Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

jueves, 23 de junio de 2011

EL RENACUAJO PASEADOR

Del libro FABULAS Y VERDADES de Rafael Pombo

El hijo de Rana. Rinrín Renacuajo,
Salió esta mañana muy tieso y muy majo
Con pantalón corto, corbata a la moda,
Sombrero encintado y chupa de boda.
"¡Muchacho, no salgas!" le grita mamá,
Pero él le hace un gesto y orondo se va.

Halló en el camino a un ratón vecino,
Y le dijo: "¡Amigo! venga usted conmigo,
"Visitemos juntos a doña Ratona
"Y habrá francachela y habrá comilona".

A poco llegaron y avanza Ratón,
Estírase el cuello, coge el aldabón,
Da dos o tres golpes, preguntan: ¿Quién es?"
"-Yo, doña Ratona, beso a usted los pies".

"¿Está usted en casa?" -"Sí, señor, sí estoy;
"Y celebro mucho ver a ustedes hoy;
"Estaba en mi oficio, hilando algodón,
"Pero eso no importa; bien venidos son".

Se hicieron la venia, se dieron la mano,
Y dice Ratico, que es más veterano:
"Mi amigo el de verde rabia de calor,
"Démele cerveza, hágame el favor".

Y en tanto que el pillo consume la jarra
Mandó la señora traer la guitarra
Y a Renacuajito le pide que cante
Versitos alegres, tonada elegante.

"-¡Ay! de mil amores la hiciera, señora,
"Pero es imposible darle gusto ahora,
"Que tengo el gaznate más seco que estopa
"Y me aprieta mucho esta nueva ropa".

"-Lo siento infinito, responde tía Rata,
"Aflójese un poco chaleco y corbata,
"Y yo mientras tanto les voy cantar
"Una cancioncita muy particular".

Mas estando en esta brillante función
De baile y cerveza, guitarra y canción,
La Gata y sus Gatos salvan el umbral,
Y vuélvese aquello el juicio final.

Doña Gata vieja trinchó por la oreja
Al niño Ratico maullándole: "¡Hola!"
Y los niños Gatos a la vieja Rata
Uno por la pata y otro por la cola.

Don Renacuajito mirando este asalto
Tomó su sombrero, dio un tremendo salto,
Y abriendo la puerta con mano y narices,
Se fue dando a todos "noches muy felices".

Y siguió saltando tan alto y aprisa,
Que perdió el sombrero, rasgó la camisa,
Se coló en la boca de un pato tragón
Y éste se lo embucha de un solo estirón.

Y así concluyeron, uno, dos, y tres,
Ratón y Ratona, y el Rana después;
Los Gatos comieron y el Pato cenó,
¡Y mamá Ranita solita quedó!

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viernes, 10 de junio de 2011

Cuento: ¿Por qué el rinoceronte tiene la piel arrugada?

Un cuento de Rudyard Kipling

Hace ya mucho tiempo vivía un parsi en una isla desierta, junto a las costas del mar Rojo, y el sol relumbraba en su gorro con tan vivos reflejos que hubieran hecho palidecer a la más lúcida pompa oriental. Y aquel parsi vivía junto al mar Rojo sin más bienes que si gorro, su navaja y un hornillo de esos que por nada del mundo deben tocar los niños.

Cierto día tomó harina, agua, grosellas, ciruelas, azúcar y otras cosas e hizo con todo ello una torta que tenía dos pies de superficie y tres de grosor. Era, de verdad, un comestible superior (como dicen los magos), y la puso sobre el hornillo, en el que le estaba permitido cocer sus alimentos, y empezó a darle vueltas hasta que se puso dorada y olía a gloria. Pero cuando se disponía ya a comerla llegó a la playa, procedente del interior deshabitado, un rinoceronte con un cuerno en mitad del morro, unos ojuelos porcunos y muy escasos modales. A la sazón la piel del rinoceronte le venía muy bien y no se notaba en ella ninguna arruga. Era exactamente igual al rinoceronte de juguete que suele haber en el Arca de Noé, aunque, por supuesto, mucho más voluminoso. Pero, sea como fuera, no tenia entonces buenas maneras, como no las tiene hoy ni logrará adquirirlas nunca.

Dije simplemente:

- ¡Uuuuu!

Y el parsi soltó enseguida la torta y se subió a lo alto de una palmera, sin llevarse más que el gorro, en el que el sol seguía relumbrando de tal manera que hubiera hecho palidecer a la más lucida pompa orienta.

