Cada día te cuento un cuento....

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domingo, 20 de noviembre de 2011

LA PRODIGIOSA HISTORIA DE LA CIUDAD DE BRONCE

Un cuento de Las Mil y Una Noches adaptado por GRACIELA MONTES

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Cayó la tarde y volvió Schariar al harén, como siempre. Y, como siempre, lo esperaba Sherezada. Vestida de rojo esta vez y sentada junto a un inmenso jarrón de bronce. Una vasija panzona pero de cuello fino, brillante, tallada con mucho arte y sellada con un tapón de cera. Y, aunque posiblemente contenía aceite, o vino, o bálsamo de la India, Sherezada le dijo al rey, sonriéndole con los ojos, que lo que en verdad contenía era un cuento.

-Fue por codiciar unos jarrones muy parecidos a éste que descubrieron la Ciudad de Bronce -dijo.

Mientras hablaba, pasaba los dedos por las molduras en forma de ramas que adornaban las asas.

Luego Schariar y Sherezada se sentaron y comieron delicados manjares, como siempre, en especial un pan de pasas y nueces que los dos encontraron delicioso. y se amaron, como cada noche, sobre el gran lecho. Pero, cuando Shariar soltó de su abrazo a Sherezada, ahí estaba Doniazada, acurrucada junto al jarrón y exigiéndole a Sherezada el comienzo del cuento.

Se hizo el silencio entonces, y Sherezada empezó.

Fue por el capricho de un rey que se llevó a cabo la expedición a la prodigiosa Ciudad de Bronce, porque muchas veces los cuentos empiezan por un capricho. y no un rey cualquiera sino el califa de Damasco la BeIla, la ciudad de las flores y de las frutas y de las aguas dulces.

Alguien le habló de ciertos vasos, jarrones como éste que tenemos aquí delante, en los que habitaban demonios transformados en humo por alguna maldición antigua. y él se encaprichó. Quiso a toda costa que le trajeran uno.

El visir trató de hacerlo entrar en razones. -Es sólo un cuento, señor -le dijo-. Nadie sabe dónde buscar los jarrones que aparecen en los cuentos.

Pero los deseos de los reyes son muy fuertes, y los visires son incapaces de resistirse a ellos.

De manera que comenzaron las averiguaciones y las consultas y las idas y vueltas de los mensajeros. Y, cuando quedó establecido que -según las versiones más corrientes de la historia- los dichosos jarrones flotaban en.mar del Maghreb, se le encomendó la tarea de pescar uno al emir Muza, que era el gobernador de la zona.

Muza no se podía negar a un pedido del califa de Damasco, de manera que respondió «¡Escucho y obedezco!» y mandó llamar de inmediato al jeque Abdossamad para pedir su consejo.

Abdossamad era viejísimo, tenía una fama tan larga como su barba, y, además, no había hombre en el mundo que hubiese viajado tanto y conversado con gente de tantos pueblos diferentes.

-¿Dónde puedo encontrar uno de estos jarrones, viejo amigo? -le preguntó Muza en cuanto lo tuvo delante.

-Es difícil saber dónde con exactitud, emir -respondió el viejo pasándose los dedos por la barba-. Pero en todo caso tiene que ser en los alrededores de la Ciudad de Bronce. Cuando el emir Muza quiso saber si eso era cerca o lejos, el viejo respondió:

- Tan lejos es y tan difícil es llegar al sitio que te harán falta dos años y una caravana de dos mil camellos, mil cargados de víveres y mil cargados de agua dulce porque en el desierto que hay que atravesar no quedan pozos ni cisternas, se han secado todos hace mucho tiempo, y tampoco hay pueblos ni ciudades, ni animales ni seres vivos, sino sólo efrits y genios espantosos.

Las palabras de Abdossamad no eran para animar a nadie, pero animaron sin embargo al emir Muza. y esto debido no tanto a su decisión de responder al pedido del califa sino más bien a cierto espíritu de aventura que llevaba enterrado y escondido desde siempre adentro de su pecho.

-¿Me acompañarías en la expedición, viejo? -le preguntó al jeque.

El jeique Abdossamad dijo que estaba dispuesto a acompañarlo porque también él, aunque viejo, apreciaba las emociones y los misterios.

De manera que una semana después, una vez que todo estuvo preparado, y que Muza hubiera dejado un reemplazante en el gobierno y el testamento hecho por si no regresaba de su viaje, se pusieron en marcha. Nunca se había visto una caravana como ésa. Uno tras otro, lentamente porque llevaban grandes cargas, los dos mil camellos se internaron en la llanura, y luego en el desierto. Quedaron atrás los poblados y comenzó el vacío y el silencio.

Durante meses y meses anduvieron Muza, el viejo Abdossamad, un puñado de hombres y un ejército de camellos por esa planicie chata y monótona como el mar en calma, donde no había un árbol ni un monte ni una senda, ninguna señal por la cual guiarse. Sólo el sol, al que sabían que debían seguir en su eterno camino hacia occidente.

