Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

martes, 24 de mayo de 2011

EL COLLAR DE LA ENCANTADA

 

Leyenda tradicional de Murcia, (España) recopilada por Juan García Atienza

 

En la Murcia visigoda vivía una joven condesa llamada Ordelina, prometida desde niña al noble Sigiberto según los dictados de su padre. Sucedió que el padre de la doncella murió poco antes de que se celebrase la boda, con lo que la heredera, viéndose libre del compromiso contraído con Sigiberto, decidió casarse con su rival. La ceremonia se celebró la víspera de San Juan, aún recientes los funerales del padre. Y estaban a punto de consumar la unión en esa noche mágica cuando el espíritu furioso del padre se les apareció, y reprochándole a su hija la traición y la impaciencia para celebrar su boda, arrancó su alma del cuerpo en brazos de su esposo, quien se encontró abrazando a un cadáver.

El alma encantada de la doncella fue recluida, junto con sus joyas y sus pertenencias, al lugar conocido como Benamor, en una caverna escondida tras un peñasco de donde solo podría salir unas horas, siempre en la noche de San Juan. Y ahí la dejó, custodiada por un enorme esclavo fantasmal.

Durante muchas generaciones, siempre hubo alguien que decía haberla visto deambular por los alrededores de su cárcel eterna, como un espectro que se paseaba cubierto de joyas, arrullado por el murmullo del agua que manaba de una fuente cercana, siempre en la noche de San Juan, siempre desapareciendo apenas llegaban las primeras luces del alba. Y aunque el espectro jamás mostró animosidad hacia nadie, pocos se atrevían a acercarse al lugar maldito.

Pasaron años, siglos, conquistadores que iban y se marchaban de Murcia. Y así, cuentan que en el siglo XV de nuevo otra joven de singular belleza habitó las cercanías de Benamor. Hija del comendador de la villa, siendo tan hermosa como era, no eran pocos sus pretendientes, a los que ella no tomaba demasiado en serio y con los que jugaba, caprichosa y consciente de sus encantos.

El más constante de ellos, don Pedro López de Villora, decidió poco antes de San Juan pedirle que definiera de una vez sus intenciones. Y ella no tuvo mejor idea que pedirle que le trajera el collar de perlas que se decía que lucía el espíritu de la dama de Benamor cuando paseaba las noches de San Juan, en prueba de su amor.

Pero don Pedro era un valiente guerrero, que no podía amedrentarse y mucho menos tratándose del espíritu de una doncella que, a buen seguro, ningún daño podía hacerle. Así que acudió en la fecha señalada a los alrededores de la cueva maldita, de donde, en efecto, vio salir casi flotando a una dama pálida, lánguida... aunque sin la joya preciada en su cuello. Se acercó entonces a ella y le habló de cómo necesitaba su collar para alcanzar el amor soñado, mientras la muchacha espectral le miraba, entre divertida, entristecida y sorprendida por la valentía -y la impertinencia- del muchacho.

Habiendo escuchado la historia, ella volvió sobre sus pasos y entró en la cueva seguida del caballero, descendieron por unas escalinatas labradas en la misma piedra y llegaron a una puerta que la mujer golpeó suavemente. La abrió el fantasma negro que llevaba guardando a la mujer todos estos años, pero se mantuvo quieto, a la espera. Y mientras don Pedro empezaba a sudar y a temblar ante la presencia del peligroso ser con el que no había contado, la mujer entró en la sala, abrió un cofre y sacó de él el collar que le había pedido, dejándolo en sus manos. Pero entonces el guardián espectral susurró con una voz gélida que parecía introducirse directamente en uno, más allá de los huesos, que nada de cuanto en ese lugar se hallaba podría volver jamás al mundo de los vivos. Don Pedro, nervioso y frustrado por estar tan cerca de su objetivo, lanzó una estocada con su espada al lugar donde debiera haberse encontrado el corazón de la figura... para verse envuelto al instante en una nube oscura de humo que le asfixiaba. Lo último que oyó fue el llanto suave de la mujer espectral.