El rinoceronte derribó con el hocico el hornillo de aceite: la torta quedó por la arena y él la levantó con el cuerno y la devoró en un periquete, tras lo cual se marchó tranquilamente, meneando la cola, hacia las selvas vírgenes y desiertas del interior, que confinan con las islas de Mazanderán, Socotora y los Montes del Equinoccio,

El parsi bajó entonces de la palmera, colocó el hornillo en su posición normal y recitó la siguiente Solka, que reproduzco, porque seguramente no la habrás oído:

Quien se lleva la torta

Que al parsi reconforta

Tiene visión muy corta

Y había en estos versos mucha más intención de lo que parece a primera vista.

Pues he aquí que al cabo de cinco semanas, prodújose en el mar Rojo, una ola de calor, y todos se aligeraban de ropa cuando les era posible. El parsi se quitó el gorro y el rinoceronte se quitó la piel, y la llevaba echada sobre el lomo al bajar a la playa para bañarse. En aquellos tiempos la piel del rinoceronte se abrochaba con tres botones por debajo, y parecía un impermeable.

Nada dijo acerca de la torta del parsi, porque la había devorado enterita y, además, era un animalucho sin modales, como no los tiene ni los tendrá nunca. Se metió en el agua y empezó a echar burbujas por la nariz, dejándose la piel en la playa.

Entonces llegó el parsi y encontró la piel, y por dos veces una amplia sonrisa iluminó su semblante. Luego dio tres vueltas de danza en torno a la piel del rinoceronte, se frotó las manos con evidente fruición y se dirigió a su tienda, donde se llenó el gorro con migajas y mendrugos de torta, pues hay que tener en cuenta que aquel parsi sólo se alimentaba de tortas y no solía asear su morada.

Cogió la piel y, agitándola y restregándola mucho, llenó su interior con todos los mendrugos de torta viejos, secos y punzantes que era capaz de contener, y tampoco se olvidó de meter en ella algunas grosellas chamuscadas. Después se subió a la copa de la palmera y espero que el rinoceronte saliera del agua y se pusiera la piel.

Así lo hizo el rinoceronte. Abrochó los tres botones, y enseguida notó que le hacía unas desagradables cosquillas, como las migas cuando uno está en la cama. Quiso rascarse, pero con ello la cosa empeoró y se echó entonces sobre la arena, y empezó a revolcarse más y más, y cada vez que daba un tumbo las migajas de torta le punzaban más desagradablemente. Luego se acercó al tronco de la palmera y se restregó en él varias veces; tanto lo repitió que al fin se hizo una tremenda arruga en la espalda, y otra debajo el cuello que era donde tenía los botones – los cuales arrancó de tantos restregar-, y también quedó la piel arrugada en las patas. Perdió con ello la paciencia, pero su enojo en nada mitigaba las molestias que le producían las migas y mendrugos. Los tenía en el interior de la piel, y allí punzaban de lo lindo. Se marchó pues a su guarida, airado de veras y muy cubierto de rasguños; y desde aquél día todos los rinocerontes tienen grandes arrugas en la piel y un humor de mil demonios, lo cual es debido a las migajas de torta.

Pero el parsi bajó de la palmera con el gorro puesto, en el que el sol relumbraba de tal manera que hubiera hecho palidecer a la más lucida pompa oriental y, tras de empaquetar cuidadosamente su hornillo, dirigiose hacia Orotavo, pasó luego por Amygdala y prosiguió su viaje hasta alcanzar las altas praderas de Anantarivo y las marismas de Sonoput.

Rudyard Kipling - ¿POR QUE EL MAR ES SALADO? Colección Tobogán – Ediciones ORION (1984)

jueves, 9 de junio de 2011

Cuento: EL RINOCERONTE ENAMORADO

Autor.. Pedro Pablo Sacristán

Hubo una vez en la sabana africana, un rinoceronte con mal humor que se enfadaba muy fácilmente. Cierto día, una gran tortuga cruzó por su territorio sin saberlo, y el rinoceronte corrió hacia ella para echarla. La tortuga, temerosa, se ocultó en su caparazón, así que cuando el rinoceronte le pidió que se fuera no se movió. Esto irritó mucho al gran animal, que pensó que la tortuga se estaba burlando, y empezó a dar golpes contra el caparazón de la tortuga para hacerla salir. Y como no lo conseguía, empezó a hacerlo cada vez más fuerte, y con su cuerno comenzó a lanzar la tortuga por los aires de un lado a otro, de forma que parecía un rinoceronte jugando al fútbol, pero en vez de balón, usaba una tortuga.

La escena era tan divertida, que enseguida un montón de monos acudieron a verlo, y no paraban de reírse del rinoceronte y su lucha con la tortuga, pero el rinoceronte estaba tan furioso que no se daba ni cuenta. Y así siguió hasta que, cansado de dar golpes a la tortuga sin conseguir nada, paró un momento para tomar aire.

