Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

viernes, 14 de enero de 2011

Cuento: El señor Medina

Un cuento de Iris Rivera

El señor Medina fue aprendiendo a medir las palabras. Estaba orgulloso porque nadie le enseñó. Aprendió solo, de inteligente que era nomás.
Está bien que no aprendió enseguida ni fácilmente. Le costó mucho, años le costó… sufrió equivocaciones, cometió graves errores que luego tuvo que lamentar, pero el tragaba saliva y se decía:
- ¡Atención Medina! Esta vez mediste mal, la próxima no te tiene que pasar.
Y trataba que la próxima vez no le pasara.
El señor Medina siempre llevaba en el bolsillo la cinta métrica. El padrino se la había regalado de chico, porque todos en la familia tenían una. La cinta métrica era una tradición en la familia del señor Medina. Unos la usaban mejor que otros, pero todos la tenían. El padre había sido un gran abogado, la madre una gran profesora, tenía tíos empresarios, un primo periodista y hasta un pariente lejano que ocupaba un importante cargo público… y todos sabían medir las palabras.
Seguramente de verlos a ellos habrá aprendido el señor Medina, mejor dicho de oírlos. Porque ver, lo que se dice ver no veía nada, como no fuera que, antes de hablar, metían la mano en el bolsillo derecho (donde guardaban la cinta) y pensaban un rato. Estaban midiendo.
Parece que, una vez que quedaban conformes con la dimensiones de lo que estaban por decir, recién lo decían.
Al principio el señor Medina se mandaba sus grandes macanas. No podía medir sin ser visto, como hacían sus parientes, así que sacaba la famosa cinta y
la ponía en la mesa. Después soltaba la palabra en voz baja y la medía.
Por ejemplo:
LADRÓN
-A ver…un centímetro y medio…No, mu larga.
Y probaba otra:
DELINCUENTE
-Son dos centímetros y ocho milímetros…No m{as larga todavía.
A ver:
PILLO
-Un centímetro y dos milímetros…esta podría andar.
Entonces la decía. Pero a esa altura había tardado tanto que la persona con la que se encontraba hablando se había aburrido, o estaba pensando en otra cosa, o directamente ya no estaba. Con el tiempo el entrenamiento le dio velocidad y ya no necesitó poner las palabras sobre la mesa, porque podía estimar “ a ojo”, o más bien de oído”, la longitud que tenían. Fue entonces cuando le regalaron la balancita. ¡Pobre señor Medina! Ni sospechaba que en su familia se usara también ese instrumento. La verdad es que los Medina se iban perfeccionando. Ahora, además de medir las palabras también las pesaban. Y el señor Medina tuvo que aprender. Veamos:
¡INSERVIBLE!
-No…pesa como 800 gramos, no va.
Otra:  ¡INÚTIL!
-¡Qué raro!...mide menos, pero pesa igual. Esta tampoco va.
Otra:
¡TORPE!
-Esta es más liviana: 470 gramos…pero igual es casi medio kilo.
Busquemos otra:
¡DISTRAIDO!
-¡Ah! Ésta pesa a penas 100 gramos. No está mal.
Entonces el señor Medina la usaba…y el inservible que tenía adelante se iba contento, pensando que no era un inútil sin remedio, sino apenas un simpático “distraído”.
Y el señor Medina también se iba contento porque todos opinaban bien de él, lo tenían por un tipo comprensivo que sabía tratar con cortesía a las personas.
Muchos lo admiraban por su calma, su prudencia y su amabilidad. Claro, nadie sabía lo de la cinta y la balanza, una en el bolsillo derecho, la otra en el izquierdo. Y el señor Medina, que ya no necesitaba sacarlas, hablaba con la gente con las manos en los bolsillos, siempre midiendo y pesando, y ganándose el respeto y la simpatía de todos.
Siempre tomando en cuenta el peso y la medida, cambiaba “haragán” por “desganado”, decía “desagradable” en lugar de “asqueroso” y “desprolijidad” en vez de “mugre”. Había palabras largas y livianas que siempre eran preferibles a otras que, aunque fueran cortas, eran demasiado pesadas.
Un día en que no tenía nada que hacer, el señor Medina se puso a revisar su muy cuidado y elegido vocabulario y se dio cuenta de algo que, hasta el momento, no había notado: el color de las palabras. Notó que todas las palabras usadas por él eran de color gris. Gris claro, gris oscuro, grisadas, grisáceas. Todas eran palabras grises.
