Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

miércoles, 9 de marzo de 2011

El hilito

Un cuento de Florencia Balestra

La horizontalidad de la realidad es un hilito que tiene la fragilidad de la nada.

A veces atravesamos esa realidad a destiempo.

A veces creemos atravesarla y no es así.

A veces es una dura, muy dura realidad.

A veces la atravesamos y como no nos gusta nos escapamos por otro lado.

Algunos transitan sobre ella y nunca se dan cuenta.

Otros, sobre esa realidad, van en busca de otros.

Y se dan cuenta de que algo los separa.

Otros se la pasan discutiendo acerca de cuál es la realidad.

Algunos, muy pocos, la rozan, pero no la tocan.

Aunque la mayoría está bien inmersa en ella.

Volar... no vuela nadie. "Volar es una mentira", dice la señora

...aunque no siempre es así.

Algunos viven atados a esa realidad.

Otros la moldean a su gusto.

Otros viven al filo de la realidad

lo cual no es fácil por momentos.

Hay realidades que han ido perdiendo su forma y se vuelven complicadas

...vacías...

aunque cuando recupera su forma...

...se la siente uniforme...

...monótona...

...aburrida...

.........................................

Hay gente que detiene su curso...

Y como la realidad siempre avanza, ellos crean otra realidad.

Y aunque parece ser la misma...

...ya no lo es.

Eso sí!... ¡Sólo algunos lo perciben!

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lunes, 7 de marzo de 2011

EL CHILOTE OTEY

Una historia de Coloane Francisco

Alrededor del novecientos hombres se reunieron a deliberar en la Meseta de la Turba; era los que quedaban en pie, de los cinco mil que tomaron parte en el levantamiento obrero del territorio de Santa Cruz, en la Patagonia.

Dejaron ocultos sus caballos en una depresión del faldeo y se encaminaron hacia el centro de la altiplanicie, que se elevaba como una isla solitaria en medio de un mar estático, llano y gris.

La altura de sus cantiles, de unos trescientos me­tros, permitía dominar toda la dilatada pampa de su derredor, y, sobre todo, las casas de la es­tancia, una bandada de techos rojos, posada a unos cinco kilómetros de distancia hacia el sur. En cambio, ningún ojo humano habría podido descubrir la reunión de los novecientos hombres sobre aquella superficie cubierta de extensos tur­bales matizados con pequeños claros de pasto coirón. En lontananza, por el oeste, sólo se divi­saban las lejanas cordilleras azules de los Andes Patagónicos, único accidente que interrumpía los horizontes de aquella inmensidad. Los novecientos hombres avanzaron hasta el centro del turbal y se sentaron sobre los mogo­tes formando una gruesa rueda humana, casi to­talmente mimetizada con el oscuro color de la turba. En el centro quedó un breve claro de pampa, donde se movían los penachos del pasto con reflejos de acero verde.

- ¿Estamos todos? - dijo uno.

- ¡Todos! ... respondieron varios, mirándose como si se reconocieran.

Muchos habían luchado juntos contra las tro­pas del Diez de Caballería, que comandaba el te­niente coronel Varela; pero otros se veían por pri­mera vez, ya que eran los restos de las matanzas del Río del Perro, Cañadón Once y otras accio­nes libradas en las riberas del lago Argentino.

Este lago, enclavado en un portezuelo del lomo andino, da origen al río Santa Cruz, que atraviesa la ancha estepa patagónica hasta desembo­car en el Atlántico. En época remota, un estre­cho de mar, tal como el de Magallanes hoy día más al sur, unió por esta parte el océano Pacífico con el Atlántico, burilando en su lecho los gi­gantescos cañadones y mesetas que desde el curso del río ascienden, como colosales escalones para­lelos, hasta la alta pampa. Por estos cañadones de la margen sur, un amansador de potros, cabe­cilla de la revuelta, apodado Facón Grande por el cuchillo que siempre llevaba a la cintura, ob­tuvo éxito con tácticas de guerrillas, tratando de dividir los tres escuadrones que componían el Diez de Caballería. Usando más sus boleadoras, lazos y facones que las precarias armas de fue­go de que disponían, mantuvieron a raya en sus comienzos a las fuerzas del coronel Varela. El río mismo, cuyo caudal impide su paso a nado, sirvió para que Facón Grande y sus troperos, campañistas y amansadores de potros, se salva­ran muchas veces de las tropas profesionales vadeándolo por pasos sólo por los indios tehuelches y ellos conocidos.

