Cada día te cuento un cuento....

Cada día te cuento un cuento....
¡Este es tu lugar!

sábado, 19 de diciembre de 2015

CUENTO DE NAVIDAD EL GIGANTE EGOISTA OSCAR WILDE




Hoy les regalo esta bellísima historia!
y si la quieren leer, aquí se las pongo

El gigante egoísta- Oscar Wilde

"The Selfish Giant", The Happy Prince and Other Tales, 1888

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

-¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros.

Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante.

Los niños escaparon corriendo en desbandada.

-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.

Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES

Era un Gigante egoísta...

Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.

-¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros.

Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban y los árboles se olvidaron de florecer. Solo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.

Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.

-La primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.

La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.

-¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.

Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No entiendo por qué la primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo.

Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano. El otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.

-Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales.

De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era solo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.

¿Y qué es lo que vio?

Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Solo en un rincón el invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.

-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.

El Gigante sintió que el corazón se le derretía.

-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.

Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.

Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en invierno otra vez. Solo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la primavera regresó al jardín.

-Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.

Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.

Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.

-Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?

El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.

-No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito.

-Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante.

Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.

-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.

Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.

Una mañana de invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno pues sabía que el invierno era simplemente la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.

Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…

Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.

Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira y dijo:

-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?

Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.

-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.

-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor.

-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.

Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:

-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.


Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

El gigante que se convirtió en montaña


Después de la muerte de la diosa Pyrene, la vida comenzó su renovación.
La primavera inundó la tierra de flores y aromas, los ríos retornaron a sus causes, los pájaros a sus cantos y los bosques crecieron de nuevo.
Pero no solo las criaturas regresaron a sus sitios, al ver tanta belleza renacida regresaron también... los gigantes!
Sí... regresaron y se adueñaron de toda la región de los Pirineos. 
Tiempo atrás habían sido finalmente vencidos por los nuevos dioses, obligados a esconderse, sin poder colocar más montaña sobre montaña ni manejar los grandes árboles que encendían para convertirlos en antorchas blandiéndolos amenazadores contra el cielo para provocar el pánico a los hombres y a los dioses. 
Muy pocos fueron los sobrevivientes, y entre ellos estaba uno llamado Netu que era el más perverso de todos ellos.  Era pastor y todo lo quería para su ganado y todo aquello que se cruzaba en su camino y no era de su agrado le hacía presa de la furia. Era muy cruel y en más de una ocasión, si se cruzaba con algún hombre se lo tragaba. Netu era altivo, siempre enfadado y para colmo disfrutaba con su maldad.
 Cuenta la leyenda que un día apareció en el valle un peregrino. Nadie sabía quién era ni de dónde venía, vivía casi de limosna o trabajando en lo que le pedían, con muy poco se conformaba.
Al atardecer y una vez que finalizaba su trabajo, cuando lo había, jugaba con los niños y les contaba preciosas historias. Enseguida se ganaba el afecto de todo el mundo, y cuando veía a todos en armonía se marchaba a otro lugar, era como si él fuera sembrando la paz.  Sabían que quería cruzar la montaña y quisieron disuadirlo pues tendría que pasar por los dominios de Netu,  él los tranquilizo diciéndoles  que él nunca se había peleado con nadie que no temieran, así que cogió su hatillo y marchó hacia el norte a cruzar el Pirineo.
 Hacía mucho calor y fue agotando las provisiones que le dieron en el pueblo pero continuo su camino. Sudoroso y casi agotado diviso a lo lejos un vallecito y  un rebaño, pensó  que  por lo menos allí habría agua  y podría ayudar a los pastores a cambio de un churrusco de pan. La marcha le resulto dura y fue al atardecer cuando alcanzó el valle.
 De súbito se encontró frente al gigante, era enorme, con barbas, sucio y con cara de pocos amigos. Sin ningún temor se acercó a pedirle agua, Netu altivo se la negó, diciéndole que el agua era para su rebaño, y que se fuera antes que se arrepintiera y le impidiera marchar.
El peregrino con voz tranquila le respondió:
 Veo que tienes el corazón duro como la piedra. Ojala que todo tú te conviertas en  piedra.
En el mismo instante que el peregrino pronunció estas palabras el gigante quedó petrificado y convertido en lo que hoy es: el pico  Aneto.






jueves, 20 de agosto de 2015

El diario Secreto de Vapo Drac

¿Quiénes son los vampiros?
¿Qué piensa?¿Qué sienten?

si querés saberlo no podes perderte este libro


¡¡¡MUY PRONTO A LA VENTA!!!

lunes, 15 de junio de 2015

De Cómo Se Volvió Malo El Ojáncano









Nadie sabe desde cuando existían los Ojáncanos, muchos dicen que desde el comienzo de los tiempos… También dicen que se ocultaron cuando comprendieron que los humanos les temían y rechazaban… Ignoro cómo fueron las cosas en aquellos tiempo, tan sólo sé lo que me han contado y ahora les cuento…




Una vez un ojáncanu se enamoró de una muchacha que guardaba un rebaño de ovejas blancas y de ovejas negras. La muchacha estaba un día bebiendo el agua pura en una fuente que manaba en una peña cubierta de musgo cuando de pronto le pareció que la peña se estremecía. Sorprendida levantó la mirada y vio al ojáncanu de pie encima de la peña, con un mirar triste, mirándola y remirándola como quien mira una imagen adorada.

La muchacha, claro está, se fue corriendo, dando voces a los pastores...

Otro día, cuando estaba encendiendo lumbre[1] a orillas de un río en el que su ganado bebía, para templarse un poco, la llama apenas encendía se apagaba a causa de un suave viento que llegaba desde el espinar que estaba a su derecha. Una y otra vez ella intentaba prender la llama y esta apenas comenzar a arder se apagaba. La muchacha se levantó y al ver que en realidad no había viento ya que las hojas de los árboles y las hojas de los helechos y de los brezales estaban quietas, se sintió confundida. Volvió entonces a intentar encender las ramas y otra vez se apagaron…En cuanto ardían un poquitín venía un viento por entre los espinares y apagaba la llama.

Extrañada al ver que tan solo había viento en el espinar, miró y vio al mismo ojáncanu de la peña de la fuente suspira que te suspira, como quien tiene algún dolor muy grande en el cuerpo o en el alma. ¡Los suspiros del ojáncanu eran el viento que apagaba la lumbre en cuanto empezaba a nacer!

La muchacha echó a correr y volvió a dar voces llamando a los pastores.

Otro día bajaba detrás de las ovejas cargada con un gran hato[2] de leña. Cuando empezaba a bajar el sendero muy resbaladizo sintió que la quitaban el hato de leña de la cabeza. Miró sorprendía tal como había sucedido en la fuente y en la vera del espinar y vio el mismo ojáncanu que tenía el hato en la mano como un hombre lleva un palo, un rastrillo o una vara.

La muchacha, de puro miedo, no dio voces llamando a los pastores como las otras veces. Siguió detrás de las ovejas, temblando y rezando a todos los santos del cielo para que nada le sucediera.

El ojáncanu la iba mirando con mucha tristeza, con el hato en la mano. Al llegar cerca del pueblo, puso con suavidad el hato de leña en la cabeza de la moza y se volvió al monte muy despacio, como una persona que va de mala gana a cualquier sitio.

Así fueron pasando los días. Otro atardecer bajaba la moza con otro hato de leña y el ojáncanu se lo volvió a quitar de la cabeza y a llevarle en la mano hasta cerca del pueblo. Día tras día la muchacha iba perdiendo el miedo al ojáncanu y cuando le encontraba ya no temblaba como antes, ni rezaba a los santos del cielo.

No había día sin que el ojáncanu dejara de presentarse a la muchacha, que poco a poco fue confiando en él. Al principio le veía y se iba a los pocos instantes, suspira que te suspira, como si todas las penas del mundo estuvieran metidas en su ánimo. Pero al ver que ella no le temía, se fue quedando más y más tiempo junto a ella, sin dejar de mirarla y de suspirar.

 Cuando empezó la primavera la confianza era más grande. El ojáncanu y la moza estaban casi todos los días juntos. El ojáncanu no paraba de ayudarla en todo lo que podía: le cortaba la leña para hacer los hatillos y arrancaba los espinos y piedras por donde ella iba andando para que no se lastimase. Si la fuente estaba lejos, el ojáncanu iba a por el agua. Si llovía, el ojáncanu escarbaba en una peña y hacía una peña para guarecerse o ahuecaba un árbol. Los otros pastores estaban extrañados de la amistad del ojáncanu y la muchacha.

En todos los pueblos la llamaban la novia del ojáncanu y las mozas y los mozos la aborrecían. Pero ella le tenía cada vez más apego y sentía mucha desazón en el monte cuando el ojáncanu tardaba en llegar junto a ella...

Un día, a mitad de primavera, la moza no subió al monte. El ojáncanu la buscó por todas partes y mandó al cuervo que volara sin parar dando vueltas por encima del monte para ver si la veía venir con su rebaño.

El cuervo voló toda la mañana, volvió al mediodía, se le posó en la nariz y le dijo que no la veía por ninguna parte. Día tras día la buscaron, el cuervo por el aire y el ojáncanu por las cuestas, pero no encontraron a la moza. El ojáncanu cada vez estaba más triste.

Un atardecer ya no soportó más la angustia. Detuvo entonces a un pastor y le preguntó por la muchacha. El pastor, encogido de miedo, le dijo la verdad: Los padres de la moza la habían mandado a un pueblo, muy lejos del valle, para que no volviera a ver al ojáncanu. Al oírlo el ojáncanu no dijo nada y el pastor siguió el su camino muy contento de que el ojáncanu no le hiciera mal...

Al amanecer del día siguiente el ojáncanu envío al cuervo para que buscara a la muchacha. Dos días tardó el cuervo en hallarla.
—Encerrada en un cuarto está, enferma de pena, sin poder salir — le dijo el cuervo

 Al día siguiente, muy de mañana, cuando se levantaron los vecinos, todo el pueblo fue una queja. Los maizales estaban destrozados, los cercos de las huertas caídos, los nogales en el suelo, lo mismo que los perales y los manzanos. No había quedado una cerca ni un árbol de fruta en pie. Toda la cosecha estaba destrozada.

Cuando el sacristán fue a tocar a misa se encontró con que habían desaparecido las campanas. Cuando el herrero abrió la fragua vio que le habían llevado el yunque. Cuando el médico fue a enganchar el caballo al carricoche para ir a visitar a los enfermos, se encontró con el carricoche con las ruedas partidas…

Otra vez mandó al cuervo a ver a la muchacha
—Ahora la están velando, dicen que ha muerto de pena — le dijo el cuervo al regresar

El grito de dolor del ojáncanu fue tan terrible que las piedras de las peñas estallaron, tembló la tierra y se elevaron las aguas inundando todo a su alrededor.
Dolido y furioso arrancó y pisoteó todo el pasto de los prados, destrozó el campanario de la iglesia, el paredón que la gente del pueblo había construido para que el agua del rio no entrara en los cultivos. Ni las paredes en pie quedaron de la casa de los padres de la muchacha, ni el horno de pan ni el carro.
Así día tras día los vecinos se encontraban al despertar con un nuevo destrozo: un día un gran hoyo en la plaza del pueblo, otro día la fuente cubierta de piedras, otro el molino sin ruedas de molienda...

Los vecinos arreglaban las paredes durante el día y el ojáncanu las tiraba por la noche. Así llegó el invierno. La gente estaba sin cosecha, los parajes sin hierba. Todos los vecinos estaban entristecidos, sin tener una pizca de harina para llevar al molino, ni molino para moler.

Una mañana, al poco de amanecer, toda la gente se fue llorando por los caminos con los trastos a cuestas. Unos se fueron a un pueblo y otros a otro, porque el ojáncanu enamorado no paraba de hacer mal.

El pueblo se quedó solo y las casas se fueron cayendo poco a poco, hasta que todo no fue más que un matorral.

Pasó el tiempo y casi nadie recuerda que el ojáncanu se volvió malo a causa de una herida en el corazón por culpa del miedo de los humanos a lo distinto.

No sé si así sucedió o si fue de otro modo, sé sí que el miedo a lo diferente hasta el día de hoy sigue haciendo daño a unos y a otros.

©Adaptación de Ana Cuevas Unamuno




[1] Lumbre= Fuego
[2] Hato: conjunto de artículos o personas juntas, en este caso Manojo de ramas atadas

Que es un Ojáncanu u Ojancano




Se trata de un gigante ciclópeo de la tradición cántabra y encarna todo el mal, lo negativo y lo salvaje. Con diferentes características regionales, se le conoce con distintos nombres. Es denominado Ojáncano, Jáncano o Páncano en Cantabria. En el País Vasco responde a los de Tártalo, Torto, Anxo y Basajaun; aunque éste último en algunas versiones no tiene las connotaciones negativas el Ojáncano, o es tan poco inteligente que es fácilmente burlado. En Asturias lo llaman Patarico. En Galicia, Olláparo –en ocasiones con otro ojo en el cogote- y Ollapín –con solo uno en el cuello-.

Todas las versiones coinciden en señalar que el rostro es completamente redondo, de color amarillento, con unas barbas como cerdas de jabalí, largas, bermejas como una llama. Los cabellos son de un rojo menos intenso. Su único ojo, en mitad de la frente, relumbra como una candela, y está rodeado de unas arrugas pálidas con unos puntitos azules. Es fuerte y de largos brazos; su voz, como un trueno, se asemeja al bramido de un toro en celo y, a la puesta del sol, muge y echa espuma por la boca.

Aparte de estos datos, las versiones son muy distintas, dependiendo de los lugares donde se escuchen. Suele tener diez dedos en cada mano y en cada pie, y dos hileras de dientes. A veces nos dicen que es alto y delgado y que se cubre con una zamarra de color pardo; otras, que va prácticamente desnudo y se tapa con su melena y barbas, larguísimas y engrasadas con unto de oso, dejando al descubierto tan solo el ojo.

Su morada se ubica en profundas grutas con la entrada cubierta de maleza y de desprendimientos pétreos, cuya puerta cierra con una enorme piedra que nadie más que él puede mover. Su lecho está situado en la zona más profunda, formado a base de hojas, hierbas y ramas. Enfurecido por el fuerte viento de los temporales, que le enreda las barbas en zarzas, árboles y arbustos, se enfada y tira y despedaza grandes rocas y árboles. En ocasiones pelea a pedradas con otros ojáncanos. Ellos han sido los que, en momentos como estos, han hecho los desfiladeros y precipicios, y han desgajado los montes.

Ente las maldades que la mitología cántabra atribuye a este ogro está el de derribar árboles, cegar fuentes, robar ovejas, raptar a jóvenes pastoras, destruir puentes, matar gallinas y vacas, abrir simas y barrancos, arrastrar peñas hasta las camberas y brañas donde pasta el ganado, rompe las tejas, robar imágenes en las iglesias y dejar bojonas (con cuernos defectuosos) las vacas. Además, siembra entre los lugareños el rencor, la soberbia, la envidia y el hurto. A los recién nacidos se les protegía para que no fuesen raptados por ellos con una mezcla de agua bendita con laurel, a la que añaden harina si son niños, pero no en el caso de que sean niñas.

Al igual que la anjana, tiene el don de la metamorfosis, y puede adoptar varias formas para hacer daño. Puede transformarse en un mendigo anciano y pide albergue en cualquier casa desapareciendo al amanecer luego de haber dado muerte a vacas, ovejas y gallinas. Otras veces roba los ahorros y otros objetos de las viviendas. En otras versiones, se transforman en un árbol robusto a orilla de los caminos y al pasar un carro con leña u otro cargamento, este se derrumba sobre los bueyes. Otras historias cuentan sobre robos a bellas pastoras y destrucciones de cabañas.

Además de comer todo el ganado y la gente que podía conseguir, aunque siempre le gustaron las bellotas, de las hojas de los acebos y de los animales y panojos de maíz que roba. Pero también come murciélagos y aves como las golondrinas, además de los tallos de las moreras, y suele hurtar a los pescadores las truchas y las anguilas.

Se le puede matar –según las diversas versiones- arrancándole un pelo blanco de la roja barba, o dándole con una piedra en un hoyo que tiene en el centro de la frente. También fallece si come setas o fresas silvestres, o si es tocado por una lechuza en la cabeza. También cuando un sapo volador toca al ojáncano, este muere si no consigue una hoja verde de avellano untada en sangre de raposo. Según la tradición, cuando envejece lo suficiente, son otros ojáncanos jóvenes quienes le matan, le abren el vientre y reparten lo que lleva dentro enterrándolo junto a un roble. Del cadáver del ojáncano, al cabo de nueve meses, surgen unos enormes gusanos que la Ojáncana amamanta con la sangre de sus pechos hasta que al cumplir tres años se transforman en ojáncanos y ojáncanas para comenzar otra vez el ciclo de maldades.

Sus únicos amigos son el cuegle y los cuervos; estos últimos suelen informarles de cuanto ven posándose junto a su oreja o en su nariz. Su principal enemigo son las anjanas, pues este es la antítesis de la bondad, de la dulzura de la Anjana. Donde ésta pone afecto, recompensa, humildad y regalo, el Ojáncano pone rencor, castigo, soberbia y hurto. Las perseguía al encontrarlas en su camino; pero éstas se transformaban o se hacían invisibles, y conseguían burlarle siempre

Paralelamente existen versiones que cuentan la existencia de ojáncanos bondadosos, nacido uno cada cien años, a los que se les podía incluso acariciar y ellos agradecidos avisaban de la llegada de los ojáncanos malos. Este monstruo es considerado el ser más popular de la mitología de Cantabria.

Hay una leyenda de una anjana que se encontró a un ojáncano un frío día de invierno, cuando la nieve caía sin parar. Atacado los lobos, consiguió espantarlos, pero le habían dañado su único ojo, por lo que vagaba perdido en medio de la ventisca, asustado y ciego. La anjana se acercó a él, le tomó de la mano y se lo llevó a vivir con ella. Desde entonces, fueron amigos y permanecieron unidos, sacándole la anjana a pasear los días soleados.

viernes, 12 de junio de 2015

Lo que cuenta el Zorro del León


Recopilado por PEDRO HENRIQUEZ UREÑA (REPÚBLICA DOMINICANA)





—AUNQUE es costumbre hablar bien del león, tanto como mal de los zorros —dijo el zorro azul—, yo les quiero contar hazañas del llamado rey de los animales, para que vean que no siempre es justo.
Una vez, estaba enfermo uno de los leones de tierras al norte, donde andaba yo de visita. A los leones les gusta que los vayan a visitar cuando están enfermos, y ya saben ustedes cómo se aprovechan de estas visitas muchas veces. Los zorros tenemos mucha prudencia en tales casos, y no nos acercamos a la cueva del león en estas ocasiones, no sea que entremos y no salgamos. Pero esta vez me aseguraron que el león no haría nada, porque los chacales le llevaban buena comida y no pasaba hambre. Fui, pues, acompañado de un oso negro y de un mono gris, porque yendo en compañía disminuía el peligro aún más.
Llegados allí, preguntamos cortésmente al león por su salud. El mono se deshacía en caravanas. Yo procuraba conducirme discretamente. Pero el oso, que a veces es muy tonto, se puso inquieto y se veía que no estaba a gusto.
"— ¿Qué te pasa?" —preguntó el león irritado.
"—Pues no está nada agradable esta cueva. Se ve que no la limpian tus chacales...."
"— ¿Y a ti qué te importa?"
"—A mí me importa, porque los olores no son nada agradables".
El león se encendió en furia, entonces, y de un zarpazo lo tendió muerto en el suelo, diciéndole:
"—Toma olores agradables".
El mono, al ver aquello, comenzó a dar de chillidos:
"— ¡Qué absurdo! ¡Qué ofensa para el rey! ¡Oso estúpido!" 
"—No chilles" —le gritó el león.
"—Es que no puedo tolerar la conducta del oso. ¡Ponerse a censurar la mansión real, que sólo huele a perfumes de Arabia!".
"—No es verdad: el oso tenía razón en lo que decía, y mis chacales son muy sucios, no entienden cómo debe tenerse una casa distinguida, y me van a obligar a llamar a los gatos para que la limpien. Pero lo que me molesta fue el aire grosero con que habló el oso".
"—Pues a mí, de todos modos, me huele aquí a perfumes de Arabia..."
El león, a quien le subía de punto el enojo, acabó por darle otro zarpazo al mono y tenderlo también muerto, en el suelo, con esta frase:
"—Toma perfumes de Arabia."
Yo lamentaba haber accedido a aquella visita. Mis dos compañeros yacían muertos, y yo no veía el modo de salir de allí.
El león me dijo entonces:
"— ¿Y a ti cómo te huele?"
"— ¿A mí? —le dije—. No me huele a nada. Tengo catarro".