Entonces, al parar su ruido de golpes, pudo oír las risas y el cachondeo de todos los monos, que le hacían todo tipo de burlas. Ni al rinoceronte ni a la tortuga, que se asomó para verlo, les hizo ninguna gracia ver una panda de monos riéndose de ellos, así que se miraron un momento, se pusieron de acuerdo con un gesto, y la tortuga volvió a ocultarse en el caparazón. Esta vez el rinoceronte, muy tranquilo, se alejó unos pasos, miró a la tortuga, miró a los monos, y cogiendo carrerilla, disparó un formidable tortugazo, con tan tremenda puntería, que ¡parecía que estaba jugando a los bolos con los monos burlones!.

El "strike" de monos convirtió aquel lugar en una enfermería de monos llenos de chichones y moratones, mientras que el rinoceronte y la tortuga se alejaban sonriendo como si hubieran sido amigos durante toda la vida... y mientras le ponían sus tiritas, el jefe de los monos pensaba que tenían que buscar mejores formas de divertirse que burlarse de los demás.

miércoles, 8 de junio de 2011

Cuento: APAGÓN

Un cuento de LEO MASLIAH

La oscuridad no me preocupa. Me preocupa la luz. La oscuridad es solamente ausencia de luz. Pero la ausencia sí me preocupa. La preocupación no. Me es indiferente. Sin embargo, la indiferencia me preocupa muchísimo. La considera una actitud vergonzosa. Aunque la vergüenza no me preocupa. Antes si, me preocupaba. Pero a mi me da lo mismo el antes y el después; mi vida no es un desarrollo tendiente a nada. Por eso la nada no me quita el sueño. El sueño, en cambio, es algo que si me interesa. A veces me quedo toda la noche despierto, pensando en eso. No llego a ninguna conclusión, pero las conclusiones me exasperan. Prefiero los puntos de partida. No por las partidas; por los puntos. Siempre trato de acumular puntos. No por los puntos en sí; es por la acumulación. La acumulación entendida por una cosa sola, no como un cúmulo de otras. Los cúmulos, yo, si pudiera, los disgregaría. Las cosas tienen que ir separadas; no juntas. Juntas forman otras cosas, y eso trae complicaciones. Aunque yo a las complicaciones no les tengo miedo. Lo que me asusta es lo simple. Lo simple no se sabe de donde sale; ahí es donde está el misterio. Aunque los misterios, por suerte, no me interesan. Me interesa la suerte. Que desgracia. Porque la suerte siempre es escasa. Y si dijera que no me preocupa la escasez, mentiría. Pero mentir no me preocupa. A mi me preocupa la verdad. Cuando miento no tengo problema; puedo decir cualquier cosa. Aunque sea verdad, no importa, porque la digo de mentira. Pero cuando hablo con la verdad, tengo que andar con más cuidado. Por las dudas, en esos casos digo lo menos posible. Y después me desdigo, así cubro dos posibilidades. Pero no es que me quiera cubrir. Yo hago todo a la intemperie. Y si no hay luna, mejor. A mi me gusta la oscuridad. La oscuridad no me preocupa. Me preocupa la luz. La oscuridad es solamente ausencia de luz. Pero la ausencia sí me preocupa. La preocupación no. Me es indiferente.

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lunes, 6 de junio de 2011

Cuento: El leve Pedro

Un cuento de Enrique Anderson Imbert

Durante dos meses se asomó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro era nueva, que no había modo de tratarla y que él no sabía qué hacer... Por suerte el enfermo, solito, se fue curando. No había perdido su buen humor, su oronda calma provinciana. Demasiado flaco y eso era todo. Pero al levantarse después de varias semanas de convalecencia se sintió sin peso.

–Oye –dijo a su mujer– me siento bien, pero ¡no sé!, el cuerpo me parece... ausente. Estoy como si mis envolturas fueran a desprenderse dejándome el alma desnuda.

–Languideces –le respondió su mujer.

–Tal vez.

Siguió recobrándose. Ya paseaba por el caserón, atendía el hambre de las gallinas y de los cerdos, dio una mano de pintura verde a la pajarera bulliciosa y aun se animó a hachar la leña y llevarla en carretilla hasta el galpón. Pero según pasaban los días las carnes de Pedro perdían densidad. Algo muy raro le iba minando, socavando, vaciando el cuerpo. Se sentía con una ingravidez portentosa. Era la ingravidez de la chispa, de la burbuja y del globo. Le costaba muy poco saltar limpiamente la verja, trepar las escaleras de cinco en cinco, coger de un brinco la manzana alta.

