Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

lunes, 25 de abril de 2011

El Pez de Oro

Cuento popular ruso

En una isla muy lejana, llamada isla Buián, había una cabaña pequeña y vieja que servía de albergue a un anciano y su mujer. Vivían en la mayor pobreza; todos sus bienes se reducían a la cabaña y a una red que el mismo marido había hecho, y con la que todos los días iba a pescar, como único medio de procurarse el sustento de ambos.

Un día echó su red en el mar, empezó a tirar de ella y le pareció que pesaba extraordinariamente. Esperando una buena pesca se puso muy contento; pero cuando logró recoger la red vio que estaba vacía; tan sólo a fuerza de registrar bien encontró un pequeño pez. Al tratar de cogerlo quedó asombrado al ver que era un pez de oro; su asombro creció de punto al oír que el Pez, con voz humana, le suplicaba:

-No me cojas, abuelito; déjame nadar libremente en el mar y te podré ser útil dándote todo lo que pidas.

El anciano meditó un rato y le contestó:

-No necesito nada de ti; vive en paz en el mar. ¡Anda!

Y al decir esto echó el pez de oro al agua.

Al volver a la cabaña, su mujer, que era muy ambiciosa y soberbia, le preguntó:

-¿Qué tal ha sido la pesca?

-Mala, mujer -contestó, quitándole importancia a lo ocurrido-; sólo pude coger un pez de oro, tan pequeño que, al oír sus súplicas para que lo soltase, me dio lástima y lo dejé en libertad a cambio de la promesa de que me daría lo que le pidiese.

-¡Oh viejo tonto! Has tenido entro tus manos una gran fortuna y no supiste conservarla.

Y se enfadó la mujer de tal modo que durante todo el día estuvo riñendo a su marido, no dejándole en paz ni un solo instante.

-Si al menos, ya que no pescaste nada, le hubieses pedido un poco de pan, tendrías algo que comer; pero ¿qué comerás ahora si no hay en casa ni una migaja?

Al fin el marido, no pudiendo soportar más a su mujer, fue en busca del pez de oro; se acercó a la orilla del mar y exclamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez se arrimó a la orilla y le dijo:

-¿Qué quieres, buen viejo?

-Se ha enfadado conmigo mi mujer por haberte soltado y me ha mandado que te pida pan.

-Bien; vete a casa, que el pan no os faltará.

El anciano volvió a casa y preguntó a su mujer:

-¿Cómo van las cosas, mujer? ¿Tenemos bastante pan?

-Pan hay de sobra, porque está el cajón lleno -dijo la mujer-; pero lo que nos hace falta es una artesa nueva, porque se ha hendido la madera de la que tenemos y no podemos lavar la ropa; ve y dile al pez de oro que nos dé una.

El viejo se dirigió a la playa otra vez y llamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez se arrimó a la orilla y le dijo:

-¿Qué necesitas, buen viejo?

-Mi mujer me mandó pedirte una artesa nueva.

-Bien; tendrás también una artesa nueva.

De vuelta a su casa, cuando apenas había pisado el umbral, su mujer le salió al paso gritándole imperiosamente:

-Vete en seguida a pedirle al pez de oro que nos regale una cabaña nueva; en la nuestra ya no se puede vivir, porque apenas se tiene de pie.

Se fue el marido a la orilla del mar y gritó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez nadó hacia la orilla poniéndose con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia el anciano, y le preguntó:

-¿Qué necesitas ahora, viejo?

-Constrúyenos una nueva cabaña; mi mujer no me deja vivir en paz riñéndome continuamente y diciéndome que no quiere vivir más en la vieja, porque amenaza hundirse de un día a otro.

-No te entristezcas. Vuelve a tu casa y reza, que todo estará hecho.

Volvió el anciano a casa y vio con asombro que en el lugar de la cabaña vieja había otra nueva hecha de roble y con adornos de talla. Corrió a su encuentro su mujer no bien lo hubo visto, y riñéndolo e injuriándolo, más enfadada que nunca, le gritó:

-¡Qué viejo más estúpido eres! No sabes aprovecharte de la suerte. Has conseguido tener una cabaña nueva y creerás que has hecho algo importante. ¡Imbécil! Ve otra vez al mar y dile al pez de oro que no quiero ser por más tiempo una campesina; quiero ser mujer de gobernador para que me obedezca la gente y me salude con reverencia.

Se dirigió de nuevo el anciano a la orilla del mar y llamó en alta voz:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

Se arrimó el Pez a la orilla como otras veces y dijo:

-¿Qué quieres, buen viejo?

Éste le contestó:

-No me deja en paz mi mujer; por fuerza se ha vuelto completamente loca; dice que no quiere ser más una campesina; que quiere ser una mujer de gobernador.

-Bien; no te apures; vete a casa y reza a Dios, que yo lo arreglaré todo.

Volvió a casa el anciano; pero al llegar vio que en el sitio de la cabaña se elevaba una magnífica casa de piedra con tres pisos; corría apresurada la servidumbre por el patio; en la cocina, los cocineros preparaban la comida, mientras que su mujer hallábase sentada en un rico sillón vestida con un precioso traje de brocado y dando órdenes a toda la servidumbre.

-¡Hola, mujer! ¿Estás ya contenta? -le dijo el marido.

-¿Cómo has osado llamarme tu mujer a mí, que soy la mujer de un gobernador? -y dirigiéndose a sus servidores les ordenó-: Coged a ese miserable campesino que pretende ser mi marido y llevadlo a la cuadra para que lo azoten bien.

En seguida acudió la servidumbre, cogieron por el cuello al pobre viejo y lo arrastraron a la cuadra, donde los mozos lo azotaron y apalearon de tal modo que con gran dificultad pudo luego ponerse en pie. Después de esto, la cruel mujer le nombró barrendero de la casa y le dieron una escoba para que barriese el patio, con el encargo de que estuviese siempre limpio.

Para el pobre anciano empezó una existencia llena de amarguras y humillaciones; tenía que comer en la cocina y todo el día estaba ocupado barriendo el patio, porque apenas cometía la menor falta lo castigaban, apaleándolo en la cuadra.

-¡Qué mala mujer! -pensaba el desgraciado-. He conseguido para ella todo lo que ha deseado y me trata del modo más cruel, llegando hasta a negar que yo sea su marido.

Sin embargo, no duró mucho tiempo aquello, porque al fin se aburrió la vieja de su papel de mujer de gobernador. Llamó al anciano y le ordenó:

-Ve, viejo tonto, y dile al pez de oro que no quiero ser más mujer de gobernador; que quiero ser zarina.

Se fue el anciano a la orilla del mar y exclamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:

-¿Qué quieres, buen viejo?