Hasta que un día, justamente a la hora en que los bordes del cielo estaban más encendidos, se recortó sobre el horizonte la figura de unjinete inmenso.

Estaba montado en un pedestal y blandía una lanza de punta roja y encendida como el poniente.

Al acercarse vieron que jinete y cabalgadura, tallados en bronce, no estaban apoyados sino que giraban sobre un pivote, como una veleta gigante. Sobre la lanza estaba escrito, en caracteres de fuego, que quien buscara el camino hacia la Ciudad de Bronce debería hacer girar la figura y respetar la meta que la lanza señalara.

- Voy yo -dijo Muza, que, como jefe de la expedición consideraba que era su deber hacerse cargo de la ruleta.

Pero necesitó de los demás para empujar el gran peso.

Giró por fin el jinete dándole tres vueltas completas al horizonte y quedó por fin apuntando con su lanza no hacia el ocaso, que había sido el rumbo hacia entonces, sino hacia otro punto del horizonte.

Abdossamad reconoció que el desierto lo había vencido, y que había echado por tierra todos sus cálculos y precisiones.

-Tiene razón el jinete -dijo. Y corrigieron el rumbo.

A medida que avanzaban, más y más intolerable se ponía el paisaje, más feroz el sol, más chata la tierra, más vacío el aire. Por eso les llamó tanto la atención ver una docena de cuervos revoloteando sobre lo que de lejos parecía sólo un punto negro. Se acercaron y lo que vieron les heló la sangre e hizo que varios de los hombres de la caravana dieran vuelta la cabeza.

Primero les pareció un hombre. Un hombre vivo, moviéndose, pero enterrado hasta la cintura en el suelo. Luego vieron que hombre no era, porque tenía dos grandes alas nervudas y grises agitándosele en la espalda, cuatro brazos en lugar de dos, dos de ellos con garras en vez de manos, cuernos de buey, hocico de lobo, un par de ojos rojos como el fuego más otro inmenso, negro y de mirar fijo abierto en el medio de la frente, y la cabeza coronada por una pelambre hirsuta y dura como un manojo de alambre.

Al verlos llegar rompió a ladrar como las hienas.

Abdossamad, no obstante, consideró que había que dirigirle la palabra, ya que no se podía desperdiciar ninguna señal que pudiera serles de utilidad para guiarse en esa chatura infinita. De manera que dio un paso al frente y dijo:

-Soy Abdossamad, de profesión viajero, y éste es el emir Muza.

De ese modo pretendía que el espanto le dijese a su vez quién era.

Pero el espanto sólo ladraba o gruñía o gemía.

Sin embargo, al rato algo se empezó a entender. Los ladridos se le fueron convirtiendo en palabras poco a poco, y por fin pudo contar su historia.

-Soy de la tribu de los genios, y tuve al mundo en mis manos, como quien dice. Solía vivir adentro de una gran estatua de ágata roja y el rey del Mar, poderoso como era, me obedecía. Yo decía «Conquistemos esto» y lo conquistábamos. Decía «Construyamos una ciudad» y la construíamos. No había otro ídolo como yo sobre la tierra. Pero apareció Soleimán con sus pretensiones de casarse con la princesa Talmar y empezó la gran guerra. Una guerra como nadie puede imaginar y como no habrá nunca otra. Todos los poderes del mundo se alinearon en uno u otro bando. El rey del Mar, que no quería entregar a su hija, armó un gran ejército.

Pero el de Soleimán fue aún más grande. Animales, pájaros y genios. No en vano lo llaman El Magnífico, magnífico fue todolo que hizo. Temblaba la tierra con los cascos de las bestias y el aire se llenó del chillido de los buitres y los halcones. Los genios fieles a Soleimán, convertidos en volcanes, arrojaban piedras candentes y lava negra contra los nuestros. . .

Al llegar a este punto de su relato el espanto prisionero se interrumpió y paseó su mirada sobre los viajeros, satisfecho de ver que había logrado interesarlos en el relato

Luego continuó.

-No hace falta decir que perdimos. Perdimos total y definitivamente. Fuimos destrozados, aniquilados, desmenuzados como un puñado de arena. Nadie pudo escapar. Soleimán mandó a sus efrits a que nos cazaran por la tierra y por el aire. No quedó cueva ni escondite sin revisar. Uno a uno nos fueron atrapando. A mis compañeros los encerraron en grandes vasijas de bronce, que arrojaron al mar. A mí me dejaron aquí, como ven, para que diera testimonio y para que contara, una y otra vez, la misma historia.

Del rey del Mar no supe más. Quedó abroquelado en la espléndida capital de nuestro reino, la Ciudad de Bronce, haciendo frente con puros hombres y sin un solo genio al ataque de ese ejército formidable. También él sucumbió, me imagino. Porque estaba escrito que todos nosotros debíamos quedar separados del mundo y malditos.