- ¡Parece que nos va a llover! - exclamó un amansador alto y espigado.

Los que estaban sentados a su alrededor alza­ron la vista hacia un cielo revuelto y la fijaron en un nubarrón más denso que venía abriéndose paso entre los otros como un gran toro negro.

- ¡Ese chubasco no alcanza hasta aquí! —dijo un hombrecito de cara azulada por el frío y de ojos claros y aguados, arrebujándose en su pon­cho de loneta blanca.

El amansador de potros dio vuelta su angulo­sa cara morena, sonriendo burlonamente al ver al hombrecito que hablaba con tanta seguridad del destino de una nube.

- ¡Que no nos va alcanzar..., luego veremos! —le replicó.

- ¡Le apuesto a que no llega! —insistió el otro.

- ¿Cuánto quiere apostar?

- ¡Aquí tengo cuarenta nacionales! —respon­dió el del poncho blanco, sacando unos billetes de su tirador y depositándolos sobre el pasto, ba­jo la cacha de su rebenque.

El amansador, a su vez, sacó los suyos y los depositó junto a los otros.

En ese momento un hombre de mediana esta­tura, ágil y vigoroso, de unos cuarenta años, se le­vantó del ruedo y avanzó hasta el breve claro de pampa. Iba vestido con el característico apero de los campañistas: espuelas, botas de potro, panta­lón doblado sobre la caña corta, blusón de cue­ro, pañuelo al cuello, gorro de piel de guanaco con orejeras para el viento, y atrás, en la cintura, el largo facón con vaina y cacha de plata.

Facón Grande puso las manos en los bolsillos del pantalón y las levantó empuñadas adentro, como si se apoyara en algo invisible. Se empinó un poco, levantando los talones, y adquirió más estatura con un leve balanceo; el gesto, ceñudo, miraba fijamente hacia el suelo; una ráfaga pasó con más fuerza por sobre la meseta y los pena­chos del coirón devolvieron la mirada con su re­flejo acerado. Los novecientos hombres permane­cían a la expectativa, tan quietos y oscuros como si fueran otros mogotes, un poco más sobresali­dos, del turbal.

De pronto todos se removieron de una vez y el círculo se estrechó un poco más en torno de su eje.

- Bien - dijo aquel hombre, dejando su balan­ceo y soldándose definitivamente a la tierra - ; la situación todos la conocemos y no hay más que agregar sobre ella. Esta misma noche o a más tar­dar mañana el Diez de Caballería estará en las casas de la última estancia que queda en nues­tras manos. El traidor de Mata Negra ya les ha­brá dicho cuál es el único paso que nos queda por la cordillera del Payne para ganar la fronte­ra. Ellos traen caballos de refresco, se los habrán dado los estancieros; en cambio, los nuestros es­tán ya casi cortados y no nos aguantarán mucho más... Nos rodearán, y caeremos todos, como chulengos. No queda otra que hacerles frente des­de el galpón de esquila de la estancia, para que el resto de nosotros pueda ponerse a salvo por la cordillera del Payne.

El círculo se removió algo confundido al escuchar la palabra "nosotros" ... ¿Quiénes eran esos "nosotros"? ¿Acaso Facón Grande, uno de los cabecillas que habían iniciado la revuelta en el río Santa Cruz, también se incluía entre los que debían escapar por el Payne, mientras otros disparaban hasta el último cartucho en el galpón de la esquila?

Un murmullo atravesó como otra helada ráfaga por el oscuro ruedo de hombres.

- ¡Que se rifen los que quedan! - dijo alguien.

- ¡No, eso no!... - exclamó otro.