Y se dio cuenta de algo más: las palabras no eran grises de entrada: se ponían grises.
Advirtió, que no se hacían grises de golpe: se iban volviendo grises.
Y por último notó que el color gris les iba entrando a medida que las medía, a medida que las pesaba.
Por ejemplo: una palabra roja se iba volviendo anaranjada, después amarillenta y al final grisecita…Una palabra azul se ponía celeste, gris perla, gris ceniza, gris.
Como siempre tenía algún problema en que pensar, el señor Medina salió a dar un paseo por el barrio. Como iba distraído con sus pensamientos, puso un pie en la calle justo cuando el semáforo cambiaba a rojo y un camionero le gritó una palabrota larga, pesada y del mismo color que la luz del semáforo.
Al señor Medina le retumbó la palabra roja en el cerebro. Él la hubiera pronunciado. Y se quedó mudo murmurando ”insolente” …, “bocasucia”, “maleducado”…todas palabras livianitas y decididamente grises.
Siguió caminando y vio frente a él avanzando en sentido contrario, una señorita de pelo largo y ondeante que brillaba al sol. La señorita tenía el andar gracioso y los ojos encendidos debajo de unas espesas pestañas.
Al cruzarse con el señor Medina, la señorita entornó los párpados. El corazón de él dio un brinco y ni siquiera se animó a decir las palaras que seleccionó: “linda”, “bonita”. “preciosa”. El señor Medina se puso
colorado. Parece que ninguna de esas palabras era lo suficientemente gris.
En cambio otro caballero, que venía también por la vereda, le dijo a la señorita una palabra de un azul tan intenso que ella le dedicó una sonrisa transparente capaz de derretir a una baldosa. Pero ni la baldosa ni el señor Medina se derritieron porque la sonrisa no era para ellos. Era para el caballero que dijo la palabra azul.
Para colmo, un chico sostenía en la plaza una discusión de todos colores por un gol mal cobrado…tanto que llegaron a las piñas y al otro el ojo le quedó violeta.
Encima, , una nenita que iba de la mano de su mamá, se encaprichaba en comprarle al pochoclero y pataleaba. En las lágrimas se le formaban arcoiris y eran tantas y tan grandes que estaba claro que la nena no las medía, ni las pesaba ni nada. Le salían nomás. Como les salían nomás los besos y los arrumacos a las parejas de enamorados que parecían florecer, igual que los canteros a todo color.
Algo andaba definitivamente mal para el señor Medina, y se sentó en el bar de la esquina, en una mesita de la vereda a tomar un café. Mientras esperaba al mozo se puso a escuchar con atención a la gente que pasaba. Unos hablaron en verde, en lila, en amarillos; otros charlaban en anaranjado, en azul francia, en rosa.
Los únicos que conversaban en gris eran los que caminaban con las manos en los bolsillos y entonces el señor Medina sospechó que era lo que guardaban en ellos. Los únicos que conversaban en gris eran los que medían.
Se tomó de un solo sorbo el café. Del bolsillo derecho sacó la cinta métrica, del bolsillo izquierdo sacó la balancita, las puso sobre la mesa y se las dejó al mozo como propina.
Se levantó y, con paso decidido, se encaminó a la plaza más cercana. Allí encontró, en el medio, la estatua ecuestre de vaya a saber quién. Se trepó al monumento, lo más alto que pudo y se puso a gritar con toda el alma un montón de palabras de colores brillantes. Eran palabras largas, medianas y cortitas, pesadas y livianas. El señor Medina ya no tenía con que medirlas ni con que pesarlas. Así que las gritaba sin tener idea de su peso y longitud, y por eso las palabras le salían de todos colores. Viboreaban en el aire con destellos fosforescentes, a la manera de serpentinas locas, y algunas hasta tenían chispitas como de fuegos de artificio. Eso sí, ninguna era gris.
La gente se empezó a juntar para ver y oir el espectáculo. La gente se reía, hasta VAYA A SABER QUIEN ( el de la estatua ecuestre) se reía…y no paraba.
¡No era para menos! Aquella era una lista interminable de infinitas palabras desmedidas.

