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viernes, 10 de junio de 2011

Cuento: ¿Por qué el rinoceronte tiene la piel arrugada?

Un cuento de Rudyard Kipling

Hace ya mucho tiempo vivía un parsi en una isla desierta, junto a las costas del mar Rojo, y el sol relumbraba en su gorro con tan vivos reflejos que hubieran hecho palidecer a la más lúcida pompa oriental. Y aquel parsi vivía junto al mar Rojo sin más bienes que si gorro, su navaja y un hornillo de esos que por nada del mundo deben tocar los niños.

Cierto día tomó harina, agua, grosellas, ciruelas, azúcar y otras cosas e hizo con todo ello una torta que tenía dos pies de superficie y tres de grosor. Era, de verdad, un comestible superior (como dicen los magos), y la puso sobre el hornillo, en el que le estaba permitido cocer sus alimentos, y empezó a darle vueltas hasta que se puso dorada y olía a gloria. Pero cuando se disponía ya a comerla llegó a la playa, procedente del interior deshabitado, un rinoceronte con un cuerno en mitad del morro, unos ojuelos porcunos y muy escasos modales. A la sazón la piel del rinoceronte le venía muy bien y no se notaba en ella ninguna arruga. Era exactamente igual al rinoceronte de juguete que suele haber en el Arca de Noé, aunque, por supuesto, mucho más voluminoso. Pero, sea como fuera, no tenia entonces buenas maneras, como no las tiene hoy ni logrará adquirirlas nunca.

Dije simplemente:

- ¡Uuuuu!

Y el parsi soltó enseguida la torta y se subió a lo alto de una palmera, sin llevarse más que el gorro, en el que el sol seguía relumbrando de tal manera que hubiera hecho palidecer a la más lucida pompa orienta.

El rinoceronte derribó con el hocico el hornillo de aceite: la torta quedó por la arena y él la levantó con el cuerno y la devoró en un periquete, tras lo cual se marchó tranquilamente, meneando la cola, hacia las selvas vírgenes y desiertas del interior, que confinan con las islas de Mazanderán, Socotora y los Montes del Equinoccio,

El parsi bajó entonces de la palmera, colocó el hornillo en su posición normal y recitó la siguiente Solka, que reproduzco, porque seguramente no la habrás oído:

Quien se lleva la torta

Que al parsi reconforta

Tiene visión muy corta

Y había en estos versos mucha más intención de lo que parece a primera vista.

Pues he aquí que al cabo de cinco semanas, prodújose en el mar Rojo, una ola de calor, y todos se aligeraban de ropa cuando les era posible. El parsi se quitó el gorro y el rinoceronte se quitó la piel, y la llevaba echada sobre el lomo al bajar a la playa para bañarse. En aquellos tiempos la piel del rinoceronte se abrochaba con tres botones por debajo, y parecía un impermeable.

Nada dijo acerca de la torta del parsi, porque la había devorado enterita y, además, era un animalucho sin modales, como no los tiene ni los tendrá nunca. Se metió en el agua y empezó a echar burbujas por la nariz, dejándose la piel en la playa.

Entonces llegó el parsi y encontró la piel, y por dos veces una amplia sonrisa iluminó su semblante. Luego dio tres vueltas de danza en torno a la piel del rinoceronte, se frotó las manos con evidente fruición y se dirigió a su tienda, donde se llenó el gorro con migajas y mendrugos de torta, pues hay que tener en cuenta que aquel parsi sólo se alimentaba de tortas y no solía asear su morada.

Cogió la piel y, agitándola y restregándola mucho, llenó su interior con todos los mendrugos de torta viejos, secos y punzantes que era capaz de contener, y tampoco se olvidó de meter en ella algunas grosellas chamuscadas. Después se subió a la copa de la palmera y espero que el rinoceronte saliera del agua y se pusiera la piel.

Así lo hizo el rinoceronte. Abrochó los tres botones, y enseguida notó que le hacía unas desagradables cosquillas, como las migas cuando uno está en la cama. Quiso rascarse, pero con ello la cosa empeoró y se echó entonces sobre la arena, y empezó a revolcarse más y más, y cada vez que daba un tumbo las migajas de torta le punzaban más desagradablemente. Luego se acercó al tronco de la palmera y se restregó en él varias veces; tanto lo repitió que al fin se hizo una tremenda arruga en la espalda, y otra debajo el cuello que era donde tenía los botones – los cuales arrancó de tantos restregar-, y también quedó la piel arrugada en las patas. Perdió con ello la paciencia, pero su enojo en nada mitigaba las molestias que le producían las migas y mendrugos. Los tenía en el interior de la piel, y allí punzaban de lo lindo. Se marchó pues a su guarida, airado de veras y muy cubierto de rasguños; y desde aquél día todos los rinocerontes tienen grandes arrugas en la piel y un humor de mil demonios, lo cual es debido a las migajas de torta.

Pero el parsi bajó de la palmera con el gorro puesto, en el que el sol relumbraba de tal manera que hubiera hecho palidecer a la más lucida pompa oriental y, tras de empaquetar cuidadosamente su hornillo, dirigiose hacia Orotavo, pasó luego por Amygdala y prosiguió su viaje hasta alcanzar las altas praderas de Anantarivo y las marismas de Sonoput.

Rudyard Kipling - ¿POR QUE EL MAR ES SALADO? Colección Tobogán – Ediciones ORION (1984)

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