Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

viernes, 23 de diciembre de 2011

Mariposa mágica.

 

Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

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A la abuela de Catalina le encanta arreglar las plantas.

—Esta es una margarita y esta otra una rosa— le dice a Catalina.

A Catalina a veces le gusta ayudar a su abuela. Otras veces no porque la pican las hormigas o se pincha con las espinas.

— ¡No me gustan estos bichos!— dice Catalina cuando la pican.

Esas veces no le gusta nada el jardín.

Otras veces no le gusta porque no tiene hamaca y ella quiere una.

Pero entonces la abuela encuentra algo hermoso: una fruta, otra flor, una piedrita, y Catalina se pone contenta y le vuelve a gustar ayudar a su abuela, aunque no pueda hamacarse.

—Mira qué hermosa mariposa— le dijo un día la abuela a Catalina y Catalina miró. ¡Era muy linda la mariposa toda roja y amarilla! ¡Y gigante!

—Nunca vi una mariposa tan grande en este jardín— dijo sorprendida la abuela y mirando a Catalina agregó en voz bajita— Debe ser una mariposa mágica.

— ¿Mágica?— exclamó Catalina —Mágica ¿cómo?

—Mágica mágica— dijo la abuela arrancando los yuyos — Casi nadie sabe pero a veces las mariposas no son de verdad mariposas, son hadas disfrazadas que traen regalos a las casas — le contó la abuela.

— ¿De verdad?— preguntó Catalina emocionada. — ¿Qué trajo?

—Eso no lo sé, tendremos que revisar el jardín o esperar para descubrirlo — dijo la abuela.

Catalina estaba un poco decepcionada, la abuela tenía que saber, para eso era abuela.

—Bueno— dijo bufando— Busquemos— y se puso a revisar todo el jardín para ver si encontraba el regalo de la mariposa.

Buscaron y buscaron pero no encontraban nada raro, nada nuevo, nada extraordinario.

—Es hora de tomar la leche— dijo la abuela y se fue a la cocina.

Catalina estaba aburrida de buscar.

—Para mi que esta mariposa era mariposa— le dijo a las flores y se fue a la cocina.

Tomo la leche y salió al jardín otra vez.

Y….

¡Oh!

Allí mismo, dónde había estado la mariposa, Catalina descubrió una hamaca roja y amarilla.

Cuando la abuela arregla las plantas, Catalina la ayuda contenta y después se hamaca y mira atenta por si viene de nuevo el hada mariposa.

©Ana Cuevas Unamuno

martes, 20 de diciembre de 2011

jueves, 15 de diciembre de 2011

Leyenda del zorro sagaz

 

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Realmente dulce fue mi sueño

Y cuando ya paso mucho tiempo de este acontecimiento, entonces aparecieron aquellos hombres que en los años anteriores tenían formas de aves, y que se habían ido tal vez a la montaña por un tiempo. Cada mañana bajaban, y durante el día pescaban y a la tarde volvían otra vez a sus casas ; y así iban y venían para pescar.

En ese momento llego el zorro sagaz. El era una persona muy mañosa, tenia sus mañas. Este hombre se encontró con los pescadores una mañana y se acerco hacia ellos diciendo con un tonito burlón:

-Hola, compañeros. ¿Están de pesca mis amigos ? Les voy a acompañar en la pesca.

Y los hombres le dijeron :

-Si, venga no mas.

Entonces el se acerco, y cuando ya estaba en medio de ellos les pregunto, diciendo :

-¿ de donde vienen compañeros ?

Entonces ellos le dijeron :

-Nosotros venimos del cielo. Esta tarde vamos a volver otra vez al cielo.

Entonces el zorro sagaz dijo :

-Che, compañeros, me iré con ustedes.

-¿de que forma ira usted con nosotros si no tiene alas ?

-Ustedes me tienen que dar sus plumas, yo me encargare de colocármelas.

-Veremos a la tarde cuando estemos por regresar.

Pero el zorro sagaz continuo pidiéndoles que les dieran sus plumas hasta que por fin se cansaron de escucharlo y cada uno de ellos se saco una de sus plumas y se la entrego a el, y el las recibió y se las coloco haciéndose unas alas y se las comenzó a probar y entonces les dijo :

-Ahora ya puedo ir con ustedes.

Y mientras que aquellos hombres seguían pescando, aquel hombre no cesaba de pegar saltos probando sus alas hasta que pudo volar y pego una vuelta por encima de ellos, y los miraba desde arriba gritándoles y se ponía cada vez mas orgulloso haciendo sus vuelos mas arriba y mas arriba. Después aterrizo con mucha velocidad, y dijo :

-ahora si, ya estoy con ustedes, ya tengo mis alas.

Y a la tarde cuando paso bastante tiempo de pesca aquellos hombres se comunicaron con chiflidos para volver y batieron con rapides sus alas para empezar a volar. Y el zorro sagaz en medio de ellos fue el primero en volar delante de ellos. Y cuando ya estaban lejos de la tierra, entonces el jefe Tuyango de hermosas plumas rojas, se arranco una pluma de sus alas y la tiro hacia la tierra gritando :

-ahí va una pluma de mis alas ! ! !(porque esto es una costumbre de los pájaros).

Y todos los demás hicieron lo mismo, arrancándose algunas plumas y arrojándolas. Y el zorro sagaz también pego un grito y se arranco unas plumas, pero se arranco las que mas lo hacían volar y se cayo y al tocar la tierra y se hizo pedazos. Después vino una gran tormenta, que soplo sobre su cuerpo, y el dio un fuerte suspiro, diciendo :

-Realmente dulce fue mi sueño, y revivió

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cuento:El pescado que se ahogó en el agua

Un cuento de Arturo Jauretche

 

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El arroyo de la Cruz había crecido por demás, y bajando dejó algunos charcos en la orilla. Por la orilla, iban precisamente el comisario de Tero Pelado, al tranquito de su caballo. Era Gumersindo Zapata, a quien no le gustaba mirar de frente y por eso siempre iba rastrillando el suelo con los ojos. Así rastrillando vio algo que se movía en un charquito y se apeó. Era una tararira, ese pescado redondo, dientudo y espinoso, tan corsario que no deja vivir a otros. Vaya a saber por que afinidad Gumersindo le tenía simpatía a las tarariras, de manera que se agachó y alzó a la que estaba en el charco. Montó a caballo, de un galope se llegó a la comisaría, y se hizo traer el tacho donde se lavaba "los pieses" los domingos. Lo llenó de agua y echó adentro a la tararira.

El tiempo fue pasando y Gumersindo cuidaba todos los días de sacar el "pescado" del agua primero un rato, después una hora o dos, después más tiempo aún. La fue criando guacha y le fue enseñando a respirar y a comer como cristiano. ¡Y tragaba la tararira! Como un cristiano de la policía. El aire de Tero Pelado es bueno y la carne también, y así la tararira, criada como cordero guacho, se fue poniendo grande y fuerte.

Después ya no hacía falta ponerla en el agua y aprendió a andar por la comisaría, a cebar mate, a tener despierto al imaginaria y hasta escribir prontuarios. En lo que resultó muy sobresaliente fue en los interrogatorios; muy delicada para preguntar, sobre todo a las damas, como miembro de comisión investigadora: "¿Cuántas bombachas tenés?" Igualito que otros.

Gumersindo Zapata lo sabía sacar de paseo, en ancas, a la caída de la tarde.

Esa fue la desgracia.

Porque una ocasión, cuando iban cruzando el puente sobre el arroyo de la Cruz, la pobrecita tararira se resbaló del anca y se cayó al agua.

Y es claro. Se ahogó.

Que es lo que le pasa a todos los pescados que dedicados a otra cosa que ser pescado se olvidan que tienen que ser eso: buenos pescados. Cosa que de por sí demanda mucha responsabilidad.

Arturo Jauretche nació el 13 de noviembre de 1901 en Lincoln, un pueblo de la provincia de Buenos

domingo, 20 de noviembre de 2011

LA PRODIGIOSA HISTORIA DE LA CIUDAD DE BRONCE

Un cuento de Las Mil y Una Noches adaptado por GRACIELA MONTES

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Cayó la tarde y volvió Schariar al harén, como siempre. Y, como siempre, lo esperaba Sherezada. Vestida de rojo esta vez y sentada junto a un inmenso jarrón de bronce. Una vasija panzona pero de cuello fino, brillante, tallada con mucho arte y sellada con un tapón de cera. Y, aunque posiblemente contenía aceite, o vino, o bálsamo de la India, Sherezada le dijo al rey, sonriéndole con los ojos, que lo que en verdad contenía era un cuento.

-Fue por codiciar unos jarrones muy parecidos a éste que descubrieron la Ciudad de Bronce -dijo.

Mientras hablaba, pasaba los dedos por las molduras en forma de ramas que adornaban las asas.

Luego Schariar y Sherezada se sentaron y comieron delicados manjares, como siempre, en especial un pan de pasas y nueces que los dos encontraron delicioso. y se amaron, como cada noche, sobre el gran lecho. Pero, cuando Shariar soltó de su abrazo a Sherezada, ahí estaba Doniazada, acurrucada junto al jarrón y exigiéndole a Sherezada el comienzo del cuento.

Se hizo el silencio entonces, y Sherezada empezó.

Fue por el capricho de un rey que se llevó a cabo la expedición a la prodigiosa Ciudad de Bronce, porque muchas veces los cuentos empiezan por un capricho. y no un rey cualquiera sino el califa de Damasco la BeIla, la ciudad de las flores y de las frutas y de las aguas dulces.

Alguien le habló de ciertos vasos, jarrones como éste que tenemos aquí delante, en los que habitaban demonios transformados en humo por alguna maldición antigua. y él se encaprichó. Quiso a toda costa que le trajeran uno.

El visir trató de hacerlo entrar en razones. -Es sólo un cuento, señor -le dijo-. Nadie sabe dónde buscar los jarrones que aparecen en los cuentos.

Pero los deseos de los reyes son muy fuertes, y los visires son incapaces de resistirse a ellos.

De manera que comenzaron las averiguaciones y las consultas y las idas y vueltas de los mensajeros. Y, cuando quedó establecido que -según las versiones más corrientes de la historia- los dichosos jarrones flotaban en.mar del Maghreb, se le encomendó la tarea de pescar uno al emir Muza, que era el gobernador de la zona.

Muza no se podía negar a un pedido del califa de Damasco, de manera que respondió «¡Escucho y obedezco!» y mandó llamar de inmediato al jeque Abdossamad para pedir su consejo.

Abdossamad era viejísimo, tenía una fama tan larga como su barba, y, además, no había hombre en el mundo que hubiese viajado tanto y conversado con gente de tantos pueblos diferentes.