A la mañana siguiente unos pastores encontraron el cuerpo del joven enamorado muerto y sin ninguna señal de violencia, y lo llevaron al pueblo. Y nuestra caprichosa protagonista, sabiéndose responsable de haber llevado a la muerte a don Pedro, quedó al instante muda de por vida.

Cuentan aún que en la noche de San Juan sigue paseándose la dama de Benamor... pero hace tiempo ya que nadie ha vuelto a intentar hacerse con ninguno de los tesoros que se ocultan en su morada. Saben que son solo para el disfrute de los muertos.

EL GATO QUE PEZ- MARÍA ELENA WALSH

 

 

y aquí la letra si lo quieres aprender.

EL GATO QUE PEZ-MARÍA ELENA WALSH

Peligroso es

andar por la ca

la calle del ga

del gato que pes

que pesca y después

se esconde y escapa pa pa pa.

Lo ves o no lo ves al gato que pes

allí, allí sentado en su ventani.

A la gente que

pasa distraí

el gato bandi

con caña y anzue

les pesca el sombre

sombrero y el moño ño ño ño.

Lo ves o no lo ves al gato que pes

allí, allí sentado en su ventaní.

El gato francés

con tanto sombre

nadie sabe qué

qué hace después,

y el asunto es

es que se disfraza za za za.

Lo ves o no lo ves al gato que pes

allí, allí sentado en su ventaní.

Pero el gato un dí

salió disfraza

con gorra de la

de la policí

disfrazado así

dio una caminata ta ta ta.

Lo ves o no lo ves al gato que pes

allí, allí sentado en su ventaní.

Así disfraza

oyó la denun

cia de un transeú

contra un gato ma

porque le ha roba

robado el bonete te te te.

Lo ves o no lo ves al gato que pes

allí, allí sentado en su ventaní.

El gato no pue

decirle soy yo

confundido no

tiene más reme

que llevarse pre

preso al calabozo zo zo zo.

Lo ves o no lo ves al gato que pes

allí, allí sentado en su ventaní.

domingo, 22 de mayo de 2011

La gran zanahoria

Un cuento de Gianni Rodari

Esta es la historia de la zanahoria más grande del mundo. Ya se ha contado de muy distintas maneras, pero para mí las cosas sucedieron así.

Una vez un hortelano plantó zanahorias. Las cultivó como es debido, hizo todo lo que había que hacer y, en la estación adecuada, fue al huerto y empezó a sacar las zanahorias de la tierra. En un determinado momento encontró una zanahoria más gruesa que las otras. Tiraba y tiraba y no salía. Probó de cien maneras, pero nada... Por último tomó una decisión y llamó a su mujer.

—¡Giuseppina!

—¿Qué quieres, Oreste?

—Ven un momento, hay una maldita zanahoria que no quiere salir de la tierra. Lo ves, mira...

—Parece gorda de verdad.

—Vamos a hacer una cosa: yo tiro de la planta de la zanahoria y tú me ayudas tirando de mi chaqueta. Agarrados, vamos... ¿Preparados? ¡Tira! Venga, al tiempo...

—Será mejor que te tire de un brazo porque la chaqueta se desgarra.

—Tira del brazo. ¡Fuerte! ¡Nada! Llama también al chico... ¡Me he quedado sin aliento!

—¡Romeo! ¡Romeo! —llamó la mujer del hortelano.

—¿Qué quieres, mamá?

—Ven un momento. Corre...

—Tengo que hacer las tareas.

—Ya las harás después, ahora ayuda. Hay una zanahoria que no quiere salir. Yo tiro de este brazo de papá, tú tiras del otro, papá tira de la zanahoria y vamos a ver qué pasa...

El hortelano se escupió en las manos.