-¡Ay, pobre de mí! Mi mujer se ha vuelto aún más loca que antes; ya no quiere ser mujer de gobernador; quiere ser zarina.

-No te apures. Vuelve tranquilamente a casa y reza a Dios. Todo estará hecho.

Volvió el anciano a casa, pero en el sitio de ésta vio elevarse un magnífico palacio cubierto con un tejado de oro; los centinelas hacían la guardia en la puerta con el arma al brazo; detrás del palacio se extendía un hermosísimo jardín, y delante había una explanada en la que estaba formado un gran ejército. La mujer, engalanada como correspondía a su rango de zarina, salió al balcón seguida de gran número de generales y nobles y empezó a pasar revista a sus tropas. Los tambores redoblaron, las músicas tocaron el himno real y los soldados lanzaron hurras ensordecedores.

A pesar de toda esta magnificencia, después de poco tiempo se aburrió la mujer de ser zarina y mandó que buscasen al anciano y lo trajesen a su presencia.

Al oír esta orden, todos los que la rodeaban se pusieron en movimiento; los generales y los nobles corrían apresurados de un lado a otro diciendo: «¿Qué viejo será ése?».

Al fin, con gran dificultad, lo encontraron en un corral y lo llevaron a presencia de la zarina, que le gritó:

-¡Ve, viejo tonto; ve en seguida a la orilla del mar y dile al pez de oro que no quiero ser más una zarina; quiero ser la diosa de los mares, para que todos los mares y todos los peces me obedezcan!

El buen viejo quiso negarse, pero su mujer lo amenazó con cortarle la cabeza si se atrevía a desobedecerla. Con el corazón oprimido se dirigió el anciano a la orilla del mar, y una vez allí, exclamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

Pero no apareció el pez de oro; el anciano lo llamó por segunda vez, pero tampoco vino. Lo llamó por tercera vez, y de repente se alborotó el mar, se levantaron grandes olas y el color azul del agua se obscureció hasta volverse negro. Entonces el Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:

-¿Qué más quieres, buen viejo?

El pobre anciano le contestó:

-No sé qué hacer con mi mujer; está furiosa conmigo y me ha amenazado con cortarme la cabeza si no vengo a decirte que ya no le basta con ser una zarina; que quiere ser diosa do los mares, para mandar en todos los mares y gobernar a todos los peces.

Esta vez el pez no respondió nada al anciano; se volvió y desapareció en las profundidades del mar.

El desgraciado viejo se volvió a casa y quedó lleno de asombro. El magnífico palacio había desaparecido y en su lugar se hallaba otra vez la primitiva cabaña vieja y pequeña, en la cual estaba sentada su mujer, vestida con unas ropas pobres y remendadas.

Tuvieron que volver a su vida de antes, dedicándose otra vez el viejo a la pesca, y aunque todos los días echaba su red al mar, nunca volvió a tener la suerte de pescar al maravilloso pez de oro.

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sábado, 23 de abril de 2011

La sorpresa de Nandi

Un cuento de: Eileen Browne

(Ediciones Ekaré)

Nandi puso siete deliciosas frutas dentro de una cesta para su amiga Tindi.

—Se llevará una sorpresa —pensó Nandi cuando partió hacia el poblado de Tindi.

—¿Qué fruta le gustará más? —se preguntó.

—¿Le gustará la banana amarilla y suave...

o la guayaba de dulce olor?

—¿Le gustará una naranja jugosa y redonda...

o un mango maduro y rojo?

—¿Le gustará la piña de hojas puntiagudas,...

el aguacate verde y redondo...

o tal vez, una parchita de cáscara morada?

—¿Qué fruta le gustará más a Tindi?.

—Hola, Tindi —dijo Nandi—. Te traje una sorpresa.

—Mmmm... ¡Mandarinas! —dijo Tindi—. Mi fruta favorita.

—¡Mandarinas! —dijo Nandi—. ¡Esta sí es una sorpresa!


La sorpresa de Nandi

De: Eileen Browne

Ediciones Ekaré

Nandi puso siete deliciosas frutas dentro de una cesta para su amiga Tindi.

—Se llevará una sorpresa —pensó Nandi cuando partió hacia el poblado de Tindi.

—¿Qué fruta le gustará más? —se preguntó.

—¿Le gustará la banana amarilla y suave... (el mono (mico) se la lleva)

o la guayaba de dulce olor? (el avestruz se la lleva)

—¿Le gustará una naranja jugosa y redonda... (la cebra se la lleva)

o un mango maduro y rojo? (el elefante se lo lleva)

—¿Le gustará la piña de hojas puntiagudas,... (la jirafa se la lleva)

el aguacate verde y redondo... (el antílope se lo lleva)

o tal vez, una parchita de cáscara morada? (el loro se la lleva)

—¿Qué fruta le gustará más a Tindi? (un chivo en el camino se suelta de la cuerda que lo tenía amarrado y sale a atacar a Nandi, pero choca con un árbol de mandarinas y le caen a Nandi en el cesto que lleva en la cabeza).

—Hola, Tindi —dijo Nandi—. Te traje una sorpresa.

—Mmmm... ¡Mandarinas! —dijo Tindi—. Mi fruta favorita.

—¡Mandarinas! —dijo Nandi—. ¡Esta sí es una sorpresa!

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viernes, 22 de abril de 2011

LA SUBIDA AL CIELO

 

Un cuento de Roald Dahl

cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” - (Tales of the Unexpected, 1979)

La señora Foster había sufrido toda su vida un miedo casi patológico a perder trenes, aviones, barcos, y hasta telones, en los teatros. Aunque en otros aspectos no era una mujer particularmente nerviosa, la sola idea de llegar con retraso en ocasiones como las enumeradas la ponía en un estado de excitación tal que le daban espasmos. No era cosa de mucha importancia: un pequeño músculo que se le agarrotaba en la esquina del ojo izquierdo, como un guiño secreto. Lo enojoso, sin embargo, era que la contracción se negaba a desaparecer hasta cosa de una hora después de alcanzado sin novedad el tren, o el avión, o lo que hubiera de tomar.

Es realmente extraordinario el que un temor suscitado por algo tan simple como perder un tren pueda, en ciertas personas, convertirse en una seria obsesión. Media hora antes, como mínimo, de que se hiciese necesario partir hacia la estación, la señora Foster salía del ascensor lista para marchar, con el sombrero y el abrigo puestos, y a continuación, de todo punto incapaz de sentarse, comenzaba a trajinar y agitarse de habitación en habitación, hasta que su marido, que no podía ignorar el estado en que se encontraba, emergía por fin de sus aposentos y en tono seco, desapasionado, señalaba que tal vez fuera hora de ponerse en marcha, ¿no?