-¿Dónde puedo encontrar uno de estos jarrones, viejo amigo? -le preguntó Muza en cuanto lo tuvo delante.

-Es difícil saber dónde con exactitud, emir -respondió el viejo pasándose los dedos por la barba-. Pero en todo caso tiene que ser en los alrededores de la Ciudad de Bronce. Cuando el emir Muza quiso saber si eso era cerca o lejos, el viejo respondió:

- Tan lejos es y tan difícil es llegar al sitio que te harán falta dos años y una caravana de dos mil camellos, mil cargados de víveres y mil cargados de agua dulce porque en el desierto que hay que atravesar no quedan pozos ni cisternas, se han secado todos hace mucho tiempo, y tampoco hay pueblos ni ciudades, ni animales ni seres vivos, sino sólo efrits y genios espantosos.

Las palabras de Abdossamad no eran para animar a nadie, pero animaron sin embargo al emir Muza. y esto debido no tanto a su decisión de responder al pedido del califa sino más bien a cierto espíritu de aventura que llevaba enterrado y escondido desde siempre adentro de su pecho.

-¿Me acompañarías en la expedición, viejo? -le preguntó al jeque.

El jeique Abdossamad dijo que estaba dispuesto a acompañarlo porque también él, aunque viejo, apreciaba las emociones y los misterios.

De manera que una semana después, una vez que todo estuvo preparado, y que Muza hubiera dejado un reemplazante en el gobierno y el testamento hecho por si no regresaba de su viaje, se pusieron en marcha. Nunca se había visto una caravana como ésa. Uno tras otro, lentamente porque llevaban grandes cargas, los dos mil camellos se internaron en la llanura, y luego en el desierto. Quedaron atrás los poblados y comenzó el vacío y el silencio.

Durante meses y meses anduvieron Muza, el viejo Abdossamad, un puñado de hombres y un ejército de camellos por esa planicie chata y monótona como el mar en calma, donde no había un árbol ni un monte ni una senda, ninguna señal por la cual guiarse. Sólo el sol, al que sabían que debían seguir en su eterno camino hacia occidente.

Hasta que un día, justamente a la hora en que los bordes del cielo estaban más encendidos, se recortó sobre el horizonte la figura de unjinete inmenso.

Estaba montado en un pedestal y blandía una lanza de punta roja y encendida como el poniente.

Al acercarse vieron que jinete y cabalgadura, tallados en bronce, no estaban apoyados sino que giraban sobre un pivote, como una veleta gigante. Sobre la lanza estaba escrito, en caracteres de fuego, que quien buscara el camino hacia la Ciudad de Bronce debería hacer girar la figura y respetar la meta que la lanza señalara.

- Voy yo -dijo Muza, que, como jefe de la expedición consideraba que era su deber hacerse cargo de la ruleta.

Pero necesitó de los demás para empujar el gran peso.

Giró por fin el jinete dándole tres vueltas completas al horizonte y quedó por fin apuntando con su lanza no hacia el ocaso, que había sido el rumbo hacia entonces, sino hacia otro punto del horizonte.

Abdossamad reconoció que el desierto lo había vencido, y que había echado por tierra todos sus cálculos y precisiones.

-Tiene razón el jinete -dijo. Y corrigieron el rumbo.

A medida que avanzaban, más y más intolerable se ponía el paisaje, más feroz el sol, más chata la tierra, más vacío el aire. Por eso les llamó tanto la atención ver una docena de cuervos revoloteando sobre lo que de lejos parecía sólo un punto negro. Se acercaron y lo que vieron les heló la sangre e hizo que varios de los hombres de la caravana dieran vuelta la cabeza.

Primero les pareció un hombre. Un hombre vivo, moviéndose, pero enterrado hasta la cintura en el suelo. Luego vieron que hombre no era, porque tenía dos grandes alas nervudas y grises agitándosele en la espalda, cuatro brazos en lugar de dos, dos de ellos con garras en vez de manos, cuernos de buey, hocico de lobo, un par de ojos rojos como el fuego más otro inmenso, negro y de mirar fijo abierto en el medio de la frente, y la cabeza coronada por una pelambre hirsuta y dura como un manojo de alambre.

Al verlos llegar rompió a ladrar como las hienas.

Abdossamad, no obstante, consideró que había que dirigirle la palabra, ya que no se podía desperdiciar ninguna señal que pudiera serles de utilidad para guiarse en esa chatura infinita. De manera que dio un paso al frente y dijo:

-Soy Abdossamad, de profesión viajero, y éste es el emir Muza.

De ese modo pretendía que el espanto le dijese a su vez quién era.

Pero el espanto sólo ladraba o gruñía o gemía.

Sin embargo, al rato algo se empezó a entender. Los ladridos se le fueron convirtiendo en palabras poco a poco, y por fin pudo contar su historia.

-Soy de la tribu de los genios, y tuve al mundo en mis manos, como quien dice. Solía vivir adentro de una gran estatua de ágata roja y el rey del Mar, poderoso como era, me obedecía. Yo decía «Conquistemos esto» y lo conquistábamos. Decía «Construyamos una ciudad» y la construíamos. No había otro ídolo como yo sobre la tierra. Pero apareció Soleimán con sus pretensiones de casarse con la princesa Talmar y empezó la gran guerra. Una guerra como nadie puede imaginar y como no habrá nunca otra. Todos los poderes del mundo se alinearon en uno u otro bando. El rey del Mar, que no quería entregar a su hija, armó un gran ejército.

Pero el de Soleimán fue aún más grande. Animales, pájaros y genios. No en vano lo llaman El Magnífico, magnífico fue todolo que hizo. Temblaba la tierra con los cascos de las bestias y el aire se llenó del chillido de los buitres y los halcones. Los genios fieles a Soleimán, convertidos en volcanes, arrojaban piedras candentes y lava negra contra los nuestros. . .

Al llegar a este punto de su relato el espanto prisionero se interrumpió y paseó su mirada sobre los viajeros, satisfecho de ver que había logrado interesarlos en el relato

Luego continuó.

-No hace falta decir que perdimos. Perdimos total y definitivamente. Fuimos destrozados, aniquilados, desmenuzados como un puñado de arena. Nadie pudo escapar. Soleimán mandó a sus efrits a que nos cazaran por la tierra y por el aire. No quedó cueva ni escondite sin revisar. Uno a uno nos fueron atrapando. A mis compañeros los encerraron en grandes vasijas de bronce, que arrojaron al mar. A mí me dejaron aquí, como ven, para que diera testimonio y para que contara, una y otra vez, la misma historia.

Del rey del Mar no supe más. Quedó abroquelado en la espléndida capital de nuestro reino, la Ciudad de Bronce, haciendo frente con puros hombres y sin un solo genio al ataque de ese ejército formidable. También él sucumbió, me imagino. Porque estaba escrito que todos nosotros debíamos quedar separados del mundo y malditos.

De pronto las palabras del espanto volvieron a parecerse a ladridos, y el resto del relato -si es que lo hubo- perdió por completo su sentido. La rueda del cuento se deshizo, y enseguida camellos y hombres reiniciaron la marcha.

Esta vez avanzaban con la certeza de que la Ciudad de Bronce los aguardaba en algún sitio, tal vez no demasiado lejos y así fue. Comenzó a ondularse el terreno, aparecieron algunos arbustos, y no habían andado ni media jornada cuando comenzaron a ver recortadas en el horizonte cúpulas, torres y murallas en una cantidad tan exagerada que hasta el propio Abdossamad, que tantos pueblos había visitado, no pudo menos que sorprenderse.

-No hay en la tierra entera una ciudad más opulenta-dijo.

Cuando el perfil completo de la ciudad se dibujó con nitidez y notaron que un par de horas de marcha bastarían para alcanzarla, resolvieron acampar. Caía la noche ya y el aire, extraordinariamente quieto y silencioso, se volvió hostil y lleno de malos presagios.

Pero apenas amaneció se pusieron en marcha, treparon la pendiente y llegaron a los pies de una muralla de bronce, lisa, brillante como recién fundida, alta como una montaña, y compacta, sin una sola abertura. Pasaron el día entero en recorrerla por fuera, buscando algún intersticio. Pero, nada. Ninguna grieta por donde penetrar en esa extraña historia.

Al atardecer Muza resolvió escalar un monte cercano con algunos de sus hombres para ver lo que había del otro lado de las murallas. Volvió al día siguiente diciendo que la ciudad era gloriosa, con edificios bellísimos, cúpulas de bronce, pero también de pórfido y jade, de oro y de alabastro, terrazas de mármoles blancos, balaustradas de ébano y patios con jardines llenos de extrañas sombras.

Resolvieron construir una escala. Recogieron ramas y las ligaron con las telas de los cinturones y los turbantes. Poco después del mediodía traspasaban las murallas de bronce y entraban en una ciudad que les pareció dormida.

Estaba muy poblada. Había jinetes en sus cabalgaduras, guardias armados, peregrinos, aguateros, lavanderas, mercaderes, mujeres amamantando a sus niños, y niños trepándose a las higueras. Había peces en los estanques y pájaros en el aire. Pero todo estaba quieto, silencioso. Los pájaros colgados en el aire, los caballos a medio andar, con cascos aún alzados. Un niño peleándose con otro por una pelota, los dos aferrados a las ropas y revolcándose en el suelo. No soplaba ni siquiera una brisa y las hojas de la higuera, congeladas en el vaivén, se veían rígidas y duras.

Avanzaron en silencio sobre todo eso, como quien avanza sobre un sepulcro.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Airán el haragán

Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

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Airan, el duende haragán, siempre tenía una excusa para no trabajar. Cuando llegaba la hora de ir en busca de frutos, semillas o plantas, o por las tardes cuando era necesario buscar ramitas para hacer el fuego, o amasar y cocinar, Airan se escondía detrás de un matorral de espinos, o dentro de un nido vacío, o en el hueco de un árbol viejo.

—Ven Airan, vamos a buscar los frutos de algarrobo para hacer el pan— le llamaban sus amigos.

— ¡Ay!, no, lo siento, pero el algarrobo me hace estornudar— contestaba por ejemplo.

Cuando horas más tarde el rico aroma del pan recién horneado llegaba a su nariz, olvidaba su alergia y pretendía comer.

— ¡Qué rico huele el pan!— decía haciéndose el distraído.

—Pena que no puedas comerlo por tu alergia— le decían sus amigos.

—O no, no. Cocido no me hace mal— replicaba cortando un trozo y comiéndoselo.

—Ven Airan, vamos a mirar la luna que redonda y blanca está— le llamaban otro día.

—Ya la he visto la otra noche y justo, justo ahora, no puedo caminar porque me duelen los pies.

