Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

jueves, 29 de septiembre de 2011

Cuento NO QUIERO SER NIÑA

Un cuento de Luis Cabrera Delgado

No quiero ser niña. Quiero ser varón.

Nadie ha tenido el trabajo de preguntármelo, pero ese es mi deseo.

Me gustaría que me comprendieran y aceptaran mi preferencia. Yo creo que las personas debían respetar la voluntad de cada quien en este asunto, y no mirarlo a uno con mala cara sólo por el hecho de no querer ser niña. Allá a quien le guste. Pero lo que es a mí, decididamente quiero ser varón.

No es por nada malo. Es que… Mira no me gustaría tener que usar vestidos toda la vida. ¡Los detesto! Creo que si me tengo que poner uno, me va a dar urticaria. ¡Y no hablemos de los lacitos, las cintas y los entredós! La familia se cree que las niñas son vidriera de quincallas y las llenas de hebillas en el pelo, aretes de todos los tipos: argollas, dormilones, pendientes, zarcillos…; cadenitas en el cuello, collares, gargantillas, pulsos, brazaletes, esclavas, manillas, anillos, sortijas, pasadores, broches, cinturones con cierres dorados, plateados y de chispitas; y cuanto encaje, puntilla, blonda, hiladillo, bolillo, calado y punta inventen.

La ropa de hombre es un pantalón y una camisa. ¡Y ya! Estas prendas se confeccionan de una sola y única manera. ¡Pero la ropa de las mujeres…! Esa no. Si te van a hacer una bata, primero hay que gastar un dineral en revistas de modas y dedicar horas, días y semanas en mirarlas para escoger el modelo; después ir a casa de la costurera para explicarle lo que quieres, y volver una y otra vez a entallarte el trapajo:

--No te muevas.

--Enderézate.

--Alza el brazo.

--¡Ay! Me pinchó con un alfiler.

Comprar la ropa hecha no alivia en nada el sufrimiento, pues hay que caminar kilómetros y kilómetros de tiendas para mirar, ver, revisar y probarte colecciones y colecciones de sayas, blusas, vestidos, pesqueros, abrigos, chales y hasta sombreritos habidos y por haber.

--Ese color no te asienta.

--Se parece al modelo de la hija de la vecina.

--Te hace muy gorda.

--Se te ven los huesos de los hombros.

A los hombres con un buen cinturón que le sostenga los pantalones, para llevarlos bien puestos, les basta. Pero para las pobres infelices féminas, en cualquier momento otra vez ponen de moda los corsés.

Los hombres van a la barbería sólo a pelarse. Tres tijeretazos y ya. ¡Pero las mujeres…! Hay que ponerse rolos, que halan el pelo de una manera terrible, después meter la cabeza en un equipo que se llama secador, cuando en realidad es una tostadora: ¡un horno! Y no hablemos de los tintes. Darse un tinte es como una tortura de la que les hacían antes a los prisioneros para que pagaran los impuestos al rey.

¿Y qué me dicen de sacarse las cejas? Eso es lo peor de lo peor. Cada vez que una amiga viene a depilar a mi mamá con una pinza, yo la siento y me da lástima, tristeza y hasta roña.

--¡Ay! ¡Qué me duele! Espérate. ¡Cuidado!

¿Para qué ese sacrificio? Dice que es para estar más bonita. ¿Pero para qué ella querrá estar más bonita, si ya lo es suficiente?

Los hombres no están en esa bobería de sacarse las cejas. Los hombres son al natural. A lo más que se someten es afeitarse, pero eso no duele, y lo hacen por comodidad. Los hombre son como el oso, entre más feo, más hermosos. El único adorno que usan, y sólo por verse bien varoniles, es el bigote; grande es mejor, porque es señal de virilidad, de hombría.

Si yo fuera varón, como es mi deseo, cuando sea hombre, me voy a dejar un bigotón igual al de mi papá. Mi mamá le dice, porque yo la he oído, que lo más que le gusta de él son ese bigote grande y las patillotas a ambos lados de la cara.

Vamos a ver qué dice el doctor. Si pudiera hablarle, ahora mismo le estaba diciendo que yo no quiero ser niña. Pero tengo que esperar a que llegue el momento de la verdad, y esta zozobra, me tiene, no nervioso, pero sí preocupado, intranquilo.

Eso es otra cosa. Las mujeres siempre están nerviosas y tienen que estar tomando cuanta pastilla se ha inventado. Unas veces tienen sofoquina, otras veces sudoración, salto en el estómago, falta de aire… ¡Oye!, yo nunca he oído a mi papá, ni a mis tíos, ni a los amigos con los que salen a pescar o al estadio cuando hay juego de béisbol, quejarse de nerviosismo, ni susto, ni nada por el estilo.

Los hombres son como los gallos finos: no le tienen miedo a ningún rival y si ven una rana no salen huyendo y dando griticos, ni se suben encima de una silla porque un ratón les cruce cerca. Los varones no temen enfrentarse ni a los leones, pero las mujeres… ¿Cuándo tú has visto una mujer domadora? En un circo lo más que hay son muchachas bonitas trabajando con palomas y perritos amaestrados.