Es posible que el señor Foster estuviese en su derecho de irritarse ante esa simpleza de su esposa; lo que resultaba inexcusable era que acrecentase su desazón haciéndola esperar sin necesidad. Cosa que, ¡cuidado!, ni siquiera se hubiera podido demostrar, aunque medía tan bien su tiempo cuando quiera que habían de ir a alguna parte —ya me entienden: sólo uno o dos minutos de retraso—, y su actitud era tan suave, que se hacía difícil creer que no buscara infligir una pequeña pero abominable tortura personal a la pobre señora. Y si algo le constaba, es que ella no se habría atrevido por nada del mundo a levantar la voz y pedirle que se apresurase: la tenía demasiado bien disciplinada para eso. Otra cosa que sin duda había de saber era que, llevando la demora incluso más allá del límite de lo prudencial, podía ponerla al borde de la histeria. Una o dos veces, en los últimos años de su vida de casados, casi había parecido que deseara perder el tren, con el único fin de intensificar el sufrimiento de la infeliz.

Supuesta la culpabilidad del marido (que tampoco puede darse por cierta), lo que hacía doblemente irrazonable su actitud era el hecho de que, exceptuada esa pequeña flaqueza incorregible, la señora Foster era y había sido en todo momento una esposa bondadosa y amante que por espacio de más de treinta años le había servido con competencia y lealtad. A ese respecto no había duda alguna: incluso ella, con ser una mujer muy modesta, así lo veía. Y, por mucho que llevase años rechazando la idea de que el señor Foster quisiera atormentarla deliberadamente, a veces, en los últimos tiempos, habíase sorprendido a sí misma en el umbral de la sospecha.

El señor Eugene Foster, que frisaba los setenta años, vivía con su esposa en Nueva York, en la Calle Sesenta y Dos Este, en una casona de seis plantas atendida por cuatro sirvientes. El lugar era sombrío y recibían pocas visitas. Ello no obstante, la casa había cobrado vida aquella particular mañana de enero y el trajín era mucho. Mientras una de las doncellas repartía por las habitaciones montones de sábanas con que proteger los muebles contra el polvo, otra las colocaba. El mayordomo transportaba a la planta baja maletas que dejaba en el zaguán. El cocinero subía una y otra vez de sus dependencias, para consultar con el mayordomo. Y la señora Foster, por su parte, vestida con un anticuado abrigo de pieles y tocada con un sombrero negro, volaba de una a otra habitación fingiendo vigilar todas aquellas operaciones, cuando lo único que en realidad ocupaba su pensamiento era la idea de que, como su esposo no saliese pronto de su estudio y se aprestara, iba a perder el avión.

—¿Qué hora es, Walker? —preguntó al mayordomo al cruzarse con él.

—Las nueve y diez, señora.

—¿Ha llegado ya el coche?

—Sí, señora, está esperando. Ahora mismo me disponía a cargar el equipaje.

—Se tarda una hora en llegar a Idlewild —dijo ella—. Mi avión despega a las once. Y debo estar allí con media hora de antelación, para los trámites. Llegaré tarde. Sé que llegaré tarde.

—Creo que tiene tiempo de sobras, señora —dijo con amabilidad el mayordomo—. Ya he señalado al señor Foster que habían de marchar a las nueve y cuarto. Aún quedan cinco minutos.

—Sí, Walker, ya lo sé, ya lo sé. Pero cargue rápido el equipaje, ¿quiere?

Se puso a dar vueltas por el zaguán, y, cuantas veces se cruzaba con el mayordomo, le preguntaba la hora. Aquél, se decía una y otra vez, era el único avión que no podía perder. Le había costado meses persuadir a su marido de que la dejase marchar. Y, si ahora perdía el avión, no era difícil que él resolviese que debía dejarlo todo en suspenso. Y lo peor era su insistencia en u a despedirla al aeropuerto.

—Dios mío —exclamó en voz alta—, voy a perderlo. Lo sé, lo sé; sé que voy a perderlo.

El pequeño músculo situado junto al ojo izquierdo le daba ya unos tirones locos, y los ojos en sí los tenía al borde de las lágrimas.

—¿Qué hora es, Walker?

—Las nueve y dieciocho, señora.

—¡Ya es seguro que lo pierdo! —lamentóse—. Oh, ¿por qué no aparecerá de una vez?

Era aquél un viaje importante para la señora Foster. Iba a París, sola, a visitar a su hija, su única hija, casada con un francés. A la señora Foster no le importaba gran cosa el francés, pero a su hija le tenía mucho cariño, y, sobre todo, la consumía el anhelo de ver a sus tres nietos, a quienes sólo conocía por las muchas fotos que de ellos había recibido y que no dejaba de exponer por toda la casa. Eran preciosas aquellas criaturas. Loca por ellas, en cuanto llegaba una nueva fotografía se la llevaba donde pudiera examinarla largo rato buscando con cariño en sus caritas indicios satisfactorios de aquel aire de familia que tanto significaba para ella. Por último, en fechas recientes, cada vez la asaltaba con mayor frecuencia el sentimiento de que no deseaba terminar sus días donde no pudiese estar cerca de sus niños, recibir sus visitas, llevarlos de paseo, comprarles regalos y verlos crecer. Sabía, a buen seguro, que en cierto modo no estaba bien, e incluso que era una deslealtad alentar pensamientos semejantes estando todavía vivo su esposo. Tampoco ignoraba que, por más que ya no desarrollase actividades en ninguna de sus múltiples empresas, él jamás consentiría en dejar Nueva York para instalarse en París. Ya era un milagro que se hubiese avenido a permitirle hacer sola el vuelo y pasar allí seis semanas de visita. Pero, aun así, ¡ah, cómo le hubiera gustado poder vivir siempre cerca de sus nietos!

—Walker, ¿qué hora es?

—Y veintidós, señora.

Mientras eso decía, abrióse una puerta y en el zaguán apareció el señor Foster, que se detuvo a mirar con intensidad a su esposa. También ella fijó los ojos en aquel anciano diminuto, pero todavía apuesto y gallardo, que con su inmensa cara barbuda tan asombroso parecido guardaba con las viejas fotografías de Andrew Carnegie.

—Bueno —dijo—, creo que no estará de más, si quieres alcanzar ese avión, que nos vayamos poniendo en marcha.

—Sí, cariño, sí. Todo está a punto. Y el coche, esperando.

—Perfecto —dijo él ladeando la cabeza y observándola con atención.

Tenía una curiosa manera de ladear la cabeza, la cual se veía además sometida a una serie de sacudidas, breves y rápidas. A causa de ello, y también porque se estrujaba las manos sostenidas en alto, casi a nivel del pecho, plantado allí tenía cierto aspecto de ardilla..., una viva, ágil y vieja ardilla escapada del Central Park.

