Cada día te cuento un cuento....

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¡Este es tu lugar!

martes, 21 de diciembre de 2010

Cuento gigante- Elsa Bornermann

(Basado en el poema “El gigante de ojos azules” de Nazim Hikmet)
Existió una vez un hombre con el corazón tan grande, tan desmesuradamente grande, que su cuerpo debió crecer muchísimo para contenerlo. Así fue como se trasformó en un gigante. Este gigante se llamaba Bruno y vivía junto al mar. La playa era el patio de su casa; y el mar, su bañadera. Cada vez que las olas lo encerraban en su abrazo desflecado de agua salada, Bruno era feliz.
Por un instante dejaba de ver playa y cielo: su cuerpo era un enorme pez con malla dejándose arrastrar hacia la orilla.
La estación del año que más quería Bruno era el verano. En ella, su patio playero (solo y callado durante el resto del año) volvía a ser visitado por los turistas y a llenarse de kioscos. Entonces, también Bruno se sentía menos solo.
El primer día de un verano cualquiera, Bruno conoció a Leila.
El gigante acababa de salir del mar y caminaba distraído. Sus enormes huellas quedaban dibujadas en la arena. De tanto en tanto, Bruno volvía su rizada cabeza para verlas.
De pronto, otros pies, unos pies pequeñísimos, empezaron a pisarlas una por una…
Eran los pies de Leila, una mujercita, apenas más grande que sus propias huellas.
Bruno se detuvo asombrado:
-¿No me tienes miedo?– le preguntó, doblando la cintura.
Leila (larga trenza castaña rematada en un moño) simuló no escucharlo.
Bruno se le acercó un poquito:
-¿Eres sorda acaso? Te he preguntado si no tienes miedo…- y el aliento del gigante hizo agitar las cortaderas de las dunas.
La mujercita se rió:
-No, ¿por qué habría de temerte? Eres tan hermoso… La belleza no puedo hacer daño…
Bruno se estremeció:
-¿Hermoso yo?
-Sí, eres hermoso. Me encanta el metro de azul que tienes en cada ojo…
El segundo día de aquel verano, Bruno se enamoró de Leila.
-¿Quieres casarte conmigo? -se animó a preguntarle, quebrando la timidez por primera vez en su vida.
-Sí –Le contestó ella-. Quiero casarme contigo… - y se alejó saltando.
El tercer día del verano, no bien la siesta se despertó, Bruno corrió hacia el mismo lugar del encuentro, buscando la larga trenza castaña.
Y la encontró, muy ocupada, juntando almejas en un balde.
-¡Hola, Leila! –le dijo después de mirarla unos segundos en silencio.
-¿Que tal, Bruno? –le respondió ella. Esa tarde, y hasta que terminó el verano, el gigante y la mujercita se encontraron en la playa todos los días.
El último día de las vacaciones, Bruno la tomó de la mano y la llevó (con los ojos cerrados) a conocer la casa que él mismo había construido frente al mar.
-Puedes abrir los ojos, Leila – le dijo, (tras caminar un largo trecho por la playa). Esta será nuestra casa; aquí viviremos cuando nos casemos… Y el corazón de Bruno hizo agitar su camisa tanto o más que el viento…
Lo primero que vio Leila fue el zócalo que le llegaba hasta las rodillas…
Después miró la puerta, de la que ni siquiera podía alcanzar el picaporte…
Finalmente echó su cabecita hacia atrás y la contempló entera… Una gigant4esca casa de piedra ocupó su atención durante media hora: el tiempo necesario para verla de frente, con sus pequeños ojos.
Puerta de madera, tallada con extraños arabescos…
Ventanales con vidrios azules…
Una cúpula allá, en lo alto, tan lejos de la playa… tan cerca de las nubes…
-¡No me gusta! (le gritó Leila de repente con su vocecita chillona). ¡No me gusta!
-Pero si todavía no la has visto por dentro… -dijo el gigante un poco triste… y, tomándola en brazos, franqueó la entrada y llevó a Leila hacia el interior de la casa.
No bien pisaron la alfombra del vestíbulo, Leila protestó:
-¿Y esas escaleras? ¿Para qué tantas escaleras? ¿No hay ascensor en esta casa? ¿Piensas que me la voy a pasar el día subiendo las escaleras?
-Pero por esta escalera podrás alcanzar el verano… (le explicó Bruno tartamudeando). Esta otra te llevará a la terraza… Desde allí miraremos ahogarse el sol en el mar todos los atardeceres… Aquella sube hasta la noche de Reyes… Podrás poner tus zapatos cada vez que lo desees… Esa llega a un jardín de aire libre… Allí tendrás todo el que quieras para llenarte las manos… Esa es otra…
-¡No, no y no y réqueteno! (exclamó Leila pataleando) ¡No me gusta esta casa! Yo quiero una casita chica, bien chiquitita, con cortinas de cretona y macetitas con malvones…
-Pero allí no cabría yo… (gimió Bruno). No cabría…
-Podrías sacar la cabeza por la chimenea (aseguró Leila, furiosa) y desenrollar tu barba por el tejado… y estirar los brazos a través de las ventanas… y deslizar una de tus piernas por la puerta y doblar la otra… y…
No… Bruno era un gigante. Y esa mujercita no sabía que el corazón de un gigante no cabe en una casa chiquitita… Un gigante hace todas las cosas “en gigante”… Hasta sus sueños son gigantes… Hasta su amor es gigante… No caben en casas chiquititas… No caben….
Adiós Bruno (le dijo entonces) no puedo casarme contigo y, dando varios saltitos, desapareció de su lado.
A la semana siguiente se casó con un hombrecito de su misma altura, y desde entonces vive contenta en una casita de la ciudad, con cortinas de cretona y macetas repletas de malvones.
¿Y Bruno? Pues Bruno sigue allá, junto al mar.
Sabe que cualquier otro verano encontrará una mujercita capaz de entender que su corazón gigante necesita mucho espacio para latir feliz.
Y con ella estrenará (entonces) todas las escaleras de la casa de piedra…
Y con ella bailará en la cúpula, al compás de la música marina…
Y con ella tocará (alguna noche) la piel helada de las estrellas…
Cuento de Elsa Bornemann, del libro: “Un elefante ocupa mucho espacio”
Si quieren leer el poema original vean acá


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domingo, 19 de diciembre de 2010

LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE LUZ

 

- ¡La gallina no! - gritó el guardián primero del faro Oyarzo, interponiéndose entre su compañero y la pequeña gallina de color flor de haba que saltó cacareando desde un rincón.

Maldonado, el otro guardafaro, miró de reojo al guardián primero, con una mirada en la que se mezclaban la desesperación y la cólera.

Hace más de quince días que el mar y la tierra luchan ferozmente en el punto más tempestuoso del Pacífico sur: el Faro Evangelistas, el más elevado y solitario de los islotes que marcan la entrada occidental del estrecho de Magallanes, y sobre cuyo pelado lomo se levantan la torre del faro y su fanal, como única luz y esperanza que tienen los marinos para escapar de las tormentas oceánicas.

La lucha de la tierra y el mar es allí casi permanente. la cordillera de los Andes trató, pero en el combate de siglos todo se ha resquebrajado; el agua se ha adentrado por los canales, ha llegado hasta las heridas de los fiordos cordilleranos y sólo han permanecido abofeteando al mar los puños más fieros, cerrados en dura y relumbrante roca como en el Faro Evangelistas.

Es un negro y desafiante islote que se empina a gran altura. Sus costados son lisos y cortados a pique.

La construcción del faro es una página heroica de los bravos marinos de la Subinspección de Faros del Apostadero Naval de Magallanes, y el primero que escaló el promontorio fue un héroe anónimo como la mayoría de los hombres que se enfrentan con esa naturaleza.

Hubo que izar ladrillo tras ladrillo. Hoy mismo, los valientes guardafaros que custodian el fanal más importante del Pacífico sur están totalmente aislados del mundo en medio del océano. Hay un solo y frágil camino para ascender del mar a la cumbre; es una escala de cuerdas llamada en jerga marinera "escala de gato", que permanece colgando al borde del siniestro acantilado.

Los víveres son izados de las chalupas que se atracan al borde por medio de un winche instalado en lo alto e impulsado a fuerza de brazos.

Una escampavía de la Armada Nacional sale periódicamente de Punta Arenas a recorrer los faros del oeste, proveyéndolos de víveres y de acetileno.

La comisión más temida para estos pequeños y vigorosos transportes de alta mar es Evangelistas, pues cuando hay mal tiempo es imposible acercarse al faro y arriar las chalupas balleneras en que se transporta la provisión.

Como una advertencia para esos marinos, existe a unas millas al interior el renombrado puerto de "Cuarenta Días", único refugio en el cual han estado durante todo este tiempo barcos capeando el temporal. Algunas veces una escampavía, aprovechando una tregua, ha salido a toda máquina para cumplir su expedición, y ya al avistar el faro se ha desencadenado de nuevo el temporal, teniendo que regresar de nuevo al abrigado refugio de "Cuarenta Días".

Esta vez la tempestad dura más de quince días. La tempestad de afuera, de los elementos, en la que el enhiesto peñón se estremece y parece quejarse cuando las montañas de agua se descargan sobre sus lisos costados, porque adentro, bajo la torre del faro, en un corazón humano, en un cerebro acribillado por las marejadas de goterones de lluvia repiqueteando en el techo de zinc, en una sensibilidad castigada por el aullido silbante del viento rasgándose en el torreón, en un hombre débil y hambriento, se está desarrollando otra lenta y terrible tempestad.

Era la segunda vez que Oyarzo salvaba la milagrosa y única gallina de los ímpetus desesperados de su compañero. ¡La gallina había empezado a poner justamente el mismo día en que iba a ser sacrificada!

Los guardafaros habían agotado todos los víveres y reservas. La escampavía se había atrasado ya en un mes y el temporal no amainaba, embotellándola seguramente en el puerto de "Cuarenta días".

Como por un milagro, la gallina ponía todos los días un huevo que, batido con un poco de agua con sal y la exigua ración de cuarenta porotos asignada a cada uno, servía de precario alimento a los dos guardafaros.

- ¡Toma tus cuarenta porotos! - dijo Oyarzo, alargando la ración a su compañero.

Maldonado miró el diminuto montón de frejoles en el hueco de su mano. "¡Nunca - pensó - su vida había estado reducida a esto! ¡No - ahora recuerda -, sólo una vez ocurió lo mismo en el faro San Félix, cuando al póquer perdió su soldada de dos años y, convertida también en un montón de porotos, pasó de sus manos a las de su compañero!".

Pero eran solo dos años de vida y ahora éstos constituían toda su vida, la salvación de las garras de la sutil pantera del hambre, que en su ronda se acercaban cada día más al faro.

"¡Y este Oyarzo .- continuaba en las reflexiones de su cerebro debilitado -, tan duro, tan cruel, pero al mismo tiempo tan fuerte y tan leal".

Se había ingeniado para racionar la pequeña cantidad de porotos muy equitativamente, y, a veces le pasaba hasta unos cuantos más, sacrificando su parte. Hasta la gallina tenía su ración: se los daba con conchuela molida y un poco recalentados para que no dejara de poner.

Cada día y cada noche que pasaba bajo el estruendo constante del mar embravecido, la muerte estaba más cerca y el hambre hincaba un poco más su lívida garra en esos dos seres.

Oyarzo era un hombre alto, huesudo, de pelo tieso y tez morena. Maldonado era más bajo, delgado y en realidad más débil.

Si no hubiera sido por aquel hombronazo, seguramente el otro ya habría perecido con gallina y todo.

Oyarzo era el sabio artífice que prolongaba esas tres existencias en un inteligente y denodado combate contra la muerte, que ya se colaba por el resquicio del hambre. ¡La gallina, el hombre y el hombre! ¡La energía de unos diminutos frejoles que pasaban de uno a otros! ¡¡El milagroso huevo que día a día levantaba las postreras fuerzas de esos hombres para encender el fanal, seguridad y esperanza de los marinos que surcaban la desdichada ruta!

Maldonado empezó a obsesionarse con una idea fija: la gallina. Debilitado, el hambre, después de corroerle las entrañas como un fuego horadante y lento, empezaba a corroerle también la conciencia y algunas luces siniestras, que él trataba en vano de apagar, empezaron a levantarse en su mente.

Por fin llegó a esta conclusión: si él pudiera saciar su hambre una sola vez, moriría feliz. No pedía nada más.

Sin embargo, no se atrevía a pensar o llegar hasta donde sus instintos lo empujaban. ¡No, él no era capaz de asesinar a su buen compañero para comerse la gallina!

"¡Pero qué diablos!", decía y se ponía a temblar y se daba vuelta, asustado, como si alguien lo empujara a empellones al borde de un abismo.

El mar seguía con su ronco tronar envolviendo al faro, la lluvia con su repiqueteo incesante contra el zinc y el mugido del viento que hacía temblar la torre, en cuya altura seguía encendiéndose todas las noches el fanal gracias al huevo de una gallina y a la reciedumbre de un hombre.

Las tempestades del mar no son parejas, toman aliento de cuatro en cuatro horas. En una de estas culminaciones, una noche arreció el tal forma que sólo podía compararse con un acabo de mundo. El trueno del mar, el aullido del viento y las marejadas de lluvia que se descargaban sobre el techo, estremecían en tal forma al peñón, que éste pareció desprenderse de su base y echándose a navegar a través de la tempestad.

Adentro la tormenta también llegó a su crisis.

Maldonado, sigilosamente entre las sombras se dirigió puñal en mano al camarote de Oyarzo, donde éste guardaba cuidadosamente la gallina milagrosa, por desconfianza hacia su compañero.

Maldonado no había aclarado muy bien sus intenciones. Angustiado por el hambre, avanzaba hacia un todo confuso y negro. No había querido detenerse mucho a determinar contra quién iba puñal en mano. El iba a apoderarse de la gallina simplemente; una vez muerta ya no habría remedio, y Oyarzo tendría que compartir con él la merienda; pero si se interponía como antes ..., ¡ah!, entonces levantaría el puñal, pero para amenazarlo solamente.

¿Y si aquél lo atacaba? ¡Diantre, aquí estaba, pues, ese todo confuso y negro contra el cual él iba a enfrentare atolondrado y ciego!

Abrió la puerta con cautela. El guardián primero parecía dormir profundamente. Avanzó tembloroso hacia el rincón donde sabía se encontraba la gallina, pero en el instante de abalanzarse sobre ella fue derribado por un mazazo en la nuca. El pesado cuerpo de Oyarzo cayó sobre el suyo y de un retortijón de la muñeca hízole soltar el puñal.

Casi no hubo resistencia. El guardián primero era muy fuerte y después de dominarlo totalmente, lo ató con una soga con las manos a la espalda.

- No pensaba atacarte con el cuchillo; lo llevaba para amenazarte nomás en caso de que no hubiera permitido matar la gallina! - dijo con la cabeza agachada y avergonzado el farero.

Al día siguiente, estaba atado a una gruesa banca de roble, con las manos atrás aún.

El guardián primero continuó trabajando y luchando contra las garras del hambre. Hizo el batido del huevo con los porotos y con su propia mano fue a darle de comer su ración al amarrado. Este, con los ojos bajos, recibió las cucharadas, pero a pesar del hambre que lo devoraba, sintió esta vez un atoro algo amargo cuando el alimento pasó por su garganta.

- ¡Gracias - dijo al final -, perdóname, Oyarzo!

Este no contestó.

El temporal no amainó en los siguientes días. El alud de agua y viento seguía igual.

- ¡Suéltame, voy a ayudarte, te sacrificas mucho! - dijo una mañana Maldonado, y continuó con desesperación -: ¡Te juro que no volveré a tocar una pluma de la gallina!

El guardián primero miró a su compañero amarrado; éste levantó la vista y los dos hombres se encontraron frente a frente en sus miradas. Estaban exhaustos, débiles, corroídos por el hambre! Fue sólo un instante; los dos hombres parecieron comprenderse en el choque de sus miradas; luego los ojos se nublaron.

- ¡Todavía lucharé solo; ya llegará la hora en que tenga que soltarte para el último banquete que nos dará la gallina! - dijo Oyarzo con cierto tono de vaticinio y duda.

Las palabras resonaron como un latigazo en la conciencia del farero. Hubiera preferido una bofetada en pleno rostro a esta frase cargada con el desprecio y la desconfianza de su compañero.

Pero la milagrosa gallina puso otro huevo al día siguiente. Oyarzo preparó como siempre la precaria comida. Iban quedando sólo las últimas raciones de frejoles.

Otra vez se acercó al preso con la exigua parte de porotos, levantó la cuchara a medio llenar, como quien va a dar de comer a un niño, pero al querer dársela, el preso, con la cabeza en alto y la mirada duramente fija en su dadivoso compañero, exclamó rotundamente:

- ¡No, no como más; no recibiré una sola migaja de tus manos!

Al guardián primero se le iluminó la cara como si hubiera comprendido algo de súbito, como si hubiera recibido una buena nueva. Miró a su compañero con cierta atención y, de pronto, sonrió con una extraña sonrisa, una sonrisa en que se mezclaba la bondad y la alegría. Dejó a un lado el plato de comida y desatando las cuerdas dijo:

- ¡Tienes razón, perdóname, ya no mereces este castigo; otra vez Evangelistas tiene dos fareros!

- ¡Sí, otra vez! - dijo el otro, levantándose ya libre y estrechando la mano de su compañero.

Cuando se terminó la entrega de los víveres y el comandante de la escampavía fue a ver las novedades del faro, le extrañaron un poco algunas huellas de lucha que observó en la cara de los dos fareros. Miró fijamente a uno y a otro; pero antes de que los interrogara, se adelantó Oyarzo sonriendo y, acariciando con la ruda mano la delicada cabeza de la gallina flor de haba que cobijaba bajo su brazo, dijo:

- ¡Queríamos matar la gallina de los huevos de oro, pero ésta se defendió a picotazos! ...

- ¡La gallina de los huevos de luz, querrá decir, porque cada huevo significó una noche de luz para nuestros barcos! - profirió el comandante de la escampavía, sospechando posiblemente lo ocurrido.

Francisco Coloane (1910-2002) - Cuentista, Novelista, Dramaturgo

jueves, 18 de noviembre de 2010

EL MUDITO ALEGRE

Un Cuento de JOAQUÍN AGUIRRE BELLVER

Tardaron mucho en darse cuenta de que Damiancillo era mudo. Cuando sus padres se enteraron, lo comunicaron a los demás once hermanos, y luego a los demás ciento catorce vecinos, con lo que todos en el pueblo se pusieron muy tristes.

Un día se dieron cuenta de que Damiancillo hablaba por señas, y corriendo lo comunicaron a los once hermanos, y luego a los demás ciento catorce vecinos, con lo que todos en el pueblo se llenaron de sorpresa y alegría. Continuamente la casa estaba llena de personas que trataban de entender los gestos de Damiancillo, tan risueño siempre, tan locuaz de manos y de miradas.

Poco a poco, los padres y los once hermanos aprendieron a entenderse con el pequeño por señas; en seguida pasaron a entenderse por señas también entre ellos, y llegó un momento en que no cruzaban una palabra, sino gestos tan sólo. Mientras tanto, los vecinos, de ir y venir a la casa, pero sobre todo, de ver a los padres y a los once hermanos, habían aprendido aquella forma de hablar, y no utilizaban otra cuando estaban con ellos. Hasta que dejaron todos, todos, de usar palabras, en cuanto Damiancillo comenzó a salir a la calle y a correr por el campo. En las eras, en el paseo de los álamos, en el fregadero, en la plaza, en la misma iglesia, sólo por señas se comunicaban las gentes de aquel bendito lugar.

Una mañana, por el sendero pino y pedregoso, sudando bajo el peso del sol y del saco abultado, llegó un cartero nuevo. Le sorprendió encontrarse con un pueblo de todos mudos, y preguntó la razón de algo tan chocante. Se lo explicaron, y su asombro fue mayor aún al saber las razones. Dijo que quería conocer a Damiancillo, pero el niño estaba en las eras, corriendo y jugando, como siempre, de un lado para el otro.

Entonces el cartero nuevo se encaramó por las piedras musgosas de la fuente, y puesto en pie comenzó a tocar la trompeta para congregar al pueblo entero. Cuando todos estuvieron en su torno, dijo, con voz alta y clara:

-Yo no soy, amigos, el cartero nuevo que suponéis, sino el ángel que el Señor envía con sus recados más importantes. Me llamó el Señor y me dijo: “Hay un pueblo en el que todos están llenos de caridad. Ve, comprueba si es cierto, y si lo es, diles que yo me complazco en ellos y los bendigo”. Por eso estoy aquí con vosotros. Todavía el Señor me hizo otro encargo: “Para mostrarles cómo mi corazón se conmueve en su bondad, diles también que les concedo la gracia que, por boca de su buen alcalde, quieran pedirme”.

Se adelantó el buen alcalde, gordo y meditabundo. Era persona que pensaba mucho las cosas antes de decirlas, y pasó un rato en rascarse la frente, palmearse la faja, fruncir las cejas y cepillarse a manotazos la barba, sin decir esta boca es mía.

Pero, eso sí, cuando se decidió, fueron sus razones de gran peso:

-Señor Ángel de Dios, si una gracia hemos de pediros, es que la próxima vez que nos trasmitáis un recado no lo hagáis de palabras, sino por señas. Anda por ahí Damiancillo, ya sabéis, y podría ponerse triste oyéndoos… ¡Habláis tan bien, tan de seguido!

Y esto lo dijo el buen alcalde, por señas.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

DOÑA CLEMENTINA QUERIDITA, LA ACHICADORA

- Un cuento de Graciela Montes -  (Argentina)

Cuando los vecinos de Florida se juntan a tomar mate, charlan y charlan de las cosas que pasaron en el barrio. Se acuerdan del ladrón de banderines de bicicletas; de cuando, por culpa de la máquina del tiempo, se les heló el agua de las canillas en pleno diciembre...

Pero más que de ninguna otra cosa les gusta hablar de doña Clementina Queridita, la Achicadora de Agustín Álvarez. Doña Clementina no había empezado siendo una Achicadora: por ejemplo, a los dos años era una nenita llena de mocos que se agarraba con fuerza del delantal de su mamá y a los diez, una chica con trenzas que juntaba figuritas de brillantes.

Cuando doña Clementina Queridita se convirtió en la Achicadora de Agustín Álvarez era ya casi una vieja. Tenía un montón de arrugas, un poquito de pelo blanco en la cabeza y un gato fortachón y atigrado al que llamaba Polidoro.

A doña Clementina los vecinos la llamaban "Queridita" porque así era como ella les decía a todos: "Hola, queridita, ¿cómo amaneció su hijito esta mañana", "Manolo, queridito, ¿me harías el favorcito de ir a la estación a comprarme una revista?"

Pero, aunque todos la conocían desde siempre, doña Clementina sólo llegó a famosa cuando empezó con los achiques. Y los achiques empezaron una tarde del mes de marzo, cuando doña Clementina tenía puesto un delantal a cuadros y estaba pensando en hornear una torta de limón para Oscarcito, el hijo de Juana María, que cumplía años.

En el preciso momento en que doña Clementina estaba por agarrar los huevos de la huevera, entró Polidoro, el gato, maullando bajito y frotándose el lomo contra los muebles.

— ¡Poli! ¡Tenés hambre, pobre! —se sonrió doña Clementina y, volviendo a dejar los huevos en la huevera, se apuró a abrir la heladera para buscar el hígado y cortarlo bien finito.

— ¡Aquí tiene mi gatito! —dijo, apoyando el plato de lata en un rincón de la cocina.

Y ahí nomás vino el primer achique. El gordo, peludo y fortachón Polidoro empezó a achicarse y a achicarse hasta volverse casi una pelusa, del mismo tamaño que cada uno de los trocitos de hígado que había colocado doña Clementina en el plato de lata.

El pobre gato, bastante angustiado, erizaba los pelos del lomo y corría de un lado al otro, dando vueltas alrededor del plato, más chiquito que una cucaracha pero, sin embargo, peludito y perfectamente reconocible. Era Polidoro, de eso no cabía duda, pero muchísimo más chico.

Doña Clementina, asustadísima, lo hizo upa enseguida: le parecía muy peligroso que siguiera corriendo por el piso; al fin de cuentas podía matarlo la primera miga de pan que se cayera desde la mesa... Lo sostuvo en la palma de la ruano y lo acarició lo mejor que pudo con un dedo. En medio de la pelusita atigrada brillaban dos chispas verdes: eran los ojos de

Polidoro, que no entendían nada de nada.

Se ve que la enfermedad del achique es muy violenta porque después del de Polidoro hubo como quince achiques más, todos en el mismo día.

Doña Clementina se sacó el delantal a cuadros, agarró el monedero y corrió a la farmacia.

— ¡Ay, don Ramón! —le dijo al farmacéutico, un gordo grandote y colorado, vestido con delantal blanco—. Don Ramón, algo le está pasando a Polidoro. ¡Se me volvió chiquito!

Don Ramón buscó un frasco de jarabe marca Vigorol y lo puso sobre el mostrador.

— ¿Y usted cree que este jarabito le va a hacer bien, don Ramón? —preguntó doña

Clementina mientras miraba con atención la etiqueta, que estaba llena de estrellitas azules.

Y en cuanto terminó de hablar, el frasco de jarabe se convirtió en un frasquito, en un frasquitito, en el frasco más chiquito que jamás se haya visto.

Don Ramón, el farmacéutico, corrió a buscar una lupa: efectivamente, ahí estaba el jarabe de antes, muy achicado, y, si se miraba con atención, podían divisarse las estrellitas azules de la etiqueta.

— ¡Ay, don Ramón, don Ramoncito! ¡No sé lo que vamos a hacer! —lloriqueó doña Clementina con el frasquito diminuto apoyado en la punta del dedo.

Y don Ramón desapareció.

— ¡Don Ramón! ¿Dónde se metió usted, queridito? —llamó doña Clementina.

— ¡Acá estoy! —dijo una voz chiquita y lejana.

Doña Clementina se apoyó sobre el mostrador y miró del otro lado. Allá abajo, en el suelo, apoyado contra el zócalo, estaba don Ramón, tan gordo y tan colorado como siempre, pero muchísimo más chiquito.

"¡Pobre hombre!", pensó doña Clementina. "¡Qué solito ha de sentirse allá abajo...! Voy a llevarlo con Polidoro, así se hacen compañía."

De modo que doña Clementina se llevó a don Ramón en un bolsillo y al frasquito de jarabe en el otro.

Entró en su casa y llamó:

—Poli... Poli... Estoy acá.

Pero Polidoro no vino. Se había caído en el fondo de la huevera y desde allí maullaba pidiendo auxilio. Entonces doña Clementina se dio cuenta de que las hueveras eran muy útiles para conservar achicados. Sin pensarlo dos veces, sacó los huevos que quedaban, los puso en un plato y en la huevera puso a don Ramón, que la miraba desde el fondo, perplejo, y algo le decía, pero en voz tan bajita que era casi imposible oírlo.

En fin, basta con que les cuente que, en esos días, doña Clementina llenó la huevera, y tuvo que inaugurar dos hueveras más, que contenían:

—un gato Polidoro desesperado,

—un don Ramón agarrado al borde, que cada tanto pedía a los gritos algún jarabe,

—un frasquito de jarabe Vigorol con una etiqueta llena de estrellitas.

—el "kilito» de manzanas que doña Clementina le había comprado al verdulero,

—la "sillita" de Juana María, en la que se habla sentado cuando fue al cumpleaños de Oscar,

—el propio "Oscarcito", al que de pronto se le había acabado el cumpleaños, —un "arbolito", al que se le estaban cayendo las hojas,

—un "librito de cuentos",

—siete "velitas" (encendidas, para colmo), y otras muchas cosas que resultaban invisibles a los ojos - como un 'tiempito", un a problemita" y un "amorcito"-, todas chiquitas.

Y, claro, doña Clementina no sabía qué hacer con sus achicados; le daba mucha vergüenza esa horrible enfermedad que la obligaba a andar achicando cosas contra su voluntad. Era por eso que, en cuanto algo o alguien se le achicaba (gente, bicho, cosa o planta), se apuraba a metérselo en el bolsillo y después corría a su casa para darle un lugarcito en la huevera.

Con las "manzanitas", la "sillita", las "velitas", el "jarabito" y el "librito de cuentos" no había conflicto. Pero con Polidoro, sobre todo con don Ramón y con Oscarcito era otra cosa. En el barrio no se hablaba de otra cosa que de su misteriosa desaparición.

La mujer de don Ramón no sabía qué pensar: había encontrado la farmacia abierta y sola, sin rastros del farmacéutico por ninguna parte. Y Juana María y Braulio, los padres de Oscarcito, andaban desesperados en busca del hijo tan travieso que se les había escapado justo el día del cumpleaños.

Así pasaron cinco días.

Doña Clementina Queridita, la Achicadora de Agustín Álvarez, cuidaba con todo esmero a sus achicados: al arbolito le ponía dos gotas de agua todas las mañanas, a Oscarcito lo alimentaba con miguitas de torta de limón (su torta favorita) y a don Ramón le preparaba churrasquitos de dos milímetros, vuelta y vuelta. Dos veces al día doña Clementina vaciaba las hueveras sobre la mesa de la cocina: Oscarcito jugaba con Polidoro y los dos se revolcaban hasta quedar escondidos debajo de la panera; don Ramón, en cambio, muy formal, se sentaba en la sillita y le explicaba a doña Clementina cosas que ella jamás entendía, mientras mordisqueaba una manzana (perdón, una manzanita).

En el quinto día de su vida en la huevera Oscarcito se puso a llorar. Fue cuando vio, apagadas y chamuscadas, las siete velitas de su torta de cumpleaños.

Doña Clementina se puso a llorar con él: Oscarcito era su preferido entre los chicos del barrio.

No sabía qué hacer para consolarlo; era tanto más grandota que él que ni siquiera podía abrazarlo...

—Bueno, Oscar, no llores más —le decía mientras le acariciaba el pelo con la punta del dedo

—. ¿Cómo vas a llorar si ya sos un muchacho? ¡Un muchachote de siete años! Entonces Oscar creció. Creció como no había crecido nunca. En un segundo recuperó el metro quince de estatura que le había llevado siete años conseguir. Y se abrazó a la cintura de doña Clementina, la Achicadora de Agustín Álvarez, que, por fin, había encontrado el antídoto para curar a sus pobres achicados.

Doña Clementina corrió a agarrar al gato Polidoro y le dijo, entusiasmada:

— ¡Gatón! ¡Gatote! ¡Gatazo!

Y Polidoro creció tanto que hasta podría decirse que quedó un poco más grande de lo que había sido antes del achique.

Le tocaba el turno a don Ramón.

Doña Clementina dudó un poco y después llamó:

— ¡Don Ramonón!

Y don Ramón volvió a ser un gordo grandote y colorado, con delantal blanco, que ocupó más de la mitad de la cocina.

Y todos corrieron a casa de todos a contar la historia esta de los achiques, que, con el tiempo, se hizo famosa en el barrio de Florida.

Desde ese día doña Clementina Queridita cuida mucho más sus palabras, y nunca le dice a nadie "queridito" sin agregar enseguida: "queridón". La sillita de Juana María. El frasquito con la etiqueta de estrellitas azules y el librito de cuentos siguieron siendo chiquitos. Están desde hace años en un estante del Museo de las Cosas Raras del barrio de Florida, adentro de una huevera.

lunes, 15 de noviembre de 2010

EL TRAJE ENCANTADO

                           Un cuento de ÓSCAR ALFARO (BOLIVIA)

 

EL PEQUEÑO príncipe era caprichoso y malo. Había que darle todos los gustos porque el rey, su padre, decía que no se le debe negar nada al hijo de un rey.

Un día, el príncipe ordenó:

—Que me traigan el arco y las flechas.

— ¿Para qué? —preguntó su padre.

—Para hacer puntería sobre aquel pastor que está parado en la colina.

Pero al poco rato, vio al mago del reino, que entraba al palacio con su traje brillante.

— ¡Quiero ese traje!

—Es muy grande para ti —contestó el mago.

—A mí no me importa. Dámelo ahora mismo o pediré otra cosa, que será peor para ti.

—Pide más bien otra cosa.

—Pediré entonces tu piel, para hacerme unas botas.

El mago se puso pálido.

—Te daré mi traje —dijo, sacándoselo a toda velocidad.

Pero el príncipe ya no tenía interés en el traje.

— ¡Tendré las botas de piel de hombre! ¡Nada se le puede negar al hijo del rey!

Y comenzó a dar unos gritos tan fuertes que vino corriendo el rey.

— ¿Qué te pasa ahora?

—Quiero la piel del mago para hacerme unas botas.

—Bueno habrá que despellejarlo —dijo el rey con la mayor tranquilidad y tocó una campana, llamando a los verdugos.

Pero el mago se escapó del palacio por una ventana. El susto le puso alas en los pies y no lo pudieron alcanzar.

El príncipe estaba furioso, pero a las pocas horas volvió a interesarse por la ropa del mago. Se la probó y, aunque le quedaba muy grande, se paseó con ella por el corredor de los espejos, haciendo gestos de mago. (12)

Pero, ¡cosa rara!, la ropa se estaba encogiendo.

— ¡Quítatelo! No te olvides que es el traje de un mago... — le dijo el rey, asustado.

El príncipe tuvo miedo y trató de desvestirse, pero no pudo. Su padre quiso ayudarlo, pero tampoco pudo. Ahora el traje estaba tan ajustado que apenas lo dejaba respirar. Y seguía encogiéndose. El príncipe empezó a gritar. El rey, desesperado, llamó a los hombres más forzudos de la guardia y les ordenó desvestir al príncipe, pero ninguno pudo.

— ¡Rompan el traje! —gritó el rey.

Pero nadie fue capaz de romperlo.

—Yo lo rasgaré con mi espada —dijo un oficial de la guardia.

Pero la espada se hizo pedazos y el traje continuó encogiéndose. Finalmente, el príncipe cayó desmayado.

— ¡Mi hijo se muere!.. ¡Auxilio! —gritaba el rey, con lágrimas en los ojos.

Entonces, el consejero del monarca dijo:

—Hagan volver al mago. Es el único que puede salvarlo.

Mil servidores, montados a caballo, salieron a buscar al mago y lo trajeron encadenado.

— ¡Maldito, sácale ese traje al príncipe o te haré cortar la cabeza!.. —rugió el rey.

Pero el traje se encogió más.

El rey sacó su espada y apuntó con ella a la garganta del mago.

— ¡Por las malas no vas a conseguir nada! ¡Mira cómo se encoge el traje!...

Y el traje se encogió tanto que crujieron los huesos del príncipe.

— ¡Piedad! —gritó el rey al ver aquello—. ¡Salva a mi hijo y te haré el hombre más rico del reino!...

—Está bien que cambies de tono —dijo el mago, tranquilamente—. Pero las riquezas que me ofrece no salvarán al príncipe.

—Entonces ¿qué debo hacer para salvarlo?

—Remediar todo el daño que él hizo.

—Lo haré —dijo el rey—. Pero sálvalo.

—Yo no puedo salvarlo, todo depende de ti —contestó el mago.

Entonces el rey llamó a sus ministros.

—Ordeno que se remedien todos los daños que causó el príncipe a la gente del reino. (13)

El traje dejó de encogerse, pero no volvió a su estado normal.

— ¿Por qué no se estira, si ya ordené lo que pedías?

—Es que algunos males no tienen remedio.

— ¿Entonces mi hijo morirá estrangulado por el maldito traje?

—No morirá. El traje se irá abriendo con cada buena obra que realice.

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jueves, 11 de noviembre de 2010

Bajo el sombrero de Juan

Nadie en Sansemillas fabricaba los sombreros como Juan.
Los más empinados, los más vivos, los más galantes, sombreros salían de sus manos. Sombreros de copa, de medio queso, redondos, triangulares, de fieltro, para días nublados, para noches de luna, amarillos, violetas y hasta sombreros grises para saludar que, sin ninguna rareza, también los fabricaba Juan.
Una vez entre otras fabricó un sombrero de jardín de ala muy ancha con una cinta verde alrededor de la copa.
Le llevó un día largo terminarlo. Era tan grande que no cabía dentro de la casa. Lo llevó al jardín y se lo probó. Le quedaba muy bien. Era de su medida.
-Me gusta-dijo-Me quedo con él.
Un sombrero tan grande lo protegería del sol, del granizo, de las hojas que caen en otoño y otros accidentes.
De pronto Juan estiró la mano y la sacó fuera del sombrero.
-Llueve- comentó.
Pero ahora ése era un detalle sin importancia.
El perro de Juan, que había estado durmiendo entre los rosales, se acercó corriendo y le tironeó el pantalón con la mano.
-Me quedo debajo de tu sombrero hasta que pase la lluvia-anunció.
-Bueno…-dijo Juan- Será cuestión de esperar un poco.
Casi enseguida se acercó una vecina que llevaba una gansa atada a un piolín
-¿Qué tiempo loco! Menos mal que encontramos un techo para guarecernos- comentó la gansa.
Y allí se quedaron las dos.
Unos cazadores que la habían escuchado se acercaron con interés.
-La lluvia nos apaga el fuego del campamento. Y un campamento sin fuego no es un campamento.-argumentaron.
Así fue como se quedaron cazadores y vecina, gansa, fuego y perro, todos bajo el sombrero de Juan.
La lluvia seguía, tranquila…
Poco a poco se fueron arrimando a los hombres y las mujeres del pueblo.
-¿Podemos quedarnos aquí?-preguntaban.
-Pueden- les decía Juan. Y todos ellos, ya con confianza, amontonaban jaulas, chicos, terneros y muebles bajo el ala del gran sombrero.
La lluvia alcanzó por fin a los pueblos cercanos y pronto todo el país de Sansemillas golpeó a las puertas del sombrero buscando abrigo.
Llegaron los paisanos de a pie y de a caballo, los empleados de correo, toda la flora, toda la fauna y también los fabricantes de paraguas.
Juan los recibía amablemente y se disculpaba porque no tenía muchas comodidades para ofrecerles.
Un hubo problemas entre los parroquianos del sombrero.
Solo un roce se produjo. Fue cuando un granjero reconoció en la capelina de una dama las plumas de una gallina de su propiedad. Devueltas las plumas a la legítima gallina, se hizo la paz.
El embajador de un país vecino, sorprendido por la lluvia, pidió asilo bajo el sombrero. Detrás de él llegó el país mismo, y como era más bien tropical se vino cargado de bolsas de café, loros y caimanes que rasgaban las medias de las señoras
Pronto algunos países de los alrededores imitaron al de los loros y los caimanes.
-¿Podemos quedarnos hasta que aclare?-preguntaban.
Y Juan hacía un lugarcito para que entraran más plazas, monumentos y museos.
Como sin querer empezó a llegar gente de lugares tan lejanos que Juan ni siquiera había oído hablar de ellos. Traían osos blancos y animales de cuello fino, que hicieron buena s migas con el perro primero de Juan.
Gente de piel roja trajo sus canoas pensando en el diluvio y hombres de piel amarilla trajeron regaderas calculando que a la lluvia siempre le sigue la sequía.
Llegaron los capitanes con sus portaaviones, los batallones de soldados y los sabios, que siempre salen sin impermeable.
Algún loco trajo también la arena de las playas y los acantilados como si fuera necesario proteger todo eso de la lluvia.
Un continente grande y otro formado por islas pequeñas se acercaron ronroneando.
El último de correr bajo el sombrero trajo un lío de avenidas, vías férreas, paralelos y meridianos, todo confundido y hecho un ovillo.
Por fin no entró nada más sobre el sobrero de Juan. No porque faltara espacio o buena voluntad sino porque no quedaba nada ni nadie por llegar.
Juan se estiró mucho para sacar la mano fuera del sombrero.
-Ya no llueve-dijo tranquilo- es hora de que cada uno vuelva a su lugar.


Un cuento de Ema Wolf
En Barbanegra y los buñuelos
Editorial Colihue 1995


martes, 9 de noviembre de 2010

CAPELITO PIRATA

                          Un hermoso y divertido corto de mi querido amigo  RODOLFO PASTOR

 

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domingo, 7 de noviembre de 2010

LOS PASTELES Y LA MUELA

Un labrador tenía muchas ganas de ver al Rey porque pensaba que el Rey sería mucho más que un hombre. Así que le pidió a su amo su sueldo y se despidió.

Durante el largo camino hasta la Corte se le acabó todo el dinero y cuando vio al Rey y comprobó que era un hombre como él, pensó: «Por ver un simple hombre he gastado todo mi dinero y sólo me queda medio real»

Del enfado le empezó a doler una muela y con el dolor y el hambre que tenía no sabía qué hacer, porque pensaba: «Si me saco la muela y pago con este medio real, quedaré muerto de hambre. Si me compro algo de comer con el medio real, me dolerá la muela»

Estaba pensando lo que iba a hacer cuando, sin darse cuenta, se fue arrimando al escaparate de una pastelería donde los ojos se le iban detrás de los pasteles.

Vinieron a pasar por allí dos lacayos que le vieron tan embobado contemplando los pasteles que para burlarse de él le preguntaron:

- Villano, ¿cuántos pasteles te comerías de una vez?

Respondió:

- Tengo tanta hambre que me comería quinientos.

Ellos dijeron:

- ¡Quinientos! ¡Eso no es posible!

Replicó:

- ¿Os parecen muchos?, podéis apostar a que soy capaz de comerme mil pasteles.

Dijeron:

- ¿Qué apostarás?

- Que si no me los comiere me saquéis esta primera muela, dijo señalando la muela que le dolía.

Estuvieron de acuerdo, así que el villano empezó a comer pasteles hasta que se hartó, entonces paró y dijo:

- He perdido, señores.

Los otros, muy regocijados y bromeando, llamaron a un barbero que le sacó la muela. Para burlarse de él decían:

- ¿Habéis visto este necio villano que por hartarse de pasteles se deja sacar una muela?

Respondió él:

- Mayor necedad es la vuestra, que me habéis matado el hambre y sacado una muela que me estaba doliendo.

Al oír esto todos los presentes comenzaron a reír. Los lacayos humillados pagaron y se fueron.

Cuento popular recogido por Juan de Timoneda (S. XVI) en su libro Sobremesa y alivio de caminantes (Cuento XXII)

sábado, 6 de noviembre de 2010

LOS TRES PEREZOSOS

 

Érase una vez un padre que tenía tres hijos muy perezosos. Se puso enfermo y mandó llamar al notario para hacer testamento:

- Señor notario -le dijo- lo único que tengo es un burro y quisiera que fuera para el más perezoso de mis hijos.

Al poco tiempo el hombre murió y el notario viendo que pasaban los días sin que ninguno de los hijos le preguntara por el testamento, los mandó llamar para decirles:

- Sabéis que vuestro padre hizo testamento poco antes de morir. ¿Es que no tenéis ninguna curiosidad por saber lo que os ha dejado?

El notario leyó el testamento y a continuación les explicó:

- Ahora tengo que saber cual de los tres es el más perezoso.

Y dirigiéndose al hermano mayor le dijo:

- Empieza tú a darme pruebas de tu pereza.

- Yo, -contestó el mayor- no tengo ganas de contar nada.

- ¡Habla y rápido! si no quieres que te meta en la cárcel.

- Una vez -explicó el mayor- se me metió una brasa ardiendo dentro del zapato y aunque me estaba quemando me dio mucha pereza moverme, menos mal que unos amigos se dieron cuenta y la apagaron.

- Sí que eres perezoso -dijo el notario- yo habría dejado que te quemaras para saber cuánto tiempo aguantabas la brasa dentro del zapato.

A continuación se volvió al segundo hermano:

- Es tu turno cuéntanos algo.

- ¿A mí también me meterá en la cárcel si no hablo?

- Puedes estar seguro.

- Una vez me caí al mar y, aunque sé nadar, me entró tal pereza que no tenía ganas de mover los brazos ni las piernas. Menos mal que un barco de pescadores me recogió cuando ya estaba a punto de ahogarme.

- Otro perezoso -dijo el notario- yo te habría dejado en el agua hasta que hubieras hecho algún esfuerzo para salvarte.

Por último se dirigió al más pequeño de los tres hermanos:

- Te toca hablar, a ver qué pruebas nos das de tu pereza.

- Señor notario, a mí lléveme a la cárcel y quédese con el burro porque yo no tengo ninguna gana de hablar.

Y exclamó el notario:

- Para ti es el burro porque no hay duda que tú eres el más perezoso de los tres.

(Cuento popular de exageraciones)

 

sábado, 28 de agosto de 2010

EL OGRO Y LA BRUJA

Este es un poema -Canción de Rubén Goldín,interpretado acá por "Los Rosarinos". Miren que lindo!

EL OGRO Y LA BRUJA- LOS ROSARINOS




Y acá les dejo la letra por si la quieren aprender.

El Ogro Y La Bruja- AUTOR: Ruben Goldin -

Ella era una bruja fatal
su hermosura y su soledad
caminaba en la niebla sin ver
que un ogro muy triste la seguía

Este amigo tarareaba una canción
y la bruja ocultaba su emoción

En los cuentos de hadas
las brujas son malas
y en los cuentos de brujas
las hadas son feas
así decía la canción
que el ogro cantaba


(Repite los acordes de la primera y segunda estrofa)


En el bosque, un día de sol
se encontraron frente a frente los dos
le clavó su mirada
la bruja malvada
para ver si podía
con su magia ahuyentarlo
pero el ogro sonriendo y cantando
el hechizo rompió

La tomó de la mano,
las lechuzas callaron,
se miraron un rato largo
y el ogro y la bruja se amaron,
bajo el sol.
No hay mejor brujería
que el amor!!!

La ra lara la ra larala!!!
La ra la larala laieee!!!


jueves, 26 de agosto de 2010

VOY A CONTAR UN CUENTO

                                        POEMA –CUENTO DE MARÍA ELENA WALSH

                                                                    ARGENTINA

 

VOY a contar un cuento.

A la una, a las dos, y a las tres:

Había una vez.

¿Cómo sigue después?

Ya sé, ya sé. Había una casita, una casita que. Me olvidé.

Una casita blanca,

eso es,

donde vivía uno

que creo era el Marqués.

El Marqués era malo,

le pegó con un palo a... No,

el Marqués no fue.

Me equivoqué.

No importa. Sigo. Un día

llegó la policía.

No, porque no había.

Llegó nada más que él,

montado en un corcel

que andaba muy ligero.

Y había un jardinero

que era muy bueno pero.

Después pasaba algo

que no recuerdo bien.

Quizás pasaba el tren.

Pero lejos de allí,

la Reina en el Palacio

jugaba al ta te tí, (9)

y dijo varias cosas

que no las entendí.

Y entonces.

Me perdí.

Ah, vino la Princesa

vestida de organdí.

Sí.

Vino la Princesa.

Seguro que era así.

La Reina preguntóle,

no sé qué preguntó,

y la Princesa, triste,

le contestó que no.

Porque la Princesita

quería que el Marqués

se casara con ella

de una buena vez.

No, no así no era,

era al revés.

La cuestión es que un día,

la Reina que venía

dio un paso para atrás.

No me acuerdo más.

Ah, sí, la Reina dijo:

—Hijita, ven acá.

Y entonces no sé quién.

Mejor que acabe ya.

Creo que a mí

también me llama mi mamá.

 

lunes, 23 de agosto de 2010

EL HOMBRE QUE DEBÍA ADIVINARLE LA EDAD AL DIABLO

 HistoriaJasidicadiablo-thumb Un Cuento de Javier Villafañe

ARGENTINA

 

ERA UN HOMBRE que estaba en el monte, cerca de una peña, y de pronto se le apareció el Diablo, él mismo en persona, así como es él. El hombre no tuvo miedo porque lo conocía. Una vez lo había visto en un sueño y eran exactamente iguales, cortados con la misma tijera: ni alto ni bajo, el pelo chamuscado, los cuernos puntiagudos, la cola rabona y las patas de chivo.

—Señor, quiero hacer un pacto con usted —dijo el Diablo, y preguntó—: ¿Qué le parece?

—Vamos a ver de qué se trata —contestó el hombre.

—Se trata de que usted será riquísimo, mucho más rico que el Presidente. ¿Qué le parece?

—Me parece bien, ¿y?

—Tendrá un palacio, carruajes. Lo que quiera. ¿Qué le parece?

—Me parece bien, ¿y?

—Si todo le parece bien, ¿por qué no hacemos un pacto?

— ¿Y cuál es el pacto?

—Usted tendrá lo prometido y mucho más, pero deberá adivinarme la edad en un plazo de veinte años. Si adivina, queda libre y dueño de esa inmensa riqueza, y si no adivina será mi esclavo. ¿Qué le parece? ¿Está de acuerdo?

—Sí, estoy de acuerdo.

El Diablo le entregó un papel y dijo:

—Lea y firme.

— ¿Para qué voy a leer, si no sé? Firmar, sí. Y, con la pluma que le dio el Diablo, firmó. La firma era una espiral que terminaba en un punto.

El Diablo guardó el papel y dijo:

—Dentro de veinte años, justo a la medianoche nos encontraremos aquí, en este peñón.

Yo soy puntual en las citas.

—Yo también —respondió el hombre.

El Diablo lo miró con una mirada filosa y desapareció.

Cuando el hombre llegó a su rancho, el rancho no estaba. En su lugar había un palacio todo iluminado y un gentío con uniforme subiendo y bajando escaleras. El hombre tampoco se reconoció. Era otro. En vez de alpargatas tenía botas. También, sin darse cuenta, le habían cambiado el sombrero y el poncho por un sombrero aludo y un poncho listado. Nuevos, flamantes. Le aparecieron de golpe cuatro anillos, dos en cada mano, y de oro.

El personal de servicio estaba vestido de punta en blanco. Los hombres con guantes, zapatos de charol, pantalón gris, una chaqueta azul con alamares[2] y botones dorados. Parecían generales en un día de desfile. Y las mujeres con guantes, zapatos de charol, blusa rosada y pollera[3] negra. El mismo peinado y la misma sonrisa.

Cuando el hombre entró en el palacio, un caballero de barba que parecía el patrón de los uniformados dijo inclinando la cabeza:

—Señor, lo acompañarán a los aposentos.

—Perfecto —contestó el hombre.

—Pero antes deseo saber qué le apetece para el almuerzo.

— ¿Desea saber qué?

—Qué ordeno para su almuerzo.

—Un puchero[4] completo, que no le falte nada.

— ¿Y de postre?

—Queso y dulce. Mantecoso y batata, preferiblemente.

— ¿Y para beber?

—Tinto y soda.

Lo que llamaban "aposentos" era la exageración de lo increíble. Una cama donde podía dormir y soñar cómodamente una familia entera. Tenía un acolchado con pinturas de pájaros y flores. Almohadas y almohadones mullidos con bordados y encajes. "Para dormir en esta cama —pensaba el hombre— hay que bañarse todos los días y usar un camisón que esté a la altura de las sábanas". De las paredes colgaban tantos tapices, espejos y cuadros que no alcanzaban los ojos para verlos. Mesas recién lustradas con incrustaciones de nácar y piedras preciosas. Sillones y sillas del mismo color y sin fundas, como si esperaran visitas de importancia.  "Así serán los 'aposentos' de los emperadores y los reyes," pensó el hombre.

Ese día lo pasó de asombro en asombro. Comió un puchero completo con vino y soda y un abundante postre, casi doble ración. Después durmió una larga siesta. Después paseó por el parque. Lo acompañaban unos perros finísimos y tan bien educados que a ninguno se le ocurrió olfatear ni levantar una pata frente al tronco de un árbol. Al contrario. Pasaban muy orgullosos sin mirarlo.

Un pobre se acostumbra en poco tiempo a ser rico. A veces en una semana, a veces en unas horas. En cambio, un rico no se acostumbra jamás a ser pobre. Ni en treinta, ni en cincuenta años. El caso es que el hombre que firmó el pacto con el Diablo se acostumbró en minutos a ser rico, en un abrir y cerrar de ojos. Le gustó el buen comer, el dormir a pata suelta, el trato que le daba la gente, y mandar, sobre todo mandar y que le obedecieran. Se sentía tremendamente feliz. Hasta se había olvidado del Diablo.

En un lujoso transatlántico cruzó el océano y paseó por Europa, alojándose en hoteles de primera categoría. Conoció a reyes, sultanes, banqueros y embajadores, y pasó unos días con el Papa en su palacete de Roma. Vivió así, como un duque, sin darse cuenta de que pasaban los años.

Se casó. La mujer era joven y hermosa, y él tan dichoso que el tiempo se le iba volando. A veces creía que era ayer y era pasado mañana.

Una noche de tormenta se desveló. No podía conciliar el sueño, y mientras contaba ovejas para dormirse recordó la cita con el Diablo. Además, para no olvidarse, tenía escondido en la mesa de luz un cartón misterioso con números y dibujos que solamente él podía descifrarlo: "El veinticinco de abril de mil novecientos noventa a las doce de la noche con el Diablo en el monte cerca del peñón".

Una tarde, el 15 de octubre de 1989, al abrir el cajón de la mesa de luz, se encontró con el cartoncito. Sacó cuentas con los dedos y se pegó un enorme julepe. Fue la primera vez que sintió tanto miedo, un miedo atroz, con chuchos[5] de frío y sudor en las palmas de las manos. "Me quedan solamente seis meses y diez días. No hay tiempo que perder", se dijo.

Y salió a buscar la edad del Diablo. Fue un viaje enloquecedor. Todo avión. Estuvo en Bolivia, nada. Nada en Ecuador. Nada en Venezuela. En México se enteró de que el primer Diablo llegó a América con Cristóbal Colón y el ajetreo de la carabela y los olores de a bordo le hicieron perder la memoria. Fue a Estados Unidos y un economista lo envió a la capital asegurándole que un grupo de diablos se reunía en una casa pintada de blanco.

Allí no consiguió ninguna información y lo enviaron a Inglaterra para que viera en Londres a una metálica Diablesa, y ella le dijo: "De años no sé, ni pregunto; trato de ocultar los míos". Estuvo en China, en la India, y no lo conocían. En Persia se entrevistó con un matemático, que le dijo: "Tiene tantos años que no alcanzan los números para contarlos". En Alemania le dijo un filósofo: "Cuando nació estaba creado. Por lo tanto, no tiene edad". En Francia un quiromántico le dijo "De tanto apantallar fuego se le borró la edad en las líneas de las manos".

Y regresó totalmente desconsolado. Había recorrido el mundo y nadie supo decirle la edad del Diablo. Ni magos, ni sabios, ni adivinos, ni brujos. Nadie. La noche de la cita se acercaba. Pasaron Navidad y Fin de Año, pasaron Reyes y Carnaval. Y nada. El hombre cada vez más triste, más pálido y ojeroso. Y cuando faltaban apenas dos días el hombre le revela el secreto a su mujer:

—Te voy a contar lo que me ha sucedido. Todas nuestras riquezas se las debo al Diablo. El me dio dinero y poder a cambio de que le adivine la edad en un plazo de veinte años, y si no la adivino seré su esclavo. Sólo faltan dos días para que se cumpla el plazo. Estoy perdido.

—No te preocupes —respondió la mujer—.

Yo voy a solucionar este problema. Es muy sencillo.

— ¿Sencillo?

—Sí, muy sencillo. Déjalo por mi cuenta.

— ¿Pero cómo le vas a adivinar la edad al Diablo en dos días si yo en veinte años no he podido?

—Vos, tranquilo. Vas a ver. Primero hay que cazar pájaros. Todo el personal del palacio debe ir a cazar pájaros. Cuantos más traigan, mejor.

—Sí, ¿y después?

—Después, ya verás.

Todo el personal salió en busca de pájaros. Regresaron con las jaulas llenas.

—Ahora hay que matarlos y quitarles las plumas —ordenó la mujer.

Los mataron y les quitaron las plumas.

—Ahora hay que poner las plumas en un tanque.

Pusieron las plumas en un tanque.

—Ahora hay que traer varios frascos de miel.

Trajeron varios frascos de miel.

—Ahora hay que volcar la miel en otro tanque.

La mujer se quitó la ropa, los zapatos, las medias y se metió desnuda en un tanque. Se cubrió con miel desde la punta del pelo hasta la punta del pie y pasó al otro tanque y empezó a dar vueltas y vueltas, a revolcarse como una cobra, y salió hecha un plumero.

—Ahora vamos al lugar de la cita.

El hombre la llevó al monte y se detuvieron frente a una peña. Ahí se quedó ella, inmóvil. Parecía una estatua. Ni estornudaba por no perder una pluma.

El hombre se escondió detrás de un árbol y justo a la medianoche se escucha un trueno, un ruido tremendioso como si se resquebrajara y izas! se presenta el Diablo. Da un salto y al encontrarse con un pájaro tan extraño se sorprende y se pregunta: ¿Qué pájaro será este pájaro?". Retrocede y lo observa detenidamente. "Nandú no es —dice—; gallareta[6] no es; tampoco es garza ni gavilán." Y empieza a dar vueltas alrededor del pájaro con más colores que el arcoiris. Va calladito, calladito. Se detiene, se acerca, lo mira bien y vuelve a preguntarse: "¿Dónde tendrá el pico y qué comerá este pájaro?". Lo toca por un sitio y huele. "¡Puff! Este pájaro sí que tiene el pico blandito y hediondo. ¿Qué comerá este pájaro?" Y pregunta en alta voz:

— ¿Qué comes? Decíme: ¿qué comes?

Entonces el pájaro, la mujer, responde:

—Jua gua... Jua gua.

— ¡Caramba! —exclama el Diablo—. En mis cuatrocientos ochenta y cinco mil quinientos cuarenta y seis años jamás me había encontrado con un pájaro tan raro y que comiera juaguá. (7)

Y mientras la mujer se iba dando saltos, el hombre subió a la peña y se quedó esperando.

El Diablo lo reconoció y dijo:

—Puntual. Acaban de dar las doce.

—Usted también fue puntual —respondió el hombre.

— ¿Adivinó?

—Cuatrocientos ochenta y cinco mil quinientos cuarenta y seis años.

—Ni uno más ni uno menos —dijo el Diablo.

Y desapareció.


[2] Alamares: cinta v botón para abrochar la capa.

[3] Pollera: Falda

[4] Puchero: olla con guisado.

[5] Chuchos: temblores, miedos

[6] Gallareta: ave zancuda, negra con manchas blancas.

 

domingo, 22 de agosto de 2010

Siete años, y siete más

  Un Cuento de Marina Colasanti

Érase una vez un rey que tenía una hija. No tenía dos, tenía una, y como sólo tenía esa, la quería más que a cualquier otra. 

La princesa también quería mucho al padre, más que a cualquier otro, hasta el día que llegó el príncipe. Entonces ella quiso al príncipe más que a cualquier otro. 

El padre, que no tenía otra a quien querer, pensó que el príncipe no servía. Ordenó investigar y descubrió que el joven no había acabado los estudios, no tenía posición y su reino era pobre. Era bueno, dijeron, pero, en fin, no era ningún marido ideal para una hija a quien el padre quería más que a cualquier otra. 

Llamó entonces el rey al hada, madrina de la princesa. Pensaron, pensaron, y llegaron a la conclusión de que lo mejor era hacer dormir a la muchacha. ¡Quién sabe! Quizás en el sueño soñaba con otro y se olvidaba del joven. 
Dicho y hecho, dieron una bebida mágica a la muchacha, que se durmió enseguida sin decir ni buenas noches. 

Acostaron a la muchacha sobre una cama enorme, en un cuarto enorme, dentro de otro cuarto enorme, a donde se llegaba por un corredor enorme. Siete puertas enormes escondían la pequeña entrada del enorme corredor. Cavaron siete fosos alrededor del castillo. Plantaron siete enredaderas en las siete esquinas del castillo. Y pusieron siete guardias. 

El príncipe, al saber que su hermosa dama dormía por obra de la magia, y que así pensaban apartarla de él, no tuvo dudas. Mandó construir un castillo con siete fosos y siete plantas. Se acostó sobre una cama enorme, en un cuarto enorme, a donde se llegaba por un corredor enorme custodiado por siete enormes puertas, y comenzó a dormir. 

Siete años pasaron, y siete más. Las plantas crecieron alrededor. Los guardias desaparecieron bajo las plantas. Las arañas tejieron cortinas de plata alrededor de las camas, en las salas enormes, en los enormes corredores. Y los príncipes durmieron en sus capullos.  

Pero la princesa no soñó con ninguno que no fuera su príncipe. Por la mañana, soñaba que lo veía debajo de su ventana tocando el laúd. Por la tarde, soñaba que se sentaban en la terraza, y que él jugaba con el halcón y con los perros, mientras ella bordaba en el bastidor. Y por la noche, soñaba que la luna estaba alta y que las arañas tejían sobre su sueño. 

Y el príncipe no soñó con ninguna que no fuera su princesa. Por la mañana, soñaba que veía sus cabellos en la ventana, y que tocaba el laúd para ella. Por la tarde, soñaba que se sentaban en la terraza, y que ella bordaba, mientras él jugaba con los perros y con el halcón. Y por la noche, soñaba que la luna estaba alta y que las arañas tejían. 

Hasta el día en que ambos soñaron que había llegado la hora de casarse, y soñaron un casamiento con fiesta y música y bailes. Y soñaron que tuvieron muchos hijos y que fueron muy felices por el resto de sus vidas. 

Marina Colasanti nació en Asmara, Etiopía, en 1937. Pasó gran parte de su infancia en Italia y, en 1948, se trasladó con su familia a Brasil, donde ha vivido desde entonces. Escritora, periodista y pintora. Para los niños y jóvenes, ha escrito obras como Una idea toda azul (de donde proviene el cuento que reproducimos), En el laberinto del viento, Ana Z., ¿adónde vas?, La mano en la masa, Entre la espada y la rosa y Lejos como mi querer. ___ 
Traducción de Antonio Orlando Rodríguez y Sergio Andricaín (del original “Sete anos e mais sete”, en Uma idéia toda azul, de Marina Colasanti.

sábado, 21 de agosto de 2010

Amarillo

Un cuento de Liliana Bodoc

Ye-Lou fue emperador de un vasto territorio ubicado al este del mundo conocido. El suyo era un imperio dorado donde las porcelanas lucían tan suaves y pálidas como las mujeres, las mujeres caminaban gráciles bajo el sol, y el sol picaba como un grano de mostaza.

Este emperador, este Ye-Lou del que les hablo, tenía por costumbre dormir la siesta.

Las siestas, no importa en qué lugar sucedan, huelen a papeles envejecidos y zumban como abejas. Y bien..., Ye-Lou las olía, las escuchaba, y se dormía de pronto en cualquier sitio donde estuviese. La mayoría de las veces, el sueño lo atrapaba durante su almuerzo; de modo que el plato de arroz con azafrán quedaba a medio terminar.

Apenas el emperador empezaba a cabecear, su esposa le sugería que utilizara para su siesta la cama recubierta con escamas de oro. Su consejero le aconsejaba la cama torneada en bronce, y su médico le recetaba la cama tapizada con piel de leopardo. Pero Ye-Lou no escuchaba a nadie porque, fuese donde fuese, Ye-Lou ya estaba durmiendo y roncando.

Cuando los sirvientes del palacio oían los ronquidos, se apresuraban a cubrir con lienzos las ciento cincuenta y cinco jaulas donde penaban y trinaban quinientos cincuenta y tres canarios. Las cubrían para que todo fuese silencio durante la siesta del emperador.

Pero un día, las siestas del emperador dejaron de ser dulces y plácidas, y se pusieron agrias y difíciles. Como si dijésemos que las siestas de Ye-Lou pasaron de ser miel a ser limón.

Todo comenzó durante una calurosa siesta de verano, cuando el durmiente emperador tuvo un horrible pesadilla. Horrible para un emperador de tan vasto imperio que debía creerse, por necesidad, el más grande, venerable y digno de amor de todo este mundo.

Su pesadilla comenzó con la aparición de un punto de luz que fue creciendo, creciendo y creciendo hasta doblarlo en estatura. Después, la luz le habló con voz gigantesca:

—Oye bien, emperador Ye-Lou. Hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú. Y en día muy cercano, todos mirarán su rostro mientras tú te arrastrarás derrotado bajo el peso de su esplendor.

La primera vez, Ye-Lou no quiso darle demasiada importancia a su pesadilla, y la alejó de su pensamiento con el mismo ademán de espantar insectos. Sin embargo, la pesadilla regresó con mayor frecuencia. Finalmente, todas las siestas del emperador se estropearon con la presencia de aquella luz gigantesca que traía malas noticias:

—Oye bien, emperador Ye-Lou. Hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso, y más amado que tú. Y en día muy cercano, todos mirarán su rostro mientras tú te arrastrarás derrotado bajo el peso de su esplendor.

Casi desesperado, el emperador le preguntó a su esposa qué podía hacer para terminar con aquel desagradable sueño. Ella estuvo un buen rato revisando su Gran Libro de Remedios Caseros.

—Tienes que beber una yema de huevo batida con vino blanco —le dijo su esposa—. Aquí dice claramente que bebiendo una yema batida con vino blanco se evitan las pesadillas.

El emperador hizo lo que su esposa le aconsejaba. Pero, para su desdicha, la pesadilla no desapareció. Por el contrario, la luz parecía crecer con tan buen alimento.

Desesperado, el emperador consultó con su médico.

—Te lo diré claramente... —el médico acababa de hojear a escondidas el Gran Libro de Remedios Caseros—. Quien desee espantar pesadillas deberá frotar su frente, sus codos y sus pies con polvo de azufre.

El emperador cumplió puntualmente con las recomendaciones del médico de palacio. Pero tampoco tuvo suerte... ¡El azufre solamente consiguió que la luz hablara con voz mineral!

Entonces, verdaderamente desesperado, el emperador le preguntó a su consejero.

El consejero movió la cabeza en señal de desaprobación, quería dejar claro que el Gran Libro de Remedios Caseros le parecía pura charlatanería. Luego carraspeó, y recitó su sabio consejo: para no sufrir pesadillas durante las siestas bastaba con no dormir la siesta.

—El que no duerme no sueña, ¡oh, venerable!, ¡oh emperador! —dijo el consejero—. Si tú no duermes la siesta, ¡oh, emperador!, ¡oh, venerable!, tus pesadillas terminarán.

Hay que decir y creer que Ye-Lou hizo lo imposible para seguir aquel consejo que, al fin y al cabo, parecía el más sensato de todos los que había recibido. A veces, sin embargo, ni lo imposible es suficiente. Cuando la siesta llegaba al reino de Ye-Lou con su olor a papeles envejecidos y su zumbar de abejas, el emperador se dormía por mucho que se esforzara en evitarlo. Se dormía aunque, por su expreso mandato, las jaulas no fuesen cubiertas y los quinientos cincuenta y tres canarios estuviesen trinando.

Y en cuanto Ye-Lou se dormía, un punto de luz aparecía justo en el centro de la oscuridad del sueño. La luz crecía con asombrosa rapidez hasta ocupar todo el espacio de la pesadilla, y entonces hablaba:

—Oye bien, emperador Ye-Lou, hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú...

Las palabras se repetían idénticas.

—Y en día muy cercano todos mirarán su rostro...

Siesta tras siesta, las cosas se complicaban. Cada nuevo despertar, dejaba al emperador sumido en un triste ánimo. Luego se pasaba el resto del día y el resto de la noche deambulando por los pasillos del palacio, murmurando cosas que nadie entendía, y preguntándose quién sería aquel que iba a derrotarlo.

Porque el emperador estaba convencido de que la luz de su pesadilla no hablaba en vano. Lo que esa mala luz le estaba advirtiendo era algo que en verdad sucedería. Y según sus propias palabras, en día muy cercano.

¿Quién podría ser el que lo obligaría a arrastrarse? Ye-Lou se tiraba de la cabellera, abría de par en par los ventanales y con los brazos abiertos gritaba a toda garganta:

—¡Seas quien seas, no permitiré que me derrotes!—. El grito del emperador atravesaba las inmesas plantaciones de cereales y frutos que rodeaban el palacio, salía a la ciudad, se metía en los templos, sacudía las chozas de paja de los campesinos, y desprendía las peras maduras de sus ramas.

Las personas del reino lo oían y se lamentaban:

—¡Ay! —decían—. Nuestro pobre emperador ha enfermado. Ya no hace otra cosa que hablar de un poderoso enemigo que sólo existe en sus siestas.

Ye-Lou enflaquecía ante los ojos de todos. Y sin cesar, repetía las palabras de la luz.

—Alguien más venerable, más grandioso y más amado...

La ira lograba que, a pesar de su fatiga, el emperador se mantuviera en pie:

—Pero, ¡quién es! —gritaba—. ¿Quién es él? ¿Quién es...?

Muchas veces, después de esos arranques de furia, Ye-Lou caía al suelo agotado. Permanecía así durantes largas horas, sin que nadie se atreviera a acercarse.

Y así estaba el horrible día en que, de repente, alzó su rostro desfigurado por los insomnios. Y con el color de la envidia.

—¡Muy bien! —El emperador acababa de tomar una espantosa decisión— ¡No amanecerá el día de mi enemigo! ¡Mando la muerte para todos los que pretenden ser grandes en mi reino!

Hasta aquel día fatal, Ye-Lou había compartido su vasto imperio con señores de señoríos, y príncipes que regían provincias opulentas. Ellos aceptaban a Ye-Lou como único emperador de todo el este. Y, en retribución a su lealtad, Ye-Lou respetaba sus territorios. Se aliaba con ellos en caso de necesidad, y compartía los frutos en tiempos de sequía. Pero una pesadilla estaba a punto de terminar con tan buena vecindad.

El emperador estuvo la noche entera repasando el poder y las riquezas de cada uno de los príncipes y los señores de su reino. Perdido en el territorio de la locura, todos ellos le parecían enemigos. Cualquiera podía ser, en su afiebrada cabeza, el que intentara cumplir el presagio de la pesadilla.

—Alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú...

Ye-Lou tomó una pluma, un trozo de pergamino, y escribió una larga lista de nombres.

—Alguno de estos ha de ser el que pretende derrotarme —decía Ye-Lou, pasando los ojos por su lista de condenados a muerte.

A la mañana siguiente, sus emisarios partieron en las cuatro direcciones a cumplir la peor orden que Ye-Lou había dado hasta entonces.

Y Ye-Lou se quedó esperando. Miraba hacia el norte y luego al sur, ansioso por verlos regresar.

A mitad del otoño, los hombres que habían partido llevando dardos de oro envenenados comenzaron a llegar. Uno tras otro, y al galope, atravesaron los jardines cubiertos de hojas secas. Desmontaron e hicieron la reverencia obligada.

—Emperador Ye-Lou, lo que ordenaste se ha cumplido.

Eso significaba que otro dardo había sido disparado con buena puntería. Eso significaba que Ye-Lou tenía un enemigo menos a quien temer.

Sin embargo, a pesar de tantos dardos y de tanto otoño, la pesadilla continuó apareciendo en las siestas del emperador y repitió la misma amenaza:

—Oye bien, emperador Ye-Lou, hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú. Y en día cercano todos mirarán su rostro mientras tú te arrastrarás derrotado bajo el peso de su esplendor.

Ye-Lou abrió de par en par uno de los ventanales más altos del palacio, y gritó con la voz enronquecida de dolor:

—¡Seas quien seas, jamás me arrastraré ante ti!

El emperador alzó el puño en señal de amenaza. Pero, frente a su rabia, los trigales continuaron meciéndose al viento como si nada escuchasen. Fatigado, Ye-Lou dejaba caer su brazo y su voz:

—Pero, ¿quién eres? Sólo debo saber quién eres...

Para ese entonces, todos en su reino le temían. Ni su dulce esposa, ni su médico, ni siquiera su consejero conseguían devolverle la calma.

Ye-Lou ya no comía. Iba de un lado al otro murmurando desgracias y odios. Y apenas si se acordaba de respirar.

El otoño llegaba a su fin... Todos los emisarios habían regresado, todos los dardos de oro habían sido disparados con precisión. Ye-Lou ya no tenía vecinos poderosos... Pero, ¡ay, desdichas de todas las desdichas!, la pesadilla continuaba recitando su terrible presagio.

Pocas siestas después, Ye-Lou despertó con la cabeza repleta de alaridos que le golpeaban dentro, y hacían que todo se nublara ante sus ojos. Sudoroso y golpeando los dientes, ordenó que lo vistieran con su mejor armadura y que le dieran las armas sagradas de sus antepasados.

—¡Tendré que ir a buscarlo yo mismo! —gritó frente sus sirvientes y sus soldados.

El emperador salió del palacio. Miró hacia todos lados y avanzó lentamente. Giró de improviso, como para sorprender a alguien que estuviera a sus espaldas. Pero a sus espaldas sólo había soledad. Así caminó sin rumbo, tajeando el aire con su espada. Quienes lo vieron pasar, supieron que el venerable Ye-Lou había enloquecido para siempre.

Ye-Lou caminó y caminó. Atravesó los trigales dando gritos amenazadores.

—¡Ponte frente a mí! —vociferaba para los campos—. Si en verdad crees que puedes derrotarme, ¡preséntate y dame pelea!