Y así cada día, hasta que ya nadie lo llamó más.

Airán iba y venía pero nadie parecía verlo. No le hablaban, no le tocaban, no le sonreían ni lo retaban.

Airán gritó, pataleó, suplicó, pero nada. Nadie ni pequeño ni grande, le miraba.

Airán pensó entonces que ya no existía. Se sintió más solo que una nuez en el mar, peor que un erizo sin espinas y entonces comenzó a llorar.

Cuando se le acabó el llanto. Juntó leña, mucha leña. Después buscó semillas. Más tarde hizo galletas de algarroba. Llenó canastos con fruta y barrió la tierra del piso hasta que el pueblo entero quedó limpio.

Esa noche se sentó a mirar la luna.

Primero sintió una sombra, luego una mano, más tarde un abrazo.

Airán sonrió. Ya no estaba solo.

Esa noche, hasta la luna comió galletas.

© Ana Cuevas Unamuno

jueves, 20 de octubre de 2011

EL ORIGEN DEL PUERCOESPÍN

Antes... ¡Hace mucho, mucho tiempo, antes del tiempo!. Cuentan que en una región de montes, vivían entre otros pueblos el pueblo de los Puer.
Era este un pueblo agresivo, que siempre andaba molestando a sus pacíficos vecinos. Si algún Puer, veía a un mono jugando o saltando de rama en rama, ahí iba el Puer a sacudirle la rama para que se cayera. Si un distraído pájaro se posaba cerca de un Puer, este de inmediato lo atrapaba divirtiéndose en arrancarle las plumas.
Los Puer entre todas las cosas de la que más disfrutaban era de su gran agilidad. Podían correr más aprisa que las liebres a las que perseguían hasta sujetarlas por las orejas. Podían saltar y trepar con más habilidad que las ardillas, a las que atrapaban sujetando por las colas y gozaban haciéndolas girar. Podían bajar rodando por las laderas de los montes y aparecer de improviso en cualquier sitio. ¡Nada ni nadie podía detenerlos!
Cansados de ser todo el tiempo molestados, los vecinos se unieron para buscarle una solución al problema. Después de dar vueltas y vueltas al asunto y al ver sus reuniones interrumpidas una y otra vez por los fastidiosos Puer, que les lastimaban tirándoles espinas de cactus con sus cerbatanas, decidieron enviar tres mensajeros a casa de las Señora de las Formas.
La Señora de las Formas era una viejísima señora, que según se decía vivía en el centro de la tierra desde los comienzos del mundo. Allá fueron en su busca, los tres mensajeros: una niña, un mono y una lechuza. Cuándo luego de mucho andar finalmente hallaron a la Señora de las Formas, le dijeron entre súplicas y ruegos
—Gran Señora, ¡los Puer molestan a los animales y a nosotros por igual!— dijo la niña
—Hieren, lastiman y a nadie dejan vivir en paz— agregó el mono
—Todos huimos al verlos, ya nadie quiere encontrarse con ellos — agregó la lechuza.
Muy atenta los escuchó y largo tiempo guardó silencio. Cuando los mensajeros viendo que nada decía, comenzaban a despedirse, ella sonrió y se transformó en una hermosa mariposa, al tiempo que decía:
—Vayamos y veamos.
Así disfrazada regresó con los mensajeros. Cuándo estaban llegando un grupo de Puer les salió al encuentro.
—Aquí están nuestros queridos mensajeros— exclamaron rodeándolos.
—¡Oh, que pena!. ¿Las Señora de las Formas no ha querido recibirlos?— se burló uno tirando de la cola del mono
—Seguramente no la han visto, se han fatigado antes de llegar.
—¡Mirad, Mirad quien les ha escuchado! — rió un tercero sujetando de un salto a la mariposa que en vano intentó escapar.
Ignorando los gritos y las súplicas de los mensajeros, los Puer quisieron mirar a la mariposa, tironeando de sus alas peleando cada uno por quedársela. De tanto tirar desprendieron las alas del cuerpo y en ese preciso momento una nube oscura se elevó ante ellos.
Tan fuerte fue el sonido con que la Señora furiosa los maldijo, que todas las hojas de los árboles temblaron en las ramas.
—¡Todo lo lastimáis, todo lo destrozáis, desde ahora y para siempre llevaréis en las espaldas las afiladas espinas de vuestro cruel corazón!. La nube, tan repentinamente como había surgido, desapareció.
Los mensajeros aterrados huyeron.
 Los Puer, después de un rato al ver que nada sucedía, rieron nerviosos y regresaron contentos saltando y gritando a sus casas.
Al día siguiente en la aldea más cercana al poblado de los Puer, los habitantes oyeron gritar a un niño.
—¡Vengan!. ¡Vengan!. ¡Miren que extraños animales!
Todos corrieron curiosos a ver lo que el niño señalaba.
Delante de ellos estaban reunidas unas extrañísimas criaturas de patas cortas y espaldas cubiertas de afiladas púas.
—¿Qué son?. ¿Quiénes son?— preguntaron asombrados los aldeanos
—¿No nos reconocen?. ¡Somos los Puer! — gimieron acongojados los animalitos.
—¿Un Puer con púas y patas cortas? ¡Embusteros!. Conocemos bien a los Puer y nos son como ustedes.
—¡Lo somos! ¡Somos nosotros!. ¡Somos los Puer maldecidos con estas espinas! — sollozaron
—¡Eso es!. ¡Eso es!— rió la lechuza sabia revoloteando sobre las feas criaturas — Han recibido por fin merecido castigo. Ya no son más Puer, Puercoespín desde hoy los llamaremos.
Todos comprendieron al oír a la lechuza, incluso los Puer condenados ahora a cargar con las señales de sus pasadas acciones, quienes desde entonces y hasta hoy han de avanzar con cautela para no quedar atrapados a causa de sus espinas y es por ellas que nadie se les acerca. Ni siquiera los cazadores les cazan pues afirman que su carne es muy amarga.
Esta es una de las historias que cuentan sobre el origen del puercoespín
©Ana Cuevas Unamuno

miércoles, 12 de octubre de 2011

Cuento Historia de la momia desatada

Un cuento de Ema Wolf (Argentina)

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Hay una hora de la noche en que están despiertos los poderes del mal.

A esa hora, los martes, los monstruos se reúnen para hablar de sus cosas. Al final, alguno de ellos cuenta una historia de hombres.

El martes pasado le tocó a Lucy Mortaja, una monstrua cursi, loca por las historias de pasión.

Lucy, lánguidamente acodada sobre un gato negro, que no era sino el demonio disfrazado, se puso a contar la historia. La adornó con ademanes, suspiros, gestos de actriz berreta y comentarios inútiles.

Los monstruos la escucharon embobados, sin perder detalle.

Yo- si me permiten los lectores- voy a resumir la historia. No soporto la manera relamida como Lucy la cuenta.

Lo que pasó fue sencillamente ésto:

Resulta que una momia se enamoró de un hombre enyesado.

¡Deliraba por él!

El pobre había sufrido diecinueve fracturas en un accidente de moto-cross y no le quedaba un centímetro de piel sin vendar. Apenas se le veían los ojos y era lo único que podía mover. Cuando la Momia lo vio se chifló sin remedio porque nunca había encontrado a alguien que se le pareciese tanto en cuerpo y en espíritu.

A esas horas de la noche en que están despiertos los poderes del mal, la Momia lo visitaba en su lecho del hospital.

Por la forma en que abría los ojos cuando ella se le acercaba, estaba convencida de que él la amaba también.

-¡Héroe mío!- le susurraba, envolviéndolo en su fragancia a bóveda.

Al fin decidió raptarlo.

El único problema era la caba enfermera, que había hecho la vista gorda a las visitas de la Momia, pero no iba a permitir que se llevaran un paciente.

La Momia estudió cuidadosamente el edificio. En su cabeza trazó un itinerario prolijo para llegar hasta su amor sin pasar por la sala de guardia ni por el pabellón de cardíacos, donde siempre se topaba con la enfermera caba.

Le contó al enyesado sus planes

-Mañana vendré por ti, amor mío.

El hombre abrió los ojos más que nunca.

A la noche siguiente, a la hora en que están despiertos los poderes del mal. La Momia se puso en marcha para raptar a su hombre de yeso.

Para no perderse y encontrar rápidamente el camino de vuelta, decidió trazarlo con su propia venda, como hicieron Hansel y Gretel con las migas de pan. Así que ató una punta a la manija del sarcófago y allá fue.

Sorteó mil peligros, gambeteó a todos los enfermeros, trepó por las canaletas de desagüe y se coló por las banderolas de los baños.

Nadie la vio llegar.

Pero cuando se acercó a la cama de su momio e iba a extender los brazos para agarrarlo, ya estaba completamente desvendada.

Y una momia que se desata se convierte en apenas un montoncito de polvo antiguo.

¡Tristísima historia! ¡De dos que se amaban y no pudo ser!

Pero no es mía la historia, sino de Lucy Mortaja.

Los monstruos, que son flojos de lágrimas lloraron al oír el final. Pero más que nada porque se la escucharon contar a Lucy, que la hizo larguísima y siempre dice cosas a propósito para que todos lloren.

domingo, 9 de octubre de 2011

La ninfa Luna y Tritón

Una leyenda Griega

Sucedió hace mucho, mucho tiempo, en lo que hoy es la isla de Rodas, bañada por el mar Egeo. Aquella era la morada de la ninfa Luna, bella y dulce, musa de poetas y artistas, habitante de un pueblo en el que todos la admiraban sin saber que les quedaba poco tiempo para disfrutar de su compañía.

Un día pasó por allí Tritón, rey de las aguas. Sus ojos eran de un azul intenso, como el mar que dominaba, su pelo negro, rizos que se enroscaban recordando los que se forman en la espuma del mar. Y quiso el destino, la historia o quién sabe, que sus ojos repararan en Luna, la ninfa de palidez destacada y rasgos limpios, suaves, quedando cegado por su belleza como tantos otros en el pasado habían quedado. Sin embargo, mientras otros enamorados habían aprovechado la fuerza con que Luna les había impactado para crear canciones, cuadros, historias, para extender su pasión a otros... Tritón no sabía quererla así. Pensaba en ella día y noche, la añoraba, la espiaba cuando era posible, imaginaba su voz, el sabor de sus besos, y todo él se volvía ira cuando pensaba que otros también disfrutaban mirándola y pensando en ella.

