Cada día te cuento un cuento....

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jueves, 8 de septiembre de 2011

Cuento popular: Las andanzas del gauchito Coliflor

 

El gauchito Coliflor, era un pintoresco habitante de la pampa en donde tenía su pequeña morada.

Su estatura no era mayor que la de un niño de diez años, pero su edad era mucha, ya que al decir de quienes lo trataban desde tiempos pasados, el gauchito Coliflor era un hombre de más de cincuenta años.

Por toda propiedad tenía un caballito enano, de gran mansedumbre y de hermoso aspecto, siempre lustrosas sus ancas y bien trenzado su crin renegrido y brillante.

Su apero o montura gaucha, era de un valor incalculable, ya que en ella se veían virolas de oro y plata, riendas con adornos del mismo metal y estribos resplandecientes de inmenso valor.

Toda la comarca envidiaba al gauchito Coliflor, que sin tener haciendas ni campos ni otras propiedades, vivía como un rey en la inmensa soledad de la verde llanura.

En su cintura, sujetado por un cuero cubierto de monedas de oro, ostentaba su afilado facón, alargada arma de aguda punta, que en manos de nuestro diminuto personaje era temible, según los colonos de aquellos contornos.

Muchas leyendas se narraban del gauchito Coliflor, y hasta se aseguraba que había librado más de un encuentro con hombres de mayor estatura, y que siempre había salido victorioso de los singulares combates, quizás ayudado por alguna bruja endemoniada e invisible, que lo protegía y lo amparaba para que prosiguiera su vida misteriosa y aventurera.

Lo cierto es que nadie se acercaba a su guarida y hasta los indios, esos temibles merodeadores del desierto, no se atrevían a dejarse ver por los contornos de la tapera que le servía de albergue.

Cierta vez desapareció de las casas de una estancia, una hermosa muchacha de nombre Clorinda y la alarma por el rapto fue general, ya que en otras ocasiones habían desaparecido de la comarca niñas y niños que nunca más se volvieron a ver.

Todos los colonos se reunieron para efectuar una batida con deseos de hallar el misterioso delincuente y regresaron a sus viviendas días después sin haber dado con el más leve rastro que les indicara el escondite del invisible raptor.

Pero, lo que para los demás había sido motivo de temor y de misterio, no lo fue para un niño, hermano de Clorinda, que ante la desgracia de tan dolorosa pérdida se impuso la obligación de buscar solo, algunas huellas que lo orientaran hacia el lugar donde se hallaba la hermosa muchacha.

Días y días vagó por las inmensas soledades de la pampa, tras de algún indicio y nadie se salvó de su petición de ayuda. El niño, desesperado, acudió a todas las fuentes informativas sin conseguir ningún dato de la misteriosa desaparición.

El tero que encontró en su camino le respondió que nada había visto; el zorro a quien llegó confiando en su vivacidad, también te dijo que desconocía el paradero de Clorinda; el veloz corredor de los desiertos, el ñandú, nada supo responderle, y así prosiguió, hasta que una noche, fatigado, se echó al amparo de un ombú, para llorar su desesperación e impotencia.

En esta triste situación estaba, acostado contemplando las estrellas, cuando se le aproximó un pequeño tucutucu, es decir, un ratoncillo del campo, que así lo llaman por su extraño grito muy parecido a su nombre, el cual, llegando hasta su oído, le dijo muy quedo:

- ¡Soy el tucutucu! ¡Escucha!

- ¡Habla! -le respondió el niño incorporándose lleno de esperanzas.

- ¡Conozco tu desgracia -prosiguió el roedor mirándolo con su ojillos redondos y vivaces;- tu hermanita Clorinda ha desaparecido y yo sé quién la tiene!

- ¿Quién? -demandó el muchacho ansiosamente.

- ¡El gauchito Coliflor, que no es sino un temible brujo de la pampa!