—Ahí tienes a Walker con tu abrigo, cariño. Póntelo.

—En seguida estaré contigo —replicó él—. Es sólo lavarme las manos.

Ella se quedó aguardando flanqueada por el alto mayordomo, portador del sombrero y abrigo.

—¿Lo perderé, Walker?

—No, señora —respondió el mayordomo—. Creo que llegará perfectamente.

Luego reapareció el señor Foster y el mayordomo le ayudó a ponerse el abrigo. La señora Foster salió presurosa de la casa y montó en el Cadillac alquilado. Su esposo la siguió, pero bajando con lentitud la escalinata que llevaba a la calle y deteniéndose, todavía en los peldaños, para estudiar el cielo y olisquear el frío aire de la mañana.

—Parece un poco brumoso —observó conforme se acomodaba en el coche junto a ella—. Y allí, por el lado del aeropuerto, siempre empeora. No me sorprendería que ya hubiesen suspendido el vuelo.

—No digas eso, cariño, por favor.

No volvieron a hablar hasta que el coche hubo cruzado el río, camino de Long Island.

—Ya me he puesto de acuerdo con el servicio —dijo el señor Foster—. Marcharán todos hoy. Les he liquidado seis semanas a razón de media paga, y a Walker le he dicho que cuando volvamos a necesitarlos le enviaré un telegrama.

—Sí —replicó ella—. Ya me lo ha contado.

—Yo me trasladaré al club esta noche. Alojarse allí será una novedad agradable.

—Sí, cariño. Y yo te escribiré.

—Pasaré por casa de vez en cuando, para recoger el correo y cerciorarme de que todo está en orden.

—¿De veras no crees preferible que Walker se quede allí, al cuidado de todo, mientras estemos fuera? —preguntó ella sumisa.

—Qué tontería. Es del todo innecesario. Y, además, le tendría que pagar el sueldo completo.

—Oh, sí —dijo ella—. Claro está.

—Y, por otra parte, nunca se sabe lo que se le puede ocurrir a la gente cuando se la deja sola en una casa —proclamó el señor Foster, que sacó ahí un cigarro cuya punta hendió con un cortapuros de plata antes de encenderlo con un mechero de oro.

Ella guardó silencio, las manos unidas y crispadas bajo la manta de viaje.

—¿Me escribirás? —indagó.

—Ya veremos. Aunque lo dudo. Ya sabes que no soy de escribir cartas, como no tenga algo concreto que decir.

—Sí, ya lo sé, cariño. Entonces, no te molestes en hacerlo.

Seguían avanzando, ahora por el Queen's Boulevard, hasta que, al alcanzar las llanas marismas en que se asienta el aeropuerto de Idlewild, la niebla empezó a espesarse y el coche hubo de reducir la marcha.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó la señora Foster—. Ahora sí que lo pierdo. ¡Estoy segura! ¿Qué hora es?

—Basta ya de alboroto —protestó el anciano—. Además, es en vano: ya tienen que haberlo suspendido. Jamás vuelan con un tiempo semejante. No sé ni por qué te has tomado la molestia de ponerte en camino.

Aunque no estaba segura de ello, le pareció que su voz cobraba repentinamente un tono nuevo, y volvió la cabeza, para mirarle. Era difícil, con aquel pelambre, apreciar en su rostro cambios de expresión. La boca era la clave de todo, y, como tantas otras veces, habría dado cualquier cosa por distinguirla claramente, pues a no ser que estuviera enfurecido, los ojos rara vez traslucían nada.

—De todas formas —prosiguió el señor Foster—, te doy la razón: si por casualidad se efectuase el vuelo, ya lo tienes perdido. ¿Por qué no te -rindes a la evidencia?

Apartó de él la mirada y la volvió hacia la ventanilla. La niebla parecía espesarse conforme adelantaban, y ahora sólo el borde de la carretera y la orilla de la pradera que empezaba más allá le resultaban visibles. Sabía que su esposo continuaba mirándola. A una nueva ojeada advirtió, con una especie de horror, que ahora tenía fija la vista en el rabillo de su ojo izquierdo, en aquella pequeña zona donde sentía los tirones del músculo.

—¿O no es así? —insistió él.

—¿Qué?

—Que ya tienes perdido el vuelo, si es que lo hay. Con esta basura en el aire, no podemos correr.

Dicho eso, no volvió a dirigirle la palabra. El coche continuó su dificultoso avance, auxiliado el conductor por el foco amarillo que tenía orientado hacia el arcén. Otros focos, algunos blancos, algunos amarillos, surgían continuamente de la niebla, en dirección opuesta, y uno, sobremanera brillante, no dejaba de seguirlos a corta distancia.

De repente, el chofer paró el coche.

—¡Ya está! —exclamó el señor Foster—. Atascados. Ya lo sabía.

—No, señor —dijo el chofer al tiempo que volvía la cabeza—. Lo hemos conseguido. Estamos en el aeropuerto.

La señora Foster se apeó sin decir palabra y entró presurosa en el edificio por su puerta principal. El interior estaba repleto de gente, en su mayoría pasajeros que asediaban, desolados, los despachos de billetes. La señora Foster se abrió paso como pudo y se dirigió al empleado.

—Sí, señora —dijo éste—. Su vuelo está aplazado, por el momento. Pero no se marche, por favor. Contamos con que el tiempo aclare en cualquier instante.

La señora Foster salió al encuentro de su marido, que continuaba en el coche, y le transmitió la información.

—Pero no te quedes, cariño —añadió—. No tiene sentido.

—No pienso hacerlo —replicó él—, siempre y cuando el chofer pueda devolverme a la ciudad. ¿Podrá usted, chofer?

—Eso creo —dijo el hombre.

—¿Ya ha bajado el equipaje?

—Si, señor.

—Adiós, cariño —se despidió la señora Foster, e inclinó él cuerpo hacia el interior del coche y besó brevemente a su esposo en el áspero pelambre gris de la mejilla.

—Adiós —contestó él—. Que tengas buen viaje.

El coche arrancó y la señora Foster se quedó sola.

El resto del día fue una especie de pesadilla para ella. Sentada hora tras hora en el banco que más cerca quedaba del mostrador de la línea aérea, a cada treinta minutos, o cosa así, se levantaba para preguntar al empleado si había cambiado la situación. La respuesta era siempre la misma: debía continuar la espera, pues la niebla podía disiparse en cualquier momento. Hasta que, por fin, a las seis de la tarde, los altavoces anunciaron que el vuelo quedaba aplazado hasta las once de la mañana siguiente.