Yo quiero ser como mi papá. Mi papá maneja una rastra. Él hace así, pone el brazo izquierdo sobre la ventanilla de la cabina y mueve el timón sólo con la derecha. Usa unas botas de suelas gordas que lo hacen más alto de lo que es, siempre anda con un sombrero tejano y le gustan los pantalones vaqueros. Así me voy a vestir yo.

Cuando mi papá va a arreglar el motor, se pone un overol viejo y con una caja de herramienta se mete debajo de la rastra y sale todo embarrado de grasa. ¡Qué sabroso es llenarse la ropa y las manos de aceite! ¿Y qué me dices del olor de la gasolina? Cuando yo crezca, voy a ayudar a mi papá con lo de la mecánica y me voy a ir con él en la rastra.

Las mujeres no pueden ir a ninguna parte y deben tener mucho cuidado si salen solas. Por eso yo quiero ser varón, para andar con mi papá y salir a donde yo quiera: a jugar a las bolas, a empinar papalotes, a bailar trompo: a mataperrear a mi gusto con los amigos del barrio.

Las niñas no pueden chiflar, no pueden hablar alto, tienen que sentarse sin separar las piernas; cuando no están en la escuela, deben permanecer dentro de la casa y dedicar todo el tiempo libre a aprender a coser, tejer, bordar y batir merengue. ¡Bah! De sólo pensarlo me dan deseos de salir huyendo y perderme.

Hay una cosa de las mujeres que yo no acabo de saber exactamente qué es, porque durante este tiempo mi mamá lo único que ha hecho es quejarse del embarazo, pero mis tías siempre están protestando de la cruz que tienen que cargar todos los meses. Se llama menstruación y les da dolor de cabeza, malestar, sangramiento, punzadas en los ovarios, decaimiento y mal genio.

El embarazo es algo necesario para que nazcamos los bebés, pero no es nada agradable, y como es natural, a las mujeres es a las que les toca embarazarse. ¿Por qué cuándo tú has oído hablar de un hombre embarazado? ¡Claro que no! Los primeros meses da mareos, náuseas y vómitos, después, cuando la barriga comienza a crecer, aparecen los dolores en la columna, y en la última temporada, la falta de aire y las molestias por la entrada de mes.

No sabía cómo era parir, pero por lo que mi pobre madre está pasando, esto es bien desagradable. Por eso lo digo, lo digo, y lo repito: No quiero ser mujer. Quiero ser varón. Quiero ser hombre como mi papá.

Llega el momento decisivo, así que quede bien claro: no quiero ser mujer.

¡Ya! Vamos a ver qué dice el doctor.

Al menos no me agarró como si yo fuera una niña, sino, como a Aquiles, por los talones.

--Vamos, llora.

Pero este médico no sabrá que los hombres no lloramos. ¡Ay, que nalgada me ha dado!

-Gua, gua…

--¿Qué es, doctor? Dígame: ¿varón o mujercita?