- ¡No puede ser! -respondió Rudecindo, que así se llamaba el niño.- ¡El gauchito Coliflor es un enano inofensivo!

El tucutucu se rió por lo bajo y contestó con sorna:

- ¡Qué sabes tú! ¡Nadie conoce las andanzas de ese bandido, porque sabe ocultarlas. El matrero está protegido por sus hermanas, las arpías, que son las temibles brujas del desierto que todo lo pueden, y por esto siempre sale victorioso de sus fechorías. Pero... nosotros los tucutucu, aguardamos el día en que alguien más poderoso que él nos sepa vengar de todos los agravios que nos ha inferido.

- ¿Os ha hecho daño? -preguntó Rudecindo.

- ¡Mucho! El gauchito Coliflor vive en un rancho del desierto, pero lo que todo el mundo ignora es que ese rancho, bajo el suelo, tiene una misteriosa galería que se interna hasta lo más hondo de la tierra, en donde mora el maldito acompañado de sus hermanas las brujas.

- ¿Será posible?

- ¡Lo juro! -contestó el roedor con firmeza.­ Nosotros los animales del campo que vivimos bajo de tierra, nos hemos visto desplazados por este invencible enano, que sin miramientos nos ha robado el subsuelo, dejándonos a la intemperie, en donde seguramente moriremos todos de frío.

El muchacho estaba asombrado. ¡No era para menos! ¡Quién hubiera pensado que el inofensivo gauchito Coliflor, fuera tan terrible enemigo y, sobretodo, que estuviera en contacto con las horribles y siempre temidas brujas de la llanura!

- ¿Sabes dónde está? -preguntó angustiado.

- ¡Sí, lo sé! -respondió el tucutucu con voz apagada.- ¡Pero... no grites, que el gauchito Coliflor, según dicen, cuando quiere se hace invisible para saber cuanto es necesario a sus endiablados planes!

Rudecindo se sobresaltó por la advertencia y miró con temor a todos lados, no viendo más que sombras y campo desierto.

- ¿Sabes cómo se encuentra mi hermanita? -volvió a preguntar.

- ¡No creo que esté bien! ¡El maldito matrero rapta a las chicas para sacrificarlas a sus temibles dioses!

- Entonces... ¡mi pobre Clorinda está perdida! -gimió Rudecindo con un sollozo.

El tucutucu lo miró detenidamente y luego repuso con voz de bajo profundo:

- ¡No desesperes! ¡Tu hermana aún no ha muerto! La fiesta del fuego en la que será sacrificada, comenzará dentro de diez horas.

- Pero... ¿cómo podría llegar hasta ella y salvarla? ¿De qué medios me valdré para bajar hasta las profundidades de la tierra? ¡Imposible! ¡Imposible! -Y el pobre muchacho se puso a llorar copiosamente.

El tucutucu pareció conmoverse ante la desesperación de Rudecindo, y luego de una corta pausa le dijo, acariciándolo con su patita:

- ¡Oye, Rudecindo... a nadie debes comunicar lo que vas a escuchar y ver! ¿Me lo juras?

- ¡Te lo juro! -contestó el muchacho.

- Pues bien, fío en tu palabra y te ayudaré. Recuerda lo que voy a decirte. Tengo un pelo en mi colita que es mágico y quien lo encuentre podrá conseguir tres cosas, sean cuales fueren. El hada del campo, me dotó cierta vez de esa virtud sobrenatural, tocándome con su varita de luz. Si quieres hacer la prueba de luchar contra Coliflor, elige uno de mis pelitos y vete a buscarlo. Si el pelito elegido es el que posee las tres gracias del hada, podrás recuperar a Clorinda y dar muerte al gauchito bandido y si fracasas en tu elección, serás tú el que morirás. ¿Aceptas?

- ¡Sí! -respondió Rudecindo sin vacilar.

- Pues bien -prosiguió el tucutucu, aquí tienes mi colita y quiera tu suerte que sepas elegir el pelo mágico que os salvará a ti y a tu hermana.

El pobre muchacho vio junto a sus ojos la diminuta cola del roedor y al contemplarla cubierta de pelos, su turbación fue tan grande que no supo qué hacer.

- ¡Posees un millón de pelitos! -exclamó.

- ¡Ya lo, sé! Lo que quiere decir, que tienes en tu favor, sólo una probabilidad contra un millón. Anda; elige y que la suerte te favorezca.

Rudecindo no vaciló más y alargando la mano arrancó nerviosamente un pelo del parlanchín tucutucu.

- ¡Aquí lo tengo! -exclamó.

- Ya lo sé, porque me ha dolido -respondió el animalito.- Ahora, ¡guárdalo como si fuera un tesoro! Si cuando necesites ayuda la pides y te la dan, será porque el pelo es el mágico y si nadie responde a tus demandas, habrás tenido poca fortuna en la elección y morirás sin remedio.

- ¡Está bien! Seguiré luchando para hallar a mi hermanita y, si puedo, y el hada de los campos me protege, dejaré sin vida al temible gauchito Coliflor.

No había terminado de decir Rudecindo las últimas palabras, cuando el roedor, después de dedicarle una sonrisa y un gesto amistoso de despedida, se perdió entre las sombras y el solitario muchacho, guardando el casi invisible talismán de la cola del tucutucu, se levantó animado por nuevos bríos y prosiguió la marcha por el desierto misterioso.

Pasadas algunas leguas, divisó a lo lejos la humilde cabaña del gauchito Coliflor y sin temores, avanzó resueltamente, preparando sus armas y decidido a dar la cara al temido enemigo.

- ¡Si puedo, lo mataré y recuperaré a mi hermana! -decía por lo bajo el bravo Rudecindo, mientras se acercaba a la lúgubre morada.

A los pocos minutos llegó a ella y no percibiendo a señal alguna de vida en su interior, resolvió penetrar, lo que hizo, no sin antes encender una antorcha para ver bien por donde caminaba.

El rancho del gauchito Coliflor era pequeño y nada había en su interior que pudiera ser motivo de sorpresa. Una mala cama, una silla vieja y colgados sobre las paredes de barro, algunos aperos, riendas, boleadoras y otros útiles de campo.

- ¿Me habrá engañado el tucutucu? -murmuró Rudecindo entre dientes.

Ya iba a retirarse de la solitaria choza, decepcionado y contrito, cuando recordó que tenía escondido en su pañuelo el pelito de la cola del roedor.

- Veré si he tenido suerte en la elección -dijo el muchacho y tomando el talismán entre sus dedos, exclamó en voz alta:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme tu primer favor.

Rudecindo esperó unos segundos después de la rimada súplica, angustiado y curioso por saber si había tenido suerte en la difícil selección y cuál no fue su asombro al contemplar algo insospechado. Casi junto a sus pies se abrió de pronto un enorme agujero, por el que divisó una larga escalera de piedra que se perdía en las profundidades de la tierra.

- ¡Es maravilloso! -exclamó.- ¡El pelito que tengo entre mis dedos es el mágico!

Y acto seguido apagó su antorcha y empezó a descender, en medio de las mayores tinieblas, la escalera que lo iba introduciendo en el mismo corazón del mundo.

- ¡Esto es interminable! -decía de rato en rato, al ver que la escalera parecía no tener fin.

De pronto escuchó a lo lejos un gran ruido, como de miles de tambores que suenan acompasadamente, y el murmullo de muchas voces que entonaban un cántico extraño.

- Estoy llegando -dijo con verdadero temor.­ ¿Qué será lo que existe allá abajo? -Y, sin decir más, prosiguió el descenso con las mayores precauciones, mientras se arrojaba al suelo para no ser visto por los misteriosos habitantes de las profundidades terrestres.