–Te has mejorado tanto –observaba su mujer– que pareces un chiquillo acróbata.

Una mañana, Pedro se asustó. Hasta entonces su agilidad le había preocupado, pero todo ocurría como Dios manda. Era extraordinario que, sin proponérselo, convirtiera la marcha de los humanos en una triunfal carrera en volandas sobre la quinta. Era extraordinario, pero no milagroso. Lo milagroso apareció esa mañana.

Muy temprano fue al potrero. Caminaba con pasos contenidos porque ya sabía que en cuanto taconeara iría dando botes por el corral. Arremangó la camisa, acomodó un tronco, cogió el hacha y asestó el primer golpe. Y entonces, rechazado por el impulso de su propio hachazo, Pedro levantó vuelo. Prendido todavía del hacha, quedó un instante en suspensión, levitando allá, a la altura de los techos; y luego bajó lentamente, bajó como un tenue vilano de cardo.

Acudió su mujer cuando Pedro ya había descendido y, con una palidez de muerte, temblaba agarrado a un rollizo tronco.

–¡Hebe! ¡Casi me caigo al cielo!

–Tonterías. No puedes caerte al cielo. Nadie se cae al cielo. ¿Qué te ha pasado?

Pedro explicó la cosa a su mujer y ésta, sin asombro, le reconvino:

–Te sucede por hacerte el acróbata. Ya te lo he prevenido. El día menos pensado te desnucarás en una de tus piruetas.

–¡No, no! –insistió Pedro–. Ahora es diferente. Me resbalé. El cielo es un precipicio, Hebe.

Pedro soltó el tronco que lo anclaba, pero se asió fuertemente a su mujer. Así abrazados volvieron a la casa.

–¡Hombre! –le dijo Hebe, que sentía el cuerpo de su marido pegado al suyo como el de un animal extrañamente joven y salvaje, con ansias de huir en vertiginoso galope . ¡Hombre, déjate de hacer fuerza, que me arrastras! Das unas zancadas como si quisieras echarte a volar.

–¿Has visto, has visto? Algo horrible me está amenazando, Hebe. Un esguince, y ya empieza la ascensión.

Esa tarde Pedro, que estaba apoltronado en el patio leyendo las historietas del periódico, se rió convulsivamente. Y con la propulsión de ese motor alegre fue elevándose como un ludión, como un buzo que se quitara las suelas. La risa se trocó en terror y Hebe acudió otra vez a las voces de su marido. Alcanzó a cogerlo de los pantalones y lo atrajo a la tierra. Ya no había duda. Hebe le llenó los bolsillos con grandes tuercas, caños de plomo y piedras; y estos pesos por el momento dieron a su cuerpo la solidez necesaria para tranquear por la galería y empinarse por la escalera de su cuarto. Lo difícil fue desvestirlo. Cuando Hebe le quitó los hierros y el plomo, Pedro, fluctuante sobre las sábanas, se entrelazó a los barrotes de la cama y le advirtió:

–¡Cuidado, Hebe! Vamos a hacerlo despacio porque no quiero dormir en el techo.

–Mañana mismo llamaremos al médico.

–Si consigo estarme quieto no me ocurrirá nada. Solamente cuando me agito me hago aeronauta.

Con mil precauciones pudo acostarse y se sintió seguro.

–¿Tienes ganas de subir?

–No. Estoy bien.

Se dieron las buenas noches y Hebe apagó la luz.

Al otro día, cuando Hebe despegó los ojos vio a Pedro durmiendo como un bendito, con la cara pegada al techo. Parecía un globo escapado de las manos de un niño.

–¡Pedro, Pedro! ... gritó aterrorizada.

Al fin Pedro despertó, dolorido por el estrujón de varias horas contra el cielo raso. ¡Qué espanto! Trató de saltar al revés, de caer para arriba, de subir para abajo. Pero el techo lo succionaba como succionaba el suelo a Hebe.

–Tendrás que atarme de una pierna y amarrarme al ropero hasta que llames al doctor y vea qué es lo que pasa.

Hebe buscó una cuerda y una escalera, ató un pie a su marido y se puso a tirar con todo el ánimo. El cuerpo adosado al techo se removió como un lento dirigible. Aterrizaba.

En eso se coló por la puerta un correntón de aire que ladeó la leve corporeidad de Pedro y, como a una pluma, la sopló por la ventana abierta. Ocurrió en un segundo. Hebe lanzó un grito y la cuerda se le escapó de las manos. Cuando corrió a la ventana ya su marido, desvanecido, subía por el aire inocente de la mañana, subía en suave contoneo como un globo de color fugitivo en un día de fiesta, perdido para siempre, en viaje al infinito. Se hizo un punto y luego nada.

 

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