jueves, 22 de septiembre de 2011

FANFARRONADAS

Cuento Tradicional Africano


Érase una vez tres camaradas que partieron juntos de viaje. El primero se llamaba Bimbiri, el segundo, Kurlankan, y el tercero, Dungonotu.
Anda que te andarás, caminaban los tres amigos, cuando se encontraron con un pozo. Todos estaban sedientos pero el pozo era muy profundo. Dungonotu cogió el pozo, como si hubiese sido una simple jarra, y vertió el agua para que sus compañeros pudiesen beber. Luego Bimbiri se cargó el pozo a la espalda. Al poco se adentraron en un bosque con el propósito de cazar elefantes. Consiguieron matar una docena cada uno y, en el mismo día, se comieron el producto de la caza. Algunos días más tarde vieron a una mujer guinarú. Kurlankan se enamoró perdidamente de ella y le dijo:
- Te adoro.
Inmediatamente contrajo matrimonio con ella y abandonó a sus compañeros.
La mujer se llamaba Kumba Guiné; era muy linda y no mucho más alta que cualquier otra mujer. A diario, Kurlankan se jactaba ante su esposa de ser el hombre más fuerte del mundo.
Cierto día que discutieron a este respecto, Kumba Guiné dijo a su marido:
- Te equivocas, Kurlankan... Ven conmigo a casa de mis padres y verás cómo hay alguien mucho más fuerte que tú. Pusiéronse en marcha al amanecer, y al cabo de muchas horas de viaje divisaron al padre de Kumba acostado en el suelo. El guinarú tenía una rodilla levantada... y ¡habríase dicho que era una montaña! Lleno de asombro, Kurlankan preguntó a su esposa:
- ¿Qué es aquello que mis ojos ven?... ¿Es una montaña?
- No seas mal educado - contestóle ella, enfadada -. Lo que estás viendo es mi padre.
Tuvieron que andar durante cuatro horas antes de llegar al lugar en que reposaba el padre de Kumba Guiné. Al ver de cerca a su gigantesco suegro, Kurlankan tuvo miedo. Los tres hermanos de Kumba, Amadi, Samba y Delo, se hallaban de caza en aquel momento. Kurlankan preguntó:
- ¿Dónde podría encontrarlos?
- Ve por allá - díjole el suegro, señalándole una senda.
- Voy a conocerlos - declaró Kurlankan.
Al primero que conoció fue a Amadi. Había matado a quinientos elefantes; liados en un paquete los llevaba atados a un costado de su cintura.
- ¿Quieres qué te los lleve? - preguntó Kurlankan.
- No... No podrías con la carga - repuso Amadi -. Prosigue tu camino y encontrarás a mi hermano. Tal vez puedas servirle de algo.
Poco después encontró Kurlankan a Samba. Éste había matado otros quinientos elefantes y los llevaba atados asimismo a la espalda.
- ¿Quieres que te ayude?
- No podrías, muchacho... Te lo agradezco... Sigue tu camino. Tal vez a mi hermanito pequeño puedas servirle de algo...
Kurlankan llegó finalmente a presencia de Delo. Éste no había podido matar más que cuatrocientos elefantes y, en el momento en que llegaba ante él el marido de su hermana, se le rompió la correa de una de sus sandalias.
- ¿Te puedo ayudar en algo?
- Con los elefantes no podrías... Pero, llévame la sandalia al pueblo...
Echó la sandalia a Kurlankan y éste quedó enterrado bajo ella. No pudo desembarazarse de su enorme peso por más esfuerzos que hizo. Ni siquiera logró asomar la cabeza. Delo se reunió en la aldea con sus dos hermanos. Los tres tuvieron que escuchar la repulsa de su padre, que les reprendió duramente por haber cazado tan poco aquel día.
 - ¿No os da vergüenza? - les dijo -. ¿Sabéis que tenemos un invitado, el marido de vuestra hermana, y es ésa toda la carne que tenemos para el cuscús?... Y volviendo la vista a su alrededor, preguntó: - ¿Dónde está mi yerno?
Amadi contestó: - Lo envié a buscar a Samba.
 Samba se apresuró a responder: - Pues yo lo envié a buscar a Delo.
Y Delo afirmó: - Yo le dije que me trajera la sandalia, pues se me rompió la correa... - Tal vez no haya podido con la sandalia - dijo Kumba Guiné -. Voy a ver... Púsose inmediatamente en camino y no tardó en ver la sandalia. Levantóla y vio debajo a su marido. Juntos regresaron a la aldea, llevando Kumba la sandalia, ya que era demasiado pesado para Kurlankan. Cuando todo estuvo dispuesto, se reunieron a comer. Pero la calabaza era excesivamente alta y Kurlankan no podía probar bocado. Delo, al ver su embarazo, lo cogió en sus manazas y se lo puso en las rodillas; pero Kurlankan, al empinarse para coger un puñado de cuscús cayó dentro de la calabaza, y Delo, confundiéndolo con un pedazo de carne, se lo echó a la boca.
A la mañana siguiente, Amadi preguntó: - ¿Qué le habrá sucedido a nuestro cuñado?... Anoche comimos juntos... ¿Qué habrá sido de él?
Delo tenía una muela cariada y Kurlankan había conseguido meterse en el hueco de la carie.
- ¡Cómo me duele la muela! - exclamó el guinarú -. ¿Qué será? Metióse el dedo en la boca y no tardó en sacar a su cuñado, colocándolo cuidadosamente en el suelo. Kumba se acercó y, como se trataba de su marido, trajo un cubo lleno de agua y lo lavó de pies a cabeza.
- ¿No te dije que había alguien más fuerte que tú? - preguntó a Kurlankan, que bajó la cabeza humillado -. Pues esto no es nada todavía... Aun verás cosas más extraordinarias...
Entre los esclavos de los guinarús había una mujer llamada Syra, que era guinarú también. Cuando estaba triste se pasaba llorando sin cesar toda una semana. El padre de Kumba le ordenó que encendiera fuego en la choza en que habían de vivir los recién casados y Syra se agachó para soplar. Kurlankan, que entró a oscuras, se metió en la boca de la guinarú, creyendo que era la puerta de la cabaña. Llegó hasta su estómago, tendió la estera y, como buen musulmán, se arrodilló antes de acostarse y dijo con voz profunda: - ¡Que Alá vele mi sueño!
Syra lo oyó y repuso:
- Sal de ahí, Kurlankan... Te has metido en mi estómago...
El pobrecillo se apresuró a salir y cuando llegó Kumba le refirió la aventura.
- He pasado un miedo horrible - añadió -. ¡Vámonos de aquí mañana mismo! Al amanecer, Kumba lo despertó diciendo:
- Syra, llena de remordimiento por lo que pudo ocurrir si no se hubiese dado cuenta de que tú te habías metido en su estómago, ha empezado a llorar... Démonos prisa porque está vertiendo las lágrimas a torrentes, y si nos alcanzaran en el camino correrías un gran peligro... A mí no me sucedería nada. Pusiéronse en marcha sin más demora. Alrededor de las diez, cuando se hallaban varias leguas del poblado, oyeron un tumulto semejante al de una cascada cayendo de lo alto de una montaña. Kurlankan, asustado, preguntó: - ¿Qué es eso? A lo que repuso Kumba:
- Syra que está llorando. Las lágrimas, formando un torrente vertiginoso, rodearon a los fugitivos, pero Kumba se hizo muy alta, muy alta, tomó a su marido en brazos y consiguió salvarlo de la inundación. Cuando estuvieron lejos de todo peligro, Kumba recobró su estatura normal y depositó a su esposo en el suelo. Kurlankan le dijo entonces:
- Vuelve con los tuyos, Kumba... Te estoy muy agradecido por lo que has hecho; pero te confieso que tu familia me da miedo... Kumba sonrió y contestó:
- Desde que te casaste conmigo no has dejado de decir que no había nadie más fuerte que tú.
- Pues ahora comprendo que estaba equivocado... Adiós, Kumba, que seas feliz... Cásate con un semejante tuyo... Y se separaron para siempre.