Un día, convencido de que sólo hacía falta que ella le conociera para que quedase prendada de él, se acercó... Pero pocas veces las cosas son tal como las imaginamos, y cuando llegó hasta ella alguien lo había hecho antes, robando el corazón de su bella ninfa Luna. Su nombre era Helios, dios del sol, aquel que iluminaba el mundo... y sumía el corazón de Tritón en la más profunda de las tinieblas. Sus esperanzas, desvanecidas, sus sueños, perdidos, sus deseos, burlados. La ira empezó a crecer en su interior, los celos le atormentaron en noches oscuras y la locura se fue haciendo un espacio en su mente cada vez mayor. Llegó un punto en que la tortura que sufría cada noche se le hizo insoportable, y la cordura fue reducida a un pequeño rincón, casi olvidada. Y una de esas noches de rabia y dolor enloquecidos, Tritón se dirigió hacia la morada de su amada Luna y empuñando una espada la mató de un certero golpe.

Con él se apagó la rabia, y se vio Tritón ante el cuerpo muerto de su sueño. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo que había hecho, y de cómo al darle muerte a ella se había matado a sí mismo... pues cuando no quedan sueños, no queda vida, y Luna se había convertido en su único sueño. Asqueado de sí mismo, se retiró de nuevo a las aguas, su antiguo dominio, y nunca más se aventuró en el territorio de los demás seres.

El alma de Luna, a su muerte, subió a los cielos (tal vez fueron los dioses que quisieron situarla en lo alto, a la mayor distancia posible del mar en el que Tritón se había refugiado), y una forma redonda apareció en la noche, pálida como había sido ella en vida. Su reflejo caería muchas veces sobre el mar, para que Tritón no olvidara el resultado de su ira descontrolada, viendo cada noche el rostro inerte de su amada en el espejo de las aguas. Y Tritón, según fue pasando tiempo y tiempo en las aguas, sin salir, fue siendo parte de ellas, hasta que al día de hoy se cree que son ya la misma cosa... y que cuando las olas rugen furiosas y chocan contra los acantilados una y otra vez, no es otra cosa que su furia al recordar eternamente que mató a su amada Luna, incapaz de perdonarse.

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miércoles, 5 de octubre de 2011

EL BURRO APRENDE A LEER.

Cuento tradicional Musulmán

Este es uno de los muchos cuentos de Hodja.

Uno de los grandes conquistadores de la historia, Tamerlán, recibió como regalo de cumpleaños un burro. El regalo le hizo mucha gracia y se lo fue mostrando a la gente. Yoha, que estaba presente entre los invitados, se dirigió a Tamerlán y le dijo que ese burro tenía pinta de ser un animal muy inteligente, que hasta podría aprender a leer.

-Si consigues enseñarle a leer -dijo Tamerlán entre carcajadas-, te colmaré de oro y riquezas, pero si fracasas te castigaré.

-Dame tres meses y cien dinares por adelantado y te lo demostraré -contestó Yoda.

Tamerlán aceptó y Yoha volvió con el burro a su casa.

Después de los tres meses, Yoha regresó a la corte de Tarmelán arrastrado al animal hasta una mesa donde colocó un gran libro.

El burro enseguida comenzó a mirar las páginas con mucha atención, volviéndolas con la lengua, mirando a Yoha y rebuznando cada vez que pasaba una, lo cual despertó la admiración de todos los presentes.

Tarmelán, sorprendido, ofreció a Yoha un cofre lleno de monedas de oro y joyas, y le preguntó:

-¿Cómo has podido lograr que el burro aprenda a leer?

Yoha contestó:

-Pues con el dinero compré cien pieles de ciervo, las encuaderné en forma de libro, coloqué granos de cebada entre las páginas y comencé a pasar las páginas mientras el burro se comía los granos. así, poco a poco, el animal empezó a dar vueltas a las páginas él mismo. Cuando controló bien la técnica dejé de ponerle cebada entre algunas de las hojas, pero el animal seguía buscando una a una. Ahora que he dejado de poner cebada, el burro busca en vano y rebuzna de hambre para despertar mi compasión. De esta manera he superado tu prueba.

Nasr Eddin Hodja es un personaje mítico de la cultura musulmana. algunos historiadores sostiene que vivió en Turquía, entre los años 1202 y 1284. Otros, menos precisos pero sin duda más imaginativos, lo vinculan con la corte de Harún-ar.raschid, el célebre califa de la dinastía abbasí.

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martes, 4 de octubre de 2011

Violeta Parra para los chicos

 

by Alejandra Moglia

Hoy se cumplen 94 años del nacimiento de Violeta Parra. Para acercar a los chicos a la profundidad de su obra, de su genial talento, de su inmensa sensibilidad y compromiso, el sitio Chile para Niños -que tiene por objetivo la difusión del patrimonio natural y cultural chileno ofrece una sección titulada "Violeta Parra".

En ese espacio los chicos encontrarán información sobre su obra musical y poética, sus creaciones como artista plástica, su legado.

El sitio es interactivo de forma que los chicos pueden recorrerlo a su gusto, encontrando además fotos y juegos que ayudan a conocer más la vida y la obra de Violeta.

La información se complementa con un diccionario de términos folklóricos populares en el apartado Literatura que ofrece el acceso a algunos de sus poemas y canciones, como también a poemas que otros poetas le han dedicado.

 

LA LETRA DE LA CANCIÓN

Qué tanto será

Me fui gateando por una nube,
por una nube color café.
Como las nubes se mueven solas,
llegué a la Isla de Chiloé.

Me gusta en la vida, florido el rosal,
sus bellas espinas no me han de clavar,
y si una me clava, ¿qué tanto será?

Pasé por Lota de amanecida
con los primeros rayos del sol.
Miré p’abajo, diviso Penco,
que relumbraba como un crisol.

Vaya paseo, señores míos,
el que en mi nube me regalé.
Seguí camino, diviso un piño,
desde mi nube lo saludé.

Vuela que vuela en mi dulce nube,
de repentito se me taimó,
sacó un taladro con muchas puntas,
y to’a entera se perforó.

Me faltó tino pa’ equilibrarme
cuando mi nube empezó a llover.
Me agarré firme de los hilitos,
y como gata me descolgué.

Caí en la copa de una patagua,
por su ramaje me deslicé.
Salté en un charco de agüita clara,
y con el fresco me desperté.

Violeta Parra, 1966

La animación de esta canción ha sido hecha por Vivienne Barry y forma parte del conjunto de 13 canciones populares adaptadas para niños llamado Cantamonitos.

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jueves, 29 de septiembre de 2011

Cuento NO QUIERO SER NIÑA

Un cuento de Luis Cabrera Delgado

No quiero ser niña. Quiero ser varón.

Nadie ha tenido el trabajo de preguntármelo, pero ese es mi deseo.

Me gustaría que me comprendieran y aceptaran mi preferencia. Yo creo que las personas debían respetar la voluntad de cada quien en este asunto, y no mirarlo a uno con mala cara sólo por el hecho de no querer ser niña. Allá a quien le guste. Pero lo que es a mí, decididamente quiero ser varón.

No es por nada malo. Es que… Mira no me gustaría tener que usar vestidos toda la vida. ¡Los detesto! Creo que si me tengo que poner uno, me va a dar urticaria. ¡Y no hablemos de los lacitos, las cintas y los entredós! La familia se cree que las niñas son vidriera de quincallas y las llenas de hebillas en el pelo, aretes de todos los tipos: argollas, dormilones, pendientes, zarcillos…; cadenitas en el cuello, collares, gargantillas, pulsos, brazaletes, esclavas, manillas, anillos, sortijas, pasadores, broches, cinturones con cierres dorados, plateados y de chispitas; y cuanto encaje, puntilla, blonda, hiladillo, bolillo, calado y punta inventen.

La ropa de hombre es un pantalón y una camisa. ¡Y ya! Estas prendas se confeccionan de una sola y única manera. ¡Pero la ropa de las mujeres…! Esa no. Si te van a hacer una bata, primero hay que gastar un dineral en revistas de modas y dedicar horas, días y semanas en mirarlas para escoger el modelo; después ir a casa de la costurera para explicarle lo que quieres, y volver una y otra vez a entallarte el trapajo:

--No te muevas.

--Enderézate.

--Alza el brazo.

--¡Ay! Me pinchó con un alfiler.

Comprar la ropa hecha no alivia en nada el sufrimiento, pues hay que caminar kilómetros y kilómetros de tiendas para mirar, ver, revisar y probarte colecciones y colecciones de sayas, blusas, vestidos, pesqueros, abrigos, chales y hasta sombreritos habidos y por haber.

--Ese color no te asienta.

--Se parece al modelo de la hija de la vecina.

--Te hace muy gorda.

--Se te ven los huesos de los hombros.

A los hombres con un buen cinturón que le sostenga los pantalones, para llevarlos bien puestos, les basta. Pero para las pobres infelices féminas, en cualquier momento otra vez ponen de moda los corsés.

Los hombres van a la barbería sólo a pelarse. Tres tijeretazos y ya. ¡Pero las mujeres…! Hay que ponerse rolos, que halan el pelo de una manera terrible, después meter la cabeza en un equipo que se llama secador, cuando en realidad es una tostadora: ¡un horno! Y no hablemos de los tintes. Darse un tinte es como una tortura de la que les hacían antes a los prisioneros para que pagaran los impuestos al rey.

¿Y qué me dicen de sacarse las cejas? Eso es lo peor de lo peor. Cada vez que una amiga viene a depilar a mi mamá con una pinza, yo la siento y me da lástima, tristeza y hasta roña.

--¡Ay! ¡Qué me duele! Espérate. ¡Cuidado!

¿Para qué ese sacrificio? Dice que es para estar más bonita. ¿Pero para qué ella querrá estar más bonita, si ya lo es suficiente?

Los hombres no están en esa bobería de sacarse las cejas. Los hombres son al natural. A lo más que se someten es afeitarse, pero eso no duele, y lo hacen por comodidad. Los hombre son como el oso, entre más feo, más hermosos. El único adorno que usan, y sólo por verse bien varoniles, es el bigote; grande es mejor, porque es señal de virilidad, de hombría.

Si yo fuera varón, como es mi deseo, cuando sea hombre, me voy a dejar un bigotón igual al de mi papá. Mi mamá le dice, porque yo la he oído, que lo más que le gusta de él son ese bigote grande y las patillotas a ambos lados de la cara.

Vamos a ver qué dice el doctor. Si pudiera hablarle, ahora mismo le estaba diciendo que yo no quiero ser niña. Pero tengo que esperar a que llegue el momento de la verdad, y esta zozobra, me tiene, no nervioso, pero sí preocupado, intranquilo.

Eso es otra cosa. Las mujeres siempre están nerviosas y tienen que estar tomando cuanta pastilla se ha inventado. Unas veces tienen sofoquina, otras veces sudoración, salto en el estómago, falta de aire… ¡Oye!, yo nunca he oído a mi papá, ni a mis tíos, ni a los amigos con los que salen a pescar o al estadio cuando hay juego de béisbol, quejarse de nerviosismo, ni susto, ni nada por el estilo.