- ¡Tienen que ser por voluntad propia! - pro­firieron varios.

- ¿Quiénes son esos "nosotros"?... - inquirió uno con frío sarcasmo.

Facón Grande volvió a empinarse, tomando al­tura; se inclinó cual si fuera a dar un tranco con­tra un viento fuerte, y levantó los brazos cal­mando el aire o como si fuera a asir las riendas de un caballo invisible. La murmurante rueda humana se acalló.

- ¡Nosotros, los que empezamos esto, tenemos que terminarlo! - dijo con una voz más opaca, como si le hubiera brotado de entre los pies, de entre los mogotes de la turba. Empinándose de nuevo, dirigió la vista por encima de los que es­taban sentados en primer plano, y agregó, con un acento más claro -: ¿Cuántos quedamos de los que éramos del otro lado del río Santa Cruz?

Unas cuarenta manos levantadas en el aire, por sobre las novecientas cabezas, fue la respuesta. El mismo Facón Grande levantó la suya, con las invisibles riendas en alto, ahora tomadas como si fuera a poner pie en el estribo de su imaginaria cabalgadura,

- ¿Qué le parece? - dijo el hombrecito de pon­cho de lona blanca, codeando al amansador de potros, que se sentaba a su lado y quien había sido uno de los primeros en responder con la mano en alto.

- No quedaba otra ..., está bien lo que ha he cho Facón.

- No ...; yo le preguntaba por lo de la nube - dijo, haciendo un gesto hacia el cielo.

- ¡Ah!... - profirió el amansador levantando también la cara con una helada mueca de sorpresa.

Ambos divisaron que el toro negro empezaba a deshacerse, descargándose como una regadera sobre la llanura, a la distancia. El aguacero avan­zó con sus cendales de flechecillas espejeantes; pero al aproximarse a los lindes de la meseta desa­pareció totalmente, quedando del oscuro nuba­rrón sólo un claro entre las nubes, por donde pasó un lampo que lamió luminosamente a la llovida pampa.

- ¡Da gusto ver llover cuando uno no se moja! - dijo el amansador con sorna.

- ¡Sí, da gusto! - replicó el del poncho blan­co, y se agachó a recoger el dinero ganado en la apuesta.

Los hombres empezaron a esparcirse por entre el turbal hacia el faldeo en donde habían dejado ocultos sus caballos. El viento del oeste sopló con más fiereza por el claro que había dejado el nu­barrón, y aquel páramo, desnudado, adquirió ba­jo el cielo una expresión más desolada.

No hubo ninguna clase de despedidas. Los que partieron hacia la cordillera del Payne lo hicieron cabizbajos, más apesadumbrados que alegres de avanzar hacia las serranías azules donde estaba su salvación. Los cuarenta troperos de Facón Grande, también sombríos, se dirigieron inme­diatamente hacia el cumplimiento de su misión.

De pronto, desde la multitud en éxodo hacia el Payne se desprendió un jinete que a galope tendido avanzó en pos de la retaguardia de los troperos. Todos, de una y otra parte, se dieron vuelta a mirar aquel poncho de lona blanca que flameaba al viento, como si fuera una última mirada de despedida.

- ¿Otra apuesta? - díjole burlonamente el amansador, cuando lo vio llegar a su lado.

- Es ... que ... - repuso el del poncho, dubita­tivamente.

- ¿Qué?...

- Yo le llevo su plata y usted … se queda guardándome las espaldas

- ¡A usted le va a hacer más falta! - replicó el amansador, fastidiado.

- ¡Chilote tenía que ser! ... - profirió rudamente por lo bajo otro de los troperos.

El rostro de ojos claros y aguados se encogió parpadeando, como si hubiera recibido un violento latigazo.

- ¡Aquí está su plata! - respondió con voz ronca, y agregó -: ¡Yo no la necesito tampoco!

- ¡El juego es juego, amigo, llevésela y parta pronto! - exclamó otro.

- ¿Qué le pasa a ese hombre? - dijo Facón Grande, sofrenando su caballo.