—¿Estáis listos? ¡Animo, adelante! ¡Tirad! ¡Vamos, sube, sube! Nada, no viene.

—Esta debe ser la zanahoria más grande del mundo —dijo la Giuseppina.

—¿Llamo también al abuelo?

—Anda, llámalo... —dijo el hortelano—. Yo ya estoy sin aliento.

—¡Abuelo! ¡Abuelo! Ven un momento. ¡Y date prisa!

—Me doy prisa, me doy prisa... a mi manera... a tu edad también yo corría, pero ahora... ¿Qué pasa?

Antes de ponerse al trabajo el abuelo ya jadeaba de fatiga.

—Es la zanahoria más gorda del mundo —le dijo Romeo—, no conseguimos sacarla entre tres. ¿Nos echas una mano?

—Os echo incluso dos... ¿Cómo hacemos?

—Vamos a hacer así —dijo Romeo—. Usted me toma de un brazo y tira, yo tiro de un brazo de mi padre, mi madre tira del otro, papá tira de la zanahoria y si ahora no sale...

—De acuerdo —dijo el abuelo—. Esperad un momento.

—Pero ¿qué hace?

—Apoyo la pipa en esta piedra. Ya está. No se pueden hacer dos cosas a la vez. O fumar o trabajar, ¿correcto?

—Sujetarse, entonces —dijo el hortelano—. ¿Estáis todos agarrados? ¿Preparados? ¡Vamos! ¡Tira! ¡Sube! ¡Tirad!

—¡Vamos, sube! ¡Vamos, sube! ¡Vamos, sube!

—Ay... ¡socorro!

—¿Qué le ha pasado, abuelo?

—¿Pues no ves que me he caído al suelo? Me he resbalado, eso es. Y además me he sentado sobre la pipa...

El pobre viejecito se había quemado la parte trasera de los pantalones.

—Así no conseguimos nada —concluyó el hortelano—. Romeo, da un salto a casa del vecino Andrea, pídele que venga a echarnos una mano.

Romeo reflexionó. Luego dijo:

—¿Le digo que traiga también a su mujer y a su hijo?

—Pues sí, díselo —le respondió el padre—. Qué barbaridad de zanahoria... es como para sacarlo en los periódicos...

—¿Llamamos a la televisión? —propuso la Giuseppina. Pero su proposición cayó en el vacío.

—Sí, la televisión —gruñó el hortelano—, primero hay que llamar a gente para que tire...

Para abreviar, vino el vecino Andrea, vino su mujer y vino también su hijo, que tenía cinco años y no podía tener mucha fuerza en los brazos...

Mientras tanto se corrió la voz por el pueblo y, mucha gente, charlando y riendo, había tomado el camino de aquel huerto.

—Pero qué va a ser una zanahoria —decía uno—, allí debajo debe de haber una ballena.

—¡Pero las ballenas están en el mar!

—No todas; yo vi una en la feria.

—Y yo he visto una en un libro.

Los curiosos se exhortaban unos a otros:

—Agárrate tú también, Gerolamo, que eres fuerte.

—A mí las zanahorias no me gustan: prefiero las papas.

—Y yo los buñuelos de viento.

Charlando y charlando, tirando y tirando, el sol ya estaba a punto de ponerse...

 

Primer Final

La zanahoria no sale.

Todo el pueblo se agarra para tirar: nada.

Llega gente de pueblos lejanos: y seguimos en las mismas.

Por fin se descubre que la zanahoria gigante atraviesa todo el globo terráqueo y que en el otro lado hay otro hortelano, otra muchedumbre que tira; en resumen, es un tirón muy fuerte que no terminará nunca.

 

Segundo Final

Tirando, tirando, sale algo, pero no es una zanahoria: es una calabaza. Dentro de la calabaza hay siete enanos zapateros, sentados en círculo martilleando suelas.