De pronto las palabras del espanto volvieron a parecerse a ladridos, y el resto del relato -si es que lo hubo- perdió por completo su sentido. La rueda del cuento se deshizo, y enseguida camellos y hombres reiniciaron la marcha.

Esta vez avanzaban con la certeza de que la Ciudad de Bronce los aguardaba en algún sitio, tal vez no demasiado lejos y así fue. Comenzó a ondularse el terreno, aparecieron algunos arbustos, y no habían andado ni media jornada cuando comenzaron a ver recortadas en el horizonte cúpulas, torres y murallas en una cantidad tan exagerada que hasta el propio Abdossamad, que tantos pueblos había visitado, no pudo menos que sorprenderse.

-No hay en la tierra entera una ciudad más opulenta-dijo.

Cuando el perfil completo de la ciudad se dibujó con nitidez y notaron que un par de horas de marcha bastarían para alcanzarla, resolvieron acampar. Caía la noche ya y el aire, extraordinariamente quieto y silencioso, se volvió hostil y lleno de malos presagios.

Pero apenas amaneció se pusieron en marcha, treparon la pendiente y llegaron a los pies de una muralla de bronce, lisa, brillante como recién fundida, alta como una montaña, y compacta, sin una sola abertura. Pasaron el día entero en recorrerla por fuera, buscando algún intersticio. Pero, nada. Ninguna grieta por donde penetrar en esa extraña historia.

Al atardecer Muza resolvió escalar un monte cercano con algunos de sus hombres para ver lo que había del otro lado de las murallas. Volvió al día siguiente diciendo que la ciudad era gloriosa, con edificios bellísimos, cúpulas de bronce, pero también de pórfido y jade, de oro y de alabastro, terrazas de mármoles blancos, balaustradas de ébano y patios con jardines llenos de extrañas sombras.

Resolvieron construir una escala. Recogieron ramas y las ligaron con las telas de los cinturones y los turbantes. Poco después del mediodía traspasaban las murallas de bronce y entraban en una ciudad que les pareció dormida.

Estaba muy poblada. Había jinetes en sus cabalgaduras, guardias armados, peregrinos, aguateros, lavanderas, mercaderes, mujeres amamantando a sus niños, y niños trepándose a las higueras. Había peces en los estanques y pájaros en el aire. Pero todo estaba quieto, silencioso. Los pájaros colgados en el aire, los caballos a medio andar, con cascos aún alzados. Un niño peleándose con otro por una pelota, los dos aferrados a las ropas y revolcándose en el suelo. No soplaba ni siquiera una brisa y las hojas de la higuera, congeladas en el vaivén, se veían rígidas y duras.

Avanzaron en silencio sobre todo eso, como quien avanza sobre un sepulcro.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Airán el haragán

Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

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Airan, el duende haragán, siempre tenía una excusa para no trabajar. Cuando llegaba la hora de ir en busca de frutos, semillas o plantas, o por las tardes cuando era necesario buscar ramitas para hacer el fuego, o amasar y cocinar, Airan se escondía detrás de un matorral de espinos, o dentro de un nido vacío, o en el hueco de un árbol viejo.

—Ven Airan, vamos a buscar los frutos de algarrobo para hacer el pan— le llamaban sus amigos.

— ¡Ay!, no, lo siento, pero el algarrobo me hace estornudar— contestaba por ejemplo.

Cuando horas más tarde el rico aroma del pan recién horneado llegaba a su nariz, olvidaba su alergia y pretendía comer.

— ¡Qué rico huele el pan!— decía haciéndose el distraído.

—Pena que no puedas comerlo por tu alergia— le decían sus amigos.

—O no, no. Cocido no me hace mal— replicaba cortando un trozo y comiéndoselo.

—Ven Airan, vamos a mirar la luna que redonda y blanca está— le llamaban otro día.

—Ya la he visto la otra noche y justo, justo ahora, no puedo caminar porque me duelen los pies.

Y así cada día, hasta que ya nadie lo llamó más.

Airán iba y venía pero nadie parecía verlo. No le hablaban, no le tocaban, no le sonreían ni lo retaban.

Airán gritó, pataleó, suplicó, pero nada. Nadie ni pequeño ni grande, le miraba.

Airán pensó entonces que ya no existía. Se sintió más solo que una nuez en el mar, peor que un erizo sin espinas y entonces comenzó a llorar.

Cuando se le acabó el llanto. Juntó leña, mucha leña. Después buscó semillas. Más tarde hizo galletas de algarroba. Llenó canastos con fruta y barrió la tierra del piso hasta que el pueblo entero quedó limpio.

Esa noche se sentó a mirar la luna.

Primero sintió una sombra, luego una mano, más tarde un abrazo.

Airán sonrió. Ya no estaba solo.

Esa noche, hasta la luna comió galletas.

© Ana Cuevas Unamuno