 

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martes, 4 de enero de 2011

Leyenda KITETE, EL HIJO DE SHINDO

 

Leyenda Africana

Había una vez, una mujer chagga, llamada Shindo que vivía en un pueblo al pie de una montaña cubierta de nieve. Su marido había muerto sin dejarle ningún hijo y ella estaba muy sola. Siempre estaba cansada, porque no tenía a nadie que le ayudara en los trabajos de la casa.

Todos los días, limpiaba la casa y barría el patio, cuidaba de las gallinas, lavaba la ropa en el río, traía agua, cortaba la leña y cocinaba sus solitarias comidas.

Al final de cada día, Shindo miraba la cumbre nevada del monte y oraba:

—"¡Gran Espíritu del Monte!" . "Mi trabajo es demasiado duro. ¡Envíeme ayuda!"

Un día, Shindo estaba limpiando el huerto de malas hierbas para que crecieran bien las verduras, plátanos y calabazas que cultivaba. De repente, un noble jefe apareció junto a ella.

—"Soy un mensajero del Gran Espíritu del Monte," le dijo a la sorprendida mujer, y le dio unas pocas semillas de calabaza. "Siémbralas con cuidado. Ellas son la respuesta a tus oraciones."

Entonces el jefe desapareció.

Shindo se preguntaba, "¿Qué ayuda podré recibir de un manojo de semillas de calabaza?" Pero las sembró y cuidó lo mejor que pudo.

Estaba asombrada de lo rápidamente que crecían. Una semana más tarde, las calabazas ya habían madurado.

Shindo llevó a casa las calabazas, y tras quitarles la pulpa, dejándolas huecas las colgó de una de las vigas de la casa para que se fueran secando. Cuando se secaran se endurecerían y podría venderlas en el mercado para ser usadas como cuencos y jarras.

Como necesitaba una de las calabazas para su propio uso, tomó una pequeña y la puso junto al fuego para que se secara más rápidamente.

A la mañana siguiente, Shindo se marchó para trabajar la tierra. Pero mientras ella estaba fuera de casa, las calabazas empezaron a cambiar. Les crecieron cabezas, brazos y piernas. En poco tiempo, no eran en absoluto calabazas. ¡Eran niños!

Uno de estos niños estaba junto al fuego, donde Shindo había colocado la calabaza pequeña. Los otros niños le llamaron desde la viga.

—"¡Ki-te-te, ayúdanos!. Trabajaremos para nuestra madre. Venga ayúdanos, Ki-te-te,

¡Nuestro hermano favorito!"

Kitete ayudó a bajar a sus hermanos y hermanas de las vigas. Entonces los niños salieron de la casa y empezaron a cantar y jugar en el patio.

Todos menos Kitete, que al haber estado junto al fuego, se convirtió en un niño débil y enfermizo. Mientras sus hermanos y hermanas cantaban y jugaban, Kitete les miraba sonriente, sentado en la puerta de la casa.

Después de un rato, los niños empezaron a hacer los trabajos de la casa. Limpiaron la casa, barrieron el patio, alimentaron a las gallinas, lavaron la ropa, trajeron agua, cortaron la leña y prepararon la comida para cuando Shindo volviera.

Cuando el trabajo estuvo hecho, Kitete ayudó a los otros a subir a la viga y poco después, de nuevo se convirtieron en calabazas.

Por la tarde, cuando Shindo volvió a casa, las otras mujeres del pueblo le preguntaban :

—"¿Quiénes eran esos niños que estaban hoy en el patio de tu casa?" . "¿De dónde han venido? ¿Por qué estaban haciendo los trabajos de la casa?"

—"¿Qué niños? ¿Os queréis reír de mi?" les decía Shindo, enfadada.

