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lunes, 3 de enero de 2011

LA TRAMPA DE LAS OVEJAS

Un cuento de Laura Devetach

Era horrible aquella noche. A Margarita le ardían los ojos y el corazón hacía ruido de animalito encerrado.

La abuela se iba a otra ciudad por mucho tiempo, y no y no, ella no quería, se sentía demasiado sola. Las lágrimas salían calientes de los ojos calientes.

La abuela ya le había dicho que regresaría y volverían a estar juntas.

Todos le habían asegurado que iba a volver algún día. Pero a Margarita no le interesaba nada que volviera.

Ella lo que quería era que no se fuera. No quería que la dejara.

—¡No y no! —se llenaba las manos con puñados de sábana, con puñados de almohada mojada de lágrimas.

El sueño llegaba como un peso sobre los ojos pero, de un salto, se volvía a ir.

—Duérmase mi niña –había dicho la abuela—. Pronto volveré.

Pero Margarita sentía un dolor muy grande, una falta de cielo, se sentía como en un campo sin nada de nada. Estaba muy cansada y no podía dormir.

—Algo pasará. Algo rarísimo va a pasar y la abuela no podrá irse –decía—. Sí, algo va a pasar.

Cerró lo ojos para tratar de dormir. Entonces se acordó de las ovejas.

Tenía que empezar a contarlas de a una, suavemente, dándoles tiempo para saltar un pequeño cerco. Así se lo había enseñado la abuela.

—Si no se puede dormir, una tiene que contar ovejas, Margarita.

—¿Cuántas?

—Todas las que hagan falta.

Margarita empezó por traer una oveja apretando fuerte los ojos. Tan fuerte que saltaban chispas doradas y gusanos fosforescentes por el lado de atrás de los ojos.

A la oveja le costó saltar el cerco. Ya del otro lado, se volvió a mirar para atrás como si hubiera olvidado algo.

—Bueno, que se vaya, andate oveja, si no, no viene otra y yo necesito muchas, muchas.

Pero la oveja quedó allí, esperando.

Con un esfuerzo, como si la trajera arrastrando suspendida por las lanas del cuello, Margarita trajo otra, que también saltó.

Entonces la primera desapareció de un brinco empujada por la segunda. Y apareció la tercera, un poco dudosa todavía, pero después siguieron de a dos, de a tres, de a miles.

Eran como chorros de ovejas, bandadas, ejércitos, ventarrones, tifones con patas. Hacían temblar todo como los búfalos de las películas de vaqueros.

Con la habilidad de una vieja pastora, Margarita las fue conduciendo y amontonando en la terminal de colectivos, a la salida del pueblo y en la ruta llena de curvas que iba a la ciudad.

Un mar de ovejas taponaba todo camino posible. Olor de oveja, de pis de oveja, de bee bee de ovejas. Todo tan apiñado, apretado y compacto como para que nadie, nadie, pudiera salir del pueblo ni irse a ninguna parte nunca más en ningún colectivo.

Margarita, dormida, respiraba entre sollozos. Pero una sonrisa empezó a aparecer en la esquina de la boca.

En el fondo sabía que la abuela iba a partir a pesar de la trampa de las ovejas. La veía abrirse camino, despidiéndose.

La saludaba con el brazo en alto, sin ninguna duda.

Margarita respondió moviendo apenas los dedos. Como si de ese modo pudiera evitar algo.

Ahora que la abuela ya no estaba, había que mandar a dormir una por una a cada oveja. Eso llevaría tiempo. Las ovejas no retroceden fácilmente. Se empacan, piden comida, hay que empujarlas por las ancas, tironearlas por las lanas del cuello. Son una verdadera trampa.

Margarita empezó a trajinar con las ovejas, suspirando. A hacerlas trotar, a deshacer rebaños para que el camino quedara despejado y limpio. Y, también suspirando, empezó a esperar que la abuela regresara a buscarla, con el brazo en alto, por la punta del camino.

Autobiografía

Seguramente, mientras yo nacía un 5 de octubre de 1936, mi mamá trabajaba atendiendo el notorio arribo y a la vez pensaba si mi abuela podría darse vuelta sola en la casa con tanto trajín. Seguramente lloraba al verme así, toda recién nacida y tan gritona y pensaba en mi nombre, mientras también pensaba en el almuerzo de mi papá.