- Es una plata de juego - le explicó el amansa­do —. Apostamos a una nube y él ganó. Ahora pa­rece que quiere devolvérmela como si me fuera a hacer falt a..., ¿habrá visto?

- Yo no he vuelto por la plata - manifestó el aludido, dirigiéndose al cabecilla -. Lo de la plata salió sin querer entre mis palabras ... Pero yo he venido hasta aquí porque quiero también pelear con los Diez de Caballería.

Los que escuchaban el diálogo haciéndose los distraídos, se dieron vuelta de súbito a mirarlo.

- Pero usted no es del otro lado del río Santa Cruz - le dijo Facón.

- No; era lechero en la estancia Primavera cuando empezó la revuelta. Después me metí en ella y aquí estoy; quiero pelearla hasta el final, si ustedes me lo permiten.

- ¿Qué les parece? - consultó el cabecilla a los troperos.

- Si es su gusto ..., que se quede - contestaron varias voces con gravedad.

Antes de perderse en la distancia, muchos de los que marchaban camino del Payne se dieron vuelta una vez más para mirar: el poncho blanco cerraba la retaguardia de los troperos, flameando al viento como un gran pañuelo de adiós.

Al caer la noche, los troperos se hallaban ya atrincherados en el galpón de esquila de la estan­cia. Acomodaron gruesos fardos de lana en los bretes de entrada y de salida, a fin de que por entre los intersticios dejados pudieran apuntar sus armas hacia un amplio campo de tiro. En cambio, desde afuera, se hacía poco menos que imposible meter una bala entre los claros de aquellas imbatibles trincheras de apretada lana. Centinelas permitieron que todos descansaran un poco mientras la noche avanzaba.

- ¡De puro cantor se ha metido en esto! - di­jo el amansador de potros al hombre del poncho blanco cuando acomodaban unos cueros de ove­ja para recostarse junto a sus trincheras comunes.

- ¡Ya estoy metido en la cueca y tengo que bailarla bien! - replicó.

- A lo mejor le picó aquello de “chilote tenía que ser”…

- Sí, me picó eso; pero yo venía decidido a que me dejaran con ustedes ... ¡Quería pelearla tam­bién! ¿Por qué no? Y a propósito, dígame, ¿por qué miran tan en menos a los chilotes por estos lados? ¿Nada más que porque han nacido en las islas de Chiloé? ¿Qué tiene eso?

- No, no es por eso; es que -son bastante apatronados ... y se vuelven matreros cuando hay que decidirse por las huelgas, aunque después son los primeros en estirar la poruña para recibir lo que se ha ganado... A mí también me dolió un poco eso de "chilote tenía que ser", porque yo nací en Chiloé.

- ¿Ah ..., sí? ¿En qué parte?

- En Tenaún..., me llamo Gabriel Rivera.

- Yo soy de la isla de Lemuy..., Bernardo Otey, para servirle.

- ¿Y siendo lemuyano, cómo se metió tan tie­rra adentro? ¡Cuando los de Lemuy son no más que loberos y nutrieros!

- Ya no van quedando lobos ni nutrias ... los gringos las están acabando. Aunque uno se arriesgue a este lado del golfo de Penas, ya no sale a cuenta, y la mujer y los chicos tienen que comer ... Por eso uno se larga por estos lados.

—¿Cuántos chicos tiene?

—Cuatro, dos hombres y dos mujercitas... Por ellos uno no se mete de un tirón en las huelgas... ¿Qué dirían si me vieran volver con las manos vacías? ¡A veces se debe hasta la plata del barco, que se le ha pedido prestada a un pariente o a un vecino! Y uno no puede andarle contando todo esto al mundo entero... Por eso seremos un po­co matreros para las huelgas ... ¿A usted no le pasa lo mismo? ¿No tiene familia allá en Tenaún?