—¿Qué maneras son éstas? —protestan los enanos—. No tenéis derecho a robarnos casa y tienda. Volved a enterrarnos.

La gente se asusta y escapa.

Huyen todos menos el abuelo. El abuelo dice a los enanos:

—¿Tenéis un fósforo? Se me ha apagado la pipa.

El abuelo y los enanos se hacen amigos.

—Casi, casi —dice él—, me voy yo también a vivir en vuestra calabaza. ¿Tenéis un poco de sitio?

Romeo grita desde lejos:

—Si se va usted también quiero ir yo.

La Giuseppina grita:

—Romeo, si vas tú yo también voy.

El hortelano grita:

—Giuseppina, si tú vas yo también.

Los enanos se enfadan y ellos y su calabaza vuelven a hundirse en la tierra.

 

Tercer Final

Tirando tirando... la unión hace la fuerza: la zanahoria va saliendo, un centímetro de cada vez. Es tan grande que se necesitan veintisiete camiones y un triciclo para llevarla al mercado.

No hay empresas imposibles cuando los hombres trabajan juntos, en amor y compañía.

domingo, 15 de mayo de 2011

PRECIOSAURIO

Un cuento de Silvia Schujer

"Gracias por cuidarlo", decía la carta colgada de la canasta.
Porque lo que dejaron en la puerta de mi casa—alguien que quizás tocó el timbre y salió corriendo— fue una canasta con un huevo rojo del tamaño de una sandía.
Creí que era una broma. Pero al escuchar que el cascarón empezaba a quebrarse como cuando va a nacer un pollito, cargué el bulto hasta mi pieza.
Y bien. "Gracias por cuidarlo", decía la nota.
De nada, pensé.
Pero... ¿Cuidar qué?
De pronto, entre craques y cracs por todos los costados, el huevo se abrió. Sin darme tiempo a respirar. O pestañear, o toser, o salir corriendo.
Asomó una cabeza verde con nariz de chanchito y me miró. Sus ojos brillaban como dos estrellas transparentes.
—Soy Silvia— me presenté, con la voz entrecortada.
Y el ser asomado del huevo, abriendo la bocota grande como todo el ancho de su cara, me sonrió.
Cuando vi que hacía fuerza para salir, me acerqué y lo ayudé a romper el cascarón.
Su cuerpo era verde. Ni claro ni oscuro. Y tenía escamas del mismo color.

El cuello, largo como la cola, lucía un collar de pelusa amarilla.
Y aunque no me animaba a tocarlo, debo confesar que me resultó simpático desde el principio.
Era una mezcla de dinosaurio, perro salchicha y elefante. Cosa extraña, era precioso.
Lo miré un rato y fui a consultar la enciclopedia: no era un hipopótamo ni un lagarto. No era un elefante marino, ni un yacaré, ni un dragón. No encontré su nombre por ninguna parte.
Así es que como era precioso y se parecía un poco a los animales prehistóricos, lo llamé Preciosaurio.
Claro que haberle puesto nombre no alcanzaba para conocer sus costumbres.

Entonces le ofrecí un poco de leche. Puse un litro en un plato. Se lo tragó de un solo sorbo y como no se movía le agregué otro tanto.
Recién después de gastar más de la mitad de mis ahorros comprando leche y, con el plato cambiado por un balde, el cachorrito se dio por satisfecho y se me tiró en los brazos. Fue la primera vez que un recién nacido me sentó de cola para hacerme mimos.
Sí. Sólo cuando lo tuve entre mis brazos se me ocurrió preguntarme qué haría con él.
En eso pensaba cuando el pre-ciosaurio se quedó dormido.
Lo tapé con mi frazada y entonces supe que ya no podría dejarlo. Mis amigos me ayudaron mucho, sobre todo cuando empezaron los problemas.

A mi preciosaurio había que alimentarlo. Y eso no era nada fácil. A las palanganas de leche hubo que agregar pan duro y después frutas y verduras. Y, al fin, todos los restos de comida del vecindario.
Crecía sin parar.
Le armamos una cama, pero la cabeza no tardó en salírsele por todos los costados.
Era enorme. Al moverse chocaba contra las paredes. Y cuando quería levantar lo que a su paso caía, volvía a tirar otra cosa.
A veces se convertía en montaña para que nosotros lo escaláramos. Nos dejaba trepar por su lomo y construir aventuras con su sola presencia.
Recién cuando su cabeza pegó contra el techo me di cuenta de que ya no le alcanzaba el espacio de mi habitación.
El pobre se quedaba quietito y agachado para no traer problemas. Pero cuando hubo que poner mi cama sobre su lomo verde, mis padres me dieron una semana para que me deshiciera de él.
Le pregunté al preciosaurio si pensaba crecer mucho mas. Por sus antepasados, me juró que no.
Volví a hablar con mis padres. La respuesta entonces fue terminante: o sacaba el "monstruo" de la casa o...
Junté un poco de mi ropa. Rodeé el cuello de mi preciosaurio con una soga a modo de correa y, por primera vez, salimos juntos a la calle.
La calle lo impresionó hasta la locura. De tan contento pegó unos saltos que hundieron parte del asfalto.
Era inmenso. Mi cabeza llegaba hasta la mitad de sus patas.
La primera reacción de los vecinos al vernos partir, fue encerrarse en sus casas. Y después, desatar el bombardeo: naranjazos, tomatazos, zapatazos. Nos pegaron sin compasión.
Y cuando él vio que me habían lastimado, me cargó sobre sulomo.
En pocos minutos se empezaron a escuchar helicópteros y aviones sobrevolando el barrio. Las veredas se llenaron de curiosos.
—¡Fuera monstruo! —gritaban al preciosaurio.
Fotógrafos de todo el mundo encandilaban sus ojos transparentes con flashes.
Altoparlantes, gritos y bocinas amenazaban nuestra vida.
Pude ver cuando su nariz de chanchito se cubría de lagrimones y chorros de llanto bajaban como una catarata hasta su boca.
Lo que nunca imaginé es lo que después sucedería.
Rápido, como el más veloz de los caballos, mi preciosaurio empezó a galopar sin rumbo.
Bien lejos del peligro, me hizo bajar de su lomo y, cansado, muy cansado se echó sobre el pasto a dormir.
Habría pasado una hora cuando intenté despertarlo y ya no pude. Su cuerpo empezó a cambiar de colores hasta volverse transparente.
Y derritiéndose de a poco, se transformó en una laguna que todavía existe.

Fue a orillas de esas aguas que apareció un huevo rojo del tamaño de una sandía.
Lo agarré con cuidado. Caminé y caminé con él hasta conseguir una canasta.
Metí en ella el huevo rojo y con un cartelito que decía: "Gracias por cuidarlo", lo dejé en la puerta de la primer casa que encontré.
Estaba triste y cansada. Así que toqué el timbre y salí corriendo.

 

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martes, 10 de mayo de 2011

LAURA DEVETACH - "CARACATACA"

 

"Cenicienta fue a parar a Usuahia con una de las botas de siete leguas.

El gato, sin botas, y con los pelos de punta, trataba de encontrar el zapatito de cristal.

Pulgarcito abrió una puerta, una ventana, arregló su dormitorio de la planta alta, y hasta puso margaritas en la terraza. Todo esto dentro de la otra bota del gato.

Esta caracataca puede suceder un día de viento, si las hojas de un libro se agitan escandalosamente"

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LAURA DEVETACH - "CARACATACA"

 

"Cenicienta fue a parar a Usuahia con una de las botas de siete leguas.

El gato, sin botas, y con los pelos de punta, trataba de encontrar el zapatito de cristal.

Pulgarcito abrió una puerta, una ventana, arregló su dormitorio de la planta alta, y hasta puso margaritas en la terraza. Todo esto dentro de la otra bota del gato.

Esta caracataca puede suceder un día de viento, si las hojas de un libro se agitan escandalosamente"

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jueves, 5 de mayo de 2011

CUENTO: El gran lío del pulpo

Un cuento de  Pedro Pablo Sacristán

Había una vez un pulpo tímido y silencioso, que casi siempre andaba solitario porque aunque quería tener muchos amigos, era un poco vergonzoso. Un día, el pulpo estaba tratando de atrapar una ostra muy escurridiza, y cuando quiso darse cuenta, se había hecho un enorme lío con sus tentáculos, y no podía moverse. Trató de librarse con todas sus fuerzas, pero fue imposible, así que tuvo que terminar pidiendo ayuda a los peces que pasaban, a pesar de la enorme vergüenza que le daba que le vieran hecho un nudo.

Muchos pasaron sin hacerle caso, excepto un pececillo muy gentil y simpático que se ofreció para ayudarle a deshacer todo aquel lío de tentáculos y ventosas. El pulpo se sintió aliviadísimo cuando se pudo soltar, pero era tan tímido que no se atrevió a quedarse hablando con el pececillo para ser su amigo, así que simplemente le dio las gracias y se alejó de allí rápidamente; y luego se pasó toda la noche pensando que había perdido una estupenda oportunidad de haberse hecho amigo de aquel pececillo tan amable.

Un par de días después, estaba el pulpo descansando entre unas rocas, cuando notó que todos nadaban apresurados. Miró un poco más lejos y vio un enorme pez que había acudido a comer a aquella zona. Y ya iba corriendo a esconderse, cuando vio que el horrible pez ¡estaba persiguiendo precisamente al pececillo que le había ayudado!. El pececillo necesitaba ayuda urgente, pero el pez grande era tan peligroso que nadie se atrevía a acercarse. Entonces el pulpo, recordando lo que el pececillo había hecho por él, sintió que tenía que ayudarle como fuera, y sin pensarlo ni un momento, se lanzó como un rayo, se plantó delante del gigantesco pez, y antes de que éste pudiera salir de su asombro, soltó el chorro de tinta más grande de su vida, agarró al pececillo, y corrió a esconderse entre las rocas. Todo pasó tan rápido, que el pez grande no tuvo tiempo de reaccionar, pero enseguida se recuperó. Y ya se disponía a buscar al pulpo y al pez para zampárselos, cuando notó un picor terrible en las agallas, primero, luego en las aletas, y finalmente en el resto del cuerpo: y resultó que era un pez artista que adoraba los colores, y la oscura tinta del pulpo ¡¡le dio una alergia terrible!!

Así que el pez gigante se largó de allí envuelto en picores, y en cuanto se fue, todos lo peces acudieron a felicitar al pulpo por ser tan valiente. Entonces el pececillo les contó que él había ayudado al pulpo unos días antes, pero que nunca había conocido a nadie tan agradecido que llegara a hacer algo tan peligroso. Al oír esto, los demás peces del lugar descubrieron lo genial que era aquel pulpito tímido, y no había habitante de aquellas rocas que no quisiera ser amigo de un pulpo tan valiente y agradecido.

 

martes, 3 de mayo de 2011

EL ÁRBOL DE LA SALUD

Cuento popular de DINAMARCA

Érase una vez un hombre que tenía tres hijos. Cuando estaba a punto de morir los llamó a su lado y les dijo que no tenía otra cosa que dejarles en herencia más que su huerto de fruta, así que debían repartírselo de tal forma que cada uno se quedase con un trozo. Les contó que uno de los árboles del huerto daba frutas de la salud, pero no quiso decir cuál de ellos era ni dónde estaba.

Unos días después, el hombre murió y los hijos se dispusieron a dividirse la herencia. Pero el menor era aún tan pequeño que lo dejaron al margen. Los dos mayores se repartieron el huerto a partes iguales. Al hermano pequeño le dejaron un solo árbol que estaba en mitad del huerto. Decidieron no darle tierra, pues pensaron que si la desgracia quería que fuera precisamente su árbol el que daba las frutas de la salud, siempre podrían recoger lo que fuera cayendo sobre sus terrenos.

Un día, se enteraron de que la princesa del país estaba gravemente enferma y de que el rey había prometido dársela por esposa, además de la mitad de su reino, a quien fuera capaz de curarla. Los hermanos decidieron entonces probar fortuna. El mayor fue el primero en bajar al huerto con una cesta bajo el brazo, cogió una pieza de fruta de todos y cada uno de los árboles, las metió en la cesta y se puso en marcha hacia el palacio. De camino hacia allí tenía que atravesar un gran bosque. Nada más entrar en él se encontró a una vieja mujer.

-Buenos días -dijo la mujer-. ¿Qué llevas en la cesta?

-Ranas y sapos -contestó el hombre-, pero ¿a ti qué te importa?

-Entonces serán ranas y sapos -dijo la mujer siguiendo su camino.

El hombre continuó hasta la guardia que había en el portal del palacio.

-¿Qué quieres, hijo mío? -le preguntaron.

-Llevo en mi cesta frutas de la salud y quiero subir al palacio para curar a la princesa -replicó.

Le dijeron que de acuerdo, que eso estaba muy bien, pero que antes querían ver lo que había dentro de la cesta. Cuando levantaron la tapa, empezaron a bullir las ranas y los sapos, intentando salir. Entonces, los guardianes dieron al hombre una soberana paliza y lo echaron de allí.

Mientras tanto, el segundo hermano fue a su parte del huerto y llenó una cesta con todo tipo de frutas. Cuando llegó al bosque, se encontró a la misma vieja mujer, que lo saludó y le preguntó qué llevaba en su cesta.

-Serpientes y culebras -dijo, con tan poca amabilidad como su hermano.

La vieja le contestó:

-Entonces serán serpientes y culebras.

Llegó ante la guardia y quiso entrar con sus frutas de la salud, pero en cuanto levantaron la tapa, empezaron a bullir las más repulsivas serpientes y culebras que nadie haya visto jamás. Entonces le pegaron una buena tunda, igual que a su hermano.

Finalmente, el hermano menor quiso también probar fortuna. Cogió frutas de su árbol y se puso en camino. En el bosque se encontró con la vieja mujer. -Buenos días -dijo ella-. ¿Qué llevas en la cesta?

-También yo te deseo buenos días -contestó amablemente-. En la cesta llevo frutas de la salud.

Entonces serán frutas de la salud -dijo la mujer siguiendo su camino.

El hijo menor siguió adelante y, una vez cruzado el bosque, su camino le llevó por una playa.

Entonces vio que las olas habían arrastrado hasta la arena un gran esturión que yacía jadeando en la playa. -¡Oh, pobre pez! -exclamó el joven-, te voy a ayudar. Y, dicho esto, lo volvió a lanzar al agua. Inmediatamente después, el esturión se asomó y gritó: -¡Muchas gracias! ¡Si alguna vez te ves en apuros y te puedo ayudar, llámame y vendré en seguida!

El joven siguió su camino. Poco después vio un cuervo y un enjambre de abejas que se estaban peleando, y a las dos partes les iba bastante mal. Entonces, el joven se dirigió a ellos y les hizo ver lo absurdo que era pelearse, pues cada uno podía volar por su lado. Éstos se dieron cuenta de que tenía razón y, mientras se marchaban volando de allí, tanto el cuervo como las abejas le gritaron:

-¡Gracias por tu buen consejo! ¡Si alguna vez te ves en apuros y te podemos ayudar, llámanos y vendremos en seguida! El joven continuó su camino hasta llegar ante la guardia de la puerta del palacio.

-¿Qué quieres, hijo mío? -le preguntaron.

-Llevo en mi cesta frutas de la salud y quiero subir al palacio para curar a la princesa -contestó. Le dijeron que de acuerdo, que eso estaba muy bien, pero que primero querían ver qué aspecto tenían aquellas frutas de la salud, porque ese día ya les habían sucedido cosas extrañas. En efecto, la cesta estaba llena de manzanas verdaderamente hermosas.

El joven regaló dos manzanas a uno de los guardias, y éste, en cuanto se las hubo comido, se sintió tan ligero y alegre que lo llevó inmediatamente a ver al rey y a la princesa.

El joven ofreció a la princesa algunas manzanas. En cuanto terminó con la primera, pudo ya levantar la cabeza de la almohada; después de comerse la segunda, pudo incorporarse en la cama; después de la tercera, se levantó de un salto y se puso a bailar por la habitación.

El rey entonces se alegró de todo corazón y aseguró que el muchacho sería el esposo de su hija. Pero ella no se mostró en absoluto de acuerdo, pues lo consideraba demasiado insignificante. Le dijo a su padre que el hombre con el que ella estaba dispuesta a casarse debía haber llegado a ser alguien en este mundo; en cualquier caso, si tenía que tomar por esposo a aquel muchacho, antes éste debía recuperar el anillo que el rey había perdido en el mar hacía veinticuatro años.

El rey transmitió el mensaje al joven y éste quedó un poco preocupado. Pero en seguida se acordó del esturión; bajó corriendo a la playa, lo llamó y le contó sus penas. El esturión se sumergió entonces hasta el fondo del mar y apareció poco después con el anillo.

El rey lo recibió con gran asombro, fue a ver a la princesa y dijo:

-Sabes que estás prometida a quién te ha curado, así que ya no hay discusiones que valgan, tienes que tomarlo por esposo.

Pero la princesa contestó que no podía hacerlo. Que ella quería tener un marido que pudiera construir un palacio tan grande y magnífico como el de su propio padre. Dijo además que tenía que ser de cera y brillar al sol como si fuera de oro puro. El rey salió y le contó al joven lo que exigía la princesa. Éste, al principio, puso cara larga, pero en seguida se acordó de las abejas, salió corriendo, las llamó y les contó sus penas. Las abejas prometieron que harían por él todo lo que pudieran.

Y cuando al día siguiente todos se levantaron, había allí un palacio de cera igual de grande y de magnífico que el del rey, un palacio que resplandecía al sol como si fuera de oro puro.

El rey entró de nuevo a hablar con la princesa y dijo:

-No puedo concederte más aplazamientos. Tienes que casarte con él; ya ves que sus capacidades son muy superiores a las de cualquiera.

La princesa se sorprendió mucho de lo que veía, pero no se dio por satisfecha. Exigió, y así debía comunicárselo al muchacho, que cogiera los tres tizones más viejos del infierno. Aseguró que, si lo conseguía, no volvería a exigir nada más y le concedería su mano de buen grado.

Al rey aquello lo indignó muchísimo, pero finalmente cedió y se lo dijo al joven. Éste se quedó al principio muy afligido, pero en seguida se acordó del cuervo, el apóstol de Satanás, al que una vez había ayudado. Y, así, lo llamó y le contó sus penas. El cuervo le prometió que haría todo lo que pudiera, y no tardó en volver con los tres tizones. El joven los cogió, subió al palacio lo más deprisa que pudo y se los echó a la princesa en el regazo. Aquello ardió en llamas inmediatamente, y el humo y el fuego estuvieron a punto de ahogar a la princesa. Entonces, muy asustada, se puso en pie de un salto y se fue corriendo hacia el joven; ahora ya no había nada que impidiera su boda. Y, de esta manera, celebraron las bodas y recibieron la mitad del reino como dote.

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