Cada día te cuento un cuento....

Cada día te cuento un cuento....
¡Este es tu lugar!

lunes, 28 de mayo de 2012

Kobutori Jiisan

 

clip_image003

Hace mucho, mucho tiempo, vivía un anciano en un pueblo.

El nació con un chichón en la mejilla del cual no se preocupaba para nada.

Era muy optimista.

En el mismo pueblo vivía otro anciano que también tenía un chichón en la mejilla, pero éste siempre paraba enfadado porque se acomplejaba de su defecto.

Un día el anciano optimista fue a cortar leña al bosque, pasado un momento empezó a llover y decidió descansar un poco. Durmió profundamente pero se despertó al oir un ruido extraño en plena noche.

Se sorprendió mucho al ver a unos demonios celebrando una fiesta muy cerca de ahí.

Estaban armando un gran alboroto cantando, bebiendo y bailando.

El anciano al comienzo tenía mucho miedo por lo que decidió seguir viendo a escondidas, pero no pudo contener sus ganas de bailar pues le parecía muy agradable todo aquello.

Los demonios se sorprendieron al verlo pero continuaron bailando porque su danza era muy interesante.

Pasaron un rato agradable hasta que cantó el primer gallo.

clip_image004El jefe de los demonios dijo: "Ya tenemos que volver a casa. Me gusta mucho tu danza por eso esta noche también ven. Voy a tomar tu chichón y si vienes esta noche te lo devolveré."

El anciano se quedó sin su chichón, ¡ni rastros de el!. Los demonios pensaban que al anciano le gustaba su chichón y por ello regresaría, pero en realidad éste estaba muy contento sin él.

Cuando el anciano regresó al pueblo contó todo lo sucedido al otro anciano.

clip_image006Este último lo veía con una mirada de envidia y dijo: "¡Voy a ir esta noche!"

Esa noche empezó nuevamente la fiesta.

Este anciano, por ser una persona sombría, no se encontraba a gusto y no pudo bailar, en realidad detestaba el baile.

Al verlo, poco a poco los demonios empezaban a disgustarse.

El jefe de los demonios le dijo: "¡Te voy a devolver tu chichón y vete inmediatamente!"

De esta manera, este anciano se quedó para siempre con los dos chichones por ser estrecho de espíritu y de corazón.

¡Y colorín colorado,
este cuento se ha acabado.!

Etiquetas de Technorati: ,,

martes, 22 de mayo de 2012

Princesa maya

 - Yael Sofer

http://3.bp.blogspot.com/__NN387qGzKo/S6x6zRR_vII/AAAAAAAAAYg/lymqSJjxmBQ/s1600/Triste_princesa.jpg

En un país lejano, vivían un rey y una reina. Ellos tenían una hija única, la princesa Maya, muy bonita, de ojos azules y pelo rojo. Todos los ciudadanos del reino amaban a Maya por su buen carácter.

De repente, ocurrió un mal. Maya se puso triste, sus risas se escucharon con menos frecuencia y, al final, ella no salió más de su habitación.

El médico real le prescribió diferentes hierbas contra la enfermedad pero eso no ayudó. Maya se acostaba en su cama, no hablaba con nadie y, muy seguido, se podían ver lágrimas en sus ojos.

El rey y la reina se asustaron muchísimo y enviaron a buscar a los mejores médicos de todo el reino. Los médicos examinaron a la princesa, discutieron largamente y declararon que se trataba de una enfermedad desconocida. Físicamente la princesa estaba sana pero, ellos no sabían cómo devolverle su buen estado de ánimo. Los médicos se fueron a sus casas y con esto, El rey y la reina se desanimaron aún más.

Mientras tanto, la noticia sobre la enfermedad de la princesa circuló en todo el reino. Todos los ciudadanos estaban preocupados por ella.

En este país vivía un mago que curaba incluso las enfermedades mortales. Todas las personas empezaron a pedirle que fuera al palacio y examinara a la princesa.

El mago llegó al palacio, tomó la mano de la princesa, examinó el pulso y dijo:

— La princesa perdió las emociones y la felicidad. La tristeza la ha embargado.

— ¿Y qué podemos hacer? - exclamaron con desesperación el rey y la reina.

— La música va a salvar a la princesa, - concluyó en mago y luego se fue.

Inmediatamente, enviaron a buscar los mejores músicos del reino. Ellos llegaron pronto al palacio y esperaron en la puerta de la habitación de Maya.

Primero entró el violinista con su violín. Él declaró orgullosamente: "El violín es el más noble de los instrumentos musicales". Él tocó las cuerdas con el arco, se distribuyó un sonido tierno. El violín lloraba, subía, se reía con entusiasmo. La música fluía, pero Maya permanecía en su cama. El rey dijo tristemente: "No resultó". El violinista salió triste.

Segundo entró a la habitación el flautista y dijo: "Voy a curar a Maya".

La melodía de la flauta es pura como el aire montañoso, y a cualquiera puede despertar a la vida.

Él comenzó a tocar la flauta. La melodía salió por la ventana y llegó hacia el patio. Todos se detuvieron para escuchar los sonidos mágicos. Pero la princesa ni se movió. "La flauta no conviene" dijo la reina. El flautista salió apenado.

Las puertas se abrieron ampliamente y cuatro sirvientes dejaron un piano en la habitación. El pianista entró y dijo: "Devolveré la vida a la princesa porque los sonidos del piano son los más apasionados e inspiradores". Él comenzó a tocar. La música mágica fascinó a todo el palacio pero la princesa se cubrió la cara con las manos. El pianista salió derrotado.

Los sirvientes se prepararon para sacar el piano pero de repente entró a la habitación un joven con una pequeña varita de madera en las manos.

— ¡Esperen! -exclamó él.

— ¿Quién eres? preguntó el rey sorprendido, ¡no veo ningún instrumento musical contigo!

— Soy director de orquesta, su majestad, - respondió el joven, - yo conozco la melodía que sanará a su hija.

Pero primero ordene que todos los músicos regresen.

El rey, que ya había perdido toda esperanza, ordenó llamar al violinista, al flautista y al pianista. Todos se juntaron en la habitación de la princesa. El joven dijo algo a los músicos. Ellos se agruparon alrededor del piano y él agitó la varita...

De repente, una melodía hermosa y perfecta comenzó a sonar en el palacio, escapó al cielo y voló sobre la tierra, llenando los corazones con sonidos mágicos y maravillosos. Una alegría extraordinaria alcanzó a todos. La gente se sintió feliz y con ganas de tomarse las manos. Incluso el rey y la reina olvidaron de todo por un instante.

De repente, todos escucharon la risa de Maya que giraba en el baile por toda la habitación. La princesa se recuperó, su tristeza se fue para siempre.

Ella se enamoró del joven director de orquesta, y se festejó una boda. Todos los ciudadanos del reino participaron en la fiesta. Los músicos tocaron la música milagrosa, y todos se alegraron y se rieron.

Durante la fiesta, el rey preguntó al novio:

— ¿Qué dijiste a los músicos antes que ustedes comenzaran a tocar la música? ¿Qué sanó a mi hija?

— El joven sonrió y respondió:

— Les dije que no importan los instrumentos musicales, sino la unidad de los corazones. Les pedí que unieran su amor por la música, su talento y su deseo de ayudar a la princesa. Solamente juntos nos hacemos más fuertes y podemos crear milagros.

 

martes, 15 de mayo de 2012

Choco Busca una mamá

Este es un bello cuento de Keiko Kasza

Es la historia de Choco

Este es Chocohttp://parachiquitines.com/wp-content/uploads/2011/03/Choco-e1299462214667.jpg……

Que camina triste porque no encuentra una mamá que le cuide,

Lo que ha sucedido… no mejor escucha el cuento

 

 

 

 

Si lo quieres leer, acá está el texto

Choco encuentra una mamá.

Las ilustraciones son de Keiko Kasza.

http://3.bp.blogspot.com/_AWIsUnQtlZM/Si-B2ezsZuI/AAAAAAAAE5w/Sb-PWoxbRnI/s400/choco1.jpg

Choco era un pájaro muy pequeño que vivía a solas. Tenía muchas ganas de conseguir una mamá, pero ¿quién podría serlo?
Un día decidió ir a buscar una. Primero se encontró con la señora Jirafa.
―Señora Jirafa― dijo.
―Usted es amarilla como yo. ¿Es usted mi mamá?
―Lo siento―suspiró la jirafa―pero yo no tengo alas como tú.
Choco se encontró después con la señora Pingüino.
―Señora Pingüino―dijo.
―Usted tiene alas como yo. ¿Será que usted es mi mamá?
―Lo siento―suspiró la señora Pingüino, pero mis mejillas no son grandes y redondas como las tuyas.
Choco se encontró luego con la señora Morsa.
―Señora Morsa―exclamó.
―Sus mejillas son grandes y redondas como las mías. ¿Es usted mi mamá?
―Mira―gruñó la señora Morsa―mis pies no tienen rayas como los tuyos, así que: ¡No me molestes!
Choco buscó por todas partes pero no pudo encontrar una madre que se le pareciera.
Cuando Choco vio a la señora Oso recogiendo manzanas supo que ella no podría ser su mamá. No había ningún parecido entre él y la señora Oso.
Choco se sintió tan triste que comenzó a llorar.
― ¡Mamá, mamá!…Necesito una mamá.
La señora Oso se acercó corriendo para averiguar qué le estaba pasando. Después de haber escuchado la historia de Choco, suspiró:
― ¿En qué reconocerías a tu madre?
―Ay…estoy seguro de que ella me abrazaría―dijo Choco entre sollozos.
― ¿Ah sí? ―preguntó la señora Oso. Y lo abrazó con mucha fuerza.
―Sí, estoy seguro de que ella también me besaría.
― ¿Ah sí? ―preguntó la señora Oso. Y alzándolo le dio un beso muy largo.
―Sí. Y estoy seguro de que me cantaría una canción y me alegraría el día.
― ¿Ah sí? ―preguntó la señora Oso. Entonces cantaron y bailaron.
Después de descansar un rato la señora Oso le dijo a Choco:
―Choco, tal vez yo podría ser tu mamá.
― ¿Tú? ―preguntó Choco―pero si tú no eres amarilla, además no tienes alas ni mejillas grandes y redondas. Tus pies tampoco son como los míos.
― ¡Qué barbaridad! ―dijo la señora Oso―me imagino lo graciosa que me vería.
A Choco también le pareció que se vería muy graciosa.
―Bueno―dijo la señora Oso―mis hijos me están esperando en casa. Te invito a comer un pedazo de pastel de manzana. ¿Quieres venir?
La idea de comer pastel de manzana le pareció excelente a Choco.
Tan pronto como llegaron, los hijos de la señora Oso salieron a recibirlos.
―Choco, te presento a Hipo, a Coco y a Chanchi. Yo soy su madre.
El olor agradable del pastel de manzana y el dulce sonido de las risas llenaron la casa de la señora Oso.
Después de aquella pequeña fiesta, la señora Oso abrazó a todos sus hijos con un fuerte y caluroso abrazo y Choco se sintió muy feliz de que su madre fuera tal y como era.

Etiquetas de Technorati: ,

jueves, 10 de mayo de 2012

Irulana y el ogronte

Un cuento de Graciela Montes

http://www.sanandres.esc.edu.ar/olivosp/extranet2008/2do/recomendaciones/Irulana%20y%20el%20ogronte.jpg

Aviso que este es un cuento de miedo: trata de un pueblo, de un ogronte y de una nena. El ogronte no tenia nombre, pero la nena, sí: algunos la llamaban Irenita, y yo la llamo a mi modo: Irulana.

Conviene empezar por el ogronte, porque es lo más grande, lo más peludo y lo más peligroso de esta historia.

No todos los pueblos tienen un ogronte. Pero algunos tienen, y éste tenía.

Cuando se terminaba la tarde y el sol se ponía rojo (porque en los cuentos también se ponen rojos los soles), la cabeza peluda del ogronte brillaba como la melena de un león inmenso. Y la gente del pueblo sentía mucho miedo.

La gente, en cuanto se despertaba a la mañana, pensaba: ¿Cómo habrá amanecido el ogronte hoy?

Era importante saber cómo había amanecido el ogronte. Por ejemplo, si el ogronte estaba resfriado, había que reforzar las puertas y las ventanas para que no se abrieran de golpe con los estornudos. Y no se podía sacar a pasear a los perros demasiado chiquitos porque podían rodar calle abajo y volarse hasta la orilla del río.

El pueblo entero se arrugó de miedo.

De miedo a que lo comieran. Porque ya se sabe que los ogrontes, cuando se enojan, se comen pueblos enteros, con sus casas, sus personas, sus calles y sus kioscos. Y sus perros. Y las petunias de sus jardines. Y sus tarros de galletitas. Y sus boletos capicúa. Y sus estaciones, con trenes y todo.

La gente salió corriendo. Algunos iban con las orejas tapadas (taparse las orejas no protegía del enojo del ogronte, pero al menos ayudaba a que sus rugidos molestasen menos).

Pero yo dije al principio que éste era el cuento de un pueblo, de un ogronte y de una nena. Ahí esta la nena – ¿la ven? – es esa de rulitos en la cabeza: Irulana. Es la única que no corre.

A mí no me pregunten por qué no corrió Irulana. Vaya uno a saber por qué no salen corriendo las Irulanas cuando vienen los ogrontes. Los que contamos los cuentos no tenemos por qué saberlo todo.

Yo lo único que sé es que Irulana no corrió sino que se sentó a esperar en un banquito.

Tal vez era muy valiente.

Tal vez era un poco chiquita.

Tal vez estaba demasiado cansada.

Se sentó en un banquito verde en una calle vacía (todas las calles estaban vacías en ese pueblo).

Cuando se terminó la tarde y el sol se puso rojo, la cabeza peluda del ogronte brilló más que nunca. Los dientes brillaron más todavía, y rugidos enormes sacudieron el suelo.

Irulana tuvo miedo. Y más miedo tuvo cuando vio que el ogronte se empezaba a mover.

"Ahora viene y se come al pueblo", pensó Irulana.

Y, efectivamente (no se olviden de que yo avisé que éste era un cuento de miedo): en cuanto llegó la tarde el ogronte empezó a comerse el pueblo. (Ya sé que esto es terrible, pero qué se le va a hacer, así son los ogrontes).

Empezó por el ferrocarril: enroscaba las vías en un dedo y después las sorbía como si fueran tallarines.

Masticaba las casas como si fueran turrón. Y de tanto en tanto les daba un mordisquito a dos o tres árboles que había arrancado de raíz y que llevaba como un manojo de apio en la mano.

Fue haciendo arrolladitos con las calles y se las masticó despacio. La plaza la dobló en cuatro como un panqueque y se la comió con gusto (seguramente era dulce). Si alguna petunia se le escapaba de la boca la empujaba con el dedo hacia adentro.

Y comió y comió. Se lo comió todo (tengan en cuenta que los ogrontes son muy grandes y este era un pueblo chico).

Bueno, ahora el que se achicó es el cuento, porque empezó con un pueblo, una nena y un ogronte, y ahora ya no hay más pueblo. No hay nada más que una nena y un ogronte.

Y nada pero nada más.

Nada de nada: ni un arbolito, ni una petunia, ni un vestidito de muñeca, ni un colador de té, ni una polilla, ni la pelusa de un bolsillo.

Nada más que Irulana en su banquito y un ogronte enorme que está bostezando.

Está bostezando porque a ese ogronte, siempre que se comía un pueblo entero, le venía el sueño.

Pero Irulana no sabe que ogronte bosteza.

El ogronte da uno, dos, tres pasos más (y los pasos de los ogrontes llevan muy lejos) y, justo justo cuando está por descubrirla a Irulana en su banquito, se queda dormido.

Ahí fue cuando Irulana abrió los ojos y lo vio. Parecía una montaña, pero seguramente era un ogronte porque las montañas no usan botas lustrosas ni cinturones de cuero. Y roncaba, además, como solo roncan los ogrontes.

Entonces Irulana se puso de pie en su banquito, que, como estaba tan negro todo, ni siquiera era un banquito verde, y gritó bien pero bien fuerte, lo más fuerte que pudo gritar: ¡IRULANA!

Eso gritó. Una sola vez. Y, aunque Irulana tenía una voz chiquita, el nombre resonó muy fuerte en medio de lo oscuro.

Y el nombre creció y creció. La "i", por ejemplo, tan flaquita que parecía se estiró muchísimo (no se quebró, porque era un I muy fuerte), y se convirtió en un hilo largo y fino que se enroscó alrededor del ogronte, de la cabeza del ogronte, de los pies del ogronte, de las manos del ogronte, de la panza inmensa donde estaba todo el pueblo.

Y la "r" se quedó sola en el aire, rugiendo de rabia, porque las "r" rugen muy bien, mejor que nadie.

Y la "u" se hundió en la tierra y cavó un pozo profundo, el más profundo del mundo.

Y entonces la "r" que rugía como una mariposa furiosa, hizo rodar el ogronte hasta el fondo de la tierra.

En una de esas ustedes ponen cara de "no puede ser", y se ríen y dicen que una palabra no puede hacer esas cosas.

Y yo digo que sí puede. Prueben, si no, de decir una palabra importante, una sola, en medio de la noche oscura y al lado de un ogronte…

La "lana" de Irulana se hizo un ovillo redondo y voló al cielo para tejer una luna. Hizo bien, porque entre una lana y una luna no hay tanta diferencia. Entonces la noche se iluminó.

Aquí está, toda iluminada. Ahora sí se puede ver bien lo que pasa en este cuento. Hay un ogronte enterrado en un pozo muy profundo, tan profundo que casi ni se ve que lo ataron como un matambre. Y hay una nena chiquita que mira la luna llena desde arriba de un banquito.

Parece que no hubiera nada más pero, si miran bien, allá lejos, hay un montón de gente que vuelve. Si acercan la oreja al papel, tal vez oigan la música. Porque traen guitarras, violines y panderetas. Vienen a fundar un pueblo.

Y este cuento se termina más o menos como empieza:

"había una vez un pueblo y una nena".

Ogronte, en cambio, no había (algunos pueblos tienen ogronte, pero éste no tenía)…

Es un cuento un poco igual y un poco diferente.

Eso sí, seguro que no es de miedo.