Los hombres son como los gallos finos: no le tienen miedo a ningún rival y si ven una rana no salen huyendo y dando griticos, ni se suben encima de una silla porque un ratón les cruce cerca. Los varones no temen enfrentarse ni a los leones, pero las mujeres… ¿Cuándo tú has visto una mujer domadora? En un circo lo más que hay son muchachas bonitas trabajando con palomas y perritos amaestrados.

Yo quiero ser como mi papá. Mi papá maneja una rastra. Él hace así, pone el brazo izquierdo sobre la ventanilla de la cabina y mueve el timón sólo con la derecha. Usa unas botas de suelas gordas que lo hacen más alto de lo que es, siempre anda con un sombrero tejano y le gustan los pantalones vaqueros. Así me voy a vestir yo.

Cuando mi papá va a arreglar el motor, se pone un overol viejo y con una caja de herramienta se mete debajo de la rastra y sale todo embarrado de grasa. ¡Qué sabroso es llenarse la ropa y las manos de aceite! ¿Y qué me dices del olor de la gasolina? Cuando yo crezca, voy a ayudar a mi papá con lo de la mecánica y me voy a ir con él en la rastra.

Las mujeres no pueden ir a ninguna parte y deben tener mucho cuidado si salen solas. Por eso yo quiero ser varón, para andar con mi papá y salir a donde yo quiera: a jugar a las bolas, a empinar papalotes, a bailar trompo: a mataperrear a mi gusto con los amigos del barrio.

Las niñas no pueden chiflar, no pueden hablar alto, tienen que sentarse sin separar las piernas; cuando no están en la escuela, deben permanecer dentro de la casa y dedicar todo el tiempo libre a aprender a coser, tejer, bordar y batir merengue. ¡Bah! De sólo pensarlo me dan deseos de salir huyendo y perderme.

Hay una cosa de las mujeres que yo no acabo de saber exactamente qué es, porque durante este tiempo mi mamá lo único que ha hecho es quejarse del embarazo, pero mis tías siempre están protestando de la cruz que tienen que cargar todos los meses. Se llama menstruación y les da dolor de cabeza, malestar, sangramiento, punzadas en los ovarios, decaimiento y mal genio.

El embarazo es algo necesario para que nazcamos los bebés, pero no es nada agradable, y como es natural, a las mujeres es a las que les toca embarazarse. ¿Por qué cuándo tú has oído hablar de un hombre embarazado? ¡Claro que no! Los primeros meses da mareos, náuseas y vómitos, después, cuando la barriga comienza a crecer, aparecen los dolores en la columna, y en la última temporada, la falta de aire y las molestias por la entrada de mes.

No sabía cómo era parir, pero por lo que mi pobre madre está pasando, esto es bien desagradable. Por eso lo digo, lo digo, y lo repito: No quiero ser mujer. Quiero ser varón. Quiero ser hombre como mi papá.

Llega el momento decisivo, así que quede bien claro: no quiero ser mujer.

¡Ya! Vamos a ver qué dice el doctor.

Al menos no me agarró como si yo fuera una niña, sino, como a Aquiles, por los talones.

--Vamos, llora.

Pero este médico no sabrá que los hombres no lloramos. ¡Ay, que nalgada me ha dado!

-Gua, gua…

--¿Qué es, doctor? Dígame: ¿varón o mujercita?

jueves, 22 de septiembre de 2011

FANFARRONADAS

Cuento Tradicional Africano


Érase una vez tres camaradas que partieron juntos de viaje. El primero se llamaba Bimbiri, el segundo, Kurlankan, y el tercero, Dungonotu.
Anda que te andarás, caminaban los tres amigos, cuando se encontraron con un pozo. Todos estaban sedientos pero el pozo era muy profundo. Dungonotu cogió el pozo, como si hubiese sido una simple jarra, y vertió el agua para que sus compañeros pudiesen beber. Luego Bimbiri se cargó el pozo a la espalda. Al poco se adentraron en un bosque con el propósito de cazar elefantes. Consiguieron matar una docena cada uno y, en el mismo día, se comieron el producto de la caza. Algunos días más tarde vieron a una mujer guinarú. Kurlankan se enamoró perdidamente de ella y le dijo:
- Te adoro.
Inmediatamente contrajo matrimonio con ella y abandonó a sus compañeros.
La mujer se llamaba Kumba Guiné; era muy linda y no mucho más alta que cualquier otra mujer. A diario, Kurlankan se jactaba ante su esposa de ser el hombre más fuerte del mundo.
Cierto día que discutieron a este respecto, Kumba Guiné dijo a su marido:
- Te equivocas, Kurlankan... Ven conmigo a casa de mis padres y verás cómo hay alguien mucho más fuerte que tú. Pusiéronse en marcha al amanecer, y al cabo de muchas horas de viaje divisaron al padre de Kumba acostado en el suelo. El guinarú tenía una rodilla levantada... y ¡habríase dicho que era una montaña! Lleno de asombro, Kurlankan preguntó a su esposa:
- ¿Qué es aquello que mis ojos ven?... ¿Es una montaña?
- No seas mal educado - contestóle ella, enfadada -. Lo que estás viendo es mi padre.
Tuvieron que andar durante cuatro horas antes de llegar al lugar en que reposaba el padre de Kumba Guiné. Al ver de cerca a su gigantesco suegro, Kurlankan tuvo miedo. Los tres hermanos de Kumba, Amadi, Samba y Delo, se hallaban de caza en aquel momento. Kurlankan preguntó:
- ¿Dónde podría encontrarlos?
- Ve por allá - díjole el suegro, señalándole una senda.
- Voy a conocerlos - declaró Kurlankan.
Al primero que conoció fue a Amadi. Había matado a quinientos elefantes; liados en un paquete los llevaba atados a un costado de su cintura.
- ¿Quieres qué te los lleve? - preguntó Kurlankan.
- No... No podrías con la carga - repuso Amadi -. Prosigue tu camino y encontrarás a mi hermano. Tal vez puedas servirle de algo.
Poco después encontró Kurlankan a Samba. Éste había matado otros quinientos elefantes y los llevaba atados asimismo a la espalda.
- ¿Quieres que te ayude?
- No podrías, muchacho... Te lo agradezco... Sigue tu camino. Tal vez a mi hermanito pequeño puedas servirle de algo...
Kurlankan llegó finalmente a presencia de Delo. Éste no había podido matar más que cuatrocientos elefantes y, en el momento en que llegaba ante él el marido de su hermana, se le rompió la correa de una de sus sandalias.
- ¿Te puedo ayudar en algo?
- Con los elefantes no podrías... Pero, llévame la sandalia al pueblo...
Echó la sandalia a Kurlankan y éste quedó enterrado bajo ella. No pudo desembarazarse de su enorme peso por más esfuerzos que hizo. Ni siquiera logró asomar la cabeza. Delo se reunió en la aldea con sus dos hermanos. Los tres tuvieron que escuchar la repulsa de su padre, que les reprendió duramente por haber cazado tan poco aquel día.
 - ¿No os da vergüenza? - les dijo -. ¿Sabéis que tenemos un invitado, el marido de vuestra hermana, y es ésa toda la carne que tenemos para el cuscús?... Y volviendo la vista a su alrededor, preguntó: - ¿Dónde está mi yerno?
Amadi contestó: - Lo envié a buscar a Samba.
 Samba se apresuró a responder: - Pues yo lo envié a buscar a Delo.
Y Delo afirmó: - Yo le dije que me trajera la sandalia, pues se me rompió la correa... - Tal vez no haya podido con la sandalia - dijo Kumba Guiné -. Voy a ver... Púsose inmediatamente en camino y no tardó en ver la sandalia. Levantóla y vio debajo a su marido. Juntos regresaron a la aldea, llevando Kumba la sandalia, ya que era demasiado pesado para Kurlankan. Cuando todo estuvo dispuesto, se reunieron a comer. Pero la calabaza era excesivamente alta y Kurlankan no podía probar bocado. Delo, al ver su embarazo, lo cogió en sus manazas y se lo puso en las rodillas; pero Kurlankan, al empinarse para coger un puñado de cuscús cayó dentro de la calabaza, y Delo, confundiéndolo con un pedazo de carne, se lo echó a la boca.
A la mañana siguiente, Amadi preguntó: - ¿Qué le habrá sucedido a nuestro cuñado?... Anoche comimos juntos... ¿Qué habrá sido de él?
Delo tenía una muela cariada y Kurlankan había conseguido meterse en el hueco de la carie.
- ¡Cómo me duele la muela! - exclamó el guinarú -. ¿Qué será? Metióse el dedo en la boca y no tardó en sacar a su cuñado, colocándolo cuidadosamente en el suelo. Kumba se acercó y, como se trataba de su marido, trajo un cubo lleno de agua y lo lavó de pies a cabeza.
- ¿No te dije que había alguien más fuerte que tú? - preguntó a Kurlankan, que bajó la cabeza humillado -. Pues esto no es nada todavía... Aun verás cosas más extraordinarias...
Entre los esclavos de los guinarús había una mujer llamada Syra, que era guinarú también. Cuando estaba triste se pasaba llorando sin cesar toda una semana. El padre de Kumba le ordenó que encendiera fuego en la choza en que habían de vivir los recién casados y Syra se agachó para soplar. Kurlankan, que entró a oscuras, se metió en la boca de la guinarú, creyendo que era la puerta de la cabaña. Llegó hasta su estómago, tendió la estera y, como buen musulmán, se arrodilló antes de acostarse y dijo con voz profunda: - ¡Que Alá vele mi sueño!
Syra lo oyó y repuso:
- Sal de ahí, Kurlankan... Te has metido en mi estómago...
El pobrecillo se apresuró a salir y cuando llegó Kumba le refirió la aventura.
- He pasado un miedo horrible - añadió -. ¡Vámonos de aquí mañana mismo! Al amanecer, Kumba lo despertó diciendo:
- Syra, llena de remordimiento por lo que pudo ocurrir si no se hubiese dado cuenta de que tú te habías metido en su estómago, ha empezado a llorar... Démonos prisa porque está vertiendo las lágrimas a torrentes, y si nos alcanzaran en el camino correrías un gran peligro... A mí no me sucedería nada. Pusiéronse en marcha sin más demora. Alrededor de las diez, cuando se hallaban varias leguas del poblado, oyeron un tumulto semejante al de una cascada cayendo de lo alto de una montaña. Kurlankan, asustado, preguntó: - ¿Qué es eso? A lo que repuso Kumba:
- Syra que está llorando. Las lágrimas, formando un torrente vertiginoso, rodearon a los fugitivos, pero Kumba se hizo muy alta, muy alta, tomó a su marido en brazos y consiguió salvarlo de la inundación. Cuando estuvieron lejos de todo peligro, Kumba recobró su estatura normal y depositó a su esposo en el suelo. Kurlankan le dijo entonces:
- Vuelve con los tuyos, Kumba... Te estoy muy agradecido por lo que has hecho; pero te confieso que tu familia me da miedo... Kumba sonrió y contestó:
- Desde que te casaste conmigo no has dejado de decir que no había nadie más fuerte que tú.
- Pues ahora comprendo que estaba equivocado... Adiós, Kumba, que seas feliz... Cásate con un semejante tuyo... Y se separaron para siempre.