La señora Foster no supo qué hacer al recibir la noticia. Continuó en su asiento, por lo menos durante otra media hora, preguntándose, cansada y como confusa, dónde podría pasar la noche. Dejar el aeropuerto le disgustaba en grado sumo. No quería ver a su esposo. Le aterraba que consiguiese, con algún subterfugio, impedirle el viaje a Francia. Ella se hubiera quedado allí, en aquel mismo banco, toda la noche. Le parecía lo más seguro. Pero estaba agotada, y tampoco le costó comprender que, en una señora de su edad, aquel proceder sería ridículo. En vista de ello, terminó por buscar un teléfono y llamar a su casa.

Respondió su esposo en persona, a punto ya de salir hacia el club. Después de comunicarle las noticias, le preguntó si continuaba allí la servidumbre.

—Han marchado todos —contestó él.

—Siendo así, buscaré en cualquier sitio una habitación donde pasar la noche. Pero no te inquietes por eso, cariño.

—Sería una bobada —replicó él—. Tienes toda una casa a tu disposición. Úsala.

—Pero es que está vacía, mi vida.

—Entonces, me quedaré a acompañarte.

—Pero no hay comida ahí. No hay nada.

—Pues cena antes de volver. No seas tan necia, mujer. De todo tienes que hacer un alboroto.

—Sí —respondió ella—. Lo siento. Tomaré un emparedado aquí y me pondré en camino.

Fuera, la niebla había aclarado un poco; pero, aun así, el regreso en el taxi fue largo y lento, y ya era bastante tarde cuando llegó a la casa de la Calle Sesenta y Dos.

Su marido emergió de su estudio al oírla entrar.

—Y bien —dijo plantado junto a la puerta—, ¿qué tal ha resultado París?

—Salimos a las once de la mañana. Está confirmado.

—Será si se disipa la niebla, ¿no?

—Ya empieza. Se ha levantado viento.

—Se te ve cansada. Tienes que haber tenido un día tenso.

—No fue demasiado agradable. Creo que me voy directamente a la cama.

—He encargado un coche. Para las nueve de la mañana.

—Oh,'muchas gracias, cariño. Y espero que no volverás a tomarte la molestia de hacer todo ese viaje, para despedirme.

—No, no creo que lo haga —dijo él despacio—. Pero nada te impide dejarme, de paso, en el club.

Le miró y en aquel momento se le antojó muy lejano, como al otro lado de una frontera, súbitamente tan pequeño y distante, que no podía determinar qué estaba haciendo, ni qué pensaba, ni tan siquiera quién era.

—El club está en el centro —observó ella—: no queda camino del aeropuerto.

—Pero tienes tiempo de sobras, esposa mía. ¿O es que no quieres dejarme en el club?

—Oh, sí, claro que sí.

—Magnífico. Entonces, hasta mañana, a las nueve.

La señora Foster se encaminó a su alcoba, situada en el segundo piso, y' tan exhausta estaba tras aquella jornada, que se durmió apenas acostarse.

A la mañana siguiente, habiendo madrugado, antes de las ocho y media estaba ya en el zaguán, lista para marchar. Su marido apareció minutos después de las nueve.

—¿Has hecho café? —preguntó a su esposa.

—No, cariño. Pensé que tomarías un buen desayuno en el club. El coche ya ha llegado y lleva un rato esperando. Yo estoy lista para marchar.

La conversación la celebraban en el zaguán —últimamente parecía como si todos sus encuentros ocurriesen allí—, ella con el abrigo y el sombrero puestos, y el bolso en el brazo, y él con una levita de curioso corte y altas solapas.

—¿Y el equipaje?

—Lo tengo en el aeropuerto.

—Ah, sí. Claro está. Bien, si piensas dejarme primero en el club, mejor será que nos pongamos cuanto antes en camino, ¿no?

—¡Sí! —exclamó ella—. ¡Oh, sí, por favor!

—Sólo el tiempo de coger unos cigarros. En seguida estoy contigo. Monta en el coche.

Ella dio media vuelta y salió al encuentro del chofer, que le abrió la puerta del coche al verla acercarse.

—¿Qué hora es? —le preguntó la señora Foster.

—Alrededor de las nueve y cuarto.

El señor Foster salió de la casa cinco minutos más tarde. Viéndole descender despacio la escalinata, advirtió ella que, enfundadas en aquellos estrechos pantalones, sus piernas parecían patas de chivo. Como hiciera la víspera, se detuvo a medio camino, para olisquear el aire y estudiar el cielo. Aunque no había despejado por completo, un amago de sol perforaba la bruma.

—A lo mejor tienes suerte esta vez —comentó él conforme se instalaba a su lado en el coche.

—Dése prisa, por favor —dijo ella al chofer—. Y no se preocupe por la manta de viaje. Yo la extenderé. Arranque, se lo ruego. Voy con retraso.

El conductor se acomodó frente al volante y puso en marcha el motor.

—¡Un momento! —exclamó de pronto el señor Foster—.

Aguarde un instante, chofer, tenga la bondad.

—¿Qué ocurre, cariño? —indagó ella según le observaba registrarse los bolsillos del abrigo.

—Tenía un pequeño regalo que darte, para Ellen. Vaya, ¿dónde diablos estará? Estoy seguro de que lo llevaba en la mano al bajar.

—No he visto que llevases nada. ¿Qué regalo era?

—Una cajita, envuelta en papel blanco. Ayer olvidé dártela y no quiero que hoy ocurra lo mismo.

—¡Una cajita! —exclamó la señora Foster—. ¡Yo no he visto ninguna cajita!

Y se puso a rebuscar con desespero en la parte trasera del coche.

Su marido, que estaba examinándose los bolsillos del abrigo, desabrochó éste y comenzó a palparse la levita.

—Maldita sea —dijo—, debo de haberla olvidado en el dormitorio. No tardo ni un minuto.

—¡Oh, déjalo, por favor! —clamó ella—. ¡No tenemos tiempo! Puedes enviárselo por correo. Después de todo, no será más que una de esas dichosas peinetas, que es lo que siempre le regalas.

—¿Y qué tienen de malo las peinetas, si puede saberse? —inquirió él, furioso de que, por una vez, su esposa hubiera perdido los estribos.

—Nada, cariño. ¿Qué van a tener de malo? Sólo que...

—¡Quédate aquí! —le ordenó—. Voy a buscarla.

—De prisa, te lo ruego. ¡Oh, date prisa, por favor! Se quedó quieta en el asiento, espera que esperarás.

—¿Qué hora es, dígame? —preguntó al conductor. El hombre consultó su reloj de pulsera.

—Casi las nueve y media, diría yo.