- No; no tengo familia. Me vine de muchacho a la Patagonia. Me trajo un tío mío que era esquilador. Murió al tiempo después y me quedé solo aquí ... Siempre que me acuerdo de él, pienso cómo me embolinó la cabeza con su Patagonia - continuó el amansador, cruzando sus manos por debajo de la nuca, y agregando con voz nostálgica -: Tocaba la guitarra y cantaba tristes corridos de por esos lados ... Me acuerdo que una vez me dijo: "Allá en la Patagonia se pasa muy bien ..., se come asado de cordero todos los días ..., y se montan caballos tan grandes como los cerros ..." "¿Dónde está la Patagonia?, le pregunté un día. "¡Allá está la Patagonia!, me respondió, estirando el brazo hacia un lado del cielo, donde se divisiba una franja muy celeste y sonrosada. Desde ese día la Patagonia para mí fue eso, y no me despegué más de sus talones hasta que me trajo. Una vez aquí, ¡qué diablos! ..., los caballos no eran tan grandes como los cerros y el pedazo del cielo ese siempre estaba corrido por el mismo lado y más lejos! ...

"Trabajé de vellonero — continuó el amansador —, de peón y recorredor de campo. Después, por el gusto a los caballos, me hice amansador. He ganado buena plata domando potros, soy bastante libre, pero ... fuera de las ñatas que uno baja a ver de vez en cuando a Río Gallegos o Santa Cruz, no se sabe lo que es una mujer para uno, ni lo que sería un hijo ... ¿De qué vale la plata entonces, si uno no ha de vivir como Dios manda? El corazón se le vuelve a uno como esos champones de turba: lleno de raíces, pero tan re­torcidas y negras que no son capaces de dar una sola hebra de past verde ... Por eso será que uno no le tiene mucho apego a esta vida tampoco, y se hace el propósito como si no valiera nada ... Le da lo mismo terminar debajo del lomo de un arisco o en una huifa como esta en que nos hallamos metidos ... En cambio, usted debiera aga­rrar su caballo y espiantar para el Payne..., lo esperarán allá en Lemuy una mujer y unos niños.

- ¡Ya no, ya!... ¿Quiere que le diga una cosa? ¡Me dio vergüenza que nadie se hubiera quedado de los que cortaron para el Payne!

- Muchos quisieron quedarse, pero Facón los convenció de que debían marcharse. Cuantos menos caigamos es mejor, les dijo, y yo le encuentro razón ... Ah..., cómo se la habríamos ganado con Diez de Caballería y todo si no es por ese krumiro de Mata Negra!

- ¿Por qué habrá empezado todo esto?

- ¡Hem ..., quién lo sabe! La mecha se en­cendió en el hotel de Huaraique, cerca del río Pelque ... La tropa atacó a mansalva y asesinó a todos los compañeros que allí estaban ... Enton­ces nos bajó pica, y con Facón Grande nos echa­mos a pelear todos los que éramos de campo afuera, campañistas, amansadores, troperos y al­gunos ovejeros que eran buenos para el caballo ... Se la estábamos ganando cuando sucedió la trai­ción del Mata Negra, hijo de ..., ése; se dio vuel­ta y se puso al servicio de lo estancieros

- Más o menos todo es sabido dijo Otey, con voz apagada entre las sombras -; pero yo me pregunto por qué diablos no se arreglan las cosas antes de que empiecen los tiroteos, porque después no las arregla nadie.

- ¡Qué sé yo!... Bueno, unos dicen que es la crísis que ha traído la Gran Guerra ... Parece que los estancieros ganaron mucha plata con la gue­rra, pero la despilfarraron, y ahora que vino la mala nos hacen pagarla a nosotros ... Y todo fue por el pliego de peticiones ..., pedíamos cien pe­sos al mes para los peones y ciento veinte para los ovejeros ... Ni siquiera yo iba en la parada, porque la doma de potros se hace a trato ... Tam­bién se pedían velas y yerba mate para los pues­teros, colchonetas en vez de cueros de oveja en los camarotes, y que se nos permitiera más de un caballo en la tropilla particular ... Pero parece que había otras cosas todavía ... En el Goyle, compañeros con varios años de sueldo impago y que habían mandado a guardar el dinero de sus guanaqueos, fueron fusilados y esa plata se la em­buchó el administrador. A otros les pagaron con cheques sin fondo y se quedaron dando vueltas en la ciudades. El coronel Varela se dio cuenta de todo esto y primero estuvo de nuestra parte; pero los potentados reclamaron a su gobierno, en los diarios le sacaron pica al coronel diciéndole que era un incapaz y hasta cobarde. Entonces el hombre tuvo rabia y pidió carta blanca para sofocar el movimiento; se la dieron, regresó a la Patagonia y empezó la tostadera - dijo el aman­sador de potros dando término a su versión de la huelga.