 ¡¡¡¡ Cuidado! miren que si se descuidan cualquiera puede encontrar un guinarú!!!!

 

martes, 13 de septiembre de 2011

Cuento popular Argentino: El gallo que se ensució el piquito

 

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Había una vez un gallito que tenía que ir a la boda de su tío Perico.

Entonces se lavó y lustró bien el pico y las plumas. Cuando estuvo listo salió.

Iba cantando y caminando cuando de pronto encontró en un charquito un grano de trigo y se dijo:

—Si no pico pierdo el grano y si pico me mancho el pico y no puedo ir a la boda de mi tío Perico. ¿Qué hago? ¿Pico o no pico?

Miró y miró el grano de trigo hasta que por fin picó y gluc... se lo comió. El barro le ensució el pico y se puso a llorar.

Entonces pensó en pedirle ayuda al pasto y le dijo:

—Pasto, pastito, ¿me limpias el pico para ir a la boda de mi tío Perico?

Y el pasto le dijo:

—No.

—Mira que llamo a la vaca para que te coma. ¡Vaca... vaca!, come al pasto que no quiere limpiar mi pico, para ir a la boda de mi tío Perico.

Y la vaca le dijo:

—No.

—Mira que llamo al palo para que te pegue. ¡Palo... palo!, pégale a la vaca; que la vaca no quiere comer al pasto, que el pasto no quiere limpiar mi pico para ir a la boda de mi tío Perico.

Y el palo le dijo:

—No.

—Mira que llamo al fuego para que te queme. ¡Fuego... fuego!, quema al palo que no quiere pegar a la vaca, que la vaca no quiere comer al pasto, que el pasto no quiere limpiar mi pico para ir a la boda de mi tío Perico.

Y el fuego le dijo:

—No.

Entonces el gallito desconsolado se puso a llorar más fuerte. En ese momento pasaba por ahí el tío Perico que al verlo le preguntó:

—¿Por qué lloras gallito?

—Porque el fuego no quiere quemar al palo, el palo no quiere pegar a la vaca, la vaca no quiere comer al pasto y el pasto no quiere limpiar mi pico para ir a tu boda.

—Pero gallito, no seas tonto —dijo el tío Perico—, ven a mi casa, te lavas el pico y listo.

Y así fue, cuando llegó a la casa de su tío, se lavó el pico y después fue a la fiesta donde se divirtió mucho.

Cuento de Buenos Aires

Tomado de Cuentos y Leyendas de Argentina y América. Adaptación Paulina Martínez. Editorial Aguilar- Alfaguara

jueves, 8 de septiembre de 2011

Cuento popular: Las andanzas del gauchito Coliflor

 

El gauchito Coliflor, era un pintoresco habitante de la pampa en donde tenía su pequeña morada.

Su estatura no era mayor que la de un niño de diez años, pero su edad era mucha, ya que al decir de quienes lo trataban desde tiempos pasados, el gauchito Coliflor era un hombre de más de cincuenta años.

Por toda propiedad tenía un caballito enano, de gran mansedumbre y de hermoso aspecto, siempre lustrosas sus ancas y bien trenzado su crin renegrido y brillante.

Su apero o montura gaucha, era de un valor incalculable, ya que en ella se veían virolas de oro y plata, riendas con adornos del mismo metal y estribos resplandecientes de inmenso valor.

Toda la comarca envidiaba al gauchito Coliflor, que sin tener haciendas ni campos ni otras propiedades, vivía como un rey en la inmensa soledad de la verde llanura.

En su cintura, sujetado por un cuero cubierto de monedas de oro, ostentaba su afilado facón, alargada arma de aguda punta, que en manos de nuestro diminuto personaje era temible, según los colonos de aquellos contornos.

Muchas leyendas se narraban del gauchito Coliflor, y hasta se aseguraba que había librado más de un encuentro con hombres de mayor estatura, y que siempre había salido victorioso de los singulares combates, quizás ayudado por alguna bruja endemoniada e invisible, que lo protegía y lo amparaba para que prosiguiera su vida misteriosa y aventurera.

Lo cierto es que nadie se acercaba a su guarida y hasta los indios, esos temibles merodeadores del desierto, no se atrevían a dejarse ver por los contornos de la tapera que le servía de albergue.

Cierta vez desapareció de las casas de una estancia, una hermosa muchacha de nombre Clorinda y la alarma por el rapto fue general, ya que en otras ocasiones habían desaparecido de la comarca niñas y niños que nunca más se volvieron a ver.

Todos los colonos se reunieron para efectuar una batida con deseos de hallar el misterioso delincuente y regresaron a sus viviendas días después sin haber dado con el más leve rastro que les indicara el escondite del invisible raptor.

Pero, lo que para los demás había sido motivo de temor y de misterio, no lo fue para un niño, hermano de Clorinda, que ante la desgracia de tan dolorosa pérdida se impuso la obligación de buscar solo, algunas huellas que lo orientaran hacia el lugar donde se hallaba la hermosa muchacha.

Días y días vagó por las inmensas soledades de la pampa, tras de algún indicio y nadie se salvó de su petición de ayuda. El niño, desesperado, acudió a todas las fuentes informativas sin conseguir ningún dato de la misteriosa desaparición.

El tero que encontró en su camino le respondió que nada había visto; el zorro a quien llegó confiando en su vivacidad, también te dijo que desconocía el paradero de Clorinda; el veloz corredor de los desiertos, el ñandú, nada supo responderle, y así prosiguió, hasta que una noche, fatigado, se echó al amparo de un ombú, para llorar su desesperación e impotencia.

En esta triste situación estaba, acostado contemplando las estrellas, cuando se le aproximó un pequeño tucutucu, es decir, un ratoncillo del campo, que así lo llaman por su extraño grito muy parecido a su nombre, el cual, llegando hasta su oído, le dijo muy quedo:

- ¡Soy el tucutucu! ¡Escucha!

- ¡Habla! -le respondió el niño incorporándose lleno de esperanzas.

- ¡Conozco tu desgracia -prosiguió el roedor mirándolo con su ojillos redondos y vivaces;- tu hermanita Clorinda ha desaparecido y yo sé quién la tiene!

- ¿Quién? -demandó el muchacho ansiosamente.

- ¡El gauchito Coliflor, que no es sino un temible brujo de la pampa!

- ¡No puede ser! -respondió Rudecindo, que así se llamaba el niño.- ¡El gauchito Coliflor es un enano inofensivo!

El tucutucu se rió por lo bajo y contestó con sorna:

- ¡Qué sabes tú! ¡Nadie conoce las andanzas de ese bandido, porque sabe ocultarlas. El matrero está protegido por sus hermanas, las arpías, que son las temibles brujas del desierto que todo lo pueden, y por esto siempre sale victorioso de sus fechorías. Pero... nosotros los tucutucu, aguardamos el día en que alguien más poderoso que él nos sepa vengar de todos los agravios que nos ha inferido.

- ¿Os ha hecho daño? -preguntó Rudecindo.

- ¡Mucho! El gauchito Coliflor vive en un rancho del desierto, pero lo que todo el mundo ignora es que ese rancho, bajo el suelo, tiene una misteriosa galería que se interna hasta lo más hondo de la tierra, en donde mora el maldito acompañado de sus hermanas las brujas.

- ¿Será posible?

- ¡Lo juro! -contestó el roedor con firmeza.­ Nosotros los animales del campo que vivimos bajo de tierra, nos hemos visto desplazados por este invencible enano, que sin miramientos nos ha robado el subsuelo, dejándonos a la intemperie, en donde seguramente moriremos todos de frío.

El muchacho estaba asombrado. ¡No era para menos! ¡Quién hubiera pensado que el inofensivo gauchito Coliflor, fuera tan terrible enemigo y, sobretodo, que estuviera en contacto con las horribles y siempre temidas brujas de la llanura!

- ¿Sabes dónde está? -preguntó angustiado.

- ¡Sí, lo sé! -respondió el tucutucu con voz apagada.- ¡Pero... no grites, que el gauchito Coliflor, según dicen, cuando quiere se hace invisible para saber cuanto es necesario a sus endiablados planes!

Rudecindo se sobresaltó por la advertencia y miró con temor a todos lados, no viendo más que sombras y campo desierto.

- ¿Sabes cómo se encuentra mi hermanita? -volvió a preguntar.

- ¡No creo que esté bien! ¡El maldito matrero rapta a las chicas para sacrificarlas a sus temibles dioses!

- Entonces... ¡mi pobre Clorinda está perdida! -gimió Rudecindo con un sollozo.

El tucutucu lo miró detenidamente y luego repuso con voz de bajo profundo:

- ¡No desesperes! ¡Tu hermana aún no ha muerto! La fiesta del fuego en la que será sacrificada, comenzará dentro de diez horas.

- Pero... ¿cómo podría llegar hasta ella y salvarla? ¿De qué medios me valdré para bajar hasta las profundidades de la tierra? ¡Imposible! ¡Imposible! -Y el pobre muchacho se puso a llorar copiosamente.

El tucutucu pareció conmoverse ante la desesperación de Rudecindo, y luego de una corta pausa le dijo, acariciándolo con su patita:

- ¡Oye, Rudecindo... a nadie debes comunicar lo que vas a escuchar y ver! ¿Me lo juras?

- ¡Te lo juro! -contestó el muchacho.

- Pues bien, fío en tu palabra y te ayudaré. Recuerda lo que voy a decirte. Tengo un pelo en mi colita que es mágico y quien lo encuentre podrá conseguir tres cosas, sean cuales fueren. El hada del campo, me dotó cierta vez de esa virtud sobrenatural, tocándome con su varita de luz. Si quieres hacer la prueba de luchar contra Coliflor, elige uno de mis pelitos y vete a buscarlo. Si el pelito elegido es el que posee las tres gracias del hada, podrás recuperar a Clorinda y dar muerte al gauchito bandido y si fracasas en tu elección, serás tú el que morirás. ¿Aceptas?

- ¡Sí! -respondió Rudecindo sin vacilar.