—¿Podremos llegar al aeropuerto en una hora?

—Más o menos.

Ahí, de pronto, la señora Foster descubrió, trabado entre asiento y respaldo, en el lugar que había ocupado su esposo, el borde de un objeto blanco. Alargó la mano y tiró de él. Era una cajita envuelta en papel e insertada allí, observó a su pesar, honda y firmemente, como por intervención de una mano.

—¡Aquí está! —exclamó—. ¡La he encontrado! ¡Oh, Dios mío, y ahora se eternizará allí arriba buscándola! Chofer, por favor, corra usted a avisarle, ¿quiere?

Aunque todo aquello le tenía bastante sin cuidado, el hombre,- dueño de una boca irlandesa, pequeña y rebelde, saltó del coche y subió los peldaños que daban acceso a la puerta principal. Pero en seguida se volvió y deshizo el camino.

—Está cerrada —declaró—. ¿Tiene llave?

—Sí... aguarde un instante.

La señora Foster se puso a registrar el bolso como loca. Un visaje de angustia contraía su pequeña cara, donde los labios, prietos, sobresalían como un pico de cafetera.

—¡Ya la tengo! Tome. No, déjelo: iré yo misma. Será más rápido. Yo sé dónde encontrarle.

Salió presurosa del coche y presurosa subió la escalinata, la llave en una mano. Introdujo aquélla en la cerradura y, a punto de darle vuelta, se detuvo. Irguió la cabeza y así se quedó, totalmente inmóvil, toda ella suspendida justo en mitad de aquel precipitado acto de abrir y entrar, y esperó. Esperó cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez segundos. Viéndola plantada allí, la cabeza muy derecha, el cuerpo tan tenso, se hubiera dicho que acechaba la repetición de algún ruido percibido antes y procedente de un lejano lugar de la casa.

Sí: era indudable que estaba a la escucha. Toda su actitud era de escuchar. Parecía, incluso, que acercase más y más a la puerta la oreja. Pegada ésta ya a la madera, durante unos segundos siguió en aquella postura: la cabeza alta, el oído atento, la mano en la llave, a punto de abrir, pero sin hacerlo, intentado en cambio, o eso parecía, captar y analizar los sonidos que le llegaban, vagos, de aquel lejano lugar de la casa.

Luego, de golpe, como movida por un resorte, volvió a cobrar vida. Retirada la llave de la cerradura, descendió los peldaños a la carrera.

—¡Es demasiado tarde! —gritó al chofer—. No puedo esperarle. Imposible. Perdería el avión. ¡De prisa, de prisa, chofer!

¡Al aeropuerto!

Es posible que, de haberla observado con atención, el chofer hubiese advertido que, la cara totalmente blanca, toda su expresión había cambiado de repente. Exentos ahora de aquel aire un tanto blando y bobo, sus rasgos habían cobrado una singular dureza. Su pequeña boca, de ordinario tan floja, se veía prieta y afilada; los ojos le fulgían; y la voz cuando habló, tenía un nuevo tono, de autoridad-.

—¡Dése prisa, dése usted prisa!

—¿No marcha su marido con usted? —preguntó el hombre, atónito.

—¡Desde luego que no! Sólo iba a dejarlo en el club. Pero no importa. El lo comprenderá. Tomará un taxi. Pero no se me quede ahí, hablando, hombre de Dios. ¡En marcha! ¡Tengo que alcanzar el avión a París!

Acuciado por la señora Foster desde el asiento trasero, el hombre condujo de prisa todo el camino y ella consiguió tomar el avión con algunos minutos de margen. Al poco, sobrevolaba muy alto el Atlántico, cómodamente retrepada en su asiento, atenta al zumbido de los motores, y camino, por fin, de París. Imbuida aún de su nuevo talante, sentíase curiosamente fuerte y, en cierta extraña manera, maravillosamente. Todo aquello la tenía un poco jadeante; pero eso era debido, más que nada, al pasmo que le inspiraba lo que había hecho; y, conforme el avión fue alejándose más y más de Nueva York y su Calle Sesenta y Dos Este, una gran serenidad comenzó a invadirla. Para su llegada a París, se sentía tan sosegada y entera como pudiese desear.

Conoció a sus nietos, que en persona eran aún más adorables que en las fotografías. De puro hermosos, se dijo, parecían ángeles. Diariamente los llevó a pasear, les ofreció pasteles, les compró regalos y relató cuentos maravillosos.

Una vez por semana, los jueves, escribía a su marido una carta simpática, parlanchina, repleta de noticias y chismes, que invariablemente terminaba con el recordatorio de: «Y no olvides comer a tus horas, cariño, aunque me temo que, no estando yo presente, es fácil que dejes de hacerlo.»

Expiradas las seis semanas, todos veían con tristeza que hubiese de volver a América, y a su esposo. Todos, es decir, excepto ella misma, que no parecía, por sorprendente que ello fuera, tan contrariada como hubiera cabido esperar. Y, según se despedía de unos y otros con besos, tanto en su actitud como en sus palabras, parecía apuntar la posibilidad de un regreso no distante.

Con todo, y haciendo honor a su condición de esposa fiel, no se excedió en su ausencia. A las seis semanas justas de su llegada, y tras haber cablegrafiado a su esposo, tomó el avión a Nueva York.

A su llegada a Idlewild, la señora Foster advirtió con interés que no había ningún coche esperándola. Es posible que eso incluso la divirtiera un poco. Pero, sosegada en extremo, no se excedió en la propina al mozo que le había conseguido un taxi tras llevarle el equipaje.

En Nueva York hacía más frío que en París y las bocas de las alcantarillas mostraban pegotes de nieve sucia. Cuando el taxi se detuvo ante la casa de la Calle Sesenta y Dos, la señora Foster consiguió del chofer que le subiese los dos maletones a lo alto de la escalinata. Después de pagarle, llamó al timbre. Esperó, pero no hubo respuesta. Sólo por cerciorarse, volvió a llamar. Oyó el agudo tintineo que sonaba en la despensa, en la trasera de la casa. Nadie, sin embargo, acudió a la puerta.

En vista de ello, la señora Foster sacó su llave y abrió.

Lo primero que vio al entrar fue el correo amontonado en el suelo, donde había caído al ser echado al buzón. La casa estaba fría y oscura. El reloj de pared aparecía envuelto aún en la funda que lo protegía del polvo. El ambiente, pese al frío, tenía una peculiar pesadez, y en el aire flotaba un extraño olor dulzón como nunca antes lo había percibido.

Cruzó a paso vivo el zaguán y desapareció nuevamente por la esquina del fondo, a la izquierda. Había en esa acción algo a un tiempo deliberado y resuelto; tenía la señora Foster el aire de quien se dispone a investigar un rumor o confirmar una sospecha. Y cuando regresó, pasados unos segundos, su rostro lucía un pequeño viso de satisfacción.

