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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Airán el haragán

Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

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Airan, el duende haragán, siempre tenía una excusa para no trabajar. Cuando llegaba la hora de ir en busca de frutos, semillas o plantas, o por las tardes cuando era necesario buscar ramitas para hacer el fuego, o amasar y cocinar, Airan se escondía detrás de un matorral de espinos, o dentro de un nido vacío, o en el hueco de un árbol viejo.

—Ven Airan, vamos a buscar los frutos de algarrobo para hacer el pan— le llamaban sus amigos.

— ¡Ay!, no, lo siento, pero el algarrobo me hace estornudar— contestaba por ejemplo.

Cuando horas más tarde el rico aroma del pan recién horneado llegaba a su nariz, olvidaba su alergia y pretendía comer.

— ¡Qué rico huele el pan!— decía haciéndose el distraído.

—Pena que no puedas comerlo por tu alergia— le decían sus amigos.

—O no, no. Cocido no me hace mal— replicaba cortando un trozo y comiéndoselo.

—Ven Airan, vamos a mirar la luna que redonda y blanca está— le llamaban otro día.

—Ya la he visto la otra noche y justo, justo ahora, no puedo caminar porque me duelen los pies.

Y así cada día, hasta que ya nadie lo llamó más.

Airán iba y venía pero nadie parecía verlo. No le hablaban, no le tocaban, no le sonreían ni lo retaban.

Airán gritó, pataleó, suplicó, pero nada. Nadie ni pequeño ni grande, le miraba.

Airán pensó entonces que ya no existía. Se sintió más solo que una nuez en el mar, peor que un erizo sin espinas y entonces comenzó a llorar.

Cuando se le acabó el llanto. Juntó leña, mucha leña. Después buscó semillas. Más tarde hizo galletas de algarroba. Llenó canastos con fruta y barrió la tierra del piso hasta que el pueblo entero quedó limpio.

Esa noche se sentó a mirar la luna.

Primero sintió una sombra, luego una mano, más tarde un abrazo.

Airán sonrió. Ya no estaba solo.

Esa noche, hasta la luna comió galletas.

© Ana Cuevas Unamuno

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