Pero cuando llegó a su casa, se quedó pasmada. ¡El trabajo estaba hecho, e incluso su comida estaba preparada! No podía imaginarse quién le había ayudado.

Al día siguiente, sucedió lo mismo. En cuanto Shindo se hubo marchado, las calabazas se convirtieron en niños, y los que colgaban de la viga gritaban,

—"¡Ki-te-te, ayúdanos!

Trabajaremos para nuestra madre.

Venga ayúdanos, Ki-te-te,

¡Nuestro hermano favorito!"

Entonces, después de jugar un rato, hicieron todos los deberes de la casa, subieron a la viga, y se convirtieron en calabazas de nuevo.

Una vez más, Shindo se quedó asombrada al ver todo el trabajo hecho. Entonces, decidió encontrar la explicación y conocer a quienes le estaban ayudando.

A la mañana siguiente, Shindo hizo como que se marchaba, pero en vez de ir a trabajar en el campo, se quedó escondida junto a la puerta de la casa, observando lo que sucedía. Y vio a las calabazas convertirse en niños, y les oyó como gritaban,

—"¡Ki-te-te, ayúdanos!

Trabajaremos para nuestra madre.

Venga ayúdanos, Ki-te-te,

¡Nuestro hermano favorito!"

Cuando los niños salieron de la casa, por poco se encuentran con Shindo, pero ellos siguieron jugando, y seguido comenzaron a hacer los trabajos caseros. Cuando acabaron, empezaron a subir a la viga.

—"¡No, no!" decía Shindo llorando. "¡No se transformen en calabazas! Seréis los hijos que yo nunca tuve, y os amaré y os querré."

Y desde entonces los niños se quedaron con Shindo, como sus hijos. Ya nunca más estaba sola. Y los niños eran tan trabajadores, que pronto mejoró la economía de la casa, con muchos campos de verduras y plátanos, y rebaños de ovejas y cabras.

Todos eran muy útiles... menos Kitete que se quedaba junto al fuego con su sonrisa tonta.

La mayor parte del tiempo, a Shindo no le importaba. De hecho, Kitete realmente era su favorito, porque era como un tierno bebé. Pero a veces, cuando ella estaba cansada o triste por alguna razón, lo pagaba con él.

—"¡Eres un niño inútil!" le decía. "¿Por qué no puedes ser más inteligente, como tus hermanos y hermanas, y trabajar tan duro como ellos?"

Kitete sólo sonreía.

Un día, Shindo estaba fuera en el patio, cortando verduras para la comida. Cuando llevaba la olla a la cocina, tropezó con Kitete, se cayó, y la olla de arcilla se hizo añicos. Las verduras y el agua quedaron esparcidos por todas partes.

—"¡Muchacho tonto!" gritó Shindo . "¿No te tengo dicho que no te pongas delante de mi camino? ¿Pero qué se puede esperar de ti? No eres un niño de verdad. ¡Solo eres una calabaza!"

Y en ese mismo instante, ella dio un grito al ver que ya no estaba Kitete, y que en su lugar sólo había una calabaza.

—"¿Qué he hecho yo?" lloraba Shindo, cuando los niños volvieron a casa. "¡Yo no quise decir lo que dije! Tu no eres una calabaza, tu eres mi propio hijo querido. ¡Oh, hijos míos, por favor haced algo!"

Los niños se miraron entre ellos, y corriendo, comenzaron a subir a la viga. Cuando el último niño, ayudado por Shindo, hubo subido, comenzaron a gritar una última vez,

—"¡Ki-te-te, ayúdanos!

Trabajaremos para nuestra madre.

Venga ayúdanos, Ki-te-te,

¡Nuestro hermano favorito!"

Pasó un largo rato sin que nada sucediera. Pero de pronto, la calabaza empezó a cambiar. Creció una cabeza, luego unos brazos, y finalmente unas piernas. Por fin, no era en absoluto una calabaza. Era...

¡Kitete!

Shindo aprendió la lección. A partir de entonces, tuvo mucho cuidado y amor para sus hijos.

Y ellos le dieron su consuelo y felicidad, durante el resto de sus días.