De pronto sus ojos se cerraron ante una luz potente como la del sol, que alumbraba una sala de unos cien metros de largo, en la que contempló lo más extraordinario que haya visto criatura humana.

En un trono de piedra, se hallaba sentado el gauchito Coliflor, vestido con su indumentaria criolla, teniendo en la mano derecha un gran bastón de mando, del que brotaban rayos enceguecedores. A su alrededor, diez viejas esqueléticas de caras horribles y narices corvas como el pico del loro, estaban sentadas en las gradas del trono, y frente a este monarca extraordinario, cien criaturas deformes con ojos llameantes como los de los gatos, bailaban una danza extraña al compás de unos enormes tambores batidos por cincuenta hombrecillos de tez roja y arrugada.

Rudecindo, en los primeros instantes, quedó paralizado por el miedo ante la fantástica visión, pero bien pronto volvió a su cabal juicio, al distinguir en un rincón, sujetas con gruesas cadenas, a varias muchachos, entre las cuales estaba su querida hermana Clorinda.

- ¡Por fin! ¡Por fin te he hallado! -gritó con toda la fuerza de sus pulmones, corriendo hacia donde estaba la cautiva, sin meditar la temeraria imprudencia que cometía, ya que el gauchito Coliflor, poniéndose en pie súbitamente en su pétreo trono, ordenó con voz potente que dieran muerte inmediata al intruso.

Los cien demonios bailarines se lanzaron contra Rudecindo, con sus ojos llameantes y enseñando unos dientes mayores que los de los tigres, con el propósito criminal de acabar con él.

El muchacho se dio cuenta del peligro que corría y volviéndose para dar el pecho a sus atacantes, tomó otra vez su pelito y dijo en voz baja mientras lo elevaba por encima de las cabezas de los monstruos:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme un segundo favor.

La respuesta fue instantánea.

Un fuerte trueno retumbó en la lúgubre caverna y la tierra tembló en tal forma, que las paredes comenzaron a derrumbarse con gran estruendo, aplastando a los demonios de ojos de fuego, que huían en todas direcciones presas de un pánico sin límites.

Las brujas gritaban enloquecidas por tan espantoso terremoto y fueron también cayendo una por una, conmocionadas por los desprendimientos de tierra que amenazaban con matar a todos, inclusive a Rudecindo y las cautivas.

El gauchito Coliflor, guía y dominador de las brujas de la llanura, fue también sepultado entre los escombros, lanzando gritos de impotencia, hasta que su voz se extinguió para siempre, terminando con sus andanzas tan misterioso fenómeno.

Pero Rudecindo se vio abocado a un peligro mucho mayor de los que había pasado. El derrumbe se le acercaba y cuando la muerte casi iba a dar fin a su corta existencia, en unión de las aterrorizadas muchachas, recordó el estupendo tesoro que poseía y apeló a su última gracia:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme tu tercer favor.

El talismán tampoco falló en la demanda final, y abriéndose la tierra en un camino espléndido de luz, dio paso a Rudecindo, Clorinda y las demás cautivas, hacia la superficie terrestre, a donde llegaron muy pronto, elevados por una fuerza desconocida que los impelía como si fuera una potente ráfaga de viento.

Al pisar de nuevo la pampa, el pozo se cerró junto a ellos, sepultando para siempre al gauchito Coliflor, sus malditas brujas y los terribles y feos habitantes de las profundidades de la tierra.

Clorinda y las niñas fueron entregadas a sus respectivos padres y el bravo Rudecindo se convirtió desde entonces en el muchacho invencible, que había conseguido triunfar sobre tan espantosos enemigos, ayudado por el mágico pelito del buen tucutucu, que al final pudo saberse que era la hermosa Hada de la Pampa, quien para acercarse al decidido muchacho se había convertido por unos instantes en el simpático y hablador animalito, que escondía en su diminuta cola el pelito encantado, entre un millón de ellos sedosos y brillantes.

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