Se detuvo en mitad del zaguán, como reflexionando qué hacer a continuación, y luego, súbitamente, dio media vuelta y se dirigió al estudio de su marido. Encima del escritorio encontró su libro de direcciones, y, tras un rato de rebuscar en él, levantó el auricular y marcó un número.

—¿Oiga? —dijo—. Les llamo desde el número nueve de la Calle Sesenta y Dos Este... Sí, eso es. ¿Podrían enviarme un operario cuanto antes? Sí, parece haberse parado entre el segundo y el tercer piso. Al menos, eso señala el indicador... ¿En seguida? Oh, es usted muy amable. Es que, verá, no tengo las piernas como para subir tantas escaleras. Muchísimas gracias. Que usted lo pase bien.

Y, después de colgar, se sentó ante el escritorio de su marido, a esperar paciente la llegada del hombre que en breve acudiría a reparar el ascensor.

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domingo, 17 de abril de 2011

PUNTOS COMAS Y ESAS COSAS

 

En 1856 Sarmiento era Inspector general de escuelas, llegó a un establecimiento y comprobó que los alumnos eran buenos en geografía, historia y matemáticas pero flojos en gramática y se lo hizo saber al maestro. Éste ,asombrado, le dijo, "No creo que sean importantes los signos de puntuación".
"–Que no! Le daré un ejemplo".
Tomó una tiza y escribió en el pizarrón: "El maestro dice, el inspector es un ignorante".
"-Yo nunca diría eso de usted, señor Sarmiento".
–"Pues yo sí"-dijo tomando una tiza y cambiando de lugar la coma. La frase quedó así: "El maestro, dice el inspector, es un ignorante."

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martes, 12 de abril de 2011

El jilguero y la calandria, de María Alicia Esain

 

Alibruja, Alicita, es una linda brujita que anda por el mundo creando y contando historias. Historias como esta….

Más sobre el trabajo de Alicia:y sus libros acá

 

viernes, 8 de abril de 2011

Juan el Tonto

Cuento popular Argentino

Había una vez un tonto llamado Juan, quien aparentaba creer todo lo que le decían, aunque fueran las mentiras más grandes del mundo. Tenía ese tonto por patrón a un hombre muy bromista. En cierta ocasión, y como deseaba reírse de su peón, lo invitó para que fuera a su casa, donde comerían juntos, pues le dijo que había carneado un chancho.

Juan fue, y en lo que estaban asando unos chorizos, el patrón le dice al tonto:

-Juan, ¿cómo se llama esto? (señalando los pantalones).

-Pantalones.

-No tonto, esto se llama garabalata – responde el patrón.

-Garabalata –dice Juan, y se calla.

Al rato le pregunta, señalando las alpargatas:

-Juan, ¿cómo se llama esto?

-Alpargatas -dice el tonto.

-No hombre, eso se llama chirimique –dice el patrón.

-Chirimique –repite Juan.

Luego, señalando un gato, el patrón le pregunta:

-¿Y aquello cómo se llama?

-Gato.

-No, se llama ave que caza ratas –corrige el patró.

-¡Oh!, ¡ave que caza ratas!

-Así es, y esto (señalando el fuego) ¿cómo se llama?

-Fuego – replica Juan.

-No, se llama alumbrancia.

-Alumbrancia –repite Juan.

No contento con esto, el patrón continúa haciendo preguntas a su peón y corrigiendo todo lo que éste dice. Le pregunta de nuevo, indicando un balde con agua que había allí:

-¿Y esto, cómo se llama?

-Agua.

-No hombre, se llama clarancia.

-¡Ah, clarancia.

Permanecieron callados un rato, y el patrón que se había propuesto hacer enojar al tonto, sin conseguirlo, continuó con su bromas diciéndole:

-Oye, Juan, ¿cómo se llama esto? (señalando un inmenso trigal).

-Trigo.

-No, eso se llama bitoque –informa el patrón.

-Bitoque, repite Juan.

-¿Y eso?

-Burro –contesta Juan.

-No hombre, eso se llama filitroque.

-¡Ah! Filitroque.

Por último señalando unos chorizos, el patrón pregunta:

-¿Cómo se llama esto?

-Chorizos.

-No, tonto, eso se llama filitraca –corrige el patrón.

-¡Ah! filitraca.

Al cabo un momento de permanecer callado, el patrón da las buenas noches a Juan y se retira a dormir, riéndose de las tonterías que le había dicho a su peón; éste piensa en vengarse del bromista.

Quedó Juan sentado junto al fuego, meditando, cuando al cabo de un rato cayó una enorme brasa en el lomo de un gato que dormía al lado del fuego; el gato, al sentir que se le quemaba el lomo, salió corriendo en dirección al trigal. Juan todo asustado al ver que comenzaba a incendiarse el trigo, grito a su patrón:

-Patrón, póngase los chirimiques y también las garabalatas, que el ave que caza ratas se ha vestido con alumbrancia, y si no viene con clarancia se le quema el bitoque. Yo me voy en filitroque y me llevo la filitraca.

El tonto aprovechó la ocasión para llevarse todos los chorizos y huyó montado en el burro. Cuando el patrón salió, ya el trigal estaba invadido por las llamas.