Al cabo de varias horas, el calor comenzó a agobiarlo. Dentro de su armadura metálica, el debilitado emperador perdía las escasas fuerzas que le quedaban. Aun así, continuó andando a grandes pasos, blandiendo la espada y provocando a su enemigo.

Ya había segado todo el trigal a filo de espada, porque imaginaba que entre las mieses podía estar oculto el que venía a derrotarlo. Como no encontró lo que buscaba, se dirigió al campo de mijo. De nuevo destrozó las plantas nuevas, y de nuevo no consiguió nada.

Su enflaquecido cuerpo no podía continuar. La cabeza latía de calor dentro del casco. Ya casi no podía ver, y su rodillas se doblaban bajo el traje de metal.

Con la fuerza que le daba la locura, Ye-Lou llegó hasta el campo de girasoles.

Dio unos pocos pasos vacilantes y cayó al suelo. Sin embargo, con gran esfuerzo consiguió ponerse nuevamente de pie. Ante sus ojos fatigados, los girasoles se hacían enormes y diminutos, se iban, ondulaban, desaparecían...

Todavía Ye-Lou intentó continuar hasta que, al fin, cayó de rodillas. Como pudo, se quitó el casco para respirar. Las lágrimas le quemaban desde los ojos al cuello. El emperador quiso levantarse; pero sus brazos, delgados como hebras de heno, no pudieron ayudarlo.

Ye-Lou arrastraba su soledad y su locura bajo el esplendoroso sol del este. A su alrededor, los girasoles, indiferentes a su agonía, miraban al mismo punto del cielo.

—Y en día cercano todos mirarán su rostro..., mientras tú te arrastrarás bajo el peso de su esplendor.

El sol resplandeciente en el cielo. Los girasoles, mirándolo. Ye-Lou llorando su locura contra la tierra.

En el lugar donde habitan los sueños, una pesadilla sonreía.

Del libro Sucedió en colores

viernes, 20 de agosto de 2010

El profe Mambrú

                                                  Un cuento de Triunfo Arciniegas

Ambrosio vive en la cabeza de Mambrú. Ambrosio, el único pájaro del universo que habita en una casa móvil y sabia. La cabeza de Mambrú no es una cabeza cualquiera porque Mambrú es el profe, y nos hace felices.

Verlo todas las mañanas con Ambrosio en la cabeza nos hace reír.

-Que bien – nos dice-. Amanecieron contentos.

Uno se pone contento de verlo. Uno corre a la escuela para verlo muerto de curiosidad. ¿Qué va a pasar hoy? Tal vez se trepe al escritorio y se asome a la ventana para atrapar al personaje de su última historia. Tal vez dibuje una jirafa y nos embadurne con sus manchas. Tal vez un tigre, y nos enrede con sus rayas. Anoche soñé con Ambrosio venía a mi ventana para invitarme a saborear un árbol de caramelos.

Por ahí nos dicen:

-¿Qué le ven a un profesor con pájaros en la cabeza?

La gente no entiende.

Mambrú no nos dice “abran los cuadernos” sino “abran el corazón”. Nos anuncia una historia y cerramos los ojos para soñar con la princesa Luz de Luna. Nos habla del castillo donde vive la hermosa y podemos tocarlo con la yema de los dedos. Nos habla de las flores y podemos olerlas. Nos habla del viento y lo oímos pasar de prisa hacia el castillo de la princesa. El viento le trae noticias de su amado Teodobaldo.

La guerra dura muchos años.

El cabello de la princesa toca el piso cuando al fin aparece el príncipe Teodobaldo, cansado y sucio, con unos cuantos soldados.

-Ganamos la guerra – dice.

-No – dice la princesa Luz de Luna-. La perdimos.

El príncipe entiende que cada día sin ver a la princesa, cada día sin amor, fue una batalla perdida. La abraza y le dice:

-Nunca más estaré sin ti.

Todavía abrazamos a la princesa de larguísimos cabellos, todavía le murmuramos al oído que cada día sin amor es una batalla perdida, cuando el profe Mambrú nos pide que abramos los ojos y juguemos. Aplaudimos y él salta. Ah, nos gusta verlo saltar. Se sostiene en el aire. Vuela. El profe Colibrí, así le decimos. Ambrosio revolotea, nos picotea las orejas, nos despeina, nos enseña a cantar.

El alboroto es tan grande que sale por la puerta, atraviesa los corredores y se cuela a los salones vecinos.

A la profesora Berta Fumanchú no le gusta la fiesta. Su cara de pocos amigos lo expresa todo. Soltera y sin hijos, gorda y pesada, aplastada por cuarenta años de soledad. Sus alumnos se mantienen tiesos y tristes. Doña Berta Fumanchú viene a nuestra puerta y nos pide silencio. Casi le vemos la espalda, los bigotes, el tabaco prendido en la boca. El profe Mambrú le hace una venia y la profesora se va murmurando con rabia:

-Es como un niño.

El profe Celino Cruz no sabe sonreír. Sus alumnos ríen a escondidas en el patio del recreo. Viene a nuestra puerta y en su cara de palo vemos que la dicha ajena lo atormenta.

Aún así nos quedamos para la fiesta.

Entonces aparece el director como sacado del sombrero de un mal mago. El señor director, que miedo, el coco. Nos volvemos estatuas para saludarlo. Escuchamos con el corazón detenido.

-Profesor Mambrú, ¿qué es ese escándalo?

- Es el escándalo de la felicidad- dice el profesor Mambrú.

-¿No hay otras maneras?

La felicidad no se puede disimular.

-Además, profesor Mambrú, ¿cuándo va a dejar ese pajarraco en casa?

- Soy su casa señor director.

-Profesor Mambrú, perdone que le diga pero debería peinarse.

- Los nidos no se peinan, señor director.

-Con usted no se puede discutir- dice el director.

-Perdone usted- dice el profe Mambrú.

-Permiso- dice el director y se va.

Nos encanta esta conversación. Con algunas variantes, la hemos oído una y otra vez. Al profe Mambrú le brillan los ojos cuando nos dice, por centésima vez: “La felicidad es más importante que la sabiduría” Con él hacemos las cometas más altas. Los trompos más rumberos, los poemas más intensos, las risas más escandalosas. Las matemáticas son fáciles. La geografía nos hace viajar gratis, las ciencias nos vuelve magos y la historia nos permite conocer personajes chéveres y otros malvados y es como ver televisión en la mente. El día se nos va como un suspiro.

Sabemos del alboroto y también del silencio. Si queremos, oímos el vuelo de la mosca y el galope del corazón exploramos todos los cuartos de la oscuridad y los cajones de la memoria, mientras escribimos en el inmenso patio del recreo que es la página en blanco. El director empuja la puerta para averiguar si nos escapamos por la ventana y, al vernos perdidos en otras magias, se retira avergonzado. El día se nos va.

-Nos vemos mañana- dice el profe Mambrú, sostenido por Ambrosio, y se va, se va volando a su casa.

 

sábado, 5 de junio de 2010

Además de escuchar es lindo leer!!

Como por ahora no puedo todos los días contarles un cuento y tampoco quiero dejarlos abandonados, les propongo compartir algunas historias que me gustan mucho.

Yo se les doy, ustedes las leen ¿si?

Probemos

Esta es la primera

El regalo del señor Maquiaveli

Un cuento de Ema Wolf

El señor Dante Maquiaveli quiso darle una sorpresa a su querida esposa Brígida y le regaló un fantasma.

Lo encontró en un cambalache fino cerca de su casa, en medio de percheros y soperas de porcelana.

El fantasma tenía un cartelito que decía “oferta: 20.000 $”. La cifra representaba la cuarta parte de su sueldo pero Maquiaveli no vaciló: la patrona se merecía eso y mucho más.

El cambalachero anticuario le dijo que era un legítimo fantasma escocés, que gemía por las noches, arrastraba cadenas, tocaba la gaita con horrísona melancolía, paraba de punta los pelos de las visitas, etc.

—Lo llevo –dijo el señor Maquiaveli–.

Cuando llegó al edificio donde vivía se escabulló por una escalera de incendios para que no lo viera el portero: el consorcio no admitía fantasmas. En la casa encontró a su esposa Brígida delante del espejo. Estaba poniéndose los ruleros y untándose la cara con crema de placenta de vinchuca. Cuando Brígida vio en el espejo la horrorosa aparición, lanzó un alarido que arrugó la médula de los vecinos en ocho manzanas a la redonda.

Ni bien entendió que era un regalo de su marido no pudo menos que sentirse

agradecida. Hizo lo que hace todo el mundo cuando recibe un regalo. Dijo:

—¡Qué lindo!

Después con su habitual sentido práctico agregó:

—¿Y dónde lo ponemos, viejo?

El departamento era de dos ambientes con kitchinette, así que instalaron el fantasma en la baulera de la terraza. Desde allí podría pasearse por las azoteas y aterrorizar a sus anchas.

Esa noche Dante y Brígida se acostaron emocionados, con las cabezas juntas y las manos enlazadas. De un momento a otro esperaban oír el quejido ululante y tenebroso, típico de los fantasmas, una risotada siniestra o algo así.

En cambio escucharon un bostezo grosero y vieron que el fantasma se filtraba en el mismísimo dormitorio. Después se metió a los pies de la cama y se tapó con la frazada.

Dante Maquiaveli quedó estupefacto. Brígida gritó espeluznada.

Después reaccionó y le dijo a su marido:

—Viejo, ¿por qué no lo llevas de nuevo a la terraza?

Dante agarró al fantasma por el pescuezo y lo fletó para arriba. Inútil.

El horripilante espectro atravesaba las paredes y en dos minutos lo tenían de nuevo en la cama.

Así pasaron esa noche y varias otras noches: ellos que lo sacaban y el fantasma que volvía y Brígida que gritaba y dormía con las rodillas en el mentón.

Hasta que la señora de Maquiaveli se puso firme y una madrugada le dijo a

su marido:

—El fantasma o yo.

Dante tuvo un momento de duda. Su esposa no atravesaba paredes, así que no había peligro de que volviera. Además el fantasma no dormía con ruleros ni ungüentos de vinchuca. Hasta podía jurar que no tenía los pies tan helados como ella.

¡Pero no, no! Dante espantó esa idea como quien espanta un gato a escobazos. ¡Él amaba a Brigidita!

Al día siguiente llevó al fantasma de vuelta al cambalache. Como no le quisieron

devolver la plata lo cambió por una capa negra y unos dracu-dracu usados.

Esperó que cayera el sol y volvió enternecido a su casa.

Estaba empeñado en darle una sorpresa a Brigidita.

Este cuento “El regalo del señor Maquiaveli”, fue publicado en: La aldovranda en el mercado, Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1989.