 ¡¡¡¡ Cuidado! miren que si se descuidan cualquiera puede encontrar un guinarú!!!!

 

martes, 13 de septiembre de 2011

Cuento popular Argentino: El gallo que se ensució el piquito

 

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Había una vez un gallito que tenía que ir a la boda de su tío Perico.

Entonces se lavó y lustró bien el pico y las plumas. Cuando estuvo listo salió.

Iba cantando y caminando cuando de pronto encontró en un charquito un grano de trigo y se dijo:

—Si no pico pierdo el grano y si pico me mancho el pico y no puedo ir a la boda de mi tío Perico. ¿Qué hago? ¿Pico o no pico?

Miró y miró el grano de trigo hasta que por fin picó y gluc... se lo comió. El barro le ensució el pico y se puso a llorar.

Entonces pensó en pedirle ayuda al pasto y le dijo:

—Pasto, pastito, ¿me limpias el pico para ir a la boda de mi tío Perico?

Y el pasto le dijo:

—No.

—Mira que llamo a la vaca para que te coma. ¡Vaca... vaca!, come al pasto que no quiere limpiar mi pico, para ir a la boda de mi tío Perico.

Y la vaca le dijo:

—No.

—Mira que llamo al palo para que te pegue. ¡Palo... palo!, pégale a la vaca; que la vaca no quiere comer al pasto, que el pasto no quiere limpiar mi pico para ir a la boda de mi tío Perico.

Y el palo le dijo:

—No.

—Mira que llamo al fuego para que te queme. ¡Fuego... fuego!, quema al palo que no quiere pegar a la vaca, que la vaca no quiere comer al pasto, que el pasto no quiere limpiar mi pico para ir a la boda de mi tío Perico.

Y el fuego le dijo:

—No.

Entonces el gallito desconsolado se puso a llorar más fuerte. En ese momento pasaba por ahí el tío Perico que al verlo le preguntó:

—¿Por qué lloras gallito?

—Porque el fuego no quiere quemar al palo, el palo no quiere pegar a la vaca, la vaca no quiere comer al pasto y el pasto no quiere limpiar mi pico para ir a tu boda.

—Pero gallito, no seas tonto —dijo el tío Perico—, ven a mi casa, te lavas el pico y listo.

Y así fue, cuando llegó a la casa de su tío, se lavó el pico y después fue a la fiesta donde se divirtió mucho.

Cuento de Buenos Aires

Tomado de Cuentos y Leyendas de Argentina y América. Adaptación Paulina Martínez. Editorial Aguilar- Alfaguara

jueves, 8 de septiembre de 2011

Cuento popular: Las andanzas del gauchito Coliflor

 

El gauchito Coliflor, era un pintoresco habitante de la pampa en donde tenía su pequeña morada.

Su estatura no era mayor que la de un niño de diez años, pero su edad era mucha, ya que al decir de quienes lo trataban desde tiempos pasados, el gauchito Coliflor era un hombre de más de cincuenta años.

Por toda propiedad tenía un caballito enano, de gran mansedumbre y de hermoso aspecto, siempre lustrosas sus ancas y bien trenzado su crin renegrido y brillante.

Su apero o montura gaucha, era de un valor incalculable, ya que en ella se veían virolas de oro y plata, riendas con adornos del mismo metal y estribos resplandecientes de inmenso valor.

Toda la comarca envidiaba al gauchito Coliflor, que sin tener haciendas ni campos ni otras propiedades, vivía como un rey en la inmensa soledad de la verde llanura.

En su cintura, sujetado por un cuero cubierto de monedas de oro, ostentaba su afilado facón, alargada arma de aguda punta, que en manos de nuestro diminuto personaje era temible, según los colonos de aquellos contornos.

Muchas leyendas se narraban del gauchito Coliflor, y hasta se aseguraba que había librado más de un encuentro con hombres de mayor estatura, y que siempre había salido victorioso de los singulares combates, quizás ayudado por alguna bruja endemoniada e invisible, que lo protegía y lo amparaba para que prosiguiera su vida misteriosa y aventurera.

Lo cierto es que nadie se acercaba a su guarida y hasta los indios, esos temibles merodeadores del desierto, no se atrevían a dejarse ver por los contornos de la tapera que le servía de albergue.

Cierta vez desapareció de las casas de una estancia, una hermosa muchacha de nombre Clorinda y la alarma por el rapto fue general, ya que en otras ocasiones habían desaparecido de la comarca niñas y niños que nunca más se volvieron a ver.

Todos los colonos se reunieron para efectuar una batida con deseos de hallar el misterioso delincuente y regresaron a sus viviendas días después sin haber dado con el más leve rastro que les indicara el escondite del invisible raptor.

Pero, lo que para los demás había sido motivo de temor y de misterio, no lo fue para un niño, hermano de Clorinda, que ante la desgracia de tan dolorosa pérdida se impuso la obligación de buscar solo, algunas huellas que lo orientaran hacia el lugar donde se hallaba la hermosa muchacha.

Días y días vagó por las inmensas soledades de la pampa, tras de algún indicio y nadie se salvó de su petición de ayuda. El niño, desesperado, acudió a todas las fuentes informativas sin conseguir ningún dato de la misteriosa desaparición.

El tero que encontró en su camino le respondió que nada había visto; el zorro a quien llegó confiando en su vivacidad, también te dijo que desconocía el paradero de Clorinda; el veloz corredor de los desiertos, el ñandú, nada supo responderle, y así prosiguió, hasta que una noche, fatigado, se echó al amparo de un ombú, para llorar su desesperación e impotencia.

En esta triste situación estaba, acostado contemplando las estrellas, cuando se le aproximó un pequeño tucutucu, es decir, un ratoncillo del campo, que así lo llaman por su extraño grito muy parecido a su nombre, el cual, llegando hasta su oído, le dijo muy quedo:

- ¡Soy el tucutucu! ¡Escucha!

- ¡Habla! -le respondió el niño incorporándose lleno de esperanzas.

- ¡Conozco tu desgracia -prosiguió el roedor mirándolo con su ojillos redondos y vivaces;- tu hermanita Clorinda ha desaparecido y yo sé quién la tiene!

- ¿Quién? -demandó el muchacho ansiosamente.

- ¡El gauchito Coliflor, que no es sino un temible brujo de la pampa!

- ¡No puede ser! -respondió Rudecindo, que así se llamaba el niño.- ¡El gauchito Coliflor es un enano inofensivo!

El tucutucu se rió por lo bajo y contestó con sorna:

- ¡Qué sabes tú! ¡Nadie conoce las andanzas de ese bandido, porque sabe ocultarlas. El matrero está protegido por sus hermanas, las arpías, que son las temibles brujas del desierto que todo lo pueden, y por esto siempre sale victorioso de sus fechorías. Pero... nosotros los tucutucu, aguardamos el día en que alguien más poderoso que él nos sepa vengar de todos los agravios que nos ha inferido.

- ¿Os ha hecho daño? -preguntó Rudecindo.

- ¡Mucho! El gauchito Coliflor vive en un rancho del desierto, pero lo que todo el mundo ignora es que ese rancho, bajo el suelo, tiene una misteriosa galería que se interna hasta lo más hondo de la tierra, en donde mora el maldito acompañado de sus hermanas las brujas.

- ¿Será posible?

- ¡Lo juro! -contestó el roedor con firmeza.­ Nosotros los animales del campo que vivimos bajo de tierra, nos hemos visto desplazados por este invencible enano, que sin miramientos nos ha robado el subsuelo, dejándonos a la intemperie, en donde seguramente moriremos todos de frío.

El muchacho estaba asombrado. ¡No era para menos! ¡Quién hubiera pensado que el inofensivo gauchito Coliflor, fuera tan terrible enemigo y, sobretodo, que estuviera en contacto con las horribles y siempre temidas brujas de la llanura!

- ¿Sabes dónde está? -preguntó angustiado.

- ¡Sí, lo sé! -respondió el tucutucu con voz apagada.- ¡Pero... no grites, que el gauchito Coliflor, según dicen, cuando quiere se hace invisible para saber cuanto es necesario a sus endiablados planes!

Rudecindo se sobresaltó por la advertencia y miró con temor a todos lados, no viendo más que sombras y campo desierto.

- ¿Sabes cómo se encuentra mi hermanita? -volvió a preguntar.

- ¡No creo que esté bien! ¡El maldito matrero rapta a las chicas para sacrificarlas a sus temibles dioses!

- Entonces... ¡mi pobre Clorinda está perdida! -gimió Rudecindo con un sollozo.

El tucutucu lo miró detenidamente y luego repuso con voz de bajo profundo:

- ¡No desesperes! ¡Tu hermana aún no ha muerto! La fiesta del fuego en la que será sacrificada, comenzará dentro de diez horas.

- Pero... ¿cómo podría llegar hasta ella y salvarla? ¿De qué medios me valdré para bajar hasta las profundidades de la tierra? ¡Imposible! ¡Imposible! -Y el pobre muchacho se puso a llorar copiosamente.

El tucutucu pareció conmoverse ante la desesperación de Rudecindo, y luego de una corta pausa le dijo, acariciándolo con su patita:

- ¡Oye, Rudecindo... a nadie debes comunicar lo que vas a escuchar y ver! ¿Me lo juras?

- ¡Te lo juro! -contestó el muchacho.

- Pues bien, fío en tu palabra y te ayudaré. Recuerda lo que voy a decirte. Tengo un pelo en mi colita que es mágico y quien lo encuentre podrá conseguir tres cosas, sean cuales fueren. El hada del campo, me dotó cierta vez de esa virtud sobrenatural, tocándome con su varita de luz. Si quieres hacer la prueba de luchar contra Coliflor, elige uno de mis pelitos y vete a buscarlo. Si el pelito elegido es el que posee las tres gracias del hada, podrás recuperar a Clorinda y dar muerte al gauchito bandido y si fracasas en tu elección, serás tú el que morirás. ¿Aceptas?

- ¡Sí! -respondió Rudecindo sin vacilar.

- Pues bien -prosiguió el tucutucu, aquí tienes mi colita y quiera tu suerte que sepas elegir el pelo mágico que os salvará a ti y a tu hermana.

El pobre muchacho vio junto a sus ojos la diminuta cola del roedor y al contemplarla cubierta de pelos, su turbación fue tan grande que no supo qué hacer.

- ¡Posees un millón de pelitos! -exclamó.

- ¡Ya lo, sé! Lo que quiere decir, que tienes en tu favor, sólo una probabilidad contra un millón. Anda; elige y que la suerte te favorezca.

Rudecindo no vaciló más y alargando la mano arrancó nerviosamente un pelo del parlanchín tucutucu.

- ¡Aquí lo tengo! -exclamó.

- Ya lo sé, porque me ha dolido -respondió el animalito.- Ahora, ¡guárdalo como si fuera un tesoro! Si cuando necesites ayuda la pides y te la dan, será porque el pelo es el mágico y si nadie responde a tus demandas, habrás tenido poca fortuna en la elección y morirás sin remedio.

- ¡Está bien! Seguiré luchando para hallar a mi hermanita y, si puedo, y el hada de los campos me protege, dejaré sin vida al temible gauchito Coliflor.

No había terminado de decir Rudecindo las últimas palabras, cuando el roedor, después de dedicarle una sonrisa y un gesto amistoso de despedida, se perdió entre las sombras y el solitario muchacho, guardando el casi invisible talismán de la cola del tucutucu, se levantó animado por nuevos bríos y prosiguió la marcha por el desierto misterioso.

Pasadas algunas leguas, divisó a lo lejos la humilde cabaña del gauchito Coliflor y sin temores, avanzó resueltamente, preparando sus armas y decidido a dar la cara al temido enemigo.

- ¡Si puedo, lo mataré y recuperaré a mi hermana! -decía por lo bajo el bravo Rudecindo, mientras se acercaba a la lúgubre morada.

A los pocos minutos llegó a ella y no percibiendo a señal alguna de vida en su interior, resolvió penetrar, lo que hizo, no sin antes encender una antorcha para ver bien por donde caminaba.

El rancho del gauchito Coliflor era pequeño y nada había en su interior que pudiera ser motivo de sorpresa. Una mala cama, una silla vieja y colgados sobre las paredes de barro, algunos aperos, riendas, boleadoras y otros útiles de campo.

- ¿Me habrá engañado el tucutucu? -murmuró Rudecindo entre dientes.

Ya iba a retirarse de la solitaria choza, decepcionado y contrito, cuando recordó que tenía escondido en su pañuelo el pelito de la cola del roedor.

- Veré si he tenido suerte en la elección -dijo el muchacho y tomando el talismán entre sus dedos, exclamó en voz alta:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme tu primer favor.

Rudecindo esperó unos segundos después de la rimada súplica, angustiado y curioso por saber si había tenido suerte en la difícil selección y cuál no fue su asombro al contemplar algo insospechado. Casi junto a sus pies se abrió de pronto un enorme agujero, por el que divisó una larga escalera de piedra que se perdía en las profundidades de la tierra.

- ¡Es maravilloso! -exclamó.- ¡El pelito que tengo entre mis dedos es el mágico!

Y acto seguido apagó su antorcha y empezó a descender, en medio de las mayores tinieblas, la escalera que lo iba introduciendo en el mismo corazón del mundo.

- ¡Esto es interminable! -decía de rato en rato, al ver que la escalera parecía no tener fin.

De pronto escuchó a lo lejos un gran ruido, como de miles de tambores que suenan acompasadamente, y el murmullo de muchas voces que entonaban un cántico extraño.