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lunes, 3 de enero de 2011

LA TRAMPA DE LAS OVEJAS

Un cuento de Laura Devetach

Era horrible aquella noche. A Margarita le ardían los ojos y el corazón hacía ruido de animalito encerrado.

La abuela se iba a otra ciudad por mucho tiempo, y no y no, ella no quería, se sentía demasiado sola. Las lágrimas salían calientes de los ojos calientes.

La abuela ya le había dicho que regresaría y volverían a estar juntas.

Todos le habían asegurado que iba a volver algún día. Pero a Margarita no le interesaba nada que volviera.

Ella lo que quería era que no se fuera. No quería que la dejara.

—¡No y no! —se llenaba las manos con puñados de sábana, con puñados de almohada mojada de lágrimas.

El sueño llegaba como un peso sobre los ojos pero, de un salto, se volvía a ir.

—Duérmase mi niña –había dicho la abuela—. Pronto volveré.

Pero Margarita sentía un dolor muy grande, una falta de cielo, se sentía como en un campo sin nada de nada. Estaba muy cansada y no podía dormir.

—Algo pasará. Algo rarísimo va a pasar y la abuela no podrá irse –decía—. Sí, algo va a pasar.

Cerró lo ojos para tratar de dormir. Entonces se acordó de las ovejas.

Tenía que empezar a contarlas de a una, suavemente, dándoles tiempo para saltar un pequeño cerco. Así se lo había enseñado la abuela.

—Si no se puede dormir, una tiene que contar ovejas, Margarita.

—¿Cuántas?

—Todas las que hagan falta.

Margarita empezó por traer una oveja apretando fuerte los ojos. Tan fuerte que saltaban chispas doradas y gusanos fosforescentes por el lado de atrás de los ojos.

A la oveja le costó saltar el cerco. Ya del otro lado, se volvió a mirar para atrás como si hubiera olvidado algo.

—Bueno, que se vaya, andate oveja, si no, no viene otra y yo necesito muchas, muchas.

Pero la oveja quedó allí, esperando.

Con un esfuerzo, como si la trajera arrastrando suspendida por las lanas del cuello, Margarita trajo otra, que también saltó.

Entonces la primera desapareció de un brinco empujada por la segunda. Y apareció la tercera, un poco dudosa todavía, pero después siguieron de a dos, de a tres, de a miles.

Eran como chorros de ovejas, bandadas, ejércitos, ventarrones, tifones con patas. Hacían temblar todo como los búfalos de las películas de vaqueros.

Con la habilidad de una vieja pastora, Margarita las fue conduciendo y amontonando en la terminal de colectivos, a la salida del pueblo y en la ruta llena de curvas que iba a la ciudad.

Un mar de ovejas taponaba todo camino posible. Olor de oveja, de pis de oveja, de bee bee de ovejas. Todo tan apiñado, apretado y compacto como para que nadie, nadie, pudiera salir del pueblo ni irse a ninguna parte nunca más en ningún colectivo.

Margarita, dormida, respiraba entre sollozos. Pero una sonrisa empezó a aparecer en la esquina de la boca.

En el fondo sabía que la abuela iba a partir a pesar de la trampa de las ovejas. La veía abrirse camino, despidiéndose.

La saludaba con el brazo en alto, sin ninguna duda.

Margarita respondió moviendo apenas los dedos. Como si de ese modo pudiera evitar algo.

Ahora que la abuela ya no estaba, había que mandar a dormir una por una a cada oveja. Eso llevaría tiempo. Las ovejas no retroceden fácilmente. Se empacan, piden comida, hay que empujarlas por las ancas, tironearlas por las lanas del cuello. Son una verdadera trampa.

Margarita empezó a trajinar con las ovejas, suspirando. A hacerlas trotar, a deshacer rebaños para que el camino quedara despejado y limpio. Y, también suspirando, empezó a esperar que la abuela regresara a buscarla, con el brazo en alto, por la punta del camino.

Autobiografía

Seguramente, mientras yo nacía un 5 de octubre de 1936, mi mamá trabajaba atendiendo el notorio arribo y a la vez pensaba si mi abuela podría darse vuelta sola en la casa con tanto trajín. Seguramente lloraba al verme así, toda recién nacida y tan gritona y pensaba en mi nombre, mientras también pensaba en el almuerzo de mi papá.

