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jueves, 29 de septiembre de 2011

Cuento NO QUIERO SER NIÑA

Un cuento de Luis Cabrera Delgado

No quiero ser niña. Quiero ser varón.

Nadie ha tenido el trabajo de preguntármelo, pero ese es mi deseo.

Me gustaría que me comprendieran y aceptaran mi preferencia. Yo creo que las personas debían respetar la voluntad de cada quien en este asunto, y no mirarlo a uno con mala cara sólo por el hecho de no querer ser niña. Allá a quien le guste. Pero lo que es a mí, decididamente quiero ser varón.

No es por nada malo. Es que… Mira no me gustaría tener que usar vestidos toda la vida. ¡Los detesto! Creo que si me tengo que poner uno, me va a dar urticaria. ¡Y no hablemos de los lacitos, las cintas y los entredós! La familia se cree que las niñas son vidriera de quincallas y las llenas de hebillas en el pelo, aretes de todos los tipos: argollas, dormilones, pendientes, zarcillos…; cadenitas en el cuello, collares, gargantillas, pulsos, brazaletes, esclavas, manillas, anillos, sortijas, pasadores, broches, cinturones con cierres dorados, plateados y de chispitas; y cuanto encaje, puntilla, blonda, hiladillo, bolillo, calado y punta inventen.

La ropa de hombre es un pantalón y una camisa. ¡Y ya! Estas prendas se confeccionan de una sola y única manera. ¡Pero la ropa de las mujeres…! Esa no. Si te van a hacer una bata, primero hay que gastar un dineral en revistas de modas y dedicar horas, días y semanas en mirarlas para escoger el modelo; después ir a casa de la costurera para explicarle lo que quieres, y volver una y otra vez a entallarte el trapajo:

--No te muevas.

--Enderézate.

--Alza el brazo.

--¡Ay! Me pinchó con un alfiler.

Comprar la ropa hecha no alivia en nada el sufrimiento, pues hay que caminar kilómetros y kilómetros de tiendas para mirar, ver, revisar y probarte colecciones y colecciones de sayas, blusas, vestidos, pesqueros, abrigos, chales y hasta sombreritos habidos y por haber.

--Ese color no te asienta.

--Se parece al modelo de la hija de la vecina.

--Te hace muy gorda.

--Se te ven los huesos de los hombros.

A los hombres con un buen cinturón que le sostenga los pantalones, para llevarlos bien puestos, les basta. Pero para las pobres infelices féminas, en cualquier momento otra vez ponen de moda los corsés.

Los hombres van a la barbería sólo a pelarse. Tres tijeretazos y ya. ¡Pero las mujeres…! Hay que ponerse rolos, que halan el pelo de una manera terrible, después meter la cabeza en un equipo que se llama secador, cuando en realidad es una tostadora: ¡un horno! Y no hablemos de los tintes. Darse un tinte es como una tortura de la que les hacían antes a los prisioneros para que pagaran los impuestos al rey.

¿Y qué me dicen de sacarse las cejas? Eso es lo peor de lo peor. Cada vez que una amiga viene a depilar a mi mamá con una pinza, yo la siento y me da lástima, tristeza y hasta roña.

--¡Ay! ¡Qué me duele! Espérate. ¡Cuidado!

¿Para qué ese sacrificio? Dice que es para estar más bonita. ¿Pero para qué ella querrá estar más bonita, si ya lo es suficiente?

Los hombres no están en esa bobería de sacarse las cejas. Los hombres son al natural. A lo más que se someten es afeitarse, pero eso no duele, y lo hacen por comodidad. Los hombre son como el oso, entre más feo, más hermosos. El único adorno que usan, y sólo por verse bien varoniles, es el bigote; grande es mejor, porque es señal de virilidad, de hombría.

Si yo fuera varón, como es mi deseo, cuando sea hombre, me voy a dejar un bigotón igual al de mi papá. Mi mamá le dice, porque yo la he oído, que lo más que le gusta de él son ese bigote grande y las patillotas a ambos lados de la cara.