Con las primeras luces del alba se repartió un poco de charqui, y, por turnos, se dirigieron a la casa de máquinas, en el fogón de cuya caldera algunos habían hervido agua para el mate. Arri­ba, en el altillo de la prensa enfardadora de la­na, oteando los horizontes, un tropero modulaba a media voz una lejana vidalita:

Más de un año ausente, vidalita ...

estuve de esta tierra.

Hoy al encontrate, vidalita ...

ya me has despreciado.

Y eso es lo que llamo, vidalita ...

ser un desgraciado.

La tonada fue interrumpida de pronto por una voz de alarma que desde otro lugar del techo anunció la entrada de las tropas del Diez de Ca­ballería por la huella que conducía a las casas de la estancia.

Todos corrieron a sus puestos, mientras dos es­cuadrones de caballería, de más o menos cien hombres cada uno, desmontaron a la distancia, tomando posiciones en línea de tiradores.

No bien entrada la mañana, se dejaron oír los primeros disparos de una y otra parte. Una ame­tralladora empezó a tartamudear sus ráfagas, destrozando los vidrios de las ventanas, y las tro­pas empezaron a cercar desde el campo abierto al galpón de esquila.

Con un disparo aislado uno de los troperos vol­teó visiblemente al primer soldado de caballería; mientras rastrillaba su carabina para dispararle a otro, profirió en voz alta la conocida versaina con que se tiran las cartas en el juego de naipes lla­mado "truco":

Viniendo de los corrales

con el ñato Salvador,

¡ay, hijo de la gran siete,

ahí va otro gajo de mi flor!

El duelo prosiguió sin mayores alternativas du­rante toda aquella mañana, entre ráfagas de ametralladoras, fuego de fusilería y grandes ratos de silencio muy tenso. Habían caído ya varios sol­dados, sin que una sola bala hubiera logrado me­terse por entre los sutiles intersticios de los grue­sos fardos de lana, tras los cuales los troperos es­taban atrincherados después de haber cerrado las grandes puertas del galpón de esquila, enorme edificio de madera y zinc, construido en forma de T, y sólo circundado por corrales de aguante, mangas y secaderos para el baño de las ovejas, todo hecho de postes y tablones.

Pronto ambos bandos se dieron cuenta de que eran difíciles de diezmar. Los unos, dentro del galpón, bien atrincherados tras los fardos; y los otros, soldados profesionales, avanzando lenta pero inexorablemente en línea de tiradores, con la experiencia técnica del aprovechamiento del te­rreno. El objetivo de éstos era alcanzar los corra­les de madera para resguardarse mejor en su avance. Pero los de adentro conocían bien la in­tención y la hacían pagar muy cara cada vez que alguien se aventuraba a correr desde el campo abierto para ganar ese amparo. Fatalmente caía volteado de un balazo, y su audacia sólo servía de seria advertencia para los otros.

Facón Grande había dado la orden de no dis­parar sino cuando se tenía completamente asegu­rado el blanco, con el objeto de ahorrar balas, causar el mayor número de bajas y demorar al máximo la resistencia, a fin de que los fugitivos tuvieran tiempo de alcanzar hasta los faldeos cordilleranos del Payne, donde se encontrarían totalmente a salvo.

Otra noche se dejó caer en su propio fardo de sombras, interponiéndose entre los dos bandos. Ambos la aprovecharon cautelosamente para darse algún respiro, y con la madrugada reanudaron su porfiado duelo.

