Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

jueves, 18 de noviembre de 2010

EL MUDITO ALEGRE

Un Cuento de JOAQUÍN AGUIRRE BELLVER

Tardaron mucho en darse cuenta de que Damiancillo era mudo. Cuando sus padres se enteraron, lo comunicaron a los demás once hermanos, y luego a los demás ciento catorce vecinos, con lo que todos en el pueblo se pusieron muy tristes.

Un día se dieron cuenta de que Damiancillo hablaba por señas, y corriendo lo comunicaron a los once hermanos, y luego a los demás ciento catorce vecinos, con lo que todos en el pueblo se llenaron de sorpresa y alegría. Continuamente la casa estaba llena de personas que trataban de entender los gestos de Damiancillo, tan risueño siempre, tan locuaz de manos y de miradas.

Poco a poco, los padres y los once hermanos aprendieron a entenderse con el pequeño por señas; en seguida pasaron a entenderse por señas también entre ellos, y llegó un momento en que no cruzaban una palabra, sino gestos tan sólo. Mientras tanto, los vecinos, de ir y venir a la casa, pero sobre todo, de ver a los padres y a los once hermanos, habían aprendido aquella forma de hablar, y no utilizaban otra cuando estaban con ellos. Hasta que dejaron todos, todos, de usar palabras, en cuanto Damiancillo comenzó a salir a la calle y a correr por el campo. En las eras, en el paseo de los álamos, en el fregadero, en la plaza, en la misma iglesia, sólo por señas se comunicaban las gentes de aquel bendito lugar.

Una mañana, por el sendero pino y pedregoso, sudando bajo el peso del sol y del saco abultado, llegó un cartero nuevo. Le sorprendió encontrarse con un pueblo de todos mudos, y preguntó la razón de algo tan chocante. Se lo explicaron, y su asombro fue mayor aún al saber las razones. Dijo que quería conocer a Damiancillo, pero el niño estaba en las eras, corriendo y jugando, como siempre, de un lado para el otro.

Entonces el cartero nuevo se encaramó por las piedras musgosas de la fuente, y puesto en pie comenzó a tocar la trompeta para congregar al pueblo entero. Cuando todos estuvieron en su torno, dijo, con voz alta y clara:

-Yo no soy, amigos, el cartero nuevo que suponéis, sino el ángel que el Señor envía con sus recados más importantes. Me llamó el Señor y me dijo: “Hay un pueblo en el que todos están llenos de caridad. Ve, comprueba si es cierto, y si lo es, diles que yo me complazco en ellos y los bendigo”. Por eso estoy aquí con vosotros. Todavía el Señor me hizo otro encargo: “Para mostrarles cómo mi corazón se conmueve en su bondad, diles también que les concedo la gracia que, por boca de su buen alcalde, quieran pedirme”.

Se adelantó el buen alcalde, gordo y meditabundo. Era persona que pensaba mucho las cosas antes de decirlas, y pasó un rato en rascarse la frente, palmearse la faja, fruncir las cejas y cepillarse a manotazos la barba, sin decir esta boca es mía.

Pero, eso sí, cuando se decidió, fueron sus razones de gran peso:

-Señor Ángel de Dios, si una gracia hemos de pediros, es que la próxima vez que nos trasmitáis un recado no lo hagáis de palabras, sino por señas. Anda por ahí Damiancillo, ya sabéis, y podría ponerse triste oyéndoos… ¡Habláis tan bien, tan de seguido!

Y esto lo dijo el buen alcalde, por señas.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

DOÑA CLEMENTINA QUERIDITA, LA ACHICADORA

- Un cuento de Graciela Montes -  (Argentina)

Cuando los vecinos de Florida se juntan a tomar mate, charlan y charlan de las cosas que pasaron en el barrio. Se acuerdan del ladrón de banderines de bicicletas; de cuando, por culpa de la máquina del tiempo, se les heló el agua de las canillas en pleno diciembre...

Pero más que de ninguna otra cosa les gusta hablar de doña Clementina Queridita, la Achicadora de Agustín Álvarez. Doña Clementina no había empezado siendo una Achicadora: por ejemplo, a los dos años era una nenita llena de mocos que se agarraba con fuerza del delantal de su mamá y a los diez, una chica con trenzas que juntaba figuritas de brillantes.

Cuando doña Clementina Queridita se convirtió en la Achicadora de Agustín Álvarez era ya casi una vieja. Tenía un montón de arrugas, un poquito de pelo blanco en la cabeza y un gato fortachón y atigrado al que llamaba Polidoro.

A doña Clementina los vecinos la llamaban "Queridita" porque así era como ella les decía a todos: "Hola, queridita, ¿cómo amaneció su hijito esta mañana", "Manolo, queridito, ¿me harías el favorcito de ir a la estación a comprarme una revista?"

Pero, aunque todos la conocían desde siempre, doña Clementina sólo llegó a famosa cuando empezó con los achiques. Y los achiques empezaron una tarde del mes de marzo, cuando doña Clementina tenía puesto un delantal a cuadros y estaba pensando en hornear una torta de limón para Oscarcito, el hijo de Juana María, que cumplía años.

En el preciso momento en que doña Clementina estaba por agarrar los huevos de la huevera, entró Polidoro, el gato, maullando bajito y frotándose el lomo contra los muebles.

— ¡Poli! ¡Tenés hambre, pobre! —se sonrió doña Clementina y, volviendo a dejar los huevos en la huevera, se apuró a abrir la heladera para buscar el hígado y cortarlo bien finito.

— ¡Aquí tiene mi gatito! —dijo, apoyando el plato de lata en un rincón de la cocina.

Y ahí nomás vino el primer achique. El gordo, peludo y fortachón Polidoro empezó a achicarse y a achicarse hasta volverse casi una pelusa, del mismo tamaño que cada uno de los trocitos de hígado que había colocado doña Clementina en el plato de lata.

El pobre gato, bastante angustiado, erizaba los pelos del lomo y corría de un lado al otro, dando vueltas alrededor del plato, más chiquito que una cucaracha pero, sin embargo, peludito y perfectamente reconocible. Era Polidoro, de eso no cabía duda, pero muchísimo más chico.

Doña Clementina, asustadísima, lo hizo upa enseguida: le parecía muy peligroso que siguiera corriendo por el piso; al fin de cuentas podía matarlo la primera miga de pan que se cayera desde la mesa... Lo sostuvo en la palma de la ruano y lo acarició lo mejor que pudo con un dedo. En medio de la pelusita atigrada brillaban dos chispas verdes: eran los ojos de

Polidoro, que no entendían nada de nada.

Se ve que la enfermedad del achique es muy violenta porque después del de Polidoro hubo como quince achiques más, todos en el mismo día.

Doña Clementina se sacó el delantal a cuadros, agarró el monedero y corrió a la farmacia.

— ¡Ay, don Ramón! —le dijo al farmacéutico, un gordo grandote y colorado, vestido con delantal blanco—. Don Ramón, algo le está pasando a Polidoro. ¡Se me volvió chiquito!

Don Ramón buscó un frasco de jarabe marca Vigorol y lo puso sobre el mostrador.

— ¿Y usted cree que este jarabito le va a hacer bien, don Ramón? —preguntó doña

Clementina mientras miraba con atención la etiqueta, que estaba llena de estrellitas azules.

Y en cuanto terminó de hablar, el frasco de jarabe se convirtió en un frasquito, en un frasquitito, en el frasco más chiquito que jamás se haya visto.

Don Ramón, el farmacéutico, corrió a buscar una lupa: efectivamente, ahí estaba el jarabe de antes, muy achicado, y, si se miraba con atención, podían divisarse las estrellitas azules de la etiqueta.

— ¡Ay, don Ramón, don Ramoncito! ¡No sé lo que vamos a hacer! —lloriqueó doña Clementina con el frasquito diminuto apoyado en la punta del dedo.

Y don Ramón desapareció.

— ¡Don Ramón! ¿Dónde se metió usted, queridito? —llamó doña Clementina.

— ¡Acá estoy! —dijo una voz chiquita y lejana.

Doña Clementina se apoyó sobre el mostrador y miró del otro lado. Allá abajo, en el suelo, apoyado contra el zócalo, estaba don Ramón, tan gordo y tan colorado como siempre, pero muchísimo más chiquito.

"¡Pobre hombre!", pensó doña Clementina. "¡Qué solito ha de sentirse allá abajo...! Voy a llevarlo con Polidoro, así se hacen compañía."

De modo que doña Clementina se llevó a don Ramón en un bolsillo y al frasquito de jarabe en el otro.

Entró en su casa y llamó:

—Poli... Poli... Estoy acá.

Pero Polidoro no vino. Se había caído en el fondo de la huevera y desde allí maullaba pidiendo auxilio. Entonces doña Clementina se dio cuenta de que las hueveras eran muy útiles para conservar achicados. Sin pensarlo dos veces, sacó los huevos que quedaban, los puso en un plato y en la huevera puso a don Ramón, que la miraba desde el fondo, perplejo, y algo le decía, pero en voz tan bajita que era casi imposible oírlo.

En fin, basta con que les cuente que, en esos días, doña Clementina llenó la huevera, y tuvo que inaugurar dos hueveras más, que contenían:

—un gato Polidoro desesperado,

—un don Ramón agarrado al borde, que cada tanto pedía a los gritos algún jarabe,

—un frasquito de jarabe Vigorol con una etiqueta llena de estrellitas.

—el "kilito» de manzanas que doña Clementina le había comprado al verdulero,

—la "sillita" de Juana María, en la que se habla sentado cuando fue al cumpleaños de Oscar,

—el propio "Oscarcito", al que de pronto se le había acabado el cumpleaños, —un "arbolito", al que se le estaban cayendo las hojas,

—un "librito de cuentos",

—siete "velitas" (encendidas, para colmo), y otras muchas cosas que resultaban invisibles a los ojos - como un 'tiempito", un a problemita" y un "amorcito"-, todas chiquitas.

Y, claro, doña Clementina no sabía qué hacer con sus achicados; le daba mucha vergüenza esa horrible enfermedad que la obligaba a andar achicando cosas contra su voluntad. Era por eso que, en cuanto algo o alguien se le achicaba (gente, bicho, cosa o planta), se apuraba a metérselo en el bolsillo y después corría a su casa para darle un lugarcito en la huevera.

Con las "manzanitas", la "sillita", las "velitas", el "jarabito" y el "librito de cuentos" no había conflicto. Pero con Polidoro, sobre todo con don Ramón y con Oscarcito era otra cosa. En el barrio no se hablaba de otra cosa que de su misteriosa desaparición.

La mujer de don Ramón no sabía qué pensar: había encontrado la farmacia abierta y sola, sin rastros del farmacéutico por ninguna parte. Y Juana María y Braulio, los padres de Oscarcito, andaban desesperados en busca del hijo tan travieso que se les había escapado justo el día del cumpleaños.

Así pasaron cinco días.

Doña Clementina Queridita, la Achicadora de Agustín Álvarez, cuidaba con todo esmero a sus achicados: al arbolito le ponía dos gotas de agua todas las mañanas, a Oscarcito lo alimentaba con miguitas de torta de limón (su torta favorita) y a don Ramón le preparaba churrasquitos de dos milímetros, vuelta y vuelta. Dos veces al día doña Clementina vaciaba las hueveras sobre la mesa de la cocina: Oscarcito jugaba con Polidoro y los dos se revolcaban hasta quedar escondidos debajo de la panera; don Ramón, en cambio, muy formal, se sentaba en la sillita y le explicaba a doña Clementina cosas que ella jamás entendía, mientras mordisqueaba una manzana (perdón, una manzanita).

En el quinto día de su vida en la huevera Oscarcito se puso a llorar. Fue cuando vio, apagadas y chamuscadas, las siete velitas de su torta de cumpleaños.

Doña Clementina se puso a llorar con él: Oscarcito era su preferido entre los chicos del barrio.

No sabía qué hacer para consolarlo; era tanto más grandota que él que ni siquiera podía abrazarlo...

—Bueno, Oscar, no llores más —le decía mientras le acariciaba el pelo con la punta del dedo

—. ¿Cómo vas a llorar si ya sos un muchacho? ¡Un muchachote de siete años! Entonces Oscar creció. Creció como no había crecido nunca. En un segundo recuperó el metro quince de estatura que le había llevado siete años conseguir. Y se abrazó a la cintura de doña Clementina, la Achicadora de Agustín Álvarez, que, por fin, había encontrado el antídoto para curar a sus pobres achicados.

Doña Clementina corrió a agarrar al gato Polidoro y le dijo, entusiasmada:

— ¡Gatón! ¡Gatote! ¡Gatazo!

Y Polidoro creció tanto que hasta podría decirse que quedó un poco más grande de lo que había sido antes del achique.

Le tocaba el turno a don Ramón.

Doña Clementina dudó un poco y después llamó:

— ¡Don Ramonón!

Y don Ramón volvió a ser un gordo grandote y colorado, con delantal blanco, que ocupó más de la mitad de la cocina.

Y todos corrieron a casa de todos a contar la historia esta de los achiques, que, con el tiempo, se hizo famosa en el barrio de Florida.

Desde ese día doña Clementina Queridita cuida mucho más sus palabras, y nunca le dice a nadie "queridito" sin agregar enseguida: "queridón". La sillita de Juana María. El frasquito con la etiqueta de estrellitas azules y el librito de cuentos siguieron siendo chiquitos. Están desde hace años en un estante del Museo de las Cosas Raras del barrio de Florida, adentro de una huevera.

lunes, 15 de noviembre de 2010

EL TRAJE ENCANTADO

                           Un cuento de ÓSCAR ALFARO (BOLIVIA)

 

EL PEQUEÑO príncipe era caprichoso y malo. Había que darle todos los gustos porque el rey, su padre, decía que no se le debe negar nada al hijo de un rey.

Un día, el príncipe ordenó:

—Que me traigan el arco y las flechas.

— ¿Para qué? —preguntó su padre.

—Para hacer puntería sobre aquel pastor que está parado en la colina.

Pero al poco rato, vio al mago del reino, que entraba al palacio con su traje brillante.

— ¡Quiero ese traje!

—Es muy grande para ti —contestó el mago.

—A mí no me importa. Dámelo ahora mismo o pediré otra cosa, que será peor para ti.

—Pide más bien otra cosa.

—Pediré entonces tu piel, para hacerme unas botas.

El mago se puso pálido.

—Te daré mi traje —dijo, sacándoselo a toda velocidad.

Pero el príncipe ya no tenía interés en el traje.

— ¡Tendré las botas de piel de hombre! ¡Nada se le puede negar al hijo del rey!

Y comenzó a dar unos gritos tan fuertes que vino corriendo el rey.

— ¿Qué te pasa ahora?

—Quiero la piel del mago para hacerme unas botas.

—Bueno habrá que despellejarlo —dijo el rey con la mayor tranquilidad y tocó una campana, llamando a los verdugos.

Pero el mago se escapó del palacio por una ventana. El susto le puso alas en los pies y no lo pudieron alcanzar.

El príncipe estaba furioso, pero a las pocas horas volvió a interesarse por la ropa del mago. Se la probó y, aunque le quedaba muy grande, se paseó con ella por el corredor de los espejos, haciendo gestos de mago. (12)

Pero, ¡cosa rara!, la ropa se estaba encogiendo.

— ¡Quítatelo! No te olvides que es el traje de un mago... — le dijo el rey, asustado.

El príncipe tuvo miedo y trató de desvestirse, pero no pudo. Su padre quiso ayudarlo, pero tampoco pudo. Ahora el traje estaba tan ajustado que apenas lo dejaba respirar. Y seguía encogiéndose. El príncipe empezó a gritar. El rey, desesperado, llamó a los hombres más forzudos de la guardia y les ordenó desvestir al príncipe, pero ninguno pudo.

— ¡Rompan el traje! —gritó el rey.

Pero nadie fue capaz de romperlo.

—Yo lo rasgaré con mi espada —dijo un oficial de la guardia.

Pero la espada se hizo pedazos y el traje continuó encogiéndose. Finalmente, el príncipe cayó desmayado.

— ¡Mi hijo se muere!.. ¡Auxilio! —gritaba el rey, con lágrimas en los ojos.

Entonces, el consejero del monarca dijo:

—Hagan volver al mago. Es el único que puede salvarlo.

Mil servidores, montados a caballo, salieron a buscar al mago y lo trajeron encadenado.

— ¡Maldito, sácale ese traje al príncipe o te haré cortar la cabeza!.. —rugió el rey.

Pero el traje se encogió más.

El rey sacó su espada y apuntó con ella a la garganta del mago.

— ¡Por las malas no vas a conseguir nada! ¡Mira cómo se encoge el traje!...

Y el traje se encogió tanto que crujieron los huesos del príncipe.

— ¡Piedad! —gritó el rey al ver aquello—. ¡Salva a mi hijo y te haré el hombre más rico del reino!...

—Está bien que cambies de tono —dijo el mago, tranquilamente—. Pero las riquezas que me ofrece no salvarán al príncipe.

—Entonces ¿qué debo hacer para salvarlo?

—Remediar todo el daño que él hizo.

—Lo haré —dijo el rey—. Pero sálvalo.

—Yo no puedo salvarlo, todo depende de ti —contestó el mago.

Entonces el rey llamó a sus ministros.

—Ordeno que se remedien todos los daños que causó el príncipe a la gente del reino. (13)

El traje dejó de encogerse, pero no volvió a su estado normal.

— ¿Por qué no se estira, si ya ordené lo que pedías?

—Es que algunos males no tienen remedio.

— ¿Entonces mi hijo morirá estrangulado por el maldito traje?

—No morirá. El traje se irá abriendo con cada buena obra que realice.

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jueves, 11 de noviembre de 2010

Bajo el sombrero de Juan

Nadie en Sansemillas fabricaba los sombreros como Juan.
Los más empinados, los más vivos, los más galantes, sombreros salían de sus manos. Sombreros de copa, de medio queso, redondos, triangulares, de fieltro, para días nublados, para noches de luna, amarillos, violetas y hasta sombreros grises para saludar que, sin ninguna rareza, también los fabricaba Juan.
Una vez entre otras fabricó un sombrero de jardín de ala muy ancha con una cinta verde alrededor de la copa.
Le llevó un día largo terminarlo. Era tan grande que no cabía dentro de la casa. Lo llevó al jardín y se lo probó. Le quedaba muy bien. Era de su medida.
-Me gusta-dijo-Me quedo con él.
Un sombrero tan grande lo protegería del sol, del granizo, de las hojas que caen en otoño y otros accidentes.
De pronto Juan estiró la mano y la sacó fuera del sombrero.
-Llueve- comentó.
Pero ahora ése era un detalle sin importancia.
El perro de Juan, que había estado durmiendo entre los rosales, se acercó corriendo y le tironeó el pantalón con la mano.
-Me quedo debajo de tu sombrero hasta que pase la lluvia-anunció.
-Bueno…-dijo Juan- Será cuestión de esperar un poco.
Casi enseguida se acercó una vecina que llevaba una gansa atada a un piolín
-¿Qué tiempo loco! Menos mal que encontramos un techo para guarecernos- comentó la gansa.
Y allí se quedaron las dos.
Unos cazadores que la habían escuchado se acercaron con interés.
-La lluvia nos apaga el fuego del campamento. Y un campamento sin fuego no es un campamento.-argumentaron.
Así fue como se quedaron cazadores y vecina, gansa, fuego y perro, todos bajo el sombrero de Juan.
La lluvia seguía, tranquila…
Poco a poco se fueron arrimando a los hombres y las mujeres del pueblo.
-¿Podemos quedarnos aquí?-preguntaban.
-Pueden- les decía Juan. Y todos ellos, ya con confianza, amontonaban jaulas, chicos, terneros y muebles bajo el ala del gran sombrero.
La lluvia alcanzó por fin a los pueblos cercanos y pronto todo el país de Sansemillas golpeó a las puertas del sombrero buscando abrigo.
Llegaron los paisanos de a pie y de a caballo, los empleados de correo, toda la flora, toda la fauna y también los fabricantes de paraguas.
Juan los recibía amablemente y se disculpaba porque no tenía muchas comodidades para ofrecerles.
Un hubo problemas entre los parroquianos del sombrero.
Solo un roce se produjo. Fue cuando un granjero reconoció en la capelina de una dama las plumas de una gallina de su propiedad. Devueltas las plumas a la legítima gallina, se hizo la paz.
El embajador de un país vecino, sorprendido por la lluvia, pidió asilo bajo el sombrero. Detrás de él llegó el país mismo, y como era más bien tropical se vino cargado de bolsas de café, loros y caimanes que rasgaban las medias de las señoras
Pronto algunos países de los alrededores imitaron al de los loros y los caimanes.
-¿Podemos quedarnos hasta que aclare?-preguntaban.
Y Juan hacía un lugarcito para que entraran más plazas, monumentos y museos.
Como sin querer empezó a llegar gente de lugares tan lejanos que Juan ni siquiera había oído hablar de ellos. Traían osos blancos y animales de cuello fino, que hicieron buena s migas con el perro primero de Juan.
Gente de piel roja trajo sus canoas pensando en el diluvio y hombres de piel amarilla trajeron regaderas calculando que a la lluvia siempre le sigue la sequía.
Llegaron los capitanes con sus portaaviones, los batallones de soldados y los sabios, que siempre salen sin impermeable.
Algún loco trajo también la arena de las playas y los acantilados como si fuera necesario proteger todo eso de la lluvia.
Un continente grande y otro formado por islas pequeñas se acercaron ronroneando.
El último de correr bajo el sombrero trajo un lío de avenidas, vías férreas, paralelos y meridianos, todo confundido y hecho un ovillo.
Por fin no entró nada más sobre el sobrero de Juan. No porque faltara espacio o buena voluntad sino porque no quedaba nada ni nadie por llegar.
Juan se estiró mucho para sacar la mano fuera del sombrero.
-Ya no llueve-dijo tranquilo- es hora de que cada uno vuelva a su lugar.


Un cuento de Ema Wolf
En Barbanegra y los buñuelos
Editorial Colihue 1995


martes, 9 de noviembre de 2010

CAPELITO PIRATA

                          Un hermoso y divertido corto de mi querido amigo  RODOLFO PASTOR

 

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domingo, 7 de noviembre de 2010

LOS PASTELES Y LA MUELA

Un labrador tenía muchas ganas de ver al Rey porque pensaba que el Rey sería mucho más que un hombre. Así que le pidió a su amo su sueldo y se despidió.

Durante el largo camino hasta la Corte se le acabó todo el dinero y cuando vio al Rey y comprobó que era un hombre como él, pensó: «Por ver un simple hombre he gastado todo mi dinero y sólo me queda medio real»

Del enfado le empezó a doler una muela y con el dolor y el hambre que tenía no sabía qué hacer, porque pensaba: «Si me saco la muela y pago con este medio real, quedaré muerto de hambre. Si me compro algo de comer con el medio real, me dolerá la muela»

Estaba pensando lo que iba a hacer cuando, sin darse cuenta, se fue arrimando al escaparate de una pastelería donde los ojos se le iban detrás de los pasteles.

Vinieron a pasar por allí dos lacayos que le vieron tan embobado contemplando los pasteles que para burlarse de él le preguntaron:

- Villano, ¿cuántos pasteles te comerías de una vez?

Respondió:

- Tengo tanta hambre que me comería quinientos.

Ellos dijeron:

- ¡Quinientos! ¡Eso no es posible!

Replicó:

- ¿Os parecen muchos?, podéis apostar a que soy capaz de comerme mil pasteles.

Dijeron:

- ¿Qué apostarás?

- Que si no me los comiere me saquéis esta primera muela, dijo señalando la muela que le dolía.

Estuvieron de acuerdo, así que el villano empezó a comer pasteles hasta que se hartó, entonces paró y dijo:

- He perdido, señores.

Los otros, muy regocijados y bromeando, llamaron a un barbero que le sacó la muela. Para burlarse de él decían:

- ¿Habéis visto este necio villano que por hartarse de pasteles se deja sacar una muela?

Respondió él:

- Mayor necedad es la vuestra, que me habéis matado el hambre y sacado una muela que me estaba doliendo.

Al oír esto todos los presentes comenzaron a reír. Los lacayos humillados pagaron y se fueron.

Cuento popular recogido por Juan de Timoneda (S. XVI) en su libro Sobremesa y alivio de caminantes (Cuento XXII)

sábado, 6 de noviembre de 2010

LOS TRES PEREZOSOS

 

Érase una vez un padre que tenía tres hijos muy perezosos. Se puso enfermo y mandó llamar al notario para hacer testamento:

- Señor notario -le dijo- lo único que tengo es un burro y quisiera que fuera para el más perezoso de mis hijos.

Al poco tiempo el hombre murió y el notario viendo que pasaban los días sin que ninguno de los hijos le preguntara por el testamento, los mandó llamar para decirles:

- Sabéis que vuestro padre hizo testamento poco antes de morir. ¿Es que no tenéis ninguna curiosidad por saber lo que os ha dejado?

El notario leyó el testamento y a continuación les explicó:

- Ahora tengo que saber cual de los tres es el más perezoso.

Y dirigiéndose al hermano mayor le dijo:

- Empieza tú a darme pruebas de tu pereza.

- Yo, -contestó el mayor- no tengo ganas de contar nada.

- ¡Habla y rápido! si no quieres que te meta en la cárcel.

- Una vez -explicó el mayor- se me metió una brasa ardiendo dentro del zapato y aunque me estaba quemando me dio mucha pereza moverme, menos mal que unos amigos se dieron cuenta y la apagaron.

- Sí que eres perezoso -dijo el notario- yo habría dejado que te quemaras para saber cuánto tiempo aguantabas la brasa dentro del zapato.

A continuación se volvió al segundo hermano:

- Es tu turno cuéntanos algo.

- ¿A mí también me meterá en la cárcel si no hablo?

- Puedes estar seguro.

- Una vez me caí al mar y, aunque sé nadar, me entró tal pereza que no tenía ganas de mover los brazos ni las piernas. Menos mal que un barco de pescadores me recogió cuando ya estaba a punto de ahogarme.

- Otro perezoso -dijo el notario- yo te habría dejado en el agua hasta que hubieras hecho algún esfuerzo para salvarte.

Por último se dirigió al más pequeño de los tres hermanos:

- Te toca hablar, a ver qué pruebas nos das de tu pereza.

- Señor notario, a mí lléveme a la cárcel y quédese con el burro porque yo no tengo ninguna gana de hablar.

Y exclamó el notario:

- Para ti es el burro porque no hay duda que tú eres el más perezoso de los tres.

(Cuento popular de exageraciones)