Vamos a ver qué dice el doctor. Si pudiera hablarle, ahora mismo le estaba diciendo que yo no quiero ser niña. Pero tengo que esperar a que llegue el momento de la verdad, y esta zozobra, me tiene, no nervioso, pero sí preocupado, intranquilo.

Eso es otra cosa. Las mujeres siempre están nerviosas y tienen que estar tomando cuanta pastilla se ha inventado. Unas veces tienen sofoquina, otras veces sudoración, salto en el estómago, falta de aire… ¡Oye!, yo nunca he oído a mi papá, ni a mis tíos, ni a los amigos con los que salen a pescar o al estadio cuando hay juego de béisbol, quejarse de nerviosismo, ni susto, ni nada por el estilo.

Los hombres son como los gallos finos: no le tienen miedo a ningún rival y si ven una rana no salen huyendo y dando griticos, ni se suben encima de una silla porque un ratón les cruce cerca. Los varones no temen enfrentarse ni a los leones, pero las mujeres… ¿Cuándo tú has visto una mujer domadora? En un circo lo más que hay son muchachas bonitas trabajando con palomas y perritos amaestrados.

Yo quiero ser como mi papá. Mi papá maneja una rastra. Él hace así, pone el brazo izquierdo sobre la ventanilla de la cabina y mueve el timón sólo con la derecha. Usa unas botas de suelas gordas que lo hacen más alto de lo que es, siempre anda con un sombrero tejano y le gustan los pantalones vaqueros. Así me voy a vestir yo.

Cuando mi papá va a arreglar el motor, se pone un overol viejo y con una caja de herramienta se mete debajo de la rastra y sale todo embarrado de grasa. ¡Qué sabroso es llenarse la ropa y las manos de aceite! ¿Y qué me dices del olor de la gasolina? Cuando yo crezca, voy a ayudar a mi papá con lo de la mecánica y me voy a ir con él en la rastra.

Las mujeres no pueden ir a ninguna parte y deben tener mucho cuidado si salen solas. Por eso yo quiero ser varón, para andar con mi papá y salir a donde yo quiera: a jugar a las bolas, a empinar papalotes, a bailar trompo: a mataperrear a mi gusto con los amigos del barrio.

Las niñas no pueden chiflar, no pueden hablar alto, tienen que sentarse sin separar las piernas; cuando no están en la escuela, deben permanecer dentro de la casa y dedicar todo el tiempo libre a aprender a coser, tejer, bordar y batir merengue. ¡Bah! De sólo pensarlo me dan deseos de salir huyendo y perderme.

Hay una cosa de las mujeres que yo no acabo de saber exactamente qué es, porque durante este tiempo mi mamá lo único que ha hecho es quejarse del embarazo, pero mis tías siempre están protestando de la cruz que tienen que cargar todos los meses. Se llama menstruación y les da dolor de cabeza, malestar, sangramiento, punzadas en los ovarios, decaimiento y mal genio.

El embarazo es algo necesario para que nazcamos los bebés, pero no es nada agradable, y como es natural, a las mujeres es a las que les toca embarazarse. ¿Por qué cuándo tú has oído hablar de un hombre embarazado? ¡Claro que no! Los primeros meses da mareos, náuseas y vómitos, después, cuando la barriga comienza a crecer, aparecen los dolores en la columna, y en la última temporada, la falta de aire y las molestias por la entrada de mes.

No sabía cómo era parir, pero por lo que mi pobre madre está pasando, esto es bien desagradable. Por eso lo digo, lo digo, y lo repito: No quiero ser mujer. Quiero ser varón. Quiero ser hombre como mi papá.

Llega el momento decisivo, así que quede bien claro: no quiero ser mujer.

¡Ya! Vamos a ver qué dice el doctor.

Al menos no me agarró como si yo fuera una niña, sino, como a Aquiles, por los talones.

--Vamos, llora.

Pero este médico no sabrá que los hombres no lloramos. ¡Ay, que nalgada me ha dado!

-Gua, gua…

--¿Qué es, doctor? Dígame: ¿varón o mujercita?

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