Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

sábado, 28 de agosto de 2010

EL OGRO Y LA BRUJA

Este es un poema -Canción de Rubén Goldín,interpretado acá por "Los Rosarinos". Miren que lindo!

EL OGRO Y LA BRUJA- LOS ROSARINOS




Y acá les dejo la letra por si la quieren aprender.

El Ogro Y La Bruja- AUTOR: Ruben Goldin -

Ella era una bruja fatal
su hermosura y su soledad
caminaba en la niebla sin ver
que un ogro muy triste la seguía

Este amigo tarareaba una canción
y la bruja ocultaba su emoción

En los cuentos de hadas
las brujas son malas
y en los cuentos de brujas
las hadas son feas
así decía la canción
que el ogro cantaba


(Repite los acordes de la primera y segunda estrofa)


En el bosque, un día de sol
se encontraron frente a frente los dos
le clavó su mirada
la bruja malvada
para ver si podía
con su magia ahuyentarlo
pero el ogro sonriendo y cantando
el hechizo rompió

La tomó de la mano,
las lechuzas callaron,
se miraron un rato largo
y el ogro y la bruja se amaron,
bajo el sol.
No hay mejor brujería
que el amor!!!

La ra lara la ra larala!!!
La ra la larala laieee!!!


jueves, 26 de agosto de 2010

VOY A CONTAR UN CUENTO

                                        POEMA –CUENTO DE MARÍA ELENA WALSH

                                                                    ARGENTINA

 

VOY a contar un cuento.

A la una, a las dos, y a las tres:

Había una vez.

¿Cómo sigue después?

Ya sé, ya sé. Había una casita, una casita que. Me olvidé.

Una casita blanca,

eso es,

donde vivía uno

que creo era el Marqués.

El Marqués era malo,

le pegó con un palo a... No,

el Marqués no fue.

Me equivoqué.

No importa. Sigo. Un día

llegó la policía.

No, porque no había.

Llegó nada más que él,

montado en un corcel

que andaba muy ligero.

Y había un jardinero

que era muy bueno pero.

Después pasaba algo

que no recuerdo bien.

Quizás pasaba el tren.

Pero lejos de allí,

la Reina en el Palacio

jugaba al ta te tí, (9)

y dijo varias cosas

que no las entendí.

Y entonces.

Me perdí.

Ah, vino la Princesa

vestida de organdí.

Sí.

Vino la Princesa.

Seguro que era así.

La Reina preguntóle,

no sé qué preguntó,

y la Princesa, triste,

le contestó que no.

Porque la Princesita

quería que el Marqués

se casara con ella

de una buena vez.

No, no así no era,

era al revés.

La cuestión es que un día,

la Reina que venía

dio un paso para atrás.

No me acuerdo más.

Ah, sí, la Reina dijo:

—Hijita, ven acá.

Y entonces no sé quién.

Mejor que acabe ya.

Creo que a mí

también me llama mi mamá.

 

lunes, 23 de agosto de 2010

EL HOMBRE QUE DEBÍA ADIVINARLE LA EDAD AL DIABLO

 HistoriaJasidicadiablo-thumb Un Cuento de Javier Villafañe

ARGENTINA

 

ERA UN HOMBRE que estaba en el monte, cerca de una peña, y de pronto se le apareció el Diablo, él mismo en persona, así como es él. El hombre no tuvo miedo porque lo conocía. Una vez lo había visto en un sueño y eran exactamente iguales, cortados con la misma tijera: ni alto ni bajo, el pelo chamuscado, los cuernos puntiagudos, la cola rabona y las patas de chivo.

—Señor, quiero hacer un pacto con usted —dijo el Diablo, y preguntó—: ¿Qué le parece?

—Vamos a ver de qué se trata —contestó el hombre.

—Se trata de que usted será riquísimo, mucho más rico que el Presidente. ¿Qué le parece?

—Me parece bien, ¿y?

—Tendrá un palacio, carruajes. Lo que quiera. ¿Qué le parece?

—Me parece bien, ¿y?

—Si todo le parece bien, ¿por qué no hacemos un pacto?

— ¿Y cuál es el pacto?

—Usted tendrá lo prometido y mucho más, pero deberá adivinarme la edad en un plazo de veinte años. Si adivina, queda libre y dueño de esa inmensa riqueza, y si no adivina será mi esclavo. ¿Qué le parece? ¿Está de acuerdo?

—Sí, estoy de acuerdo.

El Diablo le entregó un papel y dijo:

—Lea y firme.

— ¿Para qué voy a leer, si no sé? Firmar, sí. Y, con la pluma que le dio el Diablo, firmó. La firma era una espiral que terminaba en un punto.

El Diablo guardó el papel y dijo:

—Dentro de veinte años, justo a la medianoche nos encontraremos aquí, en este peñón.

Yo soy puntual en las citas.

—Yo también —respondió el hombre.

El Diablo lo miró con una mirada filosa y desapareció.

Cuando el hombre llegó a su rancho, el rancho no estaba. En su lugar había un palacio todo iluminado y un gentío con uniforme subiendo y bajando escaleras. El hombre tampoco se reconoció. Era otro. En vez de alpargatas tenía botas. También, sin darse cuenta, le habían cambiado el sombrero y el poncho por un sombrero aludo y un poncho listado. Nuevos, flamantes. Le aparecieron de golpe cuatro anillos, dos en cada mano, y de oro.

El personal de servicio estaba vestido de punta en blanco. Los hombres con guantes, zapatos de charol, pantalón gris, una chaqueta azul con alamares[2] y botones dorados. Parecían generales en un día de desfile. Y las mujeres con guantes, zapatos de charol, blusa rosada y pollera[3] negra. El mismo peinado y la misma sonrisa.

Cuando el hombre entró en el palacio, un caballero de barba que parecía el patrón de los uniformados dijo inclinando la cabeza:

—Señor, lo acompañarán a los aposentos.

—Perfecto —contestó el hombre.

—Pero antes deseo saber qué le apetece para el almuerzo.

— ¿Desea saber qué?

—Qué ordeno para su almuerzo.

—Un puchero[4] completo, que no le falte nada.

— ¿Y de postre?

—Queso y dulce. Mantecoso y batata, preferiblemente.

— ¿Y para beber?

—Tinto y soda.

Lo que llamaban "aposentos" era la exageración de lo increíble. Una cama donde podía dormir y soñar cómodamente una familia entera. Tenía un acolchado con pinturas de pájaros y flores. Almohadas y almohadones mullidos con bordados y encajes. "Para dormir en esta cama —pensaba el hombre— hay que bañarse todos los días y usar un camisón que esté a la altura de las sábanas". De las paredes colgaban tantos tapices, espejos y cuadros que no alcanzaban los ojos para verlos. Mesas recién lustradas con incrustaciones de nácar y piedras preciosas. Sillones y sillas del mismo color y sin fundas, como si esperaran visitas de importancia.  "Así serán los 'aposentos' de los emperadores y los reyes," pensó el hombre.

Ese día lo pasó de asombro en asombro. Comió un puchero completo con vino y soda y un abundante postre, casi doble ración. Después durmió una larga siesta. Después paseó por el parque. Lo acompañaban unos perros finísimos y tan bien educados que a ninguno se le ocurrió olfatear ni levantar una pata frente al tronco de un árbol. Al contrario. Pasaban muy orgullosos sin mirarlo.

Un pobre se acostumbra en poco tiempo a ser rico. A veces en una semana, a veces en unas horas. En cambio, un rico no se acostumbra jamás a ser pobre. Ni en treinta, ni en cincuenta años. El caso es que el hombre que firmó el pacto con el Diablo se acostumbró en minutos a ser rico, en un abrir y cerrar de ojos. Le gustó el buen comer, el dormir a pata suelta, el trato que le daba la gente, y mandar, sobre todo mandar y que le obedecieran. Se sentía tremendamente feliz. Hasta se había olvidado del Diablo.

En un lujoso transatlántico cruzó el océano y paseó por Europa, alojándose en hoteles de primera categoría. Conoció a reyes, sultanes, banqueros y embajadores, y pasó unos días con el Papa en su palacete de Roma. Vivió así, como un duque, sin darse cuenta de que pasaban los años.

Se casó. La mujer era joven y hermosa, y él tan dichoso que el tiempo se le iba volando. A veces creía que era ayer y era pasado mañana.

Una noche de tormenta se desveló. No podía conciliar el sueño, y mientras contaba ovejas para dormirse recordó la cita con el Diablo. Además, para no olvidarse, tenía escondido en la mesa de luz un cartón misterioso con números y dibujos que solamente él podía descifrarlo: "El veinticinco de abril de mil novecientos noventa a las doce de la noche con el Diablo en el monte cerca del peñón".

Una tarde, el 15 de octubre de 1989, al abrir el cajón de la mesa de luz, se encontró con el cartoncito. Sacó cuentas con los dedos y se pegó un enorme julepe. Fue la primera vez que sintió tanto miedo, un miedo atroz, con chuchos[5] de frío y sudor en las palmas de las manos. "Me quedan solamente seis meses y diez días. No hay tiempo que perder", se dijo.

Y salió a buscar la edad del Diablo. Fue un viaje enloquecedor. Todo avión. Estuvo en Bolivia, nada. Nada en Ecuador. Nada en Venezuela. En México se enteró de que el primer Diablo llegó a América con Cristóbal Colón y el ajetreo de la carabela y los olores de a bordo le hicieron perder la memoria. Fue a Estados Unidos y un economista lo envió a la capital asegurándole que un grupo de diablos se reunía en una casa pintada de blanco.

Allí no consiguió ninguna información y lo enviaron a Inglaterra para que viera en Londres a una metálica Diablesa, y ella le dijo: "De años no sé, ni pregunto; trato de ocultar los míos". Estuvo en China, en la India, y no lo conocían. En Persia se entrevistó con un matemático, que le dijo: "Tiene tantos años que no alcanzan los números para contarlos". En Alemania le dijo un filósofo: "Cuando nació estaba creado. Por lo tanto, no tiene edad". En Francia un quiromántico le dijo "De tanto apantallar fuego se le borró la edad en las líneas de las manos".

Y regresó totalmente desconsolado. Había recorrido el mundo y nadie supo decirle la edad del Diablo. Ni magos, ni sabios, ni adivinos, ni brujos. Nadie. La noche de la cita se acercaba. Pasaron Navidad y Fin de Año, pasaron Reyes y Carnaval. Y nada. El hombre cada vez más triste, más pálido y ojeroso. Y cuando faltaban apenas dos días el hombre le revela el secreto a su mujer:

—Te voy a contar lo que me ha sucedido. Todas nuestras riquezas se las debo al Diablo. El me dio dinero y poder a cambio de que le adivine la edad en un plazo de veinte años, y si no la adivino seré su esclavo. Sólo faltan dos días para que se cumpla el plazo. Estoy perdido.

—No te preocupes —respondió la mujer—.

Yo voy a solucionar este problema. Es muy sencillo.

— ¿Sencillo?

—Sí, muy sencillo. Déjalo por mi cuenta.

— ¿Pero cómo le vas a adivinar la edad al Diablo en dos días si yo en veinte años no he podido?

—Vos, tranquilo. Vas a ver. Primero hay que cazar pájaros. Todo el personal del palacio debe ir a cazar pájaros. Cuantos más traigan, mejor.

—Sí, ¿y después?

—Después, ya verás.

Todo el personal salió en busca de pájaros. Regresaron con las jaulas llenas.

—Ahora hay que matarlos y quitarles las plumas —ordenó la mujer.

Los mataron y les quitaron las plumas.

—Ahora hay que poner las plumas en un tanque.

Pusieron las plumas en un tanque.

—Ahora hay que traer varios frascos de miel.

Trajeron varios frascos de miel.

—Ahora hay que volcar la miel en otro tanque.

La mujer se quitó la ropa, los zapatos, las medias y se metió desnuda en un tanque. Se cubrió con miel desde la punta del pelo hasta la punta del pie y pasó al otro tanque y empezó a dar vueltas y vueltas, a revolcarse como una cobra, y salió hecha un plumero.

—Ahora vamos al lugar de la cita.

El hombre la llevó al monte y se detuvieron frente a una peña. Ahí se quedó ella, inmóvil. Parecía una estatua. Ni estornudaba por no perder una pluma.

El hombre se escondió detrás de un árbol y justo a la medianoche se escucha un trueno, un ruido tremendioso como si se resquebrajara y izas! se presenta el Diablo. Da un salto y al encontrarse con un pájaro tan extraño se sorprende y se pregunta: ¿Qué pájaro será este pájaro?". Retrocede y lo observa detenidamente. "Nandú no es —dice—; gallareta[6] no es; tampoco es garza ni gavilán." Y empieza a dar vueltas alrededor del pájaro con más colores que el arcoiris. Va calladito, calladito. Se detiene, se acerca, lo mira bien y vuelve a preguntarse: "¿Dónde tendrá el pico y qué comerá este pájaro?". Lo toca por un sitio y huele. "¡Puff! Este pájaro sí que tiene el pico blandito y hediondo. ¿Qué comerá este pájaro?" Y pregunta en alta voz:

— ¿Qué comes? Decíme: ¿qué comes?

Entonces el pájaro, la mujer, responde:

—Jua gua... Jua gua.

— ¡Caramba! —exclama el Diablo—. En mis cuatrocientos ochenta y cinco mil quinientos cuarenta y seis años jamás me había encontrado con un pájaro tan raro y que comiera juaguá. (7)

Y mientras la mujer se iba dando saltos, el hombre subió a la peña y se quedó esperando.

El Diablo lo reconoció y dijo:

—Puntual. Acaban de dar las doce.

—Usted también fue puntual —respondió el hombre.

— ¿Adivinó?

—Cuatrocientos ochenta y cinco mil quinientos cuarenta y seis años.

—Ni uno más ni uno menos —dijo el Diablo.

Y desapareció.


[2] Alamares: cinta v botón para abrochar la capa.

[3] Pollera: Falda

[4] Puchero: olla con guisado.

[5] Chuchos: temblores, miedos

[6] Gallareta: ave zancuda, negra con manchas blancas.

 

domingo, 22 de agosto de 2010

Siete años, y siete más

  Un Cuento de Marina Colasanti

Érase una vez un rey que tenía una hija. No tenía dos, tenía una, y como sólo tenía esa, la quería más que a cualquier otra. 

La princesa también quería mucho al padre, más que a cualquier otro, hasta el día que llegó el príncipe. Entonces ella quiso al príncipe más que a cualquier otro. 

El padre, que no tenía otra a quien querer, pensó que el príncipe no servía. Ordenó investigar y descubrió que el joven no había acabado los estudios, no tenía posición y su reino era pobre. Era bueno, dijeron, pero, en fin, no era ningún marido ideal para una hija a quien el padre quería más que a cualquier otra. 

Llamó entonces el rey al hada, madrina de la princesa. Pensaron, pensaron, y llegaron a la conclusión de que lo mejor era hacer dormir a la muchacha. ¡Quién sabe! Quizás en el sueño soñaba con otro y se olvidaba del joven. 
Dicho y hecho, dieron una bebida mágica a la muchacha, que se durmió enseguida sin decir ni buenas noches. 

Acostaron a la muchacha sobre una cama enorme, en un cuarto enorme, dentro de otro cuarto enorme, a donde se llegaba por un corredor enorme. Siete puertas enormes escondían la pequeña entrada del enorme corredor. Cavaron siete fosos alrededor del castillo. Plantaron siete enredaderas en las siete esquinas del castillo. Y pusieron siete guardias. 

El príncipe, al saber que su hermosa dama dormía por obra de la magia, y que así pensaban apartarla de él, no tuvo dudas. Mandó construir un castillo con siete fosos y siete plantas. Se acostó sobre una cama enorme, en un cuarto enorme, a donde se llegaba por un corredor enorme custodiado por siete enormes puertas, y comenzó a dormir. 

Siete años pasaron, y siete más. Las plantas crecieron alrededor. Los guardias desaparecieron bajo las plantas. Las arañas tejieron cortinas de plata alrededor de las camas, en las salas enormes, en los enormes corredores. Y los príncipes durmieron en sus capullos.  

Pero la princesa no soñó con ninguno que no fuera su príncipe. Por la mañana, soñaba que lo veía debajo de su ventana tocando el laúd. Por la tarde, soñaba que se sentaban en la terraza, y que él jugaba con el halcón y con los perros, mientras ella bordaba en el bastidor. Y por la noche, soñaba que la luna estaba alta y que las arañas tejían sobre su sueño. 

Y el príncipe no soñó con ninguna que no fuera su princesa. Por la mañana, soñaba que veía sus cabellos en la ventana, y que tocaba el laúd para ella. Por la tarde, soñaba que se sentaban en la terraza, y que ella bordaba, mientras él jugaba con los perros y con el halcón. Y por la noche, soñaba que la luna estaba alta y que las arañas tejían. 

Hasta el día en que ambos soñaron que había llegado la hora de casarse, y soñaron un casamiento con fiesta y música y bailes. Y soñaron que tuvieron muchos hijos y que fueron muy felices por el resto de sus vidas. 

Marina Colasanti nació en Asmara, Etiopía, en 1937. Pasó gran parte de su infancia en Italia y, en 1948, se trasladó con su familia a Brasil, donde ha vivido desde entonces. Escritora, periodista y pintora. Para los niños y jóvenes, ha escrito obras como Una idea toda azul (de donde proviene el cuento que reproducimos), En el laberinto del viento, Ana Z., ¿adónde vas?, La mano en la masa, Entre la espada y la rosa y Lejos como mi querer. ___ 
Traducción de Antonio Orlando Rodríguez y Sergio Andricaín (del original “Sete anos e mais sete”, en Uma idéia toda azul, de Marina Colasanti.

sábado, 21 de agosto de 2010

Amarillo

Un cuento de Liliana Bodoc

Ye-Lou fue emperador de un vasto territorio ubicado al este del mundo conocido. El suyo era un imperio dorado donde las porcelanas lucían tan suaves y pálidas como las mujeres, las mujeres caminaban gráciles bajo el sol, y el sol picaba como un grano de mostaza.

Este emperador, este Ye-Lou del que les hablo, tenía por costumbre dormir la siesta.

Las siestas, no importa en qué lugar sucedan, huelen a papeles envejecidos y zumban como abejas. Y bien..., Ye-Lou las olía, las escuchaba, y se dormía de pronto en cualquier sitio donde estuviese. La mayoría de las veces, el sueño lo atrapaba durante su almuerzo; de modo que el plato de arroz con azafrán quedaba a medio terminar.

Apenas el emperador empezaba a cabecear, su esposa le sugería que utilizara para su siesta la cama recubierta con escamas de oro. Su consejero le aconsejaba la cama torneada en bronce, y su médico le recetaba la cama tapizada con piel de leopardo. Pero Ye-Lou no escuchaba a nadie porque, fuese donde fuese, Ye-Lou ya estaba durmiendo y roncando.

Cuando los sirvientes del palacio oían los ronquidos, se apresuraban a cubrir con lienzos las ciento cincuenta y cinco jaulas donde penaban y trinaban quinientos cincuenta y tres canarios. Las cubrían para que todo fuese silencio durante la siesta del emperador.

Pero un día, las siestas del emperador dejaron de ser dulces y plácidas, y se pusieron agrias y difíciles. Como si dijésemos que las siestas de Ye-Lou pasaron de ser miel a ser limón.

Todo comenzó durante una calurosa siesta de verano, cuando el durmiente emperador tuvo un horrible pesadilla. Horrible para un emperador de tan vasto imperio que debía creerse, por necesidad, el más grande, venerable y digno de amor de todo este mundo.

Su pesadilla comenzó con la aparición de un punto de luz que fue creciendo, creciendo y creciendo hasta doblarlo en estatura. Después, la luz le habló con voz gigantesca:

—Oye bien, emperador Ye-Lou. Hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú. Y en día muy cercano, todos mirarán su rostro mientras tú te arrastrarás derrotado bajo el peso de su esplendor.

La primera vez, Ye-Lou no quiso darle demasiada importancia a su pesadilla, y la alejó de su pensamiento con el mismo ademán de espantar insectos. Sin embargo, la pesadilla regresó con mayor frecuencia. Finalmente, todas las siestas del emperador se estropearon con la presencia de aquella luz gigantesca que traía malas noticias:

—Oye bien, emperador Ye-Lou. Hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso, y más amado que tú. Y en día muy cercano, todos mirarán su rostro mientras tú te arrastrarás derrotado bajo el peso de su esplendor.

Casi desesperado, el emperador le preguntó a su esposa qué podía hacer para terminar con aquel desagradable sueño. Ella estuvo un buen rato revisando su Gran Libro de Remedios Caseros.

—Tienes que beber una yema de huevo batida con vino blanco —le dijo su esposa—. Aquí dice claramente que bebiendo una yema batida con vino blanco se evitan las pesadillas.

El emperador hizo lo que su esposa le aconsejaba. Pero, para su desdicha, la pesadilla no desapareció. Por el contrario, la luz parecía crecer con tan buen alimento.

Desesperado, el emperador consultó con su médico.

—Te lo diré claramente... —el médico acababa de hojear a escondidas el Gran Libro de Remedios Caseros—. Quien desee espantar pesadillas deberá frotar su frente, sus codos y sus pies con polvo de azufre.

El emperador cumplió puntualmente con las recomendaciones del médico de palacio. Pero tampoco tuvo suerte... ¡El azufre solamente consiguió que la luz hablara con voz mineral!

Entonces, verdaderamente desesperado, el emperador le preguntó a su consejero.

El consejero movió la cabeza en señal de desaprobación, quería dejar claro que el Gran Libro de Remedios Caseros le parecía pura charlatanería. Luego carraspeó, y recitó su sabio consejo: para no sufrir pesadillas durante las siestas bastaba con no dormir la siesta.

—El que no duerme no sueña, ¡oh, venerable!, ¡oh emperador! —dijo el consejero—. Si tú no duermes la siesta, ¡oh, emperador!, ¡oh, venerable!, tus pesadillas terminarán.

Hay que decir y creer que Ye-Lou hizo lo imposible para seguir aquel consejo que, al fin y al cabo, parecía el más sensato de todos los que había recibido. A veces, sin embargo, ni lo imposible es suficiente. Cuando la siesta llegaba al reino de Ye-Lou con su olor a papeles envejecidos y su zumbar de abejas, el emperador se dormía por mucho que se esforzara en evitarlo. Se dormía aunque, por su expreso mandato, las jaulas no fuesen cubiertas y los quinientos cincuenta y tres canarios estuviesen trinando.

Y en cuanto Ye-Lou se dormía, un punto de luz aparecía justo en el centro de la oscuridad del sueño. La luz crecía con asombrosa rapidez hasta ocupar todo el espacio de la pesadilla, y entonces hablaba:

—Oye bien, emperador Ye-Lou, hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú...

Las palabras se repetían idénticas.

—Y en día muy cercano todos mirarán su rostro...

Siesta tras siesta, las cosas se complicaban. Cada nuevo despertar, dejaba al emperador sumido en un triste ánimo. Luego se pasaba el resto del día y el resto de la noche deambulando por los pasillos del palacio, murmurando cosas que nadie entendía, y preguntándose quién sería aquel que iba a derrotarlo.

Porque el emperador estaba convencido de que la luz de su pesadilla no hablaba en vano. Lo que esa mala luz le estaba advirtiendo era algo que en verdad sucedería. Y según sus propias palabras, en día muy cercano.

¿Quién podría ser el que lo obligaría a arrastrarse? Ye-Lou se tiraba de la cabellera, abría de par en par los ventanales y con los brazos abiertos gritaba a toda garganta:

—¡Seas quien seas, no permitiré que me derrotes!—. El grito del emperador atravesaba las inmesas plantaciones de cereales y frutos que rodeaban el palacio, salía a la ciudad, se metía en los templos, sacudía las chozas de paja de los campesinos, y desprendía las peras maduras de sus ramas.

Las personas del reino lo oían y se lamentaban:

—¡Ay! —decían—. Nuestro pobre emperador ha enfermado. Ya no hace otra cosa que hablar de un poderoso enemigo que sólo existe en sus siestas.

Ye-Lou enflaquecía ante los ojos de todos. Y sin cesar, repetía las palabras de la luz.

—Alguien más venerable, más grandioso y más amado...

La ira lograba que, a pesar de su fatiga, el emperador se mantuviera en pie:

—Pero, ¡quién es! —gritaba—. ¿Quién es él? ¿Quién es...?

Muchas veces, después de esos arranques de furia, Ye-Lou caía al suelo agotado. Permanecía así durantes largas horas, sin que nadie se atreviera a acercarse.

Y así estaba el horrible día en que, de repente, alzó su rostro desfigurado por los insomnios. Y con el color de la envidia.

—¡Muy bien! —El emperador acababa de tomar una espantosa decisión— ¡No amanecerá el día de mi enemigo! ¡Mando la muerte para todos los que pretenden ser grandes en mi reino!

Hasta aquel día fatal, Ye-Lou había compartido su vasto imperio con señores de señoríos, y príncipes que regían provincias opulentas. Ellos aceptaban a Ye-Lou como único emperador de todo el este. Y, en retribución a su lealtad, Ye-Lou respetaba sus territorios. Se aliaba con ellos en caso de necesidad, y compartía los frutos en tiempos de sequía. Pero una pesadilla estaba a punto de terminar con tan buena vecindad.

El emperador estuvo la noche entera repasando el poder y las riquezas de cada uno de los príncipes y los señores de su reino. Perdido en el territorio de la locura, todos ellos le parecían enemigos. Cualquiera podía ser, en su afiebrada cabeza, el que intentara cumplir el presagio de la pesadilla.

—Alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú...

Ye-Lou tomó una pluma, un trozo de pergamino, y escribió una larga lista de nombres.

—Alguno de estos ha de ser el que pretende derrotarme —decía Ye-Lou, pasando los ojos por su lista de condenados a muerte.

A la mañana siguiente, sus emisarios partieron en las cuatro direcciones a cumplir la peor orden que Ye-Lou había dado hasta entonces.

Y Ye-Lou se quedó esperando. Miraba hacia el norte y luego al sur, ansioso por verlos regresar.

A mitad del otoño, los hombres que habían partido llevando dardos de oro envenenados comenzaron a llegar. Uno tras otro, y al galope, atravesaron los jardines cubiertos de hojas secas. Desmontaron e hicieron la reverencia obligada.

—Emperador Ye-Lou, lo que ordenaste se ha cumplido.

Eso significaba que otro dardo había sido disparado con buena puntería. Eso significaba que Ye-Lou tenía un enemigo menos a quien temer.

Sin embargo, a pesar de tantos dardos y de tanto otoño, la pesadilla continuó apareciendo en las siestas del emperador y repitió la misma amenaza:

—Oye bien, emperador Ye-Lou, hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú. Y en día cercano todos mirarán su rostro mientras tú te arrastrarás derrotado bajo el peso de su esplendor.

Ye-Lou abrió de par en par uno de los ventanales más altos del palacio, y gritó con la voz enronquecida de dolor:

—¡Seas quien seas, jamás me arrastraré ante ti!

El emperador alzó el puño en señal de amenaza. Pero, frente a su rabia, los trigales continuaron meciéndose al viento como si nada escuchasen. Fatigado, Ye-Lou dejaba caer su brazo y su voz:

—Pero, ¿quién eres? Sólo debo saber quién eres...

Para ese entonces, todos en su reino le temían. Ni su dulce esposa, ni su médico, ni siquiera su consejero conseguían devolverle la calma.

Ye-Lou ya no comía. Iba de un lado al otro murmurando desgracias y odios. Y apenas si se acordaba de respirar.

El otoño llegaba a su fin... Todos los emisarios habían regresado, todos los dardos de oro habían sido disparados con precisión. Ye-Lou ya no tenía vecinos poderosos... Pero, ¡ay, desdichas de todas las desdichas!, la pesadilla continuaba recitando su terrible presagio.

Pocas siestas después, Ye-Lou despertó con la cabeza repleta de alaridos que le golpeaban dentro, y hacían que todo se nublara ante sus ojos. Sudoroso y golpeando los dientes, ordenó que lo vistieran con su mejor armadura y que le dieran las armas sagradas de sus antepasados.

—¡Tendré que ir a buscarlo yo mismo! —gritó frente sus sirvientes y sus soldados.

El emperador salió del palacio. Miró hacia todos lados y avanzó lentamente. Giró de improviso, como para sorprender a alguien que estuviera a sus espaldas. Pero a sus espaldas sólo había soledad. Así caminó sin rumbo, tajeando el aire con su espada. Quienes lo vieron pasar, supieron que el venerable Ye-Lou había enloquecido para siempre.

Ye-Lou caminó y caminó. Atravesó los trigales dando gritos amenazadores.

—¡Ponte frente a mí! —vociferaba para los campos—. Si en verdad crees que puedes derrotarme, ¡preséntate y dame pelea!

Al cabo de varias horas, el calor comenzó a agobiarlo. Dentro de su armadura metálica, el debilitado emperador perdía las escasas fuerzas que le quedaban. Aun así, continuó andando a grandes pasos, blandiendo la espada y provocando a su enemigo.

Ya había segado todo el trigal a filo de espada, porque imaginaba que entre las mieses podía estar oculto el que venía a derrotarlo. Como no encontró lo que buscaba, se dirigió al campo de mijo. De nuevo destrozó las plantas nuevas, y de nuevo no consiguió nada.

Su enflaquecido cuerpo no podía continuar. La cabeza latía de calor dentro del casco. Ya casi no podía ver, y su rodillas se doblaban bajo el traje de metal.

Con la fuerza que le daba la locura, Ye-Lou llegó hasta el campo de girasoles.

Dio unos pocos pasos vacilantes y cayó al suelo. Sin embargo, con gran esfuerzo consiguió ponerse nuevamente de pie. Ante sus ojos fatigados, los girasoles se hacían enormes y diminutos, se iban, ondulaban, desaparecían...

Todavía Ye-Lou intentó continuar hasta que, al fin, cayó de rodillas. Como pudo, se quitó el casco para respirar. Las lágrimas le quemaban desde los ojos al cuello. El emperador quiso levantarse; pero sus brazos, delgados como hebras de heno, no pudieron ayudarlo.

Ye-Lou arrastraba su soledad y su locura bajo el esplendoroso sol del este. A su alrededor, los girasoles, indiferentes a su agonía, miraban al mismo punto del cielo.

—Y en día cercano todos mirarán su rostro..., mientras tú te arrastrarás bajo el peso de su esplendor.

El sol resplandeciente en el cielo. Los girasoles, mirándolo. Ye-Lou llorando su locura contra la tierra.

En el lugar donde habitan los sueños, una pesadilla sonreía.

Del libro Sucedió en colores

viernes, 20 de agosto de 2010

El profe Mambrú

                                                  Un cuento de Triunfo Arciniegas

Ambrosio vive en la cabeza de Mambrú. Ambrosio, el único pájaro del universo que habita en una casa móvil y sabia. La cabeza de Mambrú no es una cabeza cualquiera porque Mambrú es el profe, y nos hace felices.

Verlo todas las mañanas con Ambrosio en la cabeza nos hace reír.

-Que bien – nos dice-. Amanecieron contentos.

Uno se pone contento de verlo. Uno corre a la escuela para verlo muerto de curiosidad. ¿Qué va a pasar hoy? Tal vez se trepe al escritorio y se asome a la ventana para atrapar al personaje de su última historia. Tal vez dibuje una jirafa y nos embadurne con sus manchas. Tal vez un tigre, y nos enrede con sus rayas. Anoche soñé con Ambrosio venía a mi ventana para invitarme a saborear un árbol de caramelos.

Por ahí nos dicen:

-¿Qué le ven a un profesor con pájaros en la cabeza?

La gente no entiende.

Mambrú no nos dice “abran los cuadernos” sino “abran el corazón”. Nos anuncia una historia y cerramos los ojos para soñar con la princesa Luz de Luna. Nos habla del castillo donde vive la hermosa y podemos tocarlo con la yema de los dedos. Nos habla de las flores y podemos olerlas. Nos habla del viento y lo oímos pasar de prisa hacia el castillo de la princesa. El viento le trae noticias de su amado Teodobaldo.

La guerra dura muchos años.

El cabello de la princesa toca el piso cuando al fin aparece el príncipe Teodobaldo, cansado y sucio, con unos cuantos soldados.

-Ganamos la guerra – dice.

-No – dice la princesa Luz de Luna-. La perdimos.

El príncipe entiende que cada día sin ver a la princesa, cada día sin amor, fue una batalla perdida. La abraza y le dice:

-Nunca más estaré sin ti.

Todavía abrazamos a la princesa de larguísimos cabellos, todavía le murmuramos al oído que cada día sin amor es una batalla perdida, cuando el profe Mambrú nos pide que abramos los ojos y juguemos. Aplaudimos y él salta. Ah, nos gusta verlo saltar. Se sostiene en el aire. Vuela. El profe Colibrí, así le decimos. Ambrosio revolotea, nos picotea las orejas, nos despeina, nos enseña a cantar.

El alboroto es tan grande que sale por la puerta, atraviesa los corredores y se cuela a los salones vecinos.

A la profesora Berta Fumanchú no le gusta la fiesta. Su cara de pocos amigos lo expresa todo. Soltera y sin hijos, gorda y pesada, aplastada por cuarenta años de soledad. Sus alumnos se mantienen tiesos y tristes. Doña Berta Fumanchú viene a nuestra puerta y nos pide silencio. Casi le vemos la espalda, los bigotes, el tabaco prendido en la boca. El profe Mambrú le hace una venia y la profesora se va murmurando con rabia:

-Es como un niño.

El profe Celino Cruz no sabe sonreír. Sus alumnos ríen a escondidas en el patio del recreo. Viene a nuestra puerta y en su cara de palo vemos que la dicha ajena lo atormenta.

Aún así nos quedamos para la fiesta.

Entonces aparece el director como sacado del sombrero de un mal mago. El señor director, que miedo, el coco. Nos volvemos estatuas para saludarlo. Escuchamos con el corazón detenido.

-Profesor Mambrú, ¿qué es ese escándalo?

- Es el escándalo de la felicidad- dice el profesor Mambrú.

-¿No hay otras maneras?

La felicidad no se puede disimular.

-Además, profesor Mambrú, ¿cuándo va a dejar ese pajarraco en casa?

- Soy su casa señor director.

-Profesor Mambrú, perdone que le diga pero debería peinarse.

- Los nidos no se peinan, señor director.

-Con usted no se puede discutir- dice el director.

-Perdone usted- dice el profe Mambrú.

-Permiso- dice el director y se va.

Nos encanta esta conversación. Con algunas variantes, la hemos oído una y otra vez. Al profe Mambrú le brillan los ojos cuando nos dice, por centésima vez: “La felicidad es más importante que la sabiduría” Con él hacemos las cometas más altas. Los trompos más rumberos, los poemas más intensos, las risas más escandalosas. Las matemáticas son fáciles. La geografía nos hace viajar gratis, las ciencias nos vuelve magos y la historia nos permite conocer personajes chéveres y otros malvados y es como ver televisión en la mente. El día se nos va como un suspiro.

Sabemos del alboroto y también del silencio. Si queremos, oímos el vuelo de la mosca y el galope del corazón exploramos todos los cuartos de la oscuridad y los cajones de la memoria, mientras escribimos en el inmenso patio del recreo que es la página en blanco. El director empuja la puerta para averiguar si nos escapamos por la ventana y, al vernos perdidos en otras magias, se retira avergonzado. El día se nos va.

-Nos vemos mañana- dice el profe Mambrú, sostenido por Ambrosio, y se va, se va volando a su casa.