jueves, 7 de abril de 2011

El leve Pedro

Un cuento de Enrique Anderson Imbert


Durante dos meses se asomó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro era nueva, que no había modo de tratarla y que él no sabía qué hacer... Por suerte el enfermo, solito, se fue curando. No había perdido su buen humor, su oronda calma provinciana. Demasiado flaco y eso era todo. Pero al levantarse después de varias semanas de convalecencia se sintió sin peso.
-Oye -dijo a su mujer- me siento bien, pero ¡no sé!, el cuerpo me parece... ausente. Estoy como si mis envolturas fueran a desprenderse dejándome el alma desnuda.
-Languideces -le respondió su mujer.
-Tal vez.
Siguió recobrándose. Ya paseaba por el caserón, atendía el hambre de las gallinas y de los cerdos, dio una mano de pintura verde a la pajarera bulliciosa y aun se animó a hachar la leña y llevarla en carretilla hasta el galpón. Pero según pasaban los días las carnes de Pedro perdían densidad. Algo muy raro le iba minando, socavando, vaciando el cuerpo. Se sentía con una ingravidez portentosa. Era la ingravidez de la chispa, de la burbuja y del globo. Le costaba muy poco saltar limpiamente la verja, trepar las escaleras de cinco en cinco, coger de un brinco la manzana alta.
-Te has mejorado tanto -observaba su mujer- que pareces un chiquillo acróbata.
Una mañana Pedro se asustó. Hasta entonces su agilidad le había preocupado, pero todo ocurría como Dios manda. Era extraordinario que, sin proponérselo, convirtiera la marcha de los humanos en una triunfal carrera en volandas sobre la quinta. Era extraordinario, pero no milagroso. Lo milagroso apareció esa mañana.
Muy temprano fue al potrero. Caminaba con pasos contenidos porque ya sabía que en cuanto taconeara iría dando botes por el corral. Arremangó la camisa, acomodó un tronco, tomó el hacha y asestó el primer golpe. Entonces, rechazado por el impulso de su propio hachazo, Pedro levantó vuelo.
Prendido todavía del hacha, quedó un instante en suspensión, levitando allá, a la altura de los techos; y luego bajó lentamente, bajó como un tenue vilano de cardo.
Acudió su mujer cuando Pedro ya había descendido y, con una palidez de muerte, temblaba agarrado a un rollizo tronco.
-¡Hebe! ¡Casi me caigo al cielo!
-Tonterías. No puedes caerte al cielo. Nadie se cae al cielo. ¿Qué te ha pasado?
Pedro explicó la cosa a su mujer y ésta, sin asombro, le reconvino:
-Te sucede por hacerte el acróbata. Ya te lo he prevenido. El día menos pensado te desnucarás en una de tus piruetas.
-¡No, no! -insistió Pedro-. Ahora es diferente. Me resbalé. El cielo es un precipicio, Hebe.
Pedro soltó el tronco que lo anclaba pero se asió fuertemente a su mujer. Así abrazados volvieron a la casa.
-¡Hombre! -le dijo Hebe, que sentía el cuerpo de su marido pegado al suyo como el de un animal extrañamente joven y salvaje, con ansias de huir en vertiginoso galope-. ¡Hombre, déjate de hacer fuerza, que me arrastras! Das unas zancadas como si quisieras echarte a volar.
-¿Has visto, has visto? Algo horrible me está amenazando, Hebe. Un esguince, y ya comienza la ascensión.
Esa tarde, Pedro, que estaba apoltronado en el patio leyendo las historietas del periódico, se rió convulsivamente, y con la propulsión de ese motor alegre fue elevándose como un ludión, como un buzo que se quitara las suelas. La risa se trocó en terror y Hebe acudió otra vez a las voces de su marido. Alcanzó a cogerlo de los pantalones y lo atrajo a la tierra. Ya no había duda. Hebe le llenó los bolsillos con grandes tuercas, caños de plomo y piedras; y estos pesos por el momento dieron a su cuerpo la solidez necesaria para tranquear por la galería y empinarse por la escalera de su cuarto. Lo difícil fue desvestirlo. Cuando Hebe le quitó los hierros y el plomo, Pedro, fluctuante sobre las sábanas, se entrelazó a los barrotes de la cama y le advirtió:
-¡Cuidado, Hebe! Vamos a hacerlo despacio porque no quiero dormir en el techo.
-Mañana mismo llamaremos al médico.
-Si consigo estarme quieto no me ocurrirá nada. Solamente cuando me agito me hago aeronauta.
Con mil precauciones pudo acostarse y se sintió seguro.
-¿Tienes ganas de subir?
-No. Estoy bien.
Se dieron las buenas noches y Hebe apagó la luz.
Al otro día, cuando Hebe despegó los ojos vio a Pedro durmiendo como un bendito, con la cara pegada al techo.
Parecía un globo escapado de las manos de un niño.
-¡Pedro, Pedro! ... -gritó aterrorizada.
Al fin Pedro despertó, dolorido por el estrujón de varias horas contra el cielo raso. ¡Qué espanto! Trató de saltar al revés, de caer para arriba, de subir para abajo. Pero el techo lo succionaba como succionaba el suelo a Hebe.
-Tendrás que atarme de una pierna y amarrarme al ropero hasta que llames al doctor y vea qué es lo que pasa.
Hebe buscó una cuerda y una escalera, ató un pie a su marido y se puso a tirar con todo el ánimo. El cuerpo adosado al techo se removió como un lento dirigible.
Aterrizaba.
En eso se coló por la puerta un correntón de aire que ladeó la leve corporeidad de Pedro y, como a una pluma, la sopló por la ventana abierta. Ocurrió en un segundo. Hebe lanzó un grito y la cuerda se le escapó de las manos. Cuando corrió a la ventana ya su marido, desvanecido, subía por el aire inocente de la mañana, subía en suave contoneo como un globo de color fugitivo en un día de fiesta, perdido para siempre, en viaje al infinito. Se hizo un punto y luego nada.

Enrique Anderson Imbert - Breve reseña sobre su obra
Escritor y crítico argentino nacido en 1910. Se doctoró en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y fue profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad de Tucumán (de 1941 a 1946) y en Estados Unidos, en la Universidad de Michigan (desde 1947 hasta 1964). En 1965, la Universidad de Harvard creó para él la cátedra Victor S. Thomas.
Desde los comienzos de su carrera como escritor, alternó la ficción con los trabajos de crítica que realizó, hasta 1940, a través de artículos periodísticos y posteriormente, en ensayos en los que se especializó en los análisis estilísticos y estéticos.
Murió en Buenos Aires, a finales del año 2000.
Fue autor de Historia de la literatura hispanoamericana (1961), Qué es la prosa , Genio y figura de Sarmiento, La originalidad de Rubén Darío y Estudios sobre letras hispánicas.
Además de dos novelas Vigilia y Fuga, reunidas en un solo volumen en 1963 publicó diversas colecciones de cuentos: El Grimorio (1961), El gato de Cheshire (1965), La sandía y otros cuentos (1969), La locura juega al ajedrez (1971), La botella de Klein (1975), El leve Pedro (1976), Victoria (1977).
Como narrador, Anderson Imbert es considerado uno de los iniciadores de la llamada escuela argentina de literatura fantástica a la que pertenecen, entre otros, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Manuel Peyrou.
El profesor Heliny F. Giacoman en su Homenaje a Enrique Anderson Imbert afirma: "Los relatos de Anderson Imbert rechazan la realidad ordinaria para reemplazarla con una sorprendente invención. A veces las leyes de la naturaleza quedan interrumpidas por un explicable acontecimiento sobrenatural ... A veces la acción es real pero tan extraña que produce una ilusión de irrealidad ... A veces, sea que presente la magia como si fuese real o la realidad como si fuese mágica, el autor desafía al lector a un juego de reglas estrictas: urde tramas ingeniosas con desenlaces inesperados."


El leve Pedro aparece recopilado en la edición de Editorial Alianza El leve Pedro, Antología.