Mientras escribo esto y tomo un mate con peperina y espero que vengan a retirar un paquete de una editorial y en el horno se dora una calabaza cortada en rodajas, a la manera de mi abuela, quiero compartir los mientras. Porque para mucha gente son una forma de vida, sobre todo si se es mujer, se trabaja con chicos y a una se le da por ser artista.

Mi vida tuvo, entre otras, dos facetas bien marcadas: la de laburante y la de artista. Muchos creen que quien anda escribiendo, pintando o cantando, muy laburante no es, porque el de artista no es trabajo. A veces se dio la buena y una pudo hacer un poco de televisión, teatro y libros. Otras veces, las más, fue el momento de los mientras, Mientras soy docente, cuido de la familia, hago notas periodísticas o talleres, puedo también ser artista.

Me recibí de maestra con guardapolvos de tablas impecables y buenas notas. En 1956 fui a trabajar a un pueblo del norte de Santa Fe. Tenía un segundo grado con 56 alumnos que oscilaban entre los siete y los diecisiete años. Daba clases, según el día, en la sala de música, en ritmo de Febo asoma, o en una iglesia vieja que se había convertido en palomar. Y las palomas eran comilonas. Y nosotros estábamos abajo.

En esa época escribía lo que me saliera en papelitos sueltos o en un cuaderno de tapas duras que después se me perdió. Los papelitos jamás se pierden. Estudiaba Letras en Córdoba, así que viajaba casi veinticuatro horas para rendir. Eso no le gustaba nada al director.

Mis alumnos trabajaban casi todos en la cosecha del algodón y de la caña. Y nosotros teníamos la obligación de darles deberes. Un día reté a un gordito de rulos por no cumplir. Yo los perseguía, porque una maestra de verdad tenía que ser severa, qué tanto. Pero el gordito me dijo: ¡Qué deberes! Yo trabajo en el campo. A la escuela hay que venir a descansar.

Entonces inauguré los cuentos. Pero no podía usar la biblioteca porque el dire decía que los libros se gastaban. Llevé mis libritos de infancia, muchos, queridos, ajados. También les pedí a los chicos que contaran los cuentos que sabían. Y ese contar fue glorioso porque salieron el lobizón, el zorro, el Pombero, ánimas, asesinatos varios, adulterios en la familia, canciones de Italia, refranes, oraciones.

Nuestro pizarrón era la tierra del patio o la arena. Aprendí mucho. El guardapolvo planchado se me fue derritiendo con el viento norte y algunas lágrimas. A los chicos les dejé mis libros de infancia.

Me fui a Córdoba a terminar los estudios. Allí vinieron amigos, amores, hijos, profesión. Movidas y ricas épocas de final de los 50, 60 y 70 durante los que la vida de artista se encontró a veces con la del trabajo, y dar clases en la universidad significó para mí poder montar una obra de teatro.

Pero el panorama político venía complicado. En los 70 actuaban las Tres A y ya había personas muertas y desaparecidas. En 1976 llegó el golpe militar con más desapariciones de personas, quemas y prohibiciones de libros y manifestaciones artísticas, gente que se exiliaba. Con mi familia nos trasladamos a Buenos Aires.

Cada lugar en que viví me dio lo mejor que tenía, se metió en mis libros sin permiso. También están las marcas de la historia en todos los que escribimos durante esas épocas, aunque no se hayan mencionado siquiera las palabras proceso militar. Quizás alguien debiera investigarlo alguna vez.

Hoy trabajo desde cada lugar para que todos podamos leer más cuentos, novelas y poemas, es decir ficción y poesía, porque estoy convencida de que esta práctica agiliza otras formas de conocer y de pensar. En la ficción y en la poesía hay, además de ideas, nociones, sensaciones, emociones, que pueden llevarnos a leer y sentir la realidad de otra manera. A veces, a ver lo que no vemos y sin embargo está ahí.

- (Del libro: El enigma del barquero, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2000, Colección Pan Flauta).

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