En este segundo día ocurrió algo insólito: uno de los soldados, enloquecido posiblemente por la tensión nerviosa del prolongado duelo, se lanzó solo al asalto con bayoneta calada. Los del galpón no lo voltearon de un tiro, sino que abrieron curiosamente las grandes puertas y lo dejaron entrar, luego lanzaron el cadáver por una ventana para que nadie quisiera hacer lo mismo.

Pero la táctica empleada dio al coronel Varela un indicio: que las balas de los sitiados estaban escasas, si no se habían agotado ya. Era lo que él había previsto y esperaba ansiosamente dar la orden del ataque que pusiera término a ese por­fiado duelo, en que había caído ya cerca de un tercio de sus escuadrones.

El toque de una corneta se dejó oír como un estridente relincho, dando la señal de que había llegado esa hora. Las ametralladoras lanzaron sus ráfagas protegiendo el avance final. Los de aden­tro ya no tenían una sola bala y no tuvieron más armas que sus facones y cuchillos descueradores para hacer frente a esa última refriega. En heroi­ca lucha cuerpo a cuerpo, la muerte de Facón Grande, el cabecilla, puso término al prolongado combate cuando todavía quedaban más de vein­te troperos vivos, pues muy pocos habían caído con los tiroteos y la mayoría había perecido solo en la refriega final.

Esa misma tarde fue fusilado el resto sobre el cemento del secadero del baño para ovejas. Los sacaron en grupos de a cinco, y el propio Varela ordenó no emplear más de una bala por cada uno de los prisioneros, pues también sus municiones estaban casi agotadas.

Gabriel Rivera, el amansador de potros, y Bernardo Otey, con otros tres troperos, fueron los últimos en ser conducidos al frente del pelotón de fusilamiento.

Promediaba la tarde, pero un cielo encapotado y bajo había convertido el día en una madrugada interminable, cenicienta y fría. Al avanzar hacia la losa del secadero, vieron el montón de cadáve­res de sus compañeros ya dispuestos para recibir la rociada de kerosene para quemarlos, la mejor tumba que había prescrito Várela para sus vícti­mas, cuando no las dejaba para solaz de zorros y buitres. Entre aquellos cuerpos se destacaba el; de Facón Grande, que el coronel había hecho colocar encima para verlo por sus propios ojos, pues había sido el único cabecilla que, si no interviene la traición de Mata Negra, hubiera dado cuenta de él y de todo su regimiento.

Un frío intenso anunciaba nevazón. Cuando los cinco últimos fueron colocados frente al pelotón de fusileros que debían acertar una bala cada uno de esos pechos, el sargento que los mandaba se acercó y comenzó a prender con al­fileres, en el lugar del corazón, un disco de car­tón blanco para que los soldados pudieran fijar sus puntos de mira. Una vez que lo hizo, se apar­tó a un lado y desde un lugar equidistante desen­vainó su curvo sable y lo colocó horizontal a la altura de su cabeza. Iba a bajar la espada dando la señal de "¡fuego!", cuando Bernardo Otey dio una manotada sobre su corazón, arrancó el disco blanco y arrojándoselo por los ojos a los fusileros les gritó:

- ¡Aprendan a disprar, mierdas!

La tropa tuvo una reacción confusa. Pero, en seguida, enderezaron las cinco bocas de sus fusiles hacia un solo cuerpo, el de Bernardo Otey, que cayó doblándose segado por las cinco balas que replicaron como una sola a su postrera im­precación.

Pero en aquel mismo instante, aprovechando la reacción de los fusileros, los otros cuatro hom­bres dieron un brinco y se lanzaron a correr mientras el pelotón rastrillaba sus armas para cargarlas otra vez con bala en boca.

- ¡A ellos! - vociferó el sargento, al ver que mientras los tres corrían por la huella, otro, otro, el amasador de potros, daba un gran salto por sobre una alambrada, caía a horcajadas en uno de los caballos de la tropa y disparaba campo afuera, abrazado al cuello del animal.

El sargento hizo primero unos disparos con su revólver, pero luego tomó uno de los fusiles de los soldados, y, arrodillándose en posición de tiro, continuó disparando al caballo y su jinete tendido sobre el lomo, que corrieron velozmen­te hasta que se los tragó una hondonada.

