, no pudiendo aguantar más la picazón, dijo a la lechuza:
—Si viene un ladrón, yo saco un revólver... ¡y ahí viene uno! —gritó y aprovechó para rascarse mientras hacía el ademán de sacar el revólver.
—¡Yo ya lo estoy viendo! —gritó la lechuza que no quiso perder la oportunidad para mover la cabeza.
—¡Y los dos están perdiendo! —gritó el tucán.
Esto les causó tanta gracia a los animales que estaban presenciando la apuesta, que comenzaron a revolcarse por el suelo, muertos de risa.
Por supuesto el mono y la lechuza perdieron.
Tomado prestado de: Cuentos y leyendas de Argentina y América- Paulina Martínez- 1996, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S.A.

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