- Pues bien -prosiguió el tucutucu, aquí tienes mi colita y quiera tu suerte que sepas elegir el pelo mágico que os salvará a ti y a tu hermana.

El pobre muchacho vio junto a sus ojos la diminuta cola del roedor y al contemplarla cubierta de pelos, su turbación fue tan grande que no supo qué hacer.

- ¡Posees un millón de pelitos! -exclamó.

- ¡Ya lo, sé! Lo que quiere decir, que tienes en tu favor, sólo una probabilidad contra un millón. Anda; elige y que la suerte te favorezca.

Rudecindo no vaciló más y alargando la mano arrancó nerviosamente un pelo del parlanchín tucutucu.

- ¡Aquí lo tengo! -exclamó.

- Ya lo sé, porque me ha dolido -respondió el animalito.- Ahora, ¡guárdalo como si fuera un tesoro! Si cuando necesites ayuda la pides y te la dan, será porque el pelo es el mágico y si nadie responde a tus demandas, habrás tenido poca fortuna en la elección y morirás sin remedio.

- ¡Está bien! Seguiré luchando para hallar a mi hermanita y, si puedo, y el hada de los campos me protege, dejaré sin vida al temible gauchito Coliflor.

No había terminado de decir Rudecindo las últimas palabras, cuando el roedor, después de dedicarle una sonrisa y un gesto amistoso de despedida, se perdió entre las sombras y el solitario muchacho, guardando el casi invisible talismán de la cola del tucutucu, se levantó animado por nuevos bríos y prosiguió la marcha por el desierto misterioso.

Pasadas algunas leguas, divisó a lo lejos la humilde cabaña del gauchito Coliflor y sin temores, avanzó resueltamente, preparando sus armas y decidido a dar la cara al temido enemigo.

- ¡Si puedo, lo mataré y recuperaré a mi hermana! -decía por lo bajo el bravo Rudecindo, mientras se acercaba a la lúgubre morada.

A los pocos minutos llegó a ella y no percibiendo a señal alguna de vida en su interior, resolvió penetrar, lo que hizo, no sin antes encender una antorcha para ver bien por donde caminaba.

El rancho del gauchito Coliflor era pequeño y nada había en su interior que pudiera ser motivo de sorpresa. Una mala cama, una silla vieja y colgados sobre las paredes de barro, algunos aperos, riendas, boleadoras y otros útiles de campo.

- ¿Me habrá engañado el tucutucu? -murmuró Rudecindo entre dientes.

Ya iba a retirarse de la solitaria choza, decepcionado y contrito, cuando recordó que tenía escondido en su pañuelo el pelito de la cola del roedor.

- Veré si he tenido suerte en la elección -dijo el muchacho y tomando el talismán entre sus dedos, exclamó en voz alta:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme tu primer favor.

Rudecindo esperó unos segundos después de la rimada súplica, angustiado y curioso por saber si había tenido suerte en la difícil selección y cuál no fue su asombro al contemplar algo insospechado. Casi junto a sus pies se abrió de pronto un enorme agujero, por el que divisó una larga escalera de piedra que se perdía en las profundidades de la tierra.

- ¡Es maravilloso! -exclamó.- ¡El pelito que tengo entre mis dedos es el mágico!

Y acto seguido apagó su antorcha y empezó a descender, en medio de las mayores tinieblas, la escalera que lo iba introduciendo en el mismo corazón del mundo.

- ¡Esto es interminable! -decía de rato en rato, al ver que la escalera parecía no tener fin.

De pronto escuchó a lo lejos un gran ruido, como de miles de tambores que suenan acompasadamente, y el murmullo de muchas voces que entonaban un cántico extraño.

- Estoy llegando -dijo con verdadero temor.­ ¿Qué será lo que existe allá abajo? -Y, sin decir más, prosiguió el descenso con las mayores precauciones, mientras se arrojaba al suelo para no ser visto por los misteriosos habitantes de las profundidades terrestres.

De pronto sus ojos se cerraron ante una luz potente como la del sol, que alumbraba una sala de unos cien metros de largo, en la que contempló lo más extraordinario que haya visto criatura humana.

En un trono de piedra, se hallaba sentado el gauchito Coliflor, vestido con su indumentaria criolla, teniendo en la mano derecha un gran bastón de mando, del que brotaban rayos enceguecedores. A su alrededor, diez viejas esqueléticas de caras horribles y narices corvas como el pico del loro, estaban sentadas en las gradas del trono, y frente a este monarca extraordinario, cien criaturas deformes con ojos llameantes como los de los gatos, bailaban una danza extraña al compás de unos enormes tambores batidos por cincuenta hombrecillos de tez roja y arrugada.

Rudecindo, en los primeros instantes, quedó paralizado por el miedo ante la fantástica visión, pero bien pronto volvió a su cabal juicio, al distinguir en un rincón, sujetas con gruesas cadenas, a varias muchachos, entre las cuales estaba su querida hermana Clorinda.

- ¡Por fin! ¡Por fin te he hallado! -gritó con toda la fuerza de sus pulmones, corriendo hacia donde estaba la cautiva, sin meditar la temeraria imprudencia que cometía, ya que el gauchito Coliflor, poniéndose en pie súbitamente en su pétreo trono, ordenó con voz potente que dieran muerte inmediata al intruso.

Los cien demonios bailarines se lanzaron contra Rudecindo, con sus ojos llameantes y enseñando unos dientes mayores que los de los tigres, con el propósito criminal de acabar con él.

El muchacho se dio cuenta del peligro que corría y volviéndose para dar el pecho a sus atacantes, tomó otra vez su pelito y dijo en voz baja mientras lo elevaba por encima de las cabezas de los monstruos:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme un segundo favor.

La respuesta fue instantánea.

Un fuerte trueno retumbó en la lúgubre caverna y la tierra tembló en tal forma, que las paredes comenzaron a derrumbarse con gran estruendo, aplastando a los demonios de ojos de fuego, que huían en todas direcciones presas de un pánico sin límites.

Las brujas gritaban enloquecidas por tan espantoso terremoto y fueron también cayendo una por una, conmocionadas por los desprendimientos de tierra que amenazaban con matar a todos, inclusive a Rudecindo y las cautivas.

El gauchito Coliflor, guía y dominador de las brujas de la llanura, fue también sepultado entre los escombros, lanzando gritos de impotencia, hasta que su voz se extinguió para siempre, terminando con sus andanzas tan misterioso fenómeno.

Pero Rudecindo se vio abocado a un peligro mucho mayor de los que había pasado. El derrumbe se le acercaba y cuando la muerte casi iba a dar fin a su corta existencia, en unión de las aterrorizadas muchachas, recordó el estupendo tesoro que poseía y apeló a su última gracia:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme tu tercer favor.

El talismán tampoco falló en la demanda final, y abriéndose la tierra en un camino espléndido de luz, dio paso a Rudecindo, Clorinda y las demás cautivas, hacia la superficie terrestre, a donde llegaron muy pronto, elevados por una fuerza desconocida que los impelía como si fuera una potente ráfaga de viento.

Al pisar de nuevo la pampa, el pozo se cerró junto a ellos, sepultando para siempre al gauchito Coliflor, sus malditas brujas y los terribles y feos habitantes de las profundidades de la tierra.

Clorinda y las niñas fueron entregadas a sus respectivos padres y el bravo Rudecindo se convirtió desde entonces en el muchacho invencible, que había conseguido triunfar sobre tan espantosos enemigos, ayudado por el mágico pelito del buen tucutucu, que al final pudo saberse que era la hermosa Hada de la Pampa, quien para acercarse al decidido muchacho se había convertido por unos instantes en el simpático y hablador animalito, que escondía en su diminuta cola el pelito encantado, entre un millón de ellos sedosos y brillantes.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Cuento: Por un secreto

Un cuento de Ángeles Durini

1

Tornado se quedaba quieto en el muelle, tranquilo, dejando que el viento le susurrara en los obenques, clang, otra vez, clang, mientras el marinero se acostaba boca arriba en la cubierta del barco y se concentraba en los sonidos, pero no entendía nada.

—Contame tu secreto —le decía el marinero al viento.

La respuesta del viento era la de los barcos. Clang clang.

Entonces el marinero le hablaba a Tornado, su barco del alma:

—Traducime el secreto del viento.

El barco seguía mezclando el sonido de sus obenques con el de los otros barcos, formaban un coro moderato cantabile en el medio de la noche.

El marinero estaba seguro de que el viento le contaba un secreto a los barcos. Si por eso se había hecho marinero y había construido a Tornado, para que Tornado se hiciera amigo del viento y le descubriera el secreto. Tornado se había hecho amigo del viento y había descubierto el secreto, y ahora el marinero no le perdonaba que no le tradujera todas aquellas palabras.

Como le pareció que no iba a obtener nada en puerto, al día siguiente, el marinero decidió zarpar. Y no pensaba volver hasta no haber conseguido el secreto.

Llevó a Tornado muy lejos, mar adentro. Casi se perdió dando vueltas en vano. Esperaba que el viento se pusiera muy fuerte, lo dejaba gritar en las velas, escoraba el barco para que golpeara en el casco, pero ni así podía encontrar lo que tanto andaba buscando.

Otras veces, cuando el viento se calmaba, ponía atenta la oreja para escuchar el susurro del agua. Aunque era inútil, hiciera lo que hiciera, no obtenía respuesta, ni del barco ni del viento.

Hasta que un día, cuando el marinero ya había perdido la noción del paso de las horas, escuchó una voz muy profunda que le hablaba.

—Te diré mi secreto con una condición.

El corazón del marinero se aceleró, casi se le salía del pecho. Por fin le hablaba el viento. Quiso contestarle y al principio no le salían las palabras, juntó saliva, abrió la boca y con un hilo de voz le dijo:

—¿Con qué condición?

El marinero estaba muy intrigado y hasta orgulloso de que el viento quisiera algo de él, y seguro de que cualquier condición iba a ser buena con tal de saber el secreto. Había preguntado para poder cumplirla lo antes posible.

Entonces el viento le contestó:

—Que apenas te diga mi secreto, me entregues tu voz.

"¿Mi voz?", se preguntó el marinero, "¿para qué querrá mi voz? ¿tendrá miedo de que apenas sepa su secreto lo esté diciendo por ahí? Yo no soy de esa clase de personas, pero si el viento quiere mi voz, aunque me parezca una exageración, se la daré".

—Tendrás mi voz —contestó el marinero, esta vez pudiendo sacar para afuera toda su voz.

Entonces, el viento le pidió que acercara su oreja a los obenques de Tornado. Y cuando el marinero tenía la oreja pegada a los obenques, le dijo su secreto.

Apenas los obenques dejaron de sonar, el marinero sintió un dolor muy fuerte en la garganta. Se llevó las manos al cuello y quiso gritar. Pero no salió ningún grito.

2

Del otro lado del mar había una isla.

En la isla vivía una pescadora.

Pescaba voces, las pescaba en el mar.

Todos los días entraba a la orilla y tiraba las redes. Cuando pescaba las voces, las voces le hablaban y ella se las quedaba escuchando. Luego las devolvía al mar y se iba a dormir contenta.

Un día pescó una voz muy grande. Tan grande era que parecía todas las voces juntas. La voz, apenas pescada, no dejaba de hablar: "Soy la voz de un marinero que me abandonó en medio del mar. No sé por qué me entregó al viento, creo que por algún secreto. Un secreto del viento. El marinero me entregó pero el viento ni siquiera se agachó a recogerme. Dejó que me hundiera en el agua, que me perdiera de mi marinero. Y a pesar de que mi marinero me abandonó, quiero volver a él, no puedo seguir así. Me abandonaron el viento y el marinero, no sé por qué". Toda la tarde la voz pescada estuvo lamentándose y contando. Entonces la pescadora decidió no devolverla al mar y guardársela. Y al día siguiente, invitó a la voz a subir con ella a una barca. La voz aceptó y se fueron a buscar al marinero.

Varios días estuvieron dando vueltas con la barca mar adentro. La voz le describía el lugar a dónde la habían entregado, de golpe gritaba: "¡Creo que es allí!". Entonces la pescadora remaba y remaba hasta donde había señalado la voz, pero siempre se encontraban con el agua y el cielo.

Siguió pasando el tiempo. La pescadora con la voz en la barca.

Hasta que por fin distinguieron la vela de un barco. La pescadora empezó a remar con todas sus fuerzas, y la voz se puso a gritar como nunca había gritado antes. Fueron avanzando, avanzando, cuando la voz se dio cuenta de que era Tornado.

Tornado estaba quieto, a duras penas hamacado por la brisa. Apoyada en la baranda de la cubierta, se veía la cabeza del marinero. Si la voz hubiera tenido garganta, se la hubiera desgañitado. La pescadora le pidió al viento que acelerara su barca.

En eso, el marinero levantó la cabeza, había escuchado a su propia voz que lo llamaba. Se dio vuelta en dirección a donde venía la voz. Y allí la vio. Se la quedó mirando, y la reconoció.

La voz se calló. Había mucho silencio.

La barca se encontraba a pocos pasos, la pescadora remaba con los ojos clavados en el marinero. Ella también lo había reconocido.

El marinero estiró los brazos, las manos, las puntas de los dedos. Ya casi llegaba la barca. No podía dejar de mirarla. Empujada por la brisa, venía hacia él. El secreto del viento.

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jueves, 23 de junio de 2011

EL RENACUAJO PASEADOR

Del libro FABULAS Y VERDADES de Rafael Pombo

El hijo de Rana. Rinrín Renacuajo,
Salió esta mañana muy tieso y muy majo
Con pantalón corto, corbata a la moda,
Sombrero encintado y chupa de boda.
"¡Muchacho, no salgas!" le grita mamá,
Pero él le hace un gesto y orondo se va.

Halló en el camino a un ratón vecino,
Y le dijo: "¡Amigo! venga usted conmigo,
"Visitemos juntos a doña Ratona
"Y habrá francachela y habrá comilona".

A poco llegaron y avanza Ratón,
Estírase el cuello, coge el aldabón,
Da dos o tres golpes, preguntan: ¿Quién es?"
"-Yo, doña Ratona, beso a usted los pies".

"¿Está usted en casa?" -"Sí, señor, sí estoy;
"Y celebro mucho ver a ustedes hoy;
"Estaba en mi oficio, hilando algodón,
"Pero eso no importa; bien venidos son".

Se hicieron la venia, se dieron la mano,
Y dice Ratico, que es más veterano:
"Mi amigo el de verde rabia de calor,
"Démele cerveza, hágame el favor".

Y en tanto que el pillo consume la jarra
Mandó la señora traer la guitarra
Y a Renacuajito le pide que cante
Versitos alegres, tonada elegante.

"-¡Ay! de mil amores la hiciera, señora,
"Pero es imposible darle gusto ahora,
"Que tengo el gaznate más seco que estopa
"Y me aprieta mucho esta nueva ropa".

"-Lo siento infinito, responde tía Rata,
"Aflójese un poco chaleco y corbata,
"Y yo mientras tanto les voy cantar
"Una cancioncita muy particular".

Mas estando en esta brillante función
De baile y cerveza, guitarra y canción,
La Gata y sus Gatos salvan el umbral,
Y vuélvese aquello el juicio final.

Doña Gata vieja trinchó por la oreja
Al niño Ratico maullándole: "¡Hola!"
Y los niños Gatos a la vieja Rata
Uno por la pata y otro por la cola.

Don Renacuajito mirando este asalto
Tomó su sombrero, dio un tremendo salto,
Y abriendo la puerta con mano y narices,
Se fue dando a todos "noches muy felices".

Y siguió saltando tan alto y aprisa,
Que perdió el sombrero, rasgó la camisa,
Se coló en la boca de un pato tragón
Y éste se lo embucha de un solo estirón.

Y así concluyeron, uno, dos, y tres,
Ratón y Ratona, y el Rana después;
Los Gatos comieron y el Pato cenó,
¡Y mamá Ranita solita quedó!

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viernes, 10 de junio de 2011

Cuento: ¿Por qué el rinoceronte tiene la piel arrugada?

Un cuento de Rudyard Kipling

Hace ya mucho tiempo vivía un parsi en una isla desierta, junto a las costas del mar Rojo, y el sol relumbraba en su gorro con tan vivos reflejos que hubieran hecho palidecer a la más lúcida pompa oriental. Y aquel parsi vivía junto al mar Rojo sin más bienes que si gorro, su navaja y un hornillo de esos que por nada del mundo deben tocar los niños.

Cierto día tomó harina, agua, grosellas, ciruelas, azúcar y otras cosas e hizo con todo ello una torta que tenía dos pies de superficie y tres de grosor. Era, de verdad, un comestible superior (como dicen los magos), y la puso sobre el hornillo, en el que le estaba permitido cocer sus alimentos, y empezó a darle vueltas hasta que se puso dorada y olía a gloria. Pero cuando se disponía ya a comerla llegó a la playa, procedente del interior deshabitado, un rinoceronte con un cuerno en mitad del morro, unos ojuelos porcunos y muy escasos modales. A la sazón la piel del rinoceronte le venía muy bien y no se notaba en ella ninguna arruga. Era exactamente igual al rinoceronte de juguete que suele haber en el Arca de Noé, aunque, por supuesto, mucho más voluminoso. Pero, sea como fuera, no tenia entonces buenas maneras, como no las tiene hoy ni logrará adquirirlas nunca.

Dije simplemente:

- ¡Uuuuu!

Y el parsi soltó enseguida la torta y se subió a lo alto de una palmera, sin llevarse más que el gorro, en el que el sol seguía relumbrando de tal manera que hubiera hecho palidecer a la más lucida pompa orienta.

El rinoceronte derribó con el hocico el hornillo de aceite: la torta quedó por la arena y él la levantó con el cuerno y la devoró en un periquete, tras lo cual se marchó tranquilamente, meneando la cola, hacia las selvas vírgenes y desiertas del interior, que confinan con las islas de Mazanderán, Socotora y los Montes del Equinoccio,

El parsi bajó entonces de la palmera, colocó el hornillo en su posición normal y recitó la siguiente Solka, que reproduzco, porque seguramente no la habrás oído:

Quien se lleva la torta

Que al parsi reconforta

Tiene visión muy corta

Y había en estos versos mucha más intención de lo que parece a primera vista.

Pues he aquí que al cabo de cinco semanas, prodújose en el mar Rojo, una ola de calor, y todos se aligeraban de ropa cuando les era posible. El parsi se quitó el gorro y el rinoceronte se quitó la piel, y la llevaba echada sobre el lomo al bajar a la playa para bañarse. En aquellos tiempos la piel del rinoceronte se abrochaba con tres botones por debajo, y parecía un impermeable.

Nada dijo acerca de la torta del parsi, porque la había devorado enterita y, además, era un animalucho sin modales, como no los tiene ni los tendrá nunca. Se metió en el agua y empezó a echar burbujas por la nariz, dejándose la piel en la playa.

Entonces llegó el parsi y encontró la piel, y por dos veces una amplia sonrisa iluminó su semblante. Luego dio tres vueltas de danza en torno a la piel del rinoceronte, se frotó las manos con evidente fruición y se dirigió a su tienda, donde se llenó el gorro con migajas y mendrugos de torta, pues hay que tener en cuenta que aquel parsi sólo se alimentaba de tortas y no solía asear su morada.

Cogió la piel y, agitándola y restregándola mucho, llenó su interior con todos los mendrugos de torta viejos, secos y punzantes que era capaz de contener, y tampoco se olvidó de meter en ella algunas grosellas chamuscadas. Después se subió a la copa de la palmera y espero que el rinoceronte saliera del agua y se pusiera la piel.

Así lo hizo el rinoceronte. Abrochó los tres botones, y enseguida notó que le hacía unas desagradables cosquillas, como las migas cuando uno está en la cama. Quiso rascarse, pero con ello la cosa empeoró y se echó entonces sobre la arena, y empezó a revolcarse más y más, y cada vez que daba un tumbo las migajas de torta le punzaban más desagradablemente. Luego se acercó al tronco de la palmera y se restregó en él varias veces; tanto lo repitió que al fin se hizo una tremenda arruga en la espalda, y otra debajo el cuello que era donde tenía los botones – los cuales arrancó de tantos restregar-, y también quedó la piel arrugada en las patas. Perdió con ello la paciencia, pero su enojo en nada mitigaba las molestias que le producían las migas y mendrugos. Los tenía en el interior de la piel, y allí punzaban de lo lindo. Se marchó pues a su guarida, airado de veras y muy cubierto de rasguños; y desde aquél día todos los rinocerontes tienen grandes arrugas en la piel y un humor de mil demonios, lo cual es debido a las migajas de torta.

Pero el parsi bajó de la palmera con el gorro puesto, en el que el sol relumbraba de tal manera que hubiera hecho palidecer a la más lucida pompa oriental y, tras de empaquetar cuidadosamente su hornillo, dirigiose hacia Orotavo, pasó luego por Amygdala y prosiguió su viaje hasta alcanzar las altas praderas de Anantarivo y las marismas de Sonoput.

Rudyard Kipling - ¿POR QUE EL MAR ES SALADO? Colección Tobogán – Ediciones ORION (1984)