Los otros tres fugitivos, de a pie, fueron pron­to alcanzados por las balas, cayendo definitiva­mente sobre la huella.

La interminable madrugada espesó aún más su ceniza y una densa nevada empezó a caer so­bre los campos, ocultando definitivamente al fu­gitivo con sus tupidas alas.

Bien entrada la noche, el amansador Rivera alcanzó a darle un respiro a su cabalgadura. Cuando desmontó, ambos, caballo y hombre, quedaron un rato acompañándose en medio de la cerrazón de nieve y noche. Las sombras, a pesar de todo, abrieron un poco su corazón con el leve resplandor de la caída de los copos.

Su propio corazón también dio un respiro aprovechando aquel oculto ámbito, y a su memo­ria acudió el recuerdo de una superstición india: el águila de las pampas debe ser cazada antes que logre dar un grito, pues si lo lanza, la tem­pestad acude en su ayuda... No bien la recorda­ra, montó de nuevo y siguió galopando, en alas de su protectora.

En uno de esos amaneceres radiantes que si­guen a las grandes nevadas, el amansador de po­tros dio alcance al grueso de los huelguistas cuan­do ya se habían puesto al reparo en uno de los faldeos boscosos del Payne, todos sanos y salvos. Al encontrarlos, la cabalgadura se detuvo sola, y la rueda humana, como en la Meseta de la Tur­ba, volvió a reunirse en torno del amansador co­mo de su eje.

El animal se había parado sobre sus cuatro patas muy abiertas, y cuando un hilillo de sangre escurrió de sus narices, los belfos, al percibirlo, tiritaron, y luego fue presa de un extraño temblor.

Como buen amansador, Rivera sabía que un caballo reventado no obedece ni a espuela ni a rebenque, pero no cae mientras sienta a su jinete encima. Por eso su relato fue muy breve, y, al ter­minarlo, se bajó del caballo al mismo tiempo que la noble bestia se desplomaba.

Con la nevada, toda la Patagonia parecía un gran poncho blanco que ascendía por los faldeos del Payne hasta sus altas torres que, como tres dedos colosales, apuntaban sombríamente al cielo. Y así se conservó memoria de cómo murió el chilote Otey.

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viernes, 4 de marzo de 2011

EL SOLDADITO DE PLOMO

UN CUENTO DE HANS CHRISTIAN ANDERSEN

Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: "¡Soldaditos de plomo!" Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.

Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia.

En la mesa donde el niño los acababa de alinear había otros muchos juguetes, pero el que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.

“Ésta es la mujer que me conviene para esposa”, se dijo. “¡Pero qué fina es; si hasta vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que pase trataré de conocerla.”

Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos, recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja, pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que ni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.

De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y —¡crac!— abrióse la tapa de la caja de rapé... Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.

—¡Soldadito de plomo! —gritó el duende—. ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más a la bailarina?

Pero el soldadito se hizo el sordo.

—Está bien, espera a mañana y verás —dijo el duende negro.

Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.

La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: "¡Aquí estoy!", lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía uniforme militar.

Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.

—¡Qué suerte! —exclamó uno—. ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar.

Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué corriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón. El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando hacia adelante, siempre con el fusil al hombro.

De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura como su propia caja de cartón.

"Me gustaría saber adónde iré a parar”, pensó. “Apostaría a que el duende tiene la culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me importaría que esto fuese dos veces más oscuro."

Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la alcantarilla.

—¿Dónde está tu pasaporte? —preguntó la rata—. ¡A ver, enséñame tu pasaporte!

Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah! había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas que pasaban por allí.

—¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!

La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes! Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.

Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes; hallábase a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo… Y éste pensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en sus oídos:

¡Adelante, guerrero valiente!

¡Adelante, te aguarda la muerte!

En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió, sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba tendido cuan largo era.

Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:

—¡Un soldadito de plomo!

El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no le daba la menor importancia a todo aquello.

Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.

De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de resorte el que lo había movido a ello.

El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible, aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón.