Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

jueves, 24 de febrero de 2011

El árbol de candela

Un cuento de Triunfo Arciniegas

"El árbol de candela" pertenece al libro: Los casibandidos que casi se roban el sol y otros cuentos Triunfo Arciniegas / Rafael 'el fisgón' Barajas (Texto / Ilustraciones) A la orilla del viento, 1991 FCE

En Taganga, un pequeño y lejano pueblo que ya no existe, un loco sembró un fósforo encendido en el jardín de su casa.

Era su último fósforo porque, aburrido de contemplar chorros de humo, decidió dejar de fumar. El loco, que era un gran tipo, delgado y gracioso, cabello de alfileres y nariz fina, usaba camisas de colores y pantalones de estrellas. Inventaba globos y cometas, famosos en Taganga y sus alrededores, y estaba loco. A veces amanecía como perro, ladraba hasta que le cogía la noche y perseguía a los niños hasta rasgarles los calzones. De noche quería morder la luna. Otras veces se sentía gato, recorría los tejados y se bebía la leche en las cocinas del vecindario. Otras veces se creía jirafa y lucía bufandas de papel. Cuando le daba por volverse guacamaya era peor.

A piedra o con agua caliente lo espantaban. Pero casi siempre lo toleraban porque, aparte de las cometas y los globos, inventaba otras bellezas: de pronto tapizaba de flores todas las calles del pueblo o escribía frases curiosas que repartía en hojas rosadas o soplaba pompas de jabón toda una tarde en el parque. Como loco que se respete, era poeta y soñador. Si el loco desaparecía por mucho tiempo, lo extrañaban y se preguntaban unos a otros dónde estaría, qué estaría haciendo y con quién.

Como era de esperarse, la gente se burló de la última locura del loco. Lo vieron sembrar el fósforo encendido en el jardín de su casa y se fueron a dormir. Sólo a un loco se le podía ocurrir sembrar un fósforo. Soñaron con estrellas de colores y madrugaron a ver el jardín.

El loco estaba cantando. Sacudió los hombros, hizo una cometa de zanahoria y la echó a volar.

La gente se reía.

El loco hizo un globo en forma de conejo, con orejas y todo, que se tragó la cometa en el aire. La gente lloraba de risa. El globo se comió una nube y engordó, se comió otra y se alejó sobre el mar.

La gente se toteaba de risa.

Pero al poco tiempo nació, y con rapidez creció, un árbol de candela. El árbol era como un sol de colores inquietos, como una confusión de lenguas rojas, naranjas y azules que se perseguían sin descanso desde la tierra del jardín hasta el cielo. Las flores se fueron corriendo a otro jardín porque el calor se les hizo insoportable y así el árbol fue el amo y señor indiscutible.

El loco, loco de la dicha, se puso la camisa más bonita y se peinó, salió a caminar por el pueblo con los bolsillos llenos de margaritas. El loco más feliz del mundo y la sonrisa de oreja a oreja. El más vanidoso. Se hizo tomar un retrato sobre un caballito de madera para acordarse de su día feliz. Debajo de la cama, en el baúl de una tía difunta, el loco conservaba un grueso álbum de días felices, que le gustaban más que la mermelada.

A la gente, en cambio, no le gustó el invento del árbol de candela porque los niños metían la mano y se quemaban, y entre todos decidieron apagarlo. Qué loco más peligroso, sólo a él se le podía ocurrir tal barbaridad. Llevaron y llevaron baldes de agua pero el árbol no se apagó, antes creció otro poco.

El árbol se sacudía como un bailarín. Como que se reía. Como que se burlaba de toda esa gente que sudaba.

Furiosos, los habitantes de Taganga llamaron a los bomberos de una ciudad cercana, y muy importante porque tenía cuerpo de bomberos con carro rojo, mangueras de todos los colores y como treinta hombre tragafuegos. Llegaron con mucho escándalo y atropellaron al árbol hora tras hora con sus chorros de agua. Se formó una humareda tremenda y el árbol se apagó. La gente tosía y se secaba las lágrimas, extraviada en el humo. Los bomberos se fueron satisfechos.

Fue una noche oscura y fría, llena de toses y lágrimas. Entonces reconocieron que el árbol iluminaba las noches como la más grande de las estrellas.

Los viejos lamentaron demasiado tarde no haberse acercado al árbol para encender los tabacos. Las mujeres maldijeron a los fósforos que perdían la cabeza sin dar llama. Fue una noche triste. El loco lloraba en su sillón. Cogía las lágrimas entre los dedos y se las tragaba.

Al amanecer, en el jardín del loco, del humo poco a poco brotó el árbol de candela, al principio como un hilo y luego con entusiasmo, y la gente brincó de alegría.

En la tarde llovió pero el árbol ya tenía fuerzas para enfrentar la lluvia.

La gente paseaba hasta la medianoche, iluminada y abrigada por el árbol. Alguien se acercó con timidez a encender el cigarro. Y luego otro y otro. Los viejos brincaron como cabras con el tabaco encendido. Una mujer trajo la ropa mojada. Otro se frotó las manos.

El árbol algo tenía del loco porque cambiaba de forma: a veces era un perro, a veces un gato, a veces una jirafa.

El pueblo se llenó de globos y cometas.

Los niños y los viejos, y luego las mujeres, bailaron alrededor del loco. Arrebatadas, las muchachas lo llenaron de besos, le trajeron camisas de flores y pantalones de pepitas. Como era justo y generoso, el loco le devolvió a la más bonita treinta y tres besos, contados con exactitud. Alguien le ofreció un sillón muy fino pero el loco dijo que en el suyo estaba bien. Se hizo tomar tres retratos.

De pronto, del árbol brotaron pájaros.

Bellísimos pájaros de fuego.

La gente se asustó al principio pero luego disfrutó el espectáculo: pájaros de fuego en el corazón de la noche.

Por la mañana, los pájaros encendieron el fuego en las cocinas.

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miércoles, 23 de febrero de 2011

CREACIÓN DEL MUNDO

 

AL PRINCIPIO los poderosos, que eran como ángeles sin alas, no tenía casa donde vivir, porque el cielo no existía. Tampoco existían los árboles, los animales y la gente, porque no había tierra donde pudieran estar. En ese tiempo todo estaba hueco y vacío. Sólo, muy abajo, había agua que nadie sabe de dónde nació. Entonces dos muy grandes de los poderosos, tomaron al primer ser humano, que estaba allí con ellos, y lo llevaron hasta abajo, a que caminara sobre el agua. Cuando esos dos poderosos vieron al primer ser humano caminando sobre aquella agua quieta, sintieron una fuerte gana de hacer nacer todas las cosas, y se dijeron uno al otro: «Es necesario crear el mundo.» Entonces, como las serpientes iban a ser los animales preferidos de los poderosos, ellos dos se transformaron cada uno en una serpiente también muy grande, y bajaron así a juntarse con el primer ser humano, que unos dicen que era hombre, otros, que era mujer. Allí se enroscaron en su cintura y lo tomaron luego por las manos y los pies. Enseguida lo apretaron por en medio, con tanta fuerza que hicieron que su cuerpo se partiera en dos mitades. Con una de esas mitades, los dos poderosos hicieron la tierra; con la otra mitad hicieron el cielo. El cielo se lleno de estrellas y fue la casa donde vivieron los poderosos. La tierra se lleno de árboles, animales y gente, porque todos ya tenían donde estar. La gente respetaba y cuidaba a los árboles y los animales, porque sabía que todos habían nacido del cuerpo del primer ser humano, y por eso tenían todos el mismo origen y la misma carne.

Tomado del Libro: CUENTOS DE LOS ABUELOS de RUBEN BONIFAZ NUÑO

lunes, 21 de febrero de 2011

CUENTO INFANTIL ANIMADO: ROSA CARAMELO

Hoy les dejo un link a un cuento “equilibrado” (así se le llama), o cuento NO SEXISTA, que puede interesarles.

Intenté ponerlo como video pero no pude

PARA VERLO HACER CLIK ACÁ

 

sábado, 12 de febrero de 2011

Las tres muertes del conejo

Versión libre de cuentos populares por  Laura Devetach

Soplaban malos vientos para el conejo. Por un lado, el granjero había llenado de perros sus campitos de melones y zanahorias. Y por otro el puma estaba muy bien sentado en la zona del arroyo, que era donde crecían los mejores brotes y las raíces más jugosas.

Y el conejo tenía un hambre más grande que una vaca, más grande que la rueda del molino, más grande que la casa del granjero.

Un hambre que le ponía pálida la nariz rosadita, caídos los bigotes y todo triste el pompón de la cola. Un hambre. En fin, que le pegaba la pancita al espinazo.

Y ahí estaba el conejo, con los ojos cruzados pensando que hacer para conseguir un bocadito cuando oyó el traca - traca del carro del granjero que venía rodando por el camino. Paró las orejas y se puso a espiar, entre los pastos amarillos.

Primero sintió el olor de la miel. Después, el olor de los quesitos y después, vio, como entre nubes, bambolearse sobre el carro un tacho lleno como de oro derretido y unas bolsas repletas de quesitos que seguramente el granjero había cambiado en el pueblo por sus verduras.

- Cluic clu…..

- Cluic clu clu clu – hizo la pancita del conejo, y al mismo tiempo se le ocurrió la idea.

Ligero como un silbido corrió hacia una curva del camino del camino y se tiró con el hocico en la tierra y la cola parada, haciéndose el muy muerto.

Cuando llegó el granjero paró el carro y se bajó a mirar al conejo.

-¡Veeee!-dijo-. Un conejito muerto. Pobre. Pero no me sirve, que hago yo con tan poco conejo. Mejor no me lo llevo.

Y tomándolo con sus dos manazas lo puso a un costado del camino y siguió viaje.

El conejo pegó un salto y corrió, corrió de nuevo por un atajo y ¡pácate! Volvió a hacerse el muerto con el hocico en el suelo y la cola parada.

Traca, traca, llegó de nuevo el granjero. Paró el carro miró al conejo y dijo:

-¡Veeee! ¡Qué cosa rara, otro conejito muerto! Lástima, tan poquito conejo.

Y volvió a ponerlo suavemente en el costado del camino.

Apenas el carro hizo traca- traca el conejito que era cabeza dura, corrió de nuevo y llegó hasta la morera del camino que estaba llena de moras, y ahí nomás, ¡pácate! se hizo el muerto, esta vez con la panza para arriba.

Cuando llegó el granjero dijo un “¡Veeeeee!” muy largo y después murmuró rascándose la oreja:

-Pero, pero, tres conejitos no son tan poco conejo. Yo me llevo este y vuelvo a pie a buscar a los otros dos.

Y tomando por las orejas al conejo que seguía durito, lo puso… ¡en la bolsa de los quesos! Y se volvió camino atrás.

Ahí nomás el conejo tomó un tarro vacío que había en el carro y lo llenó de miel. Después sacó dos o tres quesitos y salió corriendo.

Pero antes de desaparecer como el viento, le dejó al granjero un puñadito de moras bien gordas por haberlo puesto tan suavemente al costado del camino durante sus muertes anteriores.

Y se fue al árbol hueco donde solía dormir la siesta y allí comió como loco miel con queso y queso con miel. Y la nariz se le puso doradita otra vez, los bigotes se levantaron uno por uno, el pompón de la cola se puso alegre, y el viento empezó a soplar como un buen viento para el conejo, hilvanando mariposas, panaderos, algunas pajitas y metiéndose entre el pelo como una mano muy suave.

En Cuentos del pajarito remendado. Ediciones Colihue de color anaranjado correspondiente a los huevos de Cuentos tradicionales de Latinoamérica.

viernes, 11 de febrero de 2011

Los Reyes no se equivocan

Un cuento de de Graciela Cabal

Julieta terminó de lustrar los zapatos de ir a la escuela. Cierto que ella hubiera preferido poner las zapatillas rosas con estrellitas, las que le había regalado su madrina para el cumpleaños número seis. Pero la mamá dijo que esas zapatillas eran una pura hilacha y que qué iban a pensar los Reyes Magos.

–Ya que estamos, Julieta –aprovechó la mamá–, dámelas que te las tiro de una vez por todas a la basura. Porque a la mamá de Julieta no le gustaban las cosas gastadas o con agujeros. Tampoco le gustaban las cosas sucias o desprolijas. Y siempre tenía la casa limpia, reluciente y olorosa a pino. Debía de ser por eso que la mamá de Julieta no podía ni oír hablar de perros.

–Perros en esta casa, jamás –decía–. Los perros ensucian, rompen todo y traen pestes. Así que en la casa de Julieta no había perros, había tortuga. Y no es que Julieta no le tuviera cariño a la Pancha. Pero la Pancha era medio aburrida, y se la pasaba durmiendo en su caja. Lo que Julieta quería –y lo quería con toda el alma– era un perro. Un perro que le lamiera la mano y la esperara cuando ella volvía de la escuela. Un perro que le saltara encima para robarle las galletitas. Por eso Julieta le había pedido un perro a los Reyes. Y los Reyes se lo iban a traer, porque siempre le habían traído lo que ella les pedía.

¿Y su mamá? ¿Qué diría su mamá del perro?, se preguntó Julieta y el corazón le hizo tiquitiqui toc toc.

Pero enseguida pensó que su mamá no iba a tener más remedio que aguantarse, porque uno no puede andar despreciando los regalos de los Reyes.

–¡Julieta! –dijo la mamá– Sacá la basura a la calle y vení a comer...

A Julieta no le gustaba nada sacar la basura, pero hoy tenía que portarse muy bien porque era un día especial. Así que agarró la bolsa de la basura –con sus zapatillas adentro, claro– y, sin protestar, atravesó el pasillo y la dejó en la vereda, al lado del arbolito.

Mientras hacía esfuerzos por dormirse, Julieta pensó que ella, a veces, no la entendía a su mamá. ¿No era, acaso, que los Reyes Magos, tan poderosos y tan ricos, se habían atravesado el mundo entero para ir a llevarle regalos a un pobrecito bebé que ni cuna tenía? ¿Y esos Reyes se iban a asustar de sus zapatillas gastadas? Pero bueno, mejor pensar en el perro, que a ella le encantaría blanco y medio petiso. Y Julieta se quedó dormida.

A la mañana siguiente, Julieta se despertó tempranísimo. Allí, junto a sus zapatos brillantes, estaba el perro.

–¿Viste, nena? –dijo la mamá–.

¡Un perro, como vos querías! Mirá:

si le tirás de acá, mueve la cola y las orejas...¿Estás contenta?

No. Julieta no estaba contenta. El perrito que le habían traído los Reyes era más aburrido que la Pancha. Porque la Pancha, por lo menos, estaba viva, aunque a veces mucho no se le notara. Este perrito no le lamería la mano a Julieta, ni le robaría las galletitas, ni nada de nada.... ¿Es que los Reyes se habían equivocado? Pero cuando, al rato nomás, Julieta salió a comprar la leche, pensó que no, que los Reyes Magos nunca se equivocan: al lado del árbol, con una de sus zapatillas entre los dientes y la otra entre las patas, había un perrito blanco y medio petiso. El perrito la miró a Julieta y, sin soltar las zapatillas, le movió la cola. Entonces Julieta lo agarró en brazos y corrió a su casa gritando:

–¡¡Mamaaaá!! ¡¡Mamaaaá!! ¡¡ Los reyes me pusieron uno de verdad en las zapa!!

La mamá salió al pasillo y lo único que dijo fue:–¡Ay, mi Dios querido!

Pero se ve que no se animó a despreciar un regalo hecho por los mismísimos

Reyes, porque después de un rato de mirarla a la hija y al perrito, agregó por lo bajo: –Entren nomás, que este perrito necesita un baño de padre y señor mío...

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domingo, 6 de febrero de 2011

La gran serpiente de mar, cuento de Hans Christian Andersen

 

Érase un pececillo marino de buena familia, cuyo nombre no recuerdo; pero esto te lo dirán los sabios. El pez tenía mil ochocientos hermanos, todos de la misma edad. No conocían a su padre ni a su madre, y desde un principio tuvieron que gobernárselas solos, nadando de un lado para otro, lo cual era muy divertido. Agua para beber no les faltaba: todo el océano, y en la comida no tenían que pensar, pues venía sola. Cada uno seguía sus gustos, y cada uno estaba destinado a tener su propia historia, pero nadie pensaba en ello.

La luz del sol penetraba muy al fondo del agua, clara y luminosa, e iluminaba un mundo de maravillosas criaturas, algunas enormes y horribles, con bocas espantosas, capaces de tragarse de un solo bocado a los mil ochocientos hermanos; pero a ellos no se les ocurría pensarlo, ya que hasta el momento ninguno había sido engullido.

Los pequeños nadaban en grupo apretado, como es costumbre de los arenques y caballas. Y he aquí que cuando más a gusto nadaban en las aguas límpidas y transparentes, sin pensar en nada, de pronto se precipitó desde lo alto, con un ruido pavoroso, una cosa larga y pesada, que parecía no tener fin. Aquella cosa iba alargándose y alargándose cada vez más, y todo pececito que tocaba quedaba descalabrado o tan mal parado, que se acordaría de ello toda la vida. Todos los peces, grandes y pequeños, tanto los que habitaban en la superficie como los del fondo del mar, se apartaban espantados, mientras el pesado y larguísimo objeto se hundía progresivamente, en una longitud de millas y millas a través del océano.

Peces y caracoles, todos los seres vivientes que nadan, se arrastran o son llevados por la corriente, se dieron cuenta de aquella cosa horrible, aquella anguila de mar monstruosa y desconocida que de repente descendía de las alturas.

¿Qué era pues? Nosotros lo sabemos. Era el gran cable submarino, de millas y millas de longitud, que los hombres tendían entre Europa y América.

Dondequiera que cayó se produjo un pánico, un desconcierto y agitación entre los moradores del mar. Los peces voladores saltaban por encima de la superficie marina a tanta altura como podían; el salmonete salía disparado como un tiro de escopeta, mientras otros peces se refugiaban en las profundidades marinas, echándose hacia abajo con tanta prisa, que llegaban al fondo antes que allí hubieran visto el cable telegráfico, espantando al bacalao y a la platija, que merodeaban apaciblemente por aquellas regiones, zampándose a sus semejantes.

Unos cohombros de mar se asustaron tanto, que vomitaron sus propios estómagos, a pesar de lo cual siguieron vivos, pues para ellos esto no es un grave trastorno. Muchas langostas y cangrejos, a fuerza de revolverse, se salieron de su buena coraza, dejándose en ella sus patas.

Con todo aquel espanto y barullo, los mil ochocientos hermanos se dispersaron y ya no volvieron a encontrarse nunca; en todo caso, no se reconocieron. Sólo media docena se quedó en un mismo lugar, y, al cabo de unas horas de estarse quietecitos, pasado ya el primer susto, empezaron a sentir el cosquilleo de la curiosidad.

Miraron a su alrededor, arriba y abajo, y en las honduras creyeron entrever el horrible monstruo, espanto de grandes y chicos. La cosa estaba tendida sobre el suelo del mar, hasta más lejos de lo que alcanzaba su vista; era muy delgada, pero no sabían hasta qué punto podría hincharse ni cuán fuerte era. Se estaba muy quieta, pero, temían ellos, a lo mejor era un ardid.

-Déjenlo donde está. No nos preocupemos de él -dijeron los pececillos más prudentes; pero el más pequeño estaba empeñado en saber qué diablos era aquello. Puesto que había venido de arriba, arriba le informarían seguramente, y así el grupo se remontó nadando hacia la superficie. El mar estaba encalmado, sin un soplo de viento. Allí se encontraron con un delfín; es un gran saltarín, una especie de payaso que sabe dar volteretas sobre el mar. Tenía buenos ojos, debió de haberlo visto todo y estaría enterado. Lo interrogaron, pero resultó que sólo había estado atento a sí mismo y a sus cabriolas, sin ver nada; no supo contestar, y permaneció callado con aire orgulloso.

Se dirigieron entonces a la foca, que en aquel preciso momento se sumergía. Ésta fue más cortés, a pesar de que se come los peces pequeños; pero aquel día estaba harta. Sabía algo más que el saltarín.

-Me he pasado varias noches echada sobre una piedra húmeda, desde donde veía la tierra hasta una distanciada varias millas. Allí hay unos seres muy taimados que en su lengua se llaman hombres. Andan siempre detrás de nosotros pero generalmente nos escapamos de sus manos. Eso es lo que yo he hecho, y de seguro que lo mismo hizo la anguila marina por quien preguntan. Estuvo en su poder, en la tierra firme, Dios sabe cuánto tiempo. Los hombres la cargaron en un barco para transportarla a otra tierra, situada al otro lado del mar. Yo vi cómo se esforzaban y lo que les costó dominarla, pero al fin lo consiguieron, pues ella estaba muy débil fuera del agua. La arrollaron y dispusieron en círculos; oí el ruido que hacían para sujetarla, pero, con todo, ella se les escapó, deslizándose por la borda. La tenían agarrada con todas sus fuerzas, muchas manos la sujetaban, pero se escabulló y pudo llegar al fondo. Y supongo que allí se quedará hasta nueva orden.

-Está algo delgada -dijeron los pececillos.

-La han matado de hambre -respondió la foca-, pero se repondrá pronto y recobrará su antigua gordura y corpulencia. Supongo que es la gran serpiente de mar, que tanto temen los hombres y de la que tanto hablan. Yo no la había visto nunca, ni creía en ella; ahora pienso que es ésta.

Y así diciendo, se zambulló.

-¡Lo que sabe ésa! ¡Y cómo se explica! -dijeron los peces-. Nunca supimos nosotros tantas cosas. ¡Con tal que no sean mentiras!

-Vámonos abajo a averiguarlo -dijo el más pequeñín-. En camino oiremos las opiniones de otros peces.

-No daremos ni un coletazo por saber nada -replicaron los otros, dando la vuelta.

-Pues yo, allá me voy -afirmó el pequeño, y puso rumbo al fondo del mar. Pero estaba muy lejos del lugar donde yacía «el gran objeto sumergido». El pececillo todo era mirar y buscar a uno y otro lado, a medida que se hundía en el agua.

Nunca hasta entonces le había parecido tan grande el mundo. Los arenques circulaban en grandes bandadas, brillando como una gigantesca embarcación de plata, seguidos de las caballas, todavía más vistosas. Pasaban peces de mil formas, con dibujos de todos los colores; medusas semejantes a flores semitransparentes se dejaban arrastrar, perezosas, por la corriente. Grandes plantas crecían en el fondo del mar, hierbas altas como el brazo y árboles parecidos a palmeras, con las hojas cubiertas de luminosos crustáceos.

Por fin el pececillo distinguió allá abajo una faja oscura y larga, y a ella se dirigió; pero no era ni un pez ni el cable, sino la borda de un gran barco naufragado, partido en dos por la presión del agua. El pececillo estuvo nadando por las cámaras y bodegas. La corriente se había llevado todas las víctimas del naufragio, menos dos: una mujer joven yacía extendida, con un niño en brazos. El agua los levantaba y mecía; parecían dormidos. El pececillo se llevó un gran susto; ignoraba que ya no podían despertarse. Las algas y plantas marinas colgaban a modo de follaje sobre la borda y sobre los hermosos cuerpos de la madre y el hijo. El silencio y la soledad eran absolutos. El pececillo se alejó con toda la ligereza que le permitieron sus aletas, en busca de unas aguas más luminosas y donde hubiera otros peces. No había llegado muy lejos cuando se topó con un ballenato enorme.

-¡No me tragues! –le rogó el pececillo-. Soy tan pequeño, que no tienes ni para un diente, y me siento muy a gusto en la vida.

-¿Qué buscas aquí abajo, dónde no vienen los de tu especie? le preguntó el ballenato.

Y el pez le contó lo de la anguila maravillosa o lo que fuera, que se había sumergido desde la superficie, asustando incluso a los más valientes del mar.

-¡Oh, oh! -exclamó la ballena, tragando tanta agua, que hubo de disparar un chorro enorme para remontarse a respirar-. Entonces eso fue lo que me cosquilleo en el lomo cuando me volví. Lo tomé por el mástil de un barco que hubiera podido usar como estaca.

Pero eso no pasó aquí; fue mucho más lejos. Voy a enterarme. Así como así, no tengo otra cosa que hacer.

Y se puso a nadar, y el pececito lo siguió, aunque a cierta distancia, pues por donde pasaba el ballenato se producía una corriente impetuosa.

Se encontraron con un tiburón y un viejo pez-sierra; uno y otro tenían noticias de la extraña anguila de mar, tan larga y delgaducha; como verla, no la habían visto, y a eso iban.

Se acercó entonces un gato marino.

-Voy con ustedes -dijo; y se unió a la partida.

-Como esa gran serpiente marina no sea más gruesa que una soga de ancla, la partiré de un mordisco-. Y, abriendo la boca, exhibió seis hileras de dientes-. Si dejo señales en un ancla de barco, bien puedo partir la cuerda.

-¡Ahí está! -exclamó el ballenato-. Ya la veo.

Creía tener mejor vista que los demás.

-Miren cómo se levanta, miren cómo se dobla y retuerce!

Pero no era sino una enorme anguila de mar, de varias varas de longitud, que se acercaba.

-Ésa la vimos ya antes -dijo el pez-sierra-. Nunca ha provocado alboroto en el mar, ni asustado a un pez gordo.

Y, dirigiéndose a ella, le hablaron de la nueva anguila, preguntándole si quería participar en la expedición de descubrimiento.

-Si la anguila es más larga que yo, habrá una desgracia -dijo la recién llegada.

-La habrá -contestaron los otros-. Somos bastantes para no tolerarlo.

Y prosiguieron la ruta.

Al poco rato se interpuso en su camino algo enorme, un verdadero monstruo, mayor que todos ellos juntos. Parecía una isla flotante que no pudiera mantenerse a flor de agua. Era una ballena matusalénica; tenía la cabeza invadida de plantas marinas, y el lomo tan cubierto de animales reptadores, ostras y moluscos, que toda su negra piel parecía moteada de blanco.

-Vente con nosotros, vieja -le dijeron-. Ha aparecido un nuevo pez que no podemos tolerar.

-Prefiero seguir echada -contestó la vieja ballena-. Déjenme en paz, déjenme descansar. ¡Uf!, tengo una enfermedad grave; sólo me alivio cuando subo a la superficie y saco la espalda del agua. Entonces acuden las hermosas aves marinas y me limpian el lomo. ¡Da un gusto cuando no hunden demasiado el pico! Pero a veces lo hincan hasta la grasa. ¡Miren! Todavía tengo en la espalda el esqueleto de un ave. Clavó las garras demasiado hondas y no pudo soltarse cuando me sumergí. Los peces pequeños la han mondado. ¡Buenas estamos las dos! Estoy enferma.

-Pura aprensión -dijo el ballenato-. Yo no estoy nunca enfermo. Ningún pez lo está jamás.

-Dispensa -dijo la vieja-. Las anguilas enferman de la piel, la carpa sufre de viruelas, y todos padecemos de lombrices intestinales.

-¡Tonterías! -exclamó el tiburón, y se marcharon sin querer oír más; tenían otra cosa que hacer.

Finalmente llegaron al lugar donde había quedado tendido el cable telegráfico. Era una cuerda tendida en el fondo del mar, desde Europa a América, sobre bancos de arena y fango marino, rocas y selvas enteras de coral. Allí cambiaba la corriente, se formaban remolinos y había un hervidero de peces, en bancos más numerosos que las innúmeras bandadas de aves que los hombres ven desfilar en la época de la migración. Todo es bullir, chapotear, zumbar y rumorear. Algo de este ruido queda en las grandes caracolas, y lo podemos percibir cuando les aplicamos el oído.

-¡Allí está el bicho! -dijeron los peces grandes, y el pequeño también. Y estuvieron un rato mirando el cable, cuyo principio y fin se perdían en el horizonte.

Del fondo se elevaban esponjas, pólipos y medusas, y volvían a descender doblándose a veces encima de él, por lo que a trechos quedaba visible, y a trechos ocultos. Alrededor rebullían erizos de mar, caracoles y gusanos. Gigantescas arañas, cargadas con toda una tripulación de crustáceos, se pavoneaban cerca del cable. Cohombros de mar -de color azul oscuro-, o como se llamen estos bichos que comen con todo el cuerpo, yacían oliendo el nuevo animal que se había instalado en el suelo marino. La platija y el bacalao se revolvían en el agua, escuchando en todas direcciones. La estrella de mar que se excava un hoyo en el fango y saca sólo al exterior los dos largos tentáculos con los ojos, permanecía con la mirada fija, atenta a lo que saliera de todo aquel barullo.

El cable telegráfico seguía inmóvil en su sitio, y, sin embargo, habían en él vida y pensamientos; los pensamientos humanos circulaban a su través.

-Este objeto lleva mala intención -dijo el ballenato-. Es capaz de pegarme en el estómago, que es mi punto sensible.

-Vamos a explorarlo -propuso el pólipo-. Yo tengo largos brazos y dedos flexibles; ya lo he tocado, y voy a cogerlo un poco más fuerte.

Y alargó los más largos de sus elásticos dedos para sujetar el cable.

-No tiene escamas -dijo- ni piel. Me parece que no dará crías vivas.

La anguila se tendió junto al cable, estirándose cuanto pudo.

-¡Pues es más largo que yo! -dijo-. Pero no se trata sólo de la longitud. Hay que tener piel, cuerpo y agilidad.

El ballenato, joven y fuerte, descendió a mayor profundidad de la que jamás alcanzara.

-¿Eres pez o planta? -preguntó-. ¿O serás solamente una de esas obras de allá arriba, que no pueden medrar entre nosotros?

Mas el cable no respondió; no lo hace nunca en aquel punto. Los pensamientos pasaban de largo; en un segundo recorrían centenares de millas, de uno a otro país.

-¿Quieres contestar, o prefieres que te partamos a mordiscos? -preguntó el fiero tiburón, al que hicieron coro los demás peces.

El cable siguió inmóvil, entregado a sus propios pensamientos, cosa natural, puesto que está lleno de ideas.

-Si me muerden, ¿a mi qué? Me volverán arriba y me repararán. Ya le ocurrió a otros miembros de mi familia, en mares más pequeños.

Por eso continuó sin contestar; otros cuidados tenía. Estaba telegrafiando, cumpliendo su misión en el fondo del mar.

Arriba, se ponía el sol, como dicen los hombres. Se volvió el astro como de vivísimo fuego, y todas las nubes del cielo adquirieron un color rojo, a cual más hermoso.

-Ahora llega la luz roja -dijeron los pólipos-. Así veremos mejor la cosa, si es que vale la pena.

-¡A ella, a ella! -gritó el gato marino, mostrando los dientes.

-¡A ella, a ella! -repitieron el pez-espada, el ballenato y la anguila.

Y se lanzaron al ataque, con el gato marino a la cabeza; pero al disponerse a morder el cable, el pez-sierra, de puro entusiasmo, clavó la sierra en el trasero del gato. Fue una gran equivocación, pues el otro no tuvo ya fuerzas para hincar los dientes.

Aquello produjo un gran revuelo en la región del fango: peces grandes y chicos, cohombros de mar y caracoles se arrojaron unos contra otros, devorándose mutuamente, aplastándose y despedazándose, mientras el cable permanecía tranquilo, realizando su servicio, que es lo que ha de hacer.

Arriba reinaba la noche oscura, pero brillaban las miríadas de animalículos fosforescentes que pueblan el mar. Entre ellos brillaba un cangrejo no mayor que una cabeza de alfiler. Parece mentira, pero así es.

Todos los peces y animales marinos miraban el cable.

-¿Qué será, qué no será?

Ahí estaba el problema.

En esto llegó una vaca marina, a la que los hombres llaman sirena. Era hembra, tenía cola y dos cortos brazos para chapotear, y un pecho colgante; en la cabeza llevaba algas y parásitos, de lo cual estaba muy orgullosa.

-Si desean adquirir ciencia y conocimientos -dijo-, yo soy la única que les puede dar; pero a cambio reclamo pastos exentos de peligro en el fondo marino para mí y los míos. Soy un pez como ustedes, y, además, terrestre, a fuerza de ejercicio. En el mar soy el más inteligente; conozco todo lo que se mueve acá abajo y todo lo que hay allá arriba. Este objeto que os lleva de cabeza procede de arriba, y todo lo que de allí cae, está muerto, o se muere y queda impotente. Dejénlo como lo que es, una invención humana y nada más.

-Pues yo creo que es algo más -dijo el pececito.

-¡Cállate la boca, caballa! -gritó la gorda vaca marina.

-¡Perca! -la increparon los demás, lo cual era aún más insultante.

Y la vaca marina les explicó que aquel animal que tanto les había alarmado y que, por lo demás, no había dicho esta boca es mía, no era otra cosa sino una invención de la tierra seca. Y pronunció una breve conferencia sobre la astucia de los humanos.

-Quieren cogernos -dijo-; sólo viven para esto. Tienden redes, y vienen con cebo en el anzuelo para atraernos. Éste de ahí es una especie de larga cuerda, y creyeron que la morderíamos, los tontos. Pero a nosotros no nos la pegan. Nada de tocarla, ya verán cómo ella sola se pudre y se deshace. Todo lo que viene de arriba no vale para nada.

-¡No vale para nada! -asintieron todos, y para tener una opinión adoptaron la de la vaca marina.

Mas el pececillo se quedó con su primera idea.

-Esta serpiente tan delgada y tan larga es quizás el más maravilloso de todos los peces del mar. Lo presiento.

-El más maravilloso -decimos también los hombres; y lo decimos con conocimiento de causa.

Es la gran serpiente marina, que desde hace tiempo anda en canciones y leyendas.

Fue gestada como hija de la humana inteligencia, y bajada al fondo del mar desde las tierras orientales a las occidentales, para llevar las noticias y mensajes con la misma rapidez con que los rayos del sol llegan a nuestro Planeta. Crece en poder y extensión, año tras año, a través de todos los mares, alrededor de toda la Tierra, por debajo de las aguas tempestuosas y de las límpidas y claras, cuyo fondo ve el navegante, como si surcara el aire transparente, descubriendo el inmenso tropel de peces que constituyen un milagroso castillo de fuegos artificiales.

Allá en los abismos marinos yace la serpiente, el bendito monstruo marino que se muerde la cola al rodear todo el Globo. Peces y reptiles arremeten de cabeza contra él, no comprenden esta creación venida de lo alto: la serpiente de la ciencia del bien y del mal, repleta de pensamientos humanos, silenciosa, y que, no obstante, habla en todas las lenguas, la más maravillosa de las maravillas del mar de nuestra época: la gran serpiente marina.