Mientras escribo esto y tomo un mate con peperina y espero que vengan a retirar un paquete de una editorial y en el horno se dora una calabaza cortada en rodajas, a la manera de mi abuela, quiero compartir los mientras. Porque para mucha gente son una forma de vida, sobre todo si se es mujer, se trabaja con chicos y a una se le da por ser artista.

Mi vida tuvo, entre otras, dos facetas bien marcadas: la de laburante y la de artista. Muchos creen que quien anda escribiendo, pintando o cantando, muy laburante no es, porque el de artista no es trabajo. A veces se dio la buena y una pudo hacer un poco de televisión, teatro y libros. Otras veces, las más, fue el momento de los mientras, Mientras soy docente, cuido de la familia, hago notas periodísticas o talleres, puedo también ser artista.

Me recibí de maestra con guardapolvos de tablas impecables y buenas notas. En 1956 fui a trabajar a un pueblo del norte de Santa Fe. Tenía un segundo grado con 56 alumnos que oscilaban entre los siete y los diecisiete años. Daba clases, según el día, en la sala de música, en ritmo de Febo asoma, o en una iglesia vieja que se había convertido en palomar. Y las palomas eran comilonas. Y nosotros estábamos abajo.

En esa época escribía lo que me saliera en papelitos sueltos o en un cuaderno de tapas duras que después se me perdió. Los papelitos jamás se pierden. Estudiaba Letras en Córdoba, así que viajaba casi veinticuatro horas para rendir. Eso no le gustaba nada al director.

Mis alumnos trabajaban casi todos en la cosecha del algodón y de la caña. Y nosotros teníamos la obligación de darles deberes. Un día reté a un gordito de rulos por no cumplir. Yo los perseguía, porque una maestra de verdad tenía que ser severa, qué tanto. Pero el gordito me dijo: ¡Qué deberes! Yo trabajo en el campo. A la escuela hay que venir a descansar.

Entonces inauguré los cuentos. Pero no podía usar la biblioteca porque el dire decía que los libros se gastaban. Llevé mis libritos de infancia, muchos, queridos, ajados. También les pedí a los chicos que contaran los cuentos que sabían. Y ese contar fue glorioso porque salieron el lobizón, el zorro, el Pombero, ánimas, asesinatos varios, adulterios en la familia, canciones de Italia, refranes, oraciones.

Nuestro pizarrón era la tierra del patio o la arena. Aprendí mucho. El guardapolvo planchado se me fue derritiendo con el viento norte y algunas lágrimas. A los chicos les dejé mis libros de infancia.

Me fui a Córdoba a terminar los estudios. Allí vinieron amigos, amores, hijos, profesión. Movidas y ricas épocas de final de los 50, 60 y 70 durante los que la vida de artista se encontró a veces con la del trabajo, y dar clases en la universidad significó para mí poder montar una obra de teatro.

Pero el panorama político venía complicado. En los 70 actuaban las Tres A y ya había personas muertas y desaparecidas. En 1976 llegó el golpe militar con más desapariciones de personas, quemas y prohibiciones de libros y manifestaciones artísticas, gente que se exiliaba. Con mi familia nos trasladamos a Buenos Aires.

Cada lugar en que viví me dio lo mejor que tenía, se metió en mis libros sin permiso. También están las marcas de la historia en todos los que escribimos durante esas épocas, aunque no se hayan mencionado siquiera las palabras proceso militar. Quizás alguien debiera investigarlo alguna vez.

Hoy trabajo desde cada lugar para que todos podamos leer más cuentos, novelas y poemas, es decir ficción y poesía, porque estoy convencida de que esta práctica agiliza otras formas de conocer y de pensar. En la ficción y en la poesía hay, además de ideas, nociones, sensaciones, emociones, que pueden llevarnos a leer y sentir la realidad de otra manera. A veces, a ver lo que no vemos y sin embargo está ahí.

- (Del libro: El enigma del barquero, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2000, Colección Pan Flauta).