- Estoy llegando -dijo con verdadero temor.­ ¿Qué será lo que existe allá abajo? -Y, sin decir más, prosiguió el descenso con las mayores precauciones, mientras se arrojaba al suelo para no ser visto por los misteriosos habitantes de las profundidades terrestres.

De pronto sus ojos se cerraron ante una luz potente como la del sol, que alumbraba una sala de unos cien metros de largo, en la que contempló lo más extraordinario que haya visto criatura humana.

En un trono de piedra, se hallaba sentado el gauchito Coliflor, vestido con su indumentaria criolla, teniendo en la mano derecha un gran bastón de mando, del que brotaban rayos enceguecedores. A su alrededor, diez viejas esqueléticas de caras horribles y narices corvas como el pico del loro, estaban sentadas en las gradas del trono, y frente a este monarca extraordinario, cien criaturas deformes con ojos llameantes como los de los gatos, bailaban una danza extraña al compás de unos enormes tambores batidos por cincuenta hombrecillos de tez roja y arrugada.

Rudecindo, en los primeros instantes, quedó paralizado por el miedo ante la fantástica visión, pero bien pronto volvió a su cabal juicio, al distinguir en un rincón, sujetas con gruesas cadenas, a varias muchachos, entre las cuales estaba su querida hermana Clorinda.

- ¡Por fin! ¡Por fin te he hallado! -gritó con toda la fuerza de sus pulmones, corriendo hacia donde estaba la cautiva, sin meditar la temeraria imprudencia que cometía, ya que el gauchito Coliflor, poniéndose en pie súbitamente en su pétreo trono, ordenó con voz potente que dieran muerte inmediata al intruso.

Los cien demonios bailarines se lanzaron contra Rudecindo, con sus ojos llameantes y enseñando unos dientes mayores que los de los tigres, con el propósito criminal de acabar con él.

El muchacho se dio cuenta del peligro que corría y volviéndose para dar el pecho a sus atacantes, tomó otra vez su pelito y dijo en voz baja mientras lo elevaba por encima de las cabezas de los monstruos:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme un segundo favor.

La respuesta fue instantánea.

Un fuerte trueno retumbó en la lúgubre caverna y la tierra tembló en tal forma, que las paredes comenzaron a derrumbarse con gran estruendo, aplastando a los demonios de ojos de fuego, que huían en todas direcciones presas de un pánico sin límites.

Las brujas gritaban enloquecidas por tan espantoso terremoto y fueron también cayendo una por una, conmocionadas por los desprendimientos de tierra que amenazaban con matar a todos, inclusive a Rudecindo y las cautivas.

El gauchito Coliflor, guía y dominador de las brujas de la llanura, fue también sepultado entre los escombros, lanzando gritos de impotencia, hasta que su voz se extinguió para siempre, terminando con sus andanzas tan misterioso fenómeno.

Pero Rudecindo se vio abocado a un peligro mucho mayor de los que había pasado. El derrumbe se le acercaba y cuando la muerte casi iba a dar fin a su corta existencia, en unión de las aterrorizadas muchachas, recordó el estupendo tesoro que poseía y apeló a su última gracia:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme tu tercer favor.

El talismán tampoco falló en la demanda final, y abriéndose la tierra en un camino espléndido de luz, dio paso a Rudecindo, Clorinda y las demás cautivas, hacia la superficie terrestre, a donde llegaron muy pronto, elevados por una fuerza desconocida que los impelía como si fuera una potente ráfaga de viento.

Al pisar de nuevo la pampa, el pozo se cerró junto a ellos, sepultando para siempre al gauchito Coliflor, sus malditas brujas y los terribles y feos habitantes de las profundidades de la tierra.

Clorinda y las niñas fueron entregadas a sus respectivos padres y el bravo Rudecindo se convirtió desde entonces en el muchacho invencible, que había conseguido triunfar sobre tan espantosos enemigos, ayudado por el mágico pelito del buen tucutucu, que al final pudo saberse que era la hermosa Hada de la Pampa, quien para acercarse al decidido muchacho se había convertido por unos instantes en el simpático y hablador animalito, que escondía en su diminuta cola el pelito encantado, entre un millón de ellos sedosos y brillantes.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Cuento: Por un secreto

Un cuento de Ángeles Durini

1

Tornado se quedaba quieto en el muelle, tranquilo, dejando que el viento le susurrara en los obenques, clang, otra vez, clang, mientras el marinero se acostaba boca arriba en la cubierta del barco y se concentraba en los sonidos, pero no entendía nada.

—Contame tu secreto —le decía el marinero al viento.

La respuesta del viento era la de los barcos. Clang clang.

Entonces el marinero le hablaba a Tornado, su barco del alma:

—Traducime el secreto del viento.

El barco seguía mezclando el sonido de sus obenques con el de los otros barcos, formaban un coro moderato cantabile en el medio de la noche.

El marinero estaba seguro de que el viento le contaba un secreto a los barcos. Si por eso se había hecho marinero y había construido a Tornado, para que Tornado se hiciera amigo del viento y le descubriera el secreto. Tornado se había hecho amigo del viento y había descubierto el secreto, y ahora el marinero no le perdonaba que no le tradujera todas aquellas palabras.

Como le pareció que no iba a obtener nada en puerto, al día siguiente, el marinero decidió zarpar. Y no pensaba volver hasta no haber conseguido el secreto.

Llevó a Tornado muy lejos, mar adentro. Casi se perdió dando vueltas en vano. Esperaba que el viento se pusiera muy fuerte, lo dejaba gritar en las velas, escoraba el barco para que golpeara en el casco, pero ni así podía encontrar lo que tanto andaba buscando.

Otras veces, cuando el viento se calmaba, ponía atenta la oreja para escuchar el susurro del agua. Aunque era inútil, hiciera lo que hiciera, no obtenía respuesta, ni del barco ni del viento.

Hasta que un día, cuando el marinero ya había perdido la noción del paso de las horas, escuchó una voz muy profunda que le hablaba.

—Te diré mi secreto con una condición.

El corazón del marinero se aceleró, casi se le salía del pecho. Por fin le hablaba el viento. Quiso contestarle y al principio no le salían las palabras, juntó saliva, abrió la boca y con un hilo de voz le dijo:

—¿Con qué condición?

El marinero estaba muy intrigado y hasta orgulloso de que el viento quisiera algo de él, y seguro de que cualquier condición iba a ser buena con tal de saber el secreto. Había preguntado para poder cumplirla lo antes posible.

Entonces el viento le contestó:

—Que apenas te diga mi secreto, me entregues tu voz.

"¿Mi voz?", se preguntó el marinero, "¿para qué querrá mi voz? ¿tendrá miedo de que apenas sepa su secreto lo esté diciendo por ahí? Yo no soy de esa clase de personas, pero si el viento quiere mi voz, aunque me parezca una exageración, se la daré".

—Tendrás mi voz —contestó el marinero, esta vez pudiendo sacar para afuera toda su voz.

Entonces, el viento le pidió que acercara su oreja a los obenques de Tornado. Y cuando el marinero tenía la oreja pegada a los obenques, le dijo su secreto.

Apenas los obenques dejaron de sonar, el marinero sintió un dolor muy fuerte en la garganta. Se llevó las manos al cuello y quiso gritar. Pero no salió ningún grito.

2

Del otro lado del mar había una isla.

En la isla vivía una pescadora.

Pescaba voces, las pescaba en el mar.

Todos los días entraba a la orilla y tiraba las redes. Cuando pescaba las voces, las voces le hablaban y ella se las quedaba escuchando. Luego las devolvía al mar y se iba a dormir contenta.

Un día pescó una voz muy grande. Tan grande era que parecía todas las voces juntas. La voz, apenas pescada, no dejaba de hablar: "Soy la voz de un marinero que me abandonó en medio del mar. No sé por qué me entregó al viento, creo que por algún secreto. Un secreto del viento. El marinero me entregó pero el viento ni siquiera se agachó a recogerme. Dejó que me hundiera en el agua, que me perdiera de mi marinero. Y a pesar de que mi marinero me abandonó, quiero volver a él, no puedo seguir así. Me abandonaron el viento y el marinero, no sé por qué". Toda la tarde la voz pescada estuvo lamentándose y contando. Entonces la pescadora decidió no devolverla al mar y guardársela. Y al día siguiente, invitó a la voz a subir con ella a una barca. La voz aceptó y se fueron a buscar al marinero.

Varios días estuvieron dando vueltas con la barca mar adentro. La voz le describía el lugar a dónde la habían entregado, de golpe gritaba: "¡Creo que es allí!". Entonces la pescadora remaba y remaba hasta donde había señalado la voz, pero siempre se encontraban con el agua y el cielo.

Siguió pasando el tiempo. La pescadora con la voz en la barca.

Hasta que por fin distinguieron la vela de un barco. La pescadora empezó a remar con todas sus fuerzas, y la voz se puso a gritar como nunca había gritado antes. Fueron avanzando, avanzando, cuando la voz se dio cuenta de que era Tornado.

Tornado estaba quieto, a duras penas hamacado por la brisa. Apoyada en la baranda de la cubierta, se veía la cabeza del marinero. Si la voz hubiera tenido garganta, se la hubiera desgañitado. La pescadora le pidió al viento que acelerara su barca.

En eso, el marinero levantó la cabeza, había escuchado a su propia voz que lo llamaba. Se dio vuelta en dirección a donde venía la voz. Y allí la vio. Se la quedó mirando, y la reconoció.

La voz se calló. Había mucho silencio.

La barca se encontraba a pocos pasos, la pescadora remaba con los ojos clavados en el marinero. Ella también lo había reconocido.

El marinero estiró los brazos, las manos, las puntas de los dedos. Ya casi llegaba la barca. No podía dejar de mirarla. Empujada por la brisa, venía